Archivo | septiembre 2017

Búscame 10.

Con la excusa de preparar la maleta para ese repentino fin de semana, Ana se marchó de la Agencia después de almorzar, por supuesto Nahuel la acompañó a casa. Se despidieron frente al portal del edificio con un beso en los labios que, como ya era costumbre, Nahuel se vio obligado a frenar antes de que fuera a más.

Ana entró en el apartamento refunfuñando y Ruth, que estaba en la cocina, la escuchó.

— ¿Se puede saber qué te pasa? —Preguntó Ruth al escucharla.

— ¿Se puede saber qué haces tú aquí a estas horas?

—Me han dado la tarde libre, mañana tenemos un evento importante y mi jefe quiere que esté descansada. ¿Y tú?

—Nahuel me ha pedido que le acompañe a la costa este fin de semana para asistir a una gala benéfica —le respondió Ana molesta.

—Por tu humor cualquiera diría que te ha pedido que mates a alguien —se mofó Ruth—. ¿Qué tienes en contra de pasar un fin de semana con él en la costa?

—Cuando me lo ha propuesto me ha dejado claro que se trataba de una proposición profesional, sigue pensando en ir despacio —protestó Ana—. Pasar el fin de semana con él en su casa de la costa se va a convertir en una tortura a un mayor que trabajar con él.

—Cielo, Nahuel es un hombre —le recordó Ruth—. Tan solo tienes que utilizar tus armas de mujer y se olvidará hasta de su nombre.

— ¿Y qué quieres que haga? ¿Me desnudo y me meto en su cama? —Le replicó Ana.

—Chica, ¿es que no has oído hablar de la sutilidad?

—Tiene gracia que tú me hables de ser sutil —murmuró Ana.

—Te he oído —la acusó Ruth—. Pero soy buena amiga y te voy a dar unos consejos que te van a servir de ayuda.

—Ilumíname con tu sabiduría —dijo burlonamente Ana.

—Para empezar, muéstrate entusiasta, finge que te interesa asistir a la gala benéfica, que te mueres de ganas por conocer a más clientes y todo ese royo profesional —comenzó a decir Ruth ignorando el comentario de Ana—. Nahuel ha de pensar que ese viaje solo te interesa a nivel profesional, pero a la vez te tienes que mostrar divertida, amable y coqueta. Tienes que seducirle de una manera inocente, de manera que él ni siquiera sospeche de tus verdaderas intenciones.

—Ruth, yo no sirvo para esas cosas —protestó Ana—. Soy torpe por naturaleza.

—Bueno pues, si no se te da bien, siempre puedes contar con el plan B: te desnudas y te metes en su cama —bromeó Ruth entre risas.

Ana pasó la tarde haciendo la maleta y preparando su ropa para el día siguiente. Nahuel estaba a punto de enviarle un mensaje de buenas noches a Ana como hacía todos los días, pero finalmente decidió llamarla. No sabía el qué, pero estaba seguro de que algo no iba bien con ella. Al pedirle que la acompañara le había dejado claro que sus intenciones eran totalmente profesionales, sobre todo cuando le propuso alojarse en su casa, pero aquella aclaración parecía haberla molestado. Nahuel ya no sabía qué hacer, pensaba que ir despacio sería difícil pero satisfactorio, sin embargo le estaba resultando una verdadera tortura y sentía a Ana más alejada de él que nunca. Llamarla era lo más acertado, o al menos eso pensaba Nahuel.

—Hola preciosa —la saludó en cuanto Ana descolgó—. ¿Ya lo tienes todo preparado?

—Sí, estaba a punto de meterme en la cama —le respondió Ana con tono sugerente pero inocente, como le había aconsejado Ruth.

—Mañana pasaré a buscarte a las siete de la mañana, nuestro vuelo sale a las ocho —le anunció Nahuel.

—No hacía falta que me lo recordaras —le dijo Ana un poco molesta, decepcionada de que la llamara solo para eso.

—En realidad solo era una excusa para hablar contigo —le confesó Nahuel—. Tenía otros planes para nosotros este fin de semana, pero la gala lo ha cambiado todo —se sinceró Nahuel—. Ana, si no te apetece acompañarme lo comprenderé, no pasa nada. Prefiero que no vengas a que me acompañes y me odies por arrastrarte hasta allí.

Ana se sintió fatal, Nahuel hacía todo aquello solo para que ella se sintiera cómoda en la Agencia y también porque quería que su relación funcionase. Aun así, Ana decidió seguir con el consejo de Ruth y le respondió:

—La verdad es que me apetece mucho acompañarte, así tendré la oportunidad de conocer a otros clientes de la Agencia y ver en primera persona el trabajo que desarrollan los agentes durante la gala benéfica —comentó Ana, pues la Agencia Smith se encargaba de la seguridad del evento.

—Puede que no sea lo que hemos planeado, pero me gustaría invitarte a cenar el sábado —le propuso Nahuel—. Una tercera cita en la costa, ¿qué me dices?

—Suena muy tentador, supongo que no puedo negarme.

—Genial, nos vemos mañana entonces —se despidió Nahuel—. Buenas noches, preciosa.

—Buenas noches —se despidió Ana antes de colgar.

Tras esa conversación, Ana fue en busca de Ruth a su habitación y le pidió ayuda, necesitaba acabar con aquella tortura perpetua y un fin de semana en la costa sería el escenario perfecto.

Al día siguiente a las siete de la mañana, Nahuel esperaba a Ana frente al portal del edificio. Le acompañaba Jason, quien les llevaría al aeropuerto privado donde despegaría el jet de la Agencia para llevarles a la costa. Nahuel la ayudó con las maletas en cuanto la vio traspasar el umbral del portal y la saludó con un beso en la mejilla:

—Buenos días, preciosa —le susurró al oído.

—Buenos días, señor Smith —le saludó Ana un tanto decepcionada por ese beso en la mejilla.

Nahuel sonrió al percatarse, pero no dijo nada. Jason les llevó hasta el aeropuerto privado y allí se subieron al jet de la Agencia. Ana se quedó fascinada, ella no estaba acostumbrada a tanto lujo y aquello la impresionaba.

—Ven aquí, estamos a punto de despegar —le anunció Nahuel agarrándola de la cintura para sentarla y abrocharle el cinturón de seguridad. La miró a los ojos, le dio un leve beso en los labios y le susurró al oído—: Estás preciosa.

Ana agradeció el cumplido con una sonrisa coqueta, dispuesta a llevar a cabo el plan de Ruth hasta el final.

Las dos primeras horas de vuelo fueron tranquilas, Nahuel se dedicó a trabajar desde su ordenador portátil y Ana aprovechó para seguir durmiendo, apenas había pegado ojo la noche anterior escuchando los consejos de Ruth. Media hora antes de aterrizar el avión atravesó una tormenta y las turbulencias despertaron a Ana, que preguntó asustada:

— ¿Qué ocurre?

—Turbulencias a causa de una tormenta —le informó Nahuel pero, al ver la expresión de pánico en el rostro de Ana, añadió—: No te preocupes, estamos a punto de aterrizar y no hay ninguna complicación.

El avión aterrizó sin demasiadas complicaciones, pero las turbulencias por suerte no desviaron al jet de su trayectoria. Justo antes de que el avión tocara tierra, Ana se aferró a la mano de Nahuel con fuerza.

—Tranquila, ya hemos aterrizado —la tranquilizó Nahuel para que abriera los ojos al mismo tiempo que le desabrochaba el cinturón de seguridad—. Hemos tenido suerte, se acerca una gran tormenta.

—No pienso volver a subirme a un avión antes de comprobar el parte climatológico —anunció Ana aterrada.

Salieron del jet y un tipo les esperaba frente a un todoterreno negro igual al de Nahuel. Nahuel saludó al tipo con un estrechón de manos, se hicieron algunas preguntas cordiales y el tipo le entregó las llaves del vehículo. Mientras Nahuel ayudaba a Ana a sentarse en el asiento de copiloto, el tipo cargó el equipaje en el maletero. Nahuel se despidió de él  con otro estrechón de manos y se subió al todoterreno junto con Ana.

—Ya estamos en la costa, ahora vamos a casa a instalarnos —anunció Nahuel.

Ana sonrió a pesar de que no se le había pasado el susto con las turbulencias durante el vuelo, seguía estando nerviosa y Nahuel le acarició la rodilla para tranquilizarla.

Cita 86.

“Vivo cada día con la esperanza de verte regresar… y cada noche sabiendo que no estás.”

Frida Kahlo.

Búscame 9.

Después de aquella primera cita, Nahuel llamó al día siguiente a Ana. Quería asegurarse de que todo estaba bien entre ellos, echaba de menos oír su voz y alegó como excusa que la llamaba para recordarle que el lunes pasaría a buscarla a las ocho.

Cuando Ana les contó a sus amigas todos los detalles de su cita con Nahuel, hubo variedad de opiniones. El sol de la costa parecía haber derretido la coraza de hielo de Eva, que se mostraba abierta al amor y a encontrar un príncipe azul mientras Ruth continuaba opinando que era una tontería ir despacio cuando ya se habían acostado juntos.

—A mí me parece que Nahuel está actuando con sensatez —opinó Eva—. Además, no podéis negar que está siendo muy romántico.

—Un hombre que quiere ir despacio y no quiere sexo no es un hombre de fiar, aunque en realidad no creo que ninguno lo sea —opinó Ruth.

—Estoy decidida a seguir adelante con esto, pero tengo que reconocer que va a ser una tortura —se sinceró Ana—. No sé si voy a ser capaz de controlar mis ganas de lanzarme sobre él.

Durante los días siguientes, Nahuel pasaba a recogerla todas las mañanas para ir a trabajar. Elvira se había encargado de coordinar las agendas de ambos para que pudieran asistir en directo desde el centro de control a algunos de los servicios que la Agencia ofrecía. Ana mostraba interés por todo lo relacionado con la Agencia, quería estar preparada para su puesto de trabajo para no decepcionar a Nahuel. Su relación seguía siendo la misma, Ana no notaba ningún avance y empezaba a ponerse nerviosa. Pero el viernes, cuando Nahuel llevó a Ana a su apartamento después del trabajo, le propuso una segunda cita.

— ¿Te apetece que volvamos a salir mañana? —Le preguntó Nahuel—. He preparado algo especial para nuestra segunda cita —le adelantó Nahuel.

—Me muero de ganas por saber qué tienes preparado —le confirmó Ana.

—Genial, pasaré a buscarte mañana a las once de la mañana. Ponte ropa y calzado cómodo, unos vaqueros y unas zapatillas deportivas servirán.

— ¿A dónde piensas llevarme?

—Tendrás que esperar a mañana para averiguarlo —la besó en los labios a modo de despedida y añadió—: Buenas noches, preciosa. Hasta mañana.

El sábado a las once de la mañana Nahuel la esperaba apoyado en su todoterreno frente al portal de su edificio. Se saludaron con un leve beso en los labios y se montaron en el todoterreno. Nahuel condujo durante más de hora y media hasta que llegaron a su destino. Ana bajó del vehículo, estaban en mitad de campo y lo único que había cerca era un establo.

— ¿Dónde estamos? —Preguntó Ana.

—La familia de Jason tiene una hípica, hoy vamos a montar a caballo —le respondió Nahuel con una amplia sonrisa en los labios.

—Nahuel, no he montado a caballo en mi vida —confesó Ana.

— ¿Te atreves a subirte conmigo a un caballo?

—Sí, supongo que sí.

Nahuel la agarró de la mano y juntos caminaron hacia el establo. Allí les recibió uno de los tíos de Jason, les ensilló un caballo y les entregó una pequeña mochila con bebidas y un par de bocadillos. Nahuel ayudó a Ana a subir a lomos del caballo y acto seguido él se subió detrás de ella, rodeando su cintura al agarrar las riendas.

—No tengas miedo, no dejaré que te caigas —le susurró Nahuel al oído al notar como Ana se tensaba.

Ana se relajó entre los brazos de Nahuel, se recostó sobre su pecho y disfrutó del paseo a caballo junto a él. Nahuel se estaba esforzando en organizar citas románticas para conquistar a Ana y por el momento estaban dando buenos resultados.

Continuaron con su paseo a caballo hasta llegar a un pequeño claro por donde pasaba el río, donde decidieron parar a comer y refrescarse.

—Este lugar es fantástico, gracias por traerme —le agradeció Ana al mismo tiempo que estiraba una manta en el suelo y se acomodaban.

—Me alegra que te guste, no estaba muy seguro de acertar escogiendo un día de campo como segunda cita.

Después de comer, se tumbaron abrazados sobre la manta hasta que empezó a oscurecer y decidieron regresar al establo.

Tras aquel día de campo, Nahuel llevó a Ana de regreso a casa. Aparcó como todos los días frente al portal del edificio y la acompañó hasta al portal. Se despidió de ella con un beso en los labios que Ana trató de alargar, su paciencia se estaba agotando y deseaba que Nahuel diera un paso más, pero él se separó de ella con suavidad.

—No me lo pongas más difícil, pequeña —le rogó Nahuel casi en un susurro.

Ana resopló resignada, no tenía nada qué hacer si Nahuel seguía insistiendo en ir despacio. Deseaba tanto como Nahuel que su relación saliera bien, pero tenía serias dudas de que pudiese salir bien si seguían así, aquello era una tortura.

El lunes volvieron a la rutina, Nahuel la pasaba a recoger a las ocho de la mañana y juntos iban a trabajar a la Agencia. Nahuel comenzó a enviarle mensajes de buenas noches y todas las noches y eso a ella le gustó, pero esperaba más. Necesitaba más.

El jueves antes del almuerzo, Jason entró en el despacho de Nahuel. Su cara de pocos amigos alertó a Nahuel, quién le hizo un gesto para que se sentara y le preguntó:

— ¿Qué ocurre, Jason?

—Hace unas semanas Patrick Sumers envió una invitación a una de esas galas benéficas que organiza. Se me olvidó comentártelo porque seguías de vacaciones, pero Patrick me acaba de llamar para recordármelo —le informó Jason.

— ¿Cuándo es la gala, Jason? —Preguntó Nahuel.

—Este fin de semana, en la costa —le respondió Jason con una sonrisa socarrona en los labios y añadió—: Sería una tercera cita perfecta si Ana accede a acompañarte. Un fin de semana en la costa con ella, suena bien, ¿eh?

—Lárgate, Jason.

— ¿Y qué le digo a Patrick?

—En un rato te digo algo.

—Entonces, ¿se lo vas proponer a Ana?

—Lo intentaré cuando desaparezcas de mi despacho, Jason —le respondió Nahuel perdiendo la paciencia. Jason se marchó sonriendo y Nahuel decidió acercarse al despacho de Ana—. ¿Se puede?

—Por supuesto, pasa —lo invitó a entrar Ana—. ¿A qué se debe esta agradable visita?

Nahuel le dedicó una amplia sonrisa y tomó asiento. La observó durante un instante, estaba preciosa como siempre. Meditó la manera de proponerle que le acompañara a la costa a una gala benéfica organizada por uno de los clientes VIP sin que aquello pareciera que estuviese calculado.

—Jason me acaba de anunciar que este fin de semana debemos asistir a una gala benéfica en la costa —comenzó a decir Nahuel—. Quiero que me acompañes Ana.

— ¿Este fin de semana? —Preguntó Ana sorprendida.

—Así es —le confirmó Nahuel—. La invitación llegó mientras yo estaba de vacaciones en la costa, así que Jason se olvidó de mencionarlo. Esta mañana Patrick Sumers ha llamado para confirmar nuestra asistencia y ha sido cuando Jason me lo ha comunicado.

—De acuerdo —confirmó Ana su asistencia.

—Genial, confirmaré nuestra asistencia —concluyó Nahuel—. Te enviaré ahora el planning de la gala. Saldremos mañana por la mañana en uno de los aviones privados de la Agencia y, si te parece bien, podemos hospedarnos en mi casa.

— ¿En tu casa? —Preguntó Ana levantando las cejas.

—En mi casa estaremos más cómodos pero, si lo prefieres, podemos alojarnos en un hotel —le propuso Nahuel—. Sé que todo esto es muy precipitado, pero te aseguro que no estaba en mis planes y que mis intenciones para que me acompañes son totalmente inocentes, tan solo pretendo que conozcas más a la Agencia y a sus clientes.

A Ana le quedó claro que Nahuel pretendía seguir yendo despacio en lo concerniente a su relación, pero ella pensaba utilizar ese fin de semana en la costa para dar un paso más en esa relación. Ana lo pensó detenidamente, alojarse en casa de Nahuel sería lo mejor para llevar a cabo su plan.

—Si no te importa alojarme en tu casa, me parece bien —concluyó Ana.

Una vez que Ana aceptó acompañarle a la costa, Nahuel informó a Jason para que le confirmara a Patrick Sumers su asistencia a la gala y le pidió a Elvira que se encargara de organizar su viaje. Iba a ser un desafío de viaje, tener a Ana bajo su mismo techo y pretender seguir manteniendo las distancias con ella iba a ser difícil, pero quería ir despacio con ella y estaba dispuesto a pasar por aquella tortura.