Archivo | mayo 2017

Tú eres mi destino 3.

Alysa regresó a su casa de Ibory y se pasó el resto de la noche revisando todos y cada uno de los documentos que encontró en el despacho secreto de su padre. No encontró los documentos que buscaba cuando decidió retirarse a su habitación a descansar. Se llevó a la cama el libro que su padre le leía de pequeña y entre las páginas descubrió una nota de su padre: “Princesa, si estás leyendo esto es porque ya no estoy contigo. Puede que digan muchas cosas de mí y puede que alguna no sea buena, pero tienes que saber que tu madre y yo siempre te hemos querido y siempre te querremos. Abre tu corazón para encontrar las respuestas que estás buscando, solo tú tienes la llave. La cerradura está en el jardín del castillo de la princesa.”

—Solo tú tienes la llave —repitió Alysa tratando de encontrar sentido a lo que leía en esa nota—. Se supone que yo tengo la llave… ¡Eso es, la llave!

Alysa saltó de la cama y cogió el joyero con todas las joyas que se llevó de la caja fuerte de su habitación quince años atrás. Una de las joyas era un colgante de oro blanco y zafiros con forma de corazón que, si se desplegaba, se convertía en una llave.

—La cerradura está en el jardín del castillo de la princesa —volvió a repetir Alysa al releer la nota que le había dejado su padre.

Alysa recordó que sus padres la llevaban al jardín del castillo de Ibory y jugaban a que ella era una princesa que vivía allí. La cerradura que se abría con la llave del corazón de oro estaba en el jardín del castillo de Ibory, pero ese jardín era inmenso y dudaba de poder encontrar allí una cerradura. No obstante, Alysa decidió hacer una visita al castillo en cuanto se hizo de día. Alysa tuvo que hacer un gran esfuerzo para contenerse y no derrumbarse cuando entró en el jardín del castillo y todos los recuerdos invadieron su mente. Recorrió los jardines hasta que se topó con un pequeño porche redondo donde ella solía jugar de niña. Por una corazonada supo que la cerradura que estaba buscando debía estar en algún sitio de aquel porche y comenzó a buscar sin encontrar nada. Estaba cansada y se sentó en uno de los escalones del porche cuando una de las baldosas del suelo se movió. Hizo un poco de fuerza y arrancó la baldosa del escalón, donde había un pequeño cofre de madera oculto. Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie la observaba antes de sacar el cofre y comprobar que la llave de corazón de oro encajaba perfectamente en la cerradura del cofre. Envolvió el cofre con su pañuelo y regresó a casa donde lo abrió y descubrió que allí estaban todos los documentos relacionados con el proyecto Alpha y también tres cintas de vídeo. Alysa decidió leer todos los documentos antes de ver las cintas de vídeo, quería estar preparada para asimilar cualquier cosa que hubiera en aquellas cintas de vídeo. Los documentos mostraban al completo el experimento del proyecto Alpha, los nombres de los soldados a quienes les habían implantado el chip y el seguimiento de todos y cada uno de ellos. Tenía en sus manos toda la información que su padre robó para evitar que continuaran adelante con el proyecto y probablemente el motivo por el cual mataron a su familia. Pero, cómo bien le había dicho Diego, el proyecto Alpha había sido ordenado por alguien a quien ni siquiera él o su padre conocían.

Después de leer todos aquellos documentos, decidió ver las cintas de vídeo. La primera cinta de vídeo se trataba de una grabación casera. En las imágenes aparecía la familia de la Vega con un bebé recién nacido en sus brazos, que Alysa dedujo que era ella, y un joven Diego Morales que abrazaba a su esposa y a un pequeño niño de unos cinco años. Ambas familias sonreían y dirigían palabras a la cámara bromeando y de buen humor. En la segunda cinta de vídeo, aparecían Diego y Alejandro trabajando en el laboratorio, programando los chips que posteriormente aparecían implantándolos a los soldados. En la tercera cinta de vídeo aparecía Alejandro de la Vega grabándose a sí mismo mientras decía:

Princesa, si estás viendo esto es porque estás viva y me alegro. Le ordené al maestro Lee que si nos pasaba algo a tu madre y a mí y tú sobrevivías te sacara del país y no te dejara regresar a Ibory hasta que estuvieras preparada para saber la verdad. Si me estás viendo ahora significa que ya sabes de qué va el proyecto Alpha. Diego Morales y yo hemos descubierto que el chip deja de funcionar a los seis meses de ser implantado y los soldados se vuelven rebeldes y agresivos. Tanto Diego como yo nos hemos negado a continuar implantando los chips y vamos a intentar eliminar a todos los soldados que tienen el chip implantado, pero el gobierno nos está amenazando y probablemente acabe con nosotros. Si eso pasa, solo confía en dos personas: el maestro Lee y Diego Morales. Te quiero, princesa.

Alysa no pudo evitar que una lágrima se escapara de su ojo y rodara por su mejilla, pero la secó rápidamente con la manga de su jersey, respiró profundamente para recomponerse y cogió su móvil para llamar a Diego Morales.

—Soy Alysa, necesito verte —le dijo Alysa a Diego en cuanto descolgó.

—¿Dónde quieres que nos veamos?

—En tu despacho, dentro de dos horas —respondió Alysa mirando su reloj.

—Esta vez utiliza la puerta para entrar, eres y siempre serás bien recibida en mi casa —le respondió Diego con ternura.

—En dos horas estaré allí —le contestó Alysa y añadió antes de colgar—: Si tratas de jugármela lo sabré y tendrás un enemigo más.

Alysa se montó en su coche y se dirigió a casa de Diego Morales. Su padre le había dicho que podía confiar en Diego Morales, pero ese vídeo tenía quince años y en quince años las personas pueden cambiar mucho, ella misma era un ejemplo de ello. Conectó el navegador a bordo y entró en el sistema de seguridad de la villa de Diego, todo parecía normal. En las imágenes por satélite tampoco se observaba nada que llamara la atención, pero igualmente optó por ser precavida y se guardó dos pistolas, una el tobillo y otra en la cintura. Entró en la villa y aparcó frente a la casa de Diego sin que nadie la interceptara por el camino, aunque se cruzó con un par de tipos de seguridad que la miraron y probablemente anotaron su matrícula. Cogió el maletín donde había guardado todos los documentos y las tres cintas de vídeo y salió del coche con paso firme y seguro. Mientras subía las escaleras del porche de la casa que conducían a la puerta principal, la puerta se abrió y salió un hombre de unos treinta años y Alysa dedujo que se trataba del hijo de Diego.

—¿Puedo ayudarte, guapa? —Le preguntó a Alysa observándola con desconfianza.

—Estoy buscando a Diego Morales —le respondió Alysa con sequedad.

El hombre volvió a mirarla de arriba a abajo y se detuvo a la altura de su cintura, justo donde Alysa tenía guardada su pistola. Alysa supo inmediatamente lo que ese tipo se proponía en cuanto trató de introducir su mano bajo la chaqueta y, defendiéndose pero sin querer herir al probable hijo de Diego, le dio una patada en el estómago, le barrió los tobillos y lo tiró al suelo. Sacó su pistola del tobillo y le apuntó al mismo tiempo que le dijo con voz pausada y calmada:

—No quiero hacerte daño, solo estoy buscando a Diego Morales.

—¿Qué cojones está pasando aquí? —Les preguntó otro hombre, también de unos treinta años, que acababa de salir por la puerta de la casa.

Alysa no se lo pensó dos veces, sacó su otra pistola de la cintura y apuntó al tipo que acababa de aparecer en escena. Estaba segura de que a Diego no le gustaría que alguno de sus hombres y menos su propio hijo resultara herido, así que trató de hacer las cosas con tacto:

—Diego Morales me está esperando, si le dices que salga, él lo aclarará todo —le dijo al tipo que seguía de pie—. Mientras tanto, tu amigo me hará compañía.

No hizo falta que fuera a ninguna parte porque justo en ese momento apareció Diego, alertado por el guarda de seguridad que vigilaba las imágenes, observó la escena sonriendo divertido y acto seguido dijo:

—Chicos, Alysa ha venido a verme, no hay nada de qué preocuparos.

—Se te ha pasado por alto que nos está apuntando con sus pistolas, dos pistolas —apuntó el hombre que estaba junto a Diego.

—Alysa, ¿te importa? —Le pidió Diego.

—En absoluto —contestó Alysa guardando ambas pistolas.

Diego saludó a Alysa con un par de besos en la mejilla y la guió hasta su despacho bajo la atenta y sorprendida mirada de los otros dos hombres.

Tú eres mi destino 2.

Un mes más tarde, Alysa regresó a Ibory como Alicia Torres, nueva propietaria de la antigua casa de la familia de la Vega. Durante dos semanas, Alysa limpió y registró toda la casa sin encontrar ningún documento sobre los negocios de su padre. Había tenido suerte de que el banco que compró la casa únicamente limpió y pintó superficialmente las estancias donde se produjo el tiroteo y la masacre y no tocaron nada más. Esos días fueron como regresar al pasado. Los armarios de las habitaciones aún estaban llenos de la ropa de Alysa y su familia y el despacho de su padre estaba revuelto, alguien había estado buscando algo en el despacho y después había tratado de ordenarlo.

Cuando estaba a punto de darse por vencida en encontrar la agenda de su padre o cualquier otro documento sobre sus negocios, vio un libro en la repisa que su padre siempre le leía antes de irse a dormir y lo cogió. Acto seguido, una de las paredes del despacho se movió y se abrió una puerta que daba a un oculto y estrecho pasillo. Sin pensárselo dos veces, se adentró por el pasillo y llego a una pequeña estancia, lo que intuyó que era el verdadero despacho de su padre.

Allí encontró todo lo que su padre guardaba de sus negocios y su agenda, pero no había nada que le resultara llamativo hasta que vio en su agenda que todos los miércoles del último mes antes de que le mataran tenía anotada una cita a las 16:30 horas con “D.M.” Siguió buscando y encontró una caja fuerte escondida entre los libros de una de las estanterías. Probó con la combinación que tenía la caja fuerte de su habitación y acertó. Abrió la caja fuerte y dentro descubrió unos documentos sobre el proyecto Alpha en los que aparecía el nombre de su padre junto a un tal Diego Morales, posiblemente el “D.M.” que aparecía en la agenda todos los miércoles del último mes que su padre estuvo con vida.

Alysa cogió el dossier del proyecto Alpha y se retiró a su habitación, donde se pasó toda la noche leyendo aquel dossier. El proyecto Alpha consistía en la realización de un experimento con soldados del gobierno que enviaban a la guerra quince años atrás. Alysa descubrió que su padre y un tal Diego Morales habían estado experimentando con soldados para hacerlos más fuertes y casi indestructibles instalándoles un chip en la base del cráneo. A los soldados a los que se les instalaba el chip se hacían más fuertes y veloces en el campo de batalla, sus heridas cicatrizaban con más rapidez y se volvían más inteligentes y perspicaces.

Alysa cogió su ordenador portátil y buscó en Google a Diego Morales. Salieron miles de resultados de búsqueda, pero el que más le llamó la atención fue el tercero, que decía que Diego Morales es un científico de prestigio que había trabajado en numerosas ocasiones para el gobierno y que ya se había retirado. Leyó todas las noticias relacionadas con Diego Morales y en ninguna de ellas se mencionaba que había trabajado con su padre. Debía tratarse de algún proyecto del gobierno que no debió salir bien, pero si quería averiguarlo tendría que hacerle una visita a Diego Morales.

Alysa jaqueó el sistema informático de seguridad del gobierno y accedió a la base de datos para buscar la dirección actual de Diego Morales. Tuvo suerte, Diego Morales vivía en Termes, un pueblo situado a un par de horas en coche al sur de Ibory. Descargó unos planos del terreno y la casa de Diego Morales y estudió cuál era la mejor forma de entrar sin ser vista. La villa tenía un buen sistema de seguridad, pero nada que ella no pudiera jaquear.

Al día siguiente, Alysa partió al atardecer y llegó a Termes cuando la oscuridad de la noche se cernía sobre el cielo. Dejó el coche aparcado a dos kilómetros de distancia de la casa de los Morales y se adentró en la villa hasta llegar a la fachada trasera de la casa, por donde trepó y se coló por una de las ventanas del primer piso que se suponía que debía ser el despacho de Diego Morales y acertó. Echó un rápido vistazo por el despacho y se escondió tras la puerta cuando escuchó unos pasos por el pasillo que se iban acercando a donde ella estaba. Acostumbrada a la oscuridad del lugar, Alysa pudo reconocer que la silueta que tenía delante no pertenecía a la de Diego Morales, por lo que, con un rápido y ágil movimiento, colocó dos de sus dedos sobre el cuello del tipo y lo dejó inconsciente. Como pudo apartó al tipo cogiéndolo de los brazos y lo dejó apoyado en la pared. Volvió a escuchar pasos y se posicionó de nuevo tras la puerta para no ser vista. Esta vez, sí que era Diego Morales el que entró en el despacho. El hombre, ajeno a lo que estaba ocurriendo en su despacho, entró, cerró la puerta y encendió la luz justo en el momento en que Alysa le encañonó con su pistola del calibre treinta y ocho:

—Sht. No grites y no te pasará nada, solo he venido a hablar —susurró Alysa. Diego echó un vistazo a su alrededor y se tensó al ver a uno de sus hombres en el suelo—. No te preocupes por él, tan solo se está echando una siesta —Alysa le hizo un gesto a Diego para que se sentara en el sillón y acto seguido dejó caer sobre el escritorio el dossier del proyecto Alpha y le dijo—: Quiero saberlo todo sobre esto.

Diego Morales había sido un buen amigo de Alejandro y Thalía de la Vega, había trabajado con ellos en el proyecto Alpha y la chica que tenía delante era la viva imagen de Thalía con algunos rasgos de Alejandro.

—Es imposible, no puede ser —murmuró Diego mirando a Alysa de arriba a abajo como si estuviera viendo a un fantasma—. Eres la hija de Alejandro y Thalía, ¿verdad? Pero no puede ser, la hija de ambos también fue asesinada….

—Háblame del proyecto Alpha —le ordenó Alysa.

Diego le hizo un gesto a Alysa para que se sentara frente a él, esperó a que Alysa hubiera tomado asiento y empezó a hablar:

—Hace dieciséis años, el gobierno nos contrató a tu padre y a mí para formar parte del proyecto Alpha, un proyecto secreto del gobierno. Desarrollamos un chip que se implantaba en la base craneal de los soldados que iban a ser enviados a la guerra y se volvían más fuertes, inteligentes y sus heridas más graves sanaban en cuestión de minutos. Habíamos creado un ser prácticamente indestructible e inmune a casi todo, incluso inmunes a la radiación. Las fases 1 y 2 salieron según lo previsto, pero descubrimos que los soldados que llevaban más de seis meses con el chip implantando empezaban a mostrarse rebeldes y actuaban libremente sin respetar las órdenes ni las leyes. Se volvieron agresivos, eran máquinas de matar sin ningún tipo de control —Diego suspiró y continuó hablando—: Tu padre y yo decidimos abortar el proyecto pero el gobierno pretendía que continuáramos trabajando en ello sin dejar de implantar los chips y, cuándo nos negamos, nos amenazaron con nuestras familias. Alejandro y yo decidimos implantar chips falsos a los nuevos soldados y nos encargamos de eliminar a todos los soldados a los que implantamos el chip, pero el gobierno se percató de lo que estábamos haciendo y el resto te lo puedes imaginar. Mandaron matar a tu familia y también a la mía. Mataron a mi esposa, pero mi hijo y yo pudimos escapar. Tu padre se llevó todos los chips, pruebas e informes del laboratorio y las escondió en algún lugar que, a día de hoy, sigue siendo un misterio. Eso es lo único que me mantiene con vida. Si encuentran esos documentos junto con el dossier que has traído, me necesitarán para programar los chips. Sé que están buscando científicos que puedan crear lo que tu padre fue capaz de crear, pero hasta ahora no han encontrado a nadie que lo logre.

—Cuando hablas del gobierno, ¿a quién te refieres exactamente? —Quiso saber Alysa.

—Me refiero a una división secreta del gobierno que tú conoces —le contestó Diego—. Alysa, ¿verdad? —Alysa asintió y Diego prosiguió—: No sé lo que pretendes, pero vengarte de ellos sería un suicidio. Créeme si te digo que no hay nada en este mundo que me pueda producir mayor satisfacción que ver a todos los implicados en el proyecto Alpha muertos igual que mataron a mi esposa, pero antes de matar al primero ya habrían matado a toda mi familia.

—Necesitaré una lista con los nombres de todos los que participaron en el proyecto Alpha, incluyendo a los soldados a los que se les implantó el chip —le dijo Alysa—. También necesitaré saber todo lo que sepas sobre esa división secreta del gobierno, cómo está organizada, cuál es su jerarquía, ese tipo de cosas.

—Tu padre sacó del laboratorio todos los documentos relacionados con el proyecto Alpha y los escondió en algún lugar, aunque creo que puedo ayudarte con lo demás —le respondió Diego—. De todas formas, debo advertirte que lo que pretendes es algo muy peligroso y, pese a que estoy seguro que el maestro Lee te ha enseñado bien a defenderte, no creo que sea suficiente como para vencer tú sola a un ejército.

—Trataré de encontrar los documentos que mi padre escondió. Mientras tanto, puedes hacer un informe de cómo se organiza la división del gobierno, incluyendo su jerarquía con nombres y a ser posible con fotografías —le dijo Alysa y añadió antes de marcharse—: Supongo que no hace falta que te diga que yo nunca he estado aquí.

—Tranquila, puedes contar conmigo —le confirmó Diego—. Por cierto, ¿qué hay de mi guarda de seguridad?

—Se despertará en un par de horas y no recordará nada de lo sucedido, ni siquiera me ha visto —le respondió Alysa antes de salir por la ventana.

Diego miró por la ventana para asegurarse de que Alysa no se había matado al saltar por la ventana y, cuando comprobó que desaparecía en la oscuridad de la noche, se sentó de nuevo en su sillón y trató de asimilar lo que acababa de pasar. Aún no podía creerse que la hija de los de la Vega estuviera viva, pero se alegraba de que así fuera. Debía mantener en secreto aquella visita, ni siquiera podía decírselo a su hijo porque no quería correr ningún riesgo.

Cita 72.

“A veces extrañas tanto a alguien , que olvidas que estás mejor sin él.”

Marilyn Monroe. 

Tú eres mi destino 1.

Alysa esperó a que la aguja del viejo reloj de la pensión donde se hospedaba marcara las doce en punto de la noche. Desde que tenía diez años, se había entrenado para vengarse del asesinato de sus padres, a quienes mataron frente a sus ojos mientras ella y su amiga Eva, la hija de una de las sirvientas de la familia, estaban escondidas bajo una mesa camilla. Recordaba que estaba jugando con Eva en el salón cuando un grupo de hombres irrumpió en su casa y empezó a disparar a todo el que allí se encontraba. Alysa y Eva se escondieron bajo una mesa camilla hasta que los disparos cesaron y todo se quedó en silencio. Eva estaba asustada, quería encontrar a su madre y salió de su escondite pese a que Alysa trató de detenerla sin éxito. Apenas un minuto después, Alysa oyó otro disparo y la voz de uno de esos hombres que dijo:

—La princesa de los de la Vega acaba de reunirse con sus padres, ya hemos hecho todo el trabajo que teníamos que hacer aquí.

Todo pasó muy rápido y Alysa tan solo tenía pequeños destellos de lo que ocurrió aquel día, pero todas las noches tenía pesadillas con aquel trágico día y juró vengarse.

Los hombres se marcharon y Alysa salió de su escondite. Todo lo que vio la horrorizó. Las personas a las que amaba, su familia, su amiga Eva, todos estaban muertos en el suelo cubiertos en charcos de sangre. Alysa hizo lo que su padre tantas veces le había repetido que tenía que hacer si algún día pasaba algo parecido: cogió una pequeña mochila, metió algo de ropa dentro y todo lo que había en la pequeña caja fuerte que había en su habitación, que contenía dinero, un par de joyas y una fotografía de ella con sus padres. Con los ojos hinchados e irritados de tanto llorar, se colocó la mochila sobre los hombros y salió de la casa para cruzar el frondoso bosque que la separaba de la casa del maestro Lee.

El maestro Lee era un buen amigo de la familia de la Vega y el único en el que el padre de Alysa podía confiar ciegamente. El maestro Lee se hizo cargo de la situación y salió del país con Alysa, a quién entrenó en todas las disciplinas de artes marciales y la enseñó a desenvolverse ante cualquier público y cualquier situación, convirtiéndola en una arma humana.

Desde aquel día, Alysa dejó de ser una de la Vega para sobrevivir en el anonimato. Los tipos que mataron a sus padres la confundieron con su amiga Eva, por lo que todo el mundo la daba por muerta y eso era lo mejor para ella.

Tras quince años de duro entrenamiento en los que el maestro Lee le ordenó algunos trabajos para comprobar que estaba capacitada para centrarse en su venganza, el maestro Lee había decidido que había llegado el momento de empezar con la venganza.

A las doce en punto de la noche, el maestro Lee entró en el pequeño hall de la pensión donde se alojaba Alysa y la saludó con un caluroso abrazo, pues la quería como si fuera su propia hija:

— ¿Qué tal estás, Alysa?

—Estoy impaciente, maestro Lee —le respondió Alysa sonriendo.

—Entonces, ven conmigo y haremos un largo viaje para empezar con el principio del fin —fue la respuesta del maestro Lee, que siempre hablaba con filosofía.

El maestro Lee caminó tras Alysa y ambos se montaron en los asientos traseros de un todoterreno de color negro. Alysa no sabía a dónde se dirigían, pero sabía que tampoco conseguiría averiguarlo si se lo preguntaba, por lo que prefirió guardar silencio y esperar a que el maestro Lee la sacara de dudas cuando él considerase que estaba preparada para hacerlo.

El todoterreno se detuvo frente a las instalaciones de un pequeño aeropuerto privado y allí se subieron a una  lujosa avioneta que les llevó a casa del maestro Lee, situada en una isla privada con extrema seguridad y cuyos habitantes eran él y sus hombres.

Alysa se instaló en la que había sido su habitación durante los últimos quince años, cogió la fotografía que tenía de sus padres sobre la mesita de noche y suspiró. Estaba cerca de descubrir la verdad de lo que ocurrió aquel día, el motivo por el cual dejó de ser una niña feliz para convertirse en una niña solitaria y triste y posteriormente en una chica fría, distante y calculadora.

El maestro Lee no le dijo a Alysa lo que quería oír hasta que se instaló en su habitación y bajó al salón, donde le ofreció una copa de vino que Alysa aceptó.

—Creo que ya estás preparada para empezar tu propósito, pero recuerda que tienes que hacer esto como si de otro trabajo más se tratara —empezó a decir el maestro Lee—. Si dejas que tus sentimientos interfieran en tus planes, estarás muerta. Por eso lo haremos a mi manera. Para empezar, necesitamos los informes de la policía sobre lo que sucedió aquel día y sacar las pruebas que recopilaron del almacén de la policía. Los informes y las pruebas del escenario están en el almacén de la comisaría de Ibory, aquí tienes los planos de la comisaría. El sistema de seguridad del edificio es bastante antiguo, por lo que no deberás tener gran problema en entrar y salir sin ser vista.

Alysa escuchó todo lo que el maestro Lee tenía que decirle respecto a la misión y almacenó mentalmente toda esa información.

Tres días después, Alysa viajó a Ibory. Esperó a que se hiciera de noche para entrar en las instalaciones de la policía por el conducto de ventilación, por donde llegó al almacén central. Según sus cálculos, el guarda de seguridad se tomaba un descanso a las doce en punto y regresaba quince minutos después, el tiempo del que disponía Alysa para entrar en el almacén, coger lo que había venido a buscar y salir de allí sin que nadie la viera. En cuanto el guarda de seguridad salió del almacén para tomarse su descanso, Alysa saltó del conducto de ventilación y empezó a buscar en las cajas de los archivos. Afortunadamente, los archivos estaban ordenados cronológicamente y pudo encontrar rápidamente los informes y las pruebas del caso del asesinato de sus padres. Segundos antes de que el guarda de seguridad regresara al almacén, Alysa entró en el conducto de ventilación y escapó.

Alysa regresó a la isla del maestro Lee donde ambos leyeron y estudiaron los informes y las pruebas del caso, tratando de encontrar algo que a la policía se le hubiera podido pasar por alto. La policía había archivado el caso sin haber sido resuelto tras cinco años siguiendo pistas que no les llevaron a ninguna parte, pero aquellas pistas podían aportar algún dato relevante para el maestro Lee y para Alysa.

Afortunadamente para ambos, encontraron lo que buscaban. El maestro cogió una de las balas que habían acabado con la vida de Alejandro de la Vega, el padre de Alysa, y descubrió que se trataba de una bala especial, entre sus manos tenía una bala de plata.

— ¿Una bala de plata? —Preguntó Alysa sorprendida—. ¿Tengo que buscar a un cazador de hombres lobo?

—Solo conozco a una persona que utiliza balas de plata, se hace llamar Lobo pero nadie conoce su verdadera identidad —respondió el maestro Lee—. Es un asesino a sueldo, si él mató a tus padres lo hizo por encargo.

— ¿Quién pudo encargar el asesinato de mi familia, maestro Lee? —Preguntó Alysa.

—Eso es lo que debemos descubrir y para eso primero tendremos que encontrar un móvil —dijo el maestro Lee—. Tus padres no tenían muchos enemigos, solo los que envidiaban su poder y su carisma pueden considerarse como tal, aunque eso no reduce demasiado la lista.

— ¿Qué proyecto tenía mi padre en sus manos en el momento que le mataron? Necesito saber con quién estaba negociando algún trato o si tenía algún proyecto en proceso —dijo Alysa perdiendo la poca paciencia que tenía—. Eras la única persona en la que mi padre confiaba, tienes que saber más de sus negocios y también de todo lo que ocurrió ese día.

—Si tu padre confiaba en mí era precisamente porque nunca quise saber nada de sus negocios ni de su dinero, a diferencia de todos los que le rodeaban —contestó el maestro mientras encendía incienso y velas aromáticas por toda la estancia—. Esto ayudará a que te relajes —le dijo sin mirarla y prosiguió—: Tu padre era un hombre cuidadoso y precavido, estoy seguro que debía tener en alguna parte su agenda o su libro de cuentas, solo tenemos que encontrarlo.

—La policía no debió encontrarlo, de lo contrario estaría aquí —comentó Alysa—. Si no se lo llevaron los tipos que los mataron, probablemente continúe en la casa. ¿Sabes si hay alguien viviendo allí?

—La casa estuvo cinco años precintada por la policía, hasta que archivaron el caso sin resolver —le respondió el maestro Lee—. Desde entonces, la casa está a la venta pero nadie quiere comprar una casa con semejante historial de asesinatos.

Alysa sonrió. Los trabajos que había estado realizando durante los últimos años como complemento de su entrenamiento habían sido muy bien remunerados y disponía de una buena cantidad de dinero como para retirarse y no trabajar en su vida, pero había decidido emplear parte de ese dinero para comprar la antigua casa de su familia. El maestro Lee supo qué pretendía en cuanto la vio sonreír y la apoyó en su decisión, aunque le advirtió que tendría que comprar la casa bajo una identidad falsa que no la comprometiera si en el futuro quería seguir conservándola.

Tú eres mi destino.

Alysa solo piensa en vengar la muerte de sus padres, a quienes mataron delante de ella cuando tan solo tenía diez años. Alysa consiguió huir de la casa y fue en busca del maestro Lee, quien la acogió bajo su protección y la entrenó durante quince largos años para que estuviera preparada para vengar a su familia.

Sus investigaciones la llevarán a Termes, donde reside Diego Morales, el compañero de proyecto de su padre. Tras hacerle una visita inesperada, Diego le cuenta la verdad sobre el proyecto Alpha y la relación con la muerte de su familia, igual que la muerte de la esposa de Diego. Alysa y Diego se alían con el fin de acabar con quienes acabaron con su familia. Pero Diego no está solo, su hijo Alberto y su sobrino Marcos le acompañarán hasta el final.

Alysa y Alberto no empiezan con buen pie, pero convivir juntos en la misma casa hace que se conozcan mejor e incluso que ambos se sientan atraídos. ¿Dejará Alysa de lado su afán de venganza para dejarse llevar por lo que siente por Alberto? Y Alberto, ¿será capaz de comprometerse con una mujer para el resto de su vida?

¿Quieres descubrir más sobre la historia de Alysa y Alberto? No te pierdas la novela Tú eres mi destino, disfrútala capítulo a capítulo:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Ella.

No supe lo mucho que me importaba hasta que llegué a la ciudad y me atrapó la amarga soledad de mi casa. Tan solo había pasado una semana desde que nos conocimos, pero esos siete días a su lado fueron más intensos que cualquier misión. Sin pretenderlo, ella me había envuelto con su fragilidad y su ternura, me había hechizado.

El día siguiente no fue mejor, no podía concentrarme en el trabajo y terminé mirando por la ventana del despacho mientras pensaba en ella. ¿Qué estaría haciendo? Probablemente, estaría en la universidad, a estas horas tendría clase. Resoplé frustrado y traté de concentrarme en el trabajo, pero desistí un par de horas después al no quitármela de la cabeza. Miré mi teléfono móvil y contuve las ganas de llamarla, ¿qué le iba a decir? Una vez más, resoplé con frustración. ¿Qué me estaba pasando?

Sam y Alan entraron en el despacho, Sam me miró con guasa y Alan con desaprobación. Se acomodaron en los sillones frente a mí y adiviné que iban a darme una charla.

—Llevas toda la mañana ahí sentado y no has hecho nada —comenzó a decir Alan con un ligero tono de reproche en su voz.

—Por no hablar de esas ojeras, ¿acaso no has dormido? —Apuntó Sam, tratando sin éxito de ocultar su sonrisa burlona—. Esa chica te tiene suspirando por los rincones —se mofó con descaro.

—Es una cría, Matt —me recordó Alan—. Le sacas más de diez años, va a la universidad y no tiene nada qué ver contigo, sois de mundos distintos.

— ¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio? —Repliqué molesto.

—No tendríamos que interrogarte si hablaras con nosotros —alegó Sam.

—No tengo nada que decir —sentencié.

—En ese caso, quizás debamos facilitarte las cosas y hablar con ella…

— ¡Ni se te ocurra! —Le amenacé con tono severo.

—Es que no te entiendo, es un negocio redondo, podrás heredar el Castillo y, si estás encaprichado con ella, es la mejor forma de pasar tiempo con ella y enamorarla —opinó Sam con sorna.

— ¿Cómo va a casarse con una desconocida y convivir con ella durante al menos un año si no tiene una relación estable desde el instituto? —Protestó Alan, que en ese momento era que parecía más sensato de los tres—. Es una locura, saldrá mal y lo perderá todo. Deberíamos centrarnos en el trabajo, llevas una semana fuera de la ciudad y tenemos que ponernos al día con las operaciones.

Resoplé de nuevo, aquello empezaba a superarme. Miré el reloj, ella estaría a punto de salir de clase. Me puse en pie, cogí la cartera y las llaves y salí del despacho.

— ¿Se puede saber a dónde vas? —Me preguntó Alan siguiéndome por el pasillo.

—A zanjar esto, ya veremos cómo termina —respondí antes de entrar en el ascensor.

Sí, era una locura, pero ya tenía un motivo para ir a verla y hablar con ella. Y, si con un poco de suerte aceptaba mi propuesta, viviríamos bajo el mismo techo al menos durante un año.

La suerte estaba echada, ahora solo quedaba mostrar las cartas.

Cita 71.

“Sigue siempre tus pasiones. Nunca te preguntes si es realista o no.”

Deepak Chopra. 

Noventa minutos 19.

A las ocho de la tarde, Gina y Jake llegaron a casa de Henry y Grace. Jake aparcó el coche en el garaje y aprovechó esa intimidad para besar a Gina, que estaba muy nerviosa. Jake también estaba nervioso, pero lo disimulaba muy bien. Uno de los miembros del equipo de seguridad de los Hudson les abrió la puerta y Jake y Gina entraron en la casa y se dirigieron al salón cogidos de la mano.

Grace, Paulina y Franco sonrieron cuando vieron entrar a Gina y Jake cogidos de la mano, pero a Henry le preocupaba que aquella historia no acabara bien y, pese a que lo intentó, no pudo sonreír. Jake conocía a su padre y sabía que se le pasaría con el tiempo, cuando viera que lo suyo con Gina iba en serio.

—Estáis guapísimos, chicos —les saludó Grace emocionada—. Y hacéis una pareja estupenda.

Jake sonrió y Gina se ruborizó. Franco y Paulina también les saludaron con una sonrisa y Henry, haciendo un esfuerzo por disimular todas las dudas y la preocupación que aquella relación le provocaba, también les saludó amablemente:

—Me alegro de que hayáis venido a cenar.

Jake colocó su brazo alrededor de la cintura de Gina y la guió hasta uno de los sofás de dos plazas que quedaba libre, donde se sentó junto a ella.

Charlaron durante un buen rato en el salón antes de pasar a cenar al comedor. Durante la cena, la conversación se fue animando y todos parecían estar de buen humor. Jake estaba pendiente de Gina en todo momento, quería que se encontrara cómoda y lo consiguió.

—Y, ¿desde cuándo se supone que estáis juntos? —Preguntó Grace sonriendo feliz.

—Bueno, supongo que desde antes de saber quiénes éramos realmente —confesó Jake—. Ya han pasado casi tres meses.

—Puede que parezca poco tiempo, pero teniendo en cuenta que durante esos tres meses han estado las veinticuatro horas del día juntos, creo que es un tiempo más que considerable para que sepan qué es lo que quieren —apuntó Franco queriendo echar una mano a la pareja y añadió—: Vuestra relación cuenta totalmente con mi apoyo.

—Y con el mío también, me alegro de tener un yerno que me caiga tan bien —le secundó Paulina.

—Es la primera vez que veo a mi hijo realmente feliz y adorando a una chica —comentó Grace emocionada. Se volvió hacia a Gina y añadió—: Debes de ser muy especial para que mi hijo esté así de feliz, Gina. Ambos tenéis también nuestra bendición.

Henry sonrió y asintió con la cabeza para dejar claro que él también estaba de acuerdo con lo que su esposa acababa de decir. Todos brindaron por la recién estrenada pareja y Gina y Jake se besaron frente a todos para sellar su amor.

Regresaron a casa pasada la medianoche y, nada más bajar del coche, Jake cogió en brazos a Gina y la llevó directamente a la habitación.

—Jake, ¿qué pretendes hacer conmigo? —Le preguntó Gina sonriendo con picardía.

—Cariño, pretendo pasarme toda la noche dándote placer —le contestó Jake divertido y la besó.

 

***

 

Cinco meses más tarde, en pleno mes de agosto, Jake quiso irse de vacaciones con Gina a una isla paradisiaca para desconectar del estrés de la ciudad, relajarse y divertirse juntos. Se alojaron en una lujosa cabaña en la playa, desde donde podían contemplar el amanecer y la puesta de sol.

Gina tomaba el sol en la orilla del mar mientras leía para pasar el rato y Jake pescaba a su lado cuando sonó el aviso de la llegada de un mensaje en el móvil de Gina.

—Cariño, creía que habíamos acordado apagar el móvil mientras estuviéramos de vacaciones —le dijo Jake divertido, pues su chica no era de las que cumplía las normas.

—Te he dicho millones de veces que los acuerdos a los que llegamos mediante tu persuasión sexual no tienen ningún tipo de validez —le replicó Gina sonriendo—. Además, anoche me levanté a beber agua y te vi pegado al portátil, pero como soy una niña buena no dije nada.

— ¿Y desde cuándo eres una niña buena? —Se mofó Jake.

— ¿Quieres que te demuestre cómo no soy una niña buena? —Le preguntó Gina con una sonrisa traviesa en los labios.

Jake alzó las cejas, dejó la caña sobre la arena y cogió en brazos a Gina dispuesto a llevarla a la cabaña y hacerle el amor.

—Jake, ¿a dónde me llevas? —Le preguntó entre risas.

—Cariño, te tengo dicho que esa sonrisa traviesa hace que no pueda controlar mis impulsos —le respondió Jake con la voz ronca—. Te voy a llevar a la cabaña y te voy a hacer el amor.

A Gina aquello le sonó a gloria y le dejó hacer lo que se proponía porque lo deseaba tanto como él. Jake la tumbó en la cama, la besó y la acarició excitándola como el primer día, guiándola por el camino del placer. Pero Jake se traía algo entre manos y, cuando la tuvo al borde del orgasmo, se paró y le susurró al oído:

—Cariño, cásate conmigo —y añadió rápidamente—: Si aceptas, el acuerdo tendrá validez legal.

—Acepto —le confirmó Gina con la voz ronca.

Jake no se hizo de rogar y la penetró de una sola estocada para proseguir con un va y ven de placenteras embestidas que hicieron que ambos alcanzaran el clímax al mismo tiempo. Agotados por aquella sensación tan intensa, se quedaron abrazados en la cama. Cuando las respiraciones de ambos se normalizaron, Jake le susurró a Gina en el oído:

—Te quiero, cariño. Tenía planeado pedirte que te casaras conmigo esta noche, tras una romántica cena en la playa y bajo la luz de la luna llena, pero ya sabes que contigo no corro riesgos.

— ¿Eso significa que me quedo sin cena romántica en la playa bajo la luz de la luna llena? —Le preguntó Gina divertida.

—Claro que disfrutaremos de una noche romántica —le respondió Jake sonriendo y la besó en los labios antes de añadir—: Ya te he dicho que solo quería asegurarme de que no puedas decirme que no.

Ambos se besaron y volvieron a hacer el amor.

Aquella noche, disfrutaron de una romántica cena en la playa bajo la luz de la luna llena y Jake le regaló un precioso anillo de compromiso de oro blanco con diamantes y zafiros. Brindaron por su amor y por su futura boda y terminaron bañándose en el mar y haciendo el amor en la orilla.

 

FIN

Noventa minutos 18.

Jake despertó a Gina a las siete de la mañana, se ducharon, desayunaron y la llevó a la oficina. Jake tenía que ir también a su oficina, así que habló con el escolta de Arthur para que aumentara la seguridad en Global, se despidió de Gina y se marchó a las oficinas de su empresa. Regresó a buscar a Gina a la hora de la comida para llevarla a comer y se volvía a marchar para regresar a las seis de la tarde y llevar a Gina a casa y pasar el resto del día juntos como una pareja.

Mantuvieron la misma rutina durante las dos semanas siguientes, hasta que un viernes que Arthur le dio fiesta a Gina en la oficina, mientras preparaban la comida en casa entre bromas, Franco y Paulina llamaron al timbre de la puerta de la casa de su única hija.

—Papá, mamá, ¿qué hacéis aquí? —Les preguntó Gina preocupada al ver a sus padres allí—. ¿Ha pasado algo?

—No ha pasado nada malo, ¿nos invitas a entrar? —Le contestó Franco.

—Claro, pasad —les dijo Gina saludando a sus padres con un beso en la mejilla. Entraron al salón y dijo alzando un poco la voz para que Jake, que estaba en la cocina, le escuchara—: Jake, tenemos visita.

— ¿Quién es, cariño? —Preguntó Jake antes de salir de la cocina y toparse con sus futuros suegros en el comedor—. Franco, Paulina, ¿ha ocurrido algo?

—Creo que eso deberíamos preguntarlo nosotros —comentó Franco divertido posando su mirada de su hija a Jake.

—Papá —le advirtió Gina—. ¿A qué habéis venido?

—Brad me ha enviado esto y he preferido enseñártelo en persona, así aprovechábamos para haceros una visita —respondió Franco y le entregó el sobre que Brad le había enviado.

Gina cogió el sobre y lo abrió. Del sobre sacó cinco fotografías y un papel con un pequeño escrito que en seguida reconoció como la letra de Brad. Gina miró las fotografías con detenimiento y reconoció en cada una de ellas a cada uno de los cinco miembros de los Servasky, todos muertos de un tiro en la frente. Gina no necesitaba leer el pequeño escrito de Brad para hacerse una idea de lo que había pasado, pero aun así decidió leerlo: “Problema resuelto, ya no tenéis que preocuparos por los Servasky. Los cinco miembros están muertos y te adjunto cinco fotografías como prueba. Si quieres, puedes pedir el informe a la DEA para comprobar que lo que digo es cierto. Solo quiero lo mejor para Gina.”

Gina le entregó el sobre a Jake para que él mismo pudiera ver con sus propios ojos lo que ella misma también había visto y después se volvió, miró a su padre y le preguntó:

— ¿Lo has confirmado con la DEA?

—Sí, lo he confirmado —respondió Franco—. Les he pedido una copia del informe de la operación, te la haré llegar en cuanto la reciba.

—Creía que queríais a los Servasky vivos —comentó Jake.

—Y así era, pero la DEA también iba detrás de ellos y, conociendo a Brad, no iba a dejarlos escapar si tenía la más mínima oportunidad de liquidarles —contestó Franco—. Hay muchas cosas que los Servasky se han llevado a la tumba, pero tengo que reconocer que también es un alivio saber que no vamos a tener que volver a preocuparnos por ellos.

— ¿Os quedáis a comer? —Preguntó Jake a sus futuros suegros—. Estamos preparando tallarines al pesto, aunque no nos saldrán igual de buenos que a Paulina.

—Os agradecemos la invitación, pero ya hemos quedado con Henry y Grace para comer —les dijo Paulina agradecida—. Podríamos ir a cenar todos juntos, ¿qué os parece?

—Paulina, a lo mejor los chicos ya tienen planes para esta noche —le dijo Franco a su esposa.

—Creo que es una buena idea que salgamos a cenar todos juntos —opinó Jake. Gina le apretó el brazo para mostrar su desacuerdo, pero Jake le acarició la mano y le susurró—: Tarde o temprano tendremos que hacerlo, ¿por qué no esta noche?

— ¿Qué dices, Gina? —Insistió Paulina—. ¿Salimos a cenar todos juntos?

—Eh, creo que eso parece —respondió Gina nerviosa.

Franco y Paulina les dijeron que les llamarían por la tarde para quedar y salir a cenar, se despidieron de ellos y se marcharon a casa de los Hudson contentos por haber podido comprobar con sus propios ojos la relación que existe entre Gina y Jake.

En cuanto Paulina y Franco salieron de casa de Gina, Gina se volvió hacia Jake y le preguntó:

— ¿De verdad crees que es una buena idea?

—Cariño, si vamos a tener una relación de pareja, lo lógico es que nuestras familias lo sepan y cuanto antes mejor —le respondió Jake—. Además, tanto tus padres como los míos saben que hay algo entre nosotros y solo esperan que lo hagamos oficial —la estrechó entre sus brazos, la besó en los labios y le susurró al oído—: No tienes de qué preocuparte, es imposible no adorarte, cariño.

—Me encanta que me llames cariño —le confesó Gina entre risas y bromeó—: Incluso hasta cuando lo haces delante de mis padres.

–  No sabía que eran tus padres, pero me alegro de que lo hayan oído porque nos ahorrará muchas explicaciones esta noche. – Le dijo Jake sonriendo. – No te preocupes, te prometo que todo saldrá bien y que incluso te divertirás. Ahora, vamos a comer.

Jake y Gina comieron, recogieron y estaban a punto de empezar a ver una película cuando llamaron a Jake del trabajo, se retiró a la cocina para hablar y, tras casi media hora de conversación, regresó al salón y le dijo a Gina:

—Cariño, tengo que ir a la oficina —le dio un beso en los labios y añadió—: Me gustaría que vinieses conmigo, así te puedo enseñar las oficinas.

Media hora más tarde, Gina entraba en las oficinas de la empresa de Jake. Jake le colocó un brazo alrededor de la cintura con posesión, para que todo el mundo supiera lo que ella significaba para él. Jake nunca había llevado a ninguna de sus amantes a su empresa al igual que tampoco las llevaba a su casa, así que en cuanto les vieron aparecer, todo el mundo supo que aquella relación iba en serio. Subieron es ascensor a la planta superior del edificio, donde les esperaba Samuel, la mano derecha de Jake.

—Hola Sam —saludó Jake—. Te presento a Gina Verona, mi novia —se volvió hacia a Gina y le dijo sonriendo—: Cariño, él es Samuel, mi mano derecha. Sin él estaría perdido.

—Encantado de conocerla, señorita Verona —la saludó Samuel sonriendo y estrechándole la mano.

Gina le devolvió la sonrisa mientras estrechaba la mano de Samuel y los tres se dirigieron al despacho de Jake donde Samuel les puso al corriente de la situación. Tom Taker, uno de los principales inversores de la empresa, estaba furioso porque Jake llevaba desaparecido del mapa casi dos meses. Hacía dos semanas que Jake había vuelto a la oficina, pero aún tenía mucho trabajo retrasado por haber pasado dos meses en Castle. Tom Taker era su principal inversor y lo había descuidado, aquello no era propio de Jake.

—Tom Taker está de camino, de hecho, ya debería estar aquí —le informó Samuel—. ¿Has pensado en algo para calmarlo o improvisarás sobre la marcha?

— ¿Puedo estar presente en la reunión? —Preguntó Gina. Jake y Samuel la miraron sorprendidos, no entendían por qué quería estar presente en una reunión que iba a ser desagradable, así que Gina les dijo para tranquilizarles—: Conozco a Tom y estoy segura que mi presencia suavizará las cosas.

Jake aceptó la propuesta de Gina, pero solo porque así no tendría que separarse de ella. Tom Taker era de los que necesitaba llamar la atención y por eso montaba ese circo, pero en cinco minutos se le habría pasado. En cuanto llegó Tom Taker, le hicieron pasar al despacho y su rostro enfurruñado cambió nada más ver a Gina, a quién saludó con familiaridad:

— ¡Querida, qué alegría verte! —La besó en ambas mejillas y le preguntó—: ¿Qué haces por aquí?

—He venido con Jake —respondió Gina cogiendo la mano de Jake.

— ¡Oh! De haber sabido que estabas con él no se me hubiera ocurrido interrumpiros y, si tenéis algo qué hacer, podemos dejar la reunión para otro momento…

—Ya que estamos aquí, hagamos lo que hemos venido a hacer —le interrumpió Jake.

La reunión apenas duró media hora en la que Gina decidió no intervenir, pero disfrutó escuchando a Jake cómo se manejaba en sus negocios y eso le gustó.

Jake y Gina se despidieron de Tom Taker y, tras tener otra charla con Samuel, también se despidieron de él y regresaron a casa de Gina con el tiempo justo para cambiarse de ropa y dirigirse a casa de los padres de Jake para cenar con sus respectivas familias.

Noventa minutos 17.

Gina y Jake llegaron a la ciudad por la tarde, ya que decidieron parar a comer en el camino. Nada más entrar en casa, Gina desconectó la alarma y le dijo a Jake:

—No hay nada para comer, deberíamos ir a comprar.

—Iremos a comprar mañana, esta noche quiero que salgamos a cenar —le dijo Jake sonriendo—. Creo que podríamos ir a cenar al Dunkan, ¿te apetece?

—No podemos ir sin reserva y el Dunkan tiene una lista de espera de más de seis meses —le respondió Gina.

—Conozco al propietario, nos darán mesa si hago una llamada —informó Jake—. ¿Te apetece salir conmigo a cenar o estás tratando de darme una excusa?

—Me confundes, Jake —le dijo Gina encogiéndose de hombros—. Desde el primer momento me dejaste claro que lo nuestro solo se trataba de sexo y yo lo acepté, pero ahora pides más y no entiendo por qué. ¿Me he perdido algo?

—He cambiado de opinión, por eso he querido cambiar el acuerdo y creía que tú también querías cambiarlo —alegó Jake—. ¿De qué tienes miedo? Ambos nos lo pasamos bien juntos, hemos estado un mes y medio encerrados en la misma casa durante veinticuatro horas al día y no hemos acabado matándonos como todo el mundo esperaba. ¿Qué problema hay en que salgamos a cenar, cariño?

—No lo sé, Jake —le respondió Gina frustrada por no saber explicarse y por no querer confesar lo que de verdad sentía—. Es solo que todo está yendo demasiado rápido y el hecho que estés tan pendiente de mí o me llames “cariño” no me ayuda para aclararme. Igual que tampoco lo hace que juegues con mis orgasmos para que acepte acuerdos en los que no soy capaz de pensar en ese momento.

—De acuerdo, vamos a hacer una cosa —propuso Jake—. Esta noche te invito a cenar y hablamos tranquilamente de todo esto. Prometo no besarte ni hacer ninguna insinuación sobre sexo hasta que hayamos hablado. ¿Te parece bien?

—Me parece bien —contestó Gina—. Voy a ducharme y ponerme algo decente.

—Tenemos que ir de etiqueta, ¿tienes algún vestido de noche? —Preguntó Jake.

—Algo encontraré, no te preocupes —le respondió Gina antes de desaparecer por el pasillo.

Jake llamó a su amigo e hizo una reserva para dos personas en el Duncan, pero no sin que antes su buen amigo le asegurara de que le daría una mesa íntima y alejada del resto de mesas, quería intimidad con Gina. A las ocho y media, cuando Jake ya había reservado en el restaurante, se había duchado, vestido y deshecho la maleta, Gina salió de su habitación con un vestido rosa pálido de escote en palabra de honor y unos zapatos plateados a juego con su bolso de mano. Se había dejado su larga melena rubia suelta que le caía sobre los hombros como si de un ángel se tratara.

—Estás preciosa, Gina —balbuceó Jake cuando la vio entrar en el salón.

La ayudó a ponerse su chaqueta plateada y ambos salieron de casa de Gina mientras Jake rodeaba la cintura de ella con su brazo. Se montaron en el coche y se dirigieron al Dunkan, dónde un aparcacoches vestido de etiqueta se ocupó de aparcar el coche.

Gina agarró del brazo a Jake y a él le encantó ese gesto. El maître les recibió y les acompañó a su mesa, una romántica mesa para dos, iluminada por un par de velas y bastante alejada del resto de mesas. Jake pidió vino tinto para beber mientras decidían qué pedir para cenar:

—Este lugar es fantástico, me alegro de que me hayas traído —le confesó Gina.

—Y yo me alegro de que hayas aceptado venir —le respondió Jake alzando su copa para brindar con Gina—. Por nosotros.

Ambos entrechocaron sus copas, se sonrieron y le dieron un trago a su copa de vino. Leyeron la carta y decidieron qué pedir y, mientras esperaban que el camarero les sirviera la cena, Jake comenzó a hablar:

—Estamos aquí porque yo he insistido en hablar sobre nuestra relación, así que, si no te importa, empezaré yo —bebió un trago de su copa y continuó—: Me gustas, me gustas desde el primer momento en que te vi. Pero después de pasar todos estos días contigo, mis sentimientos por ti son más fuertes. No sé si es amor porque nunca antes me había enamorado, pero nunca antes lo había sentido por nadie. Jamás había pensado en pasar el resto de mi vida con una mujer hasta ahora. Sé que al principio ambos dejamos claro que ninguno de los dos quería una relación estable pero, si te soy sincero, tengo la esperanza de que, al igual que yo, tú también hayas cambiado de opinión.

— ¿Me estás proponiendo tener una relación estable? —Le preguntó Gina un tanto sorprendida.

—Prácticamente, ya tenemos una relación estable —le contestó Jake—. Tan solo nos hace falta hacerlo oficial.

—Cuando dices que solo nos falta hacerlo oficial, ¿a qué te refieres exactamente?

—Me refiero a que hacemos vida de pareja —le contestó Jake empezando a perder la paciencia—. Me gustaría saber qué sientes, Gina. ¿Qué esperas de nosotros?

—Me gustas —le contestó Gina—. Me lo paso bien contigo y no solo en la cama. Si te soy sincera, quiero seguir estando contigo en todos los sentidos. Me encanta despertarme y tenerte a mi lado, me encana hacer el amor contigo y me pongo hasta nerviosa cuando recibo uno de tus mensajes. Pero también tengo miedo a acostumbrarme a todo lo que me estás dando, porque puede que un día te canses de mí.

—Te quiero, Gina. Si por mí fuera me casaba ahora mismo contigo y así me aseguraba que vamos a estar juntos siempre —le susurró Jake abriendo su corazón—. El sexo es genial entre nosotros, pero no es lo único genial que tenemos. Dame una oportunidad para demostrarte lo que te estoy diciendo y te aseguro que no te arrepentirás.

—Espero que tú tampoco te arrepientas —bromeó Gina—. Entonces, ¿ya podemos besarnos o todavía no? Apenas han pasado un par de horas y ya echo de menos tus besos y que me llames “cariño”.

—Ven aquí, cariño —le dijo Jake acercándose a ella para besarla en los labios—. Solo tienes que pedir por esa boca lo que desees y yo lo haré realidad.

—Entonces te diré que, aunque sé que estás empeñado en salir juntos esta noche, me gustaría que después de cenar nos vayamos a casa —le confesó Gina con una sonrisa traviesa—. Te aseguro que no te arrepentirás.

—Cómo tú quieras, cariño —le contestó Jake divertido y excitado por la sugerencia de Gina—. Si todos los deseos son como ese, estaré encantado de hacerlos realidad.

El camarero llegó con los platos que habían pedido y ambos cenaron felices por la decisión que acababan de tomar.

Después de cenar, se dirigieron a casa de Gina y allí hicieron el amor una y otra vez hasta que quedaron agotados y se durmieron uno en brazos del otro.