Archivo | mayo 2018

Las reglas del juego 23.

El doctor me cosió la herida del brazo, la bala no me había atravesado, pero había rasgado parte del músculo. Después hizo un par de radiografías y confirmó que tenía una costilla rota y otra fisurada. Dejó me diera una ducha rápida antes de vendarme la parte inferior del torso como si llevara un corsé. Mi padre esperó pacientemente y sin abrir la boca hasta que el doctor terminó.

—Es muy importante que guarde reposo durante un par de semanas, después haremos nuevas radiografías para confirmar que las costillas han soldado correctamente —dijo el doctor antes de marcharse.

—Voy a informar a mi padre —anunció Brian para quitarse de en medio y dejarme a solas con mi padre.

Me miró sin decir nada y supe que esperaba que yo se lo explicara sin tener que preguntar. Era el momento perfecto para demostrarle que confiaba en él, que ya no era aquella adolescente rebelde y alocada, que había madurado.

— ¿Recuerdas que te dije que estaba conociendo a alguien y que resultó ser un capullo? Pues resulta que no es el capullo que yo había pensado que era y…

—Será mejor que matices un poco si quieres que te entienda.

—No sabía que Alec trabajaba en la base, ni que tenía una hija. Me mintió, en lugar de decirme que tenía una hija me dijo que era su sobrina. Pero le vi por casualidad en la calle, iba con la esposa del Teniente Wolf y escuché a Lía que le llamaba papá, así que deduje que estaba casado, tenía una hija y esperaba otra que venía en camino. Y me fui sin pedirle explicaciones.

—No te mintió, Lía no es su hija, es su sobrina —me aclaró mi padre dejándome totalmente confundida—. La hermana de Alec se suicidó pocos meses después de nacer Lía y Alec la adoptó y se hizo cargo de su custodia.

—He sido una idiota —reconocí tras un suspiro.

—Entonces, ¿tengo que hacerme a la idea de que el Capitán Benson va a ser mi yerno?

—No lo sé, papá —le confesé—. Después de todo lo que ha pasado, supongo que todavía tenemos mucho de lo que hablar antes de saber qué es lo que va a pasar con nosotros.

—Alec es un buen hombre, quizás un poco mayor para ti, pero me gusta, sería un buen marido y un buen yerno —me dijo sonriendo satisfecho—. Será mejor que vaya a buscarle, estaba bastante impaciente e imagino que no querrás hacerle esperar más.

Me besó en la frente antes de marcharse, supuse que en busca de mi desconocido. Me senté en el sofá obedeciendo las órdenes del doctor y esperé a que apareciera, sintiéndome como una niña la noche antes de Navidad.

La puerta se abrió y a la primera persona que vi fue a Lía, que se abalanzaba sobre mí. Mi desconocido la agarró justo antes de que se me echara encima y la regañó:

—Lía, Alice está herida y tienes que tener mucho cuidado con ella para no hacerle daño, ¿de acuerdo?

Lía asintió y yo le sonreí para hacerle saber que todo estaba bien. Steve asomó la cabeza y, tras comprobar que todo estaba en su sitio, entró en la habitación seguido de su esposa embarazada y de una señora más mayor, de unos sesenta y cinco y setenta años.

—Ya conoces a Steve, ella es su esposa Kate y ella es Jane, mi madre —me anunció Alec.

—No queremos molestar, solo queríamos saludarte y darte las gracias por traer a Lía sana y salva —me dijo Jane con un tono de voz dulce que me enterneció.

—Yo quería conocerte, la última vez que nos vimos no tuvimos ocasión de presentarnos —me dijo Kate guiñándome un ojo con complicidad.

—Bueno, ya la habéis visto y os podéis marchar —sentenció Alec con impaciencia.

— ¡Pero yo me quiero quedar con Alice! —Protestó Lía haciendo un puchero.

Me percaté del gesto de enfado de Alec y, cuando abrió la boca, supe que iniciaría una discusión con Lía. Pero yo no quería discusiones después de un día como aquel, así que intervine antes de que lo hiciera él:

—Cielo, papá y yo tenemos que hablar para hacer las paces, pero necesitamos que nos dejéis un ratito a solas. Lo entiendes, ¿verdad? —Lía asintió con un leve gesto de cabeza y añadí dedicándole una amplia sonrisa—: ¿Qué te parece si me dejas un ratito con papá mientras cenas y cuando termines regresas?

— ¿Podré quedarme a dormir contigo?

—Claro que sí, cielo.

— ¿Y papá también puede quedarse? —Insistió Lía.

—Papá se quedaré donde estéis vosotras dos —le aseguró Alec. Se volvió hacia a su madre y le pidió—: Mamá, ¿puedes…?

—Por supuesto —afirmó Jane antes de que Alec pudiera terminar la frase—. Lía, deja a papá con Alice y vamos a cenar, en un rato regresaremos.

Lía se subió al sofá y me dio un beso en la mejilla antes de marcharse con su abuela, Steve y Kate. Cuando la puerta se cerró y me quedé a solas con Alec no supe qué decir. Solo quería que me besara, que me abrazara y que me dijera que nunca más volvería a separarse de mí, pero no hizo nada. Se quedó de pie frente al sofá en el que estaba sentada, escrutándome con la mirada.

— ¿No vas a decir nada? —Le tanteé con cautela.

—La verdad, no sé por dónde empezar —me confesó sentándose a mi lado en el sofá—. Nena, tenemos que acabar con ese maldito trato, no lo soporto más. Te necesito sin condiciones de por medio, se acabó jugar a lo que sea que hayamos estado jugando.

— ¿Qué me propones?

—Creo que lo primero es aclarar ciertos temas.

—Lo sé todo, Lía me puso al corriente durante… el secuestro y mi padre me aclaró el resto —terminé la frase sin haber asimilado lo ocurrido—. Fui una estúpida al huir sin escuchar tu explicación, pero en ese momento me sentí la peor persona del mundo y la más estúpida.

—La culpa es mía, no debí haber permitido que llegáramos tan lejos con ese trato, no debí conformarme solo con la A de Alice.

— ¿Qué vamos a hacer ahora?

—Cuando me viste con Kate y Lía, estábamos de compras, Kate me estaba ayudando a preparar una noche especial para nosotros. Tenía pensado contarte la verdad, decirte que estaba harto de ese trato, que quería saber tu nombre, lo quería saber todo de ti. Le había hablado de ti a Lía y a mi madre, quería presentártelas.

—Pero te vi, me monté mi película y salí huyendo sin dejar que te explicaras —me lamenté dándome cuenta de lo estúpida que había sido.

—Nena, ¿cuándo supiste que trabajaba en el ejército? —Me preguntó de repente.

—No lo supe hasta que los rebeldes nos acorralaron cuando estaba con Steve y vi que tenían a Lía. La reconocí en seguida y Steve me dijo que era la hija del Capitán Benson y también su ahijada.

—Steve me ha dicho que no dudaste ni un segundo en entregarte para proteger a Lía, pese a que sabías que era mi hija y en ese momento pensabas que yo era un capullo —añadió con cierto tono burlón, pero también con orgullo—. Quiero saberlo todo, Alice. Quiero conocerte, que me lo cuentes todo.

— ¿Hablas del secuestro?

—Tu padre me ha pedido que te pregunte cómo habéis escapado, pero antes quiero besarte, nena.

—Hazlo, han pasado demasiados días desde la última vez que me besaste.

—Prométeme que no vas a salir huyendo nunca más, pase lo que pase y creas lo que creas, sin hablar antes conmigo —me pidió dejando sus labios a escasos milímetros de los míos.

—Te lo prometo, pero bésame.

Alec me besó suavemente, con una ternura y una dulzura que me derritió. Me dejé llevar y comencé a desabrochar uno de los botones de su camisa, pero él se percató y me detuvo, apartándose rápidamente de mí.

—Nena, ahora mismo no tengo voluntad para contenerme, tú no estás en condiciones y cualquiera, incluido tu padre, puede entrar por esa puerta.

—Vamos a la habitación —le propuse.

—No —sentenció sin opción a réplica—. He hablado con el doctor y me ha dicho que necesitas guardar reposo —me dio un inocente beso en la frente y añadió divertido—: Lía va a querer que le confirmemos si seguimos siendo novios, ¿qué le vamos a decir?

—Creo que no deberíamos decepcionarla, está muy ilusionada con todo este asunto. De hecho, me ha puesto en algún que otro aprieto, tú mismo has sido testigo de ello. Esa niña sabe demasiado.

—Y por eso te adora —me aseguró abrazándome con cuidado de no lastimarme—. Es una niña maravillosa, estoy seguro de que os llevaréis genial.

—Alec, no sé si estaré a la altura de las circunstancias, apenas sé cuidar de mí misma y todo esto es nuevo para mí, tendrás que tener paciencia conmigo.

—Nena, no tienes nada de lo que preocuparte, yo me encargaré de todo.

Alguien llamó a la puerta y Alec trató de apartarse de mí, pero yo me resistí y seguí acurrucada entre sus brazos. La puerta se abrió y tras ella apareció mi padre junto a Alfred y Brian.

—Bueno, parece que la parejita por fin se ha reconciliado —se mofó Brian.

—Alice, los agentes acaban de regresar de la cabaña y no dan crédito a lo que han visto, ¿te importaría explicarnos qué pasó allí? —Inquirió mi padre con cara de pocos amigos.

—Lía no vio nada, estaba encerrada en una habitación, escondida bajo la cama —me apresuré a contestar—. Tuve que hacerlo, les habían ordenado matarnos en veinte minutos.

—Han encontrado cinco cuerpos, dos en el interior de la cabaña y tres en el exterior —me informó Alfred.

—En esta carpeta están las fotografías, échales un vistazo y explícanos qué pasó —insistió mi padre entregándome la carpeta.

Alec interceptó la carpeta, la dejó sobre la mesa de café y gruñó:

—No creo que sea oportuno enseñarle las fotos.

—Alice no es una agente, pero su entrenamiento ha sido más extenso que el de cualquier sargento —replicó mi padre.

—Necesita descansar, ya ha tenido suficiente por hoy —insistió Alec.,

—Puedo ver las fotos, estoy bien —decidí poniendo fin a aquella absurda discusión.

A regañadientes, Alec me entregó la carpeta que contenía las fotografías y comencé a ordenarlas cronológicamente al mismo tiempo que les explicaba lo que había ocurrido. Noté la tensión en los músculos de Alec, sorprendido por mis actos y a la vez frustrado por no haber estado allí para ayudarme.

Tras la explicación, todos quedaron satisfechos y mi padre por fin dejó de ser el General Keller para ser simplemente Frank, mi padre.

—Tengo entendido que Lía se va a quedar a dormir contigo —me dijo.

—Así es —le confirmé.

—Hasta que nos hayamos ocupado de todos los rebeldes, Lía y tú os quedaréis aquí junto a Kate y Jane —decidió mi padre—. Alec, Steve y Brian se quedarán las veinticuatro horas con vosotras, no quiero correr más riesgos—. Se volvió hacia a Alec y le dijo—: Llévala a la cama y asegúrate de que no se mueve de allí, Jane os llevará a Lía en un rato —y añadió dirigiéndose a mí—: Por favor, guarda reposo.

—No te preocupes, yo me encargaré de que así sea —intervino Alec.

Mi padre asintió, me besó en la mejilla y le estrechó la mano a Alec antes de marcharse seguido por Alfred y Brian.

Las reglas del juego 22.

Efectivamente, el coche que se detuvo frente a nosotras era uno de los coches a prueba de balas de la base. Vi bajar del coche a Steve, a Brian y otro agente más que no conocía. Consciente de que las lunas del vehículo en el que estábamos eran tintadas, saqué las manos por la ventanilla izquierda y alcé la voz para que me escucharan:

—Soy Alice, no disparéis.

En ese mismo momento, guardaron sus armas y corrieron hasta llegar a nosotras. Steve fue directamente a coger a Lía y, tras comprobar que no tenía ni un rasguño, me susurró:

—Gracias.

Le sonreí a modo de respuesta y bajé del vehículo con la ayuda de Brian, que me inspeccionaba de arriba abajo para comprobar si estaba bien. La venda de mi brazo y mi mano presionando sobre la zona de las costillas le facilitaron el resultado. Sacó su teléfono móvil y, cuando el interlocutor descolgó la llamada, dijo:

—Alice está herida, avisa al doctor que esté preparado —hizo una pausa para escuchar lo que le decían al otro lado del teléfono y añadió—: Daños por herida de bala en el brazo y es posible que tenga un par de costillas rotas. Tardaremos una hora aproximadamente en llegar a la base, asegúrate de que esté todo preparado.

— ¿Desde cuándo te has convertido en uno de ellos? —Me mofé de Brian, refiriéndome a nuestros respectivos padres.

—Tiene gracia, yo iba a preguntarte lo mismo —me reprochó enfadado—. ¿Se puede saber en qué estabas pensando?

Miré a Lía y, convencida de que había hecho lo correcto, le respondí:

—Tú hubieras hecho lo mismo en mi lugar.

—Eso díselo a tu padre cuando llegues a la base, se ha contenido porque temía por tu vida pero, en cuanto te vea y compruebe que sigues respirando, te va a caer una buena —bromeó para sacarme una sonrisa.

Nos subimos en el coche en el que ellos habían venido y nos dirigimos a la base. El agente al que no conocía se encargó de conducir; Steve colocó a Lía en su regazo y la abrazó; y Brian me quitó el vendaje que me había puesto para examinar la herida y también palpó mis costillas para comprobar si había alguna fractura.

—La bala solo me ha rozado el brazo, necesitaré un par de puntos y nada más. En cuanto a las costillas, al menos una está rota, puede que dos, nada que no se pueda curar con unos días de reposo —le aseguré.

—Eso ya lo decidirá el médico —me replicó Brian.

Rodé los ojos con exasperación. Brian y yo nos habíamos pasado la adolescencia jurando y perjurando que jamás seríamos como nuestros padres y, aunque ninguno de los dos estuviera dispuesto a reconocerlo, nos habíamos convertido en sus respectivos clones.

—Tío Steve, Alice es la novia de papá —anunció Lía dejándonos a todos con la boca abierta.

Noté cómo el rubor se instauraba en mis mejillas. Steve y Brian miraron a la niña y acto seguido sus ojos se posaron en mí.

— ¿Quieres decir algo al respecto, Alice? —Me preguntó Brian con tono burlón.

—Esas conclusiones las ha sacado de su padre, mejor que os lo explique él —respondí encogiéndome de hombros.

—No entiendo nada —confesó Steve.

—Alice ya no está enfadada con papá —le respondió Lía como si aquello fuera de lo más obvio.

— ¿Por qué dices que Alice es la novia de papá? —Insistió Steve.

—Porque él me lo ha dicho y tiene su foto en la habitación —respondió la pequeña rodando los ojos.

— ¿Alice? —Me interrogó Steve.

— ¿El capullo del que me ha hablado tu padre? —Se carcajeó Brian.

—El capullo y la chica misteriosa —se guaseó Steve—. ¿Sabe ya que eres la hija del General?

—Cuando hemos llamado por teléfono, Lía lo ha confundido tanto como a vosotros y me ha pedido explicaciones, ha reconocido mi voz —confesé.

— ¿Con un Capitán del ejército? ¿Cómo se te ocurre? —Se burló Brian.

—No tenía ni idea, hasta que he visto a Lía con los rebeldes y Steve me ha dicho que era la hija del Capitán Benson.

—Por eso te entregaste a los rebeldes —ató cabos Steve—. Por cierto, la mujer embarazada que iba con él cuando lo viste, era mi mujer.

Aquello era un alivio, un problema menos por el que preocuparme.

—Puede que creyese que él era un capullo, pero jamás me hubiera perdonado que le pasara algo a Lía por mi culpa —les confesé.

—Has madurado, hace unos años le hubieras arrancado los ojos al capitán antes de pedirle explicaciones —se mofó Brian.

—Si a madurar lo llamas huir y esconderte bajo tierra… —musitó Steve. Le miré sin comprender a qué venía ese comentario y añadió—: Estas dos semanas no han sido fáciles para ti, pero para él tampoco. No sé qué pasará a partir de ahora, pero te aseguro que no te va a resultar tan fácil escapar de Alec, ahora ya sabe quién eres.

—Mi padre se va a llevar un disgusto cuando se enteres que no te casarás conmigo —bromeó de nuevo Brian, él siempre estaba de buen humor y se reía hasta en los entierros.

—Eh… ¿Vosotros…?

— ¡No! —Exclamamos Brian y yo al unísono y nos echamos a reír.

—Adoro a esta loca, rebelde y cabezota, la quiero como a una hermana pequeña.

—Y él es igual de fastidioso que un hermano mayor —añadí encogiéndome de hombros.

—Yo quiero muchos hermanitos —soltó de pronto Lía, haciéndoles reír a todos excepto a mí, que me puse pálida.

—Princesa, será mejor que de momento no menciones el tema de los hermanitos, creo que Alice puede asustarse y salir corriendo —se mofó Steve al ver la expresión de mi cara.

—Estáis dando muchas cosas por hecho y yo todavía estoy tratando de asimilar lo que he descubierto —les advertí.

Me preocupaban muchas cosas, pero una de ellas era la reacción de mi padre cuando descubriera que el supuesto capullo era el Capitán Benson.

El camino de regreso a la base se me hizo más corto de lo que esperaba y respiré profundamente cuando el coche se detuvo frente a la puerta del edificio principal de la base. Mi corazón se detuvo durante un instante cuando vi a mi desconocido de pie junto a mi padre, con evidentes signos de no haber descansado bien en varios días. Steve y Lía saltaron del coche y Lía corrió a los brazos de su padre mientras yo me quedé inmóvil en el asiento.

—Alice, ¿estás bien? —Me preguntó Brian preocupado.

—Estoy un poco mareada, supongo que son demasiadas emociones en pocas horas, difícil de asimilar.

—Un día complicado en la oficina —bromeó haciéndome reír—. Será mejor que salgamos, tu padre está empezando a impacientarse.

Brian me ayudó a bajar del coche con cuidado de no lastimarme el brazo ni las costillas, pero fue en vano. Me echó el brazo alrededor de mis caderas para sostenerme, temiendo que perdiera el equilibrio y me diera de bruces contra el suelo. Mi mirada se encontró con la mirada de mi desconocido y el estómago me dio un vuelco.

—Cielo, ¿estás bien? No me habías dicho que estabas herida, ¿qué te pasa? —Mi padre casi me zarandeó para que le mirara.

—Estoy bien, solo un poco mareada.

—Vamos, te llevaré con el doctor.

Me volví hacia mi desconocido, no podía dejar de mirarle. Pero mi padre insistía en que me viera el doctor y yo necesitaba unos minutos para asimilar la inminente conversación que se avecinaba con mi desconocido.

—Espera, tenemos que hablar —me ordenó agarrándome por la muñeca para impedir que me fuera.

Mi padre nos escrutó con la mirada, puso su sexto sentido a funcionar y, de repente, lo entendió todo. Miró a mi desconocido y le dijo:

—Supongo que tú eres el capullo.

—Papá —le advertí.

—Lo sé, no es asunto mío —refunfuñó—. De todas formas, primero vas a ver al doctor.

—Yo la acompaño —se ofreció Brian.

—Yo quiero ir con Alice —protestó Lía abrazándome las piernas.

—Cielo, tengo que ir a que me cure el doctor, pero te prometo que luego nos veremos, ¿de acuerdo?

—Pero yo quiero quedarme contigo —protestó sin darse por vencida.

—Princesa, vamos a darte un baño y venimos de nuevo a ver a Alice, así hacemos tiempo para que el doctor la cure —la convenció mi desconocido. Me miró de nuevo a los ojos y me susurró al oído—: Ni se te ocurra irte.

—Tranquilo, no se va a ir a ninguna parte —le aseguró mi padre.

Brian y mi padre me acompañaron a ver al doctor para que me examinara. Todo el mundo me miraba, sabían lo que había ocurrido y sentían curiosidad por conocer a la hija del General, pero sobre todo por saber qué me traía entre manos con el Capitán Benson y qué haría mi padre al respecto.

Cita 124.

“Me gusta tanto que no me gusta que le guste a otras personas. Es un amor así, celoso.”

Jorge Luís Borges.

Las reglas del juego 21.

Tenía que pensar en algo y rápido. Veinte minutos no me dejaban mucho margen y dudaba que los hombres que mi padre había enviado llegaran a tiempo. Que Lía estuviera allí limitaba mi capacidad de actuación, tendría que atacar y defendernos, pero la reacción de una niña de cinco años era impredecible, sobre todo en una situación tan crítica y peligrosa como aquella.

Me quité el colgante y se lo puse a Lía, que seguía dormida sobre la cama. Quería asegurarme de que, si a mí me pasaba algo, pudieran encontrarla a ella. Se despertó y me miró asustada, la abracé con fuerza y le dije:

—Escúchame con atención Lía, necesito que te escondas bajo la cama, quiero que cierres los ojos y te tapes los oídos, ¿de acuerdo? —La niña, a pesar de que no entendía mis razones para pedirle algo así, asintió—. Pase lo que pase y escuches lo que escuches, no debes moverte de debajo de la cama, ¿vale? —Lía asintió de nuevo y añadí—: Prométemelo, cielo.

—Te lo prometo.

Respiré profundamente y, tras esperar que Lía se metiera bajo la cama y mirarla por última vez, abrí la puerta de la habitación y salí de allí. En cuanto puse un pie en el salón de aquella cabaña de cazadores, uno de los rebeldes me apuntó a la cabeza con su pistola.

—Necesito ir al baño —bufé.

—Tienes tres minutos, si para entonces no has salido, entraré a buscarte —me advirtió.

Pasé por su lado y me encerré en el cuarto de baño. Con mucho sigilo, rebusqué entre los cajones del armario hasta que encontré una antigua navaja de afeitar con empuñadura. No era una pistola, pero tendría que conformarme con eso. Además, tenía que ocuparme de los dos rebeldes que había en la cabaña tratando de hacer el menor ruido posible para que los otros tres rebeldes que estaban fuera no sospecharan nada. Un solo disparo echaría por tierra mi plan y la posibilidad de escapar de allí.

Salí del cuarto de baño, comprobé que uno de los rebeldes se había quedado en la puerta para vigilarme, pero el otro estaba distraído hablando por teléfono y mirando por la ventana, de espaldas a donde yo me encontraba. Con disimulo, miré de arriba abajo al rebelde que tenía al lado y me percaté que llevaba un cuchillo en la cintura. Solo tenía una oportunidad y pocas posibilidades de que saliera bien, pero confié en mi preparación. Era la primera vez que me alegraba de ser la hija de un General del ejército.

Pasé por el lado del rebelde y, con un movimiento suave y sigiloso, me coloqué detrás de él, le tapé la boca con la mano para que no gritara y le rajé el cuello con la navaja de afeitar. Sostuve su cuerpo y lo dejé lentamente en el suelo, detrás del sofá, tratando de no hacer ruido. Cogí el cuchillo y el arma que el rebelde llevaba en la cintura y lo escondí bajo mi camisa. Miré al otro rebelde, seguía hablando por teléfono, pero ya se estaba despidiendo de su interlocutor. Colgó la llamada y, mientras se daba media vuelta me acerqué a él. Echó un rápido vistazo a su alrededor y, en cuanto se percató de la ausencia de su compañero, se llevó la mano a la cintura para coger su pistola. No podía permitir que disparara, un disparo alertaría a los tres hombres que había fuera, así que lancé el cuchillo contra él y se lo clavé en el cuello.

Necesité un par de minutos para recomponerme, yo no era un soldado del ejército, no estaba acostumbrada a matar. Con las piernas todavía temblando, arrastré el cuerpo sin vida del segundo rebelde junto al otro, detrás del sofá. Cogí su pistola y la empuñé, tenía que ocuparme de tres rebeldes y no iba a ser fácil.

La puerta de la habitación donde Lía se escondía seguía cerrada y no se escuchaba ningún ruido procedente de allí, era una buena señal, Lía cumplía su promesa y seguía escondida bajo la cama.

Miré por una de las ventanas delanteras de la cabaña y vi a dos rebeldes, me asomé por una de las ventanas traseras y vi al otro que faltaba. Respiré profundamente y pensé un plan. La mejor opción era deshacerme del tipo que estaba solo en la parte trasera y después ocuparme de los otros dos que estaban en la parte delantera. Me arrepentí de haberme negado a ir a los entrenamientos de verano de la base, mi padre había insistido en que necesitaba estar preparada para situaciones como aquella y yo me había excusado alegando que tenía demasiado trabajo para eso. Debí haberle hecho caso, todo hubiera sido más fácil.

—Todo va a salir bien —repetí una y otra vez entre murmullos.

Miré por la ventana trasera de nuevo, conté mentalmente hasta tres y salté al exterior, justo encima del rebelde que custodiaba la parte trasera de la cabaña. Le tapé la boca para que no gritara y le estrangulé hasta que dejó de respirar, pero el tipo se resistió y me golpeó con fuerza en las costillas. Necesité un par de minutos para recuperarme, me había dado un buen golpe y estaba segura de que me había roto alguna costilla, pero todavía tenía que ocuparme de dos rebeldes más y Lía seguía en la cabaña, ella era mi prioridad. Cogí el arma del cuerpo sin vida de aquel rebelde y la empuñé tras comprobar que las otras dos armas seguían en mi cintura.

—Eh, ¿dónde estás? Ya han pasado los veinte minutos y no tenemos noticias, tenemos que deshacernos de esas dos —escuché a uno de los rebeldes que se acercaba—. Tío, ¿se puede saber dónde estás?

Me pequé a la pared de la cabaña y esperé a que tomara la esquina antes de abalanzarme sobre él y derribarlo. El tipo era mucho más grande y fuerte que los otros, mucho más fuerte y grande que yo. Sabía que si le disparaba alertaría al otro rebelde y las cosas se complicarían, pero no tenía elección. Disparé antes de que él lo hiciera y, dos segundos más tarde, el otro rebelde apareció frente a mí apuntándome con su pistola. Ni siquiera tuve un instante para pensar, disparé al mismo tiempo que él disparaba su pistola. Una quemazón se extendió por mi brazo y el dolor me hizo gritar, pero traté de ahogar mi grito desgarrador para no asustar a Lía. Miré al tercer rebelde tendido en el suelo, él no había tenido tanta suerte como yo, la bala le había dado entre ceja y ceja. Suspiré aliviada, por fin éramos libres y podría salir de allí con Lía. Le quité la pistola y la guardé en mi cintura antes de entrar en la cabaña para buscar a Lía.

—Cielo, ya puedes salir —le susurré con voz dulce mientras asomaba la cabeza por debajo de la cama para comprobar que se encontraba bien.

— ¿Se han ido los hombres malos? —Me preguntó con un hilo de voz y los ojos vidriosos.

—Sí, ya se han ido —le confirmé—, pero debemos marcharnos antes de que decidan regresar.

La niña asintió con firmeza y salió de debajo de la cama con una entereza y una valentía asombrosa. Sonreí al pensar lo mucho que esa niña se parecía a mí cuando era pequeña, pero la sonrisa se borró de mis labios al recordar que era la hija que mi desconocido había tenido con otra mujer.

—Tienes mucha sangre —dijo señalando mi brazo.

—No es nada —le resté importancia, me preocupaba más el dolor que sentía en las costillas.

—Tenemos que curártelo, mi papá dice que si se infecta es peor.

Su dulce vocecita podía confundir a cualquiera, pero aquello no era un simple comentario, era una orden. Aquella niña era igual de mandona que su padre. No tenía ni ganas ni fuerzas de discutir. Además, ella tenía razón. Abrí el armario del botiquín, saqué un par de gasas, una venda, un rollo de esparadrapo y el betadine. Me curé la herida del brazo, por suerte la bala solo lo había rozado y no atravesado como me había temido, vendé la herida y salimos rápidamente de la cabaña. El simple hecho de pensar que más rebeldes pudieran venir en busca de sus compañeros me ponía la carne de gallina.

Ayudé a Lía a subir a uno de los coches de los rebeldes cuando me acordé de algo. Tenía que avisar a mi padre, decirle que estábamos bien y que íbamos de camino a la base.

—Cielo, no te muevas de aquí —le pedí a Lía—. Voy a la cabaña a buscar un teléfono para llamar a papá y decirle que estamos bien, ¿de acuerdo? —La niña asintió, pese a que el miedo era visible en sus ojos—. Tardo cinco segundos, te lo prometo.

Intenté ir corriendo, pero el dolor en las costillas era tan fuerte que apenas podía respirar. Me temí que una de mis costillas se hubiera astillado dañando el pulmón, así que palpé la zona cautelosamente. Una de las costillas estaba rota, pero no parecía que el daño fuera más grave que ese. Me apresuré en quitarle el teléfono móvil a uno de los rebeldes que había escondido detrás del sofá y regresé junto a Lía de inmediato.

—Ya estoy aquí, cielo —anuncié sentándome tras el volante—. Abróchate el cinturón, nos vamos a casa.

Arranqué el motor del coche y me dirigí hacia el único camino de tierra que había, el camino que nos sacaría de allí. Estaba oscureciendo y no quedaba mucho tiempo antes de que se hiciera totalmente de noche, teníamos que salir de aquel bosque ya.

Cogí el teléfono y lo desbloqueé deslizando la pantalla, por suerte no había ningún código ni patrón de seguridad que restringiera el acceso. Marqué el número de teléfono de mi padre y pulsé la tecla del altavoz, la carretera era bastante intransitable para permitirme el lujo de distraerme. Al segundo tono, mi padre descolgó la llamada:

—General Keller al habla.

—Papá, soy A…

—Cielo, ¿estás bien? ¿Y Lía? Dime que las dos estáis bien.

—Las dos estamos bien —le confirmé—. Escucha papá, estoy con el manos libres, Lía nos está escuchando, ¿de acuerdo? —Le advertí para que se abstuviera de comentar o decir algo inoportuno y que Lía lo escuchara—. Hemos escapado de la cabaña donde nos tenían retenidas, he cogido prestado uno de los coches de los rebeldes para huir y voy conduciendo por un camino de tierra, pero no tengo ni idea de dónde estoy ni hacia a dónde me dirijo. Lía lleva puesto mi colgante, ¿puedes decirle a alguien que rastree el localizador y nos guie para salir de aquí?

—Ya os tenemos localizadas, el Teniente Wolf, Brian y otros dos agentes se dirigen hacia vosotras, deberías toparte con ellos de frente en unos diez minutos.

— ¿Brian? —Pregunté sorprendida.

—Así es, Brian —me confirmó y añadió bromeando—: Alfred está un poco molesto, su hijo le pone excusas para venir a verle pero, cuando se trata de ti, aparece en un par de horas.

—Papá —reí divertida.

—Cielo, el Capitán Benson está aquí, quiere hablar con su hija.

—Puede hablar, Lía está escuchando —le dije con un hilo de voz.

—Princesa, ¿estás ahí? —Escuchar su vos después de tantos días me hizo derramar un par de lágrimas silenciosas.

— ¡Papá! —Exclamó Lía eufórica—. Alice me está llevando a casa y me ha dicho que ya no está enfadada contigo, ahora todo irá bien, ya no estarás triste.

Escuchar aquellas palabras de la boca de esa niña de cinco años casi me rompe el corazón, su papá estaba triste porque yo me había enfadado.

—No te entiendo, princesa. ¿Por qué se ha enfadado Alice conmigo?

Él todavía no sabía quién era yo. Ni siquiera había averiguado mi nombre. Tenía una foto mía en su habitación, si la hubiera pasado por un programa de reconocimiento facial hubiera descubierto todo sobre mí, pero no lo había hecho. ¿No le importaba lo suficiente?

—Me dijiste que se había enfadado porque no le habías dicho la verdad, pero la abuela me dijo que se había enfadado porque eras tonto —le reprochó Lía y añadió con una malicia excesiva para una niña de su edad—: Alice tendría que seguir enfadada contigo hasta que aprendas la lección.

Tuve que hacer un gran esfuerzo por contener la risa, sobre todo porque el dolor de mis costillas se agudizaba.

—Alice, ¿te importaría aclararme de qué está hablando mi hija? —Su tono de voz grave y dominante me pilló desprevenida, pero era mi desconocido y yo me derretía siempre con sus palabras.

—Tu hija me ha hecho prometerle que te perdonaría, quizás deberías haber escondido mejor mi foto —le repliqué.

El silencio reinó durante unos segundos, aquello era una buena señal, había reconocido mi voz.

—Nena, ¿eres tú? Te juro que todo tiene una explicación, que no te mentí, que…

—No creo que sea el momento —le interrumpí—, pero tranquilo, Lía ya me ha aclarado parte de la historia —. Reconocí los faros del coche oficial de los agentes del ejército y les hice luces para que se detuvieran. Miré el teléfono y añadí antes de colgar—: El equipo de extracción nos ha encontrado, nos vemos en la base dentro de un rato.

Lía me estudió con la mirada durante un par de segundos, después sonrió y me abrazó. La besé en la coronilla y le devolví la sonrisa. Aquella niña me había robado el corazón igual que lo había hecho su padre.

Cita 123.

“Podrá nublarse el sol eternamente, podrá secarse por un instante el mar, podrá romperse el eje de la tierra como un débil cristal… ¡Todo sucederá! Podrá la muerte cubrirme con su fúnebre crespón, pero jamás podrá apagarse en mí la llama de tu amor.”

Gustavo Adolfo Bécquer.