Archivo | marzo 2018

Las reglas del juego 6.

Con una copa de vino en la mano y sentada a la mesa frente a mi desconocido, me sentí más cómoda que nunca. Pese a ser dos extraños, podía disfrutar con él de una intimidad que jamás había experimentado antes. La atracción sexual que existía entre nosotros era evidente, incluso se podía palpar en el ambiente, pero el sexo no era lo único que me atraía de él. Sí, se suponía que aquello era un juego y que no duraría eternamente, solo hasta que alguno de los dos se cansara de jugar, pero es inevitable sentir lo que se siente. Como decía mi abuela, el corazón nunca obedece a la razón.

Dejé mis pensamientos a un lado y me centré en mi desconocido. Estaba guapísimo vestido con una camiseta blanca y unos vaqueros desgastados, se había puesto cómodo y no parecía el mismo que vestía caros trajes hechos a medida, pero estaba igual de irresistible.

—Si no dejas de mirarme así, acabarás convirtiéndote en mi comida, nena —me advirtió divertido.

Me ruboricé al imaginar que había adivinado mis pensamientos, ¿tanto se me notaba? Él sonrió igual que lo haría un niño travieso y aquella sonrisa me excitó. En ese mismo momento deduje qué era lo que pretendía: provocarme hasta excitarme de tal manera que le rogara que pasáramos al postre y nos saltásemos la cena, pero no estaba dispuesta a ceder, aunque solo fuera por orgullo. A ese juego también podía jugar yo y él tendría todas las de perder.

Con fingida inocencia, bebí un sorbo de mi copa de vino y me humedecí los labios con toda la sensualidad de la que fui capaz. Aquel simple gesto, hizo que mi desconocido fijara su mirada en mis labios y se removiera en su silla. Desvió su atención de mí para centrarse en la cena, ya preparada en la mesa para dos comensales. Le imité y comencé a comer, llevándome el tenedor a la boca con sensualidad.

—Mm… Esto está delicioso —comenté relamiéndome los labios.

—Es solomillo de ternera con salsa de trufas —me dijo con la voz ronca, clavando sus ojos en mi boca—. Si te gusta, come y deja de provocarme, te estás jugando quedarte sin cena.

Sonreí. Pese a sus palabras de amenaza, su tono era de diversión y excitación, le gustaba que le provocara. No obstante, decidí obedecerle y disfrutar de la cena en su compañía. Quería saber más de él, ese misterio que le envolvía me atraía tanto que le hubiera hecho mil preguntas, pero las preguntas no estaban permitidas.

— ¿Te has quedado con hambre? —Me preguntó divertido mirando mi plato vacío.

—He comido demasiado, pero es que estaba buenísimo —le dije con sinceridad y, provocándole de nuevo, añadí con tono sugerente—: Espero que me hagas quemar todas las calorías que me has hecho comer.

—Nena, no te voy a dejar dormir en toda la noche, te aseguro que quemaremos todo lo que hemos comido y mucho más.

Me dedicó una sonrisa traviesa y se puso en pie. Me tendió la mano para ayudarme a levantarme y me llevó al salón de la suite. Me indicó que me sentara en el amplio y cómodo sofá mientras él llamaba al servicio de habitaciones para que recogiesen los restos de la cena y nos sirvieran un par de copas. Le observé hablar por teléfono y no me sorprendí al escuchar el tono de voz frío y sombrío que utilizó. Me atraía que fuese tan serio y seguro de sí mismo, me atraía el misterio que le envolvía, su forma de mirarme y cómo me hacía explotar de placer. El sexo con él había alcanzado otras dimensiones, no tenía nada qué ver con lo que había sentido en otras ocasiones. Ya no podría conformarme con el sexo que había conocido, no podría conformarme con otra cosa que no fuera lo que él me daba.

—Me encantaría saber qué estás pensando —me susurró al oído, rompiendo el hilo de mis divagaciones mentales.

—Pensaba en el postre, pero supongo que puedo hacer un esfuerzo y esperar hasta después del brindis. Seré una niña buena —bromeé.

— ¿Alguna vez has sido buena? —Me preguntó con sorna.

—Yo siempre soy buena —respondí con voz seductora.

Llamaron a la puerta de la suite y mi desconocido me dijo:

—Déjame que dude de eso —miró hacia a la puerta y añadió alzando la voz—: Adelante.

Un par de camareros del hotel entraron en la habitación y, tras saludar escueta pero educadamente, recogieron los restos de la cena y nos sirvieron un par de copas. Mi desconocido se levantó del sofá y les dio una generosa propina que sacó de su cartera. Un par de minutos más tarde, se sentó de nuevo a mi lado y, entrechocando su copa con la mía, brindó:

—Por una magnífica noche y por nosotros.

Le dediqué una tímida sonrisa antes de beber un sorbo de mi copa. Ese hombre me desconcertaba, a veces tan frío y distante y otras tan detallista, caballero y apasionado. No podía negarlo, me gustaba todo de él.

—Quiero darte algo —anunció escrutándome con la mirada mientras sacaba un par de paquetes envueltos con papel de regalo.

Aquello me molestó. Teníamos un trato con algunas condiciones y ni el dinero ni los regalos formaban parte de ese trato. Yo estaba allí porque quería disfrutar de una noche de sexo con él y no necesitaba que me regalara nada como si fuera una cualquiera. Tenía mi orgullo y mi dignidad, para dejarlo pasar:

—No necesito ni quiero nada, no soy ninguna p…

—Relájate, no intento comprarte, si es eso lo que estás imaginando —me interrumpió antes de que terminara la frase, tratando de calmarme. Cogió uno de los regalos y añadió—: En realidad, es un regalo para los dos. He pensado que, si ambos queremos seguir viéndonos, necesitamos poder comunicarnos y me niego a hacerlo a través de una recepcionista de hotel, prefiero hacerlo personalmente.

—Un par de teléfonos móviles —adiviné.

—Son dos teléfonos móviles, pero solo se pueden llamar y enviar mensajes entre sí. Podremos ponernos en contacto para quedar o para avisar si nos surge algún imprevisto y no podemos presentarnos a la cita acordada.

—Una línea directa para encuentros tórridos —me mofé—. ¿Cuántos teléfonos de éstos tienes?

—Es el primero que utilizo —dijo con indiferencia—. Es lo más adecuado a nuestro trato que he encontrado para mantenernos en contacto pero, si tienes una idea mejor, te escucho.

—No tengo una idea mejor, pero no pienses que voy a estar a tu disposición siempre que quieras, tengo una vida —le advertí.

—Yo también tengo una vida y un trabajo que me obliga a ausentarme a menudo por tiempo indeterminado.

— ¿De cuánto tiempo estamos hablando?

—No más de tres o cuatro semanas, pero te avisaré antes de marcharme, nuestro trato no nos permite desaparecer sin decir nada —me recordó a modo de advertencia.

—A veces siento que me tratas como si fuera una niña pequeña —protesté.

—A veces siento que te comportas como una adolescente rebelde —replicó.

Touchée. Había dado en el clavo. Ese era mi rol eterno, el de una adolescente rebelde. Me sentí decepcionada conmigo misma, jamás podría quitarme esa etiqueta.

—Nena, deja de morderte el labio, me estás excitando y me gustaría mantener contigo esta conversación siendo capaz de pensar con claridad.

— ¿Quieres poner más condiciones?

—Más o menos —me respondió con una sonrisa traviesa en los labios—. Quiero concretar los lugares de nuestros encuentros. Me gustaría que nos viésemos en un lugar donde ambos nos sintiéramos cómodos.

— ¿Qué tienes pensado exactamente? —Era obvio que ya había pensado en ello y que incluso había tomado una decisión, pese a que todavía no conocía mi opinión sobre el asunto.

—Conservo un pequeño apartamento en el centro de cuando era joven, no es gran cosa, pero tendremos más intimidad allí que en cualquier hotel. Te daré una copia de la llave, podrás entrar y salir de allí cuando quieras.

— ¿Cuántos años tienes? Quizá deba preocuparme que tengas un piso de picadero. Además, no me gustaría encontrarme con otra de tus amantes.

—Hace años que no voy a ese apartamento y jamás lo he utilizado de picadero. Tenía intención de alquilarlo pero no me hace falta el dinero y no me gustaba la idea de que unos desconocidos vivieran en la que había sido mi casa.

—Supongo que puedo darte el beneficio de la duda y tomar una decisión después de haber visto el apartamento.

Mi desconocido sonrió satisfecho, había conseguido lo que quería. Sin embargo, yo estaba bastante inquieta. ¿Hasta qué punto resultaba coherente nuestro trato? Habíamos acordado no dar nombres ni hacer preguntas y, sin embargo, él me estaba ofreciendo las llaves de su apartamento para encontrarnos allí. Tenía mucho en lo que pensar, pero no sería esa noche.

Las reglas del juego 5.

Me despertó el incesante sonido del timbre de la puerta seguido por el sonido de mi teléfono móvil. Suspiré con resignación, solo podía tratarse de una persona: mi padre. Adoraba a mi padre, mi madre murió al darme a luz y él se había ocupado de criarme. Nuestra relación era muy buena, pero era inevitable que de vez en cuando discutiéramos, lo normal siendo él un general del ejército y yo una adolescente rebelde. Pero los años habían pasado y yo ya no era la misma, pese a que de vez en cuando seguía discutiendo con mi padre.

Álex y Tony siempre habían opinado que mi rebeldía se debía a lo estricto que era mi padre y el ambiente en el que me había criado. Supongo que crecer en una base militar con estrictas normas y horarios no era lo mejor para una niña con ansias de libertad y de espíritu artístico.

Me desperecé y me levanté de la cama para abrir la puerta. Allí me encontré a mi padre vestido con su uniforme de General del Ejército y mirándome de arriba abajo. Suspiró con resignación, ya me daba por un caso perdido, y me saludó a su manera:

— ¿Puedo pasar o estás demasiado ocupada durmiendo pasado el mediodía?

—Anoche salí a tomar unas copas y me acosté tarde —le dije encogiéndome de hombros. Le di un beso en la mejilla que él aceptó con una sonrisa y le pregunté—: ¿Te apetece un café o prefieres una cerveza?

—No gracias, solo he pasado un momento para verte. Estaré fuera del país unos días y quería que los supieses —me informó frunciendo el ceño.

— ¿Va todo bien?

Conocía demasiado a mi padre para saber que algo iba mal y él me conocía lo suficiente para saber que no podría mentirme.

—Un pequeño contratiempo en una operación, espero que nada grave. Tengo que marcharme, me están esperando en la base —me dijo con pesar. Me abrazó como cuando era niña, me besó en la coronilla y me pidió con cierto tono burlón—: Hazme un favor y no te metas en líos mientras que esté fuera pero, si lo haces, llama al Comandante Sanders, él te sacará de cualquier lío en el que te metas.

—Me halaga tu confianza en mí —me mofé—. Tranquilo, seré una chica buena y no me meteré en líos, o al menos lo intentaré.

—Te quiero, pequeña —se despidió antes de marcharse.

No pude evitar sentirme inquieta tras la marcha de mi padre, siempre me ocurría lo mismo cuando formaba parte de manera activa en una operación. Su oficio era peligroso y, pese a que debería estar acostumbrada, lo cierto era que el miedo a perderle era mucho mayor que mi optimismo.

Preparé algo para comer, limpié el apartamento y me di un relajante baño de espuma antes de regresar al hotel. Entré y, tras comprobar que la recepcionista descarada estaba en el mostrador, me dirigí directamente al ascensor.

—Disculpe, señora —oí que me llamaba. Me detuve y di media vuelta con cara de pocos amigos mientras que ella, con fingida amabilidad, añadió—: Su esposo ha dejado un recado para usted.

¿Mi esposo? ¿Se refería a mi desconocido? ¿Le había dicho él a la recepcionista que yo era su esposa o la muy arpía trataba de provocarme insinuando que era una cualquiera? Esperé unos segundos a que me diera el recado, pero como no dijo nada, bufé con impaciencia:

— ¿Y bien?

—Quiere que le diga que la ama y que la espera en la suite para celebrar su aniversario de bodas —me dijo haciendo un gran esfuerzo por mantener la sonrisa en los labios.

Sonreí complacida. Aquel desconocido se había dado cuenta del descaro de aquella recepcionista y, a pesar de que ni siquiera lo había mencionado, él se había dado cuenta de que no me había gustado y, a su manera, había decidido darle una lección a esa arpía.

Ni siquiera me molesté en dedicarle ni una sola palabra, di media vuelta y entré en el ascensor con una sonrisa de oreja a oreja mientras ella me miraba tratando de ocultar lo rabiosa que se sentía.

La puerta del ascensor se abrió al llegar a la última planta y me dirigí a la suite. Me paré frente a la puerta y respiré profundamente para tranquilizarme antes de entrar. Saber que mi desconocido ya estaba allí me había puesto más nerviosa de lo que ya estaba. Pensé en llamar antes de entrar, pero finalmente decidí abrir con la llave que me había dejado en recepción por la mañana.

Abrí la puerta y entré. Tan solo logré dar dos pasos antes de quedarme paralizada por la sorpresa. Ante mí había una mesa para dos decorada con un par de rosas rojas y un candelabro con tres pequeñas velas que iluminaban tenuemente la estancia.

—Imagino que todo esto es para celebrar nuestro aniversario —le saludé bromeando cuando le vi apoyado en la barra de la cocina y con una media sonrisa en los labios.

—La recepcionista te ha dado mi mensaje, la verdad es que tenía dudas de que lo hiciera, pero supuse que te divertiría oírlo de su boca.

Se acercó a mí lentamente y me humedecí los labios. Ni siquiera me había tocado y ya estaba excitada. Me besó levemente en los labios y me invitó a sentarme a la mesa. Sirvió un par de copas de vino, me ofreció una de ellas y, solo para provocarle, le dije:

—Creía que no bebías cuando tenías asuntos importantes entre manos.

—Puede que no sea nuestro aniversario, pero sí que celebramos algo: nuestro trato —me recordó—. Todo trato debe sellarse con una buena cena y un brindis.

— ¿Solo una buena cena y un brindis? Esperaba algo más —le dije con voz traviesa.

—Nena, si sigues provocándome, tendrás el postre pero te perderás la cena y el brindis —me advirtió con la voz ronca.

Sonreí a modo de respuesta. Deseaba que llegara la hora del postre, pero no quería perderme la magnífica cena que había tenido el detalle de encargar mi desconocido.

—Seré una niña buena —le prometí sacándole la lengua.

Por alguna extraña razón, su seriedad y serenidad me hacían sacar mi lado más infantil y rebelde. Sonreí al pensar en la teoría de Tony y Álex sobre el origen de mi rebeldía, pero la sonrisa se me borró de la cara al reconocer algunos gestos y expresiones de mi padre en mi desconocido. ¿Acaso Tony y Álex tenían razón y mi tipo ideal de hombre era alguien parecido a mi padre? Sacudí la cabeza para borrar aquella idea de la mente, no estaba preparada para asimilar una revelación de esa magnitud y no quería pensar en ello. Por el momento, tan solo quería concentrarme en pasar una nueva noche memorable con mi desconocido.

Cita 115.

“Y vendrá un tiempo. Vendrá un tiempo en el que ya no sabremos dar un nombre a lo que nos una. Su nombre se irá borrando poco a poco de nuestra memoria. Y luego, desaparecerá por completo.”

Marguerite Duras. 

Las reglas del juego 4.

Me quedé desmadejada sobre la cama mientras mi desconocido recorría con sus labios dejando un reguero de besos hasta llegar a mi boca. Me besó levemente en los labios y acarició mi cuello con la yema de los dedos, excitándome de nuevo.

—Aún no he acabado contigo, nena —me susurró al oído.

Desde luego que no había acabado conmigo, hizo que me corriera tres veces más antes de llenarme con su enorme erección y me acompañó al provocarme el cuarto orgasmo. La noche de sexo se alargó hasta el amanecer cuando, agotados por el cansancio, nos dejamos caer sobre la cama. Traté de recordar cuántas veces me había hecho alcanzar el clímax, pero perdí la cuenta después del séptimo.

Cuando nuestras respiraciones se normalizaron, me estrechó contra su cuerpo, me envolvió entre sus brazos y comentó divertido:

—Ha sido una gran noche, nena.

—No ha estado mal —logré decir haciendo un gran esfuerzo para que las palabras salieran de mi garganta.

— ¿No ha estado mal? Si no he contado mal, te has corrido doce veces —me replicó haciéndose el ofendido.

— ¿Has estado contando mis orgasmos? —Le pregunté sorprendida y también avergonzada.

—Sí, los he contado —me confirmó con orgullo y añadió con reproche—: Pero, según parece, doce no son suficientes para satisfacerte. Tendré que esmerarme más la próxima vez.

Me tensé al oír sus palabras, habría una próxima vez. Por ilógico que fuera, quería volver a ver a ese hombre, quería que ese desconocido me hiciera gritar de placer de nuevo.

—La habitación está pagada hasta mediodía, podemos quedarnos a descansar durante unas horas —me dijo acariciando mi cuello con la punta de su nariz. Me besó en la nuca y añadió susurrándome al oído—: Recuerda que me has dado tu palabra de que no saldrás huyendo de nuevo.

—Aunque quisiera, no creo que tuviera fuerzas.

—Entonces, cierra los ojos y duérmete, nena.

No quería dormir, quería seguir despierta y seguir hablando con él, pero el cansancio fue más fuerte que yo y me quedé dormida.

Me desperté al sentir las yemas de los dedos de mi desconocido recorriendo la curvatura de mi espalda desnuda. No abrí los ojos y fingí que seguía dormida, pero él adivinó que estaba despierta y, tras darme un leve beso en el cuello, me susurró al oído:

—Buenos días, nena.

—Mm…

—Me encantaría quedarme aquí contigo el resto del día, pero tengo que ir a trabajar —me dijo con fastidio—. ¿Tienes planes para esta noche?

—Depende, ¿quieres proponerme algún plan? —Le pregunté con curiosidad, abriendo los ojos y prestándole toda mi atención.

—Podré regresar sobre las ocho de la tarde y había pensado en continuar dónde lo dejamos antes de dormirnos.

— ¿Pretendes que me quede aquí todo el día esperándote?

—Puedes quedarte todo el día en la suite si es lo que quieres, pero yo me conformo con encontrarte aquí cuando regrese —me respondió con una sonrisa burlona. Me besó en los labios y añadió—: Pediré en recepción que te dejen una copia de la llave de la suite y, por supuesto, yo me encargo de pagar la cuenta.

—Eso no es justo, la pagamos a medias —protesté, no necesitaba ni quería que ningún hombre me pagara nada.

—Pago yo y no es discutible —sentenció—. Entonces, ¿te veo luego?

—Posiblemente —le dije para provocarle.

—Te recuerdo que nuestro trato no te permite desaparecer sin despedirte —me advirtió con gesto serio.

—Nos veremos luego —le aseguré.

Me dio un último beso en los labios antes de marcharse y sonreí como una idiota cuando la puerta se cerró. Aquel trato con un desconocido era una locura, pero era la locura más tentadora e irresistible que jamás había tenido.

Eran las diez de la mañana cuando entraba en el portal de mi edificio cargada con una bolsa de churros. Subí al ascensor y me detuve en la tercera planta. Llamé al timbre del 3º A y dos segundos después la puerta se abrió.

—Parece que alguien se lo pasó muy bien anoche —dedujo Tony tras mirarme de arriba abajo.

—Entra y cuéntanoslo todo, te estábamos esperando —me dijo Álex agarrándome del brazo y tirando de mí para llevarme a la cocina. Me senté en uno de los taburetes y, mientras Tony servía tres tazas de chocolate y abría la bolsa de los churros, Álex comenzó con el interrogatorio—: Empieza por el principio y no te dejes nada, queremos saber todos los detalles.

Mientras desayunábamos los churros con chocolate, les conté a Tony y Álex todo lo que había pasado desde que me fui del pub con mi desconocido, omitiendo los detalles más suculentos.

—Perdí la cuenta de las veces que me corrí, es un amante generoso y apasionado.

—Y misterioso —apuntó Tony.

—Me preocupa que ni siquiera te haya dicho su nombre —opinó Álex—. Además, que te haya dicho que la sillita rosa del coche es para llevar a su sobrina no significa que sea verdad.

—Pero quiere verla esta misma noche y pretende alargar el trato siempre que ambos estén dispuestos a aceptar las condiciones —señaló Tony.

—Chicos, no pretendo buscar un marido, tan solo quiero divertirme y él sabe muy bien cómo hacerlo —intervine—. Durará lo que tenga que durar, hasta que alguno de los dos se canse o no acepte las condiciones del otro.

—Me parece genial que quieras divertirte, pero me preocupa que la diversión se convierta en llanto si terminas enamorándote de él.

—Eso no va a pasar —les aseguré.

Ambos intercambiaron una mirada cómplice y supe que no me creyeron. Les fulminé con la mirada y abrí la boca para replicarles, pero Tony se me adelantó:

—No es que no te creamos, es que a veces esas cosas pasan. Además, tu desconocido está buenorro, te trata como a una princesa y es de lo mejorcito en la cama, ¿cómo es posible no enamorarse de alguien así?

—Si empiezo a sentir algo por él lo dejaré antes de que vaya a más —insistí rodando los ojos.

Ambos sabían que aquello no era tan fácil de hacer como de decir, pero se abstuvieran de comentar nada. Tras desayunar los churros con chocolate, me despedí de los chicos y subí a mi apartamento para darme una ducha y meterme en la cama, necesitaba dormir.

Las reglas del juego 3.

El trayecto en coche hasta el hotel se me hizo eterno pese a que apenas transcurrieron unos pocos minutos. Estaba nerviosa, casi tanto como si fuera mi primera vez. Le miré con disimulo mientras conducía, estaba concentrado en la carretera, con la vista al frente, y me pareció ver una pequeña sonrisa en la comisura de sus labios. Supuse que, aunque no había desviado la atención de la carretera, sabía que le estaba observando.

—Ya hemos llegado —anunció aparcando el coche en la puerta del hotel.

Dos empleados del hotel nos recibieron y, mientras uno cogía las llaves del coche que mi desconocido le entregaba, el otro me abrió la puerta y me tendió la mano para ayudarme a bajar. Un segundo después, el brazo de mi desconocido rodeaba mi cintura y me guio hacia el interior del hotel.

Bufé al ver a la misma recepcionista de la otra vez, la arpía que le tiraba los tejos a mi desconocido delante de mis narices. Para mi regocijo, mi desconocido le prestó la misma atención que la vez anterior: ninguna. Se acercó al mostrador pegándome a su cuerpo como si pretendiera impedir que me escapara y, con su voz de perdonavidas, le dijo a la arpía de la recepcionista:

—Queremos una habitación para una sola noche.

— ¿La misma suite de la otra noche le parece bien? —Le preguntó ella coqueteando, con pestañeo excesivo incluido.

—Nena, ¿te parece bien la misma suite? —Me preguntó mi desconocido, desconcertándome por completo, ¿acaso importaba? Asentí con un leve gesto de cabeza y añadió—: La misma suite estará bien.

No me cabía la menor duda de la intención de mi desconocido, tan solo pretendía quitarse de encima a la descarada recepcionista que no parecía aceptar un no por respuesta. Mientras yo fulminaba con la mirada a aquella arpía, él pagó con su tarjeta de crédito y cogió la llave de la habitación evitando rozar su mano con la de la recepcionista. Sonreí para mis adentros, mi desconocido solo tenía ojos para mí y había puesto a aquella descarada en su lugar.

En cuanto las puertas del ascensor se cerraron con nosotros dos dentro, la temperatura de mi cuerpo aumentó. Sentí la yema de sus dedos recorriendo mi espalda y la piel se me erizó. Era incapaz de comprender cómo era posible que lograra excitarme tanto solo con una simple caricia. Conseguía derretirme a mí, que me apodaban la reina de hielo.

—Estás preciosa con este vestido, es una lástima que no te vaya a durar mucho puesto.

Gemí. Estaba a punto de correrme allí mismo, solo por una caricia y unas cuantas palabras. Como si fuera capaz de leerme el pensamiento, introdujo una de sus manos entre mis piernas y, presionando y acariciando mi abultado y excitado clítoris, me susurró al oído:

—Córrete para mí, nena.

Otro gemido brotó de mi garganta, esta vez mucho más sonoro. Le miré a través del espejo del ascensor y le vi sonreír divertido. El ascensor se detuvo y su sonrisa traviesa me confirmó que lo había parado él.

—Regálame un orgasmo en el ascensor —me susurró excitado—. Quiero verte en el espejo derritiéndote y gimiendo entre mis brazos.

Aquellas palabras acompañadas por las acertadas caricias que recibía mi clítoris fueron suficientes para hacerme estallar de place. Gemí, grité, me convulsioné y finalmente me derretí entre los brazos de mi desconocido.

Me ayudó a adecentarme y, tras pulsar un botón del panel, el ascensor continuó subiendo hasta la planta de nuestra suite. Él me dedicó una sonrisa maliciosa y yo me ruboricé, pero me estrechó entre sus brazos y aproveché para esconder mi cara en su cuello. Las puertas del ascensor se abrieron y, para mi sorpresa, me cogió en brazos y me llevó a la puerta de la habitación como si fuésemos dos recién casados la noche de bodas.

— ¿Ser un galán de película clásica también forma parte de nuestro trato? —Bromeé dada la situación.

—Acabo de masturbarte y hacer que te corras en el ascensor de un hotel, ¿eso es ser un galán de película clásica? —Preguntó divertido.

—Mm… Esa parte ha sido una escena de película para mayores de trece años.

— ¿Para mayores de trece años? —Repitió enarcando las cejas. Abrió la puerta de nuestra suite y, tras darme una palmadita en el trasero, añadió—: Entra y enséñame cómo sería una escena para mayores de dieciocho años.

— ¿Es que ni siquiera vas a invitarme a una copa? —Le dije solo para provocarlo.

—Por supuesto, ¿dónde están mis modales de galán de película?

Entramos en la suite riéndonos, disfrutando de una complicidad inexplicable ya que apenas nos conocíamos. Me gustaba bromear con él y más aún que siguiera mis bromas con tanta naturalidad.

— ¿Qué te apetece tomar?

— ¿Qué vas a beber tú?

—No suelo beber alcohol y aún menos cuando tengo asuntos importantes entre manos que requieren de toda mi concentración —me respondió recorriendo mi cuerpo con la mirada.

— ¿Una Coca-Cola? —Le propuse.

—La cafeína te ayudará a mantenerte despierta, yo solo te necesito a ti para no dormirme —me contestó divertido—. Ponte cómoda, en seguida te traigo tu Coca-Cola. ¿La quieres con hielo?

—Sí, por favor.

Le observé marcharse hacia el mueble bar y yo me acomodé en el sofá. Pensé en desnudarme y sorprenderle cuando regresara con mi bebida, pero lo descarté cuando un segundo después apareció y se sentó junto a mí en el sofá.

Me entregó la Coca-Cola y, tras beber un largo trago, me preguntó:

— ¿Crees que podemos deshacernos ya de ese vestido?

Le sonreí a modo de respuesta, me puse de pie y, desabrochando el lazo al cuello que sostenía el vestido en su sitio, dejé que se deslizara por mi piel hasta caer a mis pies. Tan solo con un diminuto tanga y mis zapatos de tacón de aguja, di una vuelta sobre mí misma y, sacando a la descarada que llevo dentro, le pregunté:

— ¿Te gusta lo que ves?

—Me encanta, nena.

Un segundo después, sus manos recorrían cada centímetro de mi piel y sus labios dejaban un reguero de besos alrededor de mi cuello.

—Llevas demasiada ropa —susurré mientras comenzaba a desabrochar los botones de su camisa para quitársela y dejarla caer al suelo junto a mi vestido—. Sigues llevando demasiada ropa.

—Más tarde nos ocuparemos de eso, ahora quiero ocuparme de ti —sentenció atrapando mis manos para impedir que continuara desnudándole.

Sin dejar de acariciar mi cuerpo, me llevó a la enorme cama y me tumbó sobre ella. Traté de incorporarme para continuar con mi propósito de desnudarle, pero él me lo impidió de nuevo tumbándose sobre mí y besándome en la boca. Sus labios fueron descendiendo lentamente por mi cuello hasta llegar a mis pechos, donde se entretuvo lamiendo y mordisqueando los pezones hasta ponerlos duros. Continuó bajando, se detuvo en mi ombligo para besarlo y finalmente se hundió entre mis muslos. Me arqueé excitada en cuanto su lengua rozó mi abultado y húmedo clítoris, y gemí cuando me penetró con uno de sus dedos. Siguió masturbándome, penetrándome con sus dedos, lamiendo y atrapando mi clítoris con los dientes, volviéndome loca de placer. Estaba a punto de alcanzar el clímax cuando se paró de repente y gruñí a modo de protesta.

—Lo siento nena, pero antes de dejar que te corras, tengo que poner otra condición —me dijo con una sonrisa traviesa en los labios—. No puedes salir huyendo a hurtadillas mientras duermo, al menos despídete de mí.

—No estás jugando limpio —le reproché.

—Si no estás de acuerdo con mi condición, podemos romper el trato en este mismo momento.

—De acuerdo, no me marcharé sin avisarte —accedí sin pensármelo dos veces, solo quería que terminara lo que había empezado.

Y lo hizo. Hundió su rostro de nuevo entre mis muslos y sentí la calidez de su lengua presionando mi clítoris al mismo tiempo que sus dedos entraban y salían de mi vagina hasta que los espasmos del orgasmo comenzaron a sacudirme, cerré los ojos y me dejé llevar, estallé en mil pedazos en su boca.