Archivo | mayo 2018

Las reglas del juego 20.

Apenas había transcurrido media hora desde que había hablado por teléfono con mi padre cuando los rebeldes nos localizaron. Steve y yo nos escondimos entre los árboles, pero ya nos habían visto y era demasiado tarde. Nos refugiamos detrás de una roca gigante e hicimos recuento de balas, seis balas por pistola, menos una que ya había utilizado formaban un total de diecisiete balas. Teniendo en cuenta que al menos había veinte rebeldes acechándonos y que los refuerzos todavía tardarían más de media hora en llegar, teníamos pocas posibilidades de salir airosos de aquella situación.

—Si nos separamos tendremos más tiempo, quizás podamos aguantarles hasta que lleguen los refuerzos —opiné.

—De eso nada, le he prometido al General que no me separaría de ti —contestó sin opción a réplica.

—No tenemos ninguna posibilidad, son demasiados y están comenzando a rodearnos.

Entonces, el que parecía el líder de los rebeldes, caminó hasta el centro del claro y, tras hacerle una señal a otro de los rebeldes para que se acercara a él, comenzó a hablar alzando la voz para que le escucháramos:

—No queremos hacerte daño, princesa. Solo queremos hablar.

—Sí, claro —musitó Steve entre dientes.

El líder de los rebeldes hizo una pausa para esperar mi reacción pero como no hubo ninguna reacción por mi parte, continuó hablando:

—Creía que quizás querrías hacerle compañía a esta niñita pero, si no vienes, pagaremos con ella nuestra frustración.

Miré a Steve sin entender nada. ¿De qué niñita estaba hablando? Steve se encogió de hombros para hacerme saber que no tenía ni idea de a quién se refería. Ambos nos asomas con cautela para mirar de nuevo hacia el claro y entonces lo entendimos.

— ¡Maldita sea, es Lía! —Blasfemó Steve.

Yo también conocía a esa niña, era la hija de mi desconocido. Necesité unos segundos para convencerme de lo que veían mis ojos, pero no había ninguna duda, era ella.

— ¿Conoces a esa niña? —Le pregunté con un hilo de voz, las palabras se me quedaban atascadas en la garganta.

—Es Lía, la hija del Capitán Benson y también mi ahijada.

Me mareé. Aquello no podía estar pasándome a mí. Estaba en el bosque, con veinte rebeldes acechándome, chantajeándome para que me fuera con ellos o le harían daño a esa niña. Una niña que era la hija de mi desconocido, que al parecer resultó que era Capitán en la misma base en la que mi padre era General. ¿Qué más me podía pasar?

Respiré profundamente y traté de centrarme. Mi prioridad era esa niña. Puede que su padre fuera un capullo, pero esa niña no tenía ninguna culpa. Además, por mucho que quisiera odiar a mi desconocido, lo cierto era que lo amaba y no podía permitir que le pasara algo a su hija.

—Voy a salir —decidí.

— ¿Te has vuelto loca?

—Me quieren a mí.

—Aunque te entregues, no liberarán a Lía —aseveró.

—Al menos no estará sola y te prometo que no dejaré que nadie le toque ni un solo pelo.

—Alice, yo también quiero rescatar a Lía, pero no así.

—No hay tiempo para discutirlo —sentencié—. No dejes que te vean, espera a que nos hayamos marchado y llama a mi padre. Dile que busque a Brian, él sabrá cómo localizarme.

— ¿Quién es Brian?

—Brian Sanders, el hijo del Comandante Brian Sanders —le repetí.

—Os rescataremos, te lo prometo —me aseguró.

Pude ver la indecisión en sus ojos pero mi plan, aunque no nos gustara, era el único plan que podía salir bien. Muy a su pesar, Steve accedió a seguir con mi plan y dejó que me entregara.

Me dirigí hacia el claro con las manos en alto y caminando lentamente, sin hacer ningún movimiento brusco que les hiciera reaccionar inesperadamente. Con la pequeña Lía allí, tenía que ser prudente.

—Comprobad que no vaya armada —ordenó el líder de los rebeldes a sus hombres.

Dos tipos se me acercaron y me cachearon, comprobando que no llevaba un arma oculta en los brazos, las piernas ni la cintura.

—Está limpia —anunció uno de ellos.

Me acerqué a la pequeña que parecía muy asustada, me agache junto a ella para ponerme a su altura y le pregunté:

— ¿Estás bien, cielo?

La niña me miró y me sorprendió el gran parecido con mi desconocido, nadie podía negar que aquella niña era hija suya. Tenía sus mismos ojos, la misma intensidad en la mirada. Sacudí la cabeza para quitarme de los pensamientos a mi desconocido, tenía que centrarme en lo que importaba y era salvar a esa niña de los rebeldes, aunque aquello me costara la vida.

Nos hicieron subir a los asientos traseros de un todoterreno negro, acompañadas por dos rebeldes más el conductor, y nos pusimos en marcha. El resto de rebeldes se subió en los otros seis coches y nos siguieron. Lía estaba nerviosa y comenzó a llorar. Uno de los rebeldes me miró con fastidio y me dijo entre dientes:

—Hazla callar.

Me entraron ganas de patearle allí mismo. Lía solo era una niña de cinco años que estaba asustada, era normal que llorara.

—No pasa nada, Lía —le aseguré. Me acerqué más a ella y le susurré al oído—: Me llamo Alice y cuidaré de ti hasta que papá venga a buscarte.

— ¿Conoces a mi papá?

No supe qué contestar a su pregunta. Sí, sabía quién era. Pero no, apenas le conocía. ¿Cómo podía explicar aquella extraña relación a una niña de cinco años?

—Es complicado, cielo —opté por decir y recé para que no hiciera más preguntas.

— ¿Eres la novia de mi papá?

— ¿Cómo dices? —Le pregunté creyendo que no la había oído bien.

—Mi papá me dijo que me iba a presentar a su novia, pero todavía no la he conocido y, cuando le pregunto, me responde que es complicado. La abuela dice que papá se ha portado mal y su novia se ha enfadado, pero el tío Steve me ha dicho que papá lo arreglará.

No entendía nada. ¿Dónde estaba la madre de esa niña? ¿Mi desconocido era viudo? ¿Se había divorciado? No era la mejor situación para hacer preguntas y menos a una niña de cinco años, pero tenía que hacerlo.

— ¿Por qué crees que yo soy la novia de tu papá?

—He visto una foto tuya en la habitación de papá.

Una vez más, Lía me dejó sin saber qué decir. Mi desconocido tenía una foto mía en su habitación, ¿cómo era eso posible? ¿De dónde la había sacado? ¿Les había hablado de mí a su hija y a su madre? Deseaba hacerle miles de preguntas, pero me contuve ya que no era el momento ni el lugar ni la persona adecuada. Y sonreí. Pese a estar en aquella situación, me sentí feliz. Mi desconocido tenía una foto mía, aunque tampoco se me olvida que me había mentido con respecto a su hija ni quien era la mujer embarazada que les acompañaba cuando les vi.

—Ya hemos llegado —anunció uno de los rebeldes sacándome de mis pensamientos.

Bajamos del coche y Lía me agarró de la mano. Yo la miré y forcé una sonrisa para tratar de tranquilizarla, estaba muy asustada. Eché un vistazo a nuestro alrededor, estábamos en mitad del bosque, a la vista tan solo había una pequeña cabaña de madera que servía de refugio a los cazadores. Afortunadamente, no era temporada de caza.

Nos hicieron pasar al interior de la cabaña y nos encerraron a Lía y a mí en una de las habitaciones. Pegué la oreja a la puerta y escuché al líder de los rebeldes ordenar que dos de sus hombres se quedaran dentro de la cabaña para custodiarnos y a otros tres que vigilaran el exterior. Después de dar aquellas órdenes, el líder y el resto de los rebeldes se marcharon. Ahora solo quedaban cinco hombres y había dos coches fuera, era la mejor oportunidad que tendría para escapar de allí con Lía, el problema es que no iba armada y, aunque lograra arrebatarles una de sus armas, tampoco me veía capaz de usarla delante de Lía.

Me llevé las manos al colgante de mi cuello, un rubí con forma de corazón que llevaba un localizador oculto, un capricho que Brian me quiso regalar cuando lo vimos en una joyería pero con la condición de añadirle un localizador. Era un secreto entre los dos, producto mi época más rebelde.

—Alice, ¿cuándo va a venir papá a buscarnos?

—Pronto, cielo —le aseguré sin dejar de tocar el colgante.

— ¿Tienes mamá?

Me senté en la cama junto a Lía, le dediqué una tierna sonrisa y ella me abrazó.

—Mi mamá está en el cielo.

—Mi mamá también se fue al cielo cuando yo era muy pequeñita, pero mi papá cuidaba bien de mí, igual que tu papá cuida de ti.

—Pero yo quiero una mamá.

—Cielo, tú ya tienes una mamá y, aunque no la veas, ella siempre estará aquí —le dije colocando mi mano sobre su corazón.

Lía me dedicó una amplia sonrisa que me contagió rápidamente, tenía la misma mirada y la misma sonrisa que mi desconocido. Charlé con ella durante un buen rato, hasta que finalmente se durmió. Con cuidado para no despertarla, me levanté y pegué de nuevo la oreja en la puerta. Alguien había llamado por teléfono y traté de escuchar la conversación. No logré escuchar mucho, pero fue suficiente para que el pánico se apoderara de mí:

—Si en veinte minutos no tenemos noticias, nos deshacemos de ellas y regresamos al campamento.

Las reglas del juego 19.

Apenas nos quedaba poco más de una hora de camino para llegar a la base cuando el Teniente Wolf miró por el retrovisor y me informó que teníamos compañía. Pisó el pedal del acelerador a fondo, pero los dos coches que nos seguían también aumentaron la velocidad y nos rodearon colocándose uno a cada lado, tratando de que nos detuviéramos.

Mientras el Teniente Wolf intentaba esquivar las maniobras que hacían para continuar nuestro camino, miré por la ventanilla al coche de mi lado y pude contar un total de cuatro de hombres, cuatro rebeldes armados y con cara de pocos amigos. Steve seguía concentrado en la carretera, así que eché un rápido vistazo a los ocupantes del coche de la izquierda, otros cuatro rebeldes armados.

—Dos coches, uno a la izquierda y otro a la derecha. En cada coche hay cuatro hombres armados, ¿algún plan? —Le pregunté tratando de mantener la calma.

—El plan es llegar a la base vivos y, a poder ser, sin un solo rasguño —musitó entre dientes.

—Intenta mantenerte en la carretera, yo trataré de quitárnoslos de encima. ¿Dónde tienes las armas?

— ¿Sabes usar un arma?

—Soy la única hija del General y me criado en la base, ¿tú que crees?

No contestó, metió la mano bajo su asiento, sacó una pistola y me la entregó. Comprobé que estaba cargada y me deslicé hacia a los asientos traseros. Las lunas traseras estaban tintadas e impedían que me vieran, lo cual era una baza a nuestro favor.

—Necesito que vayas un poco más rápido —le pedí.

— ¿Y qué crees que estoy haciendo?

—Estás protestando y eso no me ayuda en absoluto —le reproché molesta.

Traté de apañármelas cómo pude, encajonándome en el suelo de los asientos traseros mientras intentaba mantener el equilibrio de los volantazos que daba al conducir para esquivar a los rebeldes. Le quité el seguro al arma, apunté a una de las ruedas traseras del coche que nos golpeaba por la izquierda y disparé. La rueda estalló y perdieron el control del coche, que dio varias vueltas de campana.

— ¡Bien hecho, Alice! —Me animó Steve.

El otro coche nos dio un golpe por el lado derecho y esta vez fuimos nosotros quienes perdimos el control del coche y dimos varias vueltas de campana. No llegué a perder el conocimiento, pero tampoco me sentía consciente del todo.

—Alice, ¿estás bien? —Me preguntó preocupado mientras me ayudaba a incorporarme para salir del coche.

—Me han roto el corazón, han interrumpido mi retiro espiritual y acaban de intentar matarme, supongo que he estado mejor —respondí medio aturdida.

—Tenemos que salir aquí —decidió.

Me sacó del coche, cogió el arma que me había prestado y un par de armas que guardaba en la guantera. No cogimos nada más, nos esperaba una huida a pie y era mejor ir ligeros de peso.

—Vamos, están regresando para comprobar cómo estamos —me apresuró Steve.

Me agarró del brazo y tiró de mí para escondernos entre los árboles que bordeaban la carretera y nos adentramos en el frondoso bosque. Hice un balance mental de la situación: estábamos perdidos en el bosque, no teníamos agua ni comida, no había cobertura para utilizar nuestros teléfonos móviles, estaba anocheciendo y al menos había cuatro rebeldes armados hasta los dientes buscándonos.

— ¿Cuál es el plan? —Le pregunté parándome de repente, ni siquiera sabíamos hacia a dónde nos dirigíamos.

—La base está hacia el norte, pero en lugar de ir en línea recta daremos un pequeño rodeo para despistarles.

—Estamos a casi cien kilómetros de la base, tardaremos más de diez horas en llegar, si es que logramos llegar sin agua y sin comida.

— ¿Tienes un plan mejor? —Replicó molesto.

—Si bajamos por el río bordeando aquella montaña llegaremos a un pequeño valle, es posible que allí tengamos cobertura para poder llamar por teléfono —comenté—. Es una zona de casa, probablemente encontremos alguna cabaña por el camino y, con un poco de suerte, quizás hasta tengan teléfono o alguna radio.

—Vale, ese parece un plan mejor —reconoció.

Nos pusimos en marcha y bajamos siguiendo el curso del río. Caminábamos en silencio, pero Steve no se sentía demasiado cómodo y comenzó a hablar. O, mejor dicho, a preguntar:

— ¿Qué es eso de que te han roto el corazón?

—Supongo que, como dice mi padre, no me fijo en los hombres adecuados.

—No creo que sea para tanto —opinó divertido.

—Siempre he sido una rebelde, no se lo he puesto fácil a mi padre —reconocí—. El caso es que he madurado, me he convertido en una mujer responsable y sensata. No quería hombres en mi vida, solo me habían traído problemas, pero tampoco estaba dispuesta a renunciar al sexo y, como por arte de magia, encontré al hombre perfecto, o al menos eso era lo que yo creía, pero mi príncipe azul se convirtió en rana.

—Creía que eran las ranas las que se convertían en príncipes —comentó divertido.

—Se me dan tan mal los hombres que hasta convierto a los príncipes en ranas —bromeé.

— ¿Qué fue lo que pasó?

—Acabé enamorándome de él y descubrí que yo no le importaba lo más mínimo, solo era uno de sus pasatiempos.

— ¿Por eso te habías ido de la ciudad?

—Necesitaba desconectar, intentar quitármelo de la cabeza, y me pareció una buena idea distraerme con unas vacaciones en la playa. Aunque creo que me he distraído más en las últimas dos horas que en las dos semanas que llevaba en la playa.

—Si salimos vivos de aquí, recuérdame que le dé una paliza al idiota que te ha dejado escapar, no te merece.

Le sonreí con complicidad, Steve era un encanto de hombre. Me recordaba a mi desconocido en algunos gestos y en la forma de hablar. Calculé que debían ser más o menos de la misma edad y, sin darme cuenta, me oí preguntar:

— ¿Cuántos años tienes?

— ¿Vas a decirme que soy muy viejo para este trabajo? —Me replicó a la defensiva.

—No, solo sentía curiosidad. ¿Qué os pasa a los hombres con la edad? Creía que era a las mujeres a las que nunca se les debía preguntar por su edad —me mofé.

—No tengo ningún problema con mi edad, me siento joven, estoy en forma y tengo muy buena salud —me aseguró.

—Entonces, ¿por qué no me dices cuántos años tienes? —Insistí ya más por diversión antes su reacción que por la curiosidad que había sentido al principio.

—Tengo treinta y siete años.

—Eres joven, ya no eres un crío, pero tampoco eres viejo —opiné con sinceridad—. La verdad es que te echaba treinta y cinco años como mucho, así que supongo que estás muy bien.

— ¿Supones que estoy muy bien? —Ahora fue él quien se mofó.

—Acaban de romperme el corazón, no puedo mirarte como a un hombre —me excusé bromeando de nuevo—. Además, jamás me fijaría en alguien que trabaje en la base.

— ¿Y eso por qué?

—Mi padre es el General, ¿crees que alguno de sus soldados se fijaría en mí?

—Eres una chica guapa, inteligente, divertida y sorprendente, no hay muchas chicas capaces de coger un arma y disparar en una situación tan complicada como en la que estamos.

—Una vez un soldado trató de ligar conmigo sin saber quién era, cuando mi padre se enteró lo trasladó de base.

— ¿Cuántos años tenías?

—Tenía veinte años.

—Supongo que no debe ser fácil ser la única hija del General pero, ¿esa es la única razón por la que no te fijarías en un soldado?

—Respeto y admiro lo que hacéis, pero es difícil que no te afecte a nivel personal. Me he criado en la base, he sido testigo de los terrores nocturnos de los soldados, de las bajas, de la preocupación de sus familias y de cómo hace que cambien las relaciones. Mi ya es bastante complicada para añadir un problema más.

—Es una lástima, había pensado en presentarte a un amigo de la base, a él también le han roto el corazón y creo que os caeríais bien.

—No te ofendas, pero paso de las citas a ciegas.

—Eso exactamente es lo que respondería él si se lo dijese —se echó a reír Steve.

Con aquella conversación llegamos al claro del valle y por fin conseguimos algo de cobertura para nuestros teléfonos móviles. Steve llamó a mi padre y, tras explicarle la situación y escuchar las órdenes, me tendió el teléfono y me dijo con una sonrisa maliciosa en los labios:

—Quiere hablar contigo.

Rodé los ojos, lo último que me apetecía era tener que escuchar un largo sermón de mi padre. Cogí el teléfono, me lo llevé a la oreja y le saludé con toda la naturalidad de la que fui capaz:

—Hola, papá.

—Alice, ¿estás bien?

—Estoy bien, papá —mentí.

Steve me miró alzando una ceja y yo me encogí de hombros. Sí, no estaba bien. Igual que Steve, tenía algunas magulladuras y algunos cortes debido al accidente, pero no era nada grave y no quería preocupar a mi padre.

—Cielo, haz caso de todo lo que te diga el Teniente Wolf, es un buen hombre y sabe lo que se hace. No hagas ninguna tontería, por favor.

Su tono casi de súplica me hizo sentir culpable. ¿Qué clase de hija había sido para que mi padre casi me implorara que “me portara bien”?

—No te preocupes, haré todo lo que me diga el Teniente Wolf —le aseguré.

—Bien. Alfred ha enviado a un par de hombres a buscaros, tardarán como mucho una hora en llegar.

Tras prometerle a mi padre una vez más que no haría nada insensato y esperaría que vinieran a buscarnos, por fin colgó. Steve trató de ocultar la risa, pero no tuvo demasiado éxito y le fulminé con la mirada. Nos sentamos en un par de piedras lisas mientras esperábamos que nos vinieran a buscar y Steve insistió en que le contara qué había hecho en el pasado para que mi padre temiera tanto mi comportamiento y se temiera lo peor.

Cita 122.

“Las frases concisas son como clavos afilados que clavan la verdad en nuestra memoria.”

Denis Diderot. 

Las reglas del juego 18.

El viernes por la mañana me desperté contenta y cargada de energía, por fin iba a volver a ver a mi desconocido. Habían sido unos días duros sin él, pero después de la llamada de la noche anterior, todas mis dudas se habían disipado. Tenía claro lo que quería y estaba dispuesta a luchar por ello, no tenía nada que perder.

Me levanté temprano, limpié mi apartamento y me di un largo baño antes de bajar a la cafetería de la esquina para desayunar. Había estado trabajando tanto durante los días que mi desconocido había estado fuera que podía permitirme el lujo de tomarme el mes de julio y agosto de vacaciones. Tan solo tenía que escoger las fotografías que expondría en la galería, pero la exposición no se inauguraría hasta mediados de septiembre, tenía tiempo de sobra para decidirlo. Había cumplido con todos mis compromisos y me sentía liberada, quería pasar todo el tiempo posible con mi desconocido.

Después de desayunar me animé y me fui de compras. Quería que aquella noche con mi desconocido fuera especial y quería estar perfecta para la ocasión. Me compré un vestido elegante, de color rosa pálido y con escote de palabra de honor que pensaba conjuntar con unas sandalias romanas con tacón de aguja y una fina americana blanca con manga de tres cuartos.

Salí de la tienda feliz, deseando que llegara la noche para reunirme con él, pero recibí una dosis de realidad. A pocos metros de donde yo me encontraba, mi desconocido sonreía junto a una mujer embarazada y una niña de unos cinco años se le arrojaba a los brazos mientras le llamaba papá. Me quedé paralizada en medio de la calle, sin poder dejar de mirar aquella escena de familia feliz en la que mi desconocido era el protagonista. Nuestras miradas se cruzaron y vi la culpabilidad en sus ojos. Reaccioné y, fingiendo una serenidad que no sentía, recorrí los escasos metros que me separaban de mi coche y me monté en él.

Respiré profundamente un par de veces antes de arrancar el motor del coche e incorporarme a la circulación. Las piernas me temblaban, el corazón me latía con tanta fuerza que parecía que quisiera salir del pecho y las lágrimas se derramaban de mis ojos como cataratas. No podía creer lo que acababa de ver, no quería creer que mi desconocido era en realidad un hombre casado, que tenía una hija y esperaba un bebé. Me sentí sucia, humillada y tonta por no haberme dado cuenta antes.

Ni siquiera quise pedirle explicaciones, estaba demasiado dolida y ya era demasiado tarde para escuchar la verdad de sus labios. Mi antigua yo hubiera ido al apartamento y lo hubiera roto todo o incluso le hubiera prendido fuego, pero ya no era aquella rebelde impulsiva. Actué como la mujer sensata en la que me había convertido y decidí dirigirme a su apartamento para recoger todas mis cosas y dejar allí las llaves y el teléfono móvil que él me había dado. No quería saber nada de él, nada de lo que pudiera decir lo arreglaría.

Después regresé a mi apartamento, cogí una botella de vino y una copa, entré en el cuarto de baño con la intención de darme un largo baño mientras lloraba desconsoladamente.

No salí del ático en todo el fin de semana, necesitaba pasar por aquel duelo en soledad. Pero, después de llorar como nunca antes lo había hecho, convoqué un gabinete de crisis con Tony y Álex. Nos reunimos en mi apartamento y, tras escuchar de mis labios todo lo que había ocurrido con mi desconocido, ambos me aconsejaron que me tomase unos días lejos de la ciudad para pensar, para recomponerme y regresar a mi vida normal.

—Ve a la playa, disfruta del sol, carga a tope tu energía y regresa cuando estés preparada para afrontar todo lo que se te ponga por delante —me aconsejó Tony.

—La verdad es que me vendría bien cambiar de aires durante unos días, en la ciudad todo me recuerda a él.

A la mañana siguiente, preparé un par de maletas y las guardé en el coche. Llamé por teléfono a mi padre y, cuando me confirmó que estaba en la base, me dirigí hacia allí. No podía salir de la ciudad sin decírselo a mi padre. En cuanto puse un pie en su despacho supe que me iba a someter a uno de sus interrogatorios.

—No entiendo nada, acabas de regresar de una escapada de cinco días, ¿por qué tienes que irte de nuevo? ¿Va todo bien con ese amigo que estabas conociendo? —Al General Frank Keller no se le escapaba una.

—No va bien, he descubierto que es un capullo —bufé.

—Te vas de la ciudad por él —concluyó mi padre—. Cielo, ¿hay algo que deba saber?

—Había puesto demasiadas esperanzas en esa relación y no ha salido cómo esperaba, he cumplido con todos los compromisos que tenía programados y tengo el verano libre, tan solo quiero desconectar unos días y recargarme de energía.

— ¿Te vas sola?

—Sí.

—Necesitaré saber dónde vas a estar y tendrás que estar localizable.

— ¿Va todo bien?

Puede que mi padre siempre le gustara tenerlo todo bajo control, pero aquello era excesivo hasta para él, era evidente que ocurría algo.

—Hemos recibido algunas amenazas de los rebeldes, estamos trabajando en ello pero prefiero tenerte localizada.

—No te preocupes, te llamaré todas las noches —le prometí para que se quedara más tranquilo.

Me despedí de él con un fuerte abrazo y me subí de nuevo al coche para dirigirme hacia el sur, unos días en la playa eran todo lo que necesitaba en ese momento.

Las siguientes dos semanas me alojé en un pequeño y pintoresco hotel en primera línea de mar. Pasaba las mañanas en la playa, comía en algún restaurante y paseaba por las turísticas calles repletas de tiendas de suvenires. Recorrí la costa a pie con mi cámara en busca de inspiración para tomar fotografías, pero las musas me habían abandonado y ninguna de las fotos que hacía me resultaba mínimamente buena. Cenaba en el hotel y después me retiraba a mi habitación, llamaba por teléfono a mi padre y me metía en la cama para tratar de dormir. Pensaba en mi desconocido a todas horas, trataba de distraerme pero él siempre acudía a mi mente, todo me recordaba a él. Me preguntaba qué estaría haciendo, cómo se sentiría después de que yo descubriera la verdad y si me echaba de menos. Pese al dolor que sentía, yo sí que le echaba de menos. Nuestra relación solo había sido una mentira, él tenía su propia familia y yo solo era un capricho pasajero, una muesca más en el cabezal de su cama.

Tenía intención de quedarme allí por lo menos un par de semanas más, pero una llamada de mi padre alertándome de un posible ataque de los rebeldes cambió mis planes.

—No salgas del hotel, he enviado al Capitán Benson y al Teniente Wolf a buscarte, ellos te traerán a la base —me ordenó.

No conocía personalmente al Capitán Benson ni al Teniente Wolf, pero había oído hablar a mi padre y al Comandante Sanders de sus habilidades como soldados.

—Les esperaré en el hotel —le confirmé.

—Por favor Alice, se trata de una amenaza seria, no se lo pongas difícil y regresa a la base con ellos cuanto antes, ¿de acuerdo?

—No te preocupes, les esperaré en el hotel y en unas horas estaremos en la base —le aseguré para que se calmara, aquel asunto era más peligroso de lo que pensaba.

—Nos vemos en unas horas, cielo —se despidió antes de colgar.

Mientras esperaba que vinieran a buscarme, recogí todas mis cosas, las guardé en la maleta y pagué en la cuenta en recepción. Me senté en la cafetería del hotel a tomar un refresco para hacer tiempo y, una vez más, pensé en mi desconocido. Evitaba imaginarlo en su papel de esposo y padre perfecto, preferí recordar solo los buenos momentos.

— ¿Alice Keller?

Levanté la vista para mirar al hombre que se dirigía a mí y estuve a punto de decirle que se equivocaba, pero me enseñó su identificación y descubrí que se trataba del Teniente Wolf.

—Sí, soy yo.

—Soy el teniente Wolf, el General Keller me envía a buscarla para llevarla a la base.

— ¿Has venido solo? —Pregunté al recordar que mi padre había mencionado que el capitán Benson también vendría.

—Sí, el capitán Benson ha tenido que ocuparse de un asunto personal —me respondió al mismo tiempo que cargaba con mis maletas y me guiaba hasta a su coche.

— ¿Qué voy a hacer con mi coche?

—Lo dejaremos aquí, ya enviaremos a alguien a buscarlo cuando todo se calme.

Resoplé con fastidio, no solo tenía que interrumpir mi retiro de desconexión, también tenía que abandonar allí mi coche y regresar a la base.

Me esperaban cinco horas de viaje en coche con el Teniente Wolf al que acababa de conocer y al parecer no estaba de muy buen humor.

— ¿Cómo de grave es la situación? —Le pregunté tras un rato en silencio.

—Estamos trasladando a todos los familiares a la base, no queremos correr ningún riesgo.

— ¿Tu familia está ya en la base?

—Sí, mi mujer ya está allí. Está embarazada, todavía no sabemos si será un niño o una niña, pero nos da igual, solo queremos que el bebé nazca sano —me respondió con orgullo.

— ¿Es vuestro primer hijo?

—Sí, el primero.

—Sea un niño o una niña, estoy segura que será un bebé muy feliz, solo hay que escucharte hablar de tu mujer y de él para saberlo.

Continuamos charlando de camino a la base y el Teniente Wolf o Steve, como me había pedido que le llamara, me pareció un tipo de lo más divertido. Me habló de lo nervioso que se sentía por ser padre y de su miedo a no hacerlo bien. Los ojos le brillaban cuando hablaba de su esposa Kate, la idolatraba. No pude evitar desear que mi desconocido hubiera sentido algo así por mí.

Las reglas del juego 17.

El sábado por la mañana amaneció lloviendo, así que decidimos quedarnos en la cabaña y le dimos rienda suelta a la pasión. El jacuzzi se convirtió en nuestro rincón preferido expresar con nuestros cuerpos lo que ninguno de los dos se atrevía a decir con palabras.

Los días fueron pasando y nuestra complicidad fue en aumento, nos entendíamos con tan solo una mirada y nos encontrábamos de lo más cómodo acompañados por el otro. Incluso las tareas más anodinas y rutinarias como cocinar, fregar los platos o hacer la cama me parecían de lo más divertidas si las hacía con él.

Continué almacenando pequeños detalles de su conducta que no decían nada por sí solos, pero en conjunto denotaban el hombre que era. Recibió y realizó algunas llamadas de teléfono y, como no podía preguntar para no romper las reglas, me limité a escuchar para tratar de adivinar con quién hablaba. En varias ocasiones habló con su madre y siempre le preguntaba lo mismo: si estaban bien y si iba todo bien por allí, en plural. Imaginé que, si hablaba con su madre, lo lógico sería que se refiriese a ella y a su padre. Habló con una niña pequeña que se llamaba Lía, supuse que debía tratarse de su sobrina y tengo que reconocer que se me cayó la baba cuando le escuché hablar con ella con tanta dulzura. También le oí hablar con alguien llamado Steve, pero no pude averiguar si se trataba de su hermano, de un amigo o de un compañero de trabajo. Era obvio que se sentía incómodo cuando hablaba por teléfono y yo estaba delante, así que miraba para otro lado y fingía que no le prestaba atención, pero era evidente que él seguía cohibido con mi presencia y sus conversaciones no eran fluidas salvo cuando hablaba con la niña.

—Nena, no has llamado por teléfono ni una sola vez desde que salimos de la ciudad, ¿no hay nadie a quién debas llamar para no preocupar? —Me preguntó con mucho tacto.

—No temas, nadie te va a acusar de haberme secuestrado —bromeé—. Mi círculo más cercano sabe que me estoy tomando unos días libres para desconectar, tengo el teléfono móvil apagado.

— ¿Creen que estás sola? —Me preguntó alzando una ceja.

No supe descifrar si estaba molesto por no haber mencionado que me iba de escapada rural acompañada o si bromeaba insinuando que podría hacer conmigo lo que quisiera y nadie se enteraría.

—Si sigues mirándome así, tal vez deje que me secuestres —ronroneé.

—Nena, no me tientes…

Nos encendíamos con el mínimo roce de nuestra piel, con el susurro de nuestras voces o con tan solo una significativa mirada. La atracción entre nosotros era tan fuerte que se convertía en una adicción. Fueron los cinco días más intensos de toda mi vida y no solo por el sexo. Pero nuestra idílica escapada llegó a su fin y tuvimos que regresar a la ciudad.

Para mi sorpresa, se dirigió directamente al apartamento y, tras aparcar el coche en el parking del edificio, argumentó:

—Es tarde, lo mejor es que pasemos la noche aquí.

No se lo discutí, la idea de dormir sola en mi apartamento no me atraía en absoluto. Nada más entrar, dejó las maletas en un rincón y comenzó a desnudarme. Cuando me tuvo completamente desnuda, me besó en los labios, me cogió en brazos y me llevó a la cama. Se desnudó en un par de segundos y se metió en la cama conmigo.

—Ven aquí, nena —susurró con la voz ronca al mismo tiempo que me colocaba sobre él y me envolvía con sus brazos—. ¿Te apetece un poco de sexo soñoliento?

—Mm… Lo estoy deseando.

Se hundió en mí con una lentitud y suavidad que casi me hizo desfallecer. Tenía la habilidad de llevarme a las puertas del orgasmo con una facilidad devastadora.

—Nena, dime tu nombre —me susurró.

No había insistido en saber mi nombre durante la escapada, pero volvió a hacerlo la misma noche que regresamos a la ciudad. Sin embargo, no exigió una respuesta, aceptó mi silencio y  continuó con el suave vaivén de nuestros cuerpos hasta que alcanzamos el clímax. Me quedé tendida sobre él, completamente agotada.

—Empieza por A —logré balbucear casi dormida.

— ¿Cómo dices?

—Mi nombre. Empieza por A.

Esas fueron las últimas palabras que le dije antes de quedarme dormida.

A la mañana siguiente, él recibió una llamada de teléfono y tuvo que marcharse. Él no me dio más explicaciones y yo no quise preguntar.

La primera noche que dormí sola en mi cama del ático me sentí extraña, le echaba de menos y apenas hacía unas horas que había estado con él.

Un par de días más tarde, él tuvo que viajar fuera del país por trabajo. Aproveché para recuperar la rutina de mi vida diaria, continué realizando reportajes, fotografié a las modelos con los diseños de Álex y Tony y dediqué el escaso tiempo libre que me quedaba en tomar algunas fotos para mi próxima exposición en septiembre. Trataba de mantenerme lo más ocupada posible para no pensar en él. Tras nuestra pequeña escapada, lo que sentía por él y no podía evitar sentirme un poco celosa por no saber qué estaría haciendo y, lo peor de todo, con quién.

Sí, los celos me acechaban. Las preguntas que había estado enterrando en el fondo de mi mente comenzaban a resurgir y las dudas me consumían. ¿Estaba realmente fuera del país? ¿Se ausentaba por trabajo o por algún otro motivo? Era mejor no pensar en ello.

Durante esos días, intercambiábamos mensajes de texto a través del móvil, me preguntaba cómo me había ido el día y me decía que me echaba de menos. Ya no solo nos enviábamos mensajes subidos de tono, sino que también nos preocupábamos el uno del otro y nos interesábamos por lo que hacíamos.

—Cielo, él está igual de coladito por ti que tú por él —opinó Tony tras leer los mensajes que me había enviado mi desconocido.

—Si ambos queréis lo mismo, ¿por qué no anuláis ese estúpido trato y os dejáis de tanta tontería? —Preguntó Álex rodando los ojos—. Cada día te entiendo menos.

—Eso es porque te estás volviendo un ogro gruñón —le repliqué sacándole la lengua.

—Esta vez, tengo que darle la razón a Álex —le apoyó Tony—. El trato ya no tiene ningún sentido, si seguís así al final acabará mal.

— ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Voy y le suelto que estoy enamorada de él? ¿Qué pasa si lo asusto, si no quiere lo mismo que quiero yo?

—Cielo, no hace falta que le confieses todos tus secretos, tan solo que le abras la puerta para iniciar una relación sin tratos de por medio —comentó Tony—. Él te ha pedido que le digas tu nombre y te ha llevado al lago de escapada romántica, ya ha dado el primer paso y solo está esperando a que tú hagas lo mismo.

Esa misma noche, mi desconocido me llamó por teléfono. Estaba a punto de meterme en la cama cuando el teléfono móvil comenzó a sonar. Sonreí como una boba y descolgué la llamada antes de llevarme el teléfono a la oreja.

—Nena, te echo de menos —me dijo nada más descolgar.

Su voz era casi un lejano susurro y denotaba su cansancio, pero sus palabras reflejaban la necesidad que sentía de volver a verme. Me echaba de menos.

— ¿Has regresado a la ciudad? —Le pregunté.

—Regresaré mañana a mediodía. Había pensado que podríamos ir a cenar esta noche, si no tienes otros planes.

¿Estaba dando otro paso como decía Tony? Me estaba invitando a cenar, ¿quería salir conmigo como si fuésemos una pareja?

—Me parece una idea estupenda, yo también te he echado de menos —le respondí con un hilo de voz.

—Nena, no sabes cuánto me alegra oírte decir eso.

—Entonces, ¿nos vemos mañana por la noche en el apartamento?

—Te estaré esperando a las nueve en el parking, si subo contigo al apartamento no creo que lleguemos al restaurante —susurró con la voz ronca.

—Mm… Demasiados días… —murmuré pensando que llevábamos más de una semana sin vernos y sin tocarnos.

—Demasiados —me secundó—. Voy a tener que secuestrarte todo el fin de semana para compensarlo.

— ¿Todo el fin de semana? —Quise asegurarme de haber escuchado bien.

—Todo el fin de semana, nena —me confirmó—. ¿Tienes otros planes?

—Ninguno mejor que el que me propones.

—Cuéntame qué has estado haciendo estos días, háblame —me pidió casi en un ruego.

Supe que solo quería escuchar el sonido de mi voz, fuera cual fuera su trabajo, le dejaba agotado física y mentalmente.

—He estado trabajando mucho estos días, he salido un par de veces a tomar unas copas con mis amigos y…

— ¿Con tus amigos? ¿Los mismos amigos con los que te vi en el pub?

—Con los mismos amigos con los que me viste en el pub, pero tengo más amigos con los que salgo de copas —le respondí solo para provocarle.

—Y, cuando dices que son amigos, ¿te refieres a que son amigos…? —Dejó la pregunta en el aire para que yo respondiera.

—Mm… ¿Alguien está celoso?

—Nena, te recuerdo que acordamos exclusividad.

—Son amigos en el más estricto sentido de la palabra —le dije divertida por su reacción.

—Bien, porque te quiero solo para mí.

Celoso y posesivo, dos facetas de mi desconocido que acababa de averiguar. Si bien no era más que un juego de palabras para provocarnos mutuamente, me había dejado claro que no estaba dispuesto a compartirme con nadie.

Me recordó nuestra cita para la noche siguiente y me deseó buenas noches antes de colgar. Esa noche, me dormí con una sonrisa en los labios sabiendo que en menos de veinticuatro horas volvería a estar entre sus brazos.