Mes: febrero 2022

Cita 306.

«Mantente loco, pero compórtate como una persona normal. Corre el riesgo de ser diferente, pero aprende a hacerlo sin llamar la atención.»

Paulo Coelho.

Carnaval.

El Carnaval es una de las fiestas más populares y queridas por todos, sobre todo para los más pequeños, pero también para la mayoría de adultos. Es un día en el que los disfraces llenan las calles de color y de alegría, y es que el carnaval es una de las fiestas más divertidas del año.

Con el mes de febrero llega la fiesta de disfraces por excelencia pero, ¿por qué nos disfrazamos? ¿Sabemos dónde se originó el Carnaval? Existen muchas teorías sobre el origen del Carnaval y todas tienen algo en común: un evento donde las formalidades  y las normas dejan paso al caos y a la diversión.

Se cree que el origen del Carnaval se remonta a más de 5.000 años y algunos lo sitúan en el Imperio Romano, ya que está relacionado con las Saturnales, unas festividades realizadas en honor al dios Saturno. Otros creen que se originaron en Grecia, ya que también celebraban unos festejos similares donde se veneraba a Dionisio, entre otros.

Todas estas festividades tenían en común la época de su celebración: febrero, una época de transición del invierno a la primavera y en la que tenían lugar ritos de purificación, coincidiendo con los últimos días del letargo invernal de la naturaleza, ya que se creía que el dios Saturno vagaba por la tierra todo el invierno y que necesitaban los rituales y ofrendas para llevarlo al inframundo para comenzar la cosecha de verano. Por ello, con banquetes, bailes y vestidos con ropas y máscaras que personificaban a este dios, celebraban la abundancia de la tierra dejando a un lado las obligaciones y las jerarquías durante unos días y después volver al orden.

En Grecia tenían lugar unas fiestas parecidas: las bacanales y las Dionisias. En éstas últimas tenían lugar grandes procesiones y representaciones de teatro que reunían a toda la población. Curiosamente, en la mitología griega, aparece la figura de Momo, el dios de la burla y el sarcasmo. En la actualidad, en algunos países de América Latina, uno de los personajes centrales de los Carnavales es el Rey Momo, al que se le entrega cada año las llaves de la ciudad.

Con la expansión del cristianismo en la Edad Media, la fiesta tomó el nombre de carnaval, que viene de “carnem levare”, lo que significa “quitar la carne”. Este evento se celebraba días antes al Miércoles de Ceniza, fecha de comienzo de la Cuaresma hasta el domingo de resurrección. Un periodo de abstinencia y ayuno. Por ello, los días antes tenía lugar una celebración donde todo estaba permitido, por lo que, para salvaguardar el anonimato, la gente se cubría el rostro o iba disfrazada.

En España es una antigua celebración festiva documentada desde la Edad Media y con una rica personalidad propia a partir del Renacimiento que ha quedado recogida en la literatura española y otras artes localizadas en los diferentes pueblos que componen el Estado Español. Los carnavales de Santa Cruz de Tenerife, Cádiz y Carnaval de Águilas (Murcia) tienen la categoría de Fiesta de Interés Turístico Internacional.

Sea de origen griego, romano o católico, lo cierto es que el carnaval es una festividad extendida por todo el mundo y de la que todos disfrutamos disfrazándonos y pasándolo bien.

 

Cita 305.

«Queda prohibido no sonreír a los problemas, no luchar por lo que quieres, abandonarlo todo por miedo, no convertir en realidad tus sueños.»

Pablo Neruda.

Pompeya.

La ciudad de Pompeya era una ciudad del sur de Italia que floreció durante el Imperio romano hasta que en el año 79 d.C. el volcán Vesubio inundó la ciudad de lava y ceniza, conservándola así durante los siguientes 2.000 años. Hoy en día, la ciudad de Pompeya es uno de los yacimientos arqueológicos más famosos del mundo.

Pompeya era una ciudad normal, sin ninguna importancia especial. Se convirtió en una comunidad romana en el año 91 a.C. y durante los siguientes 150 años muchos romanos ricos construyeron allí sus casas, disfrutando del clima a orillas del mar Mediterráneo. La ciudad solo tenía un inconveniente: estaba a los pies del monte Vesubio, un volcán. Pero esto no preocupaba demasiado a sus habitantes, ya que nunca lo habían visto en erupción.

En el año 62 a.C., el Vesubio retumbó y Pompeya fue sacudida y dañada por un fuerte terremoto. Diecisiete años después hubo más temblores de tierra en la región, pero la gente de Pompeya los ignoró y siguió con sus vidas.

El 24 de agosto del año 79 d.C., el monte Vesubio entró en erupción. Una violenta explosión de caliente ceniza y polvo volcánicos, pequeños trozos de piedra pómez y grandes pedazos de lava cayeron de repente sobre Pompeya como una lluvia. En las calles el aire se llenó de humo tóxico y el cielo se oscureció. Algunas personas intentaron protegerse, otras corrieron para salvar sus vidas mientras la ciudad iba quedando sepultada por cinco metros de ceniza y lava. Cuando estos restos volcánicos se solidificaron, sellaron gran parte de la ciudad. Los supervivientes huyeron mientras tenían lugar otras erupciones en la región; la cercana ciudad de Herculano también quedó arrasada por la lava.

Pompeya había desaparecido. Primero quedó enterrada y luego quedó olvidada, aunque en los siglos posteriores las gentes de la región hablaban de la «ciudad perdida» y encontraban piezas de cerámica y otros restos antiguos. En 1594 los obreros que trabajaban en un acueducto de la región encontraron edificios en ruinas. Entonces, en 1709, un granjero local encontró grandes losas de mármol mientras excavaba un pozo. Con ello comenzó la caza del tesoro, por lo que seguramente muchos objetos valiosos fueron desenterrados y llevados a otros lugares. Treinta años después, un ingeniero llamado Rocco Alcubierre utilizó herramientas más poderosas y pólvora para excavar un túnel por entre la lava sólida. De inmediato encontró pinturas murales y las gradas de un anfiteatro.

Durante más de 100 años, las personas que visitaban el yacimiento sólo estaban interesadas en encontrar objetos preciosos. Fue en 1860 cuando Giuseppe Fioreli se hizo con el control de la excavación. Comenzó a investigar la ciudad manzana a manzana, tomando y conservando cuidadosas notas de todo lo que encontraba en el yacimiento. Numeró cada puerta, de modo que cada casa o tienda pudiera identificarse. Siempre que era posible, dejaba las cosas allí donde las encontraba, para que fuera más fácil hacerse una idea de toda la comunidad. Desde entonces las excavaciones han continuado con regularidad a pesar de algunas paradas ocasionales.

Gran cantidad de datos sobre los acontecimientos del año 79 d.C. se saben gracias a los escritos de Plinio el Joven, que se encontraba en la cercana ciudad de Misena. Su tío, Plinio el Viejo, mandaba la flota que se apresuró a rescatar a los supervivientes y tuvo una visión de cerca de la erupción volcánica. Plinio el Viejo fue alcanzado en la playa por el humo y murió allí.

En la actualidad se han desenterrado unas tres cuartas partes de la ciudad y el visitante moderno puede hacerse una idea de cómo era la vida diaria en Pompeya. Los edificios se han restaurado, con tejados reconstruidos, y los científicos han identificado y conservado semillas de muchas plantas y vuelto a plantar los jardines de los que disfrutaban los pompeyanos.

En el momento de la erupción había tres baños públicos en Pompeya, en los que hombres y mujeres podían bañarse y relajarse. Algunos ciudadanos ricos poseían sus propios baños de lujo en casa. Había dos teatros: uno grande y abierto que podía acoger a unos 5.000 espectadores, y otro más pequeño y cerrado para conciertos y recitales. El anfiteatro, donde los gladiadores luchaban y se mataban unos a otros, así como a animales salvajes, también está excavado por completo.

En el año 79 d.C., la puerta del puerto de la amurallada ciudad de Pompeya se encontraba a sólo 500 metros de la bahía de Nápoles. La erupción lanzó ceniza y lava a la bahía, elevando el nivel del fondo marino, por lo que hoy día Pompeya se encuentra a 2 kilómetros tierra adentro. Esto demuestra la fuerza del desastre que enterró a una ciudad y creó un yacimiento arqueológico único.

Giuseppe Fiorelli encontró muchos esqueletos durante su excavación de la lava de Pompeya. También se dio cuenta rápidamente de que los cuerpos de las víctimas habían dejado huecos en la ceniza y la piedra pómez, endurecidas antes de que los cuerpos y las ropas se deshicieran con los años. Esos huecos eran como los moldes que utilizan los escultores y Fiorelli encontró un ingenioso sistema para rellenarlos y hacer copias de los cuerpos.

Vertía yeso líquido en un hueco y, cuando se había endurecido, quitaba la lava de alrededor para revelar el molde de yeso. Éste era una detallada copia de la persona, que en ocasiones conservaba expresiones de miedo o agonía en el rostro de la víctima. Se hicieron moldes de personas y animales, incluso de un perro que estaba encadenado y no podía escapar. Muchas de las víctimas estaban intentado cubrirse la cara con las manos o las ropas mientras se estaban ahogando. También se hicieron moldes de puertas, contraventanas e incluso raíces de árboles.

En total, en Pompeya se han encontrado unos 2.000 cuerpos de una población total de 20.000 personas. Muchos ciudadanos debieron conseguir escapar de la catástrofe huyendo a los terrenos cercanos, pero puede que todavía haya más cuerpos por descubrir.

Cita 304.

«Nunca seremos tan infelices como creemos, ni tan felices como esperamos.»

François de la Rochefoucauld.

Geishas.

Una geisha es una artista refinada y culta que estudia las artes tradicionales japonesas. Sus orígenes se remontan a hace más de 400 años, momento en que dicha profesión era ejercida por artistas hombres dedicados a ofrecer música, danzas o servir sake a clientes en banquetes. Luego quedo a manos de las mujeres hasta la actualidad.

En cuanto a su estética inconfundible, el maquillaje es una de las claves mostrando su nivel de experiencia. Así las aprendices o maiko llevan un maquillaje más cargado y vivo, en cambio, una geisha con más experiencia lleva un maquillaje suave y más discreto.

El maquillaje se transforma en máscaras de color blanco, rasgos acentuados en colores puros como el rojo y el negro; aportando no sólo un aspecto artístico, sino también máscaras homogéneas que ocultan identidades individuales.

En la estética de las geishas, resaltan también los kimonos; en especial de seda cerrados con un cinturón ancho anudado en la espalda. Así la forma del nudo indicada también si son maiko (nudo con cola) o más experimentadas (nudo más corto).

Además, las jóvenes usan kimonos de colores vivos y diseños más llamativos, en cambio las mayores llevan kimonos menos extravagantes. Los kimonos suelen ser hechos a mano, de telas costosas y muy pesados y se complementan con altas sandalias de madera y calcetines blancos o tabi. Llevar este vestuario no es tarea fácil. Se unen la belleza, la elegancia y el dolor.

La geisha es una mujer que ha estudiado profundamente las artes tradicionales japonesas. Esto incluye música, baile tradicional y ceremonia del té, por ejemplo. Además también se ha formado lo suficiente para ser capaz de mantener activa una reunión, dando conversación, inventándose juegos, etc. En Kioto suelen recibir el nombre de geiko, mientras que en otros puntos de Japón suelen llamarse geigi.

Para una aprendiza o maiko, llamar la atención y dejar al cliente con la boca abierta es fácil: simplemente tiene que aparecer y dejarse ver. Su kimono y el enorme obi de colores llamativos, los vistosos ornamentos en el pelo y su elaborado peinado sorprenden a cualquiera.

Para una geisha, sin embargo, sorprender es un poco más complicado. Esta mujer viste un kimono más sobrio y es en general menos ostentosa en su apariencia, mucho más madura. Es por ello que la única forma que tiene de asombrar al cliente es a través de sus dotes artísticas, así como la inteligencia de su discurso, su personalidad y su manera de ser.

De maiko a geisha: el erikae.

A la edad de 20 o 21 años o básicamente cuando la chica esté preparada, la maiko se convierte en geisha a través de una ceremonia llamada erikae, literalmente, «cambio de cuello». Esta ceremonia consiste en cambiar el cuello del kimono, de ahí el nombre. Si en el caso de la maiko el cuello del kimono era de patrones rojos y blancos, el cuello del kimono de la geisha será totalmente blanco. Para el erikae, la joven también cambiará el estilo del kimono. Dado que ya no es una joven inexperta, sino una mujer con experiencia, dejará de llevar el kimono furisode de mangas largas y se pondrá un kimono de mangas más cortas, típico de las mujeres casadas. El erikae es una ceremonia muy parecida al omisedashi o debut de la maiko, tanto en la forma como en el fondo. Para la ocasión, la joven abandona definitivamente el peinado sakko, que ha lucido durante las últimas semanas como maiko, y se coloca su primera peluca. Además, como es tradicional en las ceremonias más formales del barrio, se deja sin pintar de blanco tres (y no dos) líneas en su nuca.

La nueva geisha se dedica entonces a pasear por el barrio. Durante el paseo, va regalando unos papeles llamados noshigami por todos los establecimientos de importancia dentro del barrio, pidiéndoles su apoyo en el nuevo camino que emprende. Asimismo, igual que hizo durante su debut, durante los tres días siguientes al erikae, la mujer viste un kimono negro en el que se distingue el blasón, mientras que los tres días posteriores viste un kimono colorido y llamativo. A partir del séptimo día, la nueva geisha ya vestirá sus kimonos habituales.

Si la mujer ya tiene un danna, un patrono, éste será el que asumirá los elevados gastos de vestuario. Sin embargo, actualmente esto es algo extremadamente inusual, de manera que son ciertos clientes los que se hacen cargo del gasto (a través de tarifas increíblemente elevadas o de regalos sueltos que puedan hacerle). A veces, es la okiya la encargada de crear el «armario» de la chica, aunque esto último no es obligatorio. Sin embargo, sí suele ser habitual que la okiya le regale o preste a la nueva artista algunos de sus kimonos.

Las geishas son criaturas de la noche, que llegan a acostarse a las 3 o las 4 de la madrugada todos los días. Así pues, es normal que su día no empiece hasta bien entrada la mañana, aunque dentro del barrio de geishas tampoco se permita mucha holgazanería y descanso.

Es curioso, sin embargo, caminar por las calles del hanamachi a primera hora de la mañana: el silencio y la tranquilidad reinan por todas partes. Al mediodía, sin embargo, los ojos del visitante pueden empezar a ver aparecer maikos y geishas, en kimonos simples y sin maquillaje ni pelucas, de compras, de restaurantes o simplemente de relax.

Pero existe una gran diferencia entre maikos y geishas. Al situarse un poco más arriba en la escalera jerárquica, la geisha puede permitirse el lujo de levantarse un poco más tarde que la maiko, sobre las 9 o las 10 de la mañana, e ir tranquilamente al kaburenjo a las clases a las que asista, ya que la geisha, por más experimentada que sea, nunca deja de ir a clase. Debe repasar los movimientos de danza, las notas del shamisen, los movimientos de la ceremonia del té, tocar el taiko o hasta cantar.

Después, como la maiko, puede dedicarse a pasear o a comprar, aunque son muchas las veces en las que la geisha tiene que ir a comprar un kimono nuevo (o cualquier otro elemento de vestuario y accesorios) o tiene que llevar la peluca al cuidado del peluquero.

Muchas veces, la geisha se detiene en el kenban, la oficina oficial de registro encargada de las reservas que hacen las ochaya para las maiko y geisha, y comprueba su agenda u otros quehaceres. Pero, por encima de todo, la geisha pasea, saluda, sonríe y habla un poquito con toda la gente que trabaja con y para ella en el hanamachi.

El respeto mutuo y la lealtad se esconden detrás de estos paseos: si una geisha es maleducada, quizá el peluquero tardará más en arreglarle la peluca. Es por el bien de toda la comunidad del hanamachi que la geisha quede bien con todos y cada uno de sus miembros.

Al mediodía, de vuelta a la okiya, las geishas y las maikos comen y finalmente se preparan para la noche: con el kimono interior puesto, primero se maquillan, luego se visten y finalmente se colocan la peluca y los pocos adornos que suelen llevar. Entre las cinco y las seis de la tarde las geishas salen de la okiya y, siguiendo las instrucciones del kenban, acuden a una ochaya, donde normalmente habrá otras geishas o maikos. La noche transcurre de banquete en banquete, a veces a pie (si las ochaya están realmente cerca), aunque la mayoría de las veces las chicas se trasladan en taxi (para evitar los borrachos salaryman que, después de la cena y las copas con los compañeros de oficina, vuelven a casa).

Al llegar a casa, se desvisten, se quitan la peluca, se desmaquillan y se toman un ofuro, un baño típico japonés, todo con la ayuda, muchas veces, de la pobre shikomi-san, la joven situada en el escalón más bajo de la jerarquía de los hanamachi y la que menos (o peor, en todo caso) duerme.

Ser geisha: la esencia del iki.

Una de las características que debe poseer toda aspirante a geisha es, sin ningún tipo de duda, el iki, un término japonés que podríamos traducir como la elegancia de las sutilezas e insinuaciones. El iki es un tipo de elegancia muy sensual, con mucho estilo. Una elegancia sutil cuyo valor principal es insinuar, no mostrar. Una elegancia discreta. Una elegancia que parezca natural y simple.

Una geisha debe cumplir con todos estos objetivos: elegante, sensual, con estilo, sutil, discreta, natural, insinuadora… Los kanzashi en el pelo, por ejemplo, pasan de ser bastante opulentos y coloridos cuando la chica es maiko o aprendiza, a ser sobrios y escasos cuando la chica es geisha, y más cuando la geisha ya ni siquiera va ataviada con su maquillaje blanco. Por ejemplo, en vez de llevar kanzashi de joyas brillantes, utilizan adornos hechos de caparazón de tortuga. Mucho más sobrios y elegantes a la vez.

No obstante, el concepto de iki no es único y exclusivo de las geishas. En realidad, esta palabra surgió en el siglo XVIII cuando la clase gobernante fijó una serie de reglas para controlar las posesiones y la opulencia de los habitantes de las ciudades, sobre todo de los mercaderes. Estos, debido a la jerarquización de la sociedad, estaban considerados como clases bajas, aunque en muchos casos eran mucho más ricos que las clases más altas de los samuráis. Esto, naturalmente, molestaba enormemente a los samuráis, de ahí que legislaran para que al menos se notara menos la diferencia de riqueza.

A partir de entonces, los mercaderes comenzaron a mirar con desdén las posesiones y ropas caras de las clases altas y crearon el concepto de iki: ciertas decoraciones, ciertos materiales, ciertos vestidos, aunque extraordinariamente caros, pasaron a ser considerados «horteras» porque mostraban un lujo demasiado evidente. Así, los mercaderes comenzaron a apreciar las insinuaciones y las sutilezas, y el iki, en pocas palabras, pasó a ser un tipo de elegancia sutil, discreta y natural, tanto en la vestimenta como en la manera de ser.

A comienzos del siglo XIX el mayor logro al que podía aspirar una geisha era que dijeran que tenía iki. En esos momentos las geishas eran la combinación perfecta de los estilos de dos tipos de mujeres totalmente diferentes: las yūjo y las shiroto. Las primeras eran las cortesanas, o prostitutas, todo lo contrario del iki: sus extravagantes y desmañados kimonos, su excesivo maquillaje y su rimbombante uso del lenguaje a menudo eran objeto de burla. Las shiroto, por otra parte, eran mujeres que trabajan en la casa, como amas de casa o sirvientas, y vestían de una forma mucho más humilde pero, por supuesto, no tenían mucho interés.

El iki de una geisha era un delicado equilibrio entre estas dos categorías estéticas tan antagónicas y a menudo les llevaba horas y horas perfeccionar sus maneras de vestir, su forma de comportarse y sus habilidades artísticas para mantener este equilibrio.

Aunque el tiempo y los esfuerzos que las geishas ponían en conseguir el iki pueden sugerir lo contrario, el objetivo principal era y sigue siendo conseguir una elegancia sobria. Las geishas que tenían iki usaban maquillaje ligero pero refinado. Sus kimonos también tenían un patrón exquisito, con el obi atado en un lazo poco ceñido o doblado en cuadrado. Su forma de vestir sugería erotismo y sin mostrarlo descaradamente como en el caso de las cortesanas. El erotismo, de hecho, tiene un papel importante en el iki. Las geishas saben perfectamente cómo ser seductoras: un mechón de pelo suelto en un peinado por lo demás perfecto, o un vistazo fugaz de color rojo debajo del cuello de un kimono negro, son las armas que utilizan para ser eróticas, pero sin llegar a ser descaradas.

El iki no es un ideal abstracto al que tienen que ceñirse las geishas a lo largo de su vida, ellas mismas son muy importantes a la hora de crear moda, y en definitiva a la hora de establecer cómo se consigue ese estado de iki. El iki, también, es refinado e inocente, pero desde luego no es naif. Dentro del hanamachi se dice que para tener iki una mujer tiene que haber probado, por ejemplo, los frutos del amor, tanto los amargos como los dulces, y por eso las muchachas jóvenes rara vez tienen iki. El iki, pues, se consigue con los años y la experiencia.

Hoy en día las geishas siguen buscando ese iki, esa elegancia de las sutilezas y las insinuaciones, como parte de su trabajo. Y probablemente es ese iki el que hace que, cuando nos cruzamos con una geisha por la calle, nos sintamos extrañamente atraídos hacia ella.

Cita 303.

«De los deseos más profundos surge a veces el odio más destructivo.»

Sócrates.

Anahí y la Flor del Ceibo.

La flor de ceibo se encuentra en los cursos de agua, pantanos, esteros y lugares húmedos. Por la vistosidad de sus flores se encuentran cultivadas en paseos, parques y plazas. Fue declarada “flor nacional” en Uruguay y en la Argentina.

Su nombre genérico Erythrina es de origen griego, de la voz “erythros”, que significa rojo, atribuida por el color de sus flores. El nombre específico crista-galli, también por la semejanza del color de las flores a la cresta del gallo. Su altura oscila entre 6 a 10 centímetros, con diámetro de 0.50 cm. Fuste tortuoso y poco desarrollado, corteza de color pardo grisáceo, muy gruesa y muy rugosa con profundos surcos.

El ceibo es un árbol originario de América, especialmente de la Argentina (zona del litoral), Uruguay (donde también es flor nacional), Brasil y Paraguay. Crece en las riberas del Paraná y del Río de la Plata, pero se lo puede encontrar también en zonas cercanas a ríos, lagos y zonas pantanosas. Su madera, blanca amarillenta y muy blanda, se utiliza para fabricar algunos artículos de peso reducido. Sus flores se utilizan para teñir telas.

Según la leyenda, en las orillas del Paraná vivía una indígena de rasgos toscos, nada agraciada, llamada Anahí. En las tardes veraniegas deleitaba a toda la gente de su tribu guaraní con sus canciones inspiradas en sus dioses y el amor a la tierra de la que eran dueños. Pero el ejército invasor llegó arrasando las tribus y les arrebataron las tierras, los ídolos, y su libertad. Anahí fue llevada cautiva junto con otros indígenas. Pasó muchos días llorando y muchas noches en vigilia, hasta que un día en que el sueño venció a su centinela, logró escapar, pero al hacerlo, el centinela se despertó, y ella, para lograr su objetivo, hundió un puñal en el pecho de su guardián, y huyó a la selva. El grito del moribundo carcelero despertó a los otros soldados invasores, que persiguieron a Anahí como si de una cacería se tratara. Consiguieron atraparla y, en venganza por matar al guardián, le impusieron como castigo la muerte en la hoguera.

Los soldados la ataron a un tronco, amontonaron a sus pies pajas y ramas secas, y una roja llamarada la rodeó de fuego. Ante el asombro de los que contemplaban la escena, Anahí comenzó a cantar. Era como una invocación a su selva, a su tierra, a la que le entregaba su corazón antes de morir.

Al siguiente amanecer, los soldados se encontraron ante el espectáculo de un hermoso árbol de verdes hojas relucientes y flores rojas aterciopeladas, que se mostraba en todo su esplendor, como el símbolo de valentía y fortaleza ante el sufrimiento.

 

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