mesenero 2018

Cita 104.

“Hay momentos en la vida en los que la única manera de salvarse a uno mismo es muriendo o matando. Dispara, yo ya estoy muerto.”

Julia Navarro.

Enamórame 6.

Ruth apenas pegó ojo en toda la noche. Se reprendió una y mil veces por mostrarse tan antipática con David. Hasta el momento, él había sido consecuente con sus palabras. Pensó en un modo de compensarle sin aparentar ponérselo fácil, pero no lo encontró.

El jueves seguía sin tener noticias de David y Ruth estaba insoportable, solo ella tenía la culpa. Él le había dicho que se tomara su tiempo para pensar y que la llamaría el viernes, pero Ruth también podía llamarle y no lo hizo por orgullo. No, de ninguna manera voy a llamarle. Si quiere algo, que llame él, pensaba Ruth.

—Sigues sin saber nada de él, ¿verdad? —Preguntó Mike tras entrar en su despacho y echarle una rápida ojeada a su amiga—. Y, por supuesto, no piensas rebajarte y llamarle —añadió con sorna—. No hay quién te entienda, si ese tío te gusta, ve a por él como haces siempre.

—El problema que ese tío no solo me gusta, sino que también es el tío que me convirtió en la mujer que soy hoy.

— ¿Desde cuándo no follas?

Ruth lo pensó durante unos segundos, no había salido con ningún hombre desde que vio a David en el hospital y de eso hacía más de una semana, todo un récord.

—Desde hace unos diez días, más o menos —le confesó Ruth.

—Interesante —comentó Mike acomodándose en la silla frente a ella—. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste tanto tiempo sin follar?

—Ni siquiera lo recuerdo, probablemente desde la universidad.

—He podido comprobar en mis propias carnes lo agresiva que te pones cuando pasas más de cinco días sin sexo, ahora que llevas diez, ¿crees que estás a punto de arder por combustión espontánea?

Ruth arrugó el papel en el que estaba escribiendo y se lo lanzó a Mike por burlarse de ella.

—No entiendo a qué viene tanto remilgo cuando ya te lo has tirado —opinó Mike.

—Tengo miedo de que vuelva a hacerme daño.

—Cielo, me temo que ya es demasiado tarde —concluyó Mike—. Mira cómo estás, al menos si te acuestas con él le darás una alegría al cuerpo.

No dijo nada, Mike tenía razón. Pero no pensaba ponérselo tan fácil a David, él la había apartado de su vida y no tenía ningún derecho a regresar y tambalear su mundo. Aunque tampoco podía engañarse y fingir que lo quería fuera de su vida.

—Haz lo que tengas que hacer, pero no vengas a mi exposición con esa cara de amargada o todo el mundo pensará que estás mal follada —se despidió Mike tras darle un beso en la mejilla.

Mike le gustaba, con él podía hablar de todo lo que hablaba con sus amigas y obtenía una visión más masculina del asunto. La confianza era mutua, por eso Ruth ya no se sorprendía cuando Mike le hablaba como si fuera uno de sus amigos.

Terminó de repasar los últimos preparativos para la exposición del sábado y, cuando lo tuvo todo bajo control, decidió tomarse la tarde libre y también el viernes. El sábado por la mañana regresaría para supervisar que todo estuviera en su lugar antes de la celebración, pero ahora se merecía un descanso.

Salió de su despacho y entró en el ascensor, por suerte no tendría que bajar al vestíbulo manteniendo una conversación banal con algún visitante o, peor aún, con algún accionista. Comprobó la hora en su reloj de pulsera, quedaba una hora para que dieran las dos de la tarde, pero no le daba tiempo a ir a casa a cambiarse de ropa. Se miró en el espejo, tampoco iba tan mal. Sencilla e informal, con una camisa blanca entallada con los primeros botones desabrochados que dejaban ver el canalillo de sus pechos, unos vaqueros pitillo que marcaba su trasero respingón y unos zapatos letizios de color negro. Se soltó la pinza que recogía su cabello en un moño poco elaborado y dejó su larga y roja melena suelta.

—Ya que no soy capaz de contener mis ganas de estar con él, espero que al menos él sienta lo mismo cuando me vea —pensó en voz alta antes de que las puertas del ascensor se abrieran.

Llegó al hospital treinta minutos después. Ni siquiera se lo pensó antes de entrar para no arrepentirse, subió al ascensor y se dirigió a la planta de traumatología. Se topó con una enfermera y le preguntó por el doctor David Garrido.

—Creo que ya ha hecho la última ronda y está en su despacho, al final del pasillo gire a la izquierda, es la segunda puerta a la derecha —le respondió amablemente.

Ruth siguió las indicaciones de la enfermera y encontró rápidamente el despacho de David. La puerta estaba cerrada y llamó con suavidad por si estaba reunido con alguien.

—Adelante —le oyó decir al otro lado de la puerta.

Respiró profundamente, abrió la puerta y entró. David estaba guapísimo con su traje de color gris marengo y esa bata blanca que le daba un aspecto tan profesional. Parecía cansado, tenía las ojeras marcadas y barba de tres días, pero a ella le pareció el hombre más atractivo del mundo. Estaba tan concentrado leyendo un informe que ni siquiera reparó en su presencia hasta que le saludó:

—Hola.

Levantó la mirada y la miró sorprendido. Frunció el ceño y sus ojos recorrieron su cuerpo de arriba abajo, como si buscara algo.

— ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?

Ruth no comprendió a qué se refería, se miró y comprobó que su ropa estuviera bien, todo estaba en su sitio y tampoco había ninguna mancha.

— ¿Qué me pasa?

— ¿Por qué estás en el hospital? ¿Te ha pasado algo? —Preguntó poniéndose en pie preocupado, buscando alguna señal de enfermedad o lesión en el cuerpo de Ruth.

—Estoy bien, he venido al hospital para verte a ti —le aclaró con un hilo de voz, sintiéndose ridícula—. Lo siento, debí llamarte para preguntar si…

— ¿Has venido a verme? —La interrumpió para asegurarse de lo que acababa de oír, aunque en sus labios ya se dibujaba una amplia sonrisa—. Vaya, eso sí que no me lo esperaba.

—Supongo que te debo una disculpa, no he sido miss simpatía precisamente —empezó a decir armándose de valor—. He sido un poco bruja y había pensado en compensártelo invitándote a comer, si es que no tienes planes…

—Para ti siempre estoy disponible —confirmó él antes de que terminara la frase.

Diez minutos más tarde, ambos salían del hospital. Ruth le llevó a un restaurante íntimo del que Mike le había hablado maravillas. Según él, era perfecto para ir allí con una de las mujeres casadas con las que se divertía. A David no le pasó inadvertida la intimidad que se respiraba en el ambiente, pero decidió no comentar nada para no molestarla, no pensaba arriesgarse a romper la tregua que acababan de firmar.

Mientras comían, Ruth se mostró relajada, hablaba con naturalidad y se reía de las anécdotas que David le contaba. Y él la miraba completamente hechizado, estar con ella era como estar en el paraíso.

Eran más de las cinco de la tarde cuando salieron del restaurante. Ambos tenían el coche aparcado frente a la puerta del local y sabían que la despedida iba a ser inminente.

—Gracias por ir a buscarme al hospital, ha sido lo mejor que me ha pasado desde hace mucho tiempo —le confesó David.

—Me parece, doctor Garrido, que debería trabajar menos y salir más —comentó divertida, por un momento su antiguo yo había vuelto.

—Apenas conozco a nadie en la ciudad, pero una chica preciosa me ha invitado a una exposición el sábado y no pienso desaprovechar esa oportunidad para divertirme.

—Tienes suerte, una chica preciosa y además con cultura —bromeó Ruth.

—Lo sé, por eso no pienso dejarla escapar.

Se miraron a los ojos durante unos segundos y David estuvo a punto de besarla en los labios, pero finalmente decidió hacerlo en la mejilla. Había hecho una promesa y tenía que cumplirla, perder a Ruth era un riesgo que no pensaba correr. Tras ese leve pero intenso beso en la mejilla, se despidieron y cada uno se montó en su coche. Él regresaba al hotel donde se alojaba, ella a su apartamento; ambos pensando el uno en el otro.

Enamórame 5.

Cuando Ruth se levantó a la mañana siguiente, descubrió que David le había enviado un par de mensajes más. Sentada en el borde de la cama, leyó el primer mensaje: “Tampoco lo pienses demasiado, solo acepta la invitación.” Y después leyó el segundo mensaje, que apenas le había enviado unos minutos después: “Ahora no voy a poder dormir hasta que me des una respuesta, pero solo quiero oír que dices que sí… Por favor, dime que sí.”

Ruth se dejó caer de espaldas sobre la cama y suspiró profundamente. ¿Qué debía hacer? Todo lo que tenía que ver con David se le antojaba tan difícil y complicado como atrayente y cautivador.

—De perdidos al río —pensó Ruth en voz alta—. Total, lo peor que me puede pasar es quedarme como estaba.

Decidió aceptar su invitación y le escribió un mensaje antes de pensarlo demasiado y cambiar de opinión. “Sigue sin parecerme buena idea, espero no arrepentirme.” Apenas tardó un minuto en obtener una respuesta: “No te arrepentirás, te lo prometo. Te llamo cuando salga del hospital y paso a recogerte.”

Ruth suspiró, sabía que estaba cometiendo una locura pero no le importaba, por primera vez en casi tres años sonreía de verdad, se sentía feliz.

Pasó el resto del día limpiando el apartamento, tratando de matar el tiempo mientras esperaba la llamada de David. A media tarde, se dio un largo baño de espuma y se tomó una copa de vino en la bañera para relajarse. Decidió ponerse un vestido sencillo de color azul, ajustado hasta la cintura y falda con vuelo. Tras revisar todos sus zapatos, que no eran pocos, se decidió por unas sandalias plateadas con tacón de aguja que realzaban aún más su figura. Complementó su conjunto con una chaqueta americana entallada de color blanco. Se maquilló levemente, un poco de sombra de ojos, rímel y brillo de labios, no quería que David pensara que se había arreglado tanto para él, aunque precisamente era eso lo que hacía.

A las siete de la tarde, recibió la llamada que había estado esperando durante todo el día.

—Hola, preciosa —la saludó en cuanto ella descolgó—. Estoy saliendo del hospital, hoy ha sido un día largo.

—Si estás cansado podemos dejarlo para otro momento.

— ¿Y arriesgarme a que cambies de opinión? De eso nada —sentenció David—. Dame tu dirección y paso a recogerte.

Ruth le dio la dirección de su apartamento y él le aseguró que estaría en la puerta del edificio en menos de veinte minutos. Y así fue. Cuando Ruth cruzó la puerta principal del edificio en el que se situaba su apartamento, David ya la estaba esperando apoyando en un todoterreno negro con despreocupación y la recibió con una amplia sonrisa en cuanto la vio aparecer. Ruth tuvo que hacer un esfuerzo para no olvidarse de respirar y desmayarse, David estaba impresionante vestido con unos tejanos desgastados y una camisa blanca con los primeros botones desabrochados. Él respiró profundamente para tratar de contenerse, Ruth estaba preciosa con ese vestido y luchó con todas sus fuerzas para no abalanzarse sobre ella y hacerla suya, tenía que ser paciente e ir con pies de plomo para no asustarla y que saliera corriendo.

La saludó con un leve beso en la mejilla y, comportándose como el caballero que era, abrió la puerta del copilota y la ayudó a acomodarse en su asiento. Incluso estuvo a punto de abrocharle el cinturón de seguridad, pero Ruth se le adelantó.

— ¿A dónde vamos? —Quiso saber Ruth cuando él arrancó el motor del vehículo.

—En seguida lo sabrás.

A Ruth le entraron ganas de abofetearle por esa respuesta, pero David le dedicó una seductora sonrisa y ella se derritió, olvidándose hasta de su propio nombre. No hizo más preguntas, prefirió dedicarse a mirar por la ventanilla del coche mientras recordaba mentalmente todas y cada una de las razones que la habían llevado hasta allí. Para empezar, no tenía nada que perder, o al menos eso creía ella. No había nada malo en quedar con un viejo amigo para salir a cenar, ¿no?

—Ya hemos llegado —anunció David aparcando el coche frente a una enorme masía.

Ruth se quedó paralizada. Su amiga Eva les había contado que Derek la había llevado a una masía a las afueras de la ciudad donde no solo se iba a cenar, si no a disfrutar del espectáculo libertino e incluso los comensales participaban voluntariamente en dicho espectáculo. ¿Sería capaz David de llevarla a un sitio así en su primera cita después de casi tres años? De cualquier modo, estaba a punto de averiguarlo.

Entraron en la masía y Ruth se sintió ligeramente decepcionada, no era la masía a la que Derek había llevado a Eva, era una masía normal y corriente.

—Si no te gusta, podemos ir a cualquier otra parte —comentó David al ver la decepción en los ojos de ella.

—No, está bien, me gusta —dijo ruborizándose.

David la escrutó con la mirada, ¿por qué se ruborizaba? La masía era un lugar perfecto en el que dispondrían de intimidad, además se comía de fábula. Entonces, se le ocurrió que tal vez ella ya habría estado allí en compañía de otra persona, otro hombre probablemente. Apretó la mandíbula y maldijo entre dientes, ¿acaso se había ruborizado al recordar alguna cita con otro hombre?

Un camarero les guio a la mesa que tenían reservada y David, tras pedir la bebida y esperar que el camarero les dejara a solas, le preguntó a Ruth:

— ¿Ya habías estado aquí antes?

—No, pero parece un sitio estupendo.

A David siguió sin convencerle aquella respuesta, pero lo dejó pasar, no quería presionarla y que acabara huyendo, tenía que ir con pies de plomo con ella. Buscando un tema de conversación más neutro, decidió preguntarle por su trabajo. El trabajo de Ruth era un tema seguro, a ella le encantaba y se podría pasar horas hablando. Le contó cómo era su día a día en la galería, qué hacía, qué era lo que más le gustaba y lo que menos, le habló de sus compañeros de trabajo, sobre todo de Mike, aunque solo a nivel profesional. Sin embargo, David era un hombre muy intuitivo y supo que Mike era mucho más que un simple compañero de trabajo. Mientras ella seguía hablando, él meditó cómo abordar ese tema, aunque no le salió como pretendía:

—Y, ese Mike y tú, ¿sois muy amigos?

Por supuesto, a Ruth no se le escapó el tono molesto de David, por mucho que intentó disimularlo.

—Supongo que se puede decir que sí —respondió encogiéndose de hombros, sin darle una respuesta clara solo para fastidiarle.

David no volvió a preguntar sobre Mike, vio que Ruth estaba a la defensiva y era mejor dejarlo estar. Al fin y al cabo, él no era nadie para reprocharle que siguiera adelante con su vida después de casi tres años sin dar señales de vida. Así que cambió de tema y preguntó por la exposición fotográfica a la que acudirían juntos el próximo sábado:

— ¿Quién es el autor de las fotografías?

Ruth sonrió para sus adentros, bebió un pequeño pero sensual trago de su copa de vino y respondió con toda la inocencia de la que fue capaz:

—De Mike, estoy segura de que te encantará.

David masculló algo entre dientes y Ruth sonrió satisfecha, le había dado en su ego masculino, el punto débil de cualquier hombre.

Terminaron de cenar prácticamente en silencio, ninguno de los dos sabía qué decir. Él quería saber si estaba soltera, si salía con alguien o si estaba dispuesta hacerlo; ella quería preguntarle por qué la había llamado, qué esperaba de ella y, por supuesto qué intenciones tenía. Sin embargo, ambos decidieron reservarse esas preguntas para más adelante, quizás por temor a escuchar la respuesta opuesta a la que deseaban.

Tras la cena, David insistió en pagar la cuenta y Ruth rodó los ojos y le dejó hacer cuando vio que no iba a ganar aquella discusión.

— ¿Quieres que te lleve a casa?

La pregunta de David la pilló desprevenida. ¿Tan pronto quería deshacerse de ella? Ella no respondió, se limitó a encogerse de hombros. David resopló, Ruth se lo estaba poniendo más difícil de lo que esperaba. Entendía que estuviera resentida pero, si había decidido aceptar su invitación, pensaba que dejarían a un lado los reproches.

—No quiero que te sientas incómoda, Ruth —dijo mientras arrancaba el motor del coche y se incorporaba a la carretera—. Me encantaría estar un rato más contigo aunque sea en silencio, pero no quiero que me odies por ello. Dime, ¿qué hago para que te sientas mejor?

Ruth se sintió fatal, ¿estaba siendo una bruja? Suspiró con resignación. Si Mike estuviera allí le habría gritado BRUJA hasta quedarse afónico.

—Mira, no pretendo ser grosera contigo —empezó a decir—, pero la verdad es que no entiendo este repentino interés en mí después de tanto tiempo. Ni siquiera sé qué pretendes y, si te soy sincera, tampoco sé si quiero averiguarlo.

—Solo pretendo pasar el rato contigo y que nos conozcamos mejor, te he echado de menos todo este tiempo, solo quería volver a verte, saber de ti.

—Tengo una vida, quizás no la mejor, pero me gusta mi vida —le advirtió Ruth a la defensiva, sin bajar la guardia—. No puedo permitir que llegues, pongas mi mundo patas arriba y te vuelvas a ir.

—No pienso irme a ninguna parte, Ruth —le aseguró él—. Solo deja que te lo demuestre, dame una oportunidad. Te prometí que no intentaría nada que tú no quisieras y pienso cumplirlo.

— ¿Y si solo quiero amistad?

—Me conformaría hasta con tu desprecio siempre y cuando causara alguna emoción en ti.

—No lo sé, David. No estoy segura de que…

—Te llevaré a casa —sentenció él—. No quiero que me des una respuesta ahora, solo piénsalo y ya lo hablaremos. Pero me gustaría acompañarte a la exposición de Mike el sábado.

—De acuerdo —aceptó Ruth ignorando el tono que había utilizado al nombrar a Mike.

David llevó a Ruth a su apartamento y la acompañó hasta el portal del edificio. Fue entonces cuando Ruth se dio cuenta que no quería separarse de él, al menos no tan pronto. Pensó en invitarle a una copa en su apartamento, pero no quería que se tomara aquella invitación como una carta blanca; tampoco podía proponer ir a otro lugar, ya era demasiado tarde para cambiar de opinión. Suspiró con resignación y, volviéndose hacia a él para mirarle a los ojos, se despidió:

—Bueno, supongo que nos veremos en la exposición.

—Supones bien, te llamaré el viernes para que me digas a qué hora paso a recogerte.

Y Ruth se sintió como una auténtica bruja. Había sido un caballero con ella, la había invitado a cenar y había cumplido su promesa de no incomodarla ni pedirle más de lo que estuviera dispuesta a darle, pero ella se había comportado como una niña malcriada, refunfuñona y desagradecida.

—Gracias por la cena, ha estado bien —casi susurró avergonzada. Le dio un beso en la mejilla y añadió—: Buenas noches, David.

—Buenas noches, Ruth.

Dio media vuelta y entró en el edificio. Él hizo lo mismo en dirección opuesta, se subió a su coche y se dirigió al frío y deprimente hotel en el que se alojaba.

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