Monthjulio 2021

Vampiros.

Los vampiros son criaturas que se alimentan de la sangre de otros seres vivos, se les representa con colmillos, sedientos de sangre humana y sin reflejo en los espejos, no soportan la luz del sol y se les puede combatir con ajo o atravesándoles una estaca en el corazón.

Existen diferentes descripciones sobre la apariencia y características de los vampiros dependiendo de cada cultura, pero la mayoría de estas historias y leyendas coinciden en que son seres que se encuentran en un estado entre la vida y la muerte, estuvieron vivos alguna vez y murieron, pero se volvieron inmortales. En algunas culturas, consideran a los vampiros seres diabólicos.

Aunque las leyendas sobre vampiros datan de hace siglos, el concepto que actualmente conocemos de estos seres de la oscuridad se fue desarrollando a través de diversas creencias y tradiciones establecidas en Europa que partieron del temor de que los muertos, después de ser enterrados, podían seguir causando daño a los vivos.

El origen de los vampiros tiene que ver con la profanación de tumbas. En algunos países de Europa del Este se desenterraba a las personas de las que se tenían sospechas y, en muchos de los casos, supuestamente se les encontraban restos de sangre en la boca. Pero estos signos en un cadáver tienen una razón científica ya que, al contraerse la piel de un cadáver los dientes y uñas de este pueden parecer más largas. Además de que la descomposición de los órganos provoca que un líquido oscuro (llamado líquido de purga) escape por la nariz y la boca. Así que lo que estas personas encontraban no era precisamente sangre.

Durante siglos, los vampiros estuvieron asociados a la propagación de enfermedades y plagas  y creían que matando supuestos vampiros las enfermedades se erradicarían.

En 2016, un grupo de arqueólogos en Venecia, Italia, encontró un cráneo del siglo XVI sepultado entre las víctimas de una plaga, con un ladrillo en la boca para que no abandonara la tumba en busca de sangre para alimentarse.

En 2018, en Bulgaria se encontró un vestigio similar: los restos de un cuerpo del siglo XIII que fue sepultado con una estaca de metal en el pecho —a la altura del corazón— y sin una parte de su pierna izquierda, supuestamente para evitar que huyera de su última morada.

Ese mismo año, un equipo de investigadores de la Universidad de Alabama, estudiaron los restos de varias personas enterradas con cuchillos alrededor del cuerpo, piedras en la boca y otros objetos en un cementerio de Polonia. Los científicos llegaron a la conclusión de que eran habitantes de la localidad y que fueron las primeras víctimas de un brote de cólera. El desconocimiento de la enfermedad hizo creer que eran vampiros que traían consigo enfermedades que se propagaron.

En Rumania consideraban que los vampiros eran hombres delgados, de piel pálida, con uñas largas y colmillos puntiagudos para poder clavarlos en el cuello de sus víctimas. También las leyendas aseguran que pueden adoptar la forma de animales para camuflarse, de ahí que se les asocie con los murciélagos.

Esta creencia de que los muertos podían transformarse en monstruos vampíricos inició una serie de rituales de entierro bastante peculiares. Parte de los intentos desesperados para evitar la propagación de los supuestos vampiros fue comenzar a alterar las tumbas de los fallecidos. Los enterraban cubiertos en ajo y semillas de amapola. También les clavaban espadas, cuchillos y palos en todo el cuerpo. En los casos más extremos los quemaban y los mutilaban.

Los mitos de los vampiros permanecieron en Escandinavia como un problema local hasta el siglo XVIII, cuando Serbia estaba sometida bajo dos grandes poderes: La monarquía Habsburgo y el imperio Otomán. Los oficiales austríacos no tardaron en notar las extrañas costumbres que tenían para enterrar a sus muertos y comenzaron a documentar lo que veían. Enseguida se convirtió en un boom mediático. La histeria por los vampiros fue tan intensa que en 1755 la emperatriz de Austria ordenó que se hiciera una investigación exhaustiva sobre el tema y publicó un comunicado oficial en el que refutaban científicamente los rumores de vampiros.

De lo que no cabe ninguna duda es que, a día de hoy, los vampiros siguen siendo una figura de fantasía indispensable en la literatura y el cine moderno.

 

Cita 280.

«Hay un secreto para vivir feliz con la persona amada: no pretender modificarla.»

Dante Alighieri.

Juana La Loca

Juana era la tercera hija de Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, más conocidos como los Reyes Católicos. Nació en Toledo en el año 1479 y recibió la educación propia de una infanta e improbable heredera al trono, basada en la obediencia más que en el gobierno, a diferencia de la exposición pública y las enseñanzas del gobierno requeridos en la instrucción de un príncipe heredero. En el estricto e itinerante ambiente de la corte castellano-aragonesa de su época, Juana estudió comportamiento religioso, urbanidad, buenas maneras propias de la corte, sin desestimar artes como la danza y la música, el entrenamiento como amazona y el conocimiento de lenguas romances propias de la península ibérica, además del francés y del latín. Entre sus principales preceptores se encontraba el sacerdote dominico Andrés de Miranda, Beatriz Galindo y su madre, la reina, que trató de moldearla a su «hechura devocional». El manejo de la casa de la infanta y su ambiente inmediato estaba totalmente dominado por sus padres. La casa incluía personal religioso, oficiales administrativos, personal encargado de la alimentación, criadas y esclavas,​ todos seleccionados por sus padres sin intervención de ella misma. Sin embargo, a diferencia de Juana, su hermano Juan, príncipe de Asturias y de Gerona, comenzó a hacerse cargo de su casa y de posesiones territoriales como entrenamiento en el dominio de sus futuros reinos. En 1495, Juana ya daba muestras de escepticismo religioso y poca devoción por el culto y los ritos cristianos.

Como era costumbre en Europa en aquella época, Isabel y Fernando negociaron los matrimonios de todos sus hijos. Y, con el único fin de reforzar los lazos con el emperador Maximiliano I de Habsburgo contra los monarcas franceses de la dinastía Valois, ofrecieron a Juana en matrimonio a su hijo, Felipe, archiduque de Austria. A cambio de este enlace, los Reyes Católicos pedían la mano de la hija de Maximiliano, Margarita de Austria, como esposa para el príncipe Juan.

En agosto de 1496, la futura archiduquesa partió de Laredo en una de las carracas genovesas al mando del capitán Juan Pérez. La flota también incluía, para demostrar el esplendor de la corona castellano-aragonesa a las tierras del norte y su poderío al hostil rey francés, otros diecinueve buques, desde naos a carabelas, con una tripulación de 3500 hombres. Se le unieron unos sesenta navíos mercantes que transportaban la lana exportada cada año desde Castilla. Era la mayor flota en misión de paz montada hasta entonces en Castilla y Juana fue despedida por su madre y sus hermanos antes de iniciar su rumbo hacia Flandes, hogar de su futuro esposo. La travesía tuvo algunos y, cuando Juana por fin llegó a las tierras del norte, no fue recibida por su prometido debido a la oposición de los consejeros francófilos de Felipe a las alianzas de matrimonio pactadas por su padre el emperador. Los consejeros albergaban la posibilidad de convencer a Maximiliano de la inconveniencia de una alianza con los Reyes Católicos y las virtudes de una alianza con Francia.

Finalmente, la boda se celebró el 20 de octubre de 1496 en la iglesia colegiata de San Gumaro de la pequeña ciudad de Lier. El ambiente de la corte con el que se encontró Juana era radicalmente opuesto al que vivió en su España natal. Por un lado, la sobria, religiosa y familiar corte de Fernando e Isabel contrastaba con la desinhibida y muy individualista corte borgoñona-flamenca, muy festiva y opulenta gracias al comercio de tejidos que sus mercados dominaban desde hacía un siglo y medio.

Aunque los novios no se conocían, se enamoraron al verse. Pero se dice que Felipe pronto perdió el interés en la relación y eso hizo que crecieran unos enormes celos en Juana que incluso fueron considerados patológicos. Poco tiempo después llegaron los hijos, con periodos de abstinencia conyugal que agudizaron los celos de Juana. El 15 de noviembre de 1498, nació su primogénita, Leonor. Carlos, su segundo hijo, nació el 24 de febrero de 1500. Un año después, el 18 de julio de 1501, nació una niña a la que le pusieron el nombre de Isabel en honor de la madre de Juana, Isabel la Católica. Mientras tanto, varios sacerdotes enviados a Flandes por los Reyes Católicos, informaron de que Juana seguía resistiéndose a confesarse y que no asistía a misa.

El destino de Juana como archiduquesa y princesa en Flandes se vio alterado por una serie de fallecimientos en el seno de su familia española. En octubre de 1497 murió su hermano mayor Juan, a los 19 años, según se dijo por sus excesos sexuales con su también joven esposa, Margarita de Austria. Un año después falleció la otra hermana mayor de Juana, Isabel, casada con Manuel I de Portugal. Su hijo recién nacido, Miguel, quedaba como heredero de España y Portugal, pero murió antes de su segundo cumpleaños. De este modo, en 1500 Juana se convirtió en la única heredera de las coronas de Castilla y Aragón, por lo que su madre, Isabel, le imploró que regresara urgentemente de Flandes a España.

En noviembre de 1501 Felipe y Juana, dejando a sus hijos en Flandes, emprendieron camino hacia Castilla por tierra desde Bruselas. Tardaron seis meses en llegar a Toledo, donde prestaron juramento como herederos ante las cortes castellanas en la catedral de Toledo el 22 de mayo de 1502.

Por entonces nadie cuestionaba la capacidad de Juana para reinar. Sus arranques temperamentales eran del dominio público, pero se los consideraba un rasgo heredado de su imponente madre, también propensa a sufrir accesos de melancolía. Los dones de Juana solían recibir exaltados elogios. En 1501, el obispo de Córdoba, enviado por los Reyes Católicos como embajador a Flandes, informaba de que era «habida por muy cuerda y por muy asentada». Ese mismo año, el embajador residente de España había llegado a decir que «en persona de tan poca edad no creo que se haya visto tanta cordura».

En cuanto Juana y Felipe llegaron a España, la reina Isabel lo dispuso todo para que las Cortes de Castilla reconocieran a su hija como heredera legítima al trono. El archiduque Felipe, relegado ignominiosamente al rango de consorte, abandonó España seis meses más tarde, dejando a su mujer embarazada de su cuarto hijo, a quien se impuso el nombre de Fernando en honor de su abuelo materno. La intención de Isabel era que Juana la sucediese en Castilla como reina propietaria, con o sin el apoyo del archiduque; lo que no podía dilucidar de antemano era si tanto Felipe como Fernando el Católico –que legalmente era sólo rey de Aragón– aceptarían tal resolución.

Las Cortes de Toledo reunidas en mayo de 1502 marcaron un punto de inflexión en la vida pública de Juana, pues fue entonces cuando empezó a ponerse en cuestión su idoneidad para gobernar. Cuando la reina Isabel redactó un último testamento poco antes de su muerte, el 26 de noviembre de 1504, existían serias dudas en torno a la salud mental de Juana. Aunque Isabel la confirmó como heredera de sus reinos, en el documento añadía que si la reina Juana, «estando en ellos, no quiera o no pueda entender en la gobernación de ellos», sería Fernando quien ejercería la regencia en su nombre.

En un nuevo intento de impedir una posible usurpación por parte de Felipe de Habsburgo, la soberana subrayaba su condición de extranjero y prohibía expresamente que se asignara cualquier cargo civil o eclesiástico a personas que no fuesen naturales de sus reinos.

Muchos investigadores han sostenido que la presunta «locura» de Juana obedecía únicamente a una conspiración política masculina. Dado que suponía un obstáculo para que Felipe o Fernando ejercieran el control absoluto sobre Castilla, inhabilitarla satisfacía los intereses de ambos. Su trastorno mental, alegan, se exageró deliberadamente con objeto de hacerla inaceptable como soberana. Sin embargo, existen numerosas pruebas que sugieren que Juana de Castilla era efectivamente demasiado inestable para confiarle el gobierno. Lo cierto es que su actitud fue tan anómala que hasta sus últimos días su familia temió sinceramente que estuviera poseída por el diablo.

Meses después del imprevisto regreso de Felipe a los Países Bajos, Isabel dudó seriamente de las aptitudes de su hija para gobernar. El ferviente deseo de Juana por reunirse con su esposo chocaba con las intenciones de su madre de que aprendiera a gobernar. Las discusiones entre ambas mujeres tuvieron un grave efecto en la salud de ambas, hasta el punto de que la reina sufrió serios dolores en el pecho. Juana fue confinada en el castillo de La Mota, una espléndida construcción de ladrillo ubicada en Medina del Campo, donde se produjo un incidente singular y desconcertante. Según el relato de la propia Isabel, su hija Juana estuvo en el recinto exterior del castillo, descalza y sin ropa de abrigo, hasta las dos de la madrugada de una de las noches más frías del año. Con este gesto, Juana forzó a su madre a concederle una entrevista y, en última instancia, a permitirle partir hacia Flandes en busca de su esposo el archiduque, pero logró su propósito a expensas de su dignidad personal, una cualidad imprescindible en cualquier gobernante.

En junio de 1506 ocurrió otro incidente. Su esposo y ella habían vuelto a España en abril, dieciséis meses después del fallecimiento de Isabel la Católica. El 28 de junio, Felipe le comunicó que había firmado con su padre la concordia de Villafáfila, en la que se estipulaba que si la nueva reina no quería o no estaba en condiciones de gobernar, Felipe asumiría total autoridad y hasta continuaría siendo rey a la muerte de su esposa. Fernando se comprometió a retirarse a Aragón, aunque conservó la mitad de las rentas que reportaba a Castilla el Nuevo Mundo, así como pleno control sobre las órdenes militares. En un principio a Juana le habían indignado estas negociaciones, pero luego pareció no prestarles atención. En lugar de pronunciarse, sólo pidió recorrer los jardines del conde de Benavente, famosos por su colección de animales. Cuando hubo visto los pavos reales, Juana se alejó a la carrera hasta topar con la casa de una mujer, de oficio tahonera. Refugiada en la cocina, se resistió a salir pese a las súplicas de su esposo y a que la casa quedó rodeada por los soldados alemanes de Felipe.

La muerte repentina de Felipe el Hermoso, el 25 de septiembre de 1506, supuso sin duda un tremendo golpe emocional para Juana, embarazada de su sexto hijo. No se han podido verificar las historias macabras sobre su empeño en reabrir el féretro del esposo, mientras lo trasladaba de un pueblo a otro de Castilla, a fin de examinar sus restos, quizá para evitar que se extraviaran o fueran robados. Al día siguiente, cuando el presidente del Consejo de Castilla fue a ver a la reina, la soberana en persona le abrió la puerta del palacio donde se alojaba, la llamada casa del Cordón, y le dijo que volviera más tarde. Cuando los miembros del Consejo se presentaron de nuevo tuvieron que perseguir a Juana por toda la casa y, finalmente, despachar a través de una reja que comunicaba la capilla con sus aposentos. Al negarse a tratar los asuntos urgentes, independientemente de que fuera por falta de interés o por enfermedad, Juana de Castilla había demostrado una vez más su incapacidad para el gobierno y Fernando el Católico se hizo con las riendas del gobierno de Castilla, además del de Aragón. A su muerte, en 1516, tras la breve regencia del cardenal Cisneros, el primogénito de Juana, Carlos, sería proclamado rey sin atender a los derechos dinásticos de su madre, que quedaría confinada en el castillo-palacio de Tordesillas desde 1509 hasta su muerte.

Cuando llegó a Tordesillas, Juana estaba acompañada de su hija menor, la joven infanta Catalina, y no se hallaba lejos del cadáver de su marido, depositado provisionalmente en el vecino monasterio de Santa Clara. Sin embargo, su primer guardián se ponía cada vez más nervioso cuando ella se negaba a colaborar, y en 1516 el cardenal Cisneros lo destituyó por maltrato. A mosén Luis Ferrer, que así se llamaba, le aterraba que la cautiva muriese estando a su cargo y admitió «haber usado de violencia en alguna ocasión para preservarle la vida, pues se negaba a tomar alimento». El segundo gobernador de la casa de doña Juana, Hernán Duque de Estrada, era un hombre culto que la trató con mayor compasión. Escribió al cardenal Cisneros que, si se tenía algo de paciencia, a veces la reina era capaz de períodos prolongados de lucidez, aunque confesaba que «lo que no cabe dudar es cuánto conviene razonarla con amor, porque si se quiere torcer su voluntad por fuerza, todo se desbarata».

El más criticado en su función de guardián de Juana fue el marqués de Denia, cuya familia se encargó de vigilar a la reina hasta su muerte en el año 1555. Siguiendo órdenes de Carlos V, restringió a Juana el acceso a cualquier información políticamente sensible. Durante cuatro años no informaron a Juana de que su padre había fallecido. Denia apartó a la infanta Catalina del cuidado de su madre en 1525, y dos años después se llevó en secreto el ataúd de Felipe el Hermoso para sepultarlo en la Capilla Real de Granada.

Hacia el final de su vida, a su familia empezó a preocuparle que el alma de la reina estuviera en peligro. No quería comer, ni se peinaba, ni tan siquiera se aseaba o vestía y se negaba obstinadamente a oír misa.

Juana I de Castilla murió el Viernes Santo de 1555, a los 76 años, tras haber permanecido confinada casi medio siglo. Francisco de Borja atestiguó que sus últimas y balbuceantes palabras habían sido «Jesucristo crucificado, ayúdame». Juana luchó durante toda su vida para ser una buena hija, esposa y madre. Aceptó que enfermaba con frecuencia y que, cuando eso ocurría, era incapaz de gobernar sus múltiples reinos.

¿Tú qué opinas? ¿Conspiración para arrebatarle sus reinos o realmente Juana tenía alguna enfermedad que le impedía gobernar?

Cita 279.

«Los años enseñan muchas cosas que los días nunca supieron.»

Ralph Waldo Emerson.

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