Archivo | junio 2018

Hasta que el contrato nos separe 3.

Gisele tuvo una pesadilla en la que Erik aparecía en su apartamento en mitad de la noche y disparaba a Matt, que dormía en la cama junto a ella. Se despertó gritando y se reprendió mentalmente por permitirse soñar con Erik, quería borrarlo de su mente como si jamás lo hubiese conocido. Se levantó de la cama sin recordar que no estaba en su apartamento y, a oscuras, dio un par de pasos hasta que se golpeó la rodilla contra el armario y, de repente, se acordó de todo.

— ¡Maldita sea! —Gruñó Gisele buscando el interruptor de la luz y sentándose a los pies de la cama para comprobar los años.

Tan solo había dormido unas cinco horas, pero estaba lo suficiente lúcida para recordar que se encontraba en casa de Matt, un tipo al que había conocido la noche anterior y que la había rescatado tras el último numerito dramático que Erik le había dedicado.

Matt estaba en el gimnasio, situado en la habitación de al lado de la habitación de invitados, cuando escuchó gritar a Gisele. Salió al pasillo para comprobar que ella se encontraba bien cuando escuchó un golpe procedente de la habitación de invitados y abrió la puerta sin pensárselo dos veces. Tuvo que respirar profundamente cuando la vio sentada a los pies de la cama, tan solo llevaba puesta su vieja camiseta del ejército que a duras penas le cubría los muslos.

— ¿Estás bien? —Preguntó Matt clavando su mirada en la rodilla izquierda de Gisele—. Veo que te has dado un buen golpe.

—He tenido una pesadilla, me he despertado y me he levantado sin recordar dónde estaba, así que me he dado un buen golpe en la rodilla contra el armario —se lamentó Gisele, sintiéndose de lo más patética—. Soy un desastre.

—No eres ningún desastre, pero sí un poco dramática —bromeó Matt sentándose a su lado a los pies de la cama—. Deja que le eche un vistazo a esa rodilla.

Tras examinar la rodilla de Gisele y comprobar que tan solo se trataba de una contusión, Matt le dedicó una amplia sonrisa y, poniéndose en pie, le dijo:

—Tu rodilla está bien, pero te saldrá un buen hematoma. Voy a darme una ducha rápida y te espero en la cocina para desayunar, quiero hablar contigo —. Se dirigió hacia la puerta y, antes de marcharse de la habitación, añadió con una amplia sonrisa en los labios—: Por cierto, te sienta muy bien esa camiseta.

Gisele se ruborizó, aquella camiseta cubría su torso, pero poco más. Una vez que se quedó de nuevo a solas en la habitación, se dejó caer de espaldas sobre la cama y pensó en lo guapo que estaba Matt por la mañana. No podía negar que aquel hombre le atraía y mucho. Holgazaneó unos minutos más en la cama antes de asearse y vestirse para bajar a la cocina. Sentía curiosidad por aquel “quiero hablar contigo” que Matt le había dicho.

Después de ducharse, Matt bajó a la cocina y preparó café y tostadas mientras esperaba a que Gisele bajara para desayunar con ella. Cuando Gisele se fue a dormir, él aprovechó para investigarla, quería saberlo todo sobre ella y lo consiguió. Había confirmado que todo lo que le había dicho era cierto, había sido sincera con él. Pese haber pasado toda su adolescencia en casas de acogida, había trabajado de camarera para pagar sus estudios en la universidad y había logrado salir adelante sin la ayuda de nadie. Aquella chica le parecía perfecta para convertirla en su socia, solo tenía que planteárselo de manera que ella viera que ambos saldrían beneficiados. Por suerte para él, contaba con una baza a su favor: la situación económica de ella no era buena y con ello esperaba que al menos se lo pensara.

—Buenos días —saludó Gisele al entrar en la cocina.

—Buenos días, Gisele —sonrió Matt—. Siéntate, he preparado café y unas tostadas para desayunar.

—Alojamiento y desayuno, acabas de convertirte y mi hada de la suerte —bromeó Gisele.

—Se te ha olvidado la mejor parte: la compañía —apuntó Matt siguiéndole la broma y, con un buen humor matutino que no había tenido antes, le preguntó—: ¿Qué sueles tomar para desayunar?

—Café con leche o zumo de piña, según cómo me levante. Hoy me vendrá bien el café.

—Y tostadas, tienes que comer, el desayuno es la comida más importante del día.

Matt le sirvió una taza de café con leche y un par de tostadas y se sirvió lo mismo para él. Gisele le dio las gracias y se comió con gusto todo lo que Matt había preparado. En tres años que había estado con Erik, jamás le había preparado y servido el desayuno.

—Gisele, quiero proponerte algo, pero antes quiero que me prometas que me vas a escuchar hasta el final y que lo pensarás, quiero que lo veas con perspectiva —comenzó a decir Matt.

—De acuerdo —le dijo Gisele con curiosidad.

—Necesitas dinero y yo puedo dártelo…

—No voy a aceptar tu dinero y no deberías preocuparte por mi situación económica, sé cuidar de mí misma —le aseguró ella ligeramente ofendida.

—Creía que ibas a escucharme —protestó Matt.

—Está bien, te escucho.

—El caso es que necesitas un trabajo y yo puedo ofrecerte uno que, aunque no sea muy convencional, estoy seguro de que nos beneficiará a ambos.

— ¿A qué te refieres con eso de que no es un trabajo muy convencional? —Gisele sospechaba que el trabajo que le estaba proponiendo Matt no le iba a gustar.

—Más que un trabajo, sería una especie de acuerdo, un negocio entre tú y yo —tanteó el terreno Matt y, al comprobar que Gisele seguía interesada en escucharle, añadió—: Necesito casarme antes de que acabe el año y ese matrimonio tiene que durar como mínimo un año. Si aceptas el trato, yo me comprometo a pagar todos tus estudios, a asignarte una paga mensual y una buena cantidad cuando se cumpla un año de matrimonio y nos divorciemos.

—No puedo creer que estés hablando en serio, si ni siquiera sabes nada de mí.

—Te recuerdo que dirijo una agencia de seguridad.

— ¿Es que me has estado investigando?

—Tenía que hacerlo, necesitaba estar seguro de que eras quién decías ser.

—No sé si ofenderme o pensar que estás loco —le reprochó Gisele—. ¿Acaso crees que puedes comprarme con tu dinero?

—No busco a una esposa de verdad, solo a alguien que finja serlo —le aclaró Matt—. Solo tendríamos que fingir un noviazgo durante unos meses y un matrimonio durante un año. Tú podrás dedicarte completamente a tus estudios, tendrás una paga mensual para tus gastos, que no serán muchos si vives aquí, pues no tendrás que pagar alojamiento ni comida.

—Estás loco.

—Sé que en un primer momento puede parecer una locura, pero si lo piensas detenidamente, es un buen negocio —insistió Matt.

—Y, ¿qué que ganas tú con este negocio si solo quieres una esposa de mentira?

—Te lo contaré todo cuando decidas aceptar el trato, pero ten en cuenta que es un trato confidencial.

—Me estás pidiendo que me case contigo y no hace ni veinticuatro horas que me conoces, si tuviera fuerzas para salir corriendo lo haría —bromeó Gisele.

—Se trata de un matrimonio de conveniencia, ambos saldríamos ganando —insistió de nuevo Matt, recordándole que sería un buen trato para ella—. Prométeme que lo pensarás.

Gisele lo meditó un instante y, si lo pensaba con la cabeza fría, casarse con Matt podría ser un plan B para pagar los estudios si no conseguía un trabajo.

—Lo pensaré, aunque sea una locura puede que no esté tan mal —concluyó Gisele.

—Perfecto —dijo Matt satisfecho—. Una cosa más, el trato es confidencial, todo el mundo deberá creer que nuestro matrimonio es real, incluida tu amiga y mi familia.

La idea de mentir a Sarah no le gustó, sobre todo porque contarle a Sarah la propuesta de Matt era lo primero que pensaba hacer en cuanto llegara a su apartamento, pero con la condición de Matt, hablar con Sarah del tema era una opción que quedaba descartada.

—Debería irme a casa, estoy a punto de comenzar los exámenes finales y debería estudiar si no quiero suspender.

—Te llevo a casa —sentenció Matt.

Gisele hubiera preferido tomar un taxi de regreso a su apartamento, necesitaba tiempo para asimilar lo que había ocurrido durante las últimas horas, pero tampoco se sintió con fuerzas para discutir con Matt, que no estaba dispuesto a aceptar un no por respuesta.

Se mantuvieron en silencio durante los pocos minutos que duró el trayecto, él iba concentrado en la carretera y ella miraba por la ventana mientras analizaba cada una de las palabras que Matt había utilizado para lanzar su propuesta.

—Ya hemos llegado —anunció Matt aparcando el coche frente a la puerta del edificio de apartamentos donde vivía Gisele.

Hasta ese momento, Gisele no había reparado en que no le había dado su dirección a Matt, por lo que sospechó que su labor de investigación había sido intensa.

—También has averiguado mi dirección —comentó Gisele sin reproche en su voz, tan solo constataba un hecho.

—Me gano la vida haciendo eso, no te lo tomes como algo personal, es solo deformación profesional —bromeó Matt, quitándole importancia—. Lo que de verdad me preocupa es tu ex novio, ¿crees que aquí estarás segura?

—Estaré bien —le aseguró Gisele.

Matt sacó una de sus tarjetas de visita del bolsillo y se la entregó. Gisele la cogió y, tras comprobar que en la tarjeta constaba el teléfono de Matt, le miró y esperó a que le diera una explicación.

—Si ese tipo vuelve a molestarte, quiero que me llames, ¿de acuerdo? —Gisele asintió y Matt añadió—: No importa la hora que sea, llámame y lo solucionaremos.

— ¿Intentas ganar puntos para que acepte tu protesta?

—Si sirve para ganar puntos, me alegraré, pero esto no tiene nada que ver con la propuesta, lo entiendes, ¿verdad? —Quiso aclarar Matt—. Solo quiero que ese tipo no vuelva a molestarte, no me gustó lo que hizo anoche y no me gustaría que se volviera a repetir. Por cierto, también puedes llamarme si te apetece charlar, tomar un café o salir a cenar, estaré encantado de hacerte compañía.

Su tono alegre y positivo, tratando de fingir ser el hombre más optimista del mundo, hizo sonreír a Gisele. Aquel hombre estaba loco, pero le gustaba demasiado como para permitirse caer en la locura junto a él.

—Imagino que ya debes saber mi número de teléfono, así que tú también puedes llamarme.

—Lo haré, te lo aseguro —le confirmó Matt con una sonrisa de oreja a oreja.

Gisele le dio un beso en la mejilla a modo de despedida antes de bajar del coche y entrar en el edificio para dirigirse a su apartamento. Sentía tantas emociones que necesitaba sentarse para analizarlas, pero tenía que ir con cautela para que Sarah no sospechara nada. No podía comentarle nada sobre la propuesta de Matt y lo cierto era que lo prefería así, no quería darle más preocupaciones a Sarah.

Cita 128.

“Me volví loco, con intervalos de horrible cordura.”

Edgar Allan Poe. 

Hasta que el contrato nos separe 2.

Gisele observó a Matt mientras se alejaba a por un par de copas y no pudo evitar darle un repaso con la mirada, demorándose en su perfecto trasero. Se reprendió mentalmente por ello, lo último que necesitaba era complicarse la vida con un hombre. De hecho, se preguntó qué estaba haciendo allí. Sarah se había ido con Jason, un tipo al que había conocido esa misma noche, y ella seguía en el aquel pub con Matt. Sin embargo, se quedó allí. Se encontraba cómoda charlando con Matt, era un tipo atractivo, inteligente y divertido, algo muy inusual de encontrar, así que decidió tomarse una última copa con él.

Tan inmersa estaba en sus propios pensamientos que no se percató de que, a escasos metros de donde ella estaba, Erik Muller la observaba. Su ex novio la había seguido desde que salió del apartamento con Sarah, esperando que Gisele se quedara a solas para hablar con ella. Pero, al verla junto a otro hombre, la ira se fue apoderando de él hasta ponerse furioso. Se dirigió hacia donde estaba Gisele y, totalmente fuera de sí, comenzó a gritarle:

— ¿Por eso me has dejado? ¿Para estar con otro? ¿O empezaste con él mientras estabas conmigo?

Gisele se quedó paralizada. Erik comenzaba a darle miedo, sobre todo después de la pelea que montó en el pub donde ella trabajaba y del cual la habían despedido. No le había vuelto a ver desde aquella noche, había recibido cientos de llamadas y de mensajes suyos pero los había ignorado. Esperaba encontrárselo tarde o temprano y sabía que la situación no sería fácil, pero aquel numerito la pilló desprevenida.

—Vamos, ¡dímelo! —Insistió Erik agarrándola del brazo y zarandeándola.

— ¡Eh, aléjate de ella! —Intervino Matt apartando a Erik de un puñetazo. Erik cayó al suelo, Matt lo levantó agarrándole de la camisa y le advirtió—: Si vuelves a acercarte a ella, te hago una cara nueva, ¿lo entiendes?

Erik se deshizo del agarre de Matt y, tras mirar con desprecio a Gisele, dio media vuelta y se marchó del pub sangrando por la nariz. Se formó un corralillo de gente alrededor de ellos, Gisele seguía paralizada, pero Matt reaccionó y decidió llevarse a Gisele de allí. La agarró de la mano y tiró de ella hasta que llegaron al aparcamiento. Se detuvo justo al lado de su coche y le preguntó a Gisele:

— ¿Has venido en coche? —Ella negó con la cabeza y él, señalando su coche, le ordenó—: Sube al coche, te llevaré a casa.

Gisele obedeció sin rechistar, todavía en estado de shock. En ese momento, tan solo podía pensar en la noche que le esperaba si Erik decidía ir a buscarla a su apartamento, no tenía ganas ni fuerzas de seguir enfrentándose a él. Estaba tan ensimismada que ni siquiera reparó en que Matt no le había preguntado por su dirección hasta que él anunció:

—Ya hemos llegado.

Gisele miró a su alrededor y vio una bonita casa con jardín y garaje situada a las afueras de la ciudad. Estaba achispada, pero no lo suficiente para saber que aquella no era su casa, ya le hubiera gustado a ella.

— ¿Dónde estamos?

—En mi casa, no creo que sea buena idea que regreses a la tuya y que ese imbécil vaya a buscarte —musitó visiblemente molesto—. Además, Sarah pasará la noche con Jason, no quiero que estés sola si ese tipo vuelve a molestarte.

—Eres muy amable, pero no quiero molestarte y…

—No es ninguna molestia —le aseguró Matt—. No te preocupes, puedes quedarte en la habitación de invitados, estarás bien.

Una vez más, Gisele asintió y obedeció. Pasar la noche en casa de Matt, un tipo al que acababa de conocer, no le pareció muy buena idea, pero le pareció peor regresar al apartamento y arriesgarse a encontrarse con Erik de nuevo. Además, Matt estaba siendo amable con ella y se había encarado con Erik para protegerla. Se sentía cómoda con él y, en ese momento, nada le apetecía más que seguir charlando y disfrutando de su compañía.

Matt se sorprendió de sus propias palabras y de sus propios hechos. Él, que consideraba su hogar un lugar sagrado en el que tan solo entraba su círculo más íntimo de amistades y familia, había invitado a una completa desconocida a pasar la noche allí. Sin embargo, no se preocupó. No veía ningún riesgo en Gisele y, al igual que ella, él también quería seguir disfrutando de su compañía.

Entraron en la casa y Gisele quedó fascinada por el espacio y el buen gusto en la decoración, pese a que resultaba un tanto fría e impersonal, casi como la de un hotel moderno y minimalista.

— ¿Te apetece tomar algo o prefieres ir a descansar? —Le preguntó Matt tratando de ser el perfecto anfitrión.

—Creo que ya he bebido suficiente, pero tampoco creo que pueda dormir.

—Podemos seguir charlando en el salón o en el jardín, si lo prefieres.

—Me encantaría —le confesó Gisele con una tímida sonrisa.

Matt cogió una botella de agua y un par de vasos antes de salir al jardín trasero, donde se acomodaron en un sofá-balancín.

—Gracias por lo del pub y por invitarme a pasar aquí la noche —le agradeció Gisele tras beber del vaso de agua que Matt le había entregado.

—Ha sido un placer. Imagino que ese era tu ex novio —Gisele asintió y Matt, que sentía una curiosidad extrema por todo lo que tuviera que ver con ella, le preguntó—: ¿Él es el causante de que te hayas quedado sin trabajo?

—Sí, gracias a él me han despedido y, si no consigo pronto un trabajo, no podré pagar las tasas de la universidad y perderé el semestre.

— ¿Has intentado pedir una beca?

—Me han dado una beca, pero con eso solo cubro mi parte de alquiler del apartamento. Mi trabajo no era el mejor del mundo, pero con el dinero que me pagaban podía comer, pagar la universidad, los libros y darme algún capricho.

— ¿Tu familia no puede ayudarte?

—No tengo familia —respondió Gisele con nostalgia, no había un solo día en que no echara de menos a sus padres.

— ¿No tienes algún hermano ni tíos? —Preguntó con el ceño fruncido.

—Mis padres murieron en un accidente de tráfico cuando yo tenía doce años, no tengo hermanos, ni tíos ni más familia, excepto Sarah que, aunque no tengamos la misma sangre, la considero mi hermana.

—Lo siento, no debió ser fácil para ti.

—Bueno, tengo veintidós años y sigo viva, supongo que no me ha ido tan mal —bromeó para quitarle importancia al asunto.

—Si necesitas dinero, puedo prestar…

—No —le interrumpió Gisele sin opción a réplica—. Te lo agradezco, pero no voy a aceptar tu dinero ni el de nadie. Esto es algo que tengo que hacer por mí misma —le dedicó una amplia sonrisa para que no parecer una desagradecida y le preguntó para cambiar de tema—: ¿Qué me cuentas de ti?

— ¿Quieres saber si tengo familia?

—O lo que quieras contarme —le contestó encogiéndose de hombros.

—Mi padre también murió cuando yo era un adolescente, mi madre nos sacó adelante a mi hermana y a mí ella sola, sin la ayuda de nadie. Mi abuelo murió hace un par de semanas, pero nunca tuve relación con él. Y después está Jason que, aunque tampoco tiene mi misma sangre, es como un hermano para mí.

Continuaron charlando un rato más, hablando de sus vidas y de su pasado, hasta que Gisele bostezó y Matt, con una ternura que jamás había sentido antes, le dijo:

—Estás agotada, te acompañaré a tu habitación para que descanses.

Gisele no se lo discutió, estaba a punto de amanecer y realmente se sentía agotada. Siguió a Matt escaleras arriba y se detuvieron frente a la primera puerta del pasillo. Matt la abrió y ella sonrió, era una auténtica habitación de invitados con su cama doble, su cómoda, su armario y su propio cuarto de baño.

—Mi habitación está al final del pasillo, avísame si necesitas algo —se ofreció Matt.

— ¿Te importaría prestarme una camiseta vieja para dormir? —Le preguntó Gisele con timidez.

—Toda mi ropa está en mi habitación.

Matt la guio hasta su habitación y ella le siguió. Tenía curiosidad por descubrir cómo sería el dormitorio de Matt y tuvo que reconocer que era mucho mejor de lo que esperaba. Incluso tenía un gran vestidor con el que ella y Sarah habían soñado. Sonrió al pensar que ambos podían dormir en aquella enorme cama y ni siquiera se rozarían.

—Coge lo que quieras para dormir —la animó Matt frente a la indecisión de Gisele.

Ella solo quería una camiseta vieja, pero allí solo había trajes hechos a medida y camisas de diseño que Gisele creía que debían costar más de lo que ganaría en su vida.

— ¿Necesitas ayuda?

—Sí, busco una camiseta con la que pueda dormir sin preocuparme por arrugarla —le respondió Gisele sonrojada.

—En el segundo cajón tengo algunas camisetas de algodón o, si lo prefieres, puedes coger una camisa. Elijas lo que elijas, no deberías preocuparte por que se arrugue.

Como si estuviera en su propia casa, Gisele abrió el segundo cajón donde Matt le había dicho que se encontraban las camisetas y cogió la primera que vio. La desdobló y vio que se trataba de una vieja camiseta de entrenamiento del ejército.

— ¿Estás en el ejército?

—Lo estuve —le confirmó Matt—, me retiré para dedicarme al sector privado y fundé mi propia agencia de seguridad —Gisele frunció el ceño y Matt le preguntó—: ¿Qué ocurre?

—Es un trabajo peligroso.

—Soy el director de la agencia, no uno de sus agentes, aunque supongo que mi trabajo conlleva algunos riesgos —reconoció Matt. Gisele bostezó de nuevo y él añadió—: Es hora de ir a dormir, estás agotada.

Matt la acompañó de nuevo a la habitación de invitados y, cuando llegaron a la puerta, Gisele le dio un beso en la mejilla y le deseó casi en un susurro:

—Buenas noches, Matt.

—Buenas noches, Gisele —le respondió él antes de que Gisele entrara en la habitación y cerrara la puerta.

Cita 127.

“Le podría dar suficientes motivos para que me olvide, pero siempre habrá una única razón para que me ame.”

William Osorio Nicolas. 

Hasta que el contrato nos separe 1.

Matt Spencer se encerró en su despacho tras pedirle a su secretaria que no le pasara ninguna llamada, no estaba de humor para atender a nadie. Todavía no podía creer que su abuelo materno, a quien jamás había conocido en persona, le nombrara único benefactor de su fortuna. Pero el viejo había incluido una condición en su testamento: tenía que casarse antes de cumplir treinta y cinco años. Aquella condición le daba un margen de seis meses para encontrar esposa, pero Matt no quería nada del hombre que abandonó a su hija y a sus nietos cuando más lo necesitaban. Tampoco necesitaba el dinero, él había creado su propia fortuna, era un hombre respetado y admirado por la sociedad. Sin embargo, la casa en la que vivían su madre y su hermana era parte del patrimonio. Matt podía permitirse comprar una casa para ellas, pero sabía que su madre no quería otra casa, solo quería conservar la que ya tenían, la casa donde guardaba los recuerdos de toda una vida.

—No te preocupes mamá, conseguiré esa herencia —le había asegurado Matt.

Se sentó en su sillón y se maldijo al recordar sus palabras, aquello le supondría más de un dolor de cabeza. El primero de todos, decidir con quién iba a casarse. Matt era un hombre atractivo y muy codiciado entre las mujeres, no le faltarían candidatas, pero elegir a la mujer adecuada iba a ser complicado.

— ¿Se puede? —Preguntó Jason Owen, el abogado y mejor amigo de Matt, entrando en el despacho y sentándose en uno de los sillones frente a él.

—Ya estás dentro.

—Te iba a preguntar qué tal te ha ido, pero ya veo que no muy bien.

—El viejo cascarrabias me ha nombrado único heredero pero, para poder disponer de todas sus posesiones, tengo que casarme antes de cumplir treinta y cinco años y que el matrimonio dure más de un año —le explicó Matt con frustración, le entregó una carpeta con los documentos y añadió—: Aquí está todo.

Jason cogió los documentos de la carpeta y los leyó en silencio mientras esperaba pacientemente. Cuando terminó de leerlos, Jason miró a su amigo con gesto serio y le confirmó:

—El viejo te la ha jugado bien, si quieres su herencia tendrás que casarte.

— ¿No hay nada que se pueda hacer?

—No hay ningún resquicio por el cual poder alegar, tienes que casarte y, para que se considere un matrimonio válido, debe durar al menos un año —informó Jason—. Además, deberá ser un matrimonio real, los abogados se encargarán de investigarlo a conciencia.

—Genial —gruñó Matt con sarcasmo.

—También puedes renunciar a la herencia, no te hace falta el dinero.

—La casa de mi madre seguía estando a nombre de mi abuelo, si no consigo la herencia perderá la casa y el capullo de Patrick Swan lo heredará todo.

Patrick Swan era el hijo de un matrimonio anterior de la esposa de Phil West, el hermano de la madre Matt. A Matt no le importaba la herencia de su abuelo, pero que Patrick heredara toda aquella fortuna le molestaba porque sabía que se lo gastaría todo en el casino y en prostitutas.

—Si no quieres que tu madre pierda la casa familiar, tu única opción es encontrar una esposa con la que casarte antes de que acabe el año —se mofó Jason sacando a Matt de sus propios pensamientos—. ¿Vas a sentar la cabeza?

—Solo necesito un matrimonio de conveniencia, una socia para este negocio —opinó Matt enfocando la situación como uno más de sus negocios.

— ¿Tienes alguna candidata en mente?

—Había pensado en Pamela Steel.

—Descartada —sentenció Jason.

— ¿Por qué? —Protestó Matt—. Fingir que tengo una relación con ella no será difícil, ella es una mujer independiente, no busca un hombre del que enamorarse, aceptará un matrimonio de conveniencia y cuando todo esto se acabe no pretenderá seguir casada conmigo.

—Es una mujer liberal que no se va a conformar con esperarte en casa hasta que vuelvas del trabajo, tenéis una relación en la que ambos disfrutáis juntos del sexo sin ningún tipo de compromiso, pero se trata de fingir un matrimonio y tiene que ser creíble —argumentó Jason.

Matt asintió, su amigo tenía razón. Pamela quedaba descartada, necesitaba a una mujer capaz de serle fiel durante todo el proceso o el matrimonio no sería válido.

—Tampoco puedes utilizar ninguna agencia de chicas de compañía, los abogados de tu abuelo la investigarán a fondo —comentó Jason.

—Genial, más buenas noticias.

—Te invito a cenar y a tomar unas copas, ya se nos ocurrirá algo —decidió Jason tratando de animar a su amigo—. Eres el soltero de oro de la ciudad, no te van a faltar pretendientas.

Matt solo quería llegar a casa, meterse en la cama y dormir, pero sabía que Jason no iba a aceptar un no por respuesta y tarde o temprano acabaría aceptando ante su insistencia. Así que decidió ahorrarse la discusión y aceptó la invitación de su amigo.

***

Gisele Moore estaba nerviosa y no dejaba de dar vueltas por el salón, yendo de un lado al otro mientras trataba de pensar. Necesitaba encontrar un nuevo trabajo para poder pagar los gastos de la matrícula del siguiente semestre de la universidad. Con la ayuda económica que recibía de la beca que le habían concedido en la universidad tan solo podría pagar su parte de alquiler del apartamento que compartía con su amiga Sarah Sloane.

Y es que Gisele todavía no podía creerse que su ex novio se presentara en el pub y formara tal escándalo que acabaran echándola a ella.

—Deja de dar vueltas de un lado a otro, me estás mareando —protestó Sarah rodando los ojos—. Trabajar de camarera en ese pub no era el mejor trabajo del mundo, seguro que encuentras otro empleo y mucho mejor que ese. En cuanto a Erik, será mejor que te mantengas alejada de él, últimamente está más loco de lo normal.

Erik Muller era un hombre controlador, celoso y, desde que Gisele le había dejado, también se había vuelto un hombre inestable. Se conocieron en la universidad cuando Gisele estaba en el primer año y él en el último de carrera. Tenían muchas cosas en común, ambos habían perdido a sus padres y habían pasado su adolescencia en casas de acogida. Gisele le admiraba por ser tan alegre y positivo pese a que no le había tocado una vida fácil. Un par de meses después de conocerse, Erik le pidió una cita y ella aceptó. Fue una gran cita y a Gisele le pareció el hombre perfecto, pero poco a poco Erik cambió. Gisele se sentía cada vez más agobiada por él, Erik se volvió inseguro, quería saber dónde y con quién estaba en cada momento. Hasta que ella no pudo soportarlo más y decidió dejarlo, su prioridad eran sus estudios. Habían pasado más de seis meses desde entonces, pero Erik no se daba por vencido en su intento por recuperarla.

—Si en dos meses no consigo el dinero para la matrícula y las tasas, habré perdido un semestre entero. Con lo que tengo ahorrado no me da ni para pagar los libros —se lamentó Gisele, dejándose caer en el sofá.

—Se acabó, no puedo seguir escuchando cómo te lamentas y te hundes —alzó la voz Sarah mientras se ponía en pie—. Ve a vestirte como una persona decente, esta noche nos vamos de copa e invito yo. Necesitas divertirte un poco o acabarás muriendo de aburrimiento y matándome a mí.

Gisele no discutió con Sarah, necesitaba salir y distraerse un poco o la cabeza le estallaría de tanto pensar. Se dio una ducha rápida, se puso su vestido ibicenco y unas sandalias de tacón de cuña. No era el mejor de sus modelitos, pero sí uno con el que se sentía cómoda y Sarah no la obligaría a cambiarse.

Una hora más tarde, Gisele y Sarah salían del apartamento dispuestas a disfrutar de una noche de chicas en la que estaba prohibido pensar en los problemas. Cenaron en un restaurante italiano al que solían ir a menudo y después decidieron tomarse un par de copas en un pub cerca de donde se encontraban.

—Búscanos un buen sitio mientras yo voy a la barra a por un par de copas —le dijo Sarah nada más entrar en el pub, ya bastante achispada.

— ¿Dentro o fuera?

—Fuera, necesitaremos que nos dé el aire —rio divertida Sarah mientras se alejaba hacia a la barra.

Gisele la observó sonriendo, Sarah se había convertido en una hermana para ella. Se conocieron en una casa de acogida durante el último año de instituto y habían permanecido juntas desde entonces.

Salió al jardín trasero del pub y se sentó en uno de los sofás libres de la zona chill-out. Agradeció la suave brisa que corría, había bebido más de la cuenta durante la cena y se notaba un poco achispada. Cinco minutos más tarde, Sarah apareció con un par de copas en la mano y una enorme sonrisa en los labios.

—Acabo de enamorarme del camarero, ¡tiene una pinta de ser un empotrador!

— ¡Sarah! —La regañé sin poder contener la risa.

—Cielo, no te ofendas, pero no te vendría nada mal un buen polvo.

—No, gracias. La última vez que me dijiste eso acabé saliendo con un psicópata durante cuatro años y te recuerdo que por su culpa me he quedado sin trabajo. Nada de relaciones hasta que acabe los estudios y después ya veremos…

— ¿Pretendes pasar todo un año sin follar? —Preguntó Sarah horrorizada—. ¡Eso no puede ser sano, Gisele!

—Pues tendré que encontrar a un hombre dispuesto a satisfacer mis necesidades sexuales en el momento exacto en que lo necesite y, por supuesto, gratis.

—Cielo, mira a tu alrededor. La mitad de los hombres que ves estarían encantados de satisfacer todas tus necesidades sexuales.

—Damos fe de lo que dice tu amiga —dijo una voz masculina procedente del sofá de al lado.

Ambas se volvieron para mirar al dueño de esa voz, pero ninguna lo reconoció. Era un hombre atractivo, de piel bronceada, cabello oscuro y ojos verdes, pero unos diez años mayor que ellas.

Jason y Matt estaban charlando mientras tomaban unas copas cuando Gisele y Sarah atrajeron su atención con su divertida y sincera conversación. Jason no pudo contenerse más y decidió unirse a aquella entretenida conversación, pero las chicas le miraron con cara de pocos amigos y Matt no desaprovechó la ocasión para mofarse de su amigo:

—Disculpad a mi amigo, es una maruja.

—Tu amigo queda disculpado, creo que me puede ayudar a hacerle entender a mi amiga Gis que hay todo un mundo ahí fuera y tiene que aprender a disfrutarlo —Sarah les invitó a unirse a la conversación ante la sorpresa de Gisele—. Por cierto, ella es mi amiga Gis y yo soy Sarah.

—Encantado de conoceros —dijeron los dos al unísono. Y Jason añadió—: Él es Matt y yo soy Jason, un placer.

Tras aquellas presentaciones, los chicos se sentaron junto a ellas y entablaron una nueva conversación. Entre bromas y risas, se tomaron algunas copas más y Sarah comenzó a coquetear descaradamente con Jason mientras Gisele y Matt charlaban animadamente. A Gisele todo le pareció que iba bien hasta que Sarah decidió marcharse con Jason a seguir disfrutando de la noche pero en la intimidad.

— ¿Te apetece otra copa? —Le ofreció Matt.

—La última —accedió Gisele—, no estoy acostumbrada a beber tanto.

Matt asintió con una sonrisa, se puso en pie y se dirigió al interior del pub para pedir un par de copas en la barra. Gisele le había gustado y no solo físicamente. Habían hablado durante horas y no se había cansado de escucharla, más bien todo lo contrario. Deseaba saberlo todo sobre ella y no iba a desaprovechar la oportunidad que tenía.

Hasta que el contrato nos separe.

Matt Spencer tiene que casarse en menos de seis meses para heredar el patrimonio de su abuelo materno e impedir que su madre y su hermana pierdan la casa familiar. Es un hombre joven, atractivo, inteligente y ha creado su propia fortuna, es el soltero de oro de la ciudad y no le faltan pretendientas, pero él no busca una esposa, él busca a una mujer dispuesta a fingir ser su esposa durante un año. Matt enfoca el matrimonio como un negocio, busca una socia de negocios y encuentra a la candidata perfecta cuando conoce a Gisele Moore. Ella es una estudiante universitaria que trabajaba de camarera en un pub para pagar sus estudios y que acaba de quedarse sin empleo.

Al principio, a Gisele le parece una locura la propuesta de Matt, pero su situación económica es crítica y Matt, consciente de ello, insiste en que un acuerdo beneficioso para ambos es la solución para sus problemas y finalmente la convence para que acepte.

Pese a que ambos se toman su acuerdo como un negocio, es inevitable que, tras pasar tantas horas juntos, ambos se dejen llevar y acaben involucrándose más de lo que esperaban en aquel matrimonio de conveniencia. Si quieres saber más sobre ésta historia, no te pierdas todos los capítulos de la novela Hasta que el contrato nos separe:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Cita 126.

“Ángeles buenos o malos, que no sé, te arrojaron a mi alma.”

Rafael Alberti. 

Las reglas del juego 24.

Alec me llevó a la que había sido mi habitación cuando mi padre se marchaba por motivos de trabajo y yo me quedaba en la base. Sonreí al comprobar que todo estaba como la última vez que estuve allí. Me ayudó a tumbarme sobre una de las dos camas dobles y no pude evitar contraer el gesto a causa del dolor en mis costillas, a lo que él respondió maldiciendo entre dientes.

—Odio verte así —me dijo casi con desesperación. Me besó en la frente y me rogó—: Por favor, prométeme que no volverás a ponerte en peligro de esa manera.

—Solo quería asegurarme de que no le pasara nada a Lía —me excusé—. Además, las dos estamos bien, el resto es secundario.

—Al final, conseguirás acabar conmigo —suspiró tumbándose a mi lado y estrechándome entre sus brazos—. Casi me vuelvo loco sin ti, nena.

—Ahora me tienes aquí y, según parece, mi padre tiene previsto tenerte de niñera conmigo.

—Por cierto, ¿qué le parece a tu padre que tú y yo estemos juntos? —Me preguntó tensando los músculos de la mandíbula.

—El hecho de que te haya dejado aquí conmigo dice mucho, ¿no crees? Además, mi padre te tiene en alta estima.

—Ya, pero imagino que la situación habrá cambiado cuando se ha enterado que soy el capullo que está con su hija y, que además, soy mucho mayor que tú.

—Doce años no son tanto y ya te dije que la edad no es un problema para mí —le recordé.

— ¿Quién te ha dicho mi edad?

—Steve me dijo que tenía treinta y siete años y supuse que tendrías su misma edad —le respondí encogiéndome de hombros.

Alguien llamó a la puerta de la habitación y Alec se levantó de la cama antes de que se lo pudiera impedir. Abrió la puerta e invitó a entrar a mi padre, a Jane y a Lía, que se tumbó conmigo en la cama ocupando el mismo lugar donde estaba su padre segundos antes.

— ¡Alice! —Exclamó eufórica.

—Hola preciosa, ¿ya has cenado?

—Sí, me lo he comido todo, ¿verdad abuela?

—Verdad, se lo ha comido todo —confirmó Jane mirando a su nieta con orgullo.

—Y tú, ¿has hecho las paces con papá?

—Sí, papá y yo hemos hecho las paces —le respondí intercambiando una rápida y cómplice mirada con Alec.

—Entonces, ¿voy a tener un hermanito?

Como no era la primera que escuchaba a Lía preguntar por la posibilidad de tener un hermanito, ya no me afectó como a los demás, pero malinterpretaron mi reacción.

— ¿Voy a ser abuelo? —Exigió saber mi padre mientras posaba su mirada de Alec a mí y viceversa.

— ¿Alice? —Me escrutó Alec.

—No estoy embarazada, si es eso lo que se os está pasando por la cabeza —les aclaré horrorizada ante aquella idea.

—La verdad es que la idea de ser abuelo me gusta, espero que no esperéis demasiado —comentó mi padre con naturalidad.

—Yo también estaría encantada —aseguró Jane.

— ¿Voy a tener un hermanito o no? —Insistió Lía con impaciencia.

—Cielo, todavía es muy pronto para hablar de hermanitos, pero te prometo que serás la primera en saberlo cuando venga en camino —le prometí.

Lía se quedó satisfecha con mi respuesta y no volvió a insistir con el tema, pero Alec no volvió a abrir la boca y se perdió en sus propios pensamientos hasta que Jane y mi padre nos dejaron para que pudiéramos descansar. Alec metió a Lía en la otra cama y se durmió antes incluso de que llegara a arroparla. Había sido un día duro y muy largo para una niña de su edad y había caído rendida.

— ¿Estás bien? —Le pregunté cuando se tumbó en la cama conmigo.

—Estoy bien siempre que estoy contigo —me susurró al oído. Deslizó una de sus manos hasta mi vientre para acariciarlo y añadió—: No he podido evitar imaginarte con un bebé en los brazos, un bebé nuestro.

—Alec…

—Lo sé, es pronto para hablar de ello —me interrumpió con pesar—. Duérmete nena, tienes que descansar.

Sospeché que no quería hablar más del tema y no quise insistir, estaba demasiado cansada y estar entre los brazos de Alec era un somnífero para mí.

A la mañana siguiente, cuando me desperté estaba sola en la cama. Miré hacia la otra cama y Lía no estaba. Me incorporé para levantarme justo en el momento en que la puerta se abrió y Alec entraba en la habitación.

—Nena, no debes levantarte —me regañó con dulzura, ayudándome a tumbarme de nuevo en la cama—. ¿Qué tal has dormido?

—He dormido bien. ¿Dónde está Lía?

—Está con mi madre, no queríamos despertarte.

Alguien llamó a la puerta y, tras dar permiso para entrar, la puerta se abrió y apareció mi padre.

— ¿Qué tal estás, cielo? —Me preguntó saludándome con un beso en la mejilla.

—Estaría mejor si me dejarais salir de la cama —protesté.

—Si estás aburrida, te traigo compañía —anunció—. Necesito a Alec en el centro de operaciones un rato, pero Brian se quedará contigo.

—No neces…

—Lo sé, no necesitas ninguna niñera —me interrumpió—, pero estaré más tranquilo si Brian se queda contigo hasta que Alec regrese.

Asentí como una niña buena y obediente, no quería darles más disgustos a ninguno de los dos. Alec se despidió de mí y dudó si besarme o no en los labios delante de mi padre, pero finalmente lo hizo. Nada más salir ellos por la puerta, Brian entró en la habitación.

—Tienes muchas cosas que contarme, pitufa —me saludó riendo divertido.

Charlamos durante más de dos horas, Brian quería saber todos los detalles de mi historia con Alec y se lo conté todo, incluso le hablé de las reglas del juego. Brian no me juzgó, me escuchó atentamente y, cuando terminé de hablar, me dijo que me veía más feliz que nunca.

Ese mismo día, recibí la visita de Álex y Tony. Mi padre había tenido el detalle de llamarles y contarles lo que había pasado y, como no podía ser de otra manera, se empeñaron en venir a visitarme. Ellos también querían saberlo todo y no iban a conformarse con menos. Se quedaron haciéndome compañía hasta que Alec regresó, ninguno de los dos quería marcharse de allí sin ver a mi desconocido y presentarse formalmente.

Alec regresó sonriendo de oreja a oreja, entró en la habitación y fue directo a besarme en los labios sin percatarse de que no estábamos a solas. Tony fingió toser, Alec se volvió para mirarles y, sorprendiéndonos a todos, sonrió y dijo:

—Imagino que vosotros sois Tony y Álex —les estrechó la mano y añadió—: Encantado de conoceros, yo soy Alec.

—Cielo, tu desconocido sigue siendo un hombretón a la luz del día —bromeó Tony.

—Y un santo, no sé cómo puedes seguir vivo teniendo que soportar a semejante rebelde haciendo reposo en cama —se mofó Álex.

— ¡Eh! —Protesté haciéndome la ofendida y le dije burlonamente—. Soy adorable, asúmelo.

—Será mejor que dejemos a los tortolitos a solas —opinó Tony.

Los chicos se despidieron y se marcharon tras hacer que les prometiera que les llamaría todos los días.

—Nena, quiero proponerte algo —me susurró Alec cuando nos quedamos solos.

—Mm… ¿Por qué tengo la sensación de que no me va a gustar?

—La operación ha salido bien, están deteniendo a todos los rebeldes en este momento y tu padre me ha dado unas semanas de vacaciones —. Me miró a los ojos y añadió—: Quiero que pases unos días conmigo y con mi familia en nuestra casa de la playa, después nos iremos solos tú y yo a donde quieras.

— ¿Con tu familia?

—Con Lía y con mi madre —confirmó—. Lía no quiere separarse de ti y me gustaría que os conocierais un poco mejor, quiero normalizar nuestra relación.

— ¿A tu madre le parecerá bien?

—Mi madre está encantada, el que me preocupa es tu padre.

—No te preocupes por mi padre, si le parece bien que le hagamos abuelo no creo que le moleste que nos vayamos juntos de vacaciones.

—Entonces, ¿eso es un sí?

—Es un sí —le aseguré riendo divertida.

 

***

 

Seis meses más tarde…

Había decidido comprar los regalos de Navidad en el último momento para no arriesgarme a que Lía los encontrara. Había comprado los regalos por internet, tan solo tenía que pasar por la tienda para recogerlos, pero el tiempo se me echó encima y llegué tarde a casa. Pude ver los coches de nuestros invitados en la calle, ya habían llegado todos. Aparqué el coche en el garaje y dejé los regalos en el maletero, regresaría a por ellos cuando todos estuvieran durmiendo.

Entré en casa y todos me saludaron alegremente, Lía fue la primera y saltó a mis brazos en cuanto me vio entrar. Mi vida había dado un giro de ciento ochenta grados desde aquel día en que los rebeldes nos secuestraron a Lía y a mí. Ahora vivía con Alec, Lía y Jane en una preciosa casa a las afueras de la ciudad. Alec cuidaba de mí y me mimaba igual que hacía con Lía, claro que ella tenía cinco años y yo era una mujer madura, al menos la mayor parte del tiempo. Mi padre y mis amigos estaban encantados con mi relación con Alec, al igual que la madre y los amigos de Alec. Steve y Kate habían venido con el pequeño Steve, que ya tenía cuatro meses y era un bombón. Lía no dejaba de pedir un hermanito y Alec me miraba de reojo cada vez que salía el tema mientras Jane me sonreía con complicidad. Brian, Alfred, Tony y Álex también estaban allí, todos formábamos una gran familia.

Cenamos todos juntos, brindamos y charlamos un rato antes de irnos a dormir y esperar que llegara la mañana para abrir los regalos de Navidad.

—Nena, ¿estás bien? Te noto un poco distraída desde que has llegado, ¿va todo bien? —Me preguntó Alec estrechándome entre sus brazos.

Alec tenía razón, había estado distraída, pero tenía mis razones. Sabía las ganas que Alec tenía de tener un hijo y que no insistía porque no quería presionarme, así que, tras meditarlo mucho, hace un par de meses decidí dejar de tomar la píldora y darle la sorpresa a Alec por Navidad. Me había informado por internet y la mayoría de mujeres que tomaban la píldora tardaban entre seis meses y un año en quedarse embarazadas una vez que dejaban de tomarla, pero no fue mi caso. A principios de mes, con un retraso de unos días, me hice el test de embarazo y dio positivo. No se lo dije a nadie, primero tenía que asimilarlo yo. Pero hace un par de semanas pedí cita en la clínica con mi ginecólogo y, tras hacerme una revisión y enseñarme la ecografía de mi garbancito, todos mis miedos habían desaparecido. Excepto el miedo a la reacción de Alec cuando le confesara que se lo he ocultado durante un mes.

—Tengo un regalo para ti, y estoy un poco nerviosa —le dije entregándole el sobre que había sacado de mi bolso.

—¿Qué es esto?

—Ábrelo y lo sabrás.

Me miró con curiosidad, pero no hizo más preguntas y abrió el sobre. Sacó la ecografía y se quedó observándola durante varios minutos antes de levantar la vista para mirarme.

—Esto es… ¿Es nuestro? —Me preguntó sin terminar de creérselo.

—Es nuestro bebé —le confirmé sonriendo feliz.

—Nena, no puedo ser más feliz de lo que soy ahora —me susurró antes de besarme y estrecharme entre sus brazos.

 

FIN

 

Cita 125.

“La peor soledad es no estar cómodo contigo mismo.”

Mark Twain.