mesagosto 2017

Búscame 8.

Ana estaba nerviosa, se había probado más de veinte vestidos, varios de ellos de Ruth y Eva, pero no acababa de decidirse por ninguno. Quería estar espectacular en su cita con Nahuel, pero también quería resultar natural. Además, ni siquiera sabía a dónde la iba a llevar a cenar, quería ir elegante pero informal.

Ruth y Eva, que la observaban mientras se cambiaba de modelito una y otra vez, trataron de ayudarla a decidirse y finalmente optaron por unos vaqueros de pitillo de color negro, una blusa dorada sujeta al cuello y con la espalda al aire, una americana negra ceñida de manga 3/4 y unos zapatos letizios con tacón de diez centímetros.

— ¿Voy bien así? —Les preguntó Ana a sus amigas.

—Estás perfecta —le aseguró Eva.

—No entiendo a qué viene tanto nerviosismo si ya te lo has tirado —murmuró Ruth lo suficiente alto como para que Ana y Eva la escucharan.

—No le hagas caso, a mí me parece muy romántico —opinó Eva con nostalgia—. Te pide una primera cita, empezando de nuevo la historia que se quedó a medias en la costa.

—Estoy a punto de vomitar arco iris —se mofó Ruth.

— ¿Se puede saber qué os pasa? —Les preguntó Ana extrañada—. Es como si os hubierais intercambiado la personalidad.

Eva y Ruth se encogieron de hombros a modo de respuesta, pero lo cierto era que Ana tenía razón, era como si hubiesen intercambiado sus personalidades. Ruth, que siempre había sido la soñadora de las tres, ahora se había vuelto bastante fría, sobre todo en relación a los hombres. Eva, que siempre había sido la realista y disciplinada, ahora se había vuelto una romántica empedernida y una soñadora cursi. Ana no pudo reprocharles nada, ella misma se comportaba de una manera poco habitual. Las tres habían cambiado mucho en muy poco tiempo, pero ninguna se atrevió a mencionarlo, a excepción del comentario de Ana.

El móvil de Ana sonó, le había llegado un mensaje de Nahuel: “Estoy frente a tu portal deseando verte aparecer. N.” Ana sonrió al leerlo, un simple mensaje de Nahuel le alegraba el día.

—Chicas, me voy ya —les anunció—. Nahuel me está esperando, desearme suerte.

—Suerte, aunque estoy segura de que no la necesitas —la animó Eva.

— ¿Vendrás a dormir? —Quiso saber Ruth.

—Supongo que sí —respondió Ana encogiéndose de hombros—. Puede que Nahuel me haya pedido una cita, pero desde que nos hemos vuelto a ver tan solo nos hemos dado un par de besos, así que no creo que de repente me pida que pase la noche con él.

— ¡Qué mono, quiere ir despacio! —Exclamó Eva.

—Quizás solo te haya seducido para conseguir contratarte en su Agencia —bromeó Ruth.

—Creo que es más probable que la haya contratado para poder seducirla —opinó Eva.

—Gracias por creer en mi profesionalidad —dijo Ana con sarcasmo.

—No quería decir eso y lo sabes —aclaró Eva—. Vete ya y no le hagas esperar.

Ana le dio un beso en la mejilla a cada una a modo de despedida, agarró su bolso y se marchó. Cuando traspasó la puerta principal del edificio Ana se encontró a Nahuel apoyado en su todoterreno, tal y cómo se había imaginado que se lo encontraría. Sonrió al verlo vestido con unos vaqueros y una camisa blanca, elegante pero informal.

—Estás preciosa —la saludó Nahuel dándole un beso en la mejilla a Ana.

—Gracias, tú también estás muy guapo.

Nahuel ayudó a Ana a sentarse en el asiento de copiloto del vehículo, incluso la ayudó a abrocharse el cinturón de seguridad mientras Ana se dejaba hacer.

— ¿A dónde me llevas? —Le preguntó con curiosidad mientras Nahuel conducía.

—Ahora lo verás —le respondió él sonriendo con misterio.

Media hora más tarde, Nahuel aparcaba el vehículo. Ana abrió la puerta y bajó del todoterreno sin decir nada, se había quedado sin palabras. Nahuel la había llegado a un longe bar situado en lo alto de una colina y cuya terraza era un mirador que ofrecía las mejores vistas de la ciudad. Nahuel colocó su mano sobre la parte baja de la espalda de Ana y juntos caminaron para acomodarse en uno de los sofás de la terraza, ambientada al estilo chill-out y con leve sonido de la música de fondo. El lugar era fantástico, Nahuel había acertado con su elección.

—Desde aquí se ve la mejor puesta de sol con vistas a la ciudad —anunció Nahuel al mismo tiempo que tomaban asiento y colocaba su brazo sobre los hombros de Ana—. Hace tiempo Jason me habló de este sitio y desde entonces quería venir. ¿Habías venido aquí alguna vez?

—No, esta es la primera vez —le contestó Ana sonriendo con complicidad.

Se tomaron una copa mientras charlaban y contemplaban la puesta de sol. Ana le dedicaba sugerentes miradas a Nahuel, él se las correspondía pero, a pesar de estar pegado a ella, Ana le notó un poco distante. Tras tomarse una copa de vino y disfrutar de las vistas, Nahuel condujo de regreso a la ciudad y aparcó frente a la puerta del restaurante dónde había reservado mesa. A Ana le hubiera gustado que Nahuel la hubiera besado en el longe bar mientras contemplaban la puesta de sol, pero Nahuel propuso dirigirse al restaurante cuando más cerca estaba de sus labios. Aquello mantenía a Ana confusa, no entendía cuáles eran las intenciones de Nahuel. A él no le pasó por alto que Ana estuviera tan callada, pero tampoco comprendió el motivo que la tenía tan callada.

El mître los recibió y les acompañó a su mesa. Esperó a que ambos se sentaran para entregarles la carta de vinos y la de comida antes de retirarse.

— ¿Te apetece vino para la cena? —Preguntó Nahuel suavizando el tono de voz y dedicándole una amplia sonrisa para tratar de animarla.

Ana asintió devolviéndole la sonrisa. Nahuel observó aquellos tentadores labios y sintió unas ganas locas de besarla. No se lo pensó dos veces: la besó. Fue un beso tierno y duró más de lo que Nahuel pretendía. Cuando sus labios se despegaron, Nahuel vio la confusión en el rostro de Ana.

—Preciosa, ¿qué ocurre?

—Dímelo tú, Nahuel —le respondió Ana—. Me besas, haces como si no pasara nada y me vuelves a besar. Acabarás volviéndome loca.

—Me gustas, Ana —le aseguró Nahuel—, y quiero que esto funcione. Quiero darte todos los momentos de una relación normal. Quiero ir despacio, tener una primera cita, acompañarte a tu casa después y despedirme con un beso en el portal.

—Esta no es nuestra primera cita —replicó ella.

—Sí que lo es, es nuestra primera cita en la ciudad —la corrigió Nahuel—. En la costa conocí a una Ana de vacaciones, sin preocupaciones y con el único objetivo de divertirse haciendo locuras. Ahora quiero conocer a la Ana de diario, la Ana de verdad. Quiero descubrir qué te hace reír, qué te pone de buen humor y qué detestas.

—Y, mientras nos conocemos…

—Y mientras nos conocemos solo voy a tener ojos para ti, preciosa —la interrumpió Nahuel adelantándose a la pregunta de Ana y añadió bromeando—: Soy un hombre de negocios, no me gusta compartir.

—De acuerdo, vayamos despacio —accedió Ana.

Cenaron, brindaron con sus copas de vino y hablaron, hablaron mucho. Nahuel continuaba queriendo saber todo lo que concernía a Ana. Y no solo se bastaba de preguntas para averiguarlo, también la observaba. Había aprendido mucho sobre sus gustos en pocos días, sabía que prefería el vino tinto al vino blanco, le gustaba la carne en su punto, era una perfeccionista en su trabajo, era amable con sus compañeros, una persona generosa y humilde.

Después de cenar, Nahuel propuso ir al cine y Ana decidió ver una película romántica. Nahuel accedió por complacerla, pero detestaba esa clase de películas.

—No pongas esa cara, quieres una relación normal y te diré que la mayoría de hombres han tenido que sufrir ver una de estas películas en sus primeras citas —se mofó Ana.

—Te lo estás pasando en grande, ¿verdad, pequeña? —Le susurró al oído al mismo tiempo que la abrazaba desde la espalda. Ana se estremeció entre sus brazos y Nahuel se vio obligado a deshacer aquel abrazo antes de que fuera demasiado tarde para poder parar—. Será mejor que nos sentemos a ver la película.

Tras ver la película, Nahuel tuvo que reconocer que no había estado del todo mal, tenía algunas escenas divertidas que le hicieron reír.

Eran pasadas las dos de la madrugada cuando Nahuel aparcó el coche frente al edificio de Ana y la acompañó hasta el portal.

— ¿Qué te ha parecido nuestra primera cita? —Le preguntó Nahuel juguetón.

—Ha sido una primera cita perfecta, gracias por invitarme.

Nahuel la besó en los labios con intensidad pero fue capaz de frenar.

—Me lo he pasado genial, es un placer contar con tu presencia, pequeña —le dio un leve beso en los labios y añadió—: Buenas noches, Ana.

—Buenas noches.

Ana entró en el edificio para dirigirse a su apartamento y Nahuel se volvió a subir a su todoterreno y condujo de camino a casa mientras pensaba que había sido una gran noche, pese a que ambos se habían quedado con ganas de más.

Cita 85.

“La única diferencia entre un loco y yo, es que el loco cree que no lo está, mientras yo sé que lo estoy.”

Salvador Dalí. 

Búscame 7.

A la mañana siguiente Ana se levantó a las seis de la mañana. Se duchó, se vistió, se peinó y bajó a la calle para comprar el desayuno en la panadería de la esquina. La noche anterior Ruth le había mencionado que hacían unos donuts caseros buenísimos en esa panadería y Ana quería sorprender a Nahuel.

Con cuatro donuts recién hechos en una bolsa, Ana regresó al apartamento y dejó dos donuts sobre un plato para Ruth y Eva. Puso una cafetera al fuego y preparó dos cafés en dos vasos desechables que le cogió prestados a Eva, que era una adicta al café.

—Buenos días, madrugadora —la saludó Eva—. ¡Qué bien, has preparado café! ¡Y has traído donuts!

Eva se sirvió una taza de café y sentó en uno de los taburetes de la cocina mientras Ana se apresuraba en calzarse los zapatos y coger su bolso. Justo en ese momento, Ruth entraba en la cocina y murmuró con desgana:

—Buenos días.

—Buenos días, Ruth —saludaron con mofa las chicas.

Ruth las fulminó con la mirada y se sirvió una taza de café antes de sentarse en otro de los taburetes de la cocina. Ana y Eva se miraron y sonrieron, Ruth era así recién levantada y ya estaban acostumbradas.

Ana miró su reloj y, al ver que ya eran las ocho, cogió la bolsa con los dos donuts restantes y los dos vasos de café recién hecho y se despidió:

—Nos vemos luego, chicas.

Cuando atravesó el portal del edificio, Nahuel ya la estaba esperando apoyado en su todoterreno. Nahuel se acercó a ella sonriendo y la ayudó a cargar con los cafés mientras ella lidiaba con el bolso y la bolsa de donuts.

—Buenos días —la saludó Nahuel al mismo tiempo que la besaba en la mejilla. La ayudó a montarse en el todoterreno y le preguntó de buen humor—: ¿Qué traes en esa bolsa?

—Según me han dicho, los mejores donuts caseros de la ciudad —respondió Ana divertida—. Y tengo la suerte de vivir a pocos metros de la panadería que los hace.

—Estoy deseando probarlos —le dijo Nahuel arrancando el coche y sonriendo con alegría, contagiándose del buen humor de Ana.

—También he preparado café, sé que prefieres el café de una cafetera casera al de una cafetera industrial.

—Interesante, ¿qué más sabes de mí?

—Sé muchas cosas, pero quiero averiguar muchas más —le respondió Ana con tono sugerente.

Nahuel hacía un gran esfuerzo por mantener el control y reprimir las ganas de besar y devorar a Ana como aquella noche que pasaron en el yate. Sabía que tenía que ser paciente e ir despacio para no asustarla, quería que confiara en él, pero aquello se estaba convirtiendo en una tortura.

Aparcó el todoterreno en el parquin de la Agencia y subieron en ascensor hasta la última planta, donde estaban situados sus respectivos despachos. En cuanto las puertas del ascensor se abrieron, se encontraron con la amplia y socarrona sonrisa de Jason Muller, el socio y a la vez mejor amigo de Nahuel. Ambos amigos se saludaron con un gran abrazo y un choque de puños, Ana no pudo más que sonreír, parecían dos niños vestido de traje.

— ¿A quién tenemos aquí? ¿Es nuestra nueva abogada? —Preguntó Jason dedicándole su mejor sonrisa a Ana.

—Así es, ella es Ana Fernández —le confirmó Nahuel—. La mejor abogada que podría tener la Agencia.

—Has hecho un buen trabajo con esos contratos, en realidad has hecho un buen trabajo con Parker en general —la felicitó Jason y añadió con sorna—: Por cierto, ya que el jefe no me presenta, soy Jason Muller, el director financiero y un gran amigo de Nahuel.

—Encantada de conocerle, señor Muller —le dijo Ana con timidez al mismo tiempo que estrechaba la mano que Jason le ofrecía.

—Por favor, llámame Jason —le dijo Jason divertido al ver que su amigo le fulminaba con la mirada.

Jason se excusó alegando que tenía una reunión por vídeo conferencia en la sala de reuniones y Nahuel y Ana pasaron al despacho de Nahuel, donde desayunaron mientras organizaban el trabajo del día. Nahuel decidió que él se encargaría de Parker y Ana aprovechó para revisar el resto de contratos estándar de los distintos servicios de la Agencia para actualizarlos, aquello le llevaría más de una semana de trabajo, pero estaba dispuesta a hacerlo. Después de desayunar, Ana se retiró a su despacho y Nahuel aprovechó para llamar a Parker y citarlo en su despacho al día siguiente a primera hora de la maña, así evitaría que Parker tratara de volver a invitar a comer a Ana.

Poco después Jason se dirigió al despacho de Nahuel para que lo pusiera al día de las novedades en la Agencia. Jason era el mejor amigo de Nahuel y, cómo no podía ser de otra forma, conocía la historia de ambos y las intenciones de su amigo.

— ¿Qué tal fue ayer? —Preguntó Jason—. Parece que a Ana se le dio muy el primer día, ¿no crees?

—Te dije que si le ofrecía el empleo era porque me había asegurado de que era capaz de hacerlo, te envié un correo con su historial académico y las referencias de la empresa en la que Ana realizó las prácticas, ¿no lo leíste?

—Lo leí para complacerte, pero ya te dije que no era necesario, confío en tu criterio —le aseguró Jason—. Pero cuéntame lo que en realidad quiero saber —insistió Jason con tono burlón—. ¿Sigues pensando en ir despacio con ella o ya has cambiado de opinión?

Jason le había advertido a Nahuel que si trabajaba con Ana no sería capaz de respetar su intención de ir despacio con ella. Conocía muy bien a su amigo y no era de los que luchaban contra la tentación, más bien era de los que le encantaba caer en ella.

—No está siendo fácil, pero de momento lo estoy cumpliendo —le confesó Nahuel—. No mezclar el trabajo con nuestra vida personal es lo que peor llevo.

—A ver si lo adivino, ¿te apetece encerrarte con ella en tu despacho y montártelo sobre la mesa? —Se mofó Jason.

—Va a ser difícil, pero merece la pena —se consoló Nahuel—. Por cierto, quiero que controles a Parker —añadió Nahuel—. Durante la reunión de ayer se insinuó un par de veces a Ana y no dejó de coquetear con ella. Ya sabes cómo actúa y no quiero correr el menor riesgo.

—No te preocupes, lo tengo controlado desde anoche —le tranquilizó Jason—. De todos modos, no creo que Parker se atreva a mandarle flores ni a acosar a una empleada de la Agencia —Nahuel abrió la boca para protestar, pero Jason le interrumpió diciendo—: Lo sé, no quieres correr el menor riesgo con Ana.

Los dos amigos se pusieron al corriente sobre los asuntos de la Agencia y a la hora de almorzar invitaron a Ana a un restaurante cercano a la Agencia. Ana disfrutó de la compañía de ambos hombres, Jason le pareció un tipo muy divertido y le encantaba ver cómo Nahuel se mostraba tan natural con él. Por el momento, aquella locura le estaba saliendo bien.

Los días siguientes siguieron con la misma rutina: Nahuel pasaba a recoger a Ana a las ocho de la mañana, desayunaban juntos en el despacho, trabajan durante el resto de la mañana y salían a algún restaurante a la hora de almorzar. Después, Nahuel la acompañaba a casa y se despedía de ella con un beso en la mejilla hasta el día siguiente. Eso era algo que a Ana la frustraba, pues Nahuel no había vuelto a besarla en los labios.

El viernes por la tarde, cuando Nahuel llevó a casa a Ana después del trabajo, se estaban despidiendo cuando Nahuel le dijo:

—Me gustaría invitarte a cenar mañana por la noche, después podemos ir al cine, a tomar una copa o lo que te apetezca. Ya sabes, una cita.

— ¿Me estás pidiendo una cita? —Le preguntó Ana divertida por el tono tímido de su voz.

—Así es, mañana por la noche —afirmó Nahuel.

—Me encantará salir contigo mañana por la noche —confirmó Ana.

—Entonces, pasaré a buscarte a las siete —concluyó Nahuel. Le dio un beso en la mejilla y añadió antes de subir de nuevo a su todoterreno—: Hasta mañana, preciosa.

Búscame 6.

Ana se dirigió al despacho de Nahuel y se sentó en uno de los sillones. Mientras esperaba a que Nahuel regresara, Ana se dedicó a imaginar lo que Nahuel le diría a continuación. No le había pasado por alto cómo le había agarrado por la cintura con posesión, cómo apretaba los puños cada vez que Parker le dedicaba una mirada o una sonrisa y cómo había dado por finalizada la reunión en cuanto Parker le había propuesto invitarla a comer. Ana pensó que Nahuel le recordaría una de las cláusulas de su contrato: estaba prohibido mantener cualquier tipo de relación sentimental y/o sexual con los clientes.

No tuvo que esperar mucho para descubrir la reacción de Nahuel. Entró en el despacho hecho una furia y cerró la puerta dando un portazo. Se sentó en su sillón tras la mesa de su despacho, miró a Ana con el ceño fruncido y, tras respirar profundamente, le dijo con tono imperativo:

—Mantente alejada de Parker.

— ¿Me lo dice como jefe o como amigo, señor Smith? —Le replicó Ana, a quién no le había gustado nada lo que había sucedido durante aquella reunión.

Ana le desafió con la mirada y Nahuel, tras resoplar y pasarse las manos por la cabeza con nerviosismo, le dijo suavizando su tono de voz:

—Te lo digo como jefe y como amigo. No están permitidas las relaciones de empleados con clientes, has firmado un contrato en el que te comprometes a cumplirlo —le recordó Nahuel—. Y, aunque no trabajaras en la Agencia, te diría lo mismo. Parker no goza de buena reputación en cuanto a las mujeres se refiere, Ana.

—No tengo ninguna intención de mantener ninguna relación sentimental con ningún cliente y mucho menos con uno que está casado y reconoce abiertamente que le es infiel a su esposa constantemente —le espetó Ana molesta.

—Conozco a Parker, Ana. Le has gustado en cuanto te ha visto y no es de los que aceptan un no por respuesta —le replicó Nahuel con el semblante serio—. Solo quiero que, si te molesta, no dudes en decírmelo, ¿de acuerdo? —Ana siguió de morros y con el ceño fruncido, así que Nahuel añadió para aclarar—: Ahora te estoy hablando como jefe, eso se lo diría a cualquier empleada que estuviera en tu situación.

—No te preocupes, serás el primero en saberlo —le contestó Ana.

A Nahuel no le pasó por alto que Ana seguía estando molesta, pero era necesario advertirla que las intenciones de Parker con ella no eran buenas. No tuvo el valor de reconocer ante Ana que además había sufrido un horrible ataque de celos cuándo Parker trataba de seducirla, eso era algo que primero tenía que asimilar. No podía engañarse a sí mismo: estaba celoso.

—Eso espero —murmuró Nahuel y, para relajar la tensión del ambiente, añadió—: Por cierto, has hecho un gran trabajo con Parker, para no saber nada apenas sobre nuestros servicios los vendes muy bien. ¿Cuándo crees que podrás tener listos los contratos de Parker?

—Hoy mismo los redactaré, te los entregaré antes de irme a casa para que los revises y, si todo te parece correcto, mañana mismo podrás llamar a Parker para que los firme —le aseguró Ana.

—Eso sería perfecto, le diré a Jason que se encargue del presupuesto, mientras antes empecemos con esto, antes lo terminaremos —convino Nahuel.

— ¿Jason? —Preguntó Ana con curiosidad.

—Jason Muller, mi socio y mejor amigo —le aclaró Nahuel—. Jason está fuera de la ciudad ocupándose de algunos asuntos, pero regresa mañana y lo podrás conocer. Él se encarga del departamento financiero.

—Pues me voy a mi despacho a redactar esos contratos —le dijo Ana poniéndose en pie.

—Ana, una cosa más —le dijo Nahuel antes de que se marchara. Le dedicó una pícara sonrisa y añadió—: ¿Te apetece salir a almorzar conmigo más tarde?

—Búscame, ya sabes dónde encontrarme —le respondió Ana con tono juguetón antes de salir del despacho de Nahuel.

Ana se encerró en su despacho para concentrarse en redactar los contratos de Parker. Sentada frente a la mesa de su despacho, encendió el ordenador portátil y descargó el contrato estándar para esa clase de servicios y lo revisó de principio a fin. Se tomó la libertad de modificar algunas cláusulas y de quitar y añadir otras. Modificó algunos párrafos del contrato para que resultaran más concisos y entendibles. Por último, Ana añadió los datos del cliente, describió con precisión los distintos servicios que la Agencia le iba a ofrecer y pulsó la tecla imprimir.

Justo en el momento en el que los contratos salían de la impresora, Nahuel llamó a la puerta de su despacho, la abrió y le preguntó a Ana:

— ¿Estás lista para salir a comer?

—Llegas justo a tiempo, aquí tienes los contratos de Parker —le dijo Ana al mismo tiempo que le entregaba los documentos—. Me he tomado la libertad de modificar el contrato estándar para que sea más conciso y más entendible.

—Resolutiva, con iniciativa y muy eficaz, y todo en tu primer día —la premió Nahuel.

—Tendrás que esperar a revisarlos antes de afirmar eso —le contradijo Ana—. Puede que no te convenzan las modificaciones que he hecho.

—Lo revisaremos juntos después, ahora vamos a almorzar —concluyó Nahuel con una amplia sonrisa mientras guardaba los documentos en su maletín.

Nahuel estaba contento. No solo se había asegurado ver todos los días a Ana, también había contratado a la mejor abogada para la Agencia. Había entendido el negocio al instante, se había llevado a su terreno a uno de los clientes más importantes de la Agencia y había redactado unos nuevos contratos en un tiempo récord. Para celebrarlo, Nahuel decidió llevarla a almorzar a una masía situada a las afueras de la ciudad, donde pretendía pasar la tarde tranquilamente con ella.

Ana se sintió confusa cuando Nahuel aparcó el coche frente a una masía de campo a las afueras de la ciudad, pensó que inevitablemente estaba mezclado la vida laboral con la personal, dudaba que se llevara a todos sus empleados a almorzar a un sitio como aquel. Pero no dijo nada, a pesar de todo, Ana quería llegar hasta el final de aquella locura de verano que se estaba alargando a una locura de otoño. Sabía que existía una alta probabilidad de salir escaldada con esa historia, pero la tentación y la necesidad de estar con Nahuel le impedían pensar con lucidez.

Mientras almorzaban, Nahuel le hizo algunas preguntas sobre su familia, sobre su pueblo natal y sobre su infancia. Quería saberlo todo de ella y, cuanto más escuchaba, más le gustaba Ana. Después de almorzar, Nahuel le propuso pasar al jardín de la masía para acomodarse en una zona chill-out bajo la sombra de los árboles donde revisaron los contratos que Ana había redactado. De una manera sutil y eficaz, Nahuel se salió con la suya y pasó la tarde con ella.

Eran las siete y media de la tarde cuando Nahuel dejó a Ana frente al portal del edificio de su apartamento. Nahuel se bajó del coche y la acompaño hasta la misma puerta, allí se despidieron.

—Paso a recogerte mañana a las ocho, traeré el desayuno —le dijo Nahuel.

—Puedo ir caminando hasta a la Agencia, no es necesario que te molestes en venir a buscarme.

—No es ninguna molestia, es un placer —le susurró Nahuel.

—Está bien, pero mañana me encargo yo del desayuno —sentenció Ana—. Hasta mañana, Nahuel.

—Hasta mañana —le respondió Nahuel y acto seguido le dio un leve beso en los labios. Le dedicó una pícara sonrisa y añadió mientras caminaba hacia su coche—: Mañana a las ocho, no lo olvides.

Cómo si pudiera olvidarlo, pensó Ana mientras lo veía alejarse en su todoterreno negro.

Cita 84.

“Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros; hay quienes no pueden imaginar un mundo sin agua; en lo que a mí se refiere, soy incapaz de imaginar un mundo sin libros.”

Jorge Luis Borges.

Búscame 5.

Ana se instalaba en su nuevo despacho mientras Nahuel, sentado en uno de los sillones, leía en voz alta los contratos de trabajo y confidencialidad que debía firmar Ana. Una vez se los hubo leído, le dijo que podía revisarlos con tranquilidad más tarde, pero antes de la reunión de las once.

Una vez instalada en su despacho, Ana conectaba su nuevo ordenador portátil de empresa y encendía su nuevo teléfono móvil mientras Nahuel explicaba todo lo que debía saber sobre la Agencia Smith y sobre los servicios que ofrecía a sus clientes.

—La Agencia Smith es una agencia de seguridad privada, nuestros agentes son antiguos militares que han preferido trabajar en el sector privado —comenzó a explicar Nahuel—. Nuestro trabajo depende del cliente con el que tratemos. Trabajamos con varios clientes que requieren de nuestros servicios los 365 días al año, ellos son los VIP. La mayoría de nuestros servicios constan en seguridad privada personal, los llamados escoltas o guardaespaldas. Además, también ofrecemos seguridad privada en cualquier tipo de evento.

—Supongo que mi trabajo también consiste en ocuparme de las denuncias por agresión que tengan tus agentes, ¿no es así?

—Si se diera el caso, sí tendrías que hacerlo —le confirmó Nahuel—. A día de hoy nuestros agentes no tienen ni una sola denuncia por agresión estando de servicio pero, como te dije ayer, contarás con un equipo de abogados en los que podrás delegar algunos asuntos como ese.

— ¿Entiendo que, aunque no sea por agresión, existen otras denuncias? —Sospechó Ana.

—También ofrecemos el servicio de detective privado, la mayoría son por casos de celos, sospechas de infidelidades. Las personas que contratan nuestros servicios tienen un alto valor adquisitivo, por lo que cuando se obtienen pruebas de infidelidades que anulan acuerdos matrimoniales no suele gustar mucho al afectado —le respondió Nahuel encogiéndose de hombros.

— ¿Qué métodos usan los agentes para conseguir esa clase de información? —Quiso saber Ana.

—Por regla general, estos casos suelen resolverse tomando algunas fotografías de la persona en cuestión entrando y saliendo de un hotel cuando se supondría que debía estar en otro lugar.

— ¿Y qué servicios quiere contratar nuestro cliente de las once?

—Es uno de nuestros clientes VIP, le estamos dando servicio de escolta personal las veinticuatro horas del día, pero ayer por la tarde llamó para solicitar una reunión urgente.

— ¿No dijo nada más?

—No, pero me temo que se trata de uno de esos casos de infidelidad.

— ¿Por qué lo crees? —Preguntó Ana con curiosidad.

—Está casado, él y su mujer no se soportan, solo he tenido que sumar dos más dos —le respondió Nahuel encogiéndose de hombros—. Probablemente quiera divorciarse y eso supondría dividir toda su fortuna.

—Pero si tiene un acuerdo prematrimonial con una cláusula de infidelidad y demuestra que le es infiel, probablemente no tenga que darle ni un solo céntimo a su mujer —dedujo Ana.

—Eso es —confirmó Nahuel—. Pero solo son conjeturas, realmente no sé con certeza para qué ha solicitado esta reunión.

Ana echó una ojeada a los contratos y, tras revisar que todo estuviera en orden tal y cómo Nahuel le había asegurado, los firmó.

—Aquí tienes los contratos firmados —le dijo Ana al mismo tiempo que se los entregaba—. Me gustaría revisar la ficha del cliente, quiero estar al tanto de todos los servicios que tiene contratados y de los acuerdos a los que se ha llegado. También me gustaría conocer con más detalle todos los servicios que ofrece la Agencia, ¿crees que sería posible que le dedicara algunas horas al día para acompañar a algunos de esos agentes?

—Ana, esos agentes están cualificados para afrontar cualquier tipo de situación complicada que se les presente, no puedo dejar que los acompañes —le respondió Nahuel, quien no estaba dispuesto a correr el menor riesgo con la seguridad de Ana—. Si de verdad crees necesario estar presente durante esos servicios, puedo dejarte acceder al centro de mando para que hagas el seguimiento de la operación desde la Agencia.

—Eso no sería lo mismo —protestó Ana.

—No cambiaré de opinión, Ana.

— ¿Por qué?

—Porque no estoy dispuesto a poner tu vida y la de otros agentes en peligro, ¿te parece un buen motivo? -—Le replicó Nahuel que no pensaba dar su brazo a torcer en ese tema.

—Supongo que es un buen motivo —murmuró Ana un poco decepcionada.

—A ver cómo nos podemos organizar para que puedas ver en directo desde el centro de control los distintos servicios que ofrecemos, le diré a Elvira que coordine nuestras agendas y nos deje libres un par de horas al día en la que podamos observar algún servicio en directo —le dijo Nahuel dispuesto a complacerla sin ponerla en riesgo—. Ahora será mejor que nos centramos en la reunión, le pediré a Elvira que nos traiga el expediente del cliente.

Elvira se encargó de llevarles el expediente del cliente al despacho de Ana y también se encargó de coordinar las agendas de Nahuel y Ana para que pudieran asistir juntos al centro de control en el momento preciso en el que se llevara a cabo algunos de sus servicios para que Ana pudiera ser testigo sin exponerse a ningún peligro.

Juntos revisaron todo el expediente del cliente con el que estaban a punto de reunirse y Nahuel se encargó de solventar todas las dudas que le surgían a Ana.

A las once en punto, Elvira les anunció la llegada del cliente. Nahuel y Ana se pusieron en pie y acudieron a recibirlo al descansillo del ascensor. En cuanto las puertas del ascensor se abrieron, apareció un hombre de unos cuarenta años que con su carismática sonrisa y esos picarones ojos del mismo tono que el azul del mar le hacían muy atractivo.

—Buenos días, señor Smith —lo saludó Frank Parker, el recién llegado. Se volvió hacia Ana y, dedicándole su mejor sonrisa, añadió—: Veo que está muy bien acompañado.

—Buenos días, señor Parker —lo saludó Nahuel al mismo tiempo que le estrechaba la mano con firmeza—. Le presento a la señorita Fernández, la abogada de la Agencia —se volvió hacia a Ana y añadió con el mismo tono—: Señorita Fernández, le presento a nuestro cliente el señor Frank Parker.

—Un placer conocerla, señorita Fernández —la saludó Frank besando la mano de Ana.

—Lo mismo digo, señor Parker —respondió Ana forzando una sonrisa.

A Nahuel no le pasó por alto el tono seductor en la voz de Frank Parker y no le gustó nada el interés que mostraba por Ana. Sin poder evitarlo, Nahuel agarró a Ana por la cintura en un gesto bastante posesivo y dijo con tono de advertencia:

—Pasemos a la sala de reuniones, allí estaremos más cómodos y podremos ocuparnos del asunto que le ha traído aquí, señor Parker.

Ana intercambió una mirada con Nahuel, no entendía a qué venía esa reacción tan exagerada por parte de Nahuel, pero él tan solo la miró con gesto serio y, sin dejar de rodear la cintura de ella, los guio a la sala de reuniones.

Durante aquella reunión, Ana aprendió muchas cosas sobre la Agencia Smith y otras muchas más sobre su fundador y director.

Parker fue directo al grano y les dijo lo que quería:

—El caso es que mi esposa ha descubierto que le he sido infiel en numerosas ocasiones y quiere el divorcio —le dedicó una seductora sonrisa a Ana y añadió—: Tal y cómo están las cosas, ella se quedaría con un 70% de las acciones de la empresa y con la vivienda habitual por incumplimiento de contrato.

— ¿Qué es lo que quiere exactamente, señor Parker? —Le preguntó Nahuel queriendo que aquella reunión acabara cuanto antes, se le estaba acabando la paciencia.

—Mientras trato de alargar los papeles del divorcio, quiero que la Agencia la investigue, que la siga a todas partes y que encuentre cualquier cosa que demuestre un incumplimiento de contrato, de ese modo, la empresa continuará siendo mía y el resto de bienes y propiedades se dividirán en partes iguales —le respondió Frank, que seguía dedicándole seductoras sonrisas y miradas a Ana.

— ¿Qué opina, señorita Fernández? —Le preguntó Nahuel a Ana, quería conocer su opinión sobre el asunto al tratarse de un tema tan delicado moralmente hablando.

—Necesitaremos leer el acuerdo prematrimonial que firmó para saber cuáles son las cláusulas de incumplimiento —contestó Ana centrándose en pensar como una abogada—. No obstante, si su mujer no ha incumplido el contrato o no tenemos manera de demostrarlo, le sugiero que investigue qué pruebas tiene su esposa contra usted, tendrá que averiguar si cuenta con pruebas físicas que demuestren el momento exacto en el que se produjo la infidelidad, o en su caso las infidelidades, o con testigos. La Agencia se podría hacer cargo de dicha investigación, pero supondrá una investigación distinta al seguimiento de su esposa —añadió Ana.

—El dinero no es un problema, señorita Fernández —coqueteó Frank descaradamente y Ana pudo ver como los nudillos de Nahuel se volvían blancos de tanto que apretaba los puños—. Tengo que ocuparme de algunos asuntos y debo marcharme ya, pero llámame cuando tenga los contratos y vendré a firmarlos de inmediato. Y, si tiene tiempo, me encantaría poder invitarla a comer, señorita Fernández.

Nahuel se puso en pie y le tendió la mano a Parker invitándole a marcharse de una manera cordial al mismo tiempo que le decía:

—Le llamaremos en cuanto tengas redactados los contratos, señor Parker. Le acompaño al ascensor —se volvió hacia Ana y le dijo—: Señorita Fernández, espéreme en mi despacho para continuar con lo que teníamos pendiente.

—Un gusto conocerla, señorita Fernández —. Se despidió Frank de Ana besando su mano de manera sensual.

—Lo mismo digo, señor Parker —le respondió Ana forzando una sonrisa.

A Ana no le pasó por alto el tono frío y distante de Nahuel, así que obedeció sin hacer preguntas y se dirigió al despacho de Nahuel temiéndose que se avecinaba una discusión.

Cita 83.

“Se habla sin cesar contra las pasiones. Se las considera la fuente de todo mal humano, pero se olvida que también lo son de todo placer.”

Denis Diderot.

Búscame 4.

Ana entró en el apartamento con una sonrisa de oreja a oreja y sus dos amigas Eva y Ruth dedujeron que esa sonrisa no era solo porque la entrevista le hubiera ido genial, así que la acribillaron a preguntas. Ana, que no tenía paciencia para jugar a adivinanzas, se dejó caer en el sofá y anunció sin dejar de sonreír:

—Chicas, hoy he cometido la mayor locura del verano y me siento feliz.

—Habla por esa boquita —le dijo Ruth que todavía tenía menos paciencia que Ana.

—Si os digo que Nahuel es el director de la Agencia Smith, ¿me creeríais? —Preguntó Ana con su eterna sonrisa en los labios.

— ¡No puede ser verdad! – Exclamó Ruth riendo a carcajadas.

Pero la cara de Eva era un poema, a ella no le había parecido divertido en absoluto.

—Ana, ¿has aceptado un trabajo en el que Nahuel será tu jefe? —Preguntó Eva para asegurarse de haberla entendido bien.

—Sí, Eva. He hecho una locura —le confirmó Ana.

—No sé qué decir, Ana. Me esperaba esto de Ruth, que está como una cabra, ¿pero de ti? —Le espetó Eva totalmente incrédula—. Tú eres sensata, al menos la mayor parte del tiempo, ¿cómo te has dejado convencer por algo así?

—Por una vez, estoy de acuerdo con Eva —opinó Ruth—. ¿Qué pasará si él se cansa de ti o tú de él? Serás tú la que salga perdiendo, Ana.

Ana se vio obligada a contarles con todo detalle la conversación que había tenido con Nahuel y cómo había ido rebatiendo todos los peros que ella había puesto.

—Si firma el contrato de condiciones, me parece bien —opinó de nuevo Ruth.

—Pues a mí no me termina de convencer, Ana —insistió Eva—. ¿Has imaginado cómo sería trabajar para él después de haber discutido? Por muy a gusto que estuvieras en la Agencia te cansarías de verle y querrías cambiar de trabajo, lo que significa empezar de cero. ¿Estás dispuesta a arriesgarlo todo por una posible relación que no sabes cómo va a acabar? Podrías buscar otro empleo y seguir con él si es lo que quieres.

—Lo que Eva quiere decir es que si algo sale mal no solo le perderás a él, también perderás tu empleo —le repitió Ruth pero con otras palabras.

—No tengo nada que perder —les dijo Ana, quien solo quería el apoyo de sus amigas—. Si no me arriesgo no ganaré. Y si pierdo me quedaré igual que estaba ayer, sin él y sin trabajo.

—Es una manera de verlo —concluyó Ruth encogiéndose de hombros.

Aquello significaba que Ruth le daba el visto bueno, pero aún faltaba Eva por dar su opinión final y ella era la que más le preocupaba a Ana.

—Sigo sin saber qué decirte, Ana —empezó a decir Eva—. Si te soy sincera, a mí me parece una locura pero, si tú estás decidida a hacerlo, cuentas con todo mi apoyo.

—Gracias chicas, sois las mejores —les dijo Ana abrazándolas.

—Solo espero que no nos termines odiando si esto no sale bien —murmuró Eva.

Ana ignoró el comentario de Eva, la conocía demasiado bien y sabía que eso era lo máximo que podía esperar de una persona tan sensata como Eva, aquello significaba que, aunque fuera una locura, no era una locura de ingresar en un centro de salud mental.

Una vez pasada la euforia de la locura de Ana, Ruth les contó cómo había ido su entrevista. Ruth también había aceptado el empleo, sería la nueva relaciones públicas de la galería de arte de la ciudad. Ruth estaba encantada con su nuevo empleo, aprendería muchísimo más sobre arte y conocería a un montón de gente. Pese a que estaba triste por el modo en que su historia con David había acabado antes de empezar, Ruth se sentía mucho más animada gracias a ese empleo tan esperado y que tanto deseaba.

Eva relató cómo había sido su primer día de trabajo como asistente del director ejecutivo de una empresa de publicidad y, pese a que era casi cuarenta años mayor que ella, el tipo le cayó bien. Se mostraba dispuesto a enseñarle todo lo que debía hacer e incluso la ayudaba hasta que ella lo dominaba.

Todas se alegraron por la fortuna de ese día y Ana decidió sacar una botella de vino de la pequeña bodega de la cocina y sirvió tres copas para brindar por sus nuevos empleos y por el inicio de una nueva etapa en sus vidas.

A la mañana siguiente Ana se levantó antes de que sonara el despertador. Estaba nerviosa y apenas había conseguido dormir en toda la noche, pero se levantó de buen humor al recordar que volvería a ver a Nahuel.

A las ocho en punto Ana atravesó el portal del edificio y salió a la calle, donde se encontró a Nahuel apoyado en su todoterreno negro y dedicándole una amplia sonrisa.

—Buenos días, preciosa —la saludó Nahuel mientras Ana se acercaba. Le dio un leve beso en los labios que la pilló desprevenida y añadió—: He parado a comprar el desayuno, todavía recuerdo que tomas un café cortado con la leche natural y sacarina y también que adoras el chocolate —Nahuel le entregó una bolsa con dos Donuts de chocolate—. El café lo tienes en el posa vasos del coche.

—Si haces lo mismo con el resto de empleados de la Agencia, tendrás que decirme cómo evitas la ruina —bromeó Ana. Le devolvió un leve beso en los labios y añadió mientras se acomodaba en el asiento de copiloto—: Muchas gracias, ha sido todo un detalle.

Nahuel sonrió complacido, se había propuesto conquistar a Ana, pues estaba seguro de que era la mujer con la que quería pasar el resto de su vida.

Eran las ocho y diez cuando Nahuel aparcó el todoterreno en su plaza de parquin de la Agencia y, tras bajarse del vehículo, ambos se dirigieron al ascensor. Ana se tensó, aquella caja metálica de apenas 3 m2 le pareció la tentación más grande del mundo y, teniendo en cuenta que formaba parte del lugar donde trabajaba, no podía permitirse bajar la guardia. Ya había cometido varias locuras últimamente, ahora debía centrarse en comportarse como una mujer madura y responsable.

— ¿No vas a comerte los Donuts? —Le preguntó Nahuel al ver que no había probado bocado, tan solo se había bebido el café.

—Pensaba compartirlos contigo mientras me pones al corriente de mis nuevas obligaciones como empleada —le respondió Ana con coquetería.

—Bien pensado —afirmó Nahuel.

El ascensor por fin llegó a la última planta y Nahuel guio a Ana hacia su despacho. Saludaron a Elvira, la secretaria de Nahuel, al pasar delante de su mesa y Nahuel aprovechó para pedirle que trajera un par de cafés, acto seguido ambos se encerraron en el despacho. Mientras Ana tomaba asiento en uno de los sillones y sacaba los Donuts de la bolsa de papel, Nahuel revisó su agenda y le dijo:

—Parece que tenemos un día bastante tranquilo, podrás instalarte en tu despacho hasta las once, que tenemos una reunión con uno de nuestros clientes VIP’s y quiero que estés presente.

— ¿Tengo que preparar algo para esa reunión? —Preguntó Ana.

—Será una reunión bastante simple, el cliente quiere contratar uno de nuestros servicios y te necesito para que confirmes que lo que nos pide lo podemos hacer dentro de la legalidad. Trabajamos sobre una línea muy fina que divide la legalidad de la ilegalidad.

—Aún no me has dicho en qué consisten esos servicios especiales que ofrecéis a los clientes VIP’s de la Agencia —le recordó Ana.

Justo en ese momento, Elvira llamó a la puerta del despacho y, tras obtener permiso, entró con una bandeja con dos tazas de café que dejó sobre el escritorio de Nahuel.

—Gracias —le agradeció Ana casi en un susurro.

Elvira le guiñó un con complicidad y se volvió hacia a Nahuel para decirle:

—Señor Smith, le he dejado la documentación que me pidió en el primer cajón de su escritorio y, si me necesita para algo más, estaré en mi mesa.

—Muchas gracias, Elvira —le agradeció Nahuel. Esperó a que Elvira se retirara y le propuso a Ana—: ¿Qué te parece si desayunamos antes de seguir hablando de trabajo?

Ana miró su reloj de pulsera y respondió:

—Nos quedan quince minutos para las ocho y media, será mejor que no tardemos o mi jefe pensará que soy una descarada que se escaquea el primer día —bromeó Ana.

Ambos desayunaron entre bromas y a las ocho y media Ana se levantó del sillón y se dirigió a su nuevo despacho para instalarse. Nahuel la acompañó y la puso al corriente sobre la reunión de las once con el cliente.

Búscame 3.

Nahuel le explicó a Ana con todo detalle en qué consistiría su trabajo en la Agencia Smith. Además de ser quién se encargase de redactar los contratos con los clientes, también sería la abogada de la Agencia y se tendría que encargar de todos los asuntos legales. Además, Ana deberá tener disponibilidad para viajar porque se requerirá de su presencia en las reuniones con los clientes que vivan en otras regiones y asistir a algunos eventos sociales en representación de la empresa. —Tendrás bajo tus órdenes a un equipo de abogados y una asistente personal que se encargará de coordinar nuestras agendas —prosiguió Nahuel informándola—. Tu despacho será el de despacho de al lado del mío, trabajaremos codo con codo y eso significa que pasarás la mayor parte de tu jornada laboral conmigo. —Eso complica las cosas, ¿no crees? —No —respondió Nahuel con rotundidad—. Ana, no te voy a negar que me interesas, pero no estás aquí por eso y quiero que te quede claro. El director de la empresa donde hiciste las prácticas es un viejo amigo y me dio muy buenas referencias sobre ti, tu historial académico es impecable y, aunque nos conocemos desde hace poco más de un mes, confío en ti y sé que puedes hacerlo —Nahuel hizo una pausa y añadió—: Tenemos una conversación pendiente, pero quiero que la mantengas al margen de esto. De hecho, contaba con que tenías el día libre después de la entrevista para invitarte a comer y hablar de ello. Nahuel la miró a los ojos y esperó una respuesta, pero Ana todavía seguía procesando toda aquella información. Cerró los ojos y, alegando que era mejor lamentarse que quedarse con la duda, le dijo: —Acepto, firmaré ese contrato. Nahuel sonrió aliviado, por un momento pensó que Ana rechazaría la oferta. Ana le devolvió la sonrisa a Nahuel, había echado de menos esa sonrisa. —Genial, te enseñaré tu despacho y el resto de la oficina —sentenció Nahuel—. ¿Cuándo podrías empezar a trabajar? —Mañana mismo, si te parece bien. —Me parece perfecto. Mañana te presentaré a tu asistente personal y al resto de tus compañeros y dejaré que te instales en tu despacho y te organices. Ahora vamos a ver tu despacho y la oficina y te invito a comer, así me pones al día sobre lo que has hecho desde que regresaste de la costa. Ambos se pusieron en pie y Nahuel acompañó a Ana al que sería su nuevo despacho. Era una estancia grande y muy luminosa con las mismas vistas que el despacho de Nahuel, pues estaban uno al lado del otro. Después le enseñó las zonas comunes de la oficina, como la sala de reuniones, la cafetería, el gimnasio y el centro de operaciones informático. Ana quedó totalmente impresionada con las instalaciones de la Agencia. —He visto en la página web los servicios que ofrecéis a los clientes y tengo curiosidad por saber qué clase de servicios especiales dais a vuestros clientes VIP’s y que no mencionáis en la web —le dijo Ana muerta de curiosidad. —Lo sabrás, pero antes debes firmar un contrato de confidencialidad —le dijo Nahuel—. No es nada personal, son normas de la Agencia y todos los empleados tienen que firmarlo. — ¿Son legales todos los servicios que ofrecéis? —Se aventuró a preguntar Ana. —Así es. Hasta ahora yo me encargaba de ese asunto, pero la Agencia crece y debo delegar algunas cosas. Necesito una mano derecha leal en la que pueda confiar y tú eres la única persona cualificada para ello en la que confío. A Nahuel le gustaba tenerlo todo bajo control, era un perfeccionista al que no le gustaba asumir ningún riesgo, por eso su Agencia había tenido tanto éxito y gozaba de buena reputación. Tras el tour por las instalaciones del edificio de la Agencia Smith, Nahuel dio por finalizada la entrevista e invitó a comer a Ana a un restaurante cercano a la Agencia. Nahuel envolvió con su brazo a Ana por la cintura y juntos salieron del edificio de la Agencia Smith, sin que a ninguno de los dos les importara lo que pensaran el resto de empleados, quienes creían que su jefe y la nueva abogada se acababan de conocer. —Bueno, ¿qué te ha parecido tu nuevo empleo y tu nuevo jefe? —Se aventuró a preguntar Nahuel con una sonrisa traviesa en los labios. —Creo que mi nuevo trabajo me va a encantar, pero es posible que tenga algún que otro problema con mi nuevo jefe —le siguió la broma Ana. — ¿Qué clase de problemas? —Quiso saber Nahuel—. ¿Crees que te acosa? —Añadió levantando una ceja y Ana no supo si estaba bromeando o no. —No me acosa, al menos por el momento —le tranquilizó Ana—. Pero me temo que es un hombre muy persuasivo. Nahuel se detuvo en mitad de la calle, miró a Ana a los ojos y le dijo casi en un susurro: —Ana, no quiero que te sientas incómoda y mucho menos presionada. Quiero seguir conociéndote fuera del trabajo, pero si tú no quieres saber nada de mí te prometo que me haré a un lado y nuestra relación será estrictamente profesional, sin resquemores ni nada por el estilo. —Agradezco tu intención, Nahuel, pero ambos sabemos que será imposible trabajar juntos ocho horas diarias si algo sale mal —intentó hacerle ver Ana—. Quiero intentarlo, pero eso no es una garantía de que todo vaya a salir bien. —Si quieres dejar la Agencia no te pondré ningún impedimento —le aseguró Nahuel—. Al contrario, te facilitaré las cosas e incluso redactaré una carta de recomendación. Redacta un contrato con las condiciones, te lo firmaré encantado si con eso consigo que confíes en mí. —Confío en ti, Nahuel —le aseguró Ana. Nahuel sonrió, se acercó a ella despacio y la besó con dulzura en los labios. Deseaba besarla de nuevo desde que se despidió de ella en la costa y había estado conteniéndose desde que había entrado en su despacho, pero ya no pudo aguantar más. —Te he echado de menos, preciosa —le susurró al oído. Ana se ruborizó y le dedicó una tímida sonrisa. Estaban parados en mitad de la calle de una de las vías más transitadas de la gran ciudad, pero el tiempo se había parado para ella en cuanto los labios de Nahuel tocaron los suyos. —Entremos en el restaurante —le dijo Nahuel envolviéndola con su abrazo. Entraron en el lujoso restaurante y Ana se alegró de haberse puesto su mejor vestido para la entrevista, pues allí todo el mundo iba de punta en blanco. Mientras el mître les acompañaba a la mesa que Nahuel había reservado, Ana se dedicó a observar a su acompañante. Estaba muy distinto a cuando lo conoció. Había cambiado el bañador y la tabla de surf por un traje de Armani y un maletín de negocios, pero a Ana le pareció que estaba igual de irresistible. Una vez sentados en la mesa y habiendo pedido vino para beber y la especialidad de la casa para comer, Nahuel se interesó por todo lo que Ana había hecho desde que regresó de la costa. En ese momento, Ana se sintió cómoda con Nahuel a pesar de que era su jefe, así que le explicó con todo detalle todo lo que había hecho desde entonces. Le contó que había estado terminando de desembalar algunas cajas de la mudanza, le habló de la entrevista de trabajo que tuvo el viernes anterior y también de la visita a su pueblo natal para pasar unos días con sus padres. Nahuel lo quería saber todo sobre Ana, le preguntó por su familia, por sus amigos, por sus gustos, por los lugares a los que había viajado, etc. Cuando se quisieron dar cuenta, ya eran las cinco de la tarde. Ana sacó su teléfono móvil del bolso y vio que tenía numerosas llamadas perdidas de sus padres, de sus amigas y también de Óscar. Decidió enviarle un mensaje a las chicas y a sus padres para que se quedaran tranquilos: “He conseguido el trabajo, luego os cuento, ahora no puedo hablar. Besos. A.” —Disculpa, les dije que les llamaría en cuanto saliera de la entrevista y estaban todos un poco preocupados —se excusó Ana. —No te preocupes —se volvió en busca del camarero y cuando lo encontró le hizo un gesto con la mano para que trajera la cuenta—. Yo también tengo que encargarme de un par de asuntos, te llevaré a casa. —No es necesario, vivo a un par de calles de aquí. —En ese caso, te acompañaré caminando —sentenció Nahuel, quien no estaba dispuesto a perder la posibilidad de pasar unos minutos más con ella. Nahuel pagó la cuenta, no sin antes discutir por ello con Ana, y ambos se marcharon del restaurante y pasearon de camino al apartamento de Ana. Cuando llegaron a la puerta del edificio, Nahuel la besó de nuevo en los labios y le susurró: —Te veo mañana, pasaré a recogerte a las ocho y desayunamos juntos. Ana fue a protestar, pero Nahuel la calló con otro beso y a Ana se le olvidó hasta cuál era su nombre. Tras la despedida en el portal del edificio, Ana subió a su apartamento y Nahuel se dirigió de nuevo a la Agencia, tenía varios asuntos de los que ocuparse y que había pospuesto para poder pasar un rato con Ana.

Cita 82.

“La borró de la fotografía de su vida no porque no la hubiese amado, sino precisamente, porque la quiso. La borró junto con el amor que sintió por ella.”

Milan Kundera.

 

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