Archivo | mayo 2018

Cita 121.

“A veces perder es ganar y no encontrar lo que se busca es encontrarse.”

Alejandro Jodorowski. 

Las reglas del juego 16.

Nos subimos al coche y le observé mientras conducía. Era un hombre muy atractivo y resultaba de lo más sexy tan concentrado en la carretera. Los músculos de su brazo se marcaban cada vez que lo movía para cambiar de marcha y sus facciones se acentuaban debido a la atención que prestaba a la carretera.

No tenía ninguna duda de que mi desconocido era misterioso, interesante y un tipo encantador incluso cuando se enfurruñaba. Me pregunté cómo serían sus padres y deduje que serían igual de educados y amables que él, estaba segura de que su educación era producto de una buena mujer. Lo imaginé jugando con su sobrina y tuve que contener mis ganas de abalanzarme sobre él mientras conducía. Por alguna extraña razón, la imagen de él con un bebé en los brazos se me antojó de lo más irresistible.

—Deja de mirarme así, me estás poniendo nervioso.

—Estás muy sexy cuando conduces —le dije ignorando su comentario.

—Nena, creía que teníamos una tregua.

—Y la tenemos, estoy siendo buena —me encogí de hombros con fingida inocencia.

—No quiero pensar qué harás cuando decidas ser mala —murmuró entre dientes.

Tras una hora conduciendo por una carretera plagada de curvas, por fin llegamos a un pequeño y pintoresco pueblo rodeado por una muralla de piedra y presidido por un elegante castillo de la Edad Media. Me arrepentí de no haber traído conmigo la cámara de fotos, hubiera podido hacer un magnífico reportaje del castillo, del pueblo y de los alrededores. El paisaje parecía mágico, te hechizaba con su belleza.

Tuvimos que dejar el coche en el aparcamiento que había justo antes de las puertas de la muralla, ya que por el interior del pueblo tan solo podían circular con vehículos los residentes de la zona. Entramos por el portón de madera de la muralla caminando agarrados de la mano, como cualquier otra pareja que paseaba por allí. Mis ojos no dejaban de visualizar todo lo que podía fotografiar para transmitir la belleza y la serenidad de aquel lugar idílico. Me prometí a mí misma que regresaría a ese pueblo solo para tomar las fotos que no podía hacer en ese momento.

— ¿Te parece bien si paramos a comer aquí? —Me preguntó señalando la terraza de uno de los restaurantes de la plaza principal del pueblo, frente a la entrada al castillo. Asentí con un leve gesto de cabeza y, con una amplia sonrisa que denotaba mi felicidad, le besé en los labios con sensualidad y, aunque no estaba dispuesta a reconocerlo, también con amor—. Mm… ¿A qué ha venido ese beso? Y que conste que no es ninguna queja.

—Me apetecía —respondí encogiéndome de hombros para quitarle importancia.

Me estrechó entre sus brazos sin importarle que estuviéramos rodeados de gente en aquella plaza y, mirándome a los ojos con intensidad y deseo, me pidió:

—Dame otro beso de esos, nena.

No tuvo que decirlo dos veces, acuné su rostro con mis manos y le besé de nuevo, sin prisa, disfrutando del placer que me producía el roce de sus labios con los míos.

Nos sentamos en la terraza de aquel restaurante y me propuse aprovechar esa escapada para conocer un poco más a mi desconocido. No podía hacer preguntas, pero me fijaría en los pequeños detalles para averiguar más cosas sobre él. Me había llevado al lago, eso significaba que le gustaba la naturaleza. Fue a buscar leña para encender la chimenea y no tuvo ningún problema, lo que significaba que ya lo había hecho antes. Con esa información podía deducir que era un hombre sencillo, que le gustaba el campo y no le preocupaba ensuciarse las manos. Además, había descubierto que era muy detallista y, aunque quizás él no se había dado cuenta todavía, también era un romántico.

— ¿Qué te parece tan divertido? —Me preguntó sonriendo al verme sonreír, contagiado de mi buen humor.

—Tú me pareces divertido —le respondí con una verdad a medias—. He sido una maleducada, ni siquiera te he dado las gracias por planear y llevar a cabo esta escapada.

—Me doy por satisfecho solo con verte sonreír, nena —le restó importancia—. ¿Quieres que visitemos el castillo después de comer?

Dicho y hecho. Después de comer, compramos una entrada guiada para visitar en el majestuoso castillo de la Edad Media. El castillo era una auténtica fortaleza y no costaba imaginar cómo vivían los habitantes de la aldea en aquella época. Una vez más, eché de menos mi cámara de fotos, hubiera tomado cientos de fotos, sobre todo de mi desconocido.

— ¿Qué ocurre? ¿No te gusta el castillo?

— ¿Cómo no me va a gustar el castillo? —Le repliqué confusa por su pregunta—. Es una obra arquitectónica increíble y tiene una belleza embriagadora, no creo que haya alguien sobre la faz de la tierra a quien no le guste.

—Entonces, ¿a qué ha venido esa cara triste?

Entonces le comprendí, se refería a la cara que había puesto al recordar que no llevaba conmigo la cámara de fotos.

—Me hubiera gustado traer la cámara de fotos, este lugar es precioso —le respondí abriendo los brazos mientras daba una vuelta sobre mí misma para señalar todo lo que nos rodeaba.

—Podemos ir a comprar una cámara de fotos, seguro que hay alguna tienda que las venda, es un pueblo muy turístico.

—No es necesario —le agradecí con una amplia sonrisa, mi cámara de fotos era una cámara profesional, no una cámara para turistas o aficionados—. Además, así tendré una razón para regresar.

—Podríamos escaparnos unos días a finales de agosto, celebran una fiesta medieval en la que todo el mundo se viste de la época y creo que incluso lanzan fuegos artificiales.

Una vez más, su propuesta me sorprendió. Quedaban tres meses para finales de agosto, era una propuesta a largo plazo.

—Recuérdamelo más adelante, tengo mala memoria y no me gustaría perdérmelo.

Dejé la piedra en su tejado. Si realmente quería regresar conmigo cuando llegara la fecha, se encargaría de recordármelo. Reconozco que me gustó saber que me incluía en sus planes para los siguientes tres meses.

—Nena, estás muy pensativa, ¿va todo bien? —Me preguntó escrutándome con la mirada.

—Estaba pensando en el jacuzzi de la cabaña —le dije con voz seductora.

—Nena… —Me advirtió con un suave ronroneó mientras me acariciaba el cuello con la punta de su nariz.

—Has sido tú quien ha preguntado —me defendí entre risas.

Me estrechó entre sus brazos y me abrazó con fuerza. Me dio un leve beso en los labios y, dedicándome la mejor de sus sonrisas, me dijo:

—He visto un supermercado a un par de calles, pararemos a comprar comida y regresaremos a la cabaña para estrenar ese jacuzzi, caprichosa.

Entonces fui yo la que le besé con tanta fuerza y empeño que casi nos caemos al suelo al perder el equilibrio. Entre risas, besos y abrazos, hicimos la compra en aquel supermercado antes de regresar a la cabaña.

Guardamos la comida que habíamos comprado en la nevera y los armarios que componían la cocina y me regañé mentalmente por imaginarme de nuevo compartiendo una vida familiar con él. Cada día me resultaba más tentadora la idea de romper las reglas del juego.

— ¿Cenamos antes de meternos en el jacuzzi? —Le pregunté—. Si lo hacemos al revés, sabes que no cenaremos.

—Tienes razón —afirmó con una sonrisa traviesa en los labios—. Ve a ponerte cómoda, yo me encargo de la cena.

—No te lo voy a discutir, no se me da muy bien cocinar —le advertí—. Pero soy una buena ayudante, no tendrás ni una sola queja de mí.

Le ayudé a preparar la cena y descubrí que tenía grandes habilidades como cocinero, se notaba que le gustaba estar entre fogones, la cocina era otra de sus virtudes. Suspiré con resignación, esos días en el lago tan solo provocarían que acabara totalmente enamorada de mi desconocido.

Cenamos tranquilamente y después recogimos la mesa y la cocina sin ninguna prisa. Pese a que ambos deseábamos estrenar el jacuzzi de la cabaña, nos encontrábamos muy a gusto charlando y queríamos alargar un poco más la sobre mesa antes de pasar a la acción.

— ¿Te sigue apeteciendo meterte en el jacuzzi conmigo? —Me tanteó cuando se le acabaron los temas de conversación.

—Por supuesto, nene —le confirmé.

Mientras el jacuzzi se llenaba de agua caliente, nos desnudamos mutuamente. La paz y la calma con la que nos acariciábamos y nos besábamos, me embriagó con un dulce placer que cada día se acentuaba más, el dulce placer del amor.

Nos metimos en el jacuzzi y me sentó entre sus piernas, con mi espalda pegada a su pecho y me rodeó con sus brazos, estrechándome contra su cuerpo. Estar entre sus brazos era como estar en el paraíso.

No tuvo ninguna prisa, se demoró acariciando mi cuerpo, besándome y dándome placer sin exigir nada a cambio, era un amante generoso y desinteresado. Cuando ya no pude contener más mi deseo, me di media vuelta quedando sentada a horcadas sobre él.

—Mm… Nena, bésame como tú sabes.

Quería que le besara, pero que le besara como lo había hecho la otra vez, con amor. Me pregunté si él era consciente de ello o si simplemente le gustaba que le besara de aquella manera. La pregunta se perdió en el fondo de mi mente cuando mis labios se fundieron con los suyos. Alcé un poco las caderas y le invité a entrar en mí, una invitación que aceptó al instante. El placer ya no era la única razón por la que uníamos nuestros cuerpos, ahora lo hacíamos por necesidad, éramos dos adictos que necesitaban mantenerse en continuo contacto.

 

Las reglas del juego 15.

Cuando la primera luz de la mañana comenzó a filtrarse por la persiana del dormitorio, mi desconocido me despertó. Él ya estaba vestido y listo para salir, incluso se había duchado. Me hubiese gustado tener un poco de sexo soñoliento, pero él apenas rozó levemente sus labios con los míos para darme los buenos días y me ordenó que me diera una ducha rápida mientras él preparaba el desayuno.

Le noté un poco tenso, quizás también un poco distante, así que me desperecé, me levanté de la cama y me encerré en el cuarto de baño. No pude evitar sentirme molesta por su actitud tan diferente, su repentino cambio de humor me había dejado descolocada.

Cuando salí del cuarto de baño, ya vestida y arreglada para salir, él estaba sentado a la mesa y leyendo el periódico. Reconocí la bolsa de la panadería que había a la vuelta de la esquina y supe que había bajado a comprar un par de bollos para desayunar además de preparar café. Me senté a su lado y desayunamos en silencio. De vez en cuando, me miraba con disimulo para comprobar que comía y seguía leyendo el periódico.

— ¿Has terminado ya? —Me preguntó cuando terminé de beber el último trago de mi taza de café. Asentí con un leve gesto de cabeza y añadió poniéndose en pie—: Entonces, es hora de ponernos en marcha.

Bajamos en el ascensor sin pronunciar palabra, pero cuando llegamos al coche, se dispuso a abrir la puerta del lado del copiloto y me ayudó a subir. Nuestras miradas se cruzaron y no pude ocultar lo molesta que me sentía.

—Nena, ¿estás bien?

—He estado mejor —le respondí con tono de reproche.

—Nena, tenemos cinco días por delante, tendremos tiempo de sobra para hacer lo que quieras, no seas impaciente —me reprendió al mismo tiempo que me abrochaba el cinturón de seguridad.

Me enfurruñé como una niña pequeña y me puse de morros, pero a él le pareció divertido y rio, ignorando por completo mi enfado. Se sentó tras el volante, arrancó el motor del coche y salimos del parking del edificio para incorporarnos al escaso tráfico de la ciudad un viernes a las seis de la mañana. No estaba acostumbrada a levantarme tan temprano y los ojos se me cerraban.

—Inclina el asiento hacia atrás y duerme un poco —me aconsejó sin apartar la vista de la carretera.

Incliné el asiento y me tumbé de lado, dándole la espalda. Le escuché reír y me entraron ganas de abofetearle, se lo pasaba en grande torturándome. Sí, torturándome. No había que ser muy lista para adivinar sus intenciones después del episodio de la noche anterior. Pero a ese juego también podía jugar yo y, tal y como él había dicho, teníamos cinco días por delante.

Cerré los ojos y traté de dormir, el viaje era largo y mi desconocido no estaba de buen humor para hablar, así que no tenía nada mejor que hacer.

—Nena despierta, ya hemos llegado —escuché el susurro de su voz en mi oído. Ronroneé con fingida inocencia y murmuró—: Mm… Hasta dormida eres tentadoramente irresistible.

—Al parecer, no lo suficiente —le repliqué.

—Solo tienes que decirme tu nombre, no pido tanto.

—Yo solo quiero saber tu edad, tampoco pido tanto.

Bajó del coche y un segundo después abría la puerta de mi lado y me cogía en brazos para sacarme del coche. Dejó que mis pies tocaran el suelo, pero sostuvo agarrándome por la cintura hasta comprobar que me mantenía de pie sin perder el equilibrio. Eché un vistazo a nuestro alrededor, sentía curiosidad por saber dónde nos encontrábamos y sonreí al reconocer el lugar. Estábamos en el lago, frente a una de las lujosas cabañas que alquilaban para escapadas románticas. Había estado allí antes para hacer un reportaje sobre las diez mejores escapadas románticas cerca de la ciudad. Era el lugar perfecto para desconectar, rodeado de naturaleza y lejos de la civilización. El pueblo más cercano se encontraba a más de treinta kilómetros y las otras cabañas estaban a más de diez kilómetros de distancia entre sí, rodeando la orilla del lago. Además, los inquilinos de las cabañas estaban demasiado entretenidos dando rienda a su pasión como para salir de sus respectivas que cabañas. Se tardaba casi cuatro horas en llegar desde la ciudad, pero nosotros habíamos llegado en poco más de tres horas, mi desconocido había conducido deprisa.

—Y bien, ¿qué te parece? —Me preguntó mirándome a los ojos para comprobar si le decía la verdad.

—Es perfecto —reconocí.

Me sonrió de oreja a oreja, feliz de mi reacción, y me besó en los labios en un impulso que no fue capaz de contener.

—Dame un segundo que coja las maletas del coche y entramos en la cabaña, me han enviado las fotos por correo electrónico y creo que aquí estaremos genial.

De nuevo volvía a estar alegre y entusiasmado. Se apresuró en coger nuestro equipaje del maletero del coche y, tras cogerme de la mano, me guio a la cabaña por el estrecho camino de adoquines que llegaba hasta el porche. Sacó la llave de su bolsillo y abrió la puerta. Me hizo un gesto con la mano para que entrara primero y me dedicó una sonrisa nerviosa que yo traté de calmar dándole un leve beso en los labios. No pude evitar sonreír al pensar que ambos nos comportábamos como dos adolescentes.

— ¿Te gusta? —Me preguntó impaciente por saber mi respuesta.

Ya había visto esas cabañas, pero no quise fastidiar el momento. Eché un rápido vistazo a la cabaña para comprobar que todo estaba exactamente igual: una única estancia abierta formada por la cocina, el comedor, el salón y un dormitorio separado por un semi muro. Tan solo había una puerta, la del cuarto de baño. El cuarto de baño era la guinda de la cabaña o, mejor dicho, el enorme jacuzzi. No había nada mejor que meterse en el jacuzzi con una copa de vino después de un duro día de trabajo.

—No me gusta, me encanta —le respondí besándole de nuevo.

— ¿Lo suficiente para quedarte conmigo cinco días?

—Lo suficiente como para quedarme todo un mes —reí divertida.

—Pues todavía no has visto lo mejor —anunció dejando las maletas en el suelo para llevarme al cuarto de baño. Abrió la puerta y añadió señalando el jacuzzi—: ¿Qué me dices ahora?

—Mm… Creo que cinco días no van a ser suficientes, nene —bromeé haciéndole reír.

Se olvidó de su enfado por no decirle mi nombre y me hizo el amor con dulzura, sin exigir ninguna respuesta.

—Duerme un poco, yo iré a por leña para encender la chimenea, me han dicho que las noches son bastante frías aquí —me dijo en cuanto recobró la respiración.

Obedecí sin rechistar, estaba cansada y era consciente de lo frías que podían llegar a ser las noches en el lago, así que me quedé dormida bajo las sábanas de aquella cama mientras él se encargaba de todo. Me sentí extraña al tener a alguien que se encargara de realizar esas tareas por mí, pero era agradable saber que mi desconocido se esforzaba por cuidar de mí.

Me desperté a mediodía y vi a mi desconocido saliendo del cuarto de baño envuelto en una toalla, recién salido de la ducha. Se volvió hacia a mí y sonrió al comprobar que estaba observándole.

—Hace muy buen día, ¿te apetece dar un paseo? —Me propuso.

Una vez más, consiguió sorprenderme con su propuesta. Me tenía completamente desnuda en la cama y me proponía ir a dar un paseo.

— ¿No prefieres meterte en la cama conmigo? —Le tenté.

—Nena, yo siempre preferiré meterme contigo en la cama —me aseguró acercándose a mí para besarme en los labios.

—Entonces, ¿por qué no te metes en la cama conmigo?

—Dame un capricho y deja que te invite a comer —me pidió con voz melosa—. Además, tenemos que comprar comida si quieres que sobrevivamos en la cabaña.

—De acuerdo, caprichoso  —acepté dándole el capricho.

Me dio un leve beso en los labios y se apartó de mí como si el contacto con mi cuerpo le quemara. Rodé los ojos al entender que mantenía las distancias conmigo para evitar caer en la tentación. Decidí no ponérselo difícil y me vestí rápidamente para no provocarle. El sol brillaba con fuerza y me puse un vestido veraniego de tirantes y con falda de vuelo. Me lavé la cara, me peiné y cogí mi bolso.

—Ya estoy lista —anuncié.

Me miró de arriba abajo, frunció el ceño y me dijo:

—Coge una chaqueta, más tarde tendrás frío.

—De acuerdo, papá —me mofé.

Sin embargo, mi broma no le gustó en absoluto. Me fulminó con la mirada y bufó ofendido:

—Quizás deberías buscar a algún crío de tu edad.

—Lo haría si eso fuese lo que quiero —le repliqué harta de que ocultara su edad como si fuera lo peor del mundo—. No sé qué problema tienes con tu edad, pero ya te he dicho que a mí no me supone ninguno.

—Olvidemos el tema, no hemos venido hasta aquí para discutir —zanjó el asunto—. Coge una chaqueta y nos vamos.

Lo último que quería era acabar discutiendo con él, cogí una chaqueta de la maleta que aún no había deshecho y le dediqué la mejor de mis sonrisas cuando pasé por su lado para salir de la cabaña.