mesdiciembre 2019

La protegida del Capitán 10.

Oliver contó con la ayuda de su familia para organizar la excursión a la que pensaba llevar a Scarlett y también para que su casa estuviera lista para disfrutar de una velada romántica. Su interés sentimental en Scarlett se había convertido en un secreto a voces, a nadie le había pasado desapercibido y Oliver tampoco tenía intención de ocultarlo. Habían pasado tres semanas desde que la conoció en Isla Maravilla; había pasado cinco días en la selva con ella, escondiéndose de Damian Wilson y sus hombres; habían discutido y había estado separado de ella toda una semana, sin mantener ningún tipo de contacto; se habían reconciliado y ahora estaba empezando a asimilar que se había enamorado de ella.

Oliver suspiró extasiado mientras contemplaba a Scarlett, que dormía plácidamente entre sus brazos. Le acarició la espalda con suavidad y, cuando ella se despertó, le susurró:

—Buenos días, preciosa. Es hora de levantarse.

—Un ratito más —le rogó Scarlett, acurrucándose contra él.

—Hoy no, nos vamos de excursión —le recordó. La besó en los labios y, cogiéndola en brazos, la llevó al cuarto de baño y añadió—: Dúchate mientras preparo el desayuno.

— ¿No te duchas conmigo?

—Si me ducho contigo, no saldremos de la cabaña en todo el día —bromeó Oliver, pese a que sus palabras no eran ninguna mentira.

Scarlett no discutió, sabía que Oliver estaba muy ilusionado con aquella excursión y ella también lo estaba. No quería pensar en lo que estaba sintiendo por él, tan solo deseaba disfrutar de todo aquello antes de que se acabara.

Mientras ella se duchaba, Oliver metió todo lo que necesitaba en una mochila y preparó el desayuno. Una hora más tarde, Oliver la llevó al establo donde Daniel les esperaba con un precioso caballo listo para montar.

— ¿Vamos a montar a caballo? —Preguntó Scarlett nerviosa. Oliver asintió, mostrando la mejor de sus sonrisas, y ella le confesó—: No creo que sea buena idea, nunca he montado a caballo.

—No te preocupes, yo iré contigo. ¿Confías en mí? —Scarlett sonrió, por supuesto que confiaba en él. Oliver la cogió en brazos y, sin ningún esfuerzo, la subió a lomos del caballo y después se subió él detrás de ella—. ¿Estás bien?

—Sí.

— ¿A qué hora regresaréis? —Les preguntó Daniel.

—Al atardecer, pero ya me encargo yo de guardar el caballo en el establo cuando lleguemos, así puedes echarle una mano a Claire.

—De acuerdo, ya veo que lo tienes todo bajo control —bromeó Daniel y añadió antes de que se marcharan a lomos del caballo—: Disfrutad de la excursión.

A Scarlett no le pasó por alto aquel sospechoso intercambio de miradas, ya sospechaba desde la tarde anterior que Oliver tramaba algo y que había hecho partícipe de ello a su familia. Sin embargo, se olvidó de todo cuando Oliver agarró las riendas del caballo con una mano y con la otra la sujetó a ella por la cintura y la besó sin previo aviso.

— ¿Vas a decirme a dónde me llevas? —Le preguntó Scarlett un rato después.

—Ya te he dicho que es una sorpresa, no seas impaciente —le respondió Oliver con tono juguetón, estaba de muy buen humor y se le notaba.

El paseo a caballo duró aproximadamente una hora, hasta que llegaron a un pequeño claro en el bosque por donde pasaba el río. Oliver bajó del caballo de un salto y, acto seguido, cogió a Scarlett en brazos para ayudarla a bajar. Scarlett estaba fascinada, aquel hermoso lugar parecía sacado de un cuento de hadas. Mientras ella miraba el paisaje embelesada, Oliver amarró el caballo a un poste a orillas del río para que pudiera beber agua bajo la sombra de otro sauce, tendió la manta de picnic sobre la hierba, bajo la sombra de un sauce llorón, y preparó un pequeño aperitivo.

—Gracias —le dijo Scarlett abrazándole.

— ¿Por qué?

—Por todo. Por dejar que me quede en la granja, por cuidar de mí, por lidiar con mi padre y, sobre todo, por hacer que todo resulte mucho más fácil de lo que es.

—Tú haces que todo resulte sencillo, preciosa —le respondió él besándola en los labios con dulzura—. Entonces, ¿te ha gustado la sorpresa?

— ¡Me ha encantado! —Exclamó Scarlett acurrucándose junto a él y añadió bromeando divertida—: Podemos buscar una cueva en la que instalarnos y quedarnos aquí.

—En verano sería divertido, pero en invierno nos congelaríamos.

—Este lugar es precioso y transmite mucha paz.

—Pues todavía no te he enseñado lo mejor.

— ¿Hay más sorpresas?

—Una más, pero antes tienes que comer un poco.

— ¿Hay una cabaña por aquí? Porque, si es así, me quedaré hasta en invierno.

— ¿Eso significa que te quedarías aquí conmigo para siempre? —Le preguntó Oliver con tono juguetón.

—Acabarías aburriéndote de mí.

—Quizás tengamos que poner a prueba tu teoría y ver qué pasa.

—Mm… Ten cuidado, me estás malacostumbrando —ronroneó en su cuello.

Entre provocaciones, besos y caricias, Oliver y Scarlett se alimentaron con un pequeño aperitivo. Con la excusa de dar un paseo y enseñarle a Scarlett los alrededores de la zona, Oliver la guió hasta llegar al lugar preciso: las pozas termales. Scarlett se quedó estupefacta al ver aquellas pequeñas lagunas de agua humeante entre las rocas, casi ocultas por la frondosa vegetación de la zona.

— ¿Dónde estamos? —Le preguntó Scarlett acercándose a las pozas pero sin llegar a tocar el agua.

—Seguimos en los terrenos de la granja, al pie de la sierra. Estas pozas se encuentran sobre una línea de fallas por donde se filtran las aguas subterráneas que se calientan al llegar a cierta profundidad y suben después en forma de vapor o de agua caliente.

— ¿Podemos bañarnos en las pozas?

—Por supuesto, a eso hemos venido —le respondió Oliver al mismo tiempo que se deshacía de su ropa—. ¿Te bañas conmigo?

Scarlett se desnudó a modo de respuesta, él la abrazó, le dio un leve beso en los labios y entró en la poza junto a ella. Oliver se sentó en una piedra plana dentro de la poza y Scarlett se sentó a horcajadas sobre él, mostrando su sonrisa traviesa y juguetona.

—Mm… ¿Estás de buen humor? —Le preguntó con la voz ronca.

—Estoy feliz y tengo ganas de jugar —ronroneó Scarlett.

— ¿Quieres jugar? —La provocó alzando la pelvis para presionar con su erección sobre su entrepierna.

A Scarlett se le escapó un gemido de la garganta al presagiar lo que estaba a punto de ocurrir y Oliver no se hizo de rogar para complacerla. La estrechó con fuerza entre sus brazos, la besó apasionadamente y se hundió en ella con una lentitud tan desesperante como placentera. Con la misma lentitud, entró y salió de ella al mismo tiempo que la besaba, deslizando una de sus manos hacia el punto donde sus cuerpos se unían para estimularla acariciando y presionando sobre su clítoris, haciéndola estallar en mil pedazos y dejándose arrastrar con ella en un orgasmo demoledor.

— ¿Estás bien, preciosa? —Le preguntó Oliver cuando sus respiraciones se acompasaron.

—No podría estar mejor —le confirmó ella extasiada.

Pasaron el resto de la mañana bañándose en las pozas de aguas termales, profiriéndose besos y caricias. Más tarde regresaron a orillas del río, donde se acomodaron bajo la sombra de un sauce para disfrutar de un picnic al aire libre, ante las hermosas vistas de un paisaje de belleza natural y fascinante.

A media tarde decidieron ponerse en camino para regresar a la cabaña, recogieron el picnic, se subieron a los lomos del caballo y llegaron al establo al anochecer. Daniel les saludó al verlos llegar y, consciente de los planes de su hermano con Scarlett, les instó a que se marchasen mientras él se ocupaba del caballo.

Como dos adolescentes viviendo su primer amor, Scarlett y Oliver caminaron agarrados de la mano, profiriéndose besos y caricias hasta que llegaron a la cabaña.

— ¿Te duchas conmigo? —Le preguntó Scarlett.

—Si alguna vez te respondo que no a esa pregunta, mátame —bromeó él, entrando en el cuarto de baño detrás de ella.

Tras compartir una placentera ducha más larga de lo que Oliver pretendía, la instó a vestirse y a preparar una mochila con una muda de ropa para el día siguiente y sus cosas de aseo.

— ¿Vamos a alguna parte? —Preguntó Scarlett preocupada.

—Esta noche no dormiremos en la cabaña.

— ¿Y dónde vamos a dormir?

—En seguida lo verás —le respondió él divertido.

— ¿Necesito un pijama para dormir? —Le preguntó Scarlett con una sonrisa traviesa en los labios.

—Puedes llevarte un pijama, pero no creo que lo vayas a utilizar.

Aunque tenía intención de dormir desnuda como cada noche, Scarlett metió un pijama en la mochila por si acaso lo necesitaba, también añadió una muda de ropa y su neceser con todo lo que necesitaba para asearse. Intrigada e impaciente por descubrir a dónde la llevaría Oliver a pasar la noche, anunció emocionada:

—Ya estoy lista, ¿nos vamos?

— ¿Te ha entrado prisa, nena? —Le preguntó él, provocándola.

— ¡Oliver! —Protestó Scarlett poniendo morritos.

— ¿Qué ocurre? —Le preguntó riendo a carcajadas.

—Dime a dónde me llevas o no voy a ninguna parte.

—En seguida lo sabrás, nena —le susurró con la voz ronca y, tras darle un leve beso en los labios, añadió—: Espero que la última sorpresa del día te guste tanto como las otras dos.

Agarrados de la mano, Oliver y Scarlett salieron de la cabaña cargando con la mochila que habían preparado y se dirigieron a la casa de Oliver. Scarlett se detuvo junto a la entrada del jardín delantero y no le costó deducir dónde pasarían la noche:

—Vamos a dormir aquí.

—No pareces muy ilusionada —comentó divertido.

—No me importa dormir en el suelo cuando estoy en mitad de la selva ocultándome de un peligroso asesino que me busca para matarme, pero cuando prefiero dormir en una cama si dispongo de una.

Oliver la abrazó desde atrás y atravesaron el jardín delantero hasta llegar a la entrada principal de la casa. Abrió la puerta e invitó a entrar a Scarlett. Ella dio un par de pasos y se detuvo en el hall, desde donde se podía ver el salón y el comedor completamente amueblados.

— ¿Cuándo han traído los muebles?

—Hoy, Claire se ha encargado de que estuviera todo preparado para cuando llegáramos y me ha dicho que tenemos una sorpresa en el jardín trasero, pero antes quiero enseñarte la casa.

Scarlett accedió encantada, curiosa por averiguar cómo había decorado el resto de las habitaciones de la casa. Tras un breve recorrido por la el salón, el comedor, la cocina y un pequeño aseo, subieron a la planta superior. Oliver le mostró el despacho, un par de habitaciones de invitados con un baño compartido, el dormitorio principal  con baño propio y, por último, una tercera habitación de invitados que también contaba con baño propio.

—Nos vamos a instalar en la casa y esta será tu nueva habitación.

— ¿No vas a dormir conmigo?

—Por supuesto, nena. Dormiré contigo siempre que quieras, pero quiero que te sientas cómoda aquí y que tengas un lugar en la casa que solo sea tuyo —le respondió Oliver sin dejar de abrazarla.

Sin dejar de abrazarse, bajaron las escaleras hacia la planta baja y salieron al jardín trasero de la casa, donde Claire se había encargado de preparar un romántica mesa para dos, ambientada con la luz de un par de velas de color rojo y un pequeño camino de pétalos de rosa sobre el césped que llevaba del porche trasero a la mesa.

— ¿Qué es todo esto?

—Claire quería darnos una sorpresa y nos ha preparado una velada romántica, pero creo que se le ha ido un poco de las manos…

—No, es perfecto —opinó ella.

— ¿Te gusta?

—Me encanta, Capitán —le confirmó besándole en los labios.

Ambos se sentaron a la mesa del jardín y se dispusieron a disfrutar de una deliciosa cena en un ambiente íntimo y romántico. Después de cenar, Oliver agarró en brazos a Scarlett y subió a la planta superior de la casa cargando con ella hasta el dormitorio principal, donde la depositó con delicadeza sobre la cama.

—Quiero jugar, Capitán —ronroneó Scarlett deshaciéndose primero de su camiseta y después de su pantalón.

—Me tienes a tus pies, nena —le susurró Oliver con la voz ronca—. Solo tienes que decirme qué es lo que deseas.

—Te deseo a ti besando y acariciando mi cuerpo, hundiéndote en mí y haciéndome gritar de placer.

Los ojos de Oliver se impregnaron de lujuria y no se hizo de rogar, se abalanzó sobre Scarlett y le dio todo lo que ella deseaba.

Cita 203.

“Cree solo en la mitad de lo que veas y en nada de lo que escuches.”

Edgar Allan Poe.

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