Archivo | diciembre 2017

Cita 103.

“La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella.”

Oscar Wilde.

Enamórame 4.

A Ruth todavía le temblaban las piernas cuando llegó a casa. Estaba nerviosa, se sentía confusa y era incapaz de pensar con claridad. Necesitaba desahogarse y, tras comprobar que tan solo eran las ocho de la tarde, decidió enviarle un mensaje a su amiga Ana: “Necesito hablar con alguien, ¿tienes cinco minutos?” Se sintió un poco mal por molestar a su amiga con tonterías cuando ella acababa de tener un bebé, pero la necesitaba.

Su teléfono móvil comenzó a sonar a los pocos segundos, Ana la estaba llamando.

—No me lo digas, has quedado con David y te lo has tirado —le dijo Ana en cuanto Ruth descolgó.

—Casi aciertas, he quedado con él para tomar un café, pero no me lo he tirado.

—Cuéntamelo todo.

—No quiero molestarte, si estás ocupada…

—El pequeño acaba de dormirse y Nahuel está en su despacho trabajando, me paso el día encerrada en casa y necesito desconectar —le confesó Ana y añadió bromeando—: Piensa que esta conversación es como una terapia para ambas.

—David me llamó cuando llegué a casa, me dijo que quería verme, insistió en quedar y me convenció para tomar un café —le resumió Ruth—. Hemos quedado en la cafetería de la plaza Mayor y nos hemos puesto al día.

—No pareces muy contenta, ¿qué es lo que ha salido mal?

—Todo. Me sentí como una quinceañera frente a su ídolo, pero me mantuve firme y no se lo puse fácil.

—Bueno, hasta ahí no hay nada malo —opinó Ana.

—Esperaba que intentara seducirme, pero en lugar de eso se empeñó en saber de mí como si fuéramos dos viejos amigos, esas fueron sus palabras exactas. Como dos viejos amigos.

—Estás enfadada porque no ha intentado nada contigo —concluyó Ana—. Hace casi tres años que no sabéis nada el uno del otro, no podéis retomar vuestra relación donde la dejasteis.

—Eso mismo dijo él.

—Que te haya llamado nada más llegar a la ciudad es una buena señal, igual que quiera seguir viéndote sin pretender meterse en tu cama.

— ¿Y qué se supone que debo hacer?

—Eso solo lo puedes decidir tú, Ruth. Pero, si quieres mi consejo, te diré que te dejes llevar y que hagas lo que realmente sientas.

—No quiero volver a pasar por lo mismo, no creo que pueda soportarlo de nuevo.

—Estás dando por hecho que no saldrá bien y eso es suponer demasiado, Ruth. Sí, puede que al final no salga bien. Pero, ¿estás dispuesta a dejar pasar la posibilidad de ser feliz junto al hombre que amas solo por miedo? Sinceramente, creo que es mejor amar y sufrir que quedarte con la duda de lo que pudo haber sido.

Ruth resopló frustrada, todo hubiera sido más fácil si Ana le hubiera aconsejado que pasara de David. Ahora la pregunta que debía hacerse era si estaba dispuesta a dejarse llevar y arriesgarse a sufrir de nuevo por él.

Las dos amigas continuaron charlando un rato más hasta que el pequeño Nahuel se despertó y Ana se despidió para atender a su bebé recién nacido.

Ruth se dio un largo baño para relajarse, se preparó una ensalada para cenar y poco rato después se metió en la cama. Estaba agotada mentalmente, el regreso de David la perturbaba y la incertidumbre sobre su futuro la reconcomía. Trató de dormir, pero solo consiguió dar vueltas en la cama. Se dormía, soñaba con David y a los pocos minutos se despertaba desorientada y confusa.

A la mañana siguiente, Ruth se levantó de la cama y cogió su teléfono móvil. Sonrió al descubrir que tenía un mensaje de David y lo abrió para leerlo: “Solo quería agradecerte que me hayas dado la oportunidad de volver a verte, no te arrepentirás. Buenas noches, pequeña.”

Le había enviado el mensaje de madrugada y Ruth adivinó que David tampoco habría podido dormir. No supo si contestar o no su mensaje, así que se dirigió a la cocina para desayunar mientras lo pensaba. Y lo pensó durante todo el día hasta que, antes de irse a dormir, decidió responderle: “Espero no arrepentirme. Buenas noches, David.”

Sabía que estaba siendo bastante borde con él, pero no se lo iba a poner tan fácil después de haberla abandonado. Así se había sentido Ruth: abandonada. Era consciente que David no podía dejar escapar aquella oportunidad profesional aunque fuera en la otra punta del país, pero que quisiera eliminar cualquier contacto con ella durante ese tiempo le dolió. Todos la consolaban diciendo que las relaciones a distancia no funcionaban, pero ella hubiera preferido tenerlo y perderlo poco a poco antes de no tenerlo. Había sufrido mucho, no podía sacárselo de la cabeza y tampoco del corazón. Soñaba todas las noches con él y durante el día fantaseaba imaginando que él lo dejaba todo para ir en su busca. No lo había olvidado, pero había aprendido a vivir sin él y ahora que había vuelto temía volver al principio. No estaba dispuesta a sufrir de nuevo porque no se sentía capaz de resistirlo. Tampoco tenía la suficiente fuerza de voluntad para alejarle de su vida, por eso había decidido que, si realmente él estaba dispuesto a recuperarla, tendría que demostrárselo.

El sonido de la recepción de un mensaje en su móvil la sacó de sus pensamientos. Cogió el teléfono móvil con las manos temblorosas, sintiéndose nerviosa al imaginar que sería él y no se equivocó: “Supongo que tenemos una conversación pendiente. Quizás deberíamos quedar para hablar antes de asistir juntos a la inauguración de esa exposición. ¿Aceptarías una invitación mañana por la noche? Piénsalo antes de negarte en rotundo. Te prometo que seré bueno.” Ruth sonrió y acto seguido se reprendió mentalmente, aquella actitud no era la que tenía previsto tener. No contestó su mensaje, se fue a dormir y pasó la noche dando vueltas en la cama fantaseando con David.

Enamórame 3.

Ruth salió de casa de Ana y pasó por casa con la intención de cambiarse de ropa para ir al gimnasio, pero sus planes cambiaron cuando recibió la llamada de David. Se quedó mirando la pantalla de su teléfono móvil mientras decidía si responder o no.

Respiró profundamente y, finalmente, respondió la llamada.

— ¿Sí? —Preguntó fingiendo que no sabía quién la llamaba.

—Ruth… —Arrostró cada una de las letras del nombre de ella—. Creía que no responderías, ¿leíste mi mensaje?

Escuchar a David pronunciar su nombre después de tanto tiempo causó estragos en Ruth, había soñado cada noche con aquella voz.

—Sí, lo he leído a mediodía y, si te soy sincera, todavía estaba pensando si debía o no contestarte.

— ¿No quieres hablar conmigo? —Preguntó David con un ligero tono de decepción que no pasó inadvertido para Ruth.

—No creo que sea buena idea, David.

—Pues yo creo todo lo contrario —la contradijo—. Solo quiero verte, ponernos al día mientras cenamos como dos amigos, no hay nada de malo en eso, ¿qué me dices?

—Sigo pensando que no es buena idea y tengo mucho trabajo, estoy muy liada.

—Está bien, estás muy liada para salir a cenar —se resignó David, pero acto seguido volvió a insistir—: ¿Qué me dices de un café?

—David…

—Por favor, Ruth —la interrumpió antes de que acabara la frase—. Solo te pido unos minutos para tomar un café y, si después no quieres volver a saber nada de mí, te prometo que desapareceré de tu vida y no te molestaré más.

Ruth trató de negarse pero, ante la insistencia de David, no fue capaz de reunir la fuerza de voluntad necesaria para rechazar aquella inocente invitación.

—De acuerdo, un café —aceptó finalmente.

—Genial, ¿qué te parece ahora?

—Vaya, veo que estás impaciente…

—No te veo desde hace dos años, ocho meses y cuatro días, ya he esperado suficiente —le respondió con la voz ronca—. ¿Quieres que pase a recogerte?

—Mejor quedamos en la cafetería de la plaza Mayor, estaré allí en una hora —concluyo Ruth y añadió antes de colgar—: No llegues tarde porque no te esperaré.

Ruth se dejó caer en el sofá y suspiró. Sabía que se estaba metiendo en la boca del lobo, pero no le importó porque, por mucho que le costara reconocerlo, deseaba verle tanto como él a ella.

Se dirigió a su habitación, se retocó el maquillaje y meditó frente al espejo si debía o no cambiarse de ropa. Finalmente decidió ir con lo que llevaba puesto: un sencillo vestido primaveral con estampado de flores, una chaqueta blanca de hilo y unas sandalias con tacón de cuña. Elegante pero informal, así se sintió Ruth antes de salir de casa.

Sin embargo, en cuanto llegó al centro y se bajó del coche, la inseguridad y el miedo se apoderaron de ella. Las piernas le temblaban y sintió un deseo estúpido de salir corriendo y huir de allí.

—No debería haber venido, debí quedarme en casa —murmuró para sí misma mientras caminaba hacia la cafetería de la plaza Mayor—. Esto es una locura.

Le faltaban unos metros para llegar a la cafetería cuando lo vio. Estaba apoyado en la fachada de ladrillo, con una caña de cerveza en una mano y el teléfono móvil en la otra. A Ruth le pareció el hombre más guapo del mundo y suspiró al recordar que había sido suyo, aunque solo fuera por unas semanas.

David levantó la vista de la pantalla de su teléfono móvil y entonces la vio. Ruth estaba nerviosa, la sonrisa perfecta que él recordaba se había esfumado de su hermoso rostro y se entristeció al adivinar que probablemente él fuera la causa.

—Hola —logró decir Ruth cuando llegó hasta a él.

—Hola, me alegro de que hayas venido —la saludó David plantándole un par de besos en la mejilla.

Colocó su mano sobre la espalda de ella y la guió hacia el interior de la cafetería. A Ruth le temblaban las piernas, temía dar un traspié y caerse de morros al suelo, pero suspiró aliviada cuando se sentaron en una de las mesas.

—Ha pasado mucho tiempo —comenzó a decir David para romper el hielo—. Si te soy sincero, esperaba que no vinieras.

— ¿Qué quieres de mí?

Ruth estaba a la defensiva y no hizo nada por disimularlo. Se sentía como una niña tonta corriendo detrás de él cuando ni siquiera se había molestado en saber de ella en todo ese tiempo.

—Solo quería verte y saber de ti. Acabo de regresar a la ciudad y, esta vez, vengo para quedarme. He conseguido una plaza en el hospital y estoy buscando casa —le respondió David tras meditar su respuesta durante unos segundos. El camarero se acercó para tomarles nota y David le dijo—: Un café solo sin azúcar y un cortado con la leche natural y sacarina.

Ruth sonrió para sus adentros al comprobar que David todavía recordaba cómo le gustaba tomar el café.

—Ha pasado mucho tiempo, David —comentó Ruth cuando el camarero se marchó—. Yo ya no soy la misma chica que conociste aquel verano, mi situación ahora es distinta y, si te soy sincera, no creo que este encuentro sea buena idea para ninguno de los dos.

—Por lo que a mí respecta, solo somos dos viejos amigos tomando café, no creo que haya nada malo en eso.

Ruth se mordió la lengua. Para ella no era un simple encuentro entre dos viejos amigos, a Ruth se le aceleraba el corazón cuando le veía, las piernas le temblaban y apenas era capaz de hablar con normalidad.

—No pretendo retomar nuestra relación donde la dejamos —continuó hablando David al ver que Ruth se quedaba callada—, piensa en mí como en un viejo amigo con el que quedas para charlar y poneros al día. Cuéntame cómo te ha ido durante este tiempo, ¿conseguiste un buen trabajo?

A Ruth no le parecía tan fácil tratarle como a un viejo amigo porque no lo era. Había sido su amante, su aventura de verano y puede que el amor de su vida, pero nunca un viejo amigo. A pesar de ello, hizo de tripas corazón y lo intentó, aunque para ello tuviera que sacar su lado más frío y distante:

—No me puedo quejar. Encontré un trabajo de relaciones públicas en la galería de arte de la ciudad y estoy encantada.

—Eso es genial, me alegro mucho por ti —le respondió David contento de que por fin comenzara a hablarle de ella, se moría de ganas por saberlo todo—. ¿Qué hay de Ana y Eva, sigues viéndolas?

—Claro que sigo viéndolas, aunque menos que antes —atinó a contestar—. Ana se casó con Nahuel y hace unos días tuvieron un precioso bebé, Eva se ha prometido con Derek y se casarán en otoño.

—Y tú, ¿has encontrado a alguien con quien compartir tu vida y formar una familia?

—Estoy en ello, pero me lo tomo con calma —respondió Ruth sin aclararle si estaba con alguien o no—. Me gustan los niños, pero todavía soy joven y aún no me planteo ser madre.

Aquellas palabras fueron un duro golpe para David. Imaginarse a Ruth en los brazos de otro hombre era su peor pesadilla, la quería solo para él y estaba dispuesto a todo por enamorarla de nuevo.

El camarero regresó con los dos cafés y, cuando se marchó, David comenzó a hablar de nuevo:

—Yo tampoco me planteo ser padre todavía, pero me encantaría serlo en un futuro no muy lejano. Por el momento, estoy centrado en mi trabajo.

— ¿Cómo llevas tus primeros días en la ciudad? —Se animó a preguntar Ruth, quién también quería saberlo todo de él pero se esforzaba en disimularlo.

—Tan solo he visto mi habitación de hotel, el hospital y esta cafetería desde que he llegado, ni siquiera he tenido tiempo de deshacer mi equipaje —le confesó David y añadió bromeando—: Aceptar la plaza en el hospital requería una incorporación inmediata, así que ahora mismo vivo en medio del caos. La próxima semana tendré un par de días libres, quizás puedas aconsejarme algún lugar que visitar o incluso acompañarme, si no tienes planes.

—David…

—Solo somos dos viejos amigos que quedan para salir por la ciudad —la interrumpió David antes de que ella le pusiera alguna excusa—. El sábado de la próxima semana, te invito a cenar.

—No puedo, ya tengo planes —le respondió Ruth recordando que aquel día se inauguraba la exposición de Mike en la galería.

— ¿Y el viernes?

—No dejarás de insistir hasta que lo consigas, ¿verdad?

—Ya me conoces, hay cosas que nunca cambian —bromeó David—. Dime que sí y dejaré de insistir.

—El próximo sábado se celebra la inauguración de una exposición en la galería, si quieres pásate por allí y también verás a las chicas.

— ¿A qué hora paso a buscarte para ir a la exposición? —Ruth abrió la boca pero antes de que pudiera hablar, David añadió—: No me niegues eso también, solo quiero acompañarte.

—Está bien, el viernes te enviaré un mensaje con mi dirección —concluyó Ruth terminándose su taza de café—. Tengo que irme —añadió poniéndose en pie tras mirar su reloj de pulsera.

—Gracias por haber venido, me ha gustado volver a verte —se despidió David—. Seguimos en contacto y nos vemos el próximo sábado.

David le dio un leve beso en la mejilla que casi rozaba la comisura de sus labios y Ruth se quedó con ganas de más, de mucho más. Pero se mantuvo firme en su decisión de no volver a sufrir por amor y, haciendo un gran esfuerzo, dio media vuelta y se marchó.

Cita 102.

“Perdona pero no olvida, o saldrás herido de nuevo. Si perdonas cambias la perspectiva, si olvidas no aprendes la lección.”

Paulo Coelho. 

Enamórame 2.

Ruth se despertó sudando, con las sábanas pegadas al cuerpo y sintiendo una fuerte palpitación en su entrepierna. Había soñado con David y estaba excitada. Resopló con frustración, se levantó de la cama y se dio una ducha de agua fría para espabilarse.

Desayunó un café con un par de tostadas y a las siete en un punto se marchó a la galería, quería dejar preparada toda la documentación de la exposición fotográfica para tener libre el fin de semana y poder desconectar un par de días. Con las prisas, Ruth se dejó el teléfono móvil apagado en casa y no se dio cuenta hasta que llegó a la galería.

A mediodía decidió marcharse a casa, lo tenía todo atado en el trabajo y se sentía incómoda sin su teléfono móvil. En cuanto entró en casa, fue en busca del teléfono y lo encendió. Tenía numerosos mensajes pero solo se fijó en uno. Todavía tenía guardado en sus contactos el número de teléfono de David. Sus pulsaciones se aceleraron y para tratar de calmarse hizo unos ejercicios de respiración que había aprendido en las clases de yoga, estaba empezando a hiperventilar.

Se sentó en el sofá, esperó unos minutos y, cuando se sintió preparada, leyó el mensaje de David: “Hola Ruth. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero estoy en la ciudad y me gustaría verte. ¿Te apetecería salir a tomar un café conmigo? Abrazos, David.”

Ruth suspiró profundamente, se levantó del sofá y se sirvió una copa de wiski con hielo sin importarle la hora que era. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Quedar con él como si fueran dos viejos amigos y fingir que no pasó nada aquel verano?

Necesitaba distraerse, pensar en un posible encuentro con David después de tanto tiempo le producía ansiedad. Decidió llamar a su amiga Ana, se moría de ganas por saber de ella y del pequeño Nahuel.

— ¡Ruth! —La saludó Ana nada más descolgar—. Ahora mismo iba a llamarte, nos han dado el alta y ya estamos en casa.

— ¡Genial! En casa estarás más tranquila y más cómoda —le respondió Ruth sonriendo al notar a Ana tan animada—. ¿Cómo está mi pequeñín? ¿Se porta bien?

—No da guerra, pobre. Solo come y duerme, es muy bueno. Si tienes tiempo, ¿podrías venir a comer a casa? Ayer apenas pudimos vernos y te echo de menos.

—En media hora estoy en tu casa, ¿quieres que pare en el restaurante chino y compre comida para llevar?

—No, mejor ven a casa y llamamos al restaurante desde aquí —concluyó Ana.

Se despidieron antes de colgar y Ruth sonrió animada, tenía ganas de tener al pequeño Nahuel entre sus brazos. Se montó en su coche y condujo hasta casa de Ana, que la esperaba en el porche con una amplia sonrisa en los labios. Las dos amigas se saludaron con un largo y afectuoso abrazo y a Ana no se le escapó que algo le pasaba a Ruth. Pasaron al salón y Nahuel se unió a ellas pocos minutos después:

—El pequeño Nahuel se acaba de quedar dormido —les anunció tras saludar a Ruth. Se volvió hacia a su esposa y le dijo—: Nena, si no te importa, voy a aprovechar que Ruth está aquí para acercarme a la oficina, así podréis hablar de vuestras cosas —sonrió con complicidad, besó a Ana en los labios y añadió—: Llámame si necesitas cualquier cosa y vendré volando.

—Vete tranquilo, estaré bien —le aseguró Ana.

Ruth sonrió ante la ternura y el cariño con el que se trataban y se preguntó si algún día ella llegaría a compartir esos momentos tan especiales con alguien.

—Vale, ya está bien —la regañó Ana en cuanto Nahuel se marchó—. Empieza a soltar por esa boquita qué demonios te pasa —Ruth abrió la boca pero Ana la interrumpió añadiendo con tono de advertencia—: Y ni se te ocurra decirme que nada.

—No quiero agobiarte con mis tonterías, he venido para que me cuentes lo feliz que eres y lo guapo que es mi sobrinito.

—Por favor Ruth, nos tienes a todos preocupados desde que te vimos ayer en el hospital, parecía que habías visto un fantasma y te largaste de allí volando —insistió Ana.

Ruth resopló, no tenía ninguna intención de contarle nada a Ana, no quería molestarla con sus delirios, pero insistió y Ruth pensó que le vendría bien hablar con alguien.

—Ayer, cuando fui a verte al hospital, me pareció ver a David.

— ¿Qué David? ¿Tu David? —Preguntó Ana sorprendida.

Ruth asintió con un leve gesto de cabeza y continuó hablando:

—Anoche estaba agotada, apagué el teléfono móvil y me fui a dormir. Esta mañana me levanté temprano y fui a la galería, me di cuenta de que no llevaba el móvil nada más llegar, pero seguí trabajando hasta que terminé de organizar todo lo de la exposición y regresé a casa. Cuando he encendido el móvil tenía este mensaje de David —Ruth le tendió su teléfono a Ana para que leyera el mensaje y, cuando lo hizo, le preguntó—: ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Por qué se pone en contacto conmigo después de casi tres años? ¿Está de paso en la ciudad y busca a alguien con quien echar un polvo?

—Ruth, cálmate —le aconsejó Ana—. La única manera que tienes de responder esas preguntas es hablando con él. Es un mensaje cordial y amistoso, está en la ciudad y quiere verte. Te está proponiendo quedar para tomar un café, ¿qué tiene de malo?

Ruth sabía muy bien qué tenía de malo. Había pasado mucho tiempo pero no le había podido olvidar. Todavía tenía el corazón roto, no lo había superado pero había aprendido a vivir con ello. Le había puesto una coraza de piedra a su corazón y, si volvía a verle, se arriesgaba a que esa coraza se deshiciera y su que su corazón se rompiera de nuevo.

—Sé que lo pasaste fatal cuando se marchó y sé que todavía sientes algo por él, de lo contrario no estarías así —opinó Ana suavizando su tono de voz—. Os despedisteis dejando una ventana abierta a vuestra relación, es hora de que abráis la puerta o la cerréis para siempre. No puedes vivir pensando siempre en lo que pudo haber sido, tienes que arriesgarte, Ruth.

—Probablemente tengas razón —resopló Ruth encogiéndose de hombros.

Y era sincera, realmente creía que Ana tenía razón, pero se mareaba y sentía náuseas solo de pensar en que David pudiera rechazarla. A duras penas logró seguir adelante con su vida tras su despedida y no se creía capaz de pasar por ello una segunda vez.

En ese momento, el llanto del pequeño Nahuel inundó la estancia a través del walkie y Ana subió a la planta superior para buscarlo.

—Es su hora de comer —anunció mientras se ponía en pie—. Ve llamando al restaurante para que nos traigan la comida, ahora mismo vuelvo.

Ruth llamó al restaurante chino y encargó la comida a domicilio. Pocos minutos después, Ana apareció cargando en sus brazos al pequeño Nahuel y a ambas se les caía la baba contemplándolo.

Las dos amigas disfrutaron viendo como el pequeño Nahuel comía mientras esperaban al repartidor del restaurante chino. Cuando el pequeño se durmió y ellas terminaron de comer, Ana intentó retomar la conversación sobre David, pero al ver que Ruth no estaba por la labor de seguir hablando del tema, decidió preguntarle por la próxima exposición.

A Ruth le encantaba su trabajo y hablar de la exposición la relajó, incluso rieron divertidas cuando le contó que Mike expondría un par de fotografías suyas.

Nahuel regresó tres horas después de haberse marchado y Ruth aprovechó su llegada para despedirse tras prometerle a Ana que la llamaría e iría a verla más a menudo.

Enamórame 1.

Ruth estaba temblando. Intentó disimular frente a sus amigos en el hospital, era el día de Ana y su bebé recién nacido, no quería ensombrecerlo con sus desvaríos. Trató de comportarse con normalidad pero, cuando sus amigos comenzaron a hacerle preguntas, decidió despedirse alegando que tenía mucho trabajo y se marchó.

Ahora estaba en el parking del hospital, sentada tras el volante de su coche, sintiéndose incapaz de conducir. Cerró los ojos, suspiró profundamente y pensó en voz alta:

—Necesito descansar, la mente empieza a jugarme malas pasadas…

Y no era para menos. Ruth había llegado feliz al hospital, deseando conocer al bebé recién nacido de sus amigos Ana y Nahuel. Tras preguntar en el mostrador de información en qué habitación se encontraba Ana Fernández, se dirigió al ascensor y subió hasta la planta 12. Las puertas del ascensor se abrieron y Ruth caminó con decisión hasta que lo vio al final del pasillo. Estaba de espaldas y llevaba una bata blanca de médico, pero supo que era él.

Hacía más de dos años y medio que no sabía nada de David, desde que le envió aquel mensaje en el que decía que era mejor que no mantuvieran ningún tipo de contacto. Él aceptó una plaza en un hospital en el otro extremo del país y se mudó; ella regresó a la ciudad, encontró un buen trabajo en una galería de arte y continuó con su vida, o al menos lo intentaba. Pero ninguno de los dos había olvidado esos días de verano que compartieron en la costa y en los que pasaron de ser dos extraños que acababan de conocerse para ser simplemente un solo ser.

Su corazón se aceleró al verle, pese a que seguía de espaldas a ella, no estaba preparada para un encuentro de sopetón, se asustó y corrió para esconderse en la habitación de Ana y el pequeño Nahuel, donde también se encontró con Eva y Derek.

Ya más calmada, aunque con mil preguntas rondándole la cabeza, arrancó el motor del coche y condujo hacia la galería de arte.

—Si está aquí, ¿por qué no me ha llamado? ¿Y si está con otra? —Hablaba consigo misma mientras conducía—. ¿Y si se ha casado e incluso tiene hijos?

La sola idea de imaginarlo hizo que sintiera náuseas. Sí, habían pasado casi tres años con sus largos días y sus largas noches, pero no había un solo día en el que Ruth no se acordara de él. Pese a que de cara a sus amigos se había vuelto una mujer fría y devora hombres, seguía siendo la misma Ruth romántica y soñadora de siempre y, aunque jamás lo reconocería en voz alta, solía fantasear con que algún día David regresaría a buscarla y serían felices para siempre.

Pasó la tarde en la galería, concentrada en su trabajo. Concretamente, en la inauguración de la nueva exposición de fotografía erótica que en un par de semanas se celebraría en la galería. Tan concentrada estaba que no se dio cuenta que alguien entró en su despacho hasta que escuchó la voz de Mike:

—Hola Ruth, ¿estás muy ocupada?

—Para ti siempre estoy disponible —le aseguró Ruth dedicándole la mejor de sus sonrisas.

Conocía a Mike desde hacía dos años, cuando acudió a una de sus exposiciones de fotografía y se quedó maravillada con su trabajo. Tenían muchas cosas en común, se llevaban bien y rápidamente se hicieron buenos amigos.

— ¿Eso ha sido una insinuación? —Quiso saber Mike y añadió bromeando—: Será mejor que no me tientes, con el lío de la exposición no he tenido tiempo para nada.

— ¿Ni siquiera para un polvo rápido con tu vecina? —Preguntó Ruth burlonamente.

Mike le confirmó lo evidente con una sonrisa descarada y Ruth rompió a reír a carcajadas. Conocía demasiado bien a su amigo para saber que la abstinencia sexual no iba con él. Pese a que ambos disfrutaban abiertamente del sexo, nunca se habían acostado juntos. Habían construido una gran amistad y ninguno de los dos quería echarla a perder a causa de un revolcón.

—Por cierto, ya he seleccionado las fotografías —le dijo tras entregarle una carpeta.

Ruth abrió la carpeta y revisó las fotografías una a una en el más absoluto de los silencios hasta que vio las tres últimas y espetó sobresaltada:

— ¡¿Es que te has vuelto loco?! ¡¿Cómo vas a exponer mis fotos?!

Mike era un excelente fotógrafo y, un día que a Ruth le apeteció hacer de modelo para divertirse un rato, Mike le sacó algunas fotografías.

—Son unas fotografías magníficas y de lo más inocentes, no puedes negarte —argumentó Mike—. Todo el mundo querrá pujar por ellas, serán un éxito.

—Claro, así tú te llenas los bolsillos mientras un viejo verde se masturbará mirando mis fotografías —replicó Ruth horrorizada.

—No sé si será o no un viejo verde, pero de lo que estoy seguro es de que tendrá mucho dinero si puja por alguna de tus fotografías, son la guinda de mi exposición —comentó divertido.

Ruth echó un vistazo a las fotografías de nuevo y sonrió. Tampoco iba a pasar nada si se exponían tres fotos suyas en las que aparecía en ropa interior, envuelta en una sábana sobre una cama deshecha o vestida únicamente con una camisa de hombre abierta. Eran fotografías sensuales en las que no se enseñaba nada más de lo que se enseñaba en la playa. Eran insinuantes y sensuales, eróticas pero sin caer en lo obsceno.

—Supongo que así aprenderé a no jugar a ser modelo —zanjó la cuestión Ruth encogiéndose de hombros.

— ¿Se puede saber qué te pasa?

— ¿A mí?

—Sí, a ti —afirmó Mike sentándose en el sillón que quedaba frente a ella—. Creía que ibas a montar en cólera cuando te lo dijera y parece que te da igual.

—Creía que querías convencerme y te lo he puesto fácil, hoy no tengo ganas de discutir.

—Y eso no es normal en ti, ¿quieres contármelo?

—No hay nada qué contar, Mike.

—Ruth, si no quieres contármelo, no lo hagas. Pero no me mientas, por favor —insistió Mike.

—Es una tontería, de verdad… —Le confesó un poco avergonzada—. He ido a ver a Ana y al pequeño Nahuel al hospital y, al salir del ascensor, me ha parecido ver a David.

— ¿El mismo David que dejó tu corazón congelado tras unas tórridas vacaciones de verano en la costa?

—El mismo —le confirmó Ruth con un sonoro suspiro.

—Y, ¿qué te ha dicho?

—Nada.

— ¿Nada?

—No me ha visto, estaba de espaldas y he huido como una cobarde —reconoció Ruth.

—Pero, ¿estás segura de que era él?

—No lo sé, creo que sí. Estaba de espaldas y llevaba puesta una bata blanca de médico, me pareció él y no me quedé allí para confirmarlo.

—Últimamente trabajas demasiado, deberías tomarte unos días de vacaciones, te sentarán bien —le aconsejó Mike preocupado.

Ruth suspiró profundamente. Mike tenía razón, necesitaba descansar, desconectar unos días y dedicar un poco de tiempo solo para ella.

—Puede que me tome unos días libres después de la exposición —comentó Ruth no demasiado convencida.

Mike insistió en que descansara y la obligó a marcharse a casa. Eran las siete de la tarde cuando entró en su apartamento, el mismo que compartió con sus amigas y que ahora era solo para ella.

Apagó el teléfono móvil y se relajó durante más de una hora en la bañera mientras se tomaba una copa de vino. Se acomodó en el sofá y llamó al restaurante de comida china para pedir que le trajeran un menú individual a casa, no tenía ganas de cocinar. Después de cenar, buscó el diario de a bordo de aquellas vacaciones en la costa y se quedó dormida mirando una de las fotos de David.

Cita 101.

“La felicidad consiste en dormir sin miedo y despertar sin angustia.”

Françoise Sagan.

Enamórame.

Después del relato El último veranode la novela Búscame y de la novela Sedúcemellega Enamóramela novela que continúa la historia con Ruth como protagonista.

Desde aquel verano en la Costa, Ruth ya no es la misma. Su corta pero intensa relación con David la marcó de por vida y su corazón se rompió cuando el se traslado al extremo opuesto del país por motivos profesionales. No se lo reprochaba, ella también hubiera hecho lo mismo, pero que David decidiera que era mejor no mantener ningún tipo de contacto la sumió en un estado de profunda ira que, casi tres años después, todavía la dominaba.

Se había prohibido a sí misma volver a enamorarse de un hombre y, para evitar riesgos, no se permitía tener más de tres cita con el mismo hombre o, lo que venía siendo lo mismo, no se acostaba con más de tres veces con en el mismo hombre. Hasta el momento, le había ido bastante bien.

Ana estaba casada y acababa de tener un bebé; Eva estaba prometida y planeaba su próxima boda; y Ruth se había centrado en su trabajo, con la excepción de sus pequeños encuentros sexuales con algún hombre que acabara de conocer. Fingía que se había vuelto una mujer fría y distante, de las que no creen en el amor y jamás lloraría por un hombre, pero seguía pensando en David, no podía quitárselo de la cabeza.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron y lo vio de espaldas, Ruth casi se desmaya. Estaba de espaldas y llevaba la bata blanca de médico, pero tuvo ninguna duda de que era él. Ya que estaba allí, cumplió con su cometido e hizo una rápida visita a su amiga Ana para conocer al pequeño Nahuel, pero salió del hospital como alma que lleva el diablo en cuanto pudo. ¿Lo que había visto era real o un producto de su imaginación? ¿Se habría vuelto loca de tanto pensar en él? ¿David había regresado a la ciudad y no le había dicho nada? ¿Seguiría soltero? ¿Se habría casado? ¿Tendría hijos? Ruth estaba a punto de gritar y lo hizo cuando, al día siguiente, recibió un mensaje de David o, como ella lo llamaba, el Innombrable.

¿Quieres saber más sobre cómo continúa la historia de Ruth? No te la pierdas y disfruta leyéndola capítulo a capítulo, seguro que te gustará:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

 

Sedúceme 18.

Eva y Derek bajaron al salón de casa de los padres de Eva. Victoria les recibió con su amplia sonrisa en los labios, pero Vicente estaba más serio de lo habitual y a Eva no le pasó desapercibido. Quería que Derek se sintiera cómodo con sus padres, pero su padre no se lo estaba poniendo fácil. Con la única intención de quedarse un momento a solas con su padre, Eva le dijo a Derek:

—Cariño, me he dejado el teléfono móvil sobre la isla de la cocina del loft, ¿te importaría ir a buscarlo, por favor?

—Claro —la complació Derek y desapareció al instante.

—Papá, no estás colaborando nada —le reprochó Eva a Vicente.

—Tu madre ya está colaborando por los dos —protestó su padre.

—Por favor, papá —le rogó Eva—. Tengo intención de pasar el resto de mi vida con Derek, te agradecería que le trataras como a uno más de la familia, porque para mí lo es.

—De acuerdo, cielo —fue incapaz de negarse Vicente—. Pero si en algún momento no se comporta contigo como te mereces, yo mismo me ocuparé de estrangularle con mis propias manos.

—Estoy segura que eso nunca llegará a suceder —le confesó Eva con una amplia sonrisa en los labios.

Vicente pudo ser testigo de la felicidad que Derek causaba en Eva, hacía tanto tiempo que no la veía tan radiante como lo estaba en ese momento y supo que era gracias a Derek. Lo único que Vicente quería era seguir viendo así de feliz a su hija, así que no le costó ningún esfuerzo ser amable y simpático con su futuro yerno, algo que Eva agradeció en silencio. Derek notó aquel cambio en el comportamiento de Vicente hacia a él y adivinó que Eva tenía algo que ver en ello, pero prefirió no comentar nada.

La cena fue mucho mejor de lo que Eva esperaba. Derek se había ganado la confianza de sus padres en pocas horas, aunque el cambio de comportamiento de Vicente en realidad había sido producido por Eva.

Tras la cena, Eva quiso salir a tomar una copa pese al frío que hacía y Derek trató de convencerla para quedarse en el loft.

—Cariño, ¿no prefieres quedarte en casa? —Le preguntó Derek mientras Eva se ponía el abrigo.

—Si pretendes tenerme en abstinencia, será mejor que pasemos el menor tiempo posible en loft o acabaremos discutiendo —le respondió Eva visiblemente molesta.

—Nena, subamos al loft —le susurró al oído con tono sugerente al mismo tiempo que la agarraba por la cintura para estrecharla entre sus brazos—. Si vas a torturarme hasta que no pueda más, prefiero caer ya en la tentación.

Eva sonrió satisfecha y le besó apasionadamente. Derek le quitó el abrigo, la cogió en brazos y la llevó junto a la cama. La desnudó lentamente, disfrutando del placer de ir descubriendo poco a poco cada centímetro de su piel. Cuando se quedó completamente desnuda, Eva gimió demandando lo que tanto ansiaba y Derek no se hizo de rogar.

Hicieron el amor con ternura y alcanzaron el clímax al mismo tiempo, quedándose abrazados el uno al otro hasta que recobraron la respiración.

—Nena, quiero darte tu regalo de navidad —le susurró Derek sonriendo con complicidad.

—Faltan dos días para navidad —comentó Eva intrigada—. ¿Qué me has comprado que no pueda esperar? ¿Has adoptado un amiguito para Thor? —Preguntó emocionada.

—Es algo que tenía pensado regalarte cuando regresemos a la ciudad, pero creo que no puede haber un mejor momento que este —Derek se levantó de la cama, rebuscó en su maleta y regresó junto a Eva con una pequeña cajita con un lazo rojo—. Cariño, esto es para ti.

Eva lo miró a los ojos antes de abrir su regalo. Derek parecía nervioso y ella se apresuró en averiguar qué contenía la caja. La abrió sin más ceremonia y se quedó petrificada cuando vio el anillo. Era un hermoso anillo de compromiso de oro blanco con un enorme diamante con forma de lágrima.

—Derek… —Balbuceó Eva sin dejar de mirar el anillo pero sin cogerlo.

—Cariño, te quiero —le dijo Derek mirándola a los ojos—. Eres la persona con la que quiero acostarme y levantarme todos los días, la persona más importante de mi vida. Quiero vivir la vida contigo, en lo bueno y en lo malo. Cásate conmigo, nena.

Eva se quedó muda. Estaba tan emocionada por lo que acababa de escuchar de los labios de Derek que continuaba procesándolo.

—Nena, dime algo por favor —le rogó Derek.

—Sí. ¡Claro que sí! —Exclamó arrojándose a sus brazos.

Se fundieron en un apasionado beso y Derek le colocó el anillo de compromiso en el dedo antes de hacerle el amor de nuevo.

Al día siguiente, cuando se reunieron con toda la familia, la pareja dio la feliz noticia y todos les felicitaron por el reciente compromiso. Irene y Victoria comenzaron a hacer planes para la boda, Ana les dio algunos consejos y todos dieron su opinión sobre una boda perfecta. Pero Derek y Eva no les escuchaban, tan solo se miraban y se sonreían con complicidad, sin ser conscientes de lo que ocurría a su alrededor.

Aquella navidad en el pueblo fue la mejor que habían vivido, rodeados por la familia y sus mejores amigos. Derek y su familia congeniaron muy bien con la familia de Eva. Junto a la familia de Ana y la de Ruth pasaron la navidad y el fin de año.

Después de aquellos días de vacaciones, regresaron a la ciudad. Derek trató de convencer a Eva durante esos días en el pueblo para que se mudara a su casa, pues se negaba a dormir ni una sola noche lejos de ella. Eva, tras la insistencia de Derek, la necesidad que sentía por estar cerca de él y el hecho de que ya pasaba casi todas las noches en su casa, decidió aceptar y se trasladó con él. Se sintió mal por Ruth, no quería dejarla sola, pero Ruth la tranquilizó alegando que estaría bien e incluso bromeó diciendo que ahora podría subir al apartamento a tantos hombres como quisiera.

Tres meses más tarde, Derek y Eva seguían disfrutando de su amor y conviviendo en armonía. Habían establecido una agradable rutina, se compenetraban a la perfección y ambos colaboraban en las tareas domésticas, pese a que Derek tenía contratada a una asistenta.

Eva estaba terminando de arreglarse para ir al hospital a ver a Ana y a su bebé recién nacido. Se estaba demorando más de lo habitual y Derek empezaba a impacientarse.

—Nena, si no te das prisa no llegaremos ni al primer día de colegio —protestó Derek, que la esperaba impaciente para ir a conocer a su sobrino recién nacido.

—Ya estoy lista —anunció Eva bajando las escaleras.

Derek se acercó a ella, la besó en los labios y, agarrados de la mano, se encaminaron hacia el garaje, donde se subieron al coche de Derek.

Apenas veinte minutos más tarde, llegaron a la clínica de maternidad donde Ana había dado a luz. Se encontraron a Nahuel en el pasillo, frente a la puerta de la habitación.

—Felicidades papá novato —felicitó Derek a su hermano.

—Enhorabuena —lo saludó Eva—. ¿Cómo está la mamá y el pequeñín?

—La mamá feliz pero cansada y el pequeñín está perfectamente, ahora mismo duerme como un tronco —les respondió Nahuel feliz—. Pasemos a la habitación, así podréis conocer a vuestro primer sobrino.

Nahuel entró en la habitación y Derek y Eva lo siguieron. Ana estaba estirada sobre la cama con el pequeño bebé recién nacido en sus brazos. Se quedaron observándola con ternura hasta que Ana se percató de su presencia y les saludó dedicándoles una amplia sonrisa:

— ¡Si están aquí los titos! Mirad al pequeño Nahuel, tiene los mismos morritos que los Smith.

Durante más de una hora, el pequeño Nahuel pasó de mano en mano para estar en brazos de sus tíos y de sus papás.

Ruth llegó poco después, parecía nerviosa y contrariada, pero cuando le preguntaron tan solo se excusó diciendo que tenía mucho trabajo en la galería. Apenas estuvo treinta minutos en la habitación del hospital y se marchó aún más nerviosa de lo que llegó.

— ¿Qué le ocurre a Ruth? —Preguntó Ana cuando la aludida se marchó.

—No lo sé, pero eso no ha sido nada normal —comentó Eva—. Debe tener mucho lío en la galería, en un par de semanas inauguran una nueva exposición.

Derek y Eva se despidieron de los recién estrenados papás y del pequeño retoño que habían traído al mundo. Cuando llegaron a casa, Derek abrazó por la espalda a Eva y le susurró al oído:

—Nena, quiero que tengamos un bebé. Un pedacito de nosotros.

—Y lo tendremos, pero después de la boda.

—Solo quedan cinco meses, estoy deseando que seas mi esposa —le confesó Derek.

—Y yo estoy deseando serlo —le aseguró Eva—. Pero no pienso casarme gorda como una morsa, así que nada de bebés hasta que estemos casados.

—En ese caso, deberíamos ir practicando… —sugirió Derek.

Se fundieron en un apasionado beso de tornillo, encendieron su deseo e hicieron el amor con ternura, despacio y sin prisa, como acostumbraban a hacerlo desde que se prometieron en Navidad.

 

FIN

 

Si quieres saber más sobre la historia de Ruth, no te pierdas la novela “Enamórame“.

Cita 100.

“Te toqué y se detuvo mi vida.”

Pablo Neruda.