Archivo | agosto 2017

Búscame 2.

El sábado por la noche Daniel, el hermano mayor de Ruth, las invitó a la fiesta de uno de sus amigos y ellas aceptaron encantadas, hacía mucho tiempo que no iban a una fiesta en el pueblo.

—En realidad, mi amigo Óscar vive a las afueras, en la casa grande del lago —les dijo Daniel mientras conducía hacia a la fiesta de su amigo.

Ana sonrió. Durante el último curso de instituto Óscar, pese a ser tres años mayor que ella, la estuvo rondando y ella coqueteó con él algunas veces, pero fue un juego inocente que no acabó en nada. Ana recordaba aquella casa como un lugar oscuro y tenebroso, una casa medio en ruinas y con el jardín repleto de malas hierbas de más de un metro de altas. Pero esa vieja y cochambrosa casa había sido reformada por completo y el resultado era increíble: parecía una enorme mansión con vistas al lago. Óscar había comprado la propiedad a muy buen precio y, tras reformarla, el resultado final era espectacular.

Ana se sintió cómoda en aquel lugar, recordaba haber jugado de niña a ver quién era el valiente que se atrevía a explorar la casa abandonada del lago, como la llamaban por aquel entonces.

— ¿Ana? ¿Eres tú?

Ana dio media vuelta y sonrió al encontrarse con Óscar.

—La misma, pero con unos cuantos años más —le confirmó Ana—. Daniel me ha dicho que compraste la propiedad y reformaste la casa, has hecho un gran trabajo.

—Acompáñame y te enseñaré el resto de la casa, te va a encantar —le propuso Óscar, pero al percatarse de que Ana parecía incómoda, decidió invitar también a sus amigas—: ¿Nos acompañáis?

—Por supuesto, este lugar es impresionante —se unió Eva que se moría de ganas por ver la casa.

A Ruth no le quedó más remedio que acompañarlas, pese a que a ella poco le importaba aquella lujosa casa. Ruth no tenía ganas de fiesta, tan solo quería encerrarse en su habitación de cuando era niña y esperar junto a su teléfono móvil por si David había cambiado de opinión y decidía ponerse en contacto con ella.

Óscar les enseñó la casa, pero siendo el anfitrión de la fiesta poco rato más se quedó con ellas, pues debía saludar al resto de invitados.

Las tres amigas saludaron a varios de los invitados, la mayoría compañeros de instituto, tomaron un par de copas e incluso bailaron alguna canción, pero ninguna de ellas se estaba divirtiendo, tan solo fingían hacerlo.

Pasadas las tres de la madrugada, Daniel decidió que ya era hora de regresar a casa y ninguna protestó. Óscar se acercó a ellos para despedirse y aprovechó el momento para decirle a Ana:

—Me ha gustado volver a verte, quizás podamos salir a cenar un día y ponernos al corriente de nuestras vidas, ¿vas a quedarte mucho tiempo por aquí?

—Me marcho mañana después de comer —le respondió Ana aliviada porque así era.

—Otra vez será, llámame si vuelves por aquí.

Ana no le respondió, se limitó a dedicarle una media sonrisa lo bastante convincente para que Óscar no siguiera insistiendo. Daniel las llevó de regreso a casa y las chicas decidieron dar por finalizada la noche del sábado.

El domingo por la mañana Ana se levantó temprano y salió a correr por el camino del bosque, un lugar apartado por donde le gustaba salir a correr cuando era adolescente. Necesitaba aclarar sus ideas y decidir qué iba a hacer con su vida. Tras correr durante varios kilómetros, decidió sentarse sobre una roca plana que yacía en mitad del bosque. Observó a dos ardillas que bajaban de un árbol en busca de algo de comida y sonrió al ver sus graciosos andares.

—Ojalá mi vida fuera tan simple como la vuestra —pensó en voz alta sin dejar de observar a las dos ardillas.

Y es que Ana estaba hecha un lío. Óscar siempre le había gustado, pero era un chico mayor y ella tan solo una adolescente, por eso nunca hubo nada entre ellos. Sin embargo, cuando por fin parecía que él la veía como una mujer y no como a una niña, Ana se sintió mal y por eso no aceptó del todo su invitación a cenar. Se sintió mal por Nahuel y eso fue lo que tanto le molestó. Nahuel no se había puesto en contacto con ella y ella le era fiel pese a que su historia probablemente ya había terminado antes de comenzar.

Ana estaba agotada cuando regresó a casa de sus padres. Susana la envió a darse un baño relajante en cuanto la vio entrar completamente exhausta y no desaprovechó la ocasión para regañarla:

—Tienes que ser más responsable, si sigues corriendo así al final caerás enferma.

—Estoy bien, mamá —trató de tranquilizarla sin éxito—. Solo necesito volver a ponerme en forma.

Tras darse un baño, Ana bajó al comedor para comer con sus padres antes de regresar a la gran ciudad, donde podría encerrarse en su habitación y seguir pensando en Nahuel.

Después de comer, tras despedirse de sus familias y prometer que regresaría pronto a haberles una visita, las chicas se subieron al monovolumen de Ana y regresaron a su apartamento en la ciudad, su nuevo hogar.

Cansadas como estaban, decidieron pedir pizza a domicilio y, tras cenar, cada una se retiró a su respectiva habitación.

Ana comprobó su teléfono móvil antes de meterse en la cama y se sorprendió al descubrir que tenía un mensaje de Nahuel. Sonrió y lo leyó: “Te he buscado y creo que te he encontrado, tengo ganas de verte. ¿Tienes planes para mañana?” Ana contempló la posibilidad de no contestarle de inmediato y dejarle sufrir un poco por todo lo que ella había sufrido esos días sin tener noticias suyas, pero le pudo más la curiosidad y las ganas de hablar con él: “Tengo una entrevista mañana por la mañana, pero tengo toda la tarde libre. Si para entonces sigues interesado en verme, búscame.” La respuesta de Nahuel fue inmediata: “No lo dudes, te buscaré y te encontraré. Buenas noches, preciosa.”

En ese momento Ana no pensó en cómo la encontraría Nahuel, tan solo se alegró al saber que al día siguiente lo vería. Le hubiera gustado contárselo a sus amigas, pero era tarde y ya estaban durmiendo, así que decidió meterse en la cama y descansar.

A la mañana siguiente Ana se levantó de buen humor, se duchó y se dirigió a la cocina para preparar el desayuno, donde se encontró con Ruth.

—Buenos días —la saludó Ana con alegría.

—Buenos días —saludó Ruth con desgana, ella siempre tenía mal despertar—. He preparado café. Me voy ya que llegó tarde.

— ¡Suerte! —Le deseó Ana, pues su amiga Ruth también iba a una entrevista de trabajo.

Ana llegó a la dirección que le dieron por teléfono y en lo alto de la fachada del edificio pudo leer el nombre de la empresa: “Agencia Smith”. Traspasó la enorme puerta de entrada al edificio y se dirigió a la recepción para anunciar su llegada.

—Buenos días, soy Ana Fernández y tenía una entrevista de trabajo.

—El señor Smith la está esperando. Vaya hacia el ascensor y suba hasta la décima planta, allí la acompañarán al despacho del señor Smith —le dijo la recepcionista con una amplia sonrisa que dejaba al descubierto sus perfectos dientes.

Ana siguió las indicaciones de la recepcionista y subió en ascensor hasta la décima planta, la más alta del edificio. Allí la esperaba una mujer de unos cincuenta años que la recibió con una amplia sonrisa y la guio por el pasillo hasta llegar al despacho del señor Smith. Tras golpear suavemente la puerta, la mujer anunció la llegada de Ana:

—Señor Smith, la señorita Fernández ya está aquí.

Se hizo a un lado para que Ana pasara y se retiró. Ana dio un par de pasos, entró en el despacho y se quedó paralizada al ver a quién podía ser su nuevo jefe.

—Buenos días, señorita Fernández —la saludó Nahuel tendiéndole la mano de la forma más profesional posible.

Ana se quedó paralizada, Nahuel era a quien menos esperaba encontrarse en ese despacho y ella no entendía nada.

— ¿No te alegras de verme? —Le preguntó Nahuel sin dejar de sonreír.

—Supongo que esperaba encontrarte en cualquier otro lugar menos aquí —le confesó Ana—. ¿Por qué me has hecho venir?

—Yo necesito una abogada de confianza y tú necesitas un trabajo, creo que podemos llegar a un acuerdo —le respondió Nahuel haciendo un gesto para que tomara asiento—. Aunque, para ser sincero del todo, te diré que también tenía ganas de verte.

—No creo que sea una buena idea, Nahuel.

—No rechaces el empleo por mí, te aseguro que nuestra relación personal no interferirá en nuestra relación profesional —insistió Nahuel—. Podemos incluir un período de prueba en tu contrato y, si pasado ese tiempo sigues pensando que no es una buena idea, no me opondré a que te marches e incluso redactaré una carta de recomendación.

Ana lo pensó por un instante. No tenía nada que perder, era el mejor trabajo que había encontrado, estaba bien remunerado y ubicado en una zona céntrica de la ciudad, cerca de su apartamento.

—De acuerdo, escucharé tu oferta, pero no te prometo nada —le advirtió Ana.

Ana temía que aquello no saliera bien, pero decidió arriesgarse y escuchar la propuesta de trabajo de Nahuel.

Búscame 1.

El viernes por la mañana Ana fue a su entrevista de trabajo. La oferta pintaba bien, pero lo que no anunciaban era que trabajaría como abogada en el departamento de personal de una multinacional despidiendo gente. Necesitaba un trabajo y no podía rechazarlo así como así, pero dos días antes la habían llamado para hacer una entrevista en otra empresa y decidió ser sincera con el tipo que tenía delante:

—Agradezco su oferta, pero tengo pendientes algunas entrevistas más y no quisiera tomar una decisión hasta haber escuchado el resto de ofertas.

—Lo entiendo, pero entienda que nosotros no podemos dejar de buscar una empleada —le dijo el director de personal que le estaba haciendo la entrevista—. No obstante, no dude en ponerse en contacto conmigo si finalmente toma la decisión de quedarse con nosotros.

—Lo haré si así lo decido —le aseguró Ana estrechándole la mano a modo de despedida.

Ana salió del edificio con un sabor agridulce. Sin duda era una buena oferta de empleo, pero ella era demasiado sentimental para dedicarse a despedir a sus compañeros, eso era demasiado para ella.

Así que todas sus esperanzas de encontrar empleo se centraron en la misteriosa entrevista que tenía el próximo lunes. La habían llamado por teléfono dos días antes, tan solo le comentaron el sueldo bruto anual que percibiría y que su puesto básicamente consistiría en llevar la parte legal de una empresa internacional con sede en la ciudad. Era un gran puesto y un gran sueldo, pero a Ana le pareció demasiado bonito para ser verdad. Aun y así aceptó la entrevista y le dijeron que no sería posible hasta el lunes, ya que hasta entonces no estaría “el jefe”, que sería la persona encargada de hacerle la entrevista. Que el jefe en persona quisiera hacerle la entrevista no fue lo que la sorprendió, al fin y al cabo pasarían mucho tiempo juntos y sería lógico que quisiera conocer a la persona con quien compartiría su tiempo durante la jornada laboral. Pero lo que le sorprendió es que la secretaria que la llamó no mencionó el nombre de ese jefe ni el de la empresa, tan solo le dio la dirección y le indicó que se presentara allí el lunes a las nueve de la mañana.

Cuando se lo contó a las chicas las dos torcieron el gesto, aquella entrevista era un poco sospechosa. Eva decidió buscar en internet y comprobó que la empresa que allí estaba instalada era la sede de una empresa internacional que, efectivamente, buscaba un abogado empresarial. Eva siguió buscando y descubrieron que se trataba de una empresa de seguridad, ofrecían servicios que iban desde agentes como seguridad privada, dispositivos de seguridad propios de una agencia de espionaje y unos “servicios exclusivos para clientes VIP” que no venían descritos en la página web. El dueño de la empresa era también el presidente y el director general, Ana pensó que debía ser el hombre más ocupado del mundo si se encargaba de presidir y dirigir una empresa cómo esa. Le hubiera gustado saber más de él, pero en la página web tan solo se le mencionaba con las iniciales “N. S.” y tampoco había ninguna foto de él. Tendría que esperar al lunes para conocerle.

Ana condujo de regreso al apartamento y aparcó frente a la puerta del edificio. Lo tenía todo preparado, tan solo tenía que coger las maletas y guardarlas en el maletero. Esperaba que sus dos amigas también lo tuvieran todo listo y así poder poner rumbo hacia el pueblo para ver a su familia.

Contra todo pronóstico, Eva y Ruth estaban preparadas para marcharse y la esperaban junto a la puerta con las maletas en la mano.

Tras tres horas conduciendo, las chicas llegaron a su pueblo natal a la hora de comer. Nada más apearse del coche, medio pueblo fue a saludarlas. En un pueblo pequeño como el de ellas todo el mundo se conocía.

Ana abrazó a sus padres, los echaba de menos pese a que hablaba por teléfono con ellos todas las semanas. Los padres de Ana también echaban muchísimo de menos a su única hija. Entendían que ella ya era mayor para tomar sus decisiones y su decisión fue trasladarse a la gran ciudad, aunque a ellos les hubiera gustado que Ana se quedara en el pueblo.

—Te hemos echado de menos, princesa —le dijo su padre mientras la abrazaba.

—Y yo a vosotros —le confesó Ana a su padre—. Mamá, ¿qué te has hecho en el pelo? Estás guapísima, ¡pareces mi hermana!

— ¡Te has fijado! —Le dijo Susana con alegría. Le dio un codazo a su marido y añadió—: Tu hija lleva dos meses sin verme y se ha dado cuenta que he cambiado el color de mi pelo y tú, que duermes conmigo cada noche, ni siquiera te has fijado.

—Oh, vamos Susana, claro que me he fijado —le aseguró Ramón—. Lo que pasa es que no puedo decirte a cada momento lo guapa que estás porque si no perdería credulidad.

Susana le lanzó una fulminante mirada a su marido y él le lanzó un beso al aire para arreglar la situación. Ana disfrutó al ver a sus padres tan enamorados como siempre, aunque tuvieran una particular forma de demostrarlo.

—Cuéntanos, Ana. ¿Cómo han ido las vacaciones por la costa? —Le preguntó Susana a su hija mientras entraban en casa.

—Las vacaciones han sido perfectas —respondió Ana al mismo tiempo que suspiraba y se sentaba en uno de los taburetes de la cocina.

Ramón adivinó que se avecinaba una conversación de chicas, así que dejó a madre e hija charlar en la cocina mientras él se encargaba de preparar la mesa en el comedor.

— ¿Suspiras porque se han acabado tus vacaciones o porque has dejado atrás algo más que unos días en la costa? —Le preguntó Susana, que conocía demasiado bien a su hija.

— ¿Tanto se me nota? —Quiso saber Ana.

—Eres mi hija y te conozco bien, cielo —le recordó su madre—. ¿Cómo se llama?

—Se llama Nahuel.

—Bonito nombre, aunque no muy común en los chicos del norte.

—Así es, Nahuel es de un pequeño pueblo de la costa, del mismo pueblo donde nos alojamos durante las vacaciones —le aclaró Ana.

—Son diez horas en coche, pero tan solo dos en avión —calculó Susana.

—Nahuel vive en la ciudad, pero viaja a menudo a la costa para ver a su familia.

—Entonces la distancia no es un problema —concluyó Susana.

—El problema es que ese hombre me gusta demasiado.

—Eso no es un problema, cielo. A menos que él no quiera volver a verte y, si te ha conocido, dudo mucho que no quiera volver a verte.

—Eres mi madre, no tienes un punto de vista objetivo —bromeó Ana. Madre e hija rieron y Ana añadió—: Él se quedó unos días más en la costa, me dijo que quería volver a verme cuando regresara a la ciudad y le dije que me buscara, pero todavía no he tenido noticias de él.

— ¿Sabes si ha regresado ya a la ciudad?

—No lo sé, pero si no ha regresado ya poco le debe faltar.

—Temes que no te busque —adivinó Susana—. Cielo, estoy segura de que te buscará y no te lo digo porque sea tu madre. A ese chico le interesas, de lo contrario no te habría dicho que quería seguir viéndote. ¿Sabe dónde localizarte?

—Tiene mi número de teléfono y yo el suyo —le respondió Ana encogiéndose de hombros.

—Pero ninguno de los dos se decide a llamar, la juventud de hoy en día actuáis de una forma bastante extraña, me cuesta entenderos —reflexionó Susana.

—Se te da genial, mamá —le aseguró Ana y le dio un beso en la mejilla—. Echo de menos nuestras charlas sobre chicos.

—Pues deberías llamarme más a menudo —la regañó cariñosamente Susana—. La comida ya está lista, ayuda a tu padre a preparar la mesa.

Ana disfrutó de la comida con sus padres y de una posterior sobremesa con Ruth y Eva y sus respectivos padres.