Archivo | abril 2017

Cita 68.

“Muchas personas no cumplen los ochenta porque intentan durante demasiado tiempo quedarse en los cuarenta.”

Salvador Dalí.

Noventa minutos 4.

El lunes siguiente por la mañana, Gina se encerró con su jefe en su despacho y no salió de allí hasta que obtuvo toda la información que quería saber sobre su relación con Emily, aunque se cuidó mucho de nombrar a su hermano Jake.

—He visto cómo os miráis, la rabia y la pasión con la que os tratáis, no me puedes decir que no hay ni ha habido nada entre vosotros porque sé que miente —le dijo Gina a Arthur.

Arthur suspiró, se acomodó en su sillón de director general y dijo con sinceridad:

—Conocí a Emily la primera vez que fui a casa de los padres de Jake. Jake y yo nos conocimos en la universidad y nos hicimos buenos amigos. Un fin de semana me invitó a su casa, por aquel entonces aún vivía con sus padres, y fui a su casa, donde conocí a su hermana —cerró los ojos, suspiró y continuó hablando—: Fue como un flechazo, pero era la hermana pequeña de mi amigo Jake, así que descarté cualquier acercamiento, pero ella no paraba de revolotear por mi alrededor. Fuera a donde fuera, allí me la encontraba. Los Hudson celebran una fiesta anual cada primavera en su casa y el año pasado nos besamos mientras todos estaban distraídos mirando los fuegos artificiales. No la he vuelto a ver desde entonces y el sábado la encontré más atractiva que nunca.

—Y yo que creía que solo te interesaban las pijas sin cerebro y resulta que estás enamorado de Emily y sales huyendo cuando la besas —se mofó Gina.

—Emily ha sido la única que me ha hecho pensar en una tener una relación estable, pero no estoy seguro de que vaya a salir bien y es la hermana de uno de mis mejores amigos, es demasiado arriesgado cuando ni siquiera sé lo que quiero —confesó Arthur.

—Si no te arriesgas, no lo sabrás —le advirtió Gina—. Por cierto, espero que no te importe que haya invitado a Emily el próximo sábado a salir con las chicas. Tenemos pensado salir a cenar y tomar unas copas en el Stars, un pub que hay en el barrio, por si quieres presentarte por allí y saludar a Emily.

—Iré, aunque solo sea para asegurarme de que no me despertáis a las cinco de la mañana para que vaya a sacaros del calabozo —se mofó Arthur.

—Habíamos quedado en que esa noche no volvería a mencionarse —le recordó Gina.

—Lo sé, lo siento —se disculpó Arthur tratando de ocultar la risa sin éxito—. Por cierto, me pareció que te lo pasabas muy bien con Jake la otra noche.

—No sé a qué te refieres, solo bailamos y salimos a tomar una copa —se defendió Gina—. Tú estabas con nosotros y pudiste comprobar que no pasó nada.

—Conozco a Jake y nunca le he visto tan interesado en una chica como lo estuvo contigo anoche y, además, ayer me llamó para pedirme tu teléfono.

— ¿Se lo diste? —Quiso saber Gina.

— ¿Querías que se lo diera?

—Arthur, no juegues con fuego que te quemas.

—De acuerdo, mujer. No hace falta que te pongas así —bromeó Arthur—. Me llamó y tras dar unos cuantos rodeos, me pidió tu número de teléfono. Me dijo que habíais estado sobre música y quería darte un CD, así que le dije que se pasara a la hora de comer por la oficina y te diera el CD en persona y te pidiera él mismo tu teléfono.

— ¿Y va a venir?

—Te noto sumamente interesada, ¿me equivoco? —Se mofó Arthur.

—Me pareció un tipo interesante, nada más —le dijo Gina divertida—. Tengo que irme, tengo una reunión con el equipo de márquetin que a este paso va a volverme loca. Nos vemos luego.

—Luego nos vemos —se despidió Arthur.

Gina se dirigió a su despacho y después a la sala de juntas, donde estuvo reunida con el equipo de márquetin durante toda la mañana tratando de solucionar un problema de última hora que se habría podido solucionar antes si el director de márquetin hiciera su trabajo como es debido.

—No podemos presentar esa campaña, no cumple ninguno de los requisitos que el cliente nos ha pedido y no nos sirve para nada —repitió Gina cuando Fermín Cano, el director de márquetin de Global, volvía a insistir en que podría modificar un poco la campaña para adaptarla a las necesidades del cliente—. Lo único que el cliente ha exigido que hiciéramos una campaña sin polémica, nada de política, sexo, alcohol ni nada por el estilo y tú has hecho exactamente todo lo contrario.

—Llevamos un mes trabajando en esta campaña, no podemos empezar de cero ahora y presentar la nueva campaña en una semana —volvió a excusarse Fermín.

Gina se enfureció, no podía creer que el puñetero director de márquetin la hubiera cagado de esa manera y estuviera tan tranquilo sentado en su silla como si la cosa no fuera con él y, en vez de aportar ideas o soluciones, tan solo trataba de complicarlo todo más. Gina explotó y, utilizando un tono amenazador y de ordeno y mando que nunca había utilizado para ningún empleado de Global, le dijo más alto de lo que pretendía:

—No quiero escuchar ni una puñetera excusa más, ¿me habéis entendido? —Miró al resto del equipo, se volvió hacia Fermín y añadió—: Me da igual cómo lo hagas, pero el lunes quiero ver la presentación de una campaña digna de Global y a la altura de las exigencias de nuestro cliente —Fermín abrió la boca para continuar con su retahíla de excusas pero Gina le ordenó callar con un gesto e hizo salir al resto del equipo de márquetin excepto al director. Esperó a que todos salieran y, cuando se quedó a solas con Fermín, se volvió hacia a él, le sostuvo la mirada y le advirtió—: Demuestra que estás capacitado para ser el director de márquetin de Global o me veré obligada a prescindir de ti.

Fermín abrió la boca pero la volvió a cerrar de inmediato y agachó la cabeza antes de salir de la sala de reuniones. Gina recogió su portátil y, cuando estaba a punto de salir de la sala de reuniones, Arthur entró y ambos se quedaron mirando frente a frente hasta que Arthur le preguntó:

— ¿Qué ha pasado aquí? Han salido todos como si salieran de un campo de concentración.

—Tenemos que hablar, Arthur —le dijo Gina sin opción a réplica—. – Vamos a mi despacho.

— ¿Tiene que ser ahora? —La interrumpió Arthur sonriendo.

—Sí, tiene que ser ahora —le contestó Gina malhumorada—. Mira la mierda de presentación que tenemos para la campaña de Hoffman. ¿Crees que podemos presentarle esto el lunes?

Gina le tendió los informes a su jefe y entonces se percató de que había alguien más en la puerta, Jake Hudson había estado observándola mientras ella hablaba con su jefe.

—Me temo que no es un buen momento —saludó Jake con naturalidad y esa media sonrisa que le hacía tan interesante y atractivo.

—Llegas en el mejor momento para ver a Gina en plena etapa de ira, aunque te recomiendo que te mantengas como espectador, participar en el espectáculo te puede traer consecuencias desagradables —se mofó Arthur—. Vamos a mi despacho —los tres se dirigieron al despacho de Arthur, cerraron la puerta y se sentaron en los sillones. Arthur puso sobre la mesa los informes que Gina le había entregado sobre la presentación de la campaña de Hoffman, uno de los mejores clientes de Global, y dijo:

— ¿Qué ocurre con la presentación de la campaña del equipo de márquetin? ¿No te ha gustado?

—No se trata de lo que a mí me guste, y ya que lo mencionas me parece un horror —le contestó Gina todavía furiosa—. Se trata de lo que quiere y exige nuestro cliente y Fermín ha vuelto a hacer lo que le da gana. Tenemos que presentar la campaña el próximo lunes y no tenemos nada a excepción de lo que tienes ahí. Fermín no tiene excusa, trabaja en Global desde que fundaste la empresa y Hoffman es nuestro principal cliente, no entiendo qué busca con todo esto.

— ¿Lo has echado? —Quiso saber Arthur—. Cómo tú has dicho, Fermín lleva trabajando para Global desde que se fundó.

—No lo he echado de momento, pero pienso hacerlo cómo esto nos perjudique —le recalcó Gina mientras Arthur la miraba duramente—. No me mires así, me pagas para que haga un trabajo y es exactamente lo que estoy haciendo. Llevo dos semanas poniendo excusas ante Hoffman y dando la cara por Fermín y, a una semana del plazo de presentación, no tenemos nada. ¿Tienes idea de qué pasaría si Hoffman decide dejarnos? Y te aseguró que si le enseñamos eso se lo replanteará.

Arthur echó un vistazo al informe y su rostro empezó a cambiar de color de un rosa sano a un pálido que daba miedo. Se aclaró la voz carraspeando la garganta y le preguntó a Gina:

— ¿Qué mierda es esta?

—Eso es lo mismo que he preguntado yo —le respondió Gina encogiéndose de hombros con resignación—. Entiendo que Fermín lleva mucho tiempo en Global y que le hayas cogido cariño, pero esto no nos lo podemos permitir, sobre todo cuando no es la primera vez que ocurre. No confío en él y, si por mi fuera, te aseguro que ya no trabajaría aquí.

— ¿Hay algo personal en todo esto? —Preguntó Arthur al notar el tono furioso muy poco habitual en Gina y que contenía por la presencia de Jake.

— ¿Qué me estás preguntando exactamente, Arthur?

—Tú siempre dices que todos tenemos derecho a equivocarnos, sin embargo tienes claro desde el primer momento que quieres a Fermín fuera de Global.

—Tengo mis motivos para desconfiar de él y por supuesto que no es nada personal, me conoces demasiado bien como para tener que preguntarme algo así.

—Sé que probablemente Fermín será el último hombre del mundo con quien te lo montarías, pero sé que sabes algo que no quieres decir y sé que es algo gordo —le dijo Arthur—. Cómo tú has dicho, te conozco demasiado bien.

—Todavía no tengo pruebas, pero estoy en ello —le contestó Gina—. Mientras tanto, voy a ocuparme de tener una presentación de repuesto, como he dicho, no me fío de él —se volvió hacia a Jake y le dijo forzando una sonrisa—: Lamento la intrusión, señor Hudson. Les dejo para que puedan seguir con sus cosas.

Gina le guiñó un ojo a su jefe sin que Jake la viera y se marchó a su despacho, donde se reunió con Hannah para decidir con quién contar para formar el equipo de repuesto del departamento de márquetin aunque no pudo dejar de pensar en la persona que había en el despacho continuo sentado con su jefe.

Noventa minutos 3.

Gina estaba nerviosa por la subasta, no podía dejar de pensar que acabaría bailando con algún viejo verde ricachón pegado a ella. Emily, que no había dejado de observarla desde que se habían visto por primera vez, le dijo para tranquilizarla:

—Puedes estar segura de que esta noche no ganará la puja por ti ningún viejo.

— ¿Cómo puedes estar tan segura? —Pregunto Gina y añadió—: Si estás pensando en Arthur, te estás equivocando. Arthur y yo solo somos amigos y compañeros de trabajo, nunca ha habido ni habrá nada más que amistad entre nosotros.

Emily asintió y le sonrió, sabiendo que todo lo que Gina le decía era cierto. Uno de los organizadores del evento les explicó brevemente el orden de las candidatas y Emily y Gina salían una detrás de la otra. Todas las chicas que participaban en la subasta esperaban detrás del escenario a que el presentador de la gala las fuera llamando una a una para presentarlas y subastarlas.

Al otro lado del escenario, Arthur y Jake esperaban a que las chicas salieran con un objetivo en mente, Arthur quería conseguir un baile con la descarada de Emily que tanto le gustaba y que tan loco lo volvía. Jake, por su parte, también tenía claro que tenía que conseguir ese baile con la misteriosa Gina que tanto la había atraído desde que la había visto entrar en el salón y a quién pretendía conocer un poco más.

La primera de las dos chicas en salir fue Emily y, tras una dura puja entre Arthur y un tipo siniestro con bigote, finalmente fue Arthur quién ganó la puja por 25,000€ y ese baile con Emily, que estaba encantada con Arthur por mucho que ella se empeñara en negarlo y disimularlo.

La siguiente fue Gina, que caminó con firmeza y seguridad sobre el escenario aunque en realidad temblaba como un flan, pero nadie se percató. El presentador comenzó la puja en 1,000€ y diversos invitados empezaron a pujar, entre ellos Jake. La puja subió hasta los 30,000€ y ya tan solo pujaban tres hombres por ella: Jake, Robert Gates y el mismo hombre siniestro con bigote que había pujado por Emily. Gina se estremeció, le daba igual bailar con el señor Gates pero no quería bailar con el tipo del bigote que la miraba como si estuviera desnuda y quisiera…

—Cien mil euros —dijo Jake alzando la voz y sacando a Gina de sus pensamientos.

El presentador de la gala miró a los otros dos hombres y éstos le hicieron un gesto en señal de que se retiraban de la puja, y sentenció:

—El primer baile de la noche de la señorita Gina Verona queda adjudicado al señor Jake Hudson por la generosa cifra de 100,000€.

Todo el mundo estalló en aplausos y Jake ayudó a Gina a bajar las escaleras tendiéndole la mano mientras sonreía satisfecho.

—Creo que estás loco, pero me alegro por ello —bromeó Gina.

—No estoy loco, lo he hecho por tres buenas razones —le respondió Jake susurrándole al oído.

— ¿Tres buenas razones?

—La primera es que todo lo recaudado en la subasta de bailes será donado íntegramente a la reconstrucción del orfanato, la segunda es que quería bailar contigo y pujar por ti era una buena forma de conseguirlo. Y la tercera, bueno, te he visto mirar a ese tipo del bigote y tu expresión me lo ha dicho todo.

—Supongo que hemos salido ganando todos —bromeó Gina—. Los huérfanos que tendrán dinero suficiente para reconstruir el orfanato, tú que querías bailar conmigo a pesar que he de confesarte que soy una pésima bailarina y yo me ahorro tener que acercarme a ese tipo que me da grima.

Gina y Jake se reunieron con Emily y Arthur en la mesa que compartían para terminar de ver las subastas de los primeros bailes de las chicas que aún quedaban por salir al escenario.

Cuando la subasta finalizó, el presentador les pidió a las chicas que habían participado en la subasta que se dirigieran a la pista de baile con sus pujadores para que el primer baile se pudiera llevar a cabo.

Jake agarró de la mano a Gina y la guió hasta el centro de la pista, donde puso las manos alrededor de la cintura de ella y le susurró al oído:

—Gina Verona, ¿Verona cómo la ciudad italiana donde se desarrolla Romeo y Julieta?

—Se escribe igual y su procedencia también es italiana, mis abuelos por parte de padre son italianos, aunque no de Verona, sino de Milán —le respondió Gina divertida por la ocurrencia de Jake—. Pero he estado en Verona muchas veces y es una de las ciudades más hermosas que he visto nunca, con mucha cultura y paisajes preciosos.

—Creo que eres la primera chica que oigo hablar de Verona y no menciona el balcón de Romeo y Julieta ni su romance —bromeó Jake.

—Verona es mucho más que la ciudad donde ocurre el fatídico romance de Romeo y Julieta de Shakespeare —opinó Gina.

—No he estado en Verona, pero me encantaría conocerlo solo por la pasión con la que describes esa ciudad —le susurró Jake al oído mientras bailaban una balada de que Gina desconocía pero que le encantaba—. ¿Vas mucho a Italia?

—Menos de lo que me gustaría, pero intento ir al menos una semana todos los veranos para ver a mis abuelos y ellos vienen a vernos en Navidad —le contestó Gina dando más detalles de los que le habría gustado—. Pero no quiero aburrirte…

—No me aburres —la interrumpió Jake—. Es agradable poder tener una conversación interesante que no tenga que ver con negocios.

— ¿Conoces la canción que suena? —Preguntó Gina fascinada por la melodía y la dulce voz que formaban la balada que ambos bailaban—. No la había oído antes, pero es preciosa.

—La canción se titula “Nothing else matters” y es de Lucie Silvas —le contestó Jake con una sonrisa en los labios hipnotizado por la naturalidad de Gina.

La canción terminó y ambos se resistieron a separarse, pero tuvieron que hacerlo cuando Emily y Arthur se les acercaron. Jake se tensó, quería saber más cosas de Gina y buscar una excusa para volver a verla sin que Arthur se le echara encima, pues ya le había dejado claro que Gina era como una hermana pequeña para él y Arthur solo decía las cosas una vez.

—Estábamos pensando en ir a tomar una copa, ¿qué os parece? —Propuso Emily agarrada del brazo de Arthur.

Gina y Jake se miraron y después miraron a Emily y Arthur sin comprender muy bien lo que pasaba entre aquellos dos, que por momentos se odiaban y por momentos bailaban y se mostraban encantados de salir a tomar una copa.

—Gina, si no te apetece ir puedo llevarte a casa —le susurró Arthur al ver a su amiga tan dubitativa.

—Me apunto siempre y cuando no decidáis ir al Red —dijo Gina sonriendo.

—Dudo mucho que te dejen entrar —comentó Arthur burlonamente.

— ¿Por qué no la iban a dejar entrar? —Preguntó Emily.

—Digamos que no admiten la entrada a personas… conflictivas —se mofó Arthur.

—Eso es totalmente injusto, si ellos hubieran hecho su trabajo yo no hubiera tenido que intervenir —le contestó Gina molesta—. Y no quiero oír hablar más de ese tema.

—Menudo carácter —murmuró Jake sonriendo para sus adentros.

Decidieron ir a tomar una copa al Aloha, un bar de copas tranquilo al que solo te dejaban entrar si eras socio o ibas acompañado por un socio. Es decir, un lugar exclusivo para los ricos y sus amigos.

Los porteros del pub, nada más ver a Jake y Arthur, habituales del lugar, les dejó pasar sin pedir acreditación y sin tener que hacer la larga e inmensa cola que había formada para entrar en el local. Entraron y se dirigieron a un reservado para cuatro personas donde una camera anotó la comanda y regresó minutos después con las bebidas.

Jake apenas hablaba, pero observaba y escuchaba cada cosa que Gina hacía o decía sin disimulo alguno y eso a Gina empezaba a incomodarla, así que le dio conversación a Emily, que parecía encantada de poder hablar con alguien tras el silencio que se había formado. Era una situación curiosa, los cuatro querían estar dónde y con quiénes estaban, pero los cuatro se sentían un tanto incómodos y nerviosos.

Tras beberse la primera copa, todos se relajaron y comenzaron a charlar y bromear como un grupo de amigos que salían de copas y se divertían.

Pasadas las tres de la mañana, los chicos decidieron llevar a las chicas a casa y Emily y Gina descubrieron que eran vecinas y que vivían la una en frente de la otra, a pesar de que nunca se habían visto por el barrio. Las chicas se despidieron prometiendo quedar un día para tomar un café o unas copas. Arthur se despidió de Gina hasta el lunes que volverían a verse en la oficina mientras Jake se despedía de su hermana para después despedirse de Gina mientras Arthur se despedía de Emily.

—Buenas noches, señorita Verona —le dijo Jake a Gina besándola en la mejilla—. Espero volver a verla pronto.

—Buenas noches, señor Hudson —le respondió Gina siguiendo la broma aunque en realidad tuviera ganas de invitarle a entrar en su casa y lo que surgiera, pero eso no lo podía hacer, se suponía que ella era una señorita y no pensaba ser el plato fácil de nadie, por muy guapo y seductor que fuera—. Y gracias por librarme de las garras de “Don Bigotes”, creo que no lo habría podido resistir.

Ambos se sonrieron y volvieron a darse las buenas noches antes de que Gina entrara en casa.

Noventa minutos 2.

El sábado a las siete de la tarde, tal y cómo habían acordado, Arthur se presentó en casa de Gina y salió de la limusina que les llevaría a la gala. En cuanto la vio salir de casa supo que su acompañante iba a atraer las miradas de todo el mundo, hombres y mujeres.

—Estás preciosa, ha faltado poco para que me enamore de ti —la saludó Arthur bromeando.

—Gracias, tú tampoco estás nada mal —le saludó Gina entrando en la limusina—. Por cierto, ¿no es un poco ostentoso ir a una gala benéfica en limusina y vestidos con una ropa tan cara?

—Vas a estar rodeada de la alta sociedad de la ciudad, pero deberías estar más preocupada por escapar de las garras de todos los niños de alta cuna que caerán rendidos a tus pies en cuanto te vean aparecer —le dijo Arthur, tan galán como siempre.

Cruzaron la ciudad ajenos al tráfico que había a esas horas de la tarde de un sábado, Gina y Arthur se distraían bebiendo champagne y charlando sobre la clase de invitados que acudían a las galas benéficas. Después de aquella conversación, Gina sacó la conclusión de que estaría rodeada de estirados, snobs y probablemente también de viejos verdes, pero tenía la esperanza de cruzarse con alguien interesante con quien poder mantener una conversación medianamente normal porque estaba segura que su jefe la dejaría sola en cuanto se le cruzara un escote por delante y, por si fuera poco, probablemente la gala estaría llena de chicas sin cerebro y siliconadas como las amigas de Arthur.

Entraron en el Palacio Real donde se celebraba la gala y ambos se quedaron en silencio al contemplar la impresionante entrada del Palacio. Caminaron hasta llegar a la gran puerta del salón donde se iba a celebrar la gala y los fotógrafos del evento y los periodistas que cubrían la noticia les hicieron miles de fotos, deslumbrándoles con los flashes de las cámaras.

—No te preocupes, en cuanto fotografíen a todos los invitados se largan y solo permiten grabar y hacer fotos al estudio de fotografía que ha contratado la organización del evento —le susurró Arthur a Gina para tranquilizarla porque sabía que su mano derecha odiaba salir en los medios de comunicación porque apreciaba demasiado la vida privada y la intimidad del anonimato y él la entendía perfectamente porque compartía ese mismo sentimiento.

—Me debes una y de las gordas, no lo olvides —le susurró Gina a su jefe mientras los flashes continuaban deslumbrándoles.

El presidente y la embajadora de la organización benéfica recibieron a Arthur y Gina como al resto de los invitados, dándoles las gracias por venir y deseándoles que pasen una buena noche tras recordarles que la recaudación de esta noche se destinará íntegramente a la reconstrucción del orfanato de la ciudad, un edificio medio en ruinas donde apenas malvivían los niños.

Entraron al salón principal y rápidamente dos camareros se acercaron a ellos para recoger sus abrigos y ofrecerles una copa de champagne. Gina, que no había asistido nunca a una gala benéfica, observaba fascinada todos y cada uno de los detalles de aquel salón hasta que dos hombres se acercaron a saludar a Arthur y él hizo las presentaciones oportunas:

—Les presento a mi mano derecha, Gina Verona, la directora ejecutiva de Global y la responsable de que mi empresa siga en pie —Arthur se volvió hacia a Gina y añadió—: Gina, te presento a Robert Gates y Nate Brenan, presidentes de Style y Fashion, respectivamente.

—Encantada de conocerles —les saludó Gina tendiéndoles la mano.

Se sumergieron en una conversación sobre publicidad, moda y celebridades mientras Gina continuaba observando el elegante salón y a todos los invitados que iban llegando hasta que su mirada se cruzó con la mirada penetrante de un tipo que la observaba apoyado en una de las paredes del salón, vestido con un traje de Armani de color gris marengo y una camisa negra sin corbata y bebiendo de una copa de champagne tranquilamente. Gina le sostuvo la mirada hasta que Arthur se dio cuenta de que estaba distraída y la cogió por la cintura para guiarla junto al resto de invitados que comenzaban a pasar al comedor.

— ¿Estás bien? —Le preguntó Arthur a Gina mientras pasaban al comedor.

—Sí, solo estoy un poco distraída —respondió Gina buscando con la mirada al tipo que con el que había intercambiado aquella extraña y provocadora mirada.

Arthur rodó los ojos y caminó seguido de Gina hacia el tablón donde se asignaban las mesas para averiguar dónde se tenían que sentar. Mientras Arthur buscaba sus nombres en el tablón, Gina seguía observando el gran salón y tratando de localizar a aquel tipo que tan solo con una mirada le había producido miles de descargas en su interior, todas ellas placenteras.

—Arthur Muller, parece que estamos en la misma —dijo un hombre con una voz tan masculina y atractiva que hizo volverse a Gina—. Has venido muy bien acompañado.

Gina se quedó de piedra cuando se volvió y reconoció a ese hombre como el mismo hombre a quien trataba de localizar.

—Jake Hudson, ¡qué sorpresa! —Lo saludó Arthur con un buen apretón de manos y un efusivo abrazo para después preguntar—: -¿Qué te trae por aquí? Tú no eres de los que vienen a estas galas y que conste que no te reprocho nada, yo soy igual que tú —se volvió hacia Gina y añadió—: Te presento a la señorita Verona, la directora ejecutiva de Global y mi mano derecha.

—Además de una auténtica belleza —sentenció Jake sonriendo con picardía a Gina. Cogió su mano para besarla y susurró con voz ronca—: Un placer conocerla, señorita Verona.

—Lo mismo digo, señor Hudson —respondió Gina amablemente mientras intentaba no perderse en la profundidad de esa mirada que la estaba volviendo loca.

—Por favor, llámame Jake —le pidió Jake.

Por suerte para Gina, uno de los camareros apareció y les acompañó hasta su mesa. Todo el salón estaba llena de pequeñas mesas redondas para cuatro personas y ellos tuvieron la suerte de estar sentados en una de las más apartadas.

Una chica morena, de ojos castaños y una amplia sonrisa se unió a ellos y se sentó a la mesa junto a Jake tras disculparse con él por el retraso:

—Perdona el retraso, me he encontrado con el vecino de la abuela y me ha entretenido —se volvió hacia a Jake, a quién ya conocía, y añadió mirando de reojo a Gina—: Arthur, me alegro de volver a verte.

—Lo mismo digo, Em —la saludó Arthur poniéndose tenso.

—Emily, te presento a Gina Verona, la directora ejecutiva de Global y una gran amiga de Arthur —se volvió hacia Gina y añadió—: Emily es mi hermana pequeña y la responsable de que esté aquí esta noche.

—Ya tenéis algo en común, ambos habéis sido arrastrados a la gala esta noche en vuestra contra —se mofó Arthur dirigiendo una mirada pícara a Emily.

—Encantada de conocerte, Gina —saludó Emily a Gina dándole un beso en la mejilla—. No sé cómo aguantas trabajar con el gruñón de Arthur, aunque me alegra saber que no eres otra de las cabezas huecas a las que se tira, y no me lo tomes a mal.

Gina sonrió, ella misma había llamado así a las amigas de Arthur y agradecía que Emily dejara claro delante de Jake que ella no era una de esas chicas.

Emily se sentó entre Gina y su hermano y Jake la maldijo en silencio por ello, pues se sentía extrañamente atraído por aquella chica rubia de ojos grises y mirada desafiante. Las chicas cenaron entre risas y bromas mientras los chicos se divertían escuchando las locas ocurrencias de ellas y las observaban realmente cautivados hasta que uno de los camareros las interrumpió para preguntarles:

—Señoritas, ¿van a participar en la subasta del baile?

— ¿Qué subasta? —Quiso saber Gina.

—La subasta del baile —le repitió Emily a Gina—. Los hombres pujan por bailar una canción con las chicas que participan y el dinero es donado íntegramente a la causa. Suelen participar muchas mujeres, sobre todo las jóvenes y solteras —añadió Emily apuntando su nombre en la lista que el camarero le entregaba. ¿Te apunto?

Gina asintió encantada, era una buena forma de colaborar si alguien pujaba por bailar con ella, solo esperaba que ninguno de los muchos viejos verdes que allí estaban consiguiera ganar la subasta y tuviera que bailar con ellos, pero se armó de valor cuando oyó la voz de Arthur que le susurró:

—Solo tendrás que sufrir lo que dure la canción, siempre y cuando no te guste el hombre que puje por ti, en ese caso espero que lo disfrutes.

Las chicas se marcharon a prepararse para la subasta y los chicos que tenían pensando pujar, entre ellos Arthur y Jake, se acercaron al escenario para observar a las chicas desde primera fila.

Mientras esperaban a que las chicas empezaran a desfilar sobre el escenario, Jake aprovechó que su hermana no estaba presente para decirle a Arthur:

—Ambos queremos bailar con la acompañante del otro y ninguno de los dos estamos dispuestos a que nuestras acompañantes caigan en manos indeseables —apuntó Jake—. ¿Qué te parece si tú pujas por Em y yo por Gina? Por supuesto, sin otro fin que no sea donar dinero a una organización benéfica por un baile.

—Ten cuidado con Gina, aunque parezca dócil es toda una leona —le advirtió Arthur—. Y, por si fuera poco, la quiero como si fuera mi propia hermana.

—Tranquilo amigo, te recuerdo que Em también es mi hermana —se mofó Jake.

Noventa minutos 1.

A pesar de sus tan solo veinticinco años, Gina Verona es una chica responsable, aunque no por ello deja de ser un poco alocada, como todas las chicas de su edad. Había nacido y crecido en Castle, un pequeño pueblo situado a unas dos horas en coche al sur de Calenda, la ciudad donde vive desde los dieciocho años, cuando decidió mudarse con sus tres mejores amigas para estudiar en la universidad.

Gina y sus tres amigas compartieron apartamento durante los cuatro años que estuvieron en la universidad y los otros dos años que le siguieron, hasta que todas ellas lograron encontrar un trabajo estable y lo suficientemente bien remunerado como para que cada una de ellas pudiera permitirse mantener una casa en el mejor barrio de la ciudad.

Gina trabajaba como directora ejecutiva en Global, una agencia de publicidad de éxito y prestigio cuyo jefe, Arthur Muller, también era un buen amigo. Gina y Arthur, que tiene treinta y dos años, tan solo se llevan siete años de diferencia y, tras tres años trabajando juntos y pasando por duras negociaciones, han llegado a hacerse grandes amigos.

Arthur salió de su despacho situado en la planta más alta del lujoso edificio de la sede de Global y se dirigió al despacho continuo, el despacho de Gina.

—Gina, tengo que pedirte un favor —anunció Arthur entrando en el despacho de Gina tras golpear la puerta suavemente con los nudillos—. ¿Tienes planes para el próximo sábado por la noche?

—Si pretendes utilizarme para librarte de alguna de tus amigas sin cerebro, estoy ocupada —le respondió Gina sin apartar la mirada de la pantalla de su ordenador.

—Ya te dije que no volvería a pedirte algo así y creo recordar que acordamos no volver a mencionar ese asunto —le replicó Arthur—. Me ha llegado una invitación para una gala benéfica el sábado por la noche y quiero asistir, pero no quiero hacerlo solo y no puedo llevar a una de mis amigas sin cerebro, ¿te gustaría acompañarme?

— ¿Una gala benéfica? —Preguntó Gina burlonamente—. Tú siempre dices que donas suficiente dinero a organizaciones benéficas como para poder tomarte el lujo de no tener que aguantar esas galas. ¿Qué se te ha perdido en esa gala benéfica, Arthur?

—Me conoces demasiado bien, no es justo —Protestó Arthur pero finalmente añadió—: Max Edison estará en esa gala y quiero aprovechar mi asistencia para hacer negocios.

— ¿Max Edison? ¿El presidente de la Editorial Edison? —Quiso confirmar Gina.

—El mismo —le confirmó Arthur ganándose toda la atención de Gina—. He oído que ha tenido algún problema con su actual agencia de publicidad y quiero tantear el terreno.

—Sería una gran cifra si lográramos conseguir un contrato con Edison, la publicidad de todos sus libros, revistas y colecciones supondrían una gran inversión para abrir las oficinas de Global en el extranjero —le animó Gina—. Iré contigo a esa gala, pero seguirás debiéndome una.

—Acabo de darte la excusa perfecta para irte de compras y, cómo se trata de trabajo, utiliza la tarjeta de empresa para pagar el vestido, los zapatos y lo que sea que necesites para ir divina a esa gala —le respondió Arthur de buen humor.

—Arthur, ¿tienes idea de lo que cuestan unos zapatos y un vestido para ese tipo de eventos? Por no mencionar que estará la alta sociedad de la ciudad, no puedo ir de cualquier manera.

—Gasta lo que quieras, no me importa —le aseguró Arthur.

—No me parece justo, al fin y al cabo el vestido y los zapatos serán para mí.

—Gina, utiliza la maldita tarjeta de empresa —le ordenó Arthur con severidad. Se levantó del sillón donde se había sentado para charlar con Gina y añadió—: Vete de compras, mañana ya es viernes y no quiero que lo dejes para el último momento. Mañana nos vemos y me cuentas cómo te ha ido.

Arthur salió del despachó de Gina y volvió a encerrarse en el suyo.

Gina, animada por irse de compras, recogió sus cosas y envió un mensaje en el grupo de WhatsApp que compartían ella y sus tres amigas y por el que hablaban a todas horas: “Mi jefe me ha dado la tarde para irme de compras, el sábado por la noche tengo que ir a una gala benéfica con él y necesito comprar un vestido, zapatos y alguna otra cosa. ¿Alguien se apunta?”

Rápidamente, sus amigas contestaron. Amanda fue la primera en responder: “Quedamos en el restaurante que hay frente al ayuntamiento en media hora, ¡yo siempre estoy dispuesta a ir de compras!” Después fueron Paula y Ainhoa las que contestaron: “Allí estaré.”

Media hora más tarde, las cuatro amigas se reunían en el restaurante y, sentadas a una mesa, comían mientras trataban de ponerse de acuerdo sobre a qué tiendas deberían ir.

—Gina, no entiendo por qué aún no te has tirado a tu jefe, ¡es un bombón! —Comentó Amanda, la más desinhibida del grupo—. Si fuera mi jefe…

— ¡Amanda! —La regañó Gina—. Arthur es mi jefe, no puedo acostarme con él. Además, nos hemos convertido en buenos amigos.

—Si fueras un hombre te diría que dónde tienes la olla no metas la polla —bromeó Ainhoa entre risas—. Además, cuando un amigo se mete en tu cama deja de ser amigo para convertirse en amante.

—Estoy de acuerdo contigo, no creo en la amistad con sexo —opinó Gina.

—Pues yo no, la amistad con sexo tiene un nombre y ese nombre es “amor” —replicó Paula y todas rodaron los ojos—. Algún día encontraré a mi príncipe azul y os lo restregaré a todas en los morros.

Todas rompieron a reír a carcajadas y todos los que estaban comiendo en aquel restaurante se volvieron a mirarlas, algunos divertidos y otros molestos, pero las chicas no se percataron.

Después de comer, se pusieron manos a la obra y se fueron de compras. Gina acabó comprándose un vestido de noche de color magenta con escote palabra de honor y ceñido hasta las rodillas, con forma de sirena. El vestido tenía unos pequeños adornos plateados en el escote, por lo que optó por comprar una elegante chaqueta acampanada, unos zapatos y un bolso de mano del mismo tono plateado. El conjunto completo tuvo la aprobación de las cuatro amigas y, con la misión cumplida, decidieron regresar a casa.

Gina llegó a su casa pasadas las nueve de la noche, se preparó una ensalada para cenar y se puso el pijama de invierno para combatir el frío de finales del mes de enero.

A la mañana siguiente, Gina se levantó a las siete en punto, se dio una ducha y se vistió para ir a la oficina a trabajar. Nada más entrar en su despacho, Hannah, la secretaria de Gina, la siguió y le trajo un café bien cargado como le gustaba a Gina.

—Buenos días, Gina —la saludó Hannah dejando el café sobre la mesa—. El jefe quiere verte, me ha pedido que te diga que vayas a su despacho en cuanto llegues, aunque parecía contento.

—Buenos días, Hannah —saludó Gina—. Gracias por el café —Gina cogió el vaso de café y añadió—: Voy a ver a Arthur, pero si me entretengo y a las diez no he vuelto ven a buscarme, a las diez y media tengo una reunión con el equipo de márquetin.

—A las diez te aviso, vete tranquila —le respondió Hannah con una sonrisa.

Gina le dio un abrazo y un beso en la mejilla a su secretaria antes de marcharse hacia el despacho de su jefe, totalmente feliz por haber contratado a Hannah como secretaria un año y medio atrás, cuando la ascendieron a directora ejecutiva. Sin duda alguna, contratar a Hannah había sido su mejor decisión como directora ejecutiva.

Llamó al despacho de Arthur y entró sin esperar a obtener permiso, era lo que hacía la confianza.

—Buenos días, jefe —saludó Gina. Le dio un sorbo a su café y añadió—: Hannah me ha dicho que querías verme.

—Quiero saber si tu tarde libre fue productiva.

—Bastante productiva, tanto que corres el riesgo de enamorarte de mí cuando me veas con el increíble vestido que me he comprado —bromeó Gina—. Por cierto, le he pegado un buen viaje a la tarjeta, pero sigo estando dispuesta a pagarlo y te lo digo antes de que te llegue la factura para que no te asustes.

—Estoy seguro de que será una buena inversión, pero si me enamoró de ti tendré que echarte y te quedarás sin trabajo —se mofó Arthur quien, a pesar de que Gina era muy atractiva, siempre la había visto como a una hermana y sabía que ella veía lo mismo en él—. Me conformaré con que llames la atención de Max Edison lo suficiente como para que permita que nos acerquemos a saludarle.

—Genial, ahora soy una mujer florero —dijo Gina con sarcasmo—. Espero que por lo menos sirvan un buen vino durante la cena y copas de importación después.

—Las mujeres floreros no se emborrachan —comentó Arthur burlonamente.

—Yo no he dicho que me vaya a emborrachar, pero sí pienso coger el puntillo —le advirtió Gina a su jefe—. A esos eventos solo van los ricachones estirados que quieren presumir de generosidad acudiendo a la gala benéfica una vez al año.

Gina y Arthur continuaron hablando durante un buen rato hasta que Gina se marchó para preparar la reunión con el equipo de márquetin.

Esa misma tarde, antes de marcharse, Gina pasó por el despacho de Arthur para despedirse y quedar para acudir juntos a la gala benéfica al día siguiente.

Noventa minutos.

Cuando Arthur le pide a Gina que le acompañe a una gala benéfica, ella no es capaz de negarse y no porque sea su jefe, si no porque también es un buen amigo. En la gala benéfica conoce a Jake, un amigo de Arthur al que no puede dejar de mirar en toda la noche.

Tras una más que interesante puja, en la que Jake logra conseguir un baile con Gina y Arthur un baile con Emily, deciden ir a tomar unas copas y, a pesar de algunos imprevistos, pasan la noche juntos.

Él no quiere una relación estable y se lo hace saber a Gina desde el principio. Ella tampoco quiere enamorarse, todavía recuerda todo lo que sufrió al enamorarse de Brad y teme que la historia se repita.

Sin embargo, su acuerdo de pasar juntos una única noche se va al traste cuando una amenaza del pasado regresa para acechar a Gina y Jake se convierte en su escolta. Pasar las veinticuatro horas del día juntos no les resultará fácil, por eso acuerdan una puesta al día de noventa minutos para coordinarse. Pero, cuando el peligro acecha, la familia interviene y la tensión sexual es cada vez más incontrolable, las cosas solo pueden acabar de una manera…

¿Quieres saber más sobre la historia de Jake y Gina? No te pierdas esta novela y síguela capítulo a capítulo:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Cita 67.

“Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca.”

Jorge Luis Borges.

Mi rosa de Sant Jordi.

Laia se levantó temprano, se dio una ducha y, tras vestirse, bajó a la calle con la intención de dar un paseo y sentarse en la terraza de la cafetería donde iba a desayunar todos los días antes de ir a la oficina. Era domingo y no tenía que trabajar, un domingo especial, ya que era el 23 de abril de 2017, el día de Sant Jordi.

Como amante de los libros, Sant Jordi era la fiesta local favorita de Laia. Le encantaba pasear viendo los puestos de libros ambulantes por las calles de Barcelona y los vendedores de rosas en cada esquina. Mientras paseaba, la portada de uno de los libros de un pequeño puesto le llamó la atención: “Te amo, ¿cómo te lo digo?” Sin pensarlo dos veces, lo agarró rápidamente para que nadie se lo quitara y leyó la sinopsis en la contraportada. Aquel libro narraba la historia de una chica que estaba enamorada de su mejor amigo y no sabía cómo decírselo. Pensó en Arnau, su vecino de al lado. Apenas le conocía y le amaba como jamás había amado a nadie, pero no sabía cómo decírselo, por no mencionar el miedo que sentía al imaginar un posible rechazo. Se armó de valor y compró el libro con la intención de dejarlo frente a la puerta de su vecino con un pequeño mensaje.

Sentada en la terraza de aquella cafetería, se tomó un café con leche mientras observaba a los transeúntes pasear en busca de nuevos libros que leer y a los curiosos turistas que admiraban todo aquel jolgorio sin entender qué ocurría.

Sacó de su bolso el libro que había comprado y con el pulso acelerado, escribió en una de las primeras páginas bajo el título del libro: “Te amo, ¿cómo te lo digo? Mi cabeza no deja de darle vueltas a la misma pregunta desde que te conocí y hoy, al ver el título del libro y leer la sinopsis, he podido imaginar cómo se siente la protagonista. No sé cómo acaba la historia de amor de los protagonistas del libro igual que tampoco sé cómo acabará nuestra historia, si es que algún día llega a empezar. Pero no lo sabré si nunca te lo digo: Te amo. Firmado: Laia, tu vecina de al lado.” Suspiró profundamente, cerró el libro y lo guardó de nuevo en su bolso. Ahora solo tenía que encontrar el valor necesario para dejar el libro frente a la puerta de Arnau.

Continuó viendo a la gente pasar hasta que una joven pareja llamó su atención. Paseaban cogidos de la mano, se susurraban al oído y se sonreían con complicidad. En definitiva, una pareja feliz que disfrutaba de un domingo soleado paseando por las calles de la ciudad.

Pensó de nuevo en Arnau, su guapo vecino con el que apenas se atrevía a hablar cuando se encontraba con él en el ascensor. Imaginaba que probablemente él no sabía ni que ella existía, pero Laia se equivocaba. Arnau se había enamorado de ella desde el primer momento que la vio el primer día que se mudó al edificio, cuando trataba de cargar ella sola con un enorme y pesado sillón que no cabía en el ascensor. Arnau se ofreció a ayudarla y entablaron una pequeña conversación que se vio interrumpida por la simpática bienvenida que le brindaron el resto de vecinos. Desde entonces, habían pasado varios meses cruzándose por el rellano, pero ninguno de los dos se atrevía a decirle nada al otro, tan solo se saludaban con un leve gesto de cabeza o comentaban el frío o el calor que hacía en la calle.

Pero ese domingo Arnau la vio salir de cada y decidió seguirla hasta la cafetería donde ella se sentó a desayunar. Se detuvo ante el puesto ambulante de rosas de la esquina y compró una preciosa rosa roja envuelta en papel transparente y atada con un precioso lazo de color rojo. Acto seguido, entró en la cafetería sin que Laia le viera y, tras darle una generosa propina al camarero, le dijo que le entregara la rosa a la chica que estaba sola sentada en una de las mesas de la terraza. El camarero aceptó alegremente, emocionado por formar parte de aquella bella sorpresa que Arnau quería darle a la chica.

Laia seguía pensando en Arnau cuando el camarero se acercó y, tras entregarle la rosa con una amplia sonrisa en los labios, le anunció guiñándole un ojo:

—Esta bella rosa es para la bella señorita, creo que tiene a un caballero completamente enamorado.

Laia aceptó la rosa sin entender nada hasta que se volvió hacia a dónde miraban los ojos del camarero y entonces le vio. Arnau estaba de pie a escasos dos metros de ella y sonría nervioso, esperando la reacción de ella.

— ¿Es para mí tu rosa de Sant Jordi? —Le preguntó Laia sorprendida y emocionada.

—Tú eres mi rosa de Sant Jordi —le respondió él antes de besarla con dulzura.

—Yo también tengo algo para ti —le dijo tímidamente. Sacó del bolso el libro que le había comprado y añadió—: Feliz día de Sant Jordi.

Arnau sonrió al leer el título del libro y, antes de besarla nuevamente, le susurró al oído:

—Te amo, preciosa. Feliz día de Sant Jordi.

Siempre sale el sol 23.

El viernes por la mañana Luna se despertó entre los brazos de Mike, como tantas otras mañanas se había despertado a su lado y sonrió al ver que estaba despierto. Mike la besó en la frente y la estrechó entre sus brazos para después susurrarle al oído:

—Buenos días, preciosa —le dio un beso en los labios y añadió—: ¿Preparada para desayunar antes de poner rumbo a Armony?

—Estoy nerviosa, Mike —confesó Luna.

—Tranquila, cariño. Yo voy a estar contigo en todo momento —la tranquilizó Mike—. Estamos juntos en esto y estoy seguro de que todos estarán contentos de que lo hayamos arreglado y mucho más contentos se pondrán cuando les digamos que un pequeño bebé viene en camino.

—Mi bebé —pensó en voz alta Luna mientras se acariciaba la tripa.

—Nuestro bebé, cariño —la corrigió Mike con ternura.

Después de ducharse y desayunar, Mike y Luna se dirigieron a Armony con la intención de quedarse un par de días y regresar a la ciudad para empezar a organizar el traslado de Luna.

Nada más aparcar el coche frente a la casa de Clare, todos salieron a la puerta a pesar del frío que hacía en la calle. Estaban nerviosos porque no sabían lo que esos dos habían planeado, pero se relajaron en cuanto vieron que Mike ayudaba a bajar del coche a Luna y después le daba un beso en los labios. Clare sonrió ante aquella escena, igual que Helen y Ryan. La pequeña Amy vio a sus padrinos besarse y exclamó feliz:

—¡Tito, has cumplido tu promesa y la tita vuelve a ser tu novia!

—La tita ha sido demasiado buena con el tito, pero ahora os lo contaremos —murmuró Mike sumamente avergonzado por lo idiota que había sido.

Entraron en la casa y, sin quitarse el abrigo y viendo el mal trago que estaba pasando Mike, decidió no andarse con rodeos:

—Como todos sabéis, Mike y yo discutimos y lo dejamos hace unos meses —resumió sin entrar en detalles—. El caso es que ayer Mike y yo hablamos mucho de lo que sentimos el uno por el otro y de lo mucho que nos echamos de menos. Os he ocultado algo a todos desde hace unos meses y, aunque sé que debí decíroslo antes, lo cierto es que primero necesitaba asimilarlo yo.

Todos sabían lo que había pasado entre aquellos dos, incluida Clare, pero todos asintieron y prestaron atención sin decir nada ya que todos sabían que se habían perdonado y no querían buscar culpables.

—Luna y yo hemos arreglado nuestras diferencias y, tras decidir que queríamos estar juntos el resto de nuestras vidas, Luna me dio una gran noticia que no esperaba pero que me ha hecho el hombre más feliz del mundo —dijo Mike sonriendo. Besó a Luna en los labios apasionadamente y la ayudó a quitarse el abrigo para que todos vieran su ya redonda tripa.

—¿Tú lo sabías y no nos lo habías dicho? —Le reprochó Ryan a Mike.

—Mike no supo nada hasta que me vio ayer —aclaró Luna.

—¿Es que pensabas ocultárnoslo? —Le preguntó Helen bromeando.

—Todo lo que ha pasado últimamente nos ha cogido por sorpresa y los dos hemos necesitado nuestro tiempo para asimilarlo y adaptarnos a la nueva situación —salió Mike en defensa de Luna—. Lo cierto es que yo estoy encantado con mi nueva situación.

Mike abrazó a Luna desde la espalda y la besó en la mejilla mientras acariciaba su vientre. Todos les dieron la enhorabuena a la pareja, les contaron los planes que tenían de vivir en Armony y la felicidad de la familia fue absoluta.

Al día siguiente, Mike y Luna fueron a Comer a casa de los padres de Mike, aprovechando que también estaban allí Alan y Linda, y tuvieron la misma conversación. La familia de Mike reaccionó igual de bien que la familia de Luna.

Luna y Mike aprovecharon el viernes y el sábado para visitar a sus familias y darles las nuevas y muy buenas noticias, pero el domingo decidieron pasarlo a solas en casa de Mike.

—He pensado que la habitación que hay en frente de mi despacho podría ser la habitación del bebé, es grande y entra mucha luz —comentó Mike mientras guiaba a Luna hacia a la habitación en cuestión—. Nuestra habitación está justo al lado. ¿Qué te parece?

—Me parece genial, Mike —le respondió Luna sonriendo más feliz que nunca.

—Y también he pensado que la habitación del otro lado de mi despacho podríamos convertirla en tu despacho —le dijo Mike abrazándola por la espalda—. Pide lo que quieras y será tuyo.

—En ese caso, te pido a ti —le respondió Luna besándole en los labios.

***

Seis meses más tarde, Luna, Mike y el pequeño Mike con tan solo un mes de vida, vivían en la casa de Mike. Habían invitado a toda su familia y todos estaban en el jardín, disfrutando del calorcito del mes de mayo y asando carne en la barbacoa.

Luna se acercó hasta el carrito donde el pequeño Mike estaba y lo cogió en brazos al ver que estaba despierto. Al verla, Mike se acercó hasta a ella y, abrazándola por la espalda, le susurró:

—¿Cómo están mis dos tesoros?

—Hambrientos —le contestó Luna divertida—. Voy a dar de comer al pequeño Mike, vuelvo en seguida.

—Voy contigo, cariño —sentenció Mike, que no había dejado a Luna sola desde que se reconciliaron y mucho menos desde que nació el bebé—. Cariño, ¿te he dicho ya que hoy estás preciosa?

—Sí, como unas cien veces ya —le contestó Luna divertida—. Pero sabes que me encanta oírtelo decir, cariño.

—Estás preciosa, cariño —le susurró Mike a Luna en el oído.

 

FIN

Siempre sale el sol 22.

Daniel llamó a Luna por teléfono antes de ir a buscarla y, cuando supo que lo habían arreglado, Daniel le dijo a Luna que debía ir sola con Mike a la consulta de la doctora Emerson. Luna le dijo a Mike que finalmente Daniel no les acompañaría y él lo agradeció en silencio. Mike aún trataba de asimilar todo lo que había averiguado en las últimas veinticuatro horas, pero se sentía feliz de que Luna le hubiera perdonado y aún más feliz de saber que iba a ser padre, pese a que nunca antes se lo hubiera planteado.

Mike condujo en su coche hasta llegar al hospital. Se dirigieron a la consulta de la doctora Emerson y Luna se encontró con el doctor Walsh por los pasillos del hospital.

—Señorita Soler, ¿qué tal se encuentra? —Le preguntó el doctor.

—Mejor, cada vez tengo menos náuseas y no me he vuelto a desmayar, pero sigo durmiéndome por los rincones —le contestó Luna—. Ahora voy a la consulta de la doctora Emerson.

—En cuanto veas la ecografía, dejarás de llamarlo lagarto —bromeó el doctor Walsh.

Luna se dio cuenta de que ambos hombres se miraban esperando una presentación, así que rápidamente hizo las presentaciones oportunas:

—Doctor Walsh, él es Mike, el padre del lagarto —continuó bromeando Luna. Se volvió hacia a Mike y añadió—: Cariño, el doctor Walsh es el médico que me atendió cuando vine de urgencias y quién tuvo que aguantar al histérico de Richard, además de a mí.

Mike no tenía ni idea de lo que Luna le estaba diciendo, no sabía nada de los últimos meses de la vida de Luna y por supuesto no sabía que se hubiera desmayado, ni tenido náuseas, ni mucho menos que hubiera tenido que venir de urgencias al hospital. Un poco tenso e incómodo, Mike le tendió la mano y saludó al doctor Walsh con un firme pero educado estrechón de mano.

—Encantado de conocerle, Mike —le dijo el doctor—. Si me permite un consejo, trate de mantener lo más alejado posible a Richard cuando el bebé decida venir al mundo o se volverá loco tratando de lidiar con una parturienta y la persona más histérica del planeta.

—Seguiré su consejo, sé de lo que me está hablando —le contestó Mike divertido antes de despedirse del doctor.

Se dirigieron a la consulta de la doctora Emerson y la recepcionista les hizo pasar a una pequeña sala de espera hasta que la enfermera los llamara. Nada más quedarse a solas en esa sala de espera, Mike le dijo a Luna con tristeza:

—Debí ser yo en vez de Richard quien estuviera a tu lado cuidando de ti y apoyándote. Ni siquiera sabía que habías venido de urgencias al hospital, ¿qué pasó?

—No pasó nada —le restó importancia Luna con una dulce sonrisa para que dejara de torturarse. Le besó en los labios y añadió—: Estaba de bajón y Richard decidió llevarme de compras, pero me mareé y me desmayé. Tuvo que llamar a una ambulancia, aunque yo me desperté ya en la habitación del hospital, justo cuando el doctor Walsh me examinaba. Él fue quién me dijo que me había desmayado porque estaba embarazada y después me derivó a la consulta de la doctora Emerson, que me hizo la primera ecografía, la que te he enseñado.

—Y, ¿qué me dices de las náuseas? —Preguntó Mike—. Quiero saberlo todo, pequeña. Ahora voy a ser yo quien cuide de ti, te prometo que voy a satisfacer todos tus antojos.

—Te advierto que ésta última semana he tenido tres antojos y todos de madrugada, será mejor que no prometas lo que no vas a cumplir —bromeó Luna.

—Te prometo que lo haré encantado.

—Luna, ¡estás preciosa! —Dijo la doctora Emerson cuando la vio—. El embarazo te está sentando cada vez mejor y, además, veo que vienes muy bien acompañada, ¿el padre del lagarto?

—El mismo —dijo Mike sonriendo y le tendió la mano a la doctora—. Soy Mike Miller.

Tras la presentación y el saludo oportuno, la doctora les hizo pasar dentro de la consulta y le dijo a Luna que se tumbase en la camilla y se levantara el jersey para dejar despejada la tripa. Mike ayudó a Luna a subir a la camilla y después la doctora la ayudó a levantarse el jersey y la cubrió con una sábana que arremangó bajo sus pantalones para evitar que se mancharan. La doctora encendió la máquina de ecografías, puso gel sobre el aparato y sobre el vientre de Luna y buscó al bebé, el cual encontró rápidamente. Tras comprobar que todo estuviera bien, les dijo a los futuros padres:

—Vuestro bebé está perfectamente, pesa 110 gramos y mide 12 centímetros —enfocó el aparato y les señaló en el monitor todas y cada una de las partes del bebé, que ya se definían perfectamente—. Como puedes ver, ya no parece un lagarto.

—Es nuestro bebé, cielo —le susurró Mike a Luna al oído.

—Hasta que le ponga un nombre, será mi querido y adorado lagarto —sentenció Luna—. Es un apodo cariñoso, no sé por qué os parece tan malo.

— ¿Podemos saber si es niño o niña? —Preguntó Mike.

—Todavía no, pero en la próxima visita el mes que viene sí que podremos saberlo, si el bebé se deja ver, claro —comentó divertida la doctora. Se volvió hacia Luna y le preguntó—: – ¿Ya sabes si quieres saber o no el sexo del bebé?

—Aún lo estamos pensando —respondió Luna al ver de nuevo la tristeza en los ojos de Mike.

—Tenéis un mes para seguir pensándolo, pero deberéis tenerlo decidido cuando volvamos a vernos —concluyó la doctora—. Ahora vamos a sacar un par de fotos de vuestro pequeño lagarto para que os las podáis llevar a casa.

La doctora le dio las ecografías impresas a Luna y después le dio cita para hacerse unos análisis una semana antes de la cita con ella, para poder tener los resultados. Mike le hizo miles de preguntas a la doctora y se informó de las clases preparto.

Cuando salieron de la consulta, Mike y Luna decidieron ir a comer a un restaurante íntimo dónde poder seguir hablando de las miles de cosas que tenían pendientes.

— ¿No quieres saber el sexo del bebé hasta que nazca? —Le preguntó Mike tratando de parecer más paciente de lo que pareció.

—No sé, la verdad es que me da igual saber si va mi lagarto va a ser niño o niña, solo quiero que esté bien —le respondió Luna encogiéndose de hombros.

—Si sabemos que va a ser niño o niña, podremos comprar muchas más cosas y estar más preparados. ¿De qué nos sirve comprar un vestido si luego es un niño?

—Supongo que tienes razón —le respondió Luna y concluyó—: En la próxima visita a la consulta de la doctora Emerson lo descubriremos. ¿Tienes alguna preferencia?

—Me da igual, solo quiero que esté sano —le respondió Mike con sinceridad—. Por cierto, si piensas en que nos quedemos en la ciudad, tendremos que comprar una casa, en tu apartamento no tendremos suficiente espacio.

— ¿Estás dispuesto a mudarte a la ciudad con nosotros? —Le preguntó Luna tocándose el vientre con un gesto protector.

—Cariño, estaba dispuesto a mudarme a la ciudad antes de que tus vacaciones terminaran y tuvieras que volver, no quería separarme de ti —le confesó Mike—. Ahora que sé que vamos a tener un bebé, iría hasta el fin del mundo si fuera necesario.

—Ya había pensado en mudarme y he estado echando un vistazo a las casas que se venden en mi barrio, pero no termina de convencerme ninguna —le dijo Luna—. Pero hoy la situación es totalmente distinta a la de ayer y bueno, sé que acabas de construir la casa de tus sueños en Armony y que además tienes allí tu trabajo así que, si no te importa hacernos un hueco en tu casa, al lagarto y a mí nos gustaría quedarnos contigo.

— ¿De verdad quieres vivir en Armony? ¿Qué hay de tu trabajo? —Preguntó Mike—. Nada me gustaría más que te quedaras en casa, pero quiero que estés segura de ello. No tienes por qué tomar una decisión ahora, tómate tu tiempo para pensarlo.

—Ya lo he pensado, quiero vivir contigo en Armony —le aseguró Luna con una amplia sonrisa en los labios que volvió loco a Mike—. Aunque tendrás que hacer sitio en tu armario para mi ropa y hacer reformas en una de las habitaciones para preparar la habitación del bebé.

—Cariño, puedes hacer lo que quieras con la casa —le respondió Mike alegre—. Y, ¿cuándo tienes pensado hablar con tu familia?

—Le prometí a mi abuela que mañana iría a Armony y le contaría lo que estaba pasando, así que mañana tendré que hablar con ella.

—Si te parece bien, podemos reunir también a Helen y Ryan y les damos la noticia a todos —le propuso Mike—. Y también tendremos que hablar con mis padres.

—De momento, solo quiero irme a casa y dormir un rato contigo después de hacer el amor, si es que te sigo gustando así de gorda.

—Me encantas así, estás extremadamente sexy —le susurró al oído.

Ambos se besaron y Mike le pidió la cuenta al camarero, cumpliendo los deseos de Luna y llevándola al apartamento donde, después de hacer apasionadamente el amor, ambos se quedaron dormidos.