Archivo | mayo 2018

Las reglas del juego 21.

Tenía que pensar en algo y rápido. Veinte minutos no me dejaban mucho margen y dudaba que los hombres que mi padre había enviado llegaran a tiempo. Que Lía estuviera allí limitaba mi capacidad de actuación, tendría que atacar y defendernos, pero la reacción de una niña de cinco años era impredecible, sobre todo en una situación tan crítica y peligrosa como aquella.

Me quité el colgante y se lo puse a Lía, que seguía dormida sobre la cama. Quería asegurarme de que, si a mí me pasaba algo, pudieran encontrarla a ella. Se despertó y me miró asustada, la abracé con fuerza y le dije:

—Escúchame con atención Lía, necesito que te escondas bajo la cama, quiero que cierres los ojos y te tapes los oídos, ¿de acuerdo? —La niña, a pesar de que no entendía mis razones para pedirle algo así, asintió—. Pase lo que pase y escuches lo que escuches, no debes moverte de debajo de la cama, ¿vale? —Lía asintió de nuevo y añadí—: Prométemelo, cielo.

—Te lo prometo.

Respiré profundamente y, tras esperar que Lía se metiera bajo la cama y mirarla por última vez, abrí la puerta de la habitación y salí de allí. En cuanto puse un pie en el salón de aquella cabaña de cazadores, uno de los rebeldes me apuntó a la cabeza con su pistola.

—Necesito ir al baño —bufé.

—Tienes tres minutos, si para entonces no has salido, entraré a buscarte —me advirtió.

Pasé por su lado y me encerré en el cuarto de baño. Con mucho sigilo, rebusqué entre los cajones del armario hasta que encontré una antigua navaja de afeitar con empuñadura. No era una pistola, pero tendría que conformarme con eso. Además, tenía que ocuparme de los dos rebeldes que había en la cabaña tratando de hacer el menor ruido posible para que los otros tres rebeldes que estaban fuera no sospecharan nada. Un solo disparo echaría por tierra mi plan y la posibilidad de escapar de allí.

Salí del cuarto de baño, comprobé que uno de los rebeldes se había quedado en la puerta para vigilarme, pero el otro estaba distraído hablando por teléfono y mirando por la ventana, de espaldas a donde yo me encontraba. Con disimulo, miré de arriba abajo al rebelde que tenía al lado y me percaté que llevaba un cuchillo en la cintura. Solo tenía una oportunidad y pocas posibilidades de que saliera bien, pero confié en mi preparación. Era la primera vez que me alegraba de ser la hija de un General del ejército.

Pasé por el lado del rebelde y, con un movimiento suave y sigiloso, me coloqué detrás de él, le tapé la boca con la mano para que no gritara y le rajé el cuello con la navaja de afeitar. Sostuve su cuerpo y lo dejé lentamente en el suelo, detrás del sofá, tratando de no hacer ruido. Cogí el cuchillo y el arma que el rebelde llevaba en la cintura y lo escondí bajo mi camisa. Miré al otro rebelde, seguía hablando por teléfono, pero ya se estaba despidiendo de su interlocutor. Colgó la llamada y, mientras se daba media vuelta me acerqué a él. Echó un rápido vistazo a su alrededor y, en cuanto se percató de la ausencia de su compañero, se llevó la mano a la cintura para coger su pistola. No podía permitir que disparara, un disparo alertaría a los tres hombres que había fuera, así que lancé el cuchillo contra él y se lo clavé en el cuello.

Necesité un par de minutos para recomponerme, yo no era un soldado del ejército, no estaba acostumbrada a matar. Con las piernas todavía temblando, arrastré el cuerpo sin vida del segundo rebelde junto al otro, detrás del sofá. Cogí su pistola y la empuñé, tenía que ocuparme de tres rebeldes y no iba a ser fácil.

La puerta de la habitación donde Lía se escondía seguía cerrada y no se escuchaba ningún ruido procedente de allí, era una buena señal, Lía cumplía su promesa y seguía escondida bajo la cama.

Miré por una de las ventanas delanteras de la cabaña y vi a dos rebeldes, me asomé por una de las ventanas traseras y vi al otro que faltaba. Respiré profundamente y pensé un plan. La mejor opción era deshacerme del tipo que estaba solo en la parte trasera y después ocuparme de los otros dos que estaban en la parte delantera. Me arrepentí de haberme negado a ir a los entrenamientos de verano de la base, mi padre había insistido en que necesitaba estar preparada para situaciones como aquella y yo me había excusado alegando que tenía demasiado trabajo para eso. Debí haberle hecho caso, todo hubiera sido más fácil.

—Todo va a salir bien —repetí una y otra vez entre murmullos.

Miré por la ventana trasera de nuevo, conté mentalmente hasta tres y salté al exterior, justo encima del rebelde que custodiaba la parte trasera de la cabaña. Le tapé la boca para que no gritara y le estrangulé hasta que dejó de respirar, pero el tipo se resistió y me golpeó con fuerza en las costillas. Necesité un par de minutos para recuperarme, me había dado un buen golpe y estaba segura de que me había roto alguna costilla, pero todavía tenía que ocuparme de dos rebeldes más y Lía seguía en la cabaña, ella era mi prioridad. Cogí el arma del cuerpo sin vida de aquel rebelde y la empuñé tras comprobar que las otras dos armas seguían en mi cintura.

—Eh, ¿dónde estás? Ya han pasado los veinte minutos y no tenemos noticias, tenemos que deshacernos de esas dos —escuché a uno de los rebeldes que se acercaba—. Tío, ¿se puede saber dónde estás?

Me pequé a la pared de la cabaña y esperé a que tomara la esquina antes de abalanzarme sobre él y derribarlo. El tipo era mucho más grande y fuerte que los otros, mucho más fuerte y grande que yo. Sabía que si le disparaba alertaría al otro rebelde y las cosas se complicarían, pero no tenía elección. Disparé antes de que él lo hiciera y, dos segundos más tarde, el otro rebelde apareció frente a mí apuntándome con su pistola. Ni siquiera tuve un instante para pensar, disparé al mismo tiempo que él disparaba su pistola. Una quemazón se extendió por mi brazo y el dolor me hizo gritar, pero traté de ahogar mi grito desgarrador para no asustar a Lía. Miré al tercer rebelde tendido en el suelo, él no había tenido tanta suerte como yo, la bala le había dado entre ceja y ceja. Suspiré aliviada, por fin éramos libres y podría salir de allí con Lía. Le quité la pistola y la guardé en mi cintura antes de entrar en la cabaña para buscar a Lía.

—Cielo, ya puedes salir —le susurré con voz dulce mientras asomaba la cabeza por debajo de la cama para comprobar que se encontraba bien.

— ¿Se han ido los hombres malos? —Me preguntó con un hilo de voz y los ojos vidriosos.

—Sí, ya se han ido —le confirmé—, pero debemos marcharnos antes de que decidan regresar.

La niña asintió con firmeza y salió de debajo de la cama con una entereza y una valentía asombrosa. Sonreí al pensar lo mucho que esa niña se parecía a mí cuando era pequeña, pero la sonrisa se borró de mis labios al recordar que era la hija que mi desconocido había tenido con otra mujer.

—Tienes mucha sangre —dijo señalando mi brazo.

—No es nada —le resté importancia, me preocupaba más el dolor que sentía en las costillas.

—Tenemos que curártelo, mi papá dice que si se infecta es peor.

Su dulce vocecita podía confundir a cualquiera, pero aquello no era un simple comentario, era una orden. Aquella niña era igual de mandona que su padre. No tenía ni ganas ni fuerzas de discutir. Además, ella tenía razón. Abrí el armario del botiquín, saqué un par de gasas, una venda, un rollo de esparadrapo y el betadine. Me curé la herida del brazo, por suerte la bala solo lo había rozado y no atravesado como me había temido, vendé la herida y salimos rápidamente de la cabaña. El simple hecho de pensar que más rebeldes pudieran venir en busca de sus compañeros me ponía la carne de gallina.

Ayudé a Lía a subir a uno de los coches de los rebeldes cuando me acordé de algo. Tenía que avisar a mi padre, decirle que estábamos bien y que íbamos de camino a la base.

—Cielo, no te muevas de aquí —le pedí a Lía—. Voy a la cabaña a buscar un teléfono para llamar a papá y decirle que estamos bien, ¿de acuerdo? —La niña asintió, pese a que el miedo era visible en sus ojos—. Tardo cinco segundos, te lo prometo.

Intenté ir corriendo, pero el dolor en las costillas era tan fuerte que apenas podía respirar. Me temí que una de mis costillas se hubiera astillado dañando el pulmón, así que palpé la zona cautelosamente. Una de las costillas estaba rota, pero no parecía que el daño fuera más grave que ese. Me apresuré en quitarle el teléfono móvil a uno de los rebeldes que había escondido detrás del sofá y regresé junto a Lía de inmediato.

—Ya estoy aquí, cielo —anuncié sentándome tras el volante—. Abróchate el cinturón, nos vamos a casa.

Arranqué el motor del coche y me dirigí hacia el único camino de tierra que había, el camino que nos sacaría de allí. Estaba oscureciendo y no quedaba mucho tiempo antes de que se hiciera totalmente de noche, teníamos que salir de aquel bosque ya.

Cogí el teléfono y lo desbloqueé deslizando la pantalla, por suerte no había ningún código ni patrón de seguridad que restringiera el acceso. Marqué el número de teléfono de mi padre y pulsé la tecla del altavoz, la carretera era bastante intransitable para permitirme el lujo de distraerme. Al segundo tono, mi padre descolgó la llamada:

—General Keller al habla.

—Papá, soy A…

—Cielo, ¿estás bien? ¿Y Lía? Dime que las dos estáis bien.

—Las dos estamos bien —le confirmé—. Escucha papá, estoy con el manos libres, Lía nos está escuchando, ¿de acuerdo? —Le advertí para que se abstuviera de comentar o decir algo inoportuno y que Lía lo escuchara—. Hemos escapado de la cabaña donde nos tenían retenidas, he cogido prestado uno de los coches de los rebeldes para huir y voy conduciendo por un camino de tierra, pero no tengo ni idea de dónde estoy ni hacia a dónde me dirijo. Lía lleva puesto mi colgante, ¿puedes decirle a alguien que rastree el localizador y nos guie para salir de aquí?

—Ya os tenemos localizadas, el Teniente Wolf, Brian y otros dos agentes se dirigen hacia vosotras, deberías toparte con ellos de frente en unos diez minutos.

— ¿Brian? —Pregunté sorprendida.

—Así es, Brian —me confirmó y añadió bromeando—: Alfred está un poco molesto, su hijo le pone excusas para venir a verle pero, cuando se trata de ti, aparece en un par de horas.

—Papá —reí divertida.

—Cielo, el Capitán Benson está aquí, quiere hablar con su hija.

—Puede hablar, Lía está escuchando —le dije con un hilo de voz.

—Princesa, ¿estás ahí? —Escuchar su vos después de tantos días me hizo derramar un par de lágrimas silenciosas.

— ¡Papá! —Exclamó Lía eufórica—. Alice me está llevando a casa y me ha dicho que ya no está enfadada contigo, ahora todo irá bien, ya no estarás triste.

Escuchar aquellas palabras de la boca de esa niña de cinco años casi me rompe el corazón, su papá estaba triste porque yo me había enfadado.

—No te entiendo, princesa. ¿Por qué se ha enfadado Alice conmigo?

Él todavía no sabía quién era yo. Ni siquiera había averiguado mi nombre. Tenía una foto mía en su habitación, si la hubiera pasado por un programa de reconocimiento facial hubiera descubierto todo sobre mí, pero no lo había hecho. ¿No le importaba lo suficiente?

—Me dijiste que se había enfadado porque no le habías dicho la verdad, pero la abuela me dijo que se había enfadado porque eras tonto —le reprochó Lía y añadió con una malicia excesiva para una niña de su edad—: Alice tendría que seguir enfadada contigo hasta que aprendas la lección.

Tuve que hacer un gran esfuerzo por contener la risa, sobre todo porque el dolor de mis costillas se agudizaba.

—Alice, ¿te importaría aclararme de qué está hablando mi hija? —Su tono de voz grave y dominante me pilló desprevenida, pero era mi desconocido y yo me derretía siempre con sus palabras.

—Tu hija me ha hecho prometerle que te perdonaría, quizás deberías haber escondido mejor mi foto —le repliqué.

El silencio reinó durante unos segundos, aquello era una buena señal, había reconocido mi voz.

—Nena, ¿eres tú? Te juro que todo tiene una explicación, que no te mentí, que…

—No creo que sea el momento —le interrumpí—, pero tranquilo, Lía ya me ha aclarado parte de la historia —. Reconocí los faros del coche oficial de los agentes del ejército y les hice luces para que se detuvieran. Miré el teléfono y añadí antes de colgar—: El equipo de extracción nos ha encontrado, nos vemos en la base dentro de un rato.

Lía me estudió con la mirada durante un par de segundos, después sonrió y me abrazó. La besé en la coronilla y le devolví la sonrisa. Aquella niña me había robado el corazón igual que lo había hecho su padre.

Cita 123.

“Podrá nublarse el sol eternamente, podrá secarse por un instante el mar, podrá romperse el eje de la tierra como un débil cristal… ¡Todo sucederá! Podrá la muerte cubrirme con su fúnebre crespón, pero jamás podrá apagarse en mí la llama de tu amor.”

Gustavo Adolfo Bécquer. 

Las reglas del juego 20.

Apenas había transcurrido media hora desde que había hablado por teléfono con mi padre cuando los rebeldes nos localizaron. Steve y yo nos escondimos entre los árboles, pero ya nos habían visto y era demasiado tarde. Nos refugiamos detrás de una roca gigante e hicimos recuento de balas, seis balas por pistola, menos una que ya había utilizado formaban un total de diecisiete balas. Teniendo en cuenta que al menos había veinte rebeldes acechándonos y que los refuerzos todavía tardarían más de media hora en llegar, teníamos pocas posibilidades de salir airosos de aquella situación.

—Si nos separamos tendremos más tiempo, quizás podamos aguantarles hasta que lleguen los refuerzos —opiné.

—De eso nada, le he prometido al General que no me separaría de ti —contestó sin opción a réplica.

—No tenemos ninguna posibilidad, son demasiados y están comenzando a rodearnos.

Entonces, el que parecía el líder de los rebeldes, caminó hasta el centro del claro y, tras hacerle una señal a otro de los rebeldes para que se acercara a él, comenzó a hablar alzando la voz para que le escucháramos:

—No queremos hacerte daño, princesa. Solo queremos hablar.

—Sí, claro —musitó Steve entre dientes.

El líder de los rebeldes hizo una pausa para esperar mi reacción pero como no hubo ninguna reacción por mi parte, continuó hablando:

—Creía que quizás querrías hacerle compañía a esta niñita pero, si no vienes, pagaremos con ella nuestra frustración.

Miré a Steve sin entender nada. ¿De qué niñita estaba hablando? Steve se encogió de hombros para hacerme saber que no tenía ni idea de a quién se refería. Ambos nos asomas con cautela para mirar de nuevo hacia el claro y entonces lo entendimos.

— ¡Maldita sea, es Lía! —Blasfemó Steve.

Yo también conocía a esa niña, era la hija de mi desconocido. Necesité unos segundos para convencerme de lo que veían mis ojos, pero no había ninguna duda, era ella.

— ¿Conoces a esa niña? —Le pregunté con un hilo de voz, las palabras se me quedaban atascadas en la garganta.

—Es Lía, la hija del Capitán Benson y también mi ahijada.

Me mareé. Aquello no podía estar pasándome a mí. Estaba en el bosque, con veinte rebeldes acechándome, chantajeándome para que me fuera con ellos o le harían daño a esa niña. Una niña que era la hija de mi desconocido, que al parecer resultó que era Capitán en la misma base en la que mi padre era General. ¿Qué más me podía pasar?

Respiré profundamente y traté de centrarme. Mi prioridad era esa niña. Puede que su padre fuera un capullo, pero esa niña no tenía ninguna culpa. Además, por mucho que quisiera odiar a mi desconocido, lo cierto era que lo amaba y no podía permitir que le pasara algo a su hija.

—Voy a salir —decidí.

— ¿Te has vuelto loca?

—Me quieren a mí.

—Aunque te entregues, no liberarán a Lía —aseveró.

—Al menos no estará sola y te prometo que no dejaré que nadie le toque ni un solo pelo.

—Alice, yo también quiero rescatar a Lía, pero no así.

—No hay tiempo para discutirlo —sentencié—. No dejes que te vean, espera a que nos hayamos marchado y llama a mi padre. Dile que busque a Brian, él sabrá cómo localizarme.

— ¿Quién es Brian?

—Brian Sanders, el hijo del Comandante Brian Sanders —le repetí.

—Os rescataremos, te lo prometo —me aseguró.

Pude ver la indecisión en sus ojos pero mi plan, aunque no nos gustara, era el único plan que podía salir bien. Muy a su pesar, Steve accedió a seguir con mi plan y dejó que me entregara.

Me dirigí hacia el claro con las manos en alto y caminando lentamente, sin hacer ningún movimiento brusco que les hiciera reaccionar inesperadamente. Con la pequeña Lía allí, tenía que ser prudente.

—Comprobad que no vaya armada —ordenó el líder de los rebeldes a sus hombres.

Dos tipos se me acercaron y me cachearon, comprobando que no llevaba un arma oculta en los brazos, las piernas ni la cintura.

—Está limpia —anunció uno de ellos.

Me acerqué a la pequeña que parecía muy asustada, me agache junto a ella para ponerme a su altura y le pregunté:

— ¿Estás bien, cielo?

La niña me miró y me sorprendió el gran parecido con mi desconocido, nadie podía negar que aquella niña era hija suya. Tenía sus mismos ojos, la misma intensidad en la mirada. Sacudí la cabeza para quitarme de los pensamientos a mi desconocido, tenía que centrarme en lo que importaba y era salvar a esa niña de los rebeldes, aunque aquello me costara la vida.

Nos hicieron subir a los asientos traseros de un todoterreno negro, acompañadas por dos rebeldes más el conductor, y nos pusimos en marcha. El resto de rebeldes se subió en los otros seis coches y nos siguieron. Lía estaba nerviosa y comenzó a llorar. Uno de los rebeldes me miró con fastidio y me dijo entre dientes:

—Hazla callar.

Me entraron ganas de patearle allí mismo. Lía solo era una niña de cinco años que estaba asustada, era normal que llorara.

—No pasa nada, Lía —le aseguré. Me acerqué más a ella y le susurré al oído—: Me llamo Alice y cuidaré de ti hasta que papá venga a buscarte.

— ¿Conoces a mi papá?

No supe qué contestar a su pregunta. Sí, sabía quién era. Pero no, apenas le conocía. ¿Cómo podía explicar aquella extraña relación a una niña de cinco años?

—Es complicado, cielo —opté por decir y recé para que no hiciera más preguntas.

— ¿Eres la novia de mi papá?

— ¿Cómo dices? —Le pregunté creyendo que no la había oído bien.

—Mi papá me dijo que me iba a presentar a su novia, pero todavía no la he conocido y, cuando le pregunto, me responde que es complicado. La abuela dice que papá se ha portado mal y su novia se ha enfadado, pero el tío Steve me ha dicho que papá lo arreglará.

No entendía nada. ¿Dónde estaba la madre de esa niña? ¿Mi desconocido era viudo? ¿Se había divorciado? No era la mejor situación para hacer preguntas y menos a una niña de cinco años, pero tenía que hacerlo.

— ¿Por qué crees que yo soy la novia de tu papá?

—He visto una foto tuya en la habitación de papá.

Una vez más, Lía me dejó sin saber qué decir. Mi desconocido tenía una foto mía en su habitación, ¿cómo era eso posible? ¿De dónde la había sacado? ¿Les había hablado de mí a su hija y a su madre? Deseaba hacerle miles de preguntas, pero me contuve ya que no era el momento ni el lugar ni la persona adecuada. Y sonreí. Pese a estar en aquella situación, me sentí feliz. Mi desconocido tenía una foto mía, aunque tampoco se me olvida que me había mentido con respecto a su hija ni quien era la mujer embarazada que les acompañaba cuando les vi.

—Ya hemos llegado —anunció uno de los rebeldes sacándome de mis pensamientos.

Bajamos del coche y Lía me agarró de la mano. Yo la miré y forcé una sonrisa para tratar de tranquilizarla, estaba muy asustada. Eché un vistazo a nuestro alrededor, estábamos en mitad del bosque, a la vista tan solo había una pequeña cabaña de madera que servía de refugio a los cazadores. Afortunadamente, no era temporada de caza.

Nos hicieron pasar al interior de la cabaña y nos encerraron a Lía y a mí en una de las habitaciones. Pegué la oreja a la puerta y escuché al líder de los rebeldes ordenar que dos de sus hombres se quedaran dentro de la cabaña para custodiarnos y a otros tres que vigilaran el exterior. Después de dar aquellas órdenes, el líder y el resto de los rebeldes se marcharon. Ahora solo quedaban cinco hombres y había dos coches fuera, era la mejor oportunidad que tendría para escapar de allí con Lía, el problema es que no iba armada y, aunque lograra arrebatarles una de sus armas, tampoco me veía capaz de usarla delante de Lía.

Me llevé las manos al colgante de mi cuello, un rubí con forma de corazón que llevaba un localizador oculto, un capricho que Brian me quiso regalar cuando lo vimos en una joyería pero con la condición de añadirle un localizador. Era un secreto entre los dos, producto mi época más rebelde.

—Alice, ¿cuándo va a venir papá a buscarnos?

—Pronto, cielo —le aseguré sin dejar de tocar el colgante.

— ¿Tienes mamá?

Me senté en la cama junto a Lía, le dediqué una tierna sonrisa y ella me abrazó.

—Mi mamá está en el cielo.

—Mi mamá también se fue al cielo cuando yo era muy pequeñita, pero mi papá cuidaba bien de mí, igual que tu papá cuida de ti.

—Pero yo quiero una mamá.

—Cielo, tú ya tienes una mamá y, aunque no la veas, ella siempre estará aquí —le dije colocando mi mano sobre su corazón.

Lía me dedicó una amplia sonrisa que me contagió rápidamente, tenía la misma mirada y la misma sonrisa que mi desconocido. Charlé con ella durante un buen rato, hasta que finalmente se durmió. Con cuidado para no despertarla, me levanté y pegué de nuevo la oreja en la puerta. Alguien había llamado por teléfono y traté de escuchar la conversación. No logré escuchar mucho, pero fue suficiente para que el pánico se apoderara de mí:

—Si en veinte minutos no tenemos noticias, nos deshacemos de ellas y regresamos al campamento.

Las reglas del juego 19.

Apenas nos quedaba poco más de una hora de camino para llegar a la base cuando el Teniente Wolf miró por el retrovisor y me informó que teníamos compañía. Pisó el pedal del acelerador a fondo, pero los dos coches que nos seguían también aumentaron la velocidad y nos rodearon colocándose uno a cada lado, tratando de que nos detuviéramos.

Mientras el Teniente Wolf intentaba esquivar las maniobras que hacían para continuar nuestro camino, miré por la ventanilla al coche de mi lado y pude contar un total de cuatro de hombres, cuatro rebeldes armados y con cara de pocos amigos. Steve seguía concentrado en la carretera, así que eché un rápido vistazo a los ocupantes del coche de la izquierda, otros cuatro rebeldes armados.

—Dos coches, uno a la izquierda y otro a la derecha. En cada coche hay cuatro hombres armados, ¿algún plan? —Le pregunté tratando de mantener la calma.

—El plan es llegar a la base vivos y, a poder ser, sin un solo rasguño —musitó entre dientes.

—Intenta mantenerte en la carretera, yo trataré de quitárnoslos de encima. ¿Dónde tienes las armas?

— ¿Sabes usar un arma?

—Soy la única hija del General y me criado en la base, ¿tú que crees?

No contestó, metió la mano bajo su asiento, sacó una pistola y me la entregó. Comprobé que estaba cargada y me deslicé hacia a los asientos traseros. Las lunas traseras estaban tintadas e impedían que me vieran, lo cual era una baza a nuestro favor.

—Necesito que vayas un poco más rápido —le pedí.

— ¿Y qué crees que estoy haciendo?

—Estás protestando y eso no me ayuda en absoluto —le reproché molesta.

Traté de apañármelas cómo pude, encajonándome en el suelo de los asientos traseros mientras intentaba mantener el equilibrio de los volantazos que daba al conducir para esquivar a los rebeldes. Le quité el seguro al arma, apunté a una de las ruedas traseras del coche que nos golpeaba por la izquierda y disparé. La rueda estalló y perdieron el control del coche, que dio varias vueltas de campana.

— ¡Bien hecho, Alice! —Me animó Steve.

El otro coche nos dio un golpe por el lado derecho y esta vez fuimos nosotros quienes perdimos el control del coche y dimos varias vueltas de campana. No llegué a perder el conocimiento, pero tampoco me sentía consciente del todo.

—Alice, ¿estás bien? —Me preguntó preocupado mientras me ayudaba a incorporarme para salir del coche.

—Me han roto el corazón, han interrumpido mi retiro espiritual y acaban de intentar matarme, supongo que he estado mejor —respondí medio aturdida.

—Tenemos que salir aquí —decidió.

Me sacó del coche, cogió el arma que me había prestado y un par de armas que guardaba en la guantera. No cogimos nada más, nos esperaba una huida a pie y era mejor ir ligeros de peso.

—Vamos, están regresando para comprobar cómo estamos —me apresuró Steve.

Me agarró del brazo y tiró de mí para escondernos entre los árboles que bordeaban la carretera y nos adentramos en el frondoso bosque. Hice un balance mental de la situación: estábamos perdidos en el bosque, no teníamos agua ni comida, no había cobertura para utilizar nuestros teléfonos móviles, estaba anocheciendo y al menos había cuatro rebeldes armados hasta los dientes buscándonos.

— ¿Cuál es el plan? —Le pregunté parándome de repente, ni siquiera sabíamos hacia a dónde nos dirigíamos.

—La base está hacia el norte, pero en lugar de ir en línea recta daremos un pequeño rodeo para despistarles.

—Estamos a casi cien kilómetros de la base, tardaremos más de diez horas en llegar, si es que logramos llegar sin agua y sin comida.

— ¿Tienes un plan mejor? —Replicó molesto.

—Si bajamos por el río bordeando aquella montaña llegaremos a un pequeño valle, es posible que allí tengamos cobertura para poder llamar por teléfono —comenté—. Es una zona de casa, probablemente encontremos alguna cabaña por el camino y, con un poco de suerte, quizás hasta tengan teléfono o alguna radio.

—Vale, ese parece un plan mejor —reconoció.

Nos pusimos en marcha y bajamos siguiendo el curso del río. Caminábamos en silencio, pero Steve no se sentía demasiado cómodo y comenzó a hablar. O, mejor dicho, a preguntar:

— ¿Qué es eso de que te han roto el corazón?

—Supongo que, como dice mi padre, no me fijo en los hombres adecuados.

—No creo que sea para tanto —opinó divertido.

—Siempre he sido una rebelde, no se lo he puesto fácil a mi padre —reconocí—. El caso es que he madurado, me he convertido en una mujer responsable y sensata. No quería hombres en mi vida, solo me habían traído problemas, pero tampoco estaba dispuesta a renunciar al sexo y, como por arte de magia, encontré al hombre perfecto, o al menos eso era lo que yo creía, pero mi príncipe azul se convirtió en rana.

—Creía que eran las ranas las que se convertían en príncipes —comentó divertido.

—Se me dan tan mal los hombres que hasta convierto a los príncipes en ranas —bromeé.

— ¿Qué fue lo que pasó?

—Acabé enamorándome de él y descubrí que yo no le importaba lo más mínimo, solo era uno de sus pasatiempos.

— ¿Por eso te habías ido de la ciudad?

—Necesitaba desconectar, intentar quitármelo de la cabeza, y me pareció una buena idea distraerme con unas vacaciones en la playa. Aunque creo que me he distraído más en las últimas dos horas que en las dos semanas que llevaba en la playa.

—Si salimos vivos de aquí, recuérdame que le dé una paliza al idiota que te ha dejado escapar, no te merece.

Le sonreí con complicidad, Steve era un encanto de hombre. Me recordaba a mi desconocido en algunos gestos y en la forma de hablar. Calculé que debían ser más o menos de la misma edad y, sin darme cuenta, me oí preguntar:

— ¿Cuántos años tienes?

— ¿Vas a decirme que soy muy viejo para este trabajo? —Me replicó a la defensiva.

—No, solo sentía curiosidad. ¿Qué os pasa a los hombres con la edad? Creía que era a las mujeres a las que nunca se les debía preguntar por su edad —me mofé.

—No tengo ningún problema con mi edad, me siento joven, estoy en forma y tengo muy buena salud —me aseguró.

—Entonces, ¿por qué no me dices cuántos años tienes? —Insistí ya más por diversión antes su reacción que por la curiosidad que había sentido al principio.

—Tengo treinta y siete años.

—Eres joven, ya no eres un crío, pero tampoco eres viejo —opiné con sinceridad—. La verdad es que te echaba treinta y cinco años como mucho, así que supongo que estás muy bien.

— ¿Supones que estoy muy bien? —Ahora fue él quien se mofó.

—Acaban de romperme el corazón, no puedo mirarte como a un hombre —me excusé bromeando de nuevo—. Además, jamás me fijaría en alguien que trabaje en la base.

— ¿Y eso por qué?

—Mi padre es el General, ¿crees que alguno de sus soldados se fijaría en mí?

—Eres una chica guapa, inteligente, divertida y sorprendente, no hay muchas chicas capaces de coger un arma y disparar en una situación tan complicada como en la que estamos.

—Una vez un soldado trató de ligar conmigo sin saber quién era, cuando mi padre se enteró lo trasladó de base.

— ¿Cuántos años tenías?

—Tenía veinte años.

—Supongo que no debe ser fácil ser la única hija del General pero, ¿esa es la única razón por la que no te fijarías en un soldado?

—Respeto y admiro lo que hacéis, pero es difícil que no te afecte a nivel personal. Me he criado en la base, he sido testigo de los terrores nocturnos de los soldados, de las bajas, de la preocupación de sus familias y de cómo hace que cambien las relaciones. Mi ya es bastante complicada para añadir un problema más.

—Es una lástima, había pensado en presentarte a un amigo de la base, a él también le han roto el corazón y creo que os caeríais bien.

—No te ofendas, pero paso de las citas a ciegas.

—Eso exactamente es lo que respondería él si se lo dijese —se echó a reír Steve.

Con aquella conversación llegamos al claro del valle y por fin conseguimos algo de cobertura para nuestros teléfonos móviles. Steve llamó a mi padre y, tras explicarle la situación y escuchar las órdenes, me tendió el teléfono y me dijo con una sonrisa maliciosa en los labios:

—Quiere hablar contigo.

Rodé los ojos, lo último que me apetecía era tener que escuchar un largo sermón de mi padre. Cogí el teléfono, me lo llevé a la oreja y le saludé con toda la naturalidad de la que fui capaz:

—Hola, papá.

—Alice, ¿estás bien?

—Estoy bien, papá —mentí.

Steve me miró alzando una ceja y yo me encogí de hombros. Sí, no estaba bien. Igual que Steve, tenía algunas magulladuras y algunos cortes debido al accidente, pero no era nada grave y no quería preocupar a mi padre.

—Cielo, haz caso de todo lo que te diga el Teniente Wolf, es un buen hombre y sabe lo que se hace. No hagas ninguna tontería, por favor.

Su tono casi de súplica me hizo sentir culpable. ¿Qué clase de hija había sido para que mi padre casi me implorara que “me portara bien”?

—No te preocupes, haré todo lo que me diga el Teniente Wolf —le aseguré.

—Bien. Alfred ha enviado a un par de hombres a buscaros, tardarán como mucho una hora en llegar.

Tras prometerle a mi padre una vez más que no haría nada insensato y esperaría que vinieran a buscarnos, por fin colgó. Steve trató de ocultar la risa, pero no tuvo demasiado éxito y le fulminé con la mirada. Nos sentamos en un par de piedras lisas mientras esperábamos que nos vinieran a buscar y Steve insistió en que le contara qué había hecho en el pasado para que mi padre temiera tanto mi comportamiento y se temiera lo peor.

Cita 122.

“Las frases concisas son como clavos afilados que clavan la verdad en nuestra memoria.”

Denis Diderot.