mesjunio 2019

Cita 181.

“Me atormenta tu amor que no me sirve de puente, porque un puente no se sostiene de un solo lado.”

Julio Cortázar.

Reconócelo, caprichosa (I/III)

Amaia se apresuró en guardar el equipaje en el maletero de su coche y se dirigió al apartamento de su mejor amiga Cristina, donde llegó con veinte minutos de retraso. Tras recoger a Cristina y escuchar un sermón sobre la puntualidad en forma de reprimenda, ambas se dirigieron al punto de encuentro: un parque situado a las afueras de la ciudad donde se reunirían con el resto de la pandilla antes de emprender sus vacaciones de verano.

Los ocho amigos se conocían desde que eran unos críos y, cuando terminó el instituto, decidieron emprender un viaje a la costa, donde disfrutaron de las playas vírgenes, de la naturaleza y de unos días de relax en unas cabañas de madera. Desde entonces, habían planeado regresar todos juntos al mismo lugar para pasar allí unas vacaciones idílicas, pero habían tenido que pasar ocho años para que finalmente se pusieran todos de acuerdo y poder llevar a cabo esas añoradas vacaciones.

Habían pasado muchas cosas desde la última vez que se reunieron todos para la boda de Yolanda y Luís, que estaban a punto de cumplir su primer aniversario de boda. Amaia tenía una sensación agridulce, por un lado, ansiaba disfrutar de unos días de vacaciones con sus amigos de toda la vida y, por el otro, también ansiaba reencontrarse con Jon, pero sabía que él no iría.

— ¿Va todo bien? —Le preguntó Cristina mientras Amaia conducía en silencio, sumida en sus propios pensamientos.

—Todo bien —mintió.

—Reconócelo, te mueres de ganas por ver a Jon —la instó su amiga, que la conocía demasiado bien.

—Pues sí, y la verdad es que no entiendo la razón, debería odiarle.

—Creo que ya es hora de que ambos afrontéis la situación, os pasáis la vida echándoos de menos, pero ninguno de los dos se atreve a reconocer que no podéis vivir el uno sin el otro. Vosotros mismos os sometéis a una tortura innecesaria.

—Pasé la noche con él y al día siguiente se presentó voluntario para una misión encubierta de la que aún no ha vuelto —le recordó Amaia.

—Quizás fue porque esa noche tú te largaste sin decirle nada mientras él dormía pensando que seguías a su lado —le reprochó Cristina.

Amaia no contestó, no tenía ganas de discutir con su amiga y mucho menos a causa de Jon. Sabía que no había hecho las cosas bien y no necesitaba que se lo recordaran, pero ella también tenía sus motivos para huir de allí después de lo que ocurrió aquella noche. Amaia estaba prometida con Miguel y, cuando se despertó al lado de Jon, supo que lo había hecho todo mal. Se sintió fatal por traicionar a Miguel y lo primero que hizo fue confesarle su infidelidad. Miguel se lo tomó mejor de lo que Amaia esperaba, pensó que la dejaría en cuanto se lo dijera, pero en lugar de eso le dijo que estaba dispuesto a esperar a que aclarara sus sentimientos. Pero Amaia tenía claros sus sentimientos, sabía que siempre había estado enamorada de Jon y que siempre lo estaría, así que rompió con Miguel definitivamente. Unos días más tarde, trató de ponerse en contacto con Jon, pero no le localizó, fue entonces cuando Mario, el mejor amigo de Jon y miembro de la pandilla, le dijo que se había presentado voluntario para una misión encubierta.

Jon regresó de su misión encubierta el día anterior y fue a visitar a su amigo Mario, quien le informó de la inminente escapada de vacaciones de la pandilla y trató de convencerle para que se apuntara.

—Amaia también irá —le dijo Mario, metiendo el dedo en la llaga.

— ¿Acompañada por su prometido? —Preguntó Jon con tono amargo.

—Tendrás que venir para averiguarlo.

—No me toques los cojones, Mario —le advirtió Jon.

—Creía que el objetivo de presentarte voluntario a esa misión era olvidar a Amaia, veo que se te ha dado muy bien —se mofó. Jon le miró con cara de pocos amigos y Mario se apiadó de él—: Amaia rompió su compromiso con Miguel el mismo día que salió corriendo de tu cama.

—No puede ser.

—Será mejor que prepares la maleta para unas vacaciones en la costa, hemos quedado mañana a las ocho de la mañana.

Y Jon no tuvo ninguna duda, estaba dispuesto a ir a ese viaje y reconquistar a Amaia, costara lo que le costara. A la mañana siguiente, Jon se presentó en casa de Mario y ambos se dirigieron al punto de encuentro. 

Amaia y Cristina eran las últimas en llegar, algo a lo que sus amigos ya estaban más que acostumbrados. Aparcó el coche junto al de Mario y, tras localizar a la pandilla desayunando en la terraza del bar del parque, caminaron hacia allí. Amaia ni siquiera se había percatado de la presencia de Jon cuando su amiga le dijo:

—Parece que tus deseos se hacen realidad.

— ¿Qué…? —Entonces vio a Jon y entendió a qué se refería su amiga—. ¿Qué está haciendo aquí?

—Ahora lo averiguaremos —le aseguró Cristina en un susurro para después saludar a sus amigos, emocionada con aquellas vacaciones—: ¡Hola a todos!

—Y aquí están Cristina y Amaia, las últimas para variar —se mofó Óscar.

—Lo bueno se hace esperar —le respondió Cristina sacándole la lengua divertida—. Me alegro de verte, Jon. ¿Ya has vuelto de salvar el mundo?

— ¿Me habéis echado de menos? —Bromeó Jon clavando sus ojos en Amaia.

— ¿Qué tal estás, Amaia? Hacía mucho tiempo que no se te veía el pelo —la saludó Mario con una maliciosa sonrisa en los labios.

—He estado un poco liada últimamente —se excusó ella.

Jon no apartó sus ojos de Amaia y ella, consciente del escrutinio al que la estaba sometiendo, le sostuvo la mirada durante varios segundos, pero ninguno de los dos dijo nada para no acabar discutiendo.

—Será mejor que salgamos ya o llegaremos a la costa pasada la medianoche —argumentó Mario y, acto seguido, se volvió hacia Cristina y le preguntó—: ¿Quieres ser mi copiloto?

—Por supuesto.

— ¡Eh! ¿Y qué pasa conmigo? —Protestó Amaia.

—Estoy seguro de que a Jon no le importará acompañarte —se mofó Cristina. Y, en tono más bajo para que solo ellos la escucharan, añadió—: Además, creo que debéis resolver un par de asuntos para rebajar la tensión.

Jon sonrió satisfecho y Amaia resopló con resignación. Tenían por delante un largo viaje por carretera de más de seis horas, demasiadas horas para estar encerrados en un coche.

Tratando de suavizar la situación, Jon optó por el silencio, pero no dejaba de mirar a Amaia, que cada vez se ponía más nerviosa.

— ¿Quieres dejar de mirarme? —Le espetó.

— ¿Te molesta?

—Me pone nerviosa.

— ¿Prefieres que hablemos?

— ¿Tienes algo que decir? —Le tanteó Amaia.

—Hace casi un año que saliste huyendo de mi cama y no nos hemos visto desde entonces, creo que deberíamos ponernos al día sobre nuestras vidas.

—Nos hubiéramos visto antes si no te hubieras ido a salvar el mundo —le reprochó.

Jon no contestó, se mordió la lengua para no decirle que no se hubiera ido a ninguna parte si ella se hubiera quedado con él en la cama. En lugar de eso, Jon suspiró miró por la ventanilla, tratando de serenarse mientras se distraía contemplando el paisaje por el que cruzaba la carretera. Frustrada, Amaia se concentró en la carretera y decidió ignorar las pullas de Jon.

Un par de horas después de iniciar el trayecto, los ocho amigos, repartidos en tres coches, pararon en un área de servicio para tomar algo y estirar un poco las piernas.

—Caprichosa, ¿te traigo algo de beber? —Le preguntó Jon a Amaia en un susurro, acercándose tanto a ella que consiguió excitarla al sentir su aliento en el cuello.

—Una botella de agua, por favor —consiguió decir Amaia tratando de sonar lo más natural posible.

Tras un breve descanso, los ocho amigos emprendieron de nuevo el viaje por carretera. Jon insistió en conducir y Amaia ocupó el asiento del copiloto.

—Es un viaje largo, ¿quieres contarme qué has estado haciendo este último año? —Le preguntó Jon tratando de mantener una sana y amistosa conversación.

—Lo de siempre, trabajar y poco más.

—He oído que ya no estás con Miguel.

—Hace casi un año que no estoy con Miguel —matizó Amaia.

—Y, ¿ahora estás con alguien?

—No tengo una relación estable, si es eso lo que me estás preguntando —le respondió empezando a impacientarse.

— ¿Te incomoda hablar conmigo del tema?

—Sí, no pienso contarte con quién me acuesto o me dejo de acostar.

—Entonces, te acuestas con alguien —dedujo Jon.

—Y tú, ¿te acuestas con alguien? —Inquirió ella.

—He estado en una base militar, rodeado de hombres durante casi un año, hace mucho tiempo que no me acuesto con una mujer, pero recuerdo perfectamente quién fue la última.

— ¿Casi un año? ¿Y no te has muerto? —Se mofó Amaia.

—Será mejor que no me provoques, caprichosa.

La sonrisa maliciosa que Jon le dedicó consiguió derretirla como solo él sabía hacerlo y Amaia no pudo más que sonreír como si todavía fuera una adolescente.

Pararon un par de veces más hasta llegar a su destino: una zona costera protegida, situada al sur del país, rodeada de naturaleza y sin ninguna edificación, con la excepción de las cabañas de madera que el estado alquilaba a turistas. Habían reservado cuatro cabañas y eran ocho, así que se dividieron en parejas para ocuparlas. Yolanda y Luís ocuparon la primera; Óscar y Lidia ocuparon la segunda; y, antes de que Amaia pudiera instalarse en la tercera cabaña con su amiga Cristina, Mario decidió intervenir:

—Amaia, si no te importa, me gustaría compartir la cabaña con Cristina.

Amaia miró a su amiga con cara de pocos amigos, sin poder creerse la encerrona que le habían preparado aquellos dos para que ella tuviera que compartir la cabaña con Jon. Cristina y Mario no eran una pareja formal ni estable, pero se divertían juntos y sin ningún tipo de compromiso siempre que a ambos les apetecía.

—Será como en los viejos tiempos, compartiremos cabaña —le dijo Jon con una amplia sonrisa de oreja a oreja mientras cargaba con el equipaje de ambos para llevarlo a la cuarta cabaña.

Amaia fulminó con la mirada a Cristina y Mario, pero a ellos la situación les pareció de lo más divertida y se rieron en sus narices.

—Genial, empezamos bien —protestó Amaia con sarcasmo.

Amaia estaba preocupada y no era para menos. Las cabañas estaban ideadas para cobijar a parejas y tan solo había una cama de matrimonio que tendría que compartir con Jon. Si el viaje hasta llegar a la costa se le había hecho eterno debido al esfuerzo por contener sus ganas de abalanzarse sobre Jon y sucumbir a sus deseos, no quería ni imaginar lo que sería pasar veinticuatro horas juntos, durante siete días, compartiendo cabaña, ducha y cama con él.

— ¿Tan malo te resulta compartir la cabaña conmigo? —Le preguntó Jon visiblemente dolido ante la reacción de ella.

—Se suponía que iban a ser unas vacaciones tranquilas y, contigo al lado, serán unas vacaciones de todo menos tranquilas.

—Depende de lo que entiendas por tranquilidad —le respondió Jon encogiéndose de hombros como si la cosa no fuera con él—. Voy a darme una ducha, necesito refrescarme.

Sin decir nada más, Jon se encerró en el cuarto de baño y Amaia aprovechó para deshacer la maleta y colocar la ropa en el armario. Veinte minutos más tarde, Jon salía del baño desnudo de cintura para arriba y con tan solo una pequeña toalla que le cubría de la cintura hasta las rodillas. Amaia no pudo evitar mirarle con deseo, a pesar de los años que habían pasado, todavía le deseaba igual o más que el primer día.

— ¿Te gustan las vistas? —Se mofó Jon, consciente de cómo le miraba Amaia.

—Ten cuidado, yo también puedo jugar ese juego —le advirtió Amaia.

—Entonces, solo es cuestión de ver quién aguanta más —la retó con una sonrisa maliciosa en los labios.

—Te veo muy seguro, sobre todo teniendo en cuenta que, según tú, llevas casi un año en sequía.

—Tú misma lo has dicho, caprichosa. Llevo casi un año en sequía, no me pasará nada por esperar unos días más.

Amaia maldijo entre dientes, ella tampoco se había acostado con nadie desde que estuvo con él, hacía ya casi un año, y no estaba segura de poder resistir la tentación si dormía a su lado.

—De acuerdo, veamos quién termina suplicando a quién —aceptó el reto Amaia tendiéndole la mano.

Jon le estrechó la mano para sellar el acuerdo y acto seguido, con su sonrisa traviesa en los labios, le preguntó:

— ¿Qué lado de la cama prefieres?

—Me da igual —bufó Amaia—. Ya he colocado mis cosas en un lado del armario, puedes colocar las tuyas en el otro lado. Voy a darme una ducha rápida.

—Avísame si necesitas ayuda —se guaseó Jon mientras ella se encerraba en el cuarto de baño dando un sonoro portazo.

Jon sonrió, satisfecho de estar allí con ella. Aunque emprendió aquel viaje con bajas expectativas, lo cierto era que no habían pasado ni doce horas y todo iba mejor de lo que había imaginado. Aquel juego provocador entre ambos le confirmó que Amaia estaba dispuesta a dejarse llevar y, esta vez, no pensaba permitir que huyera de su cama a hurtadillas.

Un par de horas más tarde, los ocho amigos se sentaban alrededor de una hoguera mientras cenaban y brindaban por aquel reencuentro.

— ¿Desde cuándo no estábamos todos juntos? —Preguntó Lidia mientras preparaba unos mojitos para todos.

—Desde la boda de mi hermana Yoli —respondió Óscar.

—Hará un año el mes que viene —apuntó Yolanda— y parece que fue ayer.

—Han pasado muchas cosas este último año —intervino Luís.

—Os propongo un juego —les dijo Lidia animada—. ¿Os acordáis de cuándo éramos unos críos y jugábamos a verdad o reto? —Todos asintieron y Lidia añadió—: Pues creo que sería una bonita forma de conocernos mejor.

—Vale, pero lo hacemos por turnos que si no siempre hay alguien que se libra —gruñó Óscar.

Entre bromas y risas, todos fueron respondiendo con la verdad a las respuestas indiscretas que les iban haciendo sus amigos y el que no respondía se la jugaba aceptando un reto igual de incómodo que la pregunta. Hasta que el turno le llegó a Amaia y Jon se encargó de realizar la pregunta:

— ¿Por qué rompiste el compromiso con Miguel?

—Reto —respondió ella directamente.

— ¿Reto? Está bien, cómo quieras —le dijo Jon con una sonrisa maliciosa—. Ven y dame un beso de esos de película.

— ¿Qué? ¡Eso no se puede hacer! —Protestó Amaia.

—Entonces, responde a la pregunta —le contestaron sus siete amigos al unísono.

—Le puse los cuernos a Miguel —confesó Amaia.

— ¿Y cómo se enteró? —Quiso saber Yolanda.

—Se lo dije yo —respondió Amaia.

—Pobre, qué disgusto se debió llevar, se le veía tan enamorado de ti —se lamentó Lidia.

—Y sigue estando enamorado, todavía intenta volver con Amaia —comentó Cristina, ganándose una mirada de reproche de su amiga.

— ¿Podemos continuar ya con el siguiente? —Bufó Amaia.

Conscientes de que a Amaia no le hacía ninguna gracia hablar del tema, continuaron jugando. Cuando el turno le llegó a Jon, Cristina fue la encargada de realizar la pregunta:

— ¿Por qué te presentaste a esa misión encubierta de repente?

—Porque una chica me rompió el corazón y, en aquel momento, necesitaba poner tierra de por medio —respondió Jon sin andarse por las ramas, clavando su mirada en Amaia.

Salvo Mario y Cristina, nadie sabía lo que ocurrió entre Amaia y Jon la noche en la que se celebró la boda de Luís y Yolanda, por lo que las palabras de Jon causaron un efecto mayor de lo que cabía esperar.

Tras tomar un último mojito, la pandilla se despidió para retirarse a sus respectivas cabañas a descansar. Amaia y Jon entraron en su cabaña y, tras intercambiar una mirada desafiante, Jon sonrió y comenzó a desnudarse antes de meterse en la cama. Consciente de la intención de Jon de excitarla, Amaia decidió jugar a su mismo juego y comenzó a desnudarse lentamente hasta que se quedó en ropa interior, se colocó una vieja camiseta y se metió en la cama junto a Jon.

—Bonito pijama —se mofó Jon.

—Procura quedarte en tu lado de la cama —masculló Amaia.

—Estaré aquí si me necesitas en mitad de la noche, caprichosa.

Amaia se giró y quedó tumbada de lado, dándole la espalda Jon. Pensó que le resultaría más fácil dormir si no lo veía, pero se equivocó. Jon tampoco pegó ojo en toda la noche, pendiente de la respiración de Amaia y observándola fingir que dormía.    

Continúa la historia en la segunda parte: Reconócelo, caprichosa II.

Cita 180.

“Quise ahogar mis penas en alcohol, pero las condenadas aprendieron a nadar.”

Frida Kahlo.

Hasta que el contrato nos separe 54.

Un año más tarde…

Gisele estaba en la habitación del bebé, cambiando de ropa al pequeño Matt para bajar a recibir a los invitados que estaban a punto de llegar para celebrar la cena de Nochebuena. Estaba nerviosa, necesitaba hablar con Matt pero, con Leonor todo el día en casa para organizar los preparativos de la cena, no había podido tener ni un minuto a solas con él. Además, aquella conversación sería larga. Gisele miró el test de embarazo y suspiró, había dado a luz hacía apenas seis meses y estaba embarazada de nuevo. Y, aunque su relación con Matt iba bien, desde que el pequeño Matt nació apenas tenían tiempo solo para ambos y Matt se quejaba de ello, pero Gisele se negaba a separarse de su bebé, y tenía miedo de la reacción de Matt cuando se lo dijera.

Matt estaba en la cocina con Leonor, preparando la cena, cuando decidió ir a buscar a las dos personas que más amaba en el mundo.

—Mamá, voy a ver si Gisele necesita ayuda, ¿puedes encargarte tú?

—Ayuda a Gis, yo aquí me apaño perfectamente —le aseguró Leonor.

Matt subió las escaleras y se dirigió al dormitorio del pequeño Matt. Estaba preocupado por Gisele, la había notado extraña desde que se había levantado y sabía que le ocultaba algo. Fuera lo que fuese, Matt estaba dispuesto a averiguarlo.

—Hola mi amor —la saludó abrazándola desde atrás y depositando un suave beso sobre su cuello—, ¿necesitas ayuda?

—Necesito hablar contigo —se armó de valor Gisele.

—Hablemos —le dijo quitándole al pequeño Matt de los brazos para meterlo en la cuna.

—De acuerdo, hablemos.

—Gisele, estás empezando a preocuparme. ¿Quieres decirme qué ocurre?

—Estoy embarazada, Matt —le confesó con un hilo de voz.

Matt y Gisele se sostuvieron la mirada durante unos segundos, hasta que Matt le preguntó:  

— ¿Estás segura? —Gisele le señaló el test de embarazo con el resultado positivo y Matt, con una sonrisa en los labios, añadió—: Quiero a una pequeña Gisele correteando por casa.

—No sabemos si será niño o niña —le recordó Gisele divertida.

—Mi amor, ¿desde cuándo lo sabes?

—Desde esta mañana, he intentado hablar contigo desde entonces, pero no he podido estar ni un minuto a solas contigo en todo el día.

—Técnicamente, seguimos sin estar a solas —bromeó Matt cogiendo en brazos al pequeño que demandaba atención desde la cuna—. ¿Qué dices, campeón? ¿Quieres tener un hermanito o una hermanita?

El pequeño Matt comenzó a pronunciar sílabas sin sentido, provocando las risas de ambos, y Matt le susurró:

—Creo que quiere varios hermanitos.

—Matt, no quiero decírselo a nadie hasta que me examine el doctor, todavía es muy pronto y prefiero esperar a confirmar que todo está bien antes de anunciarlo.

—Todo irá bien, pero tienes razón, es mejor esperar un par de semanas a que pasen las fiestas antes de darles la noticia —concluyó Matt y añadió bromeando—: Además, no queremos que se acostumbren a que anunciemos la llegada de un nuevo bebé cada Navidad.

—No prometo nada, señor Spencer, eres una tentación muy resistible.

—Lo mismo digo, señora Spencer, es imposible resistirse a una mamá tan sexy.

Una hora más tarde, todos los invitados ya habían llegado y estaban sentados a la mesa disfrutando de una agradable y familiar cena navideña. Gisele sonrió complacida al recordar cómo habían cambiado las cosas desde la primera Navidad que pasó con Matt, hacía ya dos años. Tyler y Kelly estaban prometidos y planeaban casarse en primavera; Jason y Sarah llevaban un año viviendo juntos en casa de Jason, ella pidió el traslado a la ciudad cuando él se le declaró; Gisele y Matt seguían casados pese a que el contrato por el que contrajeron matrimonio se cumplió hacía más de un año, estaban más enamorados que nunca, tenían un precioso niño de seis meses y esperaban la llegada de un nuevo bebé con ilusión. Leonor estaba feliz de estar rodeada de amigos y familia, pero sobre todo estaba feliz porque sabía que pronto estaría rodeada de nietos.

—Cariño, ¿estás bien? —Le preguntó Matt al verla distraída.

—Estaba pensando en cómo han cambiado las cosas desde la primera Navidad que pasamos juntos.

—Han pasado dos años, seguimos casados, tenemos un bebé precioso, viene otro en camino y te amo más que nunca, preciosa —apuntó Matt acariciando el vientre de Gisele—. Estoy deseando ver cómo crece tu barriguita.

—Estaré enorme para la boda de Kelly y Tyler —se lamentó Gisele.

—Estarás preciosa, mi amor.

Matt la besó con ternura, adoraba a aquella mujer que había conseguido derribar todas sus murallas, le había retado y le había ganado todas las batallas hasta caer rendido a sus pies.

— ¿Es que no podéis esperar a llegar al dormitorio? —Les regañó Ben bromeando—. ¿O es que le habéis pedido a Papá Noel un hermanito para el pequeño Matt?

—Quizás lo hagamos —dejó caer Matt sin despegarse de Gisele, mientras miraba a su pequeño en brazos de la abuela.

—Me parece que la familia va a aumentar muy pronto —auguró Sarah.

—Nena, ¿quieres darle un primito al pequeño Matt? —La tanteó Jason.

—Antes tendrás que ponerme un anillo en el dedo, nene.

—Pídeselo a Papá Noel, si has sido buena te lo traerá —la animó Jason.

Sarah le sacó la lengua pensando que tan solo bromeaba, pero lo cierto era que Jason le tenía una sorpresa preparada para cuando llegaran a casa, una sorpresa que incluía un anillo de compromiso.

Ya de madrugada, cuando todos los invitados se marcharon y consiguieron que el pequeño Matt se durmiera en su cuna, Matt y Gisele por fin se quedaron a solas en la intimidad de su dormitorio.

—Cariño, ¿quieres acompañarme en la bañera antes de irnos a dormir?

—Estaría loca si te dijera que no —le susurró Gisele antes de arrojarse a sus brazos y besarle apasionadamente.

FIN

Cita 179.

“La tristeza es causada por la inteligencia. Cuanto más comprendas ciertas cosas, más desearían no comprenderlas.”

Charles Bukowski.

Hasta que el contrato nos separe 53.

Mientras volaban en el avión de la agencia hacia a la capital, Jason le contó a Matt todo lo que había hablado con Sarah la noche anterior y también le explicó el motivo de la repentina huida de Gisele. Matt estaba nervioso, ansiaba ver a Gisele y estrecharla entre sus brazos. Había pasado por situaciones de lo más complicadas y peligrosas, pero jamás se había sentido tan hundido como se había sentido al ver a Gisele salir por la puerta de su casa. Se había enamorado de aquella chica alegre a la que los problemas la perseguían pero que jamás dejaba de mostrar su brillante sonrisa.

— ¿Estás bien? —Le preguntó Jason tras aterrizar en el aeropuerto de la capital.

—Lo estaré cuando Gisele regrese a casa conmigo.

Quince minutos más tarde, un taxi les dejó frente a la puerta del edificio de apartamentos donde vivía Sarah. Jason respiró profundamente antes de entrar en el edificio y subir en el ascensor hasta detenerse frente a la puerta del apartamento de Sarah.

Gisele se estaba tomando la tercera tila desde que se había levantado cuando el timbre de la puerta sonó. Miró a su amiga abrir la puerta mientras contenía la respiración y entonces le vio. Apenas habían pasado unas horas desde que lo vio por última vez y lo había echado de menos desde que puso un pie fuera de su casa.

Sarah saludó a Matt y a Jason con reproche, sin esforzarse en ocultar lo enfadada que se sentía con ambos por haberla engañado. Se volvió hacia Gisele y le dijo:

—Gis, tienes visita. Estaré en la cafetería de la esquina, llámame y vendré en seguida, ¿de acuerdo?

Gisele asintió y Sarah se marchó con Jason, dejándola a solas con Matt. Ambos se miraron con cautela, tratando de adivinar lo que pensaba el otro. Matt se acercó a ella despacio y, suavizando el tono de voz, le dijo:

—Gisele, tenemos que hablar. Jason me ha contado que nos escuchaste hablar en su despacho, pero te aseguro que se trata de un malentendido.

—Escuché muy bien cómo le decías a Jason que estaba loco si pensaba que ibas a formar una familia conmigo y que tenías que ponerle fin a todo eso.

—Ayer nos reunimos con el abogado de mi abuelo, pensábamos que, cumplido el año de matrimonio, recibiría la herencia, pero hay una nueva cláusula que debo cumplir antes de poder heredar —le explicó Matt sentándose a su lado en el sofá, pero sin llegar a rozarla—. Si quiero heredar, tengo que tener un hijo con mi esposa antes de que se cumplan tres años de matrimonio. Me desahogué con Jason en su despacho y le dije que se acabó porque jamás podría pedirte algo así ni tampoco lo consentiría. Tenía pensado contártelo todo al llegar a casa y también confesarte que te amo y que quiero seguir casado contigo.

Gisele pudo sentir la tristeza, los nervios y también la sinceridad de las palabras de Matt. Y, sin pronunciar palabra, se echó a llorar.

—Cariño por favor, no llores —le susurró Matt abrazándola con fuerza, estrechándola contra su cuerpo—. Haré lo que me pidas, pero no llores.

— ¿Y qué pasa con la casa de tu madre? —Logró balbucear Gisele entre sollozos.

—La heredará el hijastro de mi tío cuando la fecha de la última cláusula del testamento se cumpla, dentro de dos años —le respondió Matt con resignación—. Intentaré llegar a un acuerdo con él para comprarla, pero no quiero que te preocupes por eso.

—Le he contado a Sarah lo de nuestro contrato —le soltó Gisele de pronto.

—Lo sé, ¿está muy enfadada?

—No tanto como ayer cuando llegué —bromeó Gisele.

—Te amo, Gisele. Siempre te amaré.

Matt acercó su boca a la de ella y la besó en los labios, fue un beso lento, pero cargado de amor y cariño, con el que ambos sintieron la paz que les faltaba.

— ¿Regresarás a casa y seguirás siendo la señora Spencer?

—Estaría loca si te dijera que no, pero…

— ¿Pero?

—Antes quiero saber algunas cosas.

—Pregunta lo que quieras, cariño.

— ¿Te gustaría que tuviésemos hijos?

—Me encantaría tener hijos contigo, pero los tendremos cuando estés preparada y así lo decidamos, no tendremos un hijo solo por una herencia.

—Y, ¿si yo quisiera tener un hijo ahora?

—No habría nada que me hiciera más feliz que saber que un pedacito de nosotros crecerá en tu vientre —Gisele comenzó a llorar de nuevo y Matt, sin saber por qué lloraba, le preguntó preocupado—: Cariño, ¿por qué lloras?

—Estoy embaraza —le confesó Gisele con un hilo de voz, mirándole a los ojos para anticipar su reacción.

Matt le sostuvo la mirada durante un par de segundos para confirmar que no se trataba de una broma y le miró el vientre, pero todavía era muy pronto para que se le notara la barriga. Tras pedirle permiso con la mirada, acarició su plano vientre y sonrió al imaginar cómo iría creciendo en los próximos meses.

—Os amo, a ti y a nuestro pequeño bebé —le susurró Matt antes de besarla—. Y, precisamente por eso, no te preguntaré si pensabas ocultarme su existencia.

—No te voy a negar que lo pensé, pero tenía que intentarlo por nuestro bebé.

—En cuanto lleguemos a casa llamaremos al doctor, quiero que te examine y que confirme que todo está bien. Además, tendremos que informarnos de todo lo que no puedes hacer ni comer. Te voy a cuidar como a una reina el resto de mi vida, mi amor.

— ¿Mi amor? —Repitió Gisele sorprendida.

—Sí, mi amor y mi vida eres tú. ¿No te gusta?

—Estaría loca si te dijera que no —le respondió ella colocándose a horcajadas sobre él con una clara intención de seducirle.

—Por cierto, tengo que decirte algo, pero me tienes que prometer que no te enfadarás.

—Me das miedo —bromeó él ante la mirada de fingida inocencia de ella.

—Ayer por la mañana fui a visitarme a la consulta de mi ginecólogo. Me confirmó que todo está bien, pude escuchar los latidos del bebé y me dijo que estaba embarazada de once semanas. Me hizo una ecografía y me dio una copia, ¿quieres verla?

—Me encantaría.

Como una niña con juguete nuevo, Gisele se levantó del sofá, buscó en el interior de su bolso hasta encontrar las copias de las fotos que el doctor le había dado y se las entregó a Matt, que examinó las fotos con una amplia sonrisa en los labios.

—Prométeme que nunca volverás a salir huyendo sin antes hablar conmigo, yo te prometo que te querré y te mimaré tanto que jamás querrás huir. Te amo, Gisele. No lo dudes nunca.

—Yo también te amo —le confesó Gisele antes de plantarle un beso en los morros.

Preocupados por lo que pudiera estar ocurriendo, Sarah y Jason decidieron regresar al apartamento y comprobar que la sangre no hubiera llegado al río. Por suerte, respiraron tranquilos cuando abrieron la puerta y se encontraron a Gisele y Matt abrazados en el sofá mientras observaban las fotografías de la ecografía:

— ¿Se puede saber qué estáis mirando con esa sonrisa que se os cae la baba? —Preguntó Jason sin saber realmente lo que miraban.

Matt miró a Gisele para pedirle permiso para darle la noticia a su amigo, ella asintió con una sonrisa cómplice en los labios y Matt le respondió:

—Estamos viendo la primera ecografía de nuestro bebé, vuestro sobrino.

— ¡¿Qué?! ¿Voy a ser tío? Va a ser el niño más consentido de todo el planeta.

—O la niña —le corrigió Sarah.

—Me da igual si es niño o niña, solo quiero esté sano —opinó Matt sin dejar de abrazar a Gisele ni de mirar la ecografía—. Mi madre se pondrá como loca cuando se entere.

—Si estos dos nos guardan el secreto, podrás darle la sorpresa el día de Navidad.

—Mi amor, ¿te he dicho ya que te amo?

—Sí, pero jamás me cansaré de escucharlo —le aseguró Gisele.

Más tranquilos y animados habiendo arreglado el malentendido y habiéndose reconciliado, las dos parejas decidieron ir a comer a un restaurante para celebrar la vida, la de ellos y la del bebé que venía en camino.

Esa misma tarde, Matt y Gisele regresaron a casa. Jason se quedó en la capital un par de días más hasta que Sarah cogiera las vacaciones de Navidad para regresar con ella a casa. Ellos también habían tomado una decisión importante respecto a su relación, pero habían decidido aguardar en dar la noticia hasta que Sarah lo dejara todo atado en la capital.

Cuando Gisele entró en casa de Matt y vio el destrozo que había montado, pensó que unos ladrones les habían entrado a robar y Matt tuvo que confesarle lo que realmente había ocurrido.

—Casi me vuelvo loco y solo estado unas horas sin ti —le dijo tras darle la explicación oportuna—. No te preocupes, mañana vendrán a arreglarlo todo.

En el último momento, Matt consiguió convencer a su madre para celebrar la Nochebuena y la Navidad en casa, quería que esa Navidad fuera especial. Leonor insistió en ayudarles a preparar la cena y, como no podía ser de otra manera, Matt se las ingenió para que Gisele no tuviera que hacer nada.

—Entiendo que no me dejes cocinar, pero al menos deja que prepare la mesa y haga algo para que me sienta útil —protestó Gisele al borde de las lágrimas, las hormonas la sumían en una inestabilidad emocional constante.

—Mi amor, solo quiero cuidarte —le dijo Matt armándose de paciencia—. A ti y a nuestro bebé.

Y era cierto, Matt estaba pendiente de Gisele en todo momento, incluso trabajaba desde casa para no tener que ir a la agencia durante aquellos días de fiesta. Gisele reía, lloraba, se enfadaba y volvía a reír, las hormonas la tenían revolucionada y Matt estaba aprendiendo a entenderla y a sobrellevarlo, y no se le estaba dando nada mal. Sarah y Jason, además de guardarles el secreto, también les hicieron compañía, pese a que Matt continuó negándose a separarse de Gisele más de cinco minutos.

En Nochebuena, familia y amigos se reunieron en casa de Matt y Gisele para cenar juntos e intercambiar regalos como cada año. Era la segunda Navidad que Matt y Gisele pasaban juntos, pero ambos la disfrutaron como si fuera la primera.

Tras cenar e intercambiar los regalos, Matt y Gisele decidieron dar la buena noticia a la familia y a los amigos. Matt, llamando la atención de todos los invitados, alzó su copa y pronunció un discurso improvisado:

—Quiero brindar por la familia y por la amistad, por todos vosotros. Pero quiero hacer un brindis especial por mi esposa, la mujer que me tiene completamente hechizado y con la que deseo pasar el resto de mi vida. Además, ahora tengo que cuidarla el doble porque hay un pedacito de nosotros creciendo en su vientre —añadió Matt abrazando desde la espalda a Gisele colocando las manos sobre su vientre.

— ¿Voy a ser abuela? —Preguntó Leonor emocionada.

—Sí, serás abuela en pocos meses —le confirmó Matt.

— ¡Va a ser el niño o la niña más mimado del planeta, su tía se encargará de eso! —Exclamó Kelly feliz por la noticia.

Todos comenzaron a bromear sobre lo consentido que estaría el bebé nada más nacer, de lo poco que iban a poder descansar los padres, etc. Mientras tanto, Gisele los escuchaba y les observaba sin decir nada, tan solo disfrutando de aquella hermosa familia, en la que se incluían a los amigos más íntimos de la pareja, que había formado con Matt.

—Estás muy callada, ¿va todo bien? —Le preguntó Matt en un susurro.

—No podría estar mejor ni tampoco más feliz y todo es gracias a ti —le confesó Gisele con las lágrimas a punto de derramarse de los ojos—. Te amo, Matt.

—Gracias a ti por hacerme el hombre más feliz del planeta, por permanecer a mi lado, por regalarme tu amor y tu cariño, y por convertir nuestro amor en un pedacito de nosotros al que voy a querer con la misma locura que te quiero a ti, preciosa.

La pareja se sumió en un tierno beso hasta que todos los allí presentes comenzaron a aplaudir y vitorearles, consiguiendo que Gisele se ruborizara y tratara de apartarse de Matt, pero él se lo impidió y le plantó otro beso en los labios, provocando las risas de los amigos y familia.

Cita 178.

“En nuestros locos intentos, renunciamos a lo que somos por lo que esperamos ser.”

William Shakespeare.

Hasta que el contrato nos separe 52.

Gisele lloró silenciosamente durante las tres horas que duró el viaje en taxi hasta el apartamento de Sarah en la capital. Por suerte para Gisele, el taxista era poco hablador y no le dijo nada salvo para preguntarle si necesitaba algo o si quería parar y estirar las piernas.

Llamó a Sarah cuando le quedaban pocos minutos para llegar a la capital, estaba anocheciendo y cruzó los dedos para que estuviera en su apartamento.

— ¡Hola Gis! Estaba a punto de llamarte —la saludó Sarah nada más descolgar—. Estoy deseando que llegue el viernes para poder abrazarte, te echo mucho de menos.

—Entonces, tengo una gran noticia para ti, me verás en veinte minutos —le dijo Gisele sonriendo con tristeza.

—Gisele, ¿estás con Matt?

—Estoy en un taxi, de camino a tu apartamento —respondió Gisele con un hilo de voz.

—Pediré una pizza y abriré una botella de vino —trató de animarla Sarah—. Te espero aquí para que me lo cuentes todo.

—Nos vemos en un rato.

Gisele colgó la llamada y se secó las lágrimas de la cara. Resopló abatida, pero se dijo que solo se permitiría ese día para lamentarse, a la mañana siguiente solo vería el lado bueno de las cosas.

Veinte minutos más tarde, Gisele llegó al apartamento de Sarah y su amiga adivinó que aquello era algo más que una pequeña discusión de pareja cuando vio su maleta. Gisele la abrazó y se echó a llorar sin poder pronunciar palabra, así que Sarah tuvo que esperar a que se tranquilizar para escuchar lo que había ocurrido.

—Venga Gis, seguro que es una tontería —le restó importancia Sarah para calmarla.

—No, no lo es —la corrigió Gisele y, entre sollozos, le contó toda la verdad.

Sarah no daba crédito a lo que decía su amiga, se negaba a creer que su matrimonio con Matt no era más que una artimaña para que él se hiciera con la herencia de su abuelo y mucho menos podía creer que Gisele se hubiera prestado a ello. Sin embargo, no le costó adivinar que las lágrimas de su amiga se debían a que realmente estaba enamorada de Matt.

—Y, como ya ha pasado un año desde vuestra boda, os divorciáis y todos tan felices —le reprochó Sarah—. ¿En qué estabas pensando, Gis?

—Eso no es todo —le confesó Gisele.

Sarah miró a los ojos de su amiga y supo que algo gordo estaba ocultando, algo por lo que incluso temblaba.

—Gis, ¿qué has hecho? —Le preguntó Sarah preocupada.

—Estoy embarazada.

Sarah se bebió su copa de vino de un solo trago y acto seguido se bebió la copa de Gisele, necesitaba calmarse un poco antes de hablar.

—Vale, voy a ser tía. ¿O no? —La tanteó.

—Sí, vas a ser tía —le confirmó Gisele sonriendo por primera vez desde que había llegado.

—Y deduzco que Matt no lo sabe.

—No, no lo sabe.

—Pues creo que deberías empezar por ahí, independientemente de lo que pase entre vosotros, ese bebé también es su hijo y tiene derecho a saberlo.

—Escuché a Jason decirle a Matt que nos imaginaba formando una familia y Matt le respondió que era una locura y que cómo podía pensar algo así —le respondió Gisele entre lágrimas.

—Vale, no pasa nada. Ha sido un día largo y tienes que descansar, ahora debes pensar también en ese bebé que no quiere una mamá cansada —le dijo Sarah acompañándola a la habitación de invitados para que descansara—. Mañana, con la mente más despejada, pensaremos qué vamos a hacer.

Sarah se tumbó en la cama junto a Gisele y esperó hasta que se quedó dormida para regresar al salón y terminar de beberse la botella de vino. Había visto a Matt y Gisele felices, cómplices y apasionados, quizás todo comenzó con un contrato de por medio, pero la relación entre ellos era real.

Jason pasó por casa de Matt a última hora de la tarde, quería hablar con Gisele y pedirle ayuda para hacerle un regalo a Sarah por Navidad. Le extrañó ver el coche de Matt aparcado frente a la puerta principal de la casa porque él siempre lo aparcaba en el garaje, pero tampoco le dio importancia. Llamó al timbre de la puerta y, casi una eternidad después, Matt le abrió la puerta completamente borracho. Jason entró en la casa y vio el destrozo que había montado: estanterías caídas, libros y demás objetos tirados por el suelo, un agujero en la pared del salón que sin ninguna duda había sido provocado por un puñetazo y una foto enmarcada de Matt y Gisele el día de su boda.

— ¿Has montado una fiesta y no me has invitado? —Bromeó Jason.

—Estoy celebrando mi maldita soltería —gruñó Matt bebiendo a morro de una botella.

— ¿Dónde está Gis?

—Se ha ido y no quiero volver a escuchar su nombre —vociferó Matt.

— ¿Qué ha pasado?

—No ha pasado nada, he llegado a casa y me la he encontrado a punto de marcharse, con la maleta ya preparada. Me ha dicho que ya ha cumplido su parte del contrato y que espera tu llamada cuando tengas los papeles del divorcio. Quiere divorciarse. Ni siquiera ha sido capaz de mirarme a la cara cuando se ha ido.

Consciente del estado de embriaguez de su amigo, Jason optó por quitarle la botella a Matt y obligarle a meterse en la cama para dormir la mano. Después llamó a Ben y le pidió que localizara a Gisele, lo cual no le resultó difícil debido a que el localizador seguía instalado en el reloj de pulsera de Gisele. Tras averiguar que Gisele se encontraba en la capital, en el apartamento de su amigo, decidió llamar a Sarah.

—Sarah, ¿está Gis contigo? —Le preguntó nada más descolgar.

—Sí, está conmigo —le confirmó Sarah con tono de pocos amigos—, y me lo ha contado todo.

— ¿Se puede saber por qué se ha ido?

—Tú y tu amigo deberíais saberlo.

—Mira, no sé lo que ha pasado, lo único que puedo decirte es que Gis se ha largado sin dar explicaciones y ha dejado a Matt hecho polvo.

— ¿Quieres saber en qué estado ha llegado Gisele a mi apartamento? —Le reprochó Sarah furiosa—. ¡Sois un par de idiotas!

— ¿Puedes pasarme con Gis?

—No, se ha quedado dormida y no pienso despertarla para que hable contigo ni con Matt.

—Sarah, puede que al principio todo fuera parte de una estrategia, pero no puedes negar que entre ellos existe una relación real, tú lo has podido comprobar. Matt quería esperar a después de Navidad para declararse, no quería que Gis pensara que lo hacía por el contrato.

—Gis os escuchó hablar ayer, escuchó como Matt te decía que estabas loco si pensabas que iba a tener hijos con Gisele y que todo se había acabado —le reprochó Sarah.

—No fue eso exactamente lo que dijo, estábamos hablando de la herencia, el abogado del abuelo de Matt ha añadido una nueva cláusula antes de hacer efectiva la herencia: Matt debe tener un hijo antes de que se cumpla el tercer año de matrimonio —le explicó Jason—. Él no estaba dispuesto ni siquiera a comentárselo a Gis, temía que pensara que solo quería estar con ella para conseguir la herencia. Yo bromeé diciendo que ya me los imaginaba con niños y él me dijo que estaba loco si pensaba que sería capaz de tener un hijo con Gis para conseguir la herencia de su abuelo.

—Entonces, ¿todo ha sido un malentendido?

—Me temo que sí, nena —le confirmó Jason—. Tenemos que hacer algo para que se reconcilien, ninguno de los dos está bien.

— ¿Qué pretendes?

—Mañana por la mañana, cuando Matt se despierte, iremos a buscaros —sentenció.

—Matt no lo va a tener fácil.

—Nena, Matt no aceptará un no por respuesta sabiendo que Gis le ama. En cuanto a ti y a mí, tenemos una conversación pendiente —le recordó Jason.

—Desde luego que sí, no te pienses que todo este engaño no va a tener consecuencias.

—Nena, estoy deseando verte aunque estés enfurruñada —bromeó Jason entre risas y añadió antes de colgar—: Nos vemos en unas horas.

A la mañana siguiente, Matt se despertó con una resaca terrible, consecuencia de la cantidad de alcohol ingerida el día anterior. Ni siquiera se molestó en levantarse de la cama, no tenía ningún motivo para hacerlo ahora que Gisele no estaba.

—Levántate y date una ducha, tenemos cosas que hacer —le dijo Jason entrando en el dormitorio.

—Lárgate, no voy a ir a ninguna parte —gruñó Matt.

—Mientras tú estabas durmiendo la mona, yo hice mis averiguaciones —comenzó a decir Jason, llamando la atención de su amigo—. Sé por qué Gis se marchó ayer y, si te soy sincero, no la culpo.

— ¿Qué quieres decir?

—Ayer, después de la reunión con el abogado de tu abuelo, Gis nos escuchó hablar y sacó sus propias conclusiones con lo que oyó.

— ¿Sabe la nueva condición para conseguir la herencia? —Preguntó Matt.

—No, lo que escuchó es que te parecía una locura formar una familia con ella y que tenía que acabar.

—Yo nunca he dicho eso.

—Lo sé, pero ella solo escuchó parte de la conversación. Así que, si quieres hablar con ella y aclararlo, será mejor que te duches.

— ¿Dónde está Gisele?

—Está con Sarah en la capital —le respondió Jason y añadió para apremiarle—: Te lo contaré todo por el camino, te espero en el coche.

A pesar de la horrible resaca que tenía y lo poco que había dormido, Matt se levantó de la cama de un salto y entró en el cuarto de baño para ducharse, no quería perder un minuto más sin Gisele.

Gisele se levantó pasadas las nueve de la mañana y se encontró a Sarah en la cocina, preparando el desayuno.

—Buenos días, Gis. Te he preparado un zumo de naranja natural con unas tostadas, ¿tienes hambre?

Gisele arrugó la nariz, el olor a naranja le dio náuseas y salió corriendo hacia el baño para vomitar. Sarah la esperó en la puerta del baño y, cuando Gisele salió, le preguntó:

— ¿De qué debo deshacerme?

—Del zumo de naranja y de todo lo que huela a naranja —sollozó Gisele.

—No, no llores, por favor. Me deshago de todo ahora mismo, pero no llores.

Sarah se apresuró en retirar el zumo y las naranjas para después servir un vaso de leche que su amiga saboreó junto a unas galletas.

—Me he pasado una hora preparándote un desayuno saludable y terminas comiendo leche con galletas —bromeó Sarah.

— ¿Qué voy a hacer con mi vida, Sarah? —Se lamentó Gisele, ignorando los intentos de su amiga por animarla.

—Tengo que decirte algo, Gis.

— ¿Qué has hecho?

—Te quiero y quiero lo mejor para ti y para el bebé que viene en camino —comenzó a decirle Sarah—. Sé que estás enamorada de Matt y él de ti, ese bebé que esperas necesita un padre y creo que debéis daros al menos la oportunidad de hablar.

— ¿Se lo has contado a Matt? —Exigió saber Gisele, con el miedo en los ojos.

—No le he dicho nada, ni siquiera he hablado con él, pero he hablado con Jason y, dado que estar separados no se os da nada bien, creemos que debéis hablar y solucionarlo.

— ¿Para qué? ¿Para dejar que me humille?

—Gis, no puedo obligarte a hacer algo que no quieres, pero sí puedo aconsejarte que al menos hables con él y dejes que se explique, todo esto es un malentendido y no quiero que te arrepientas el resto de tu vida por tomar la decisión incorrecta.

Gisele no quería volver a ver a Matt, sabía que un encuentro con él le causaría aún más dolor y no quería sentir su rechazo de nuevo, pero decidió seguir el consejo de Sarah y afrontar la situación por el bebé que llevaba en su vientre.

Cita 177.

“La peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener.”

Gabriel García Márquez.

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