Regresaron al manantial para recoger sus cosas y trasladarse a la nueva cueva, pero antes descansaron un rato y comieron algo. Les quedaban un par de latas de conserva que decidieron guardar para más adelante ya que no sabían cuántos días pasarían ocultándose en la selva, así que optaron por comerse un par de frutas. Después de comer y descansar un poco, a Scarlett se le antojó darse un baño en el manantial para refrescarse, pero esta vez no invitó a Oliver, tan solo cogió una muda de ropa limpia de su mochila y se limitó a informarle de lo que iba a hacer.

— ¿Te importa si te acompaño? —Se oyó preguntar Oliver.

Sorprendida por aquella pregunta, Scarlett se giró para mirarle y comprobar si hablaba en serio o le estaba tomando el pelo, pero no vio ningún atisbo de burla en su expresión.

—En absoluto —le respondió con fingida indiferencia.

Oliver se levantó, cogió una muda de ropa limpia y la siguió hasta el manantial. Scarlett, sin mostrar ningún tipo de pudor, se deshizo de su camiseta y su short y se metió en el agua del manantial en ropa interior. Oliver la imitó y también se zambulló en el manantial vestido tan solo con un ajustado bóxer de color negro.

Scarlett nadaba en el manantial cuando Oliver se unió y se acercó a él despacio, con una sonrisa en los labios y una mirada traviesa que cautivó a Oliver.

—Señorita Sanders, ¿pretende hacerme una ahogadilla? —Bromeó Oliver y añadió con la voz ronca—: No debería pensar en atacar a un Capitán del Ejército, es un delito muy grave y tendría que arrestarla.

—Mm… Teniendo en cuenta que no hay calabozos por aquí, ¿qué podría hacer conmigo, Capitán? —Le siguió el juego Scarlett, acercándose a él con sensualidad, dispuesta a provocarle y, aunque no quisiera admitirlo, también estaba dispuesta a seducirle.

Oliver recorrió los pocos centímetros que le separaban de Scarlett, pegando su pecho al de ella. La agarró suavemente por las muñecas y le colocó los brazos detrás de la espalda, inmovilizándola a la vez que le susurraba al oído:

—Se me ocurren muchas cosas que podría hacer contigo, pero no creo que al General le guste ninguna de ellas.

El teléfono móvil comenzó a sonar y ambos resoplaron con frustración, cansados de que el maldito teléfono sonase cada vez que saltaba la chispa entre ellos. Oliver cogió el teléfono sin salir del manantial y respiró profundamente antes de responder la llamada.

— ¿Hay alguna emergencia?

—Parece que alguien está de mal humor —se mofó Dexter.

—Pues no te llamamos para alegrarte el día, precisamente —intervino Caleb, aventurando que iban a darle una mala noticia.

— ¿Vais a contarme qué pasa o tengo que adivinarlo? —Bufó Oliver.

—Sí, está de mal humor —confirmó Dexter con tono burlón.

Caleb, que conocía a sus dos compañeros y lo mucho que les gustaba provocarse, fue directo al grano e informó a Oliver de la situación:

—Una fuerte tormenta tropical se acerca rápidamente por el oeste y llegará a la isla en unas veinticuatro horas, treinta como mucho.

—Debes buscar un lugar adecuado en el que refugiaros y también hacer acopio de provisiones, se prevé que la tormenta se quede en la isla tres o cuatro días —añadió Dexter.

—Genial —bufó Oliver con sarcasmo.    

— ¿Va todo bien con la protegida del General? —Quiso saber Dexter.

—Lleva dos días en la selva y no se ha quejado ni una sola vez, así que supongo que todo va bien —le respondió Oliver mientras miraba a Scarlett cómo nadaba a pocos metros de ella, ajena a lo que él decía—. Llamadme si hay novedades, probablemente Damian Wilson y sus hombres se retiren de la isla cuando pase la tormenta.

—Estaremos alerta y te mantendremos informado —añadió Caleb antes de despedirse y colgar.

Oliver dejó el teléfono sobre su ropa y se volvió para mirar a Scarlett, que se acercaba a él tras comprobar que ya no hablaba por teléfono.

— ¿Va todo bien? —Le preguntó al verle tan serio.

—Se acerca una tormenta tropical que llegará mañana por la tarde, debemos trasladarnos ya a la nueva cueva y hacer acopio de suministros. Tenemos mucho trabajo qué hacer.

Una vez más, el momento mágico se veía enturbiado por una llamada de teléfono portadora de malas noticias. Sin perder el tiempo, Oliver y Scarlett se pusieron manos a la obra y se trasladaron a la nueva cueva, más alejada del manantial y del río, pero también mucho más grande y segura. Instalados en la nueva cueva, Oliver se dispuso a recoger leña para poder mantener el fuego encendido durante los días que durara la tormenta mientras que Scarlett optó por recoger algunas frutas para hacer acopio de provisiones hasta que, trepando por un árbol, resbaló, cayó y se golpeó en las costillas. Regresó a la cueva, descargó la mochila repleta de frutas que había portado sobre la espalda y se sentó sobre una piedra plana, agotada y adolorida, para examinar sus costillas.

— ¿Qué te ha pasado? —Preguntó Oliver soltando la leña que cargaba al ver a Scarlett magullada y se acercó a ella para examinar sus heridas.

—Estoy bien, solo son unos rasguños —le quitó importancia Scarlett.

—Deja que yo decida si estás bien, vamos a echarle un vistazo a tus heridas.

Oliver limpió y curó todos los rasguños que Scarlett tenía en el cuerpo y también examinó la fuerte contusión que tenía en las costillas.

—Te has dado un buen golpe, pero creo que no tienes ninguna costilla rota. Te pondré un poco de pomada antinflamatoria y te calmará bastante el dolor —le dijo Oliver mientras buscaba la pomada en su mochila. Cuando encontró la pomada, le dio la espalda a Scarlett y añadió con voz de ordeno y mando—: Levántate la camiseta y túmbate sobre el lado izquierdo.

Scarlett obedeció sin rechistar, sabía que si protestaba al final acabaría discutiendo con Oliver y habían pactado una tregua que no quería romper. Se levantó la camiseta hasta la altura de sus pechos, tapándolos con la camiseta, y se tumbó de lado. Oliver se colocó junto a ella y comenzó a esparcir la pomada sobre el lado derecho de sus costillas, masajeando la zona con suavidad para no hacerle daño.

—Quédate así un rato, hasta que la piel absorba toda la pomada —le ordenó Oliver—. Voy a encender el fuego para que la cueva se vaya caldeando, la temperatura está descendiendo muy rápido y parece que tendremos una noche bastante fría.

—Genial, todo son buenas noticias —ironizó Scarlett.

Oliver encendió la hoguera en uno de los rincones de la cueva, resguardándola del viento pero cerca de la entrada para facilitar la salida del humo y no acabar intoxicándose. Scarlett le observó durante todo el proceso, le vio colocar un círculo de piedras en el suelo y llenarlo de ramas secas para después prenderlas con la ayuda del kit de encender fuego. Después de encender la hoguera, Oliver se acercó a Scarlett y, tras comprobar que la pomada ya había sido absorbida, le dijo a Scarlett:

—Ya puedes bajarte la camiseta, pero quédate tumbada en la esterilla, no debes hacer esfuerzos.

— ¿A dónde vas?

—Voy a asearme al río y, con un poco de suerte, a ver si logro pescar algo para cenar.

—Y, mientras tanto, ¿qué puedo ir haciendo?

—Quiero que te estés quieta y guardes reposo, ¿podrás hacerlo?

—Sí —gruñó Scarlett.

—No tardaré mucho en regresar y no iré lejos, grita si me necesitas y vendré en seguida, ¿de acuerdo? —Scarlett asintió y Oliver añadió con tono burlón—: No quiero que vuelvas a hacerte daño jugando a las amazonas.

Scarlett le sacó la lengua y Oliver salió riéndose de la cueva. Mientras él se dirigió al río, ella aprovechó para cambiarse de ropa y volvió a acostarse sobre la esterilla, donde se quedó dormida un rato después. Un par de horas más tarde, Oliver regresó a la cueva con cuatro peces grandes que había logrado pescar en el río y se encontró a Scarlett durmiendo acurrucada sobre la esterilla. Con cuidado para no despertarla, le echó una manta por encima y se dispuso a preparar la cena. Cocinó los cuatro pescados en la hoguera y, cuando los tuvo listos, despertó a Scarlett para cenar.

—Despierta, es hora de cenar —le dijo susurrando para no asustarla.

— ¿Cuándo has vuelto? —Preguntó Scarlett sentándose en la esterilla, tratando de disimular el dolor que sentía en las costillas.

—Hace un rato —le respondió Oliver sentándose a su lado. Le mostró el pescado cocinado y añadió para hacerla sonreír—: ¿Qué le parece la cena, señorita Sanders?

—Mm… Tiene muy buena pinta —reconoció Scarlett y añadió bromeando—: No puedo creer que vayamos a cenar pescado, solo nos falta una botella de vino.

—Me temo que el vino tendrá que esperar hasta que salgamos de la selva.

Sentados en la esterilla, se comieron los peces que Oliver había pescado y un par de frutas de postre. Después de cenar, Oliver se interesó por la vida de Scarlett y comenzó a realizarle preguntas inocentes que le permitieran conocerla mejor pero sin incomodarla. Cuando Scarlett comenzó a bostezar, Oliver insistió en echarle un vistazo a sus costillas para asegurarse de que todo estaba bien, pero se preocupó al ver el enorme hematoma que cubría todo el lateral derecho de sus costillas. Hizo que Scarlett se tumbara de lado y, tumbado junto a ella, comenzó a impregnar de pomada toda la zona contusionada.

—Nos conocemos desde hace tres días y todavía no me has contado nada sobre ti —comentó Scarlett mientras él continuaba aplicándole la pomada.

—Mi vida no es muy interesante, ¿qué quieres saber?

—No sé, ¿tienes familia?

—Sí.

—Pues háblame de ellos —le pidió Scarlett.

—Mis padres viven a las afueras de la ciudad, en la pequeña granja familiar que construyeron mis bisabuelos con sus propias manos —comenzó a decir Oliver sin dejar de acariciar la suave piel de Scarlett cubierta por la pomada—. Son humildes y trabajadores, les gusta la vida en el campo con sus vacas, sus gallinas y sus caballos.

Scarlett sonrió al imaginarse a Oliver de niño, correteando por la granja detrás de las vacas, asustando a las gallinas y tratando de subirse a los lomos de un caballo.

— ¿Qué te hace tanta gracia?

—Te imaginaba en la granja cuando eras niño, debió ser divertido crecer en un lugar así —le respondió ella con sinceridad.

—No resulta tan divertido cuando tienes que ayudar en la granja —musitó Oliver.

—A mí me hubiera gustado criarme en una granja, rodeada de naturaleza y animales, disfrutando de la libertad del campo.

— ¿Dónde creciste tú?

—No trates de desviar la conversación, estábamos hablando de ti —le regañó Scarlett dedicándole una sonrisa burlona—. ¿Tienes hermanos?

—Sí, tengo un hermano y una hermana más pequeños que yo. Y también tengo un sobrino y una sobrina, ambos hijos de mi hermana y su marido.

—Y, ¿todos viven en la granja?

—Sí, pero en cada uno en su casa. Mis padres viven en la casa principal; mi hermana vive con su marido y sus hijos en otra casa a pocos metros de distancia de la de mis padres; y mi hermano vive en una tercera casa cerca de los establos —le explicó Oliver.

— ¿Dónde vives tú?

—Generalmente, en la base. Pero poseo un pequeño apartamento en el centro de la ciudad y tengo en proceso la construcción de una casa en los terrenos de la granja de mis padres.

—Eso está bien, es bueno tener a la familia cerca.

A Oliver no le pasó por alto la tristeza en los ojos de Scarlett al pronunciar aquellas palabras, pero se abstuvo de preguntar y se limitó a bajarle la camiseta, la piel ya había absorbido toda la pomada. Scarlett se abrazó a él y cerró los ojos, quedándose dormida casi al instante.

Oliver sonrió embelesado, aquella chica tan peculiar no tenía nada qué ver con la imagen que se hizo de ella cuando le enseñaron su foto en la base. Pensó que sería una niña de papá, superficial y esnob, pero se encontró a una chica hermosa, inteligente y humilde. La estrechó entre sus brazos y la besó en la sien al mismo tiempo que le deseaba dulces sueños en un susurro para no despertarla.

A la mañana siguiente, ambos se levantaron temprano y se dirigieron al río. Esperaban que la tormenta llegase a última hora de la tarde y aprovecharon para recolectar frutas e intentar pescar algunos peces con los que alimentarse, ya que solo les quedaban un par de latas de conservas. Regresaron a la cueva a media tarde con varios peces y dos mochilas repletas de frutas, justo cuando comenzaba a llover.