Archivo | abril 2018

Las reglas del juego 8.

Habían pasado tres días desde que mi desconocido se marchó y no tenía noticias de él. Me pasaba la mayor parte del tiempo pendiente del maldito teléfono pero no sonó ni una sola vez. Pensé en llamarle, pero no quería interrumpirle mientras estuviera trabajando ni tampoco que pensara que quería controlarlo. Tras darle muchas vueltas a la cabeza, la quinta noche decidí enviarle un mensaje: “He seguido tu consejo, he cerrado los ojos y he imaginado que eras tú quien me tocaba. No ha sido lo mismo, pero tampoco ha estado mal.” Pulsé el botón de enviar y esperé una respuesta hasta que me quedé dormida.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, miré el teléfono móvil y sonreí al comprobar que tenía un mensaje: “Nena, créeme si te digo que desearía poder ser yo quien te tocara, quien besara y acariciara todo tu cuerpo y te hiciera gemir de placer. Me pongo duro solo de pensar en ti, nena.” Aquel mensaje me excitó y supe que habíamos iniciado un nuevo juego en el que ambos competiríamos por provocar y excitar al otro.

Me quería tomar mi tiempo para responderle, no quería que pensara que estaba pendiente de él, aunque eso era exactamente lo que hacía. Pero finalmente le contesté casi de inmediato: “Entonces, no olvides que te estoy esperando.” Pulsé la tecla de enviar y me arrepentí al instante. ¿Y si mi mensaje había sonado desesperado? Se suponía que no teníamos ningún compromiso, pero también había puesto la exclusividad como condición.

No quería pensar en ello, de nada serviría darle vueltas a la cabeza. Me di una larga ducha y después desayuné tranquilamente. Limpié el apartamento mientras escuchaba música en la radio y luego preparé la comida mientras veía las noticias en la televisión.

Después de comer decidí bajar al apartamento de Tony y Álex para darles los detalles de la noche con mi desconocido y contarles las nuevas condiciones de nuestro trato. Necesitaba que me dijeran lo que pensaban y, cuando terminé de hablar, les pregunté:

—Y bien, ¿qué os parece? ¿Soy una loca por aceptar jugar a esto o es un trato estupendo para disfrutar del sexo sin compromiso?

Ambos intercambiaron una mirada y en seguida supe que algo les preocupaba. Les miré esperando una contestación y Tony fue el que contestó:

—Alice, dices que ese tipo y tú buscáis lo mismo, que queréis disfrutar del sexo sin compromiso, pero ese trato es justo todo lo contrario. Lo bueno de tener un amigo con derecho a roce es que puedes acostarte con otro hombre sin sentirte culpable, incluso sería moralmente correcto si lo hicieras. Pero una de las condiciones de ese trato es la exclusividad.

—No busco un amante al que añadir a la colección, busco a un hombre que sepa darme placer en la cama, que me resulte atractivo no solo físicamente y que no tenga intención de iniciar una relación estable —les aclaré—. Él es la persona perfecta.

—Tenemos claro qué quieres y por qué lo quieres pero, ¿qué me dices de él? —Intervino Álex.

—Me ha dicho que viaja mucho por trabajo y que apenas tiene tiempo de tener vida social, supongo que con el trato él podrá ahorrarse el buscar a una chica con la que tener sexo, para eso me tiene a mí —respondí encogiéndome de hombros.

—Cielo, ya te lo dije la otra vez: disfruta del trato y, si te cansas de las condiciones, siempre puedes romperlo —me aconsejó Tony.

—Yo no lo veo tan claro —opinó Álex—. Ese tipo te gusta y la exclusividad y pasar tiempo con él solo hará que te guste más.

—Crees que acabaré llorando por los rincones cuando él se canse de mí —concluí.

—No he dicho eso, pero sí que existe un riesgo de que acabes llorando por los rincones si te enamoras de él, lo cual no parece ser imposible —matizó Álex—. Pero supongo que si no te arriesgas nunca lo descubrirás.

—Genial, estoy igual o más confundida de lo que ya estaba —bufé con sarcasmo.

—Chica, ¡qué humor! —Me reprochó Tony—. Está claro que necesitas un buen polvo, ¿cuándo dices que viene tu desconocido?

—No lo sé, no me lo ha dicho.

—Pues sigue enviándole mensajes poniéndole cachondo y lo tendrás aquí babeando antes de lo que esperas —bromeó Álex.

Aquellas palabras, lejos de provocarme como pretendía Álex, me hicieron pensar de nuevo en mi desconocido y en la posibilidad de haber recibido otro mensaje suyo. Terminé de tomarme el café que Tony y Álex me habían ofrecido y me despedí de ellos alegando que tenía que limpiar mi apartamento, no quería escuchar sus burlas si les decía que quería comprobar si mi desconocido me había enviado otro mensaje.

Los días fueron pasando y el contacto con mi desconocido se había limitado a un par de mensajes subidos de tono al día. Él no mencionaba cuándo iba a regresar y yo no me atreví a preguntar cuándo volveríamos a vernos.

Dos semanas después, mi frustración era más que evidente y Tony y Álex me obligaron a ir con ellos al pub y tomarme un par de copas para distraerme.

— ¿Dónde vas así vestida? —Me preguntó Tony horrorizado—. Sube ahora mismo a cambiarte de ropa.

Me miré de arriba abajo, no iba tan mal. Me había puesto unos tejanos, una blusa negra y unos botines de tacón medio. No quería impresionar a nadie y me apetecía ir cómoda, pero Tony y Álex me miraron como si quisiera salir vestida con el pijama.

—Está bien, subiré a mi apartamento a cambiarme de ropa —cedí tras suspirar profundamente, no pensaba empezar una batalla en la que seguramente perdería.

Me apresuré en subir a mi apartamento y cambiarme de ropa, pero la prisa se esfumó cuando abrí el armario y no supe qué ponerme. No me apetecía arreglarme demasiado porque sabía que no me iba a encontrar con mi desconocido, pero tenía que arreglarme lo suficiente para que Tony y Álex me dieran el visto bueno sin poner el grito en el cielo.

Entonces se me ocurrió una idea, decidí enviarle un mensaje con foto incluida a mi desconocido. Busqué en el armario hasta encontrar mi vestido ochentero al estilo Marilyn Monroe, de color blanco con un gran escote formado por dos amplias tiras que tapaban y sostenían mis pechos anudadas a la nuca y una falda plisada con mucho vuelo. Me hice una foto con el vestido puesto y se la envíe junto con el siguiente mensaje: “Me encantaría que estuvieses aquí y me quitaras el vestido, pero tendré que conformarme con salir a tomar un par de copas y regresar sola a casa. Espero que esta abstinencia valga la pena y tenga una buena recompensa.”

Sí, había sido de lo más directa y amenazante, pero no tenía ni idea de lo que él estaba haciendo mientras yo estaba esperándole.

Apagué el teléfono móvil y me marché, esa noche no quería pensar en él. Merecía salir y pasármelo bien. Había tenido una semana muy dura, había tenido que hacer varios reportajes para anuarios de instituto y los adolescentes eran agotadores, por no mencionar que más de uno trató de ligar conmigo pese a que les llevaba más de diez años.

Álex y Tony me esperaban en el rellano del tercer piso, listos para marcharnos. Ambos me miraron de arriba abajo y, tras comprobar mi atuendo, dieron su aprobación con una amplia sonrisa antes de subirnos al ascensor.

Media hora más tarde, los tres entrábamos en el pub y nos acomodábamos en un par de sofás de la zona chill-out. Álex se ofreció a ir a pedir las copas, dejándonos a solas a Tony y a mí.

— ¿Has hablado con tu desconocido? —Me preguntó Tony escrutándome con la mirada.

—No, pero le he enviado una foto para recordarle lo que se está perdiendo —le respondí sintiéndome ridícula—. Han pasado dos semanas y no nos hemos vuelto a ver.

—Te dijo que estaba fuera del país por negocios —me recordó tratando de animarme.

— ¿Dos semanas? Seamos realistas, ¿quién está fuera del país más de dos semanas por trabajo? —Repliqué—. ¿Soy una ingenua por esperar a un hombre del que no sé ni su nombre? ¿Y si se está riendo de mí?

— ¡Wow! —Exclamó Tony divertido—. Cielo, coge aire y respira que te va a dar algo.

—Muy gracioso —le reproché arrugando la nariz.

—Cielo, mucha gente viaja largos períodos de tiempo por trabajo —me dijo tratando de animarme una vez más—. Como tu padre, por ejemplo. Eso no significa que no sea una buena persona o que no te desee.

—Entonces, ¿estoy haciendo bien esperándole?

—Dime una cosa, ¿qué es lo que más desearías en este momento?

Le miré sin comprender a qué venía la pregunta, pero le respondí de todas formas:

—Me encanta charlar contigo, pero preferiría que mi desconocido me estuviera empotrando contra una pared.

—Deseo concedido —dijo señalando hacia a la barra de bar.

Miré dónde señalaba su mano y me sorprendí al ver a mi desconocido caminando hacia donde nos encontrábamos.

—Si te pido un millón de euros, ¿podrías hacer lo mismo? —Le pregunté sin apartar la mirada de mi desconocido.

—Ya me gustaría a mí —se mofó Tony. Se puso en pie y, justo cuando mi desconocido llegó a nuestro lado, añadió—: Estaré en la barra con Álex, avísame si decides marcharte.

Asentí con un leve gesto de cabeza y Tony se marchó, dejándome a solas con mi desconocido, que se sentaba a mi lado en el sofá, donde un minuto antes había estado sentado Tony. Me sorprendí al ver su rostro tan cansado, con marcadas ojeras y barba de tres o cuatro días.

—Estás preciosa, nena —me saludó dándome un leve beso sobre la piel de mi hombro descubierto.

—Si hubiera sabido que enviándote una foto vendrías tan rápido, te la hubiera enviado mucho antes —le confesé excitada al sentir su mano tocar mi rodilla y ascender entre mis muslos por debajo de la falda de mi vestido—. ¿Estás impaciente por quitarme el vestido?

—Nena, estoy tan impaciente que soy capaz de follarte aquí mismo y sin quitarte el vestido.

Me besó en los labios para atrapar el gemido que escapó de mi garganta al escuchar sus palabras y sentir sus dedos esparciendo la humedad por todo mi sexo.

—Aquí no, vamos a otro lugar —logré balbucear.

Con las piernas temblorosas, conseguí ponerme en pie. Busqué a los chicos con la mirada y, cuando les encontré, les hice un gesto para hacerles saber que me marchaba. Ambos asintieron confirmando que me habían entendido y di media vuelta para marcharme de allí con mi desconocido.

Las reglas del juego 7.

Terminé de beber mi copa ensimismada en mis propios pensamientos, sin darme cuenta que mi desconocido me observaba tratando de adivinar en qué estaba pensando. No quería pensar en ello, pero mi mente era una traicionera y me recordaba constantemente las palabras de Tony y Álex. Era obvio que mi desconocido me gustaba y mucho, más de lo que otros hombres me habían gustado y atraído hasta ese mismo momento. Pero, ¿quién podía garantizarme que no acabaría enamorada de él y llorando por los rincones? No obstante, yo ya había tomado mi decisión y no iba a echarme atrás. Viviría aquella extraña y placentera relación hasta el final, fuese cual fuese.

— ¿Quieres contarme qué te mantiene tan preocupada? —Me preguntó interrumpiendo el hilo de mis pensamientos—. Si prefieres que nos sigamos viendo en este hotel o en cualquier otro, no hay problema, solo pensé que te sentirías más cómoda en el apartamento.

—La idea de seguir viéndonos en este hotel en particular no me hace ninguna gracia, no te voy a negar que la recepcionista me cae fatal y el sentimiento es mutuo. Además, vernos en el hotel no es muy discreto y menos cuando has dicho que somos un matrimonio celebrando su aniversario de boda.

—Pero vernos en mi apartamento de joven tampoco te agrada —concluyó.

—No nos hemos dicho nuestros nombres, pero estás dispuesto a ofrecerme tu apartamento para nuestros encuentros. ¿Eres consciente de que puedo averiguar muchas cosas sobre ti tan solo con saber la dirección de una de tus propiedades?

—No tengo ningún problema en decirte mi nombre, eras tú la que puso esa condición la primera noche —me recordó—. Ambos buscamos lo mismo y somos adultos para respetar las condiciones que hemos puesto, pero siempre puedes cambiarlas si no te gustan.

—Dejemos las cosas como están, ya veremos qué ocurre más adelante si todavía queremos seguir viéndonos.

—Entonces, ¿descartamos el apartamento?

—No, pero esta noche ya estamos aquí y no quiero seguir perdiendo el tiempo hablando —le respondí con un tono de voz más que sugerente.

—Nena, eres muy impaciente —apuntó con una sonrisa traviesa en los labios—. De hecho, me sorprende que todavía sigas vestida.

No hizo falta que dijera nada más, me levanté del sofá, me coloqué de pie frente a él y comencé a desnudarme lentamente. Deshice el lazo anudado al cuello que sostenía mi vestido y dejé que resbalara por mi piel hasta caer a mis pies, quedándome vestida tan solo con un diminuto tanga y con los zapatos de tacón de aguja. Mi desconocido me miró de arriba abajo y se removió en el sofá para acomodar la enorme erección que crecía bajo sus pantalones. Me acerqué y me senté a horcajadas sobre su regazo. Sus manos me agarraron por la cintura y me estrechó contra su cuerpo con fuerza, visiblemente excitado.

—Vas a volverme loco —me susurró antes de ponerse en pie cargando conmigo en sus brazos para llevarme hasta a la cama, pero se quedó a medio camino al fijarse en la mesa dónde habíamos cenado.

Le miré tratando de adivinar sus intenciones y supe lo que pretendía cuando dejó que mis pies tocaran el suelo justo al lado de la mesa y me ordenó:

—Colócate junto a la mesa e inclínate hacia a ella agarrándote a ambos lados.

Le obedecí sin rechistar, excitada por lo que fuera que tuviera pensado hacer conmigo. Sentí cómo se colocaba detrás de mí y comenzó a acariciar mi cuello para continuar descendiendo por mi espalda hasta llegar al fino hilo del tanga que llevaba puesto. Estiró de un lado de la cuerda del tanga con la intención de romperlo, pero se detuvo en el último momento y decidió quitármelo tirando de él hasta sacarlo por mis pies. Intenté quitarme los zapatos, pero me lo impidió colocando de nuevo mis manos a los lados de la mesa para que continuara sosteniéndome en la misma postura al mismo tiempo que me susurraba al oído con la voz ronca:

—Déjatelos puestos, te tengo a la altura perfecta.

Apretó su enorme erección contra mi trasero y pude comprobar que tenía razón: la altura con los zapatos era la idónea para penetrarme desde atrás.

Gemí al sentir sus manos acariciando mis pechos y arqueé la espalda para darle un mejor acceso a ellos. Cuando se cansó de jugar con ellos y tras asegurarse que los pezones se habían puesto duros, descendió suavemente con una de sus manos hasta que se perdió entre mis piernas buscando el centro de mi placer para estimularlo.

—Me encanta encontrarte siempre tan mojada, tan preparada para mí —me susurró excitándome todavía más.

Separó mis piernas y me penetró primero con un dedo, después con dos y finalmente con tres dedos, haciéndome gemir y llevándome al borde del orgasmo. Sacó sus dedos de mi interior y se apartó de mí para coger un cojín del sofá que colocó entre mi vientre y la mesa.

—Lo siento nena, pero voy a ser rápido —me advirtió mientras se colocaba el preservativo—. Estoy a punto de correrme y ni siquiera estoy dentro de ti.

Acto seguido, me penetró de una sola estocada. Entró y salió de mí con rápidas y salvajes embestidas al mismo tiempo que acariciaba mis pechos con una mano y estimulaba mi clítoris con la otra hasta que me hizo estallar en mil pedazos y después él se dejó ir.

Ni siquiera dejó que recobrara la respiración, me dio media vuelta y me sentó sobre la mesa, quedándonos frente a frente.

—Aún no he acabado contigo, nena.

—No esperaba menos —le provoqué con una sonrisa traviesa en los labios.

—Si no hubieras estando provocándome durante toda la cena, habría aguantado más —me reprochó con tono severo—. Pero tranquila, hasta ahora no se me ha dado mal dejarte satisfecha, pese a que una docena de orgasmos no sean suficientes para ti.

—Me gusta provocarte, me excita —le confesé y, mientras le desabrochaba los botones de la camisa, añadí—: Me encanta jugar contigo, sabes qué quiero y cómo dármelo sin que tenga que pedírtelo. Eres un amante generoso y me gustaría recompensarte por ello.

Un gruñido gutural salió de la garganta de mi desconocido y un segundo después estaba tumbada sobre la mesa con él sobre mí, besándome apasionadamente y haciéndome vibrar. Le oí abrir el envoltorio de un preservativo y, dos segundos después, me penetró. Un sonoro gemido brotó de mi garganta y él lo ahogó atrapándolo con su boca.

—Córrete nena, sé que estás a punto —me susurró con la voz ronca.

No me hice de rogar y me dejé llevar por los espasmos que recorrieron mi cuerpo. Entonces, él también se permitió alcanzar el orgasmo y se desplomó sobre mí. Ambos nos quedamos así durante unos minutos, tratando de recobrar la respiración. Él todavía seguía vestido, con los pantalones caídos y la camisa desabrochada, pero con la ropa puesta.

Se incorporó y me ayudó a hacer lo mismo para después llevarme al cuarto de baño. Le vi dudar entre la ducha y la bañera, pero finalmente optó por la ducha. Abrió el grifo, se desnudó y, tras comprobar que el agua salía caliente, me invitó a ducharme con él. Esperaba un nuevo asalto en la ducha, pero se limitó a enjabonarme con sensualidad, con una inocencia difícil de creer y supe que estaba jugando conmigo, se estaba vengando y había decidido hacerlo pagándome con la misma moneda. Sonreí para mis adentros ante la idea que se me ocurrió y, sacando a la descarada que tenía dentro, llevé una de mis manos a mi entrepierna y me comencé a masturbar.

—Ni se te ocurra —me ordenó deteniendo mi mano—, no pienso permitir que te masturbes.

Gemí a modo de protesta, pegando mi trasero a su erección para tentarle.

—Si quieres algo, solo tienes que pedírmelo, nena —me aseguró divertido.

—Ya sabes lo que quiero —balbuceó.

—Quiero oírtelo decir.

—Tócame —supliqué.

Una de sus manos se deslizó hacia mis pechos para jugar con mis pezones y la otra se perdió entre mis piernas, buscando y estimulando el centro de mi placer.

— ¿Es esto lo que quieres? —Quiso saber.

—También te quiero dentro —exigí.

—Nena, aunque nada me gustaría más, no tengo preservativos en la ducha —me recordó y añadió penetrándome con los dedos—: Tendrás que conformarte con esto ahora.

Me masturbó hasta que alcancé un nuevo orgasmo y después me besó despacio, casi con auténtica adoración. Me dejé besar y abrazar bajo la ducha de aquella suite de hotel por un desconocido, pero no hubiera deseado estar en ningún otro lugar.

Tras la ducha, me llevó directamente a la cama donde me tumbó y, tras colocarse un preservativo, se hundió en mí. No sé cuánto tiempo estuvimos disfrutando del sexo, pero casi había amanecido cuando caímos rendidos en los brazos de Morfeo. Un par de horas después me desperté al escuchar hablar por teléfono a mi desconocido. Supe en seguida que se trataba de algo importante por su rostro y lo confirmé cuando colgó y me dijo mientras se vestía:

—Tengo que irme, estaré fuera del país unos días y no tendré mucho tiempo disponible, pero llévate el teléfono móvil que he comprado, te llamaré cuando regrese —se acercó para darme un leve beso en los labios y añadió—: Dejaré la habitación pagada hasta mañana, así podrás descansar todo lo que quieras. Y pide que te suban el desayuno a la habitación cuando te levantes, necesitarás reponer energía. Por cierto, puedes masturbarte en mi ausencia pero, si vamos a seguir viéndonos, quiero exclusividad, no quiero compartirte con nadie.

—Ten en cuenta que las condiciones son las mismas para ambos —le recordé.

—Lo tengo muy presente y no es un problema para mí —me aseguró—. La próxima vez que nos veamos estaré dentro de ti sin látex de por medio, quiero sentir como te contraes cuando te corres mientras escucho como gimes dejándote llevar por el placer.

Un pequeño gemido escapó de mi garganta, sus palabras me habían excitado y él lo sabía, su sonrisa traviesa me lo confirmaba. Deslizó una de sus manos bajo la sábana y recorrió mi muslo lentamente hasta llegar al punto donde las piernas se unían. Gemí de nuevo y susurró:

—Eres tan irresistible, debería irme y aquí estoy, muriéndome de ganas de darte placer, de probar tu sabor, de oírte gemir mientras te corres entre mis brazos…

Se calló para oír mis gemidos al alcanzar el clímax y observar cómo mi cuerpo se convulsionaba y se tensaba con cada ola de placer que me sacudía.

—Cuando te masturbes, cierra los ojos e imagina que soy yo quien lo hace —me susurró al oído y, tras besarme de nuevo en los labios, añadió antes de marcharse—: Estaré deseando regresar para seguir complaciéndote, nena.

—Te estaré esperando —me oí decir.

Y sí, le esperaría.

Cita 116.

“Todos somos estrellas y merecemos brillar.”

Marilyn Monroe.