Archivo | abril 2018

Cita 120.

“Para toda clase de males hay dos remedios: el tiempo y el silencio.”

Alejandro Dumas. 

Las reglas del juego 14.

Habían pasado diez días desde nuestro último encuentro y no había vuelto a ver a mi desconocido, pero me llamaba por teléfono todas las noches. Aunque ninguno de los dos se había saltado las reglas del juego, nuestra relación había cambiado. La última vez que estuvimos juntos no practicamos sexo, hicimos el amor como nunca antes lo habíamos hecho. Me había abrazado con verdadera necesidad y me había propuesto pasar unos días juntos, lejos de la ciudad, algo que me había recordado en cada una de sus llamadas. No me había querido decir a dónde pretendía llevarme, pero me aseguró que no estaríamos a más de tres horas en coche de casa.

No tuve ningún problema en cogerme unos días libres en el trabajo, era lo bueno de ser una fotógrafa freelance. Adelanté algunos compromisos que tenía para esos días y, aunque tuve que trabajar más de doce horas diarias durante la semana anterior, razón por la que no había podido ver a mi desconocido.

A Tony y Álex no les sorprendió que me fuera con mi desconocido fuera de la ciudad durante cinco días, pero tampoco les entusiasmó la idea. Era evidente que cada día estaba más hechizada por él y ambos temían que aquella relación se terminara y yo acabara sufriendo. Sin embargo, apoyaron mi decisión como siempre hacían y me dijeron que me divirtiera.

Mi padre era arena de otro costal. Hacía mucho tiempo que había aprendido que a mi padre no se le podía mentir porque siempre acababa descubriéndolo todo, así que descarté la opción de decirle que me iba a hacer algún reportaje fuera de la ciudad. Tampoco podía decirle que me iba con Tony y Álex, ellos tenían un desfile y probablemente aparecerían en la televisión y los periódicos. Decirle que iba a ver a Brian hubiese sido una buena idea si Brian no fuera el hijo de su mejor amigo, con el que además trabajaba. Así que decidí decirle la verdad, o al menos parte de ella.

— ¿Es un viaje de negocios? —Fue lo primero que me preguntó cuándo le dije que me iba de la ciudad durante unos días.

Había ido a cenar a casa de mi padre la noche antes para decirle que me iba de viaje. De hecho, tenía la maleta en el coche y a mí desconocido esperándome en su apartamento.

—Solo quiero tomarme unos días de descanso, he estado trabajando mucho últimamente y necesito desconectar —respondí con una verdad a medias.

—Y, ¿vas sola o acompañada? —Preguntó alzando una de sus cejas, escrutándome con la mirada para adivinar si le decía la verdad o no.

—Voy acompañada.

—Por un hombre —dedujo visiblemente incómodo. Como a cualquier padre, prefería pensar que su niña seguía siendo su niña y no una mujer—. ¿Debo empezar a asimilar la figura de un yerno en mi vida?

—No temas, solo somos amigos, nos estamos conociendo.

—Bien, porque quiero ser abuelo pero no tengo ninguna prisa —concluyó mi padre—. En cuanto a tu amigo, ¿tiene nombre?

—Por supuesto que lo tiene papá, pero no es asunto tuyo —le recordé.

Al General Keller le hubiera gustado poder echarle un vistazo al expediente de mi desconocido, yo misma le hubiera echado un vistazo si supiese su nombre. Tenía cinco días por delante para descubrir algunas cosas sobre él, pero en ese momento debía centrarme en mi padre.

—Estaré bien, no tienes nada de qué preocuparte —le aseguré.

Mi padre tuvo que conformarse con eso, él también había aprendido que si me presionaba perdía mi confianza. Los días en los que yo era una jovencita rebelde habían quedado atrás, ya no me metía en líos y mi padre cumplió su promesa, dejó de controlarme y me dio la privacidad que necesitaba.

—Te llamaré cuando regrese a la ciudad, no te preocupes por mí y no trabajes demasiado —le dije cuando me despedía de él.

—Cuídate y llámame si te metes en algún lío —bromeó.

Tras darle un beso en la mejilla a modo de despedida, salí de la casa de mi padre y me monté en mi coche para dirigirme al apartamento de mi desconocido. Antes de arrancar el motor del coche, revisé el teléfono móvil y sonreí al comprobar que me había enviado un mensaje: “¿Dónde estás, nena? Te echo de menos, quiero tenerte desnuda entre mis brazos.” El mensaje no era muy largo, pero era claro y conciso. Le contesté al mensaje antes de emprender la marcha: “Estoy de camino, tardo diez minutos en llegar. ¿Me vas a esperar desnudo?”

Esperé ansiosa la llegada de su respuesta mientras conducía, pero no llegó. Entré en el parking del edificio y tuve que esforzar la vista para ver el coche de mi desconocido y aparcar justo a su lado. La luz que alumbraba el aparcamiento se había fundido y la planta entera estaba a oscuras, tan solo iluminada por los faros de mi coche. Estaba distraída guardando el teléfono móvil en el bolso cuando alguien golpeó suavemente la ventanilla del coche y di un respingo a causa de la sorpresa y el susto, que se me pasó en cuanto comprobé que se trataba de mi desconocido.

— ¿Es que quieres que me dé un infarto? —Le reproché sobresaltada mientras bajaba del coche.

—Siento haberte asustado, se ha fundido la luz del parking y he bajado a esperarte —se disculpó tratando de contener la risa.

— ¿Te divierte asustarme? —Le repliqué molesta.

—Nena, a mí me divierte darte placer y complacerte —me susurró al oído con la voz ronca. Me besó en los labios y añadió—: ¿Has traído la maleta?

—Sí, está en el maletero de mi coche.

Abrió el maletero del coche, sacó mi maleta y la guardó en su coche. Le miré sin entender qué estaba haciendo y, al ver la confusión en mi rostro, me aclaró:

—Saldremos mañana al amanecer, lo estoy dejando todo preparado para no perder tiempo por la mañana, así podremos dormir un poco más.

¿Cómo no iba a caer bajo su hechizo? Era el hombre perfecto, lo tenía delante de mí y me iba a regalar cinco días de placer perdidos en algún lugar que no había querido decirme. Era ridículo negar que me estaba enamorando de él.

—Nena, ¿estás bien? —Me preguntó sacándome de mis pensamientos.

—Estaré mejor cuando esté desnuda entre tus brazos —le susurré con mi tono de voz más seductor.

Me agarró del trasero, me estrechó contra su cuerpo y me besó con urgencia, era su forma de decirme que él también lo deseaba. La rebelde contenida que llevaba dentro resurgía de sus cenizas cuando estaba con él y aquella vez no iba a ser una excepción. Con fingida inocencia, entré en el ascensor y esperé a que comenzara a subir para pulsar el botón y detenerlo entre dos pisos. Mi desconocido me miró con deseo, adivinando mis intenciones, y se abalanzó sobre mí. Me levantó la falda del vestido hasta la cintura y, de un brusco tirón, me arrancó el tanga.

—Lo siento nena, han sido diez días muy duros y ya no puedo aguantar más sin estar dentro de ti —me confesó—. Te necesito ya.

—Házmelo rápido y salvaje —ronroneé excitada.

Él no me hizo esperar, me alzó entre sus brazos haciendo que rodeara su cintura con mis piernas y me empotró contra una de las paredes de espejo del ascensor. Oí cómo se desabrochaba el pantalón antes de sentir su miembro abriéndose paso dentro de mí de una sola estocada. La rudeza con la que me embestía me hacía desfallecer de placer y tuvo que ahogar mis gemidos besándome.

—Nena, córrete —me ordenó al borde del orgasmo.

Hundió una de sus manos en el punto donde nuestros cuerpos se unían, encontró mi hinchado y excitado clítoris y lo acarició hasta hacerme estallar en mil pedazos. Dos embestidas después, mi desconocido se derramaba dentro de mí. Bajé mis piernas al suelo para que no tuviera que seguir sosteniendo mi cuerpo, pero me mantuvo pegada a él, abrazándome como si necesitara el contacto de mi piel para respirar.

—Será mejor que sigamos con esto en el apartamento, a menos que quieras que los vecinos nos descubran —le susurré haciéndole volver en sí.

Me besó en la frente, adecentó nuestras ropas y pulsó el botón para reanudar la marcha del ascensor. Entramos en el apartamento y, en cuanto cerró la puerta, se apresuró en desnudarse y acto seguido me desnudó a mí. Sin necesidad de decir nada, me agarró de la mano y me llevó hasta a la cama, donde hizo que me tumbara y él se tumbó sobre mí, cubriendo mi cuerpo con el suyo. Sostuvo mis manos por encima de la cabeza como si fuera su presa y comenzó a jugar con mis pezones atrapándolos con sus dientes, besándolos y acariciándolos con su lengua. Alcé las caderas para que le prestara atención a mi clítoris, pero él tenía otros planes y me ignoró con una sonrisa traviesa en los labios.

—No seas impaciente, caprichosa —me reprendió tratando sin éxito de ocultar su risa.

Estaba al borde del abismo, me excitaba lo suficiente para que rozara el orgasmo sin llegar a provocarlo y me estaba volviendo loca. Tan solo necesitaba un leve roce en el centro de mi placer para correrme y él no estaba dispuesto a dármelo. Deslicé una de mis manos hacían mi entrepierna y, cuando estaba a punto de alcanzar mi objetivo, me agarró la mano y la volvió a sujetar sobre mi cabeza.

— ¿Quieres correrte, nena?

— ¿A ti qué te parece? —Bufé frustrada.

—Dime tu nombre y dejaré que te corras.

Necesite unos segundos para asimilar su petición. ¿Quería saber mi nombre? Si se lo decía, estaría rompiendo una de las principales reglas de nuestro juego. Quería hacerlo, me moría de ganas por escuchar mi nombre en sus labios, pero no estaba dispuesta a hacerlo a cambio de sexo, yo también quería saber más de él.

—Dime cuántos años tienes y te diré mi nombre —le respondí sabiendo que aquella pregunta no le iba a gustar.

—Dime tu nombre, te diré el mío y estallarás en mil pedazos —insistió.

—Solo es un número, si me lo dices obtendrás lo que quieres —le recordé sin dar mi brazo a torcer.

Mi desconocido gruñó con frustración y, olvidándose por el momento de las preguntas y las respuestas, se hundió en mí y ambos estallamos al alcanzar el orgasmo.

—No voy a rendirme —me advirtió invirtiendo nuestras posiciones para colocarme encima de él y envolverme con sus brazos—. Duérmete nena, mañana nos levantaremos al amanecer.

Me quedé dormida en apenas unos minutos, sus brazos tenían un efecto relajante sobre mi cuerpo y caí rendida en seguida.

Aquella noche soñé que mi desconocido y yo formábamos una familia, vivíamos en una gran casa y teníamos tres hijos. En cualquier otro momento de mi vida, aquel sueño me hubiera parecido una auténtica pesadilla, pero esa noche me pareció el mejor sueño que jamás había tenido y el único motivo era que mi desconocido formaba parte de ese sueño.

Las reglas del juego 13.

Durante los siguientes tres meses, continuamos viéndonos con bastante regularidad, un par de noches a la semana como mínimo. Nuestro trato no había cambiado, seguíamos sin saber el nombre del otro y continuábamos viéndonos en la intimidad de su apartamento. Sin embargo, nuestra relación sí había cambiado. Desde el primer momento tuvimos una gran complicidad en la cama, pero esa complicidad también se había trasladado a nuestra convivencia. Si bien no vivíamos juntos, sí que compartíamos un espacio pequeño en el que dormíamos, comíamos, nos aseábamos y también donde jugábamos hasta caer rendidos de agotamiento. Resultaba de lo más fácil y cómodo compartir ese espacio con él y no pude evitar imaginarnos viviendo juntos como una pareja de verdad.

Mi desconocido viajaba mucho por motivos de trabajo, un trabajo que nunca mencionó y del que yo tampoco quise preguntar, y cuando regresaba lo hacía agotado. Aquellos encuentros tras varios días sin vernos cuando él regresaba de viaje se volvían de lo más salvajes y apasionados. Me hacía sentir deseada, me estrechaba contra su cuerpo con verdadera necesidad de contacto y se pasaba la noche pegado a mí, observándome mientras dormía entre sus brazos.

Y aquella noche, era una de esas noches. Mi desconocido me había llamado para decirme que regresaba a casa de madrugada y, cuando me pidió que me quedase a dormir en su apartamento, no pude ni quise decirle que no. No sabía la hora exacta en la que llegaría, pero me dijo que sería tarde y que no le esperase despierta.

—Despiértame cuando llegues —le dije antes de colgar.

Y allí estaba, completamente desnuda bajo las sábanas de la cama de aquel apartamento, mirando el reloj y deseando que las horas pasaran más rápido para estar de nuevo con mi desconocido.

Cuando me desperté, estaba amaneciendo y los débiles rayos de sol que atravesaban la ventana me deslumbraron haciendo que cerrara los ojos de nuevo. Deslicé una de mis manos al otro lado de la cama en busca de mi desconocido, pero no había nadie más en la cama. Suspiré con resignación, todavía no había llegado. Pero entonces, escuché su voz:

—Buenos días, nena.

— ¿Estás aquí?

—Estoy aquí —me respondió acercándose y sentándose a un lado de la cama. Me besó en los labios y añadió en un susurro—: Estás preciosa mientras duermes.

— ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—Llegué hace una hora, más o menos —me confesó—. Dormías tan plácidamente que no he querido despertarte.

Abrí los ojos para mirarle y le vi sonreír. Como siempre que regresaba de uno de sus viajes, su rostro denotaba el cansancio, pero su ceño fruncido me hizo sospechar que algo no iba bien. Sus ojos brillantes albergaban una mezcla de alivio y tristeza que no fui capaz de adivinar qué le ocurría y tampoco me atreví a preguntar. Cada vez me resultaba más difícil no hacer preguntas porque cada día quería saber más de él.

—Ven aquí, nene —le invité a meterse conmigo en la cama—. Necesitas descansar y yo necesito sentirte cerca.

—Mm… Tan caprichosa como siempre —murmuró sonriendo divertido.

Se desnudó rápidamente y se metió conmigo en la cama en menos de un minuto. Me envolvió con sus brazos, me estrechó contra su cuerpo y suspiró profundamente. Ninguno de los dos dijo nada, pero aquel gesto era más que suficiente para saber que ambos nos habíamos echado de menos.

Y, abrazos el uno al otro, nos quedamos dormidos. El sexo ya no era la prioridad, ya no era lo único que nos unía. La necesidad de mantener nuestros cuerpos en constante contacto, los besos, los abrazos, las caricias,… Todo se había complicado y los dos seguíamos actuando como si nada hubiera cambiado, como si todo siguiese igual. En mi caso, porque no quería arriesgarme a perder lo que tenía y pretendía alargarlo todo lo posible. Ya era demasiado tarde para no sufrir si le perdía, ahora solo podía agarrarme a lo que tenía.

Me desperté un par de horas más tarde y me encontré con su amplia y perfecta sonrisa. Por sus ojeras deduje que no había dormido nada, pero se le notaba más relajado.

—No has dormido nada —le regañé con dulzura, pegando mi cuerpo al suyo—. Creo que un poco de sexo soñoliento te ayudará a dormir.

— ¿Sexo soñoliento? —Preguntó con curiosidad.

—Ajá —le confirmé al mismo tiempo que me tumba sobre él.

No tuve que decir nada más, me comprendió en seguida. Colocó su erecto pene en la entrada de mi vagina y me penetró lentamente al mismo tiempo que me abrazaba con fuerza.

—Te he echado de menos, nena —me susurró al oído.

Entró y salió de mi interior con un suave y rítmico vaivén que me colmaba de placer y alargaba al máximo el orgasmo. Me besó con dulzura y acarició mi piel con adoración hasta que ambos alcanzamos el clímax al mismo tiempo. Juntos habíamos practicado sexo infinidad de veces, pero esa fue la primera vez que hicimos el amor.

Me quedé tumbada sobre él hasta que recobré la respiración pero, cuando traté de moverme para no aplastarle, él me detuvo y me pidió casi en una súplica:

—Por favor, quédate así.

—Estoy literalmente encima de ti, no creo que así estés muy cómodo para poder descansar lo suficiente —opiné divertida.

—No podría estar más cómodo que contigo literalmente encima de mí —me replicó con tono juguetón—. Solo deseo quedarme en la cama contigo el resto del día.

—Eres fácil de complacer.

— ¿Eso significa que vas a quedarte el resto del día? —Me preguntó incorporándonos en la cama para poder mirarme a los ojos y estudiar mi rostro—. ¿Lo has dicho en serio?

—Suena muy tentador, no podría negarme —bromeé.

—Me alegra oír eso porque quiero proponerte algo.

—Eso ha sonado demasiado serio para bromear, ¿qué ocurre?

—Es posible que pueda conseguir unos días libres en el trabajo en un par de semanas y había pensado que podríamos pasar unos días solos tú y yo.

Aquella propuesta me sorprendió. Desde luego, que me propusiera que pasáramos unos días juntos no era lo que me esperaba. Por supuesto, aquello no formaba parte de nuestro trato. Sin embargo, seguía sin saber su nombre, ni su edad, no sabía nada de él.

— ¿No vas a decir nada? —Me preguntó impaciente.

—No sé qué decir —le confesé.

—Di que sí, nena.

— ¿De cuántos días estaríamos hablando?

—Cuatro o cinco días.

La idea de pasar cuatro o cinco días completos con mi desconocido me resultaba de lo más tentadora, pero seguía sin comprender aquel repentino cambio en él. Las preguntas se amontonaban y no obtener respuestas me estaba matando, necesitaba saber más.

—No tienes que decidirlo ahora, piénsalo unos días y me dices algo —atinó a ante mi indecisión—. Será como siempre, pero sin tener que estar pendientes del reloj.

—Supongo que puedo quedarme unos días, al fin y al cabo, aquí tengo todo lo que pueda necesitar.

—Nena, no nos quedaremos aquí —me aclaró—. Quiero que nos vayamos lejos de la civilización, solos tú y yo.

— ¿Cómo de lejos?

—A dónde tú quieras, nena.

—Entonces, mejor buscamos un sitio apartado de la civilización pero que esté cerca.

— ¿No te fías de mí? —Me preguntó visiblemente dolido.

—Estoy completamente desnuda entre tus brazos, ¿responde eso a tu pregunta?

—Pues deja que yo me encargue de todo —sentenció.

—De acuerdo, cómo quieras —me resigné.

Mi desconocido sonrió satisfecho, me estrechó entre sus brazos y me besó en los labios. El brillo de sus ojos y su mirada traviesa me hizo sonreír, me contagió su buen humor. No sé cuánto tiempo estuvimos abrazados en aquella cama, pero jamás me había sentido así de serena, segura y feliz en toda mi vida.

—Nene, quiero un poco de ese sexo soñoliento —ronroneé.

—Mm… Siempre tan caprichosa —me susurró al oído con la voz ronca.

Se introdujo en mí lentamente mientras acariciaba la piel desnuda de mi espalda y besaba mis labios. Nos fundimos en un suave vaivén y, de nuevo, hicimos el amor.

—Empiezo a hacerme mayor —suspiró tras recobrar la respiración.

— ¿Cuántos años tienes?

— ¿Te supone un problema la diferencia de edad?

—Ambos somos adultos —le recordé.

— ¿Tan importante es para ti saber mi edad?

—Me da igual la edad que tengas, eso no cambia nada.

Y era verdad, su edad no cambiaría lo que sentía por él. Adiviné que debía tener unos treinta y dos años aproximadamente, puede que fuese unos siete años mayor que yo.

No volvimos a hablar de la edad, era evidente que él no quería hablar del tema y lo cierto es que a mí no me importaba, al menos hasta ese momento. La curiosidad comenzó a apoderarse de mí y las preguntas se amontonaban en mi mente. ¿Por qué no quería decirme su edad? ¿Era mayor de lo que aparentaba? ¿Temía que yo diera el trato por terminado si me decía su edad? Le observé con disimulo tratando de adivinar cuántos años tenía. No era un joven de veinte años, su cuerpo estaba formado y muy bien, sus músculos eran fuertes y definidos y se podían ver algunas canas que brillaban entre el corto pelo de su cabeza. Era imposible que tuviera más de treinta y cinco años, en cuyo caso sería diez años mayor que yo. No era una diferencia de edad tan grande para que reaccionara así.

Cita 119.

“El amor es una de las respuestas que el hombre ha inventado para mirar de frente a la muerte.”

Octavio Paz.

Las reglas del juego 12.

Entramos en el apartamento y, tras asearnos rápidamente en el cuarto de baño, preparamos la mesa y servimos la comida que mi desconocido había tenido el detalle de traer. Pese a que la cena había sido comprada en uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad, él no lo mencionó y yo no quise darle importancia, no quería que creyese que era una snob.

Casi no hablamos durante la cena, él parecía estar cansado y desganado, no había probado bocado y se dedicaba a darle vueltas con el tenedor a la comida de su plato. Deduje que no había aprovechado el día para descansar, me pregunté qué habría estado haciendo y me reprendí mentalmente por ello. Sacudí la cabeza para deshacerme de la curiosidad que sentía por él. Me levanté de la silla y recogí la mesa mientras él me escrutaba con la mirada entre sorprendido y curioso.

— ¿Es que nunca has visto a una chica recoger la mesa? —Bromeé.

—Nunca he visto a una chica tan sexy recoger la mesa —me corrigió con una sonrisa maliciosa en los labios—. Ven aquí, nena.

Alargó su mano para que la agarrase y cuando lo hice tiró de mí hasta dejarme sentada sobre su regazo. Ni siquiera me dio tiempo a abrir la boca para protestar, él tenía prisa por devorarme y comenzó por mi boca.

—Se me ha ocurrido una idea para agradecerte lo bien que se te da complacer a una caprichosa como yo —le susurré con tono sugerente. Él me miró esperando saber más y yo no me hice de rogar—: Aunque no lo admitas, sé que estás cansado y que apenas has dormido en los últimos días.

—Espero que tu idea no consista en dejarme dormir toda la noche —masculló entre dientes.

—Soy demasiado egoísta para eso, pero creo que mi idea te gustará —le aseguré—. De momento, te voy a desnudar.

—Me gusta cómo empieza esto.

Le llevé al dormitorio y comencé a desabrochar los botones de su camisa despacio para después quitársela y dejarla caer al suelo. Acaricié cada músculo de su torso desnudo y él me estrechó con fuerza por la cintura y besó con urgencia.

—Nena, ¿pretendes volverme loco?

—No seas impaciente, tendrás todo lo que deseas.

Me deshice de sus pantalones y de su ropa interior al mismo tiempo y le ordené que se tumbara en la cama boca abajo.

— ¿Qué vas a hacer?

Un ligero tono de desconfianza en su voz me hizo fruncir el ceño, ¿acaso no confiaba en mí? Yo me había prestado a todos y cada uno de sus juegos sin hacer preguntas y sin dudar lo más mínimo pese a que era un completo desconocido.

— ¿Confías en mí?

—Sí confío en ti, pero me sentiría más cómodo si me dijeras qué pretendes hacer conmigo.

—No tienes nada qué temer —le aseguré—. Estás cansado y tan solo pretendo darte un masaje para que te relajes.

— ¿Un masaje? ¿Quieres que me duerma? —Me preguntó haciéndose el ofendido.

—No te vas a dormir, créeme.

A regañadientes, conseguí que se tumbara boca abajo en la cama. Cogí mi neceser y saqué el bote de aceite de coco que utilizaba para hidratar mi piel, eso me serviría para mi propósito. Cogí un par de toallas del cuarto de baño, encendí un par de velas aromáticas y apagué las luces, dejando la habitación tenuemente iluminada.

—Nena, tardas demasiado y sigues vestida —protestó tumbándose boca arriba para averiguar qué estaba haciendo.

—Eso lo solucionamos ahora mismo —respondí comenzando a desnudarme frente a él, dejando a un lado el pudor y la vergüenza.

Me desnudé completamente bajo su atenta mirada de deseo y me excité observándole, tan pendiente de mí y tan erecto sin siquiera habernos tocado. Me hubiera abalanzado sobre él y le hubiera cabalgado hasta desfallecer por agotamiento, pero esta vez quería ser yo la que le diera placer a él. Era un hombre generoso en el sexo, se preocupaba por dejarme satisfecha más que de su propia satisfacción y quería recompensarle.

—Eres preciosa, nena.

—No te vas a salir con la tuya, date la vuelta —le regañé poniendo mis brazos en jarras.

Mi desconocido sonrió divertido, pero finalmente me obedeció y volvió a tumbarse boca abajo. Me subí a horcajadas sobre su trasero y acomodé mis nalgas sobre las suyas, arrancándole un gruñido que ahogó con la almohada. Me eché un poco de aceite de coco en las manos y me las froté para calentarlas antes de comenzar a masajear sus hombros y su cuello. Empecé con un masaje inocente, mis manos masajeaban profesionalmente su espalda, sus hombros y sus brazos con el único fin de relajar sus músculos. Él no protestó, disfrutó del masaje sin impacientarse, sin reclamar el sexo que tanto deseaba.

Coloqué mis rodillas a cada lado de sus caderas y, al mismo tiempo que me alzaba lo suficiente para que pudiera darse la vuelta y ponerse boca arriba, le ordené:

—Nene, date la vuelta.

Antes de que pudiera terminar la frase, él ya se había dado la vuelta e intentaba penetrarme con verdadera urgencia.

—Todavía no he acabado —le regañé impidiendo su intento. Él hizo un mohín y casi logró ablandarme, pero conseguí ignorarlo y añadí—: Deja que termine y disfruta del masaje, te prometo que no te arrepentirás.

No le quedó más remedio que resignarse, pero me apresuré a continuar con mi tarea antes de que cambiara de opinión. Me entretuve masajeando su pecho, jugué con sus pezones e incluso me atreví a lamerlos al mismo tiempo que restregaba mi sexo contra el suyo solo para provocarlo y ver su reacción.

—Nena, me vas a matar.

Su tono, lejos de ser una súplica, fue una advertencia. Si seguía con aquel juego del masaje acabaría con su paciencia y entre su cuerpo y el colchón. No es que no me atrajera aquella visión, pero por una vez quería ser yo quien dominara la situación, quien le colmara de placer y le hiciera gritar y gemir como un loco.

Me incliné hacia adelante para tumbarme sobre él y le besé en los labios. Inmediatamente, sus manos abarcaron mi trasero y lo apretó con fuerza para pegar nuestros genitales, haciéndome sentir la grandeza de su erección.

— ¿Has terminado de jugar?

—Todavía no —respondí con una sonrisa traviesa.

Le besé en la boca y descendí con mis labios por su cuello, su clavícula y su pecho, dejando un reguero de besos y caricias por dónde pasaba. Lamí, mordisqueé y besé sus pezones hasta ponerlos duros antes de continuar con mi recorrido descendente. Hice una pequeña pausa al llegar a su ombligo para besarlo y acto seguido fui directa hacia a su erecto pene. No me lo metí en la boca como cabía esperar, decidí torturarle un poco más y fui dándole leves besos desde la basa hasta el glande mientras acariciaba sus testículos. Una gota de semen brillaba en la punta de su glande y, sin poder contenerme, la limpié de un lametón, haciéndole gruñir.

—Nena, quiero follarte —me dijo con su voz de ordeno y mando.

—Todavía no —le dije empujándole para que volviese a tumbarse.

—Esto es una tortura —protestó agarrándose la cabeza como si tratara de evitar volverse loco.

En lugar de contestarle, decidí seguir con mi propósito e introduje la grandeza de su pene en mi boca. Lamí, chupé, absorbí y acaricié su pene mientras entraba y salía de mi boca. Lo sentí contraerse y tensarse con los primeros espasmos que alertaban de la inminente llegada de un orgasmo.

—Nena apártate, me voy a correr.

Pero no le hice caso y seguí dándole placer con mi boca hasta que se derramó dentro de mí. Me tragué el fruto de su placer y continué chupando su pene hasta dejarlo limpio mientras él recobraba la respiración.

—Ven aquí, nena —susurró agarrándome por los hombros para arrastrarme por su cuerpo y colocarme a su altura.

Me besó en los labios lentamente, con la pasión y la delicadeza justa para que fuese un beso perfecto. Tumbada sobre él, alcancé su pene con la mano y me empalé en aquella postura. Se hundió en mí despacio, arrancándome varios gemidos de placer que amortiguó atrapando mis labios con los suyos. Entró y salió de mí lentamente, acunándome y estrechándome entre sus brazos con fuerza. Mantuvo un ritmo tranquilo, pero la postura era idónea para estimular mi ya hinchado y excitado clítoris y el suave vaivén de nuestros cuerpos me hicieron alcanzar el clímax antes de lo que esperaba. Él me abrazó con fuerza y se movió estratégicamente para aumentar mi placer al mismo tiempo que estallaba conmigo en mil pedazos.

Me quedé completamente flácida sobre él, sin fuerza para poder moverme, pero a él no pareció importarle. Con su pene erecto todavía dentro de mí, nos arropó con la sábana y, tras darme un último beso en los labios, me susurró al oído:

—Duérmete preciosa, seguiremos cuando hayamos descansado.

Lo siguiente que recuerdo es despertar en la misma postura, pero con los rayos de sol iluminando la habitación en lugar de las velas.

—Buenos días nena, ¿has dormido bien?

—Mm… He dormido muy bien y he descansado mucho —le susurré con descaro.

Sentí un respingo en mi vagina y no me costó demasiado adivinar que todavía seguía dentro de mí y estaba erecto.

—Mm… Parece que alguien se ha despertado juguetón —gemí excitada.

—Contigo es imposible que no me despierte juguetón —me replicó intercambiando nuestras posturas.

Una vez más, perdí la cuenta de las veces que me llevó al límite y me hizo estallar en mil pedazos. Tras la sesión de sexo mañanero en la cama, le siguió otra sesión en la ducha, en la cocina, sobre la mesa del comedor, en el sofá y, cómo no, también en la enorme bañera. Con él la pasión estallaba a cualquier hora y en cualquier lugar.