Mes: enero 2022

Cita 302.

«Si estás con alguien porque te ofrece un buen futuro, tarde o temprano querrás volver a tu pasado.»

Carlos Ruiz Zafón.

Frida Kahlo.

Magdalena del Carmen Frida, más conocida como Frida Kahlo, nació en 1907 en la Casa Azul de Coyoacán, en Ciudad de México. Hija de un alemán que emigró a México y tuvo una buena economía gracias al ejercicio como joyero de la alta sociedad mexicana de la época y de su labor como fotógrafo. Sin embargo, tras el fin del gobierno de Porfirio Díaz (conocido como “el porfiriato”), la familia comenzó a experimentar serios problemas económicos.

En 1913, cuando Frida tenía seis años, enfermó de poliomielitis y se vio obligada a guardar reposo en cama durante 13 meses; este sería el primer contacto de la artista con la enfermedad, que se convertirá en una sombra permanente durante toda su vida. Aunque consiguió recuperarse, su pierna derecha quedó seriamente deformada. Pero la artista comenzó a demostrar su capacidad de superación desde muy joven y empezó a ayudar a su padre en su trabajo. Frida participa en tareas como el revelado o los retoques, y le asistía en la captura de imágenes, siendo su primer contacto con el arte.

En 1922 Frida Kahlo ingresó en la Escuela Nacional Preparatoria, donde entró en contacto con las ideas más progresistas de la época. Su inteligencia y su talento fueron su mejor defensa frente a las burlas ocasionadas por su cojera; su personalidad arrolladora se impuso y pasó a formar parte del grupo Los cachuchas, donde conoció a su primera pareja, Alejandro Gómez Arias. En 1925 el autobús en el que ambos viajaban fue arrollado por un tranvía. El accidente le ocasionó a Frida múltiples fracturas en todo el cuerpo y agravó considerablemente los problemas ocasionados por la poliomielitis en su pierna derecha.

Postrada en la cama, Frida recibió de su padre una caja de pinturas y pinceles. Es el comienzo de una pasión desenfrenada por el arte, que acompañará a la artista durante sus incontables épocas de postración y atenuará psicológicamente sus constantes dolores, que no le abandonarán hasta la muerte. En palabras de la propia Frida, empezó a pintar la cama “con un corsé de yeso que iba desde la clavícula a la pelvis”, con la ayuda de “un dispositivo muy chistoso”: un artilugio ideado por su madre que sostenía una tabla donde se colocaban los papeles.

Al estar postrada en la cama, Frida comienza a investigar su propia persona, su cuerpo y su identidad. Un dispositivo de espejos colocado sobre la cama le permite comenzar su famosa serie de autorretratos, realizados a lo largo de toda su vida. En principio, las obras muestran el retrato austero de una mujer de intensa mirada; con el tiempo, los autorretratos reflejarían también emociones descarnadas, sufrimientos, pasiones y deseos. Estas obras convertirían a Frida Kahlo en un “objeto de deseo” por parte del movimiento surrealista liderado por André Breton. Sin embargo, ella nunca se vio como una pintora surrealista: en sus propias palabras, “el Surrealismo no corresponde a mi arte. Yo no pinto sueños o pesadillas sino mi realidad, mi propia vida”.

A lo largo de su vida, la exploración de la identidad propia fue una constante en la obra de su obra. Además de los autorretratos, Frida también reflejó su ascendencia familiar y a sus amigos, parejas y allegados. Su primer autorretrato se lo dedicó a su pareja, Gómez Arias, quien se distanció de ella tras el accidente. Aunque Frida sufrió intensamente con la ruptura (mientras el joven abogado quitaba importancia a su relación), nunca dejó de mantener contacto con él.

El accidente que destruyó el esqueleto de la pintora nunca fue un obstáculo para su actividad social y cultural. Frida frecuentó desde su juventud los círculos artísticos y políticos de Ciudad de México; a través de la fotógrafa Tina Modotti entró en contacto con el pintor muralista Diego Rivera, que sería el amor de su vida y con quien mantendría una relación caracterizada por la pasión, el desencanto, los celos y las infidelidades. La artista retrató a su pareja en distintas ocasiones y escribió sus sentimientos hacia él en su diario.

En 1929 y a la edad de 22 años, Frida Kahlo se casa con Diego Rivera, que entonces tenía 43. Fue “la boda entre un elefante y una paloma”, en palabras de la artista. Durante los años siguientes ambos residen en La Casa Azul y pasan temporadas en los EEUU. En esta residencia, y más adelante en la actual Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo, la pareja mantiene una intensa vida cultural y social caracterizada por su compromiso político con los ideales de izquierdas. De hecho, entre 1937 y 1939 darían asilo a León Trotski y a su esposa, perseguidos por Stalin. La relación de Frida y Diego pasa por innumerables altibajos a causa de las infidelidades del muralista, a las que la artista decide responder con sus propias aventuras. Se divorciaron en 1939 para volver a casarse en 1940, esta vez con el compromiso de mantener vidas sexuales abiertas.

Los años 40 fueron para Frida Kahlo una década de intensa actividad artística. Durante mucho tiempo se pensó que su figura había quedado eclipsada en vida por la poderosa presencia de Diego Rivera; si bien la pintora no alcanzó entonces la fama de su esposo, lo cierto es que su obra fue reconocida por artistas como André Bretón, Picasso o Kandinsky, entre otros. En 1938, la Galería Julien Levy de Nueva York organiza su primera exposición individual y empieza a participar en muestras colectivas. Su obra se expone en México, París, Nueva York, Boston y otras capitales norteamericanas. En 1942 entró a formar parte del Seminario de Cultura Mexicana en calidad de miembro fundadora, y en 1943 se incorporó como maestra a la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda. En 1953, año previo a su fallecimiento, la Galería Lola Álvarez Bravo realizó una exposición individual de su obra en Ciudad de México, la única que se celebró en el país estando viva la artista.

Los problemas físicos y de salud mantienen a Frida postrada en cama durante largas temporadas, pero la artista siguió con su actividad pictórica y creó magníficos retratos, llenos de simbolismo, profundidad y personalidad. Es el caso de Los ojos de Frida (1948), la obra refleja dos de las constantes de su pintura: el sufrimiento y la pasión por la tradición mexicana. El dolor y la cercanía de la muerte, que la artista siente cercana, son temas recurrentes en sus lienzos. En 1950 su salud empeora a causa de una intervención en la columna que le causa importantes problemas; en 1954 la artista intentó suicidarse en dos ocasiones, incapaz de seguir aguantando el dolor. Ese mismo año, Frida Kahlo falleció a los 47 años de edad y fue velada en el Palacio de Bellas Artes de la capital por los artistas e intelectuales mexicanos más importantes del momento, en un ataúd cubierto por la bandera comunista.

Cita 301.

«El mejor placer en la vida es hacer lo que la gente te dice que no puedes hacer.»

Walter Bagehot.

El Callejón del Beso.

Si vas a Guanajuato, México, con tu pareja, el Callejón del Beso es un lugar que no podéis dejar de visitar. Su nombre se debe a que las paredes entre sí son muy estrechas y están a menos de un metro de distancia. Existe una leyenda sobre este callejón que, a través del tiempo, se ha mantenido viva gracias al boca a boca. La leyenda trata sobre dos personas enamoradas: Carmen y Don Carlos, y eso es lo que cuenta:

Carmen era la única hija de un padre celoso, estricto y violento que la tenía alejada y aislada de la sociedad para que el amor de otro hombre no se la arrebatara de su lado. Pero Carmen de vez en cuando se escapada y, en una de esas escapadas, conoció a Don Carlos, un humilde minero, con el que se veía cerca de su casa, en una de las tantas iglesias de Guanajuato.

Un día su padre la descubrió, la encerró y la amenazo con enviarla a un convento  para después casarla con un rico y viejo noble español, quien de paso haría un favor al padre pues este aumentaría su fortuna. En aquellos tiempos, la mayoría de las doncellas tenían como fiel sirviente a una dama de compañía. Así que Carmen le pidió a su dama de compañía que le hiciera llegar una carta a Don Carlos en la cual le advertía sobre los planes de su padre. Don Carlos, como todo enamorado, estuvo pensando qué podía hacer y fue entonces cuando se dio cuenta que una de las ventanas de la casa de Carmen daba a un angosto callejón. El callejón era tan estrecho que con tan solo asomarse y estirarse un poco podía tocar la pared de la casa de enfrente. Si Don Carlos lograba entrar a la casa de enfrente, podría hablar con su amada desde los balcones y así entre los dos poder encontrar una solución a su problema.

Preguntando, Don Carlos averiguó quién era el dueño de la casa y la compró. Así, aunque Carmen estuviera encerrada y sin que su padre lo supiera, Carmen y Don Carlos pasaban largas noches hablando en los balcones. Hasta que un día el padre escucho murmullos en la habitación y encontró a la pareja reunida. Enfurecido y violento como era, clavó una daga en el pecho de su hija. Ante los hechos Don Carlos enmudeció de espanto y solamente dejó caer en las manos de su amada un tierno beso.

Pocos días después, Don Carlos al no poder soportar vivir sin el amor de Carmen se lanzó desde el tiro principal de la Mina de la Valenciana.

Cuenta la leyenda de El Callejón del Beso que, si una pareja visita este lugar y se da un beso justo en el tercer escalón de este callejón, tendrá felicidad durante siete largos años. Pero quien no lo haga y pase por el lugar, tendrá siete años de muy, muy mala suerte.

Si vas solo y sin pareja, no te preocupes, no caerá ninguna maldición sobre ti.

“El Callejón del Beso” mide 69 centímetros de ancho, los balcones de las dos casas de este callejón prácticamente se tocan. El lugar se ha convertido en uno de los lugares más visitados de Guanajuato, cientos de estudiantes, turistas y pueblerinos solicitan a los dueños actuales de las casas subir a las habitaciones para prometerse amor eterno.

 

Cita 300.

«Conozco esas lágrimas que no caen y se consumen en los ojos, conozco ese dolor feliz, esa especie de felicidad dolorosa, ese ser y no ser, ese tener y no tener, ese querer y no poder.»

José Saramago.

La Torre de Hércules.

La Torre de Hércules es el faro más antiguo del mundo en funcionamiento, el único romano y el tercero más alto de España gracias a sus 55 metros de altura (sólo superado por el de Chipiona y el de Maspalomas); es además Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde el año 2009 y, siendo tan antiguo, es fuente no sólo de historia sino también de algunas leyendas.

La mitología cuenta que el rey de Brigantium, un gigante llamado Gerión, obligaba a todos los súbditos que vivían en la zona a entregarle todos sus bienes, incluyendo incluso a sus hijos. Un día, Hércules llegó en barca a la ciudad, y los súbditos del gigante artos de los abusos a los que los sometían le pidieron ayuda.  Hércules decidió retar a Gerión a una pelea. Y como no, Hércules ganó. Enterró al gigante y construyó una gran estructura coronada por una antorcha. Alrededor de esta construcción fundó una ciudad. La mitología dice que la gente para fundar la ciudad fue traída desde Galatia, en Anatolia, y por eso se le acabó llamando Galizia. Como la primera mujer que llegó se llamaba Cruña, Hércules decidió ponerle ese nombre a la ciudad.

Esta leyenda es una de las más conocidas, y fue muy famosa durante los siglos XIX y XX, por eso, se cambió el nombre del faro de Brigantium al actual de la Torre de Hércules.

Aún quedan muchas incógnitas sobre el origen y el aspecto primitivo de la Torre de Hércules, pero los datos hasta ahora suministrados y contrastados por la investigación científica (excavaciones arqueológicas, estudio de los paramentos arquitectónicos y de los métodos constructivos, documentación conservada) permiten asegurar que fueron los romanos los constructores del primitivo faro.

La Torre de Hércules fue construida como faro por los romanos, posiblemente hacia finales del siglo I y comienzos del siglo II. De su primitivo aspecto hoy conservamos su interior revestido por un recubrimiento arquitectónico realizado a finales del siglo XVIII. A su pie, también se conserva una inscripción latina grabada sobre roca, hoy protegida por una pequeña edificación, en la que se recoge el nombre del posible arquitecto romano autor de la torre.

Por la inscripción conservada al pie de la Torre, sabemos que su constructor fue Gaio Sevio Lupo, arquitecto de la ciudad de Aeminium (la actual ciudad de Coimbra en Portugal). Con los datos actuales disponibles y sin tener certeza absoluta, se atribuye su construcción a la época del emperador romano Trajano que gobernó entre los años 98 y 117 d.C.

No conocemos con certeza como era su aspecto exterior. Pero tras las excavaciones arqueológicas realizadas en la base de la Torre, sabemos que contaba con un muro perimetral exterior y con una rampa o escalera de piedra que daba acceso a la plataforma superior. Tampoco conocemos con exactitud cómo sería el coronamiento romano de la Torre, pero por los datos conservados tendría una planta circular acabada en forma de cúpula con un hueco en el centro para la salida de la luz y del humo que serviría de guía a los barcos. El núcleo interior, hoy conservado, tiene una base cuadrada en plata con cuatro huecos interiores que se comunicaban dos a dos; se articulaba en tres pisos de altura y los huecos estaban abiertos con bóvedas de cañón. Posiblemente estos espacios servían, entre otras funciones, para guardar el material combustible que ardería en la parte superior y también para resguardo del personal de servicio en la Torre.

En 1927 se realizó la electrificación del faro. En el siglo XIX y hasta finales del XX, las reformas fueron mínimas y apenas afectaron al interior de la Torre, tuvieron mayor importancia las que se acometieron en su entorno. En 1849, el interior de la Torre fue acondicionado para instalar las clases de la primera Escuela de Torreros de Faros de España, que se mantuvieron hasta 1854. Desde 1858 y hasta 1906 las paredes interiores de la Torre estuvieron revestidas con papel estampado. En 1909 la barandilla de madera de la escalera interior fue sustituida por otra de piedra. Y en 1861 y 1956 se construyeron diversos edificios destinados al alojamiento de los fareros, situados al pie de la plataforma de la base de la Torre.

En el año 2009 fue nombrado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y, hoy en día, ya sea por su historia o por sus leyendas, es un monumento imprescindible de visitar si estás haciendo turismo por la zona.

Cita 299.

«La mujer es un manjar digno de dioses, pero a veces la guisa el diablo.»

William Shakespeare.

Samuráis.

Todos hemos visto alguna película de samuráis, aunque ahora no estén muy de moda, hubo una época en la que sí lo estuvieron y el mundo del cine fue partícipe de ello. Nos referirnos a los samuráis como esos guerreros del antiguo Japón, capaces de manejar una catana como si fuera una extensión de su propio cuerpo, dominan las artes marciales y pueden ser tan sigilosos que pueden entrar o salir de una habitación sin que te des cuenta. Pero la verdad es que los samuráis eran una élite militar que gobernó Japón durante cientos de años.

El origen del samurái se remonta alrededor del siglo X y se fortaleció al concluir las Guerras Genpei a finales del siglo XII, cuando fue instituido un gobierno militar bajo la figura del shōgun, por el cual el Emperador de Japón quedó a su sombra como un mero espectador de la situación política del país. Su momento cumbre tuvo lugar durante el período Sengoku, una época de gran inestabilidad y continuas luchas de poder entre los distintos clanes existentes, por lo que esta etapa de la historia de Japón es referida como “período de los estados en guerra”. El liderazgo militar del país continuaría a manos de esta élite hasta la institución del shogunato Tokugawa en el siglo XVII por parte de un poderoso terrateniente samurái llamado Tokugawa Ieyasu, quien paradójicamente, al convertirse en la máxima autoridad al ser nombrado como shōgun, luchó por reducir los privilegios y estatus social de la clase guerrera, proceso que finalmente culminó con su desaparición cuando el emperador retomó su papel de gobernante durante la Restauración Meiji en el siglo XIX.

Históricamente, la imagen de un samurái estuvo más relacionada con la de un arquero a caballo que con la de un espadachín, y no fue hasta que reinó una relativa paz que la espada adquirió la importancia con la que se la relaciona actualmente; la fantasía y la realidad de los samuráis se ha entremezclado e idealizado y sus historias han servido de base tanto de novelas, como de películas e historietas.

Los vínculos familiares, así como la lealtad de vasallos hacia el daimyō eran sumamente fuertes, y eran estos factores los que regían sobre la estructura de un ejército samurái.​ Cualquiera que naciera en una casa de guerreros era entrenado desde su niñez con el fin de convertirlo en un digno representante de sus antepasados.​ Por otro lado, las alianzas entre clanes representaron los vínculos más débiles y a lo largo de la historia se repitieron episodios donde un clan traicionó a su “aliado” en el mismo momento de la batalla.

Hasta mediados del siglo XVI, la organización común de un ejército samurái fue casi la misma:​al término de las campañas, el ejército se disolvía y la gran mayoría de los ashigaru y algunos samuráis regresaban a sus labores del campo. No fue hasta el periodo Sengoku en que algunos daimyō con suficientes recursos mantuvieron un ejército estable y buscaron un grado de especialización en el ejército, incluyendo la infantería.

La estructura jerárquica dependía de factores como el nacimiento, el vasallaje vitalicio y aspectos sociales y militares.​ En el vértice de la pirámide estaban los daimyō y a su lado sus parientes cercanos y familia; seguían los criados vitalicios de la familia, los cuales servían a su señor por muchos años; el siguiente escalón lo constituían los vasallos, ya fuera que se hubieran unido a su servicio o fueran obligados después de la derrota de sus antiguos señores.​ Los ashigaru del periodo Sengoku estaban en el último escalón y estaban divididos en tres secciones según el arma que manejaran, ya fueran arcabuces, lanzas o arcos.​ Había también ashigaru dedicados a servir a los distintos samuráis, otros eran portaestandartes y algunos otros estaban asignados a tambores.​

 

Durante gran parte del periodo Sengoku, se esperaba que todo samurái estuviese listo para presentarse en el campo de batalla con sus respectivas armas, armadura y caballo al momento de existir algún conflicto. Además se deseaba que cada uno proporcionara tropas al servicio de su señor acorde con la riqueza del feudo al que pertenecieran. De este modo el reclutamiento de las tropas necesarias recaía en los samuráis. Estos últimos llevaban consigo a otros samuráis o a jornaleros que dejaban sus tierras para convertirse en ashigaru.

Cuando había que reunir al ejército, se les notificaba la fecha y el lugar en que se pasaría revista. Cada ashigaru reunía sus armas y armadura a la espera de que sonara el horagai (trompeta de concha), el tambor o campanas, los cuales indicarían la hora de partir. Al llegar al punto acordado, el samurái les pasaba revista. Desde ese punto marcharían juntos para presentarse en el castillo y unirse al resto del ejército.​

Un aspecto de vital importancia a lo largo de la historia de los samuráis fueron los castillos. Las primeras fortificaciones en Japón eran difícilmente lo que la gente asocia con “castillos”, ya que eran elaboradas casi exclusivamente con madera. Se apoyaban mucho más en las defensas naturales y la topografía del lugar (como ríos, lagunas, etc.) que cualquier elemento creado por el hombre, y se prefería colocarlos en la cima de las montañas. Este tipo de construcciones, conocidas como kōgoishi y chiyashi, no se construían pensando a largo plazo, por lo que los nativos del archipiélago construían estas fortificaciones y posteriormente eran abandonadas.

Los habitantes de Yamato comenzaron a construir ciudades al inicio del siglo VII, expandiendo el complejo del palacio, rodeado a los cuatro lados por murallas y unas puertas impresionantes. Las fortificaciones de madera se construyeron a lo largo del país para defender el territorio de los emishi, los ainus y otros grupos. A diferencia de sus predecesores, estas construcciones eran relativamente más duraderas y eran construidas durante tiempos de paz.

Hacia finales del periodo Heian, el nacimiento de la clase samurái influyó drásticamente en la construcción de los castillos. Esto se debió a que ya no solo se planeaba su posición con la idea de defender el territorio nacional de ataques externos, sino a que desde ese momento, los distintos clanes tuvieron que cuidarse unos de otros. Los llamados jōkamachi “pueblo bajo castillo” también aparecieron, crecieron y se desarrollaron. A pesar de los avances en cuanto a construcción, la mayoría de los castillos de la época permanecieron con la misma forma de las fortificaciones de madera de siglos atrás, solo que más largos y un poco más complejos.​ Del mismo modo se buscó ubicarlos en lo alto de las montañas, por lo que este tipo de castillos es conocido como yamashiro “castillo de montaña”.​

Algunas familias poderosas no solo controlaban un castillo, sino una serie de castillos, donde el principal era llamado honjō y los castillos satélite shijō. Aunque los shijō generalmente eran castillos en toda la extensión de la palabra, frecuentemente eran construcciones de madera o tierra. Usualmente, faros de fuego, tambores taiko o conchas marinas eran utilizadas para establecer comunicaciones entre los castillos a grandes distancias. El Castillo Odawara de la familia Hōjō y su red de satélites era uno de los más poderosos ejemplos del sistema honjō-shijō; los Hōjō controlaban tanta tierra, que tuvo que crearse una jerarquía de sub-satélites.

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