mesenero 2017

Confía en mí 3.

Confía en mí

Valeria regresó a Suncity el domingo por la tarde. El lunes llegó a la oficina a las siete en punto de la mañana, pero allí no había ni un alma. Nadia, su asistente, no llegaba hasta las siete y media o las ocho; Grace y Charles llegaban entre las ocho y las nueve de la mañana; y el resto de empleados también empezaban su jornada entre las ocho y las nueve de la mañana. Entró en su despacho, encendió el ordenador y empezó a ponerse al día con el correo electrónico.

A las ocho menos cuarto de la mañana llegó Nadia y fue directa al despacho de Valeria para saludarla:

–          ¡Valeria! ¿Qué tal han ido las vacaciones? – Le preguntó Nadia entrando en su despacho y abrazándola. – Te he echado de menos, ¡no sé cómo no te vuelves loca con tanto trabajo! He estado una semana sin ti y creía que me iba a dar algo.

–          ¿Tan malo ha sido? – Le preguntó Valeria sorprendida.

–          Un caos. – Le confesó Nadia sentándose en la silla de enfrente. – La empresa decoradora que hemos contratado para el aniversario de Editorial Love ha decorado el salón completamente de rosa, ¡a Grace casi le da un síncope cuando lo vio el viernes! Poco le faltó para despedirla y se ha negado a tratar con ella, así que ese marrón te toca comértelo a ti.

–          Empezamos bien la semana. – Comentó Valeria con ironía.

–          Pues eso no es todo. – Le continuó informando Nadia. – Charles ha decidido cambiar de agencia de seguridad en el último momento por un pequeño altercado que ha habido y del cual no he sido del todo informada y el director de la agencia de seguridad se ha comprometido a supervisar la seguridad del evento personalmente y, ¿adivinas a quién le ha tocado hacerse cargo de él?

–          No me lo digas, a mí. – Dijo Valeria tras resoplar.

–          Exacto. – Le confirmó Nadia. – Por cierto, tienes una reunión con él a las doce.

–          Va a ser un lunes emocionante. – Ironizó Valeria.

Se dirigieron al office mientras se ponían al día rápidamente y, tras tomarse un café rápido, Valeria regresó a su despacho, tenía mucho por hacer.

Grace y Charles Stuart llegaron a la oficina cuando ya eran pasadas las nueve de la mañana y ambos traían una amplia sonrisa dibujada en la cara. Nada más llegar, saludaron a Nadia y se asomaron al despacho de Valeria también para saludarla.

–          ¡Valeria, querida! – Exclamó Grace abrazándola con cariño. – ¿Te han ido bien las vacaciones?

–          ¡Hola Grace! – La saludó Valeria. – Las vacaciones me han venido genial, aunque tengo entendido que por aquí las cosas se han complicado un poco.

–          ¿Un poco? – Le preguntó Charles a su esposa arqueando las cejas incrédulo. – Ha ocurrido un desastre seguido de otro, esto parecía un campo de batalla.

–          Hemos tenido problemas con la decoradora y con la empresa de seguridad que habíamos contratado. – La informó Grace. – Por suerte, Charles ha conseguido que una de las mejores agencias de seguridad del país acepte el encargo con tan poco tiempo de margen para organizarse.

–          ¿Es que no pensáis explicarme qué ha ocurrido con nuestra agencia de seguridad habitual? – Preguntó Valeria arqueando las cejas.

–          Han filtrado información sensible de la editorial, han incumplido el contrato de confidencialidad y los hemos despedido. – La informó Charles. – Un amigo me recomendó la agencia Smith, así que llamé y les puse al tanto de la situación, pero me dijeron que había muy poco margen de tiempo para organizar la estructura de seguridad de un evento tan grande. Prácticamente les supliqué y debí darle pena al director, porque el sábado me llamó y me confirmó que se harían cargo de la seguridad del evento y que él mismo se encargaría personalmente de dirigir y supervisar a su equipo.

–          La agencia tiene la sede en Sunbeach, pero trabaja en todo el país. – Apuntó Grace.

–          ¿De Sunbeach? – Se sorprendió Valeria. – ¡Qué coincidencia!

Aquello no era ninguna coincidencia, pero Valeria no conocía ninguno de los detalles que podían haberla hecho sospechar.

–          Tienes una reunión con él a las doce. – La informó Charles. – Quiere conocer todo el recinto donde se va a celebrar el aniversario de Editorial Love y no hay nadie mejor que tú para enseñárselo.

–          ¿Qué hay de la decoradora? – Preguntó Valeria sabiendo la respuesta de antemano.

–          No puedo con ella, es una incompetente. – Dijo Grace teatralmente. – Pero no puedo echarla porque sería imposible encontrar a otra decoradora a estas alturas.

–          De acuerdo, veré qué puedo hacer para que el aniversario de la editorial no parezca la fiesta de cumpleaños de Tarta de Fresa. – Se mofó Valeria.

–          Parece que te han sentado muy bien esas vacaciones en Sunbeach. – Comentó Grace mirando a Charles con complicidad. – Siempre que vas a Sunbeach de visita se te ve más feliz y contenta. ¿Qué tal te ha ido por allí?

–          Muy bien, no me doy cuenta de lo mucho que echo de menos Smalltown hasta que voy de visita. – Le contestó Valeria sonriendo con nostalgia. – Echo de menos a mi familia y a mis amigos.

–          Queremos proponerte algo, Valeria. – Le dijo Charles con seriedad. – Hace tiempo que queremos abrir una delegación de Editorial Love en el sur del país, concretamente en Sunbeach, pero lo hemos ido aplazando ya que el proyecto requería dejar a alguien de plena confianza al cargo de la gestión y, hasta ahora, no conocíamos a nadie plenamente cualificado a quien confiarle el proyecto y que ambos estuviéramos puesto de acuerdo. Y digo hasta ahora porque ya lo hemos encontrado, queremos que seas tú, Valeria.

Valeria se quedó muda. Repasó mentalmente lo que acababa de decir Charles y, cuando confirmó que le había entendido bien, decidió asegurarse de ello:

–          ¿Me estás diciendo que quieres abrir una delegación en Sunbeach y quieres que yo me haga cargo de ella?

–          Así es, si tú estás dispuesta a asumir el cargo de directora, claro. – Le confirmó Charles sonriendo.

–          ¡Por supuesto que sí! – Exclamó Valeria sin acabar de creérselo mientras se arrojaba a los brazos del matrimonio Stuart. – ¿Cuándo empezaríamos?

Durante las siguientes dos horas, Charles y Grace pusieron a Valeria al corriente de la situación. Llevaban años estudiando la posibilidad de hacer crecer la editorial, confiaban en Valeria y estaba totalmente capacitada para asumir su nuevo puesto como directora. Además, el matrimonio Stuart le ofreció un 20% de las acciones de la editorial, más un considerable aumento de sueldo. Querían que la nueva delegación en Sunbeach estuviera en funcionamiento cuanto antes, por lo que decidieron que, una vez pasado el veinticinco aniversario de la editorial, Valeria se trasladaría a Sunbeach para encargarse de buscar las nuevas oficinas y empezar a contratar al personal necesario.

Tan concentrados estaban hablando de la nueva delegación de la editorial que ninguno de los tres se dio cuenta de la hora que era hasta que Nadia llamó a la puerta del despacho de Valeria y anunció con el rubor todavía en las mejillas:

–          El señor Smith está aquí, ¿le digo que espere y que en seguida le haréis pasar? – Nadia vio la confusión en el rostro de Valeria y le aclaró – El señor Smith es el director de la agencia de seguridad que habéis contratado para el aniversario de Editorial Love.

–          Oh, claro. – Reaccionó Valeria. – Dame dos minutos, por favor. En seguida salgo a recibirle.

Nadia asintió, salió del despacho de Valeria y cerró la puerta tras de sí. Grace se volvió a mirar a Valeria y le dijo:

–          Anunciaremos la creación de la nueva delegación y tu ascenso en el aniversario de Editorial Love, si te parece bien.

–          Me parece estupendo. – Le confirmó Valeria emocionada con la noticia.

–          En ese caso, será mejor que recibamos al señor Smith. – Comentó Charles.

Jason Smith estaba sentado en uno de los sillones de la sala de espera, esperando a que Charles Stuart le recibiera. Jason había recibido la llamada de Charles el viernes pasado y le había contado lo ocurrido con la agencia de seguridad que habían contratado. Se trataba de un evento importante y con muy poco margen de tiempo para organizar la seguridad, así que trató de rechazar el encargo, pero Charles parecía tan desesperado que le dijo que le diera un par de días para ver qué podía hacer. Lo cierto era que no tenía ningún interés en aceptar el trabajo, pero le supo mal darle un no por respuesta sin ni siquiera intentarlo. Aunque el verdadero motivo por el que estaba en las oficinas de Editorial Love era otro bien distinto. Había conocido a Valeria el mismo viernes por la noche y su obsesión por ella le había llevado a investigarla o, mejor dicho, a pedirle a Vladimir, su amigo y su mano derecha, que lo averiguara todo sobre ella. En cuanto descubrió que Valeria trabajaba en la editorial de Charles, se puso en contacto con él, aceptó el trabajo y le aseguró que supervisaría personalmente el evento, así se aseguraba de coincidir con Valeria.

Charles fue el primero en salir del despacho, seguido de Grace y Valeria. Jason se puso en pie y saludó a Charles sin percatarse de que Valeria también estaba allí presente.

–          Señor Smith, muchísimas gracias por aceptar hacerse cargo de la seguridad del evento con tan poco tiempo de margen. – Lo saludó Charles. – Le presento a mi esposa Grace y a Valeria Mancini, que se encarga de la organización del aniversario de Editorial Love, además de ser nuestra mejor editora. – Se volvió hacia su esposa Grace y Valeria y añadió: – Queridas, os presento al señor Smith, el director de la Agencia Smith.

–          Encantada, señor Smith. – Lo saludó Grace estrechándole la mano. – Muchas gracias por asumir este reto, sabemos que no va a ser fácil con tan poco tiempo.

Mientras Grace saludaba a Jason, Valeria se quedó estupefacta. ¿Qué hacía allí Jason, el amigo de Mario? Su mirada se encontró con la de Jason que, tras dedicarle una amplia sonrisa, le dijo:

–          Me alegro de volver a verte, Valeria. – Le plantó un par de besos en la mejilla y añadió con un tono de voz que a ella le pareció de lo más sensual – No sabía que trabajas en Editorial Love.

–          Ya ves, el mundo es un pañuelo. – Fue lo único que pudo decir Valeria en ese momento, todavía estaba tratando de asimilar que tuviera a Jason delante.

–          ¿Os conocéis? – Preguntó Grace sorprendida.

–          Sí, un amigo en común nos presentó el otro día. – Le respondió Jason sin dar demasiada información pero sin parecer grosero.

–          Bueno, os dejamos trabajar. – Concluyó Charles. – Valeria, avísame si surge cualquier imprevisto.

–          Nos vemos mañana, Val. – Se despidió Grace con un breve abrazo.

Jason se sorprendió al descubrir la familiaridad con la que el matrimonio Stuart trataba a Valeria, más que una empleada parecía la hija de ambos.

–          ¿Te encuentras bien? – Le preguntó Jason preocupado al ver que Valeria parecía tener la cabeza en cualquier parte menos allí.

–          Sí, perdona. – Le contestó forzando una sonrisa. – No sabía que tenías una empresa de seguridad.

–          Yo tampoco sabía que eras editora. – Mintió Jason. – Ha sido una agradable sorpresa verte de nuevo.

–          Será mejor que nos pongamos a trabajar, tenemos mucho trabajo por hacer y muy poco tiempo. – Le dijo Valeria evitando mirarle a la cara para no perderse en la intensidad del color gris azulado de sus ojos. – Si te parece bien, podemos ir al recinto donde celebraremos el aniversario de la editorial, así tú conoces el lugar y yo podré ver con mis propios ojos el supuesto desastre con la decoración. – Se volvió hacia a Nadia y le dijo todavía medio aturdida: – Me voy con el señor Smith, Nadia. Avisa a la decoradora que vamos hacia el recinto, quiero que esté allí cuando lleguemos.

–          Recuerda que no estamos a tiempo de buscar a otra decoradora. – Le susurró Nadia a Valeria, conociendo el genio que se gastaba.

Valeria resopló, ya estaba bastante nerviosa con tener que afrontar todo lo que se le venía encima como para que también tuviera que hacerlo bajo la total atención de Jason que tanto la desconcertaba, la confundía y la hipnotizaba.

Valeria cogió su bolso, se despidió de Nadia y salió de la oficina con Jason. Una vez en la calle, Jason colocó su mano sobre la parte baja de la espalda de ella y le dijo casi en un susurro:

–          Vladimir nos llevará. – Valeria le miró confundida y Jason le aclaró – Vladimir es mi mano derecha, además de un buen amigo. Está allí.

Jason señaló a un hombre de dos metros de alto y una espalda de uno de ancho que había apoyado en un todoterreno negro y Valeria se tensó, aquel tipo intimidaba con tan solo mirarle y, por si fuera poco, tenía unas facciones duras y marcadas que le hacían parecer un mafioso ruso.

–          Vladimir es de absoluta confianza, intimida un poco pero es un buen tipo. – Le dijo Jason mientras la guiaba hacia el coche donde les esperaba Vladimir y, una vez llegaron junto a él, Jason hizo las presentaciones oportunas. – Valeria, te presento a Vladimir Ivanov, mi mano derecha. Vladimir, te presento a la señorita Valeria Mancini que, por lo que he podido comprobar, es la mano derecha de los Stuart.

Vladimir le ofreció la mano a Valeria y ella se la estrechó un tanto desconfiaba, no podía evitar sentirse intimidada por él. Vladimir abrió la puerta trasera del coche y le hizo un gesto a Valeria para que subiera. Después intercambió una mirada cómplice con Jason y meneó la cabeza de un lado a otro con incredulidad. Vladimir estaba al tanto de las intenciones de Jason. Él mismo le había pedido el sábado anterior que investigara a Valeria Mancini y dos días después estaban en la otra punta del país aceptando un encargo de la editorial donde ella trabajaba solo porque quería volver a verla. Conocía a Jason desde hacía años y él nunca había actuado así. Con su atractivo físico y su carisma, podía conseguir a la mujer que quisiera y nunca se había interesado por ninguna en particular, hasta el momento. Sin embargo, desde que Jason había conocido a Valeria la noche del viernes, se había saltado su única regla: no mezclar los negocios con el placer. Nunca antes se había involucrado profesionalmente con ninguna de las muchas mujeres con las que había salido, todas ellas relaciones esporádicas con las que jamás aparecía en público. Vladimir le había advertido a su amigo que todo aquello era una locura, pero Jason no había querido ni escucharle.

–          ¿Hacia a dónde me dirijo? – Preguntó Vladimir mirándoles por el retrovisor.

–          Tienes que coger la autopista del norte hasta la salida 15, después yo misma te guío hasta la masía donde se va a celebrar el evento. – Le respondió Valeria un poco más tranquila.

Jason la miró y le dedicó una sonrisa que hizo que a Valeria le temblaran hasta las pestañas, no acababa de acostumbrarse a la intensidad con la que los ojos de Jason la miraban.

En apenas quince minutos llegaron a la masía de campo donde se iba a celebrar el veinticinco aniversario de Editorial Love y Jason admiró el lugar en silencio. Sin lugar a dudas, aquella masía era un lugar perfecto para organizar un evento como el que iban a organizar.

–          ¿Qué os parece? – Preguntó Valeria a los dos hombres que continuaban contemplando la masía en absoluto silencio.

Vladimir miró a Jason, negó con la cabeza y trató de no sonreír sin conseguirlo. Jason se volvió hacia a Valeria, le dedicó una amplia y seductora sonrisa y le contestó:

–          Es un lugar magnífico, pero bastante más grande de lo que habíamos imaginado. – Lo pensó durante un minuto y añadió – Vamos a tener más trabajo del que pensábamos, que ya era bastante, pero estoy seguro de que todo saldrá bien.

–          ¿Los invitados también se hospedarán en las habitaciones de la masía? – Quiso preguntar Vladimir.

–          No, no había suficientes habitaciones en la masía así que reservamos un hotel situado a unos 5 km de distancia. – Le respondió Valeria. – Solo nos hospedaremos en la masía los empleados de Editorial Love, algunos familiares y amigos y, si así lo queréis, vuestro equipo de seguridad también puede quedarse. Podéis echar un vistazo por la masía y los alrededores para familiarizaros con el terreno, mañana os daré una copia de los planos y espero que con eso ya podáis empezar.

–          ¿Puedo preguntar qué ha pasado con la otra empresa de seguridad que habíais contratado? – Preguntó Vladimir.

–          No lo sé con exactitud, pero según parece incumplieron el contrato de confidencialidad y pusieron en riesgo información comprometida de Editorial Love. – Le respondió Valeria encogiéndose de hombros. – Los abogados de la editorial ya se están encargando del asunto.

Vladimir asintió, se mostraba serio y de pocas palabras, aunque en realidad era un tipo muy divertido, pero su apariencia de mafioso ruso intimidaba a cualquiera que no le conociera.

Valeria les dejó recorrer el terreno mientras ella se adentraba en la masía en busca de Elsa Claims, la decoradora. Le había dado instrucciones muy concisas y precisas y, según le había dicho Grace, había convertido la masía en la casa de Tarta de Fresa.

Entró en el hall, vio a Elsa hablando con uno de los técnicos de sonido y la observó mientras se acercaba a ella.

Elsa es una mujer muy atractiva, es alta y delgada, con una larga melena de color dorado y los ojos de un color verde intenso. Siempre va vestida muy exuberante, enseñando el canalillo y una parte considerable de sus pechos.

Cuando Valeria traspasó la puerta del hall que daba acceso al salón principal de la masía y lo vio todo completamente rosa, casi le dio un síncope. Valeria pensaba que Grace había exagerado con los nervios de la cercanía del evento y las diversas dificultades que habían sufrido en su ausencia de vacaciones obligadas, pero lo cierto es que se había quedado corta. Las cortinas que cubrían los ventanales eran de color rosa pastel, al igual que las paredes, los manteles de las mesas y el tapizado de las sillas. Era como si alguien hubiera puesto una bomba de pintura rosa en medio del salón y la hubiera hecho explotar. Elsa debió de apreciar el gesto de horror que puso Valeria cuando vio el salón, así que trató de adelantarse:

–          ¡Señorita Mancini! Ya sé que no es lo que buscabais, pero os aseguro que estará todo cambiado y listo antes del sábado.

–          No pienso esperar al sábado para encontrarme otra horterada como esta. – Le espetó Valeria horrorizada. – El miércoles quiero que esté todo como te pedí, no como si hubiera estallado una maldita bomba rosa en mitad del salón.

–          Pero…

–          ¡Ni peros ni nada! – Estalló Valeria furiosa. – Era muy sencillo, tenías que ceñirte a lo que te dijimos, tonos negros y dorados. Y en lugar de eso me encuentro en el puto salón del castillo de la princesa Pink. Si el miércoles no está todo como debe estar, te demandaremos.

Elsa Claims asintió con la cabeza, se disculpó con Valeria y se marchó de la masía. Valeria nunca había estado tan furiosa, no era una persona prepotente ni borde, más bien todo lo contrario, pero aquello ya era demasiado. La decoradora había hecho lo que le había dado la gana y había ignorado las premisas que le habían impuesto y, en vez de estar trabajando para solucionarlo, se la encontraba coqueteando con uno de los técnicos de sonido.

–          ¿Va todo bien? – Le preguntó Jason entrando en el salón al escuchar los gritos de Valeria.

–          No, nada va bien. – Resopló Valeria. – ¿Has visto el salón? ¡Es horrible!

–          Tendría que tratar de restarle importancia, pero es horrible lo mires por donde lo mires, no hay por dónde cogerlo. – Se mofó Jason. – Y tienes razón, parece que ha estallado una bomba de pintura rosa en mitad del salón.

–          No te rías, no tiene ninguna gracia. – Protestó Valeria sin poder evitar sonreír. – Grace está histérica, ni siquiera quiere hablar con la decoradora y la verdad es que no es para menos.

–          Habéis tenido una semana caótica por lo que me cuentas. – Comentó Jason.

–          En realidad, yo no he sufrido la semana caótica, al menos no directamente. – Le dijo Valeria encogiéndose de hombros. – Grace y Charles se empeñaron en que me fuera unos días de vacaciones y fui a ver a mi familia y amigos a Sunbeach. No tendría que haberme ido.

–          No puedes llevar tú toda la responsabilidad de la editorial. – Le dijo Jason colocando sus manos sobre los hombros de ella para quitarle tensión aunque consiguiendo el efecto contrario. – Estás muy tensa, deberías relajarte un poco.

–          ¡Ojalá fuera tan fácil! – Exclamó Valeria.

–          Lo es, déjalo en mis manos. – Sentenció Jason. – Vladimir está echando un vistazo por los alrededores, en cuanto regrese salimos de aquí y te invito a comer. Solos tú y yo, como Valeria y Jason.

La propuesta de Jason pilló a Valeria desprevenida. Ya le costaba pensar con coherencia cuando tenía a Jason delante y esa invitación había sonado de lo más sugerente. Tampoco le dio tiempo a decir nada, Vladimir entró en el salón y dijo:

–          Tres plantas de unos 1500 m2 cada una más el jardín, es mucho más grande de lo que habíamos previsto, necesitaremos veinte hombres más.

–          El equipo de Klaus regresó anoche a la base, estarán descansados para el sábado, llámale e infórmale, quiero tener el recinto cubierto. – Le dijo Jason frunciendo el ceño.

Valeria pudo observar en primera fila cómo los ojos de Jason pasaban de un color azul a un gris borroso al mismo tiempo que fruncía el ceño. No pudo adivinar qué se le estaría pasando por la cabeza, su rostro permanecía impasible, pero Valeria percibió aquel cambio de color en su iris.

–          ¿Ocurre algo? – Preguntó Valeria preocupada.

–          No pasa nada de lo que debas preocuparte, deja esto en mis manos. – Le susurró Jason acercándose a ella.

Valeria se quedó paralizada cuando sintió de nuevo el tacto de la mano de Jason sobre su espalda. No podía encontrar una explicación razonable para ello, pero el caso era que cada vez que lo tenía cerca se sentía torpe, no podía pensar con claridad. Evitaba mirarle a los ojos porque la hipnotizaban y, pese a que le encantaba lo que sentía cuando sus cuerpos se rozaban ligeramente, Valeria tenía miedo. Lo que aquel hombre le hacía sentir habiéndolo visto tan solo en dos ocasiones era algo que nunca antes había sentido.

–          ¿Te encuentras bien, Valeria? – Le preguntó Jason haciendo que volviera en sí.

–          Sí, perdona. – Le respondió Valeria ruborizada. – Creo que tienes razón, necesito relajarme un poco. – Añadió sonriendo tímidamente.

–          Vamos, te invito a comer. – Sentenció Jason devolviéndole la sonrisa y, sin retirar su mano de la espalda de Valeria, la guio hasta donde estaba aparcado el coche.

Mientras Valeria pensaba en todo lo que Jason la hacía sentir siendo prácticamente un extraño, Jason se estrujaba la cabeza por tratar de averiguar en qué pensaba Valeria. La notaba distraída, estaba a mil años luz del coche en el que viajaban uno al lado del otro y Jason quería saber qué o quién la mantenía en ese estado. Cruzó una mirada con Vladimir por el retrovisor y, tras sostenerse la mirada durante un instante, Jason sonrió y Vladimir ladeó la cabeza con resignación. Valeria no se percató de nada, estaba concentrada pensando que no sabía nada de Jason pero se moría de ganas de saberlo todo acerca de él.

Cita 55.

“Vivimos en el mundo cuando amamos. Sólo una vida vivida para los demás merece la pena ser vivida.”

Albert Einstein. 

Confía en mí 2.

Confía en mí

Después de cenar, Olivia y Valeria se despidieron de los Mancini y se subieron al coche de Olivia para dirigirse a Sunbeach. Desde que empezó a salir con Brian hacía poco más de dos años y desde que la ascendieron en la editorial, Valeria fue reduciendo sus visitas a Smalltown y ya habían pasado más de tres meses desde la última visita. A pesar de la distancia, Valeria y Olivia continuaban manteniendo el contacto, pero la relación se había enfriado un poco. Por ese motivo, Valeria quería salir de copas con Olivia, quería relajarse con su mejor amiga, ponerse al día mutuamente y divertirse olvidándose de todas las responsabilidades aunque fuera solo por una noche.

–          Tienes muchas cosas que contarme, ¿quieres empezar a ponerme al día o prefieres hacerlo con una copa entre las manos? – Le preguntó Olivia a Valeria mientras conducía por la autopista dirección a Sunbeach.

–          Mejor te lo cuento con una copa entre las manos. – Le respondió Valeria divertida.

Casi una hora más tarde, ambas amigas estaban sentadas en la zona chill-out del pub de moda de la ciudad y con una copa entre las manos.

–          Ha llegado el momento, Val. – Le dijo Olivia. – Ya estás soltando por esa boquita qué ha pasado con Don Perfecto.

Olivia llamaba a Brian Don Perfecto. Había tratado poco con Brian, pero la relación de su amiga con él parecía tan sumamente perfecta que no parecía real. Olivia sabía desde el primer día que vio a Brian que él no era el hombre adecuado para Valeria, les faltaba chispa.

–          Brian no te ha gustado nunca, ¿verdad? – Quiso saber Valeria.

–          No es que Brian no me guste, es vuestra relación lo que no me gustaba. – Le confesó Olivia a su mejor amiga. – Todo era monótono, superficial y protocolario, ¡parecíais dos actores en mitad de un rodaje!

–          Supongo que tienes razón, Brian y yo nunca tuvimos esa clase de relación apasionada, todo lo planeábamos con antelación y lo hacíamos porque “tocaba”. – Comentó Valeria, consciente de que aquella relación no tenía futuro.

–          ¿Cómo rompisteis?

–          Brian planeó una velada romántica y me pidió que me casara con él, fue entonces cuando me di cuenta que eso no era lo que quería hacer con mi vida. – Le respondió Valeria encogiéndose de hombros. – No quiero una relación cómoda, quiero una relación apasionada, quiero poder discutir a gritos con mi pareja y reconciliarnos haciendo el amor salvajemente. Brian es demasiado correcto para mí. Tuve que confesarle que no estaba enamorada de él y que lo mejor era que lo dejáramos, aunque creo que aún le está costando entenderlo, cree que me he asustado y por eso he reaccionado así.

–          Y tú, ¿estás bien?

–          He tenido épocas mejores, pero supongo que no me puedo quejar. – Le respondió Valeria encogiéndose de hombros.

–          Lo bueno es que puedes seguir buscando a tu alma gemela y, mientras lo encuentras, pasarás un buen rato con los candidatos.

–          Tanto buscar, acabaré con el peor de todos. – Le dijo Valeria entre risas.

–          Siempre te han gustado los chicos malos. – Bromeó Olivia y ambas estallaron en carcajadas.

Más que los chicos malos, a Valeria le gustaban los tipos duros. Era algo que no podía evitar y que le ocurría desde bien jovencita. Además del físico, el poder y la determinación hacen a un hombre muy atractivo y a Valeria le gustaban los hombres directos, precisos y seguros de sí mismos. Aunque, como a casi todas las mujeres, un hombre con uniforme podía volverla loca.

–          No me puedo creer que dejaras a Brian justo en el preciso momento en el que te pidió que te casaras con él. – Comentó Olivia divertida.

–          No tiene gracia, Oli. – La regañó Valeria.

–          Para él, desde luego que no. – Se mofó de nuevo Olivia.

–          Y tú, ¿cómo llevas lo del amor?

–          Sigo sin saber lo que es, ya me conoces. – Respondió Olivia mientras se encogía de hombros. – El día que conozca a un hombre del que no me aburra después de la tercera cita, me casaré con él.

Las dos amigas continuaron charlando, bromeando y bebiendo de sus respectivas copas hasta que empezó a sonar la canción de moda del momento y ambas se dirigieron a la pista de baile dispuestas a divertirse y dejarse llevar. Hacía tiempo que no salían las dos juntas de copas y, brindis tras brindis, se achisparon bastante.

–          He tenido un déjà vu, Oli. – Le dijo Valeria cuando, agotadas de tanto bailar, regresaron a sentarse a la zona chill-out. – Es como estar de vuelta a nuestra adolescencia.

–          Yo ya no soy una adolescente, estoy mayor para salir de copas y bailar. – Se lamentó Olivia dramatizando.

Valeria y Olivia se miraron y se echaron a reír.

–          Será mejor que vayamos a dormir como las dos abuelas que somos, de lo contrario corremos el riesgo de quedarnos dormidas aquí. – Opinó Valeria sin poder dejar de reír.

Entre risas, bromas y confidencias, las dos amigas se dirigieron al apartamento de Olivia donde, tras tomarse la última copa sentadas en el sofá charlando, se fueron a dormir.

Al día siguiente no se despertaron hasta pasadas las tres de la tarde. Ambas se habían pasado con el alcohol y la consecuencia era una horrible resaca.

–          Confirmado: estoy mayor para estas cosas. – Le dijo Olivia a Valeria mientras se preparaban algo para comer. – Pero tenemos que repetirlo, hacía tiempo que no lo pasábamos tan bien juntas.

–          Podemos repetirlo el viernes por la noche, no regreso a Suncity hasta el próximo domingo. – Le propuso Valeria.

–          ¡Cuenta conmigo! – Exclamó Olivia feliz y abrazó a su amiga, la había echado muchísimo de menos.

Después de comer Olivia llevó a Valeria de regreso a Smalltown y, aprovechando el viaje, Olivia también decidió quedarse unos días en casa de sus padres.

El lunes por la mañana Valeria se levantó temprano y se fue con su padre al circuito de Sunbeach para ver los entrenamientos. Frank trabajaba como ingeniero de pista y mecánico en el circuito y el lunes comenzaban los entrenamientos para el gran premio que allí se celebraría en agosto. Valeria compartía con su padre la afición por los coches y por las carreras y, siempre que podía, acudía al circuito con su padre para disfrutar de la carrera en primera línea.

–          ¿Cuándo fue la última vez que fuimos juntos al circuito? – Le preguntó Frank a su hija mientras conducía por la autopista su Audi A5 de color negro dirigiéndose al circuito de Sunbeach.

–          El verano pasado vimos juntos la última carrera de la temporada, creo que fue a finales de julio. – Comentó Valeria con tristeza y añadió: – Ha pasado ya casi un año desde entonces.

–          Cielo, ¿estás bien? Tu madre me ha dicho que has dejado a Brian porque te ha pedido que te cases con él y yo la verdad es que no entiendo nada, pero me basta si me dices que tú estás bien. – Le dijo Frank a su hija.

–          Estoy bien, papá. – Le aseguró Valeria. – Sé que últimamente he estado un poco distante, pero te prometo que eso va a cambiar.

–          Supongo que ahora puedo confesarte que Brian nunca me ha gustado para ti, es demasiado correcto y educado, tú necesitas a alguien que sea capaz de apaciguar tu temperamento, y Brian no te llevaría la contraria para ahorrarse una discusión.

Valeria se sorprendió por cómo su padre había calado su relación con Brian pese a que en dos años de relación tan solo lo había visto en un par de ocasiones. Y Frank no se había equivocado en absoluto, Valeria lo sabía, aunque se había dado cuenta un poco tarde.

Frank aparcó su coche en el parking privado para empleados del circuito y se dirigió con Valeria hacia el box principal donde todo el equipo de ingenieros y mecánicos se habían reunido. Valeria había crecido en ese circuito, allí todos la conocían y se alegraron de verla. Saludó a todos los compañeros de su padre, pero echó de menos a alguien y preguntó:

–          ¿Dónde está Mario?

Mario Colucci es el ingeniero de pista más joven que ha tenido el circuito de Sunbeach. Su padre también había sido ingeniero de pista y él había crecido en aquel circuito y había visto crecer a Valeria, la hija pequeña de su compañero y amigo Frank. A sus treinta y cinco años, Mario es un hombre soltero, las mujeres lo deseaban y su fama de mujeriego es conocida en toda la región del sur del país. Mario es muy atractivo, es alto y fuerte, tiene la piel bronceada por el sol y unos ojos negros de mirada intensa y penetrante que es su mejor arma para seducir a las féminas.

–          Mario debe estar comprobando los monitores del muro. – Le respondió Frank. – Ve a saludarlo, se llevará una gran sorpresa cuando te vea.

Valeria no se lo pensó dos veces y salió del box, cruzó el pitline y se acercó al muro dónde Mario estaba trabajando tan concentrado en los monitores que ni siquiera se percató de la presencia de Valeria que, parada a escasos metros de él, lo observaba con admiración. Ella y Mario se conocen desde que tienen uso de razón, pues ambos han crecido entre coches en el circuito de Sunbeach, y siempre han sido grandes amigos a pesar de que se llevan nueve años de diferencia. Mario se dio media vuelta y se encontró de frente con Valeria. Esbozó una sonrisa maliciosa y, acercándose a ella despacio, le preguntó bromeando:

–          La chica más sexy de la gran ciudad ha venido de visita y, ¿soy el último en enterarme?

Mario alcanzó a Valeria y la abrazó con fuerza, feliz de que su amiga se dejara ver.

–          Estabas tan concentrado que me daba apuro interrumpirte. – Le dijo Valeria. – He venido unos días de visita y no podía irme sin venir a verte.

–          Si tantas ganas tienes de verme, supongo que no podrás rechazar una invitación para salir de copas el viernes por la noche, ¿verdad?

–          Le prometí a Oli que saldríamos juntas.

–          Pues ven con ella, a mí no me importará que me vean acompañado de dos jóvenes bellezas como vosotras. – Le respondió Mario bromeando.

Continuaron charlando mientras regresaban al box donde todos los ingenieros de pista y los mecánicos se habían reunido para organizar la tanda de entrenamientos. Valeria se sentó en un rincón del box y prestó atención a todo lo que allí decían. Una vez la reunión finalizó, Mario se la llevó a la pista para dar una vuelta al circuito en uno de los coches de carrera mientras Frank se dedicaba a confirmar que todo estuviera en orden. Hablaron de trabajo, de la ruptura con Brian y de lo mucho que Valeria echaba de menos la vida en Smalltown y no se había dado cuenta hasta estos últimos días.

–          Entonces, vuelves a estar soltera después de dos años con pareja. – Comentó Mario burlonamente y añadió divertido: – Las épocas de sequía son muy duras.

–          ¡Como si tú supieras lo que es la sequía! – Se mofó Valeria.

Cuando se despidieron, Valeria le prometió a Mario que el viernes por la noche le acompañaría junto con Olivia a la inauguración del pub de su amigo.

El martes Valeria pasó la mañana con su madre, la acompañó a comprar, la ayudó a preparar la comida y ambas disfrutaron de los agradables momentos de madre e hija que tanto les gustaban y que tanto habían echado de menos las dos.

–          Cielo, ¡no sabes cuánto me gustaría que vivieras más cerca! – Le dijo Paola a su hija por enésima vez.

–          Lo sé, mamá. – Le respondió Valeria con cariño. – Pero te prometo que vendré a veros más a menudo.

El miércoles por la tarde Valeria quedó con su hermana Bianca cuando salió de trabajar. Bianca trabaja en el colegio de Smalltown donde llevaba a Lía a clase, así que a las cinco de la tarde Valeria y Bianca charlaban sentadas en un banco del parque mientras que Lía jugaba con los demás niños y niñas de su edad sin que ninguna de las dos hermanas le quitaran el ojo de encima.

–          Y dime, ¿has salido con alguien desde que lo dejaste con Brian? – Le preguntó Bianca burlonamente.

–          No he salido con nadie desde entonces, estoy muy liada con la preparación del aniversario de Editorial Love y tampoco me apetece lo más mínimo quedar con un hombre, la verdad.

–          Hace tres meses que lo dejaste con Brian, ¿no has salido con ningún hombre desde entonces? – Le preguntó Bianca incrédula.

–          Ya te he dicho que no. – Respondió Valeria molesta.

–          Cielo, tres meses sin sexo son demasiados días con sus correspondientes noches, deberías darle una alegría al cuerpo antes de que empieces a pagar tu mal humor con quien menos culpa tiene. – Le aconsejó su hermana mayor. – No te estoy diciendo que te metas en otra relación, ahora necesitas un tiempo para organizar tu vida y saber qué es lo que quieres hacer, pero eso no está reñido con salir a divertirse, tomar unas copas y, se surge la ocasión, disfrutar de una noche loca con un absoluto desconocido.

–          Deberías dejar de ver sexo en Nueva York. – Se mofó Valeria. Bianca la miró con reproche y Valeria añadió: – Estoy bien, no necesito ninguna noche loca con ningún desconocido, pero no te preocupes, si surge la ocasión no la desaprovecharé.

Valeria nunca había sido de las que se acostaban con un hombre en la primera cita y mucho menos si el hombre en cuestión era un absoluto desconocido. Por supuesto, le atraía el buen físico en un hombre, como a todo el mundo, pero Valeria consideraba muy íntimo el hecho de meterse en la cama con un hombre y siempre había necesitado conocerlos un poco más y decidir si realmente le interesaba.

–          Disfruta de tu soltería, Val. – Le aconsejó su hermana. – Y no escojas a tu hombre porque creas que te vaya a dar una buena vida y te vaya a cuidar, escoge a un hombre que te haga sentir viva, un hombre que te mire con pasión y te desee, porque ese será el único hombre que podrá hacerte feliz.

–          No necesito ningún hombre para ser feliz, Bianca. – Le replicó Valeria a su hermana un tanto molesta.

–          No te estoy diciendo que necesites a un hombre para ser feliz, te estoy diciendo que si quieres ser feliz con un hombre solo hay un tipo de hombre que con el que podrás serlo, Valeria. – Sentenció Bianca confundiendo todavía más a Valeria.

–          Da igual, por el momento, nada de hombres. – Sentenció Valeria.

Ambas hermanas resoplaron, las dos se querían mucho, pero a veces no llegaban a entenderse demasiado bien.

–          Tita Val, mi amiga Kim dice que no vas a venir a mi cumple. – Le dijo la pequeña Lía parada frente a ella y con el ceño fruncido. – ¿A que sí vas a venir, tita Val?

–          Cariño, todavía falta más de un mes para tu cumpleaños. – Trató de calmarla Bianca intentando sin éxito ocultar la risa.

–          Pues claro que iré a tu cumple, princesa. – Le aseguró Valeria a su única sobrina, a la cual adora. – Y te voy hacer un regalo que te va a encantar, ya lo verás.

–          ¿Me lo prometes? – Preguntó Lía.

–          Te lo prometo, princesa. – Le prometió Valeria. Lía regresó con su amiga Kim y continuaron jugando. Valeria observó a su sobrina durante unos minutos y después le dijo a Bianca: – Lía crece muy rápido, parece que fue ayer cuando empezaba a andar y ahora habla por los codos.

–          En los dos últimos años apenas has venido cuatro o cinco veces de visita. – Comentó Bianca sin reproche en su voz. – Lía te adora, siempre pregunta por ti y presume de tita, ella también te echa mucho de menos, Val.

–          Te prometo que voy a venir más a menudo, Bianca. – Le aseguró Valeria a su hermana al mismo tiempo que la abrazaba. – Yo también os he echado mucho de menos a todos.

El jueves Valeria lo dedicó a ir de compras con Olivia a Sunbeach y ambas se compraron un precioso vestido para la fiesta de inauguración del pub del amigo de Mario. Mario les había dicho a las chicas que se trataba de un pub muy exclusivo y ellas querían estar perfectas para la ocasión.

Durante toda la semana, Valeria había telefoneado a su asistente Nadia para que la mantuviera al corriente de cómo iban las cosas por la oficina, pero Nadia le respondía todos los días lo mismo: tenía órdenes directas de Grace y Charles Stuart de no decirle absolutamente nada. Y el viernes cuando llamó de nuevo a Nadia, Valeria obtuvo la misma respuesta, así que decidió olvidarse de todo lo que tuviera que ver con el trabajo y disfrutar de la estupenda noche que tenía por delante con Olivia y Mario.

Los tres amigos cenaron con los padres de Valeria en la casa del matrimonio y después de cenar se dirigieron juntos a Sunbeach. Mario condujo hasta llegar a la avenida principal de Sunbeach, donde aparcó en el parking privado de un edificio de tres plantas con un cartel enorme con la palabra “Lovers” en neón rosa escrita en la fachada.

–          Está lleno de cochazos. – Opinó Olivia echando un vistazo al parquin.

–          Es un pub privado bastante exclusivo, aquí no puede entrar cualquiera. – Le contestó Mario. – Chicas, vamos a entrar. He quedado con un amigo y debe estar esperándonos dentro.

Caminaron hacia a la puerta principal del edificio, donde dos tipos de seguridad con traje negro les pidieron los nombres.

–          Olivia Verino, Valeria Mancini y Mario Colucci. – Le dijo Mario.

Tras comprobar sus nombres en la lista de invitados, uno de los tipos de seguridad les dijo abriendo la puerta:

–          Pueden pasar.

Nada más traspasar el umbral de aquella puerta, Valeria se dio cuenta de que aquel pub no era un pub normal y corriente y no solo por el alto nivel económico de los clientes que allí había, era un lugar bastante peculiar. La primera planta es una amplia estancia que está escasamente iluminada con una tenue luz roja, convirtiendo la estancia en un lugar bastante oscuro y sugerente. Al lado izquierdo hay una barra de bar un poco más iluminada, con taburetes de cuero blanco a juego con la barra de bar y las estanterías para las botellas que hay en la pared. Al lado derecho está la zona chill-out, una zona de relax llena de camas con dosel, sofás, pufs y mesitas bajas. Y en el centro del local estaba la pista de baile, donde las parejas bailaban acarameladas mientras sonaba una lenta balada de lo más sugerente. Todavía era temprano pero el lugar ya estaba lleno de gente, Mario tuvo que abrir paso entre la multitud para guiar a las chicas hacia a la barra y pedir unas copas.

–          No es un pub normal, ¿verdad? – Le preguntó Valeria a Mario.

–          Ya te he dicho que es un pub muy exclusivo. – Le respondió Mario sonriendo maliciosamente.

–          ¿Es un club de intercambio de parejas? – Se aventuró a preguntar Valeria.

–          No exactamente. – Contestó Mario divertido. – El local tiene tres plantas, esta de aquí y dos más. Esta es la primera planta, que es el pub, un lugar donde tomar una copa, charlar y bailar. En la segunda planta está la zona VIP, donde están los reservados de estilo chill-out y cuentan con camarero exclusivo. Y en la tercera planta están las habitaciones, que se alquilan un mínimo de dos horas.

–          Supongo que eso justifica el nombre del local. – Le dijo Valeria encogiéndose de hombros.

–          Pero, ¿habrán algunas normas, no? – Preguntó Olivia interesada en el Lovers.

–          Normas básicas de convivencia y respeto. – Le respondió Mario. – En la primera planta puedes hacer lo que quieras siempre que lleves la ropa puesta, pero si quieres sexo tienes que subir a un reservado o a una habitación. Siempre y cuando se mantenga el respeto hacia a los demás, no hay ningún problema.

–          Esto es lo que vulgarmente se conoce como un picadero, ¡me encanta! – Exclamó Olivia excitada por estar en ese lugar.

Mario pidió tres copas al camarero, que vestía de blanco impoluto, y los tres brindaron por la magnífica noche que tenían por delante. Pocos minutos después, Ethan Gumers, el propietario del local y amigo de Mario, se acercó hasta a su amigo para saludarlo.

–          Mario, me alegra que hayas podido venir y tan bien acompañado. – Lo saludó Ethan guiñándoles un ojo a las chicas.

–          Cuidado con ellas que son como mis hermanas. – Le advirtió Mario y añadió más relajado: – Te presento a Olivia y Valeria. – Se volvió hacia las chicas y les dijo con una sonrisa maliciosa en los labios: – Chicas, él es Ethan Gumers, el propietario del Lovers.

Ethan Gumers es un hombre de treinta y nueve años, uno de los solteros de oro de la ciudad de Sunbeach. Su pelo rubio, su sonrisa traviesa y sus ojos azules lo hacían resultar muy atractivo y allí a dónde iba los hombres y las mujeres se volvían para mirarlo. Es un hombre muy educado y simpático que le hacen resultar muy carismático. También es conocido por su fama de mujeriego, pues las relaciones no suelen durarle más de un par de meses.

Ethan les besó la mano a las dos amigas a modo de saludo y les dijo sonriendo:

–          Encantado de conocerlas, señoritas. Espero que disfruten de la inauguración y espero que se diviertan tanto como para que quieran regresar. – Ethan le estrechó la mano a su amigo y se despidió por el momento: – Tengo que saludar a algunos invitados, te veo luego por aquí. Un placer, señoritas. – Se despidió también de las chicas.

Poco después de que Ethan se alejara para saludar al resto de invitados como el perfecto anfitrión que era, apareció Álex Dinoso, el amigo con el que Mario había quedado. Álex es un hombre de treinta y cinco años, iba a clase con Mario en el colegio de Sunbeach y desde entonces son muy buenos amigos. Tiene el pelo castaño oscuro, los ojos marrones y unos labios carnosos muy sugerentes que incitan a ser besados. Es amable, simpático, divertido y muy atractivo, pero insiste en ser un eterno soltero, le gusta demasiado la vida que tiene y no quiere cambiarla. Valeria había oído hablar de él muchas veces, pero nunca había llegado a coincidir con él.

–          ¿Qué tal, Mario? – Lo saludó Álex abrazando brevemente a Mario.

–          No tan bien cómo tú, colega. – Le respondió Mario. Ambos intercambiaron un par de bromas sobre el otro y después Mario añadió – Álex, ellas son Valeria Mancini y Olivia Verino, dos buenas amigas.

–          Encantado de conocerlas, señoritas. – Las saludó Álex plantándoles a cada una un par de besos en la mejilla. – ¿Qué hacen dos chicas guapas como vosotras en un sitio como este? ¿Saben vuestros novios que habéis venido? – Bromeó Álex.

–          No tenemos novio y, aunque lo tuviéramos, tampoco tendríamos que pedirle permiso para ir a ninguna parte. – Le respondió Olivia coqueta, guiñándole el ojo y mostrando su sonrisa más seductora.

Los cuatro se acomodaron en los taburetes frente a la barra y Mario pidió otra ronda de bebidas al camarero. Entre trago y trago, los cuatro charlaron alegremente, bailaron cuando la música empezó a ser más animada y se divirtieron más de lo que en un principio habían pensado que podrían divertirse. Valeria estaba bailando con Olivia en mitad de la pista cuando Álex se acercó a ellas y, viendo la complicidad que existía entre Álex y su amiga Olivia, decidió apartarse de ellos con discreción y se dirigió hacia el baño, situado al fondo de la amplia estancia. Apenas le faltaban un par de metros para llegar hasta a la puerta del baño de mujeres cuando un hombre le bloqueó el paso con descaro y, mostrándole una sonrisa que a Valeria no le auguró nada bueno, el tipo acercó su boca al oído de Valeria y le susurró:

–          ¿Has venido sola, preciosa?

Valeria se lo quedó mirando durante una milésima de segundo. Era un tipo muy atractivo, como todos los invitados, que parecían sacados de una agencia de modelos. Debía rondar los treinta y cinco años, más o menos. Sus ojos pequeños, rasgados  y de color ámbar le daban un aire exótico que incrementaba su atractivo, pero había algo en él que a Valeria no le inspiraba confianza.

–          No creo que eso sea asunto tuyo. – Le respondió Valeria de malos modos al mismo tiempo que se apartaba de él para continuar su camino.

–          Vamos preciosa, estoy seguro de que juntos nos podemos divertir mucho. – Insistió el tipo al ver que Valeria quería alejarse de él. – Discúlpame, he sido un grosero. Mi nombre es Anthony Spencer, ¿y usted es…?

–          Valeria Mancini. – Le respondió Valeria estrechándole la mano con desgana.

A Valeria no le gustó el tacto de la mano de aquel hombre, tenía la mano áspera y fría como el hielo, tan fría que un escalofrío recorrió su cuerpo.

–          Un placer conocerla, señorita Mancini. – Le contestó Anthony fingiendo no darse cuenta de lo molesta que estaba Valeria. – ¿Qué te parece si, para compensarte esta intromisión, te invito a una copa?

–          Otro día, hoy he venido acompañada. – Le contestó Valeria para quitárselo de encima sin parecer más descortés de lo que estaba siendo. – Ya nos veremos.

Valeria le dedicó una fingida sonrisa y se encaminó a la seguridad del baño de mujeres, donde Anthony no la seguiría.

Jason Smith había visto a Valeria en cuanto puso un pie en el local acompañada por Mario Colucci y otra chica a la que tampoco conocía y desde entonces no le había quitado el ojo de encima. Poco rato después se les unió Álex, quién claramente estaba interesado en la otra chica, con la que ahora bailaba en el centro de la pista. Al principio, Jason pensó que podría tratarse de la nueva conquista de Mario, pero al observarlos durante toda la noche y ver que se trataban con bastante familiaridad, había descartado la idea. Si Mario hubiera tenido hermanas, hubiera pensado que sería su hermana, pero Jason sabía que Mario era hijo único.

Jason se había obsesionado con Valeria desde que la vio entrar por la puerta del Lovers, no podía dejar de mirarla y sonreía cuando la veía sonreír por lo que, aprovechando que ella estaba en el baño y Álex estaba bailando con la otra chica, Jason se acercó a saludar a Mario. No le había gustado en absoluto que el capullo de Spencer se le hubiera acercado y estaba dispuesto a cualquier cosa para evitar que se volviera a acercar a ella.

Él y Mario nunca habían sido grandes amigos, pero se conocían desde el instituto y habían pasado muchos años desde entonces. Al vivir en la misma ciudad, coincidían constantemente y se saludaban con cordialidad y educación, eran esa clase de amigos que se conocen desde que se tiene uso de razón y con el que, a pesar de no tener una estrecha relación, se le tiene en gran estima.

–          Mario, ¿qué haces tan solo en un lugar como este? ¿Es que has sentado la cabeza? – Le saludó Jason divertido.

Se estrecharon la mano, se dieron un breve abrazo con palmada en la espalda incluida y Mario, haciéndole un gesto para que se sentara en el taburete que había junto a él, le respondió:

–          Estoy con Álex y dos amigas.

–          Entonces, estás de caza. – Comentó Jason tratando de averiguar qué relación tenía con esa chica de la que ni siquiera sabía el nombre.

–          Yo siempre estoy de caza, ya me conoces. – Bromeó Mario. – Pero esta noche tengo otras prioridades.

–          ¿Otras prioridades? Te me estás haciendo mayor, amigo. – Bromeó Jason.

Valeria salió del baño y se dirigió hacia a la barra donde estaba Mario, tratando de esconderse de Anthony Spencer entre la gente que bailaba. Cuando llegó hasta a Mario, lo encontró sentado de espaldas hablando con un hombre. Los observó a escasos tres metros de distancia sin querer interrumpirles y se dedicó a observarlos durante un instante. Mario estaba relajado y bromeaba, así que Valeria intuyó que se trataba de otro de sus amigos. Valeria se fijó en el hombre que lo acompañaba, también parecía estar relajado y sentirse cómodo. A pesar de estar sentado en el taburete de la barra, Valeria pudo percatarse de que era un hombre alto y fuerte, de los que van al gimnasio a diario y les gusta mantenerse en forma. Tenía el pelo muy corto, pero aún y así pudo ver que era de un color castaño claro. Desde donde estaba no podía verle el color de los ojos, pero estaba segura de que eran de un color claro. Se acercó hasta llegar junto a ellos y pudo observarlo más de cerca, era muy atractivo. Se fijó en sus preciosos ojos, pero no supo adivinar si eran azules o grises.

–          Valeria, justo estábamos hablando de ti. – Le dijo Mario agarrándola por la cintura y pegándola a su lado. Se volvió hacia a Jason y añadió con tono de advertencia: – Jason, esta es mi amiga Valeria, es como una hermana pequeña para mí.

–          Encantado de conocerte, Valeria. – La saludó Jason plantándole un beso en la mejilla y aprovechando la ocasión para deleitarse con su aroma a jazmín. – Soy Jason, un amigo de Mario.

Valeria tuvo que esforzarse en no devorarlo con la mirada cuando se acercó a saludarla y la besó en la mejilla. Todo su cuerpo se había rendido ante su contacto y notó como el rubor se instaló en sus mejillas.

–          Encantada, Jason. – Fue lo único que Valeria fue capaz de decir.

–          Parece que Oli y Álex se lo están pasando muy bien, ¿no crees? – Le preguntó Mario a Valeria mientras miraba hacia a la pista de baile.

–          Si se lo lleva a casa, esta noche me quedo a dormir contigo. – Le contestó Valeria que se negaba a dormir en la habitación contigua a la de su amiga y oírla gemir con Álex toda la noche.

–          ¿Soy tu segundo plato? – Bromeó Mario haciéndose el ofendido.

Justo en ese momento se unieron a ellos Álex y Olivia y Valeria se apresuró en cambiar de conversación:

–          ¿Pedimos otra ronda?

Todos asintieron y Mario se encargó de llamar al camarero para que les sirviera otra ronda de bebidas. Durante un par de horas, los cinco continuaron bebiendo, bailando y charlando entre bromas. Jason se quedó con ellos y no perdió de vista a Valeria ni un solo segundo, pero se quedó charlando con Mario cuando ella se dirigió de nuevo a la pista de baile. Mario había ido al baño cuando Valeria se encontró de nuevo con Anthony Spencer en la pista de baile. Jason, que no había dejado de observarla, se acercó a ella en cuanto vio que Spencer se acercaba y trataba de bailar con ella. La agarró de la cintura y le susurró al oído:

–          ¿Va todo bien, Valeria?

Valeria le abrazó, le dedicó una amplia sonrisa y le respondió:

–          Tengo sed, ¿me acompañas a pedir una copa a la barra?

Jason asintió con gesto serio y, antes de dar media vuelta y marcharse con Valeria, le dedicó una mirada de advertencia a Spencer para que no se acercara a ella.

–          ¿Estás bien? – Le preguntó Jason preocupado.

–          Sí, gracias. – Le respondió Valeria avergonzada, sintiéndose como si fuera una niña pequeña. – Lo siento, ese tipo me ha entrado antes cuando iba al baño y no me da muy buena espina.

–          Mantente alejada de Spencer, no te conviene. – Le aconsejó Jason con gesto serio.

Valeria asintió, no tenía la menor intención de acercarse a Anthony Spencer. Cuando Mario regresó del baño y vio las caras largas de Valeria y Jason, Valeria le contó lo ocurrido y Mario decidió dar la noche por finalizada. Se despidió de Álex y Jason, dejó que las chicas también se despidieran de ellos, y las llevó al apartamento de Olivia, donde quedó en ir a buscarlas al día siguiente.

Confía en mí 1.

Confía en mí

Eran las ocho de la tarde de un viernes y Valeria Mancini todavía estaba en su despacho trabajando. Tan solo quedaban un par de meses para que se celebrase el vigésimo quinto aniversario de Editorial Love, la editorial donde trabajaba.

Valeria se había licenciado en literatura en la Universidad de Suncity, una de las universidades más prestigiosas del mundo, situada en la ciudad de Suncity, la capital del país. Durante el último año de carrera, cursó las prácticas en la Editorial Love y, una vez licenciada, la editora jefe estaba tan encantada con ella que la contrató como su asistente. Dos años más tarde, Valeria ascendió a editora y su carrera profesional despegó, pero su vida social empezó a caer  empicado. Aun y así, Valeria adoraba su trabajo y no lo cambiaba por nada.

–          ¿Todavía estás aquí? – Le preguntó Grace Stuart asomando la cabeza por la puerta de su despacho. – Deberías haberte marchado a casa hace horas, es viernes por la noche y la gente de tu edad sale a divertirse.

Grace Stuart es la editora jefe de Editorial Love y también es la esposa de Charles Stuart, el fundador, presidente y director general de Editorial Love.

A sus cincuenta años, Grace es una mujer más moderna y abierta de mente que cuando tenía veinte. Viste a la moda, es alegre y muy divertida, aunque tiene fama de dura. Es alta y esbelta, lleva el pelo corto por encima de los hombros y de color rojo intenso. Sus ojos son grandes y de color miel.

Los Stuart llevaban veintisiete años casados y seguían igual de enamorados que el primer día. El matrimonio siente una especial predilección por Valeria y siempre la han apoyado y ayudado como si de su propia hija se tratara.

–          Solo faltan dos meses para la fiesta del veinticinco aniversario de Editorial Love y quiero que todo salga perfecto. – Se excusó Valeria.

–          Yo también quiero que todo salga perfecto, por eso quiero que descanses para que estés al 100% ese día. – Le replicó Grace con su tono de voz más dulce. – Quiero que te cojas la semana que viene de vacaciones y desconectes de todo, también deberías aprovechar e ir a ver a tu familia, hace meses que no vas a verlos.

–          Estoy bien, Grace.

–          La semana que viene te vas de vacaciones y no es discutible. – Sentenció Grace sin darle a Valeria opción a réplica. – Llámame el lunes desde Smalltown o Charles y yo nos enfadaremos contigo.

–          ¿Me obligas a irme de vacaciones? – Protestó Valeria.

–          Cielo, a la gente normal no hay que obligarla a irse de vacaciones. – Opinó Grace al mismo tiempo que le daba un beso en la mejilla y después se despidió: – Es hora de marcharse a casa, aprovecha estos días y desconecta de todo esto.

Charles Stuart es un hombre con cara de bonachón, con el pelo cano y una sonrisa permanente en los labios. Está un poco entrado en carnes, pero su salud no podría ser mejor a sus cincuenta años. Sus ojos color café y su dulce mirada hacen de él un hombre carismático y muy querido en la sociedad.

Charles fue en busca de su esposa para marcharse a casa con ella y la encontró charlando con Valeria en su despacho.

–          Muchacha, ¿todavía estás aquí? – Le preguntó Charles a Valeria al darse cuenta de que la muchacha todavía seguía trabajando. Se acercó a su esposa, la rodeó con sus brazos por la cintura y añadió: – Esta chica trabaja demasiado.

–          Sí, pero ya se va a casa y se tomará la semana que viene de vacaciones. – Le contestó Grace a su marido.

–          Grace me obliga a marcharme de vacaciones. – Protestó de nuevo Valeria.

–          Pues hace bien, unos días fuera de la ciudad te sentarán bien. – Dijo Charles, que opinaba lo mismo que su esposa.

–          Está bien, ya me echaréis de menos cuando no esté. – Se resignó Valeria sabiendo que no va a ganar esa batalla.

Tras despedirse de Grace y Charles Stuart, Valeria decidió enviarle un e-mail a Nadia, su asistente, informándole que estaría de vacaciones la próxima semana y pidiéndole que aplazara todas sus citas y reuniones. Una vez enviada toda la información a Nadia, recogió su maletín con el ordenador portátil y los manuscritos, cogió su bolso y se marchó a casa.

Valeria sabía que Grace tenía razón, debería desconectar del trabajo unos días e ir a ver a su familia. Hacía tres meses que no iba a Smalltown, justo desde antes de romper con Brian, y su familia estaba preocupada. Les había dado la noticia por teléfono a su familia y amigos y, tras asegurarles que estaba bien, se centró en su trabajo. Lo cierto es que la ruptura con Brian no le había afectado, su relación ya estaba acabada, pero tuvo la mala suerte de darse cuenta justo en el preciso momento en el que Brian le propuso matrimonio. Su mejor amiga Olivia siempre le decía que en Brian había encontrado la comodidad, pero no estaba enamorada de él, y Olivia tenía razón. Cuando Brian le propuso matrimonio, Valeria comprendió que no quería pasar el resto de su vida junto a alguien por comodidad. Quería a Brian, pero no estaba enamorada de él y no podía continuar con aquella falsa relación. El pobre Brian no entendió nada. Al principio creyó que Valeria simplemente se había asustado, que necesitaba tiempo para asimilarlo, pero conforme fueron pasando los días y ella se seguía manteniendo en su postura, a Brian no le había quedado más remedio que respetar su decisión y confiar en que Valeria cambiaría de opinión. Pero ya habían pasado tres meses y Valeria tenía más claro que nunca que no iba a volver con él.

Llegó a casa, se dio una ducha, preparó una ensalada para cenar y cogió su portátil dispuesta a comprar un billete de avión, había llegado el momento de regresar a Smalltown y contestar las incesantes preguntas a las que todo el mundo la sometería. No le había contado a nadie por qué había roto su relación con Brian y por supuesto tampoco había dicho que le había propuesto matrimonio. Sabía que no se había comportado bien con Brian, él la quería y siempre la había tratado como a una reina, a pesar de que ella siempre le daba prioridad a su trabajo. Tenían una buena relación, pero no era la relación romántica y apasionada que ella anhelaba, más bien eran como dos amigos que también disfrutaban juntos del buen sexo, pero eso no era suficiente, al menos no para Valeria.

Es sábado a las 15 horas Valeria aterrizó en el aeropuerto de Sunbeach, la segunda ciudad más importante del país después de Suncity. Sunbeach está situada al sur del país, a unos cincuenta kilómetros de Smalltown, el pueblo natal de Valeria. Podría haberle pedido a su padre que viniera a buscarla al aeropuerto, pero prefirió alquilar un coche y darles una sorpresa a sus padres.

Valeria aparcó frente a la casa de sus padres, se bajó del coche y entró en la propiedad cruzando por la puerta abierta de la verja que rodeaba el jardín. Sus padres viven en una preciosa casa de estilo victoriano con garaje independiente y un precioso jardín. La casa tiene cinco habitaciones: la habitación del matrimonio Mancini, las dos habitaciones de sus hijas aunque hace años que no viven en su casa, un estudio que Frank utiliza de despacho y una habitación de invitados. También cuenta con dos baños, un aseo, una amplia cocina americana y un elegante salón.

No le había dado tiempo ni de llegar a subir las escaleras del porche cuando Paola Mancini, la madre de Valeria, apareció tras abrirse la puerta principal y la recibió con un fuerte abrazo.

Paola Mancini es una mujer no muy alta, casi de la misma estatura que su hija, y también es de complexión delgada. Su cabello es castaño claro y sus ojos son del mismo color verde turquesa que los ojos de Valeria. Es de carácter alegre y cariñoso, sobre todo con sus dos hijas. Es madre, pero también amiga de sus hijas, Paola siempre ha presumido de poder hablar con sus hijas de cualquier cosa sin que ellas se sientan incómodas.

–          Cielo, cuánto me alegro de que estés aquí. – Le dijo Paola sin dejar de abrazar a su hija, que tan preocupada la tenía últimamente. – ¿Cómo estás? Te veo más delgada. ¿Comes bien?

–          Estoy bien, mamá. – Le aseguró Valeria. – Y no estoy más delgada, peso lo mismo que siempre.

–          ¿Has venido para quedarte unos días? – Preguntó Paola.

–          Sí, Grace me ha obligado a tomarme una semana de vacaciones y he pensado en daros una sorpresa y haceros una visita. – Le respondió Valeria.

–          Grace ha hecho bien, de lo contrario seguirías pasando día y noche encerrada en ese despacho. Justo esta mañana tu padre y yo hablábamos de ir a visitarte el próximo fin de semana, nos tienes un poco preocupados.

–          Estoy bien, mamá. – Le aseguró Valeria de nuevo.

–          Esa es una de las cosas que más me preocupa, hija. – Le confesó Paola al mismo tiempo que guiaba a su hija al interior de la casa. – Llevabas saliendo con Brian dos años, lo normal es que hubieras llorado o que te hubieras soltado la melena durante algunas semanas, pero encerrarte en tu despacho y dedicarte solo a tu trabajo no es una reacción sana, cielo. – Sacó un par de cervezas de la nevera y le ofreció una su hija mientras continuaba hablando. – Si te soy sincera, no creo que Brian sea el hombre de tu vida, él es demasiado tranquilo y superficial, tú necesitas a alguien con carácter, alguien que comparta tu manera de ver el mundo.

–          Pensaba que nuestra relación iba bien, creía que me sentía feliz, mamá. – Empezó a decir Valeria. – Me invitó a cenar un restaurante elegante, paseamos por el casco antiguo de la ciudad y, a orillas del río, me pidió que me casara con él. – Valeria resopló y dio un largo trago a su cerveza antes de continuar. – Entonces me di cuenta de que no estaba enamorada de Brian, entre nosotros no hay esa atracción ni esa chispa que te hacen sentirte viva. Con él simplemente me sentía cómoda, pero nada más. Sé que debí darme cuenta mucho antes de llegar a esa situación, pero ya sabes que soy un desastre.

–          Cielo, no eres ningún desastre. – Le aseguró Paola a su hija mientras la abrazaba con ternura. – En algún lugar está esperándote tu príncipe azul, cariño.

–          No creo en príncipes azules, mamá. El amor no está hecho para mí.

–          Cambiarás de opinión cuando conozcas a tu hombre.

Valeria no quiso replicarle a su madre, pero tenía muchas dudas de que en algún lugar hubiera un hombre perfecto para ella. Así que optó por cambiar de tema:

–          ¿Dónde está papá?

Frank Mancini es un hombre familiar que adora su esposa y a sus dos hijas. Siempre ha sentido una especial predilección por Valeria, su hija pequeña, que ha sacado la belleza de su madre pero el carácter de su padre. Se conserva muy bien a sus cincuenta y cinco años, es un hombre tranquilo y de pocas palabras. Su mirada felina y sus ojos verdes lo hacen muy atractivo, pero también es un hombre de carácter.

–          Tu padre está en el circuito, el lunes empiezan los entrenamientos y ha querido ir a supervisar que todo esté bien, ya lo conoces. – Le respondió Paola resignada.

Y Valeria conocía muy bien a su padre, él era tan perfeccionista como lo era ella y entendía perfectamente que quisiera comprobar con sus propios ojos que todo vaya a estar listo para el lunes que empezaban los entrenamientos.

–          Tu hermana vendrá más tarde a traer a Lía, ella y Steve van a cenar con unos amigos y Lía se quedará a dormir en casa. – La informó Paola.

–          Voy a coger las maletas del coche y a instalarme y te ayudo a preparar la cena. – Le dijo Valeria a su madre sin opción a réplica.

Tras instalarse en la habitación, Valeria decide llamar a su mejor amiga Olivia, a quien lleva más de tres meses sin ver. Le debía muchas explicaciones y también la echaba mucho de menos, últimamente se habían distanciado un poco debido al hermetismo de Valeria en cuanto sacaban el tema de la ruptura con Brian.

–          ¡Val, justo en este momento estaba pensando en ti! – Le respondió Olivia nada más descolgar. – Te echo de menos, Val.

–          Yo también a ti, Oli. – Le contestó Valeria. – Por eso te llamo, ¿qué te parece si esta noche nos vamos de copas?

–          ¿Estás en Smalltown? – Preguntó Olivia incrédula.

–          Acabo de llegar a casa de mis padres. ¿Vienes a cenar?

–          Por supuesto que voy, ¡estoy deseando verte!

–          Pues nos vemos sobre las nueve, no llegues tarde.

Valeria se despidió de Olivia y acudió a la cocina para ayudar a su madre a preparar la cena como le había prometido. Paola se alegró de que Valeria hubiera invitado a cenar a Olivia, habían sido amigas desde pequeñas pero en los últimos meses se habían distanciado y esta cena podría ser un buen momento para volver a unirse.

Frank Mancini, tras comprobar que todo fuera según lo previsto en el circuito, decidió regresar a casa. Es un hombre trabajador, ingeniero de pista y mecánico en el circuito de automovilismo de Sunbeach y también posee un taller en Smalltown al que dedica su tiempo cuando no hay carreras en el circuito. Pero también es un hombre familiar que adora su esposa y a sus dos hijas. Siempre ha sentido una especial predilección por Valeria, su hija pequeña, que ha sacado la belleza de su madre pero el carácter de su padre. Se conserva muy bien a sus cincuenta y cinco años, es un hombre tranquilo y de pocas palabras. Su mirada felina y sus ojos verdes lo hacen muy atractivo, pero también es un hombre de carácter.

–          Cariño, ya estoy en casa. – Anunció Frank nada más traspasar el umbral.

–          Estamos en la cocina, cariño. – Respondió Paola alegremente.

Frank se dirigió hacia a la cocina, de dónde provenía la voz de su esposa, y allí se encontró a Paola con Valeria, su hija menor.

–          ¡Val, qué alegría verte! – La saludó Frank estrechándola entre sus brazos. La dejó en el suelo y la separó un poco de él para mirarla de arriba abajo y comprobar con sus propios ojos que su hija estaba en perfecto estado y, tras confirmarlo, añadió: – Tu madre y yo habíamos pensado en ir a visitarte a Suncity, estábamos empezando a preocuparnos, pequeña.

–          He estado bastante liada con el trabajo últimamente, en un par de semana celebramos el veinticinco aniversario de Editorial Love. – Le respondió Valeria eludiendo el tema que su padre amenazaba con sacar a la luz de nuevo. – Por cierto, necesito que me confirméis si vais a asistir.

–          Cielo nosotros ya estamos mayores para fiestas nocturnas. – Protestó Frank al que no le gustaban nada las fiestas multitudinarias.

–          Pues claro que asistiremos. – Le aseguró Paola a su hija haciendo que su marido rodase los ojos con resignación mientras que Paola añadía emocionada: – Recibimos la invitación hace un par de semanas, va a ser una fiesta por todo lo alto.

El timbre de la puerta sonó y Valeria fue a abrir. En el porche se encontró con su mejor amiga Olivia y, tras mirarse a los ojos, ambas se fundieron en un abrazo. Olivia es una chica morena, de ojos castaños y pícara sonrisa; de mediana estatura y complexión delgada. Atractiva, divertida, alocada y sin pelos en la lengua, Olivia es una mujer de armas tomar que vive el momento como si fuera el último.

–          Necesitaba uno de tus abrazos, te he echado mucho de menos. – Le confesó Olivia.

–          Yo también a ti, Oli. – Le aseguró Valeria feliz de estar de nuevo junto a su mejor amiga.

Las dos amigas entraron en la casa y se enfrascaron en una eterna conversación que fue interrumpida cuando el timbre volvió a sonar.

–          Ya voy yo. – Dijo Valeria que era la que estaba más cerca de la puerta.

Valeria abrió la puerta y se encontró a su hermana Bianca, su cuñado Steve y su sobrina Lía, que formaban una preciosa estampa familiar. Lía se le echó a los brazos nada más abrir la puerta.

–          ¡Tita Val! – Gritó la pequeña mientras abrazaba a su tía Valeria.

Valeria abrazo con fuerza a su sobrina Lía, una pequeña de tres años, de pelo rubio y de ojos azules. Es muy parlanchina y curiosa, todo un terremoto y con una energía inagotable. Bianca, la hermana mayor de Valeria, también se unió a ese abrazo, feliz de ver a su hermana pequeña de vuelta en casa. Bianca es dulce, cariñosa y protectora como su madre. Es una mujer responsable, que adora a su familia por encima de todo y con un corazón enorme. Tiene el pelo castaño claro y los ojos del mismo color verde que los ojos de Frank.

–          ¡Te he echado de menos, Val! – Exclamó Bianca sin dejar de abrazar a su hermana pequeña.

–          ¡Menuda sorpresa! – Exclamó Steve Robson, el marido de Bianca. – ¿Qué hace por aquí mi cuñada favorita?

–          Soy la única cuñada que tienes, te guste o no soy tu favorita. – Le respondió Valeria a modo de saludo y también abrazó a su cuñado.

Steve es un buen hombre que adora a su familia por encima de todo. Es cariñoso, divertido, trabajado y tiene mucho sentido del humor. A sus treinta años, es alto, musculoso y muy atractivo. Tiene el pelo de color castaño claro, los ojos azules y una nariz aguileña que le da personalidad. Steve y Valeria siempre se han llevado muy bien y son buenos amigos, ambos se adoran.

–          ¿Cuánto tiempo vas a quedarte? – Preguntó Bianca sabiendo que su hermana estaba en Smalltown de paso.

–          Estaré por aquí una semana. – Le respondió Valeria. – Por cierto, ¿vendréis al aniversario de la editorial?

–          No podemos, Val. Lía es demasiado diablilla para dejarla todo un fin de semana, no dejaría de llorar y volvería loca a la niñera. – Se lamentó Bianca. – Pero te llamo mañana por la tarde y quedamos, tenemos muchas cosas de las que hablar.

Steve y Bianca saludaron a Frank, Paola y Olivia y, tras dar todas las indicaciones para cuidar de Lía, se marcharon a cenar con unos amigos dejando a la pequeña en casa de los abuelos.

Paola se encargó de dormir a su nieta mientras Frank se daba una ducha y Valeria y Olivia prepararon la mesa para cenar.

A las nueve en punto de la noche, los Mancini se sentaron a la mesa para cenar con su hija Valeria y con su mejor amiga Olivia, a quien conocían desde que nació y a quien consideraban una más de la familia.

–          ¿Tenéis pensado salir esta noche? – Preguntó Paola mientras cenaban.

–          Iremos a Sunbeach a tomar unas copas y nos quedaremos a dormir en el apartamento de Oli. – Le contestó Valeria. – Regresaré mañana por la tarde y me quedaré aquí el resto de la semana con vosotros.

Paola y Frank intercambiaron una mirada, que su hija quisiera salir de copas con Olivia era una buena señal y ambos se alegraron.

Confía en mí.

Confía en mí

Tras la proposición de matrimonio de Brian, Valeria se da cuenta que él no es el hombre con quien desea pasar el resto de su vida y decide poner fin a la relación. Se vuelca en su trabajo y apenas da explicaciones a su familia sobre la repentina ruptura, hecho que les preocupa a todos, incluso a los Stuart, sus jefes.

Tras ser obligada a tomarse una semana de vacaciones, Valeria viaja a Smalltown con la intención de visitar a su familia y amigos. Allí conoce a Jason Smith, un hombre once años mayor que ella, con fama de mujeriego y mirada intensa por el que se siente mucho más que atraída.

Tras una semana de vacaciones, Valeria regresa a Suncity y descubre que Jason es el director de la nueva empresa de seguridad que ha contratado la editorial en la que trabaja para garantizar la seguridad del gran evento por el veinticinco aniversario de la editorial. Las circunstancias hacen que Valeria y Jason acudan juntos a la fiesta de aniversario de la editorial y, cuando Jason la acompaña de regreso a casa, descubren que alguien ha entrado en el apartamento de Valeria y ha dejado un claro mensaje: una foto de ambos clavada en la pared por un cuchillo.

Desde entonces, Jason se hace cargo de la situación y también de la protección y la seguridad de Valeria, pero ¿hasta a dónde está dispuesto a llegar Jason para protegerla y mantenerla a su lado? ¿Logrará que confíe en él y le cuente los secretos que ella oculta? Y Valeria, ¿logrará confiar en él pese a su reputación de mujeriego?

Si quieres saber más sobre ésta historia, aquí podrás encontrar todos los capítulos:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Ahora o nunca.

Ahora o nunca

“A veces no hay próxima vez, ni segundas oportunidades; a veces, es ahora o nunca.”

 

Diana estaba nerviosa, caminaba de un lado a otro de la habitación y de vez en cuando se le escapaba una risita nerviosa. Su madre sonrió con ternura al verla y, creyendo que esos nervios se debían a los nervios típicos de horas antes de la boda, se acercó a ella y le aseguró:

−Estás preciosa, cariño. Rubén se quedará sin palabras cuando te vea entrar en la iglesia.

Diana trató de forzar una sonrisa, pero solo logró hacer una pequeña mueca. Su madre la besó en la mejilla y la dejó a solas unos minutos para que se calmara. Esperó a que su madre se hubiera marchado y se miró de nuevo en el espejo.

Se suponía que aquél tendría que ser el día más feliz de su vida, iba a casarse con el hombre con el que tantas veces había soñado: un hombre bueno, responsable, trabajador y, lo más importante, con un hombre que la adoraba. Sin embargo, no se sentía feliz. Entre ellos no existía esa magia especial, no sentía mariposas en el estómago cuando lo miraba ni se le aceleraba el corazón cuando lo besaba.

Quería a Eduardo, pero no estaba enamorada de él. Eduardo lo sabía, pero confiaba en enamorarla con el tiempo y con eso se conformaba. Habían pasado dos años desde el inicio de su relación y hoy era el Gran Día, pero Diana tenía más dudas que nunca.

−Si te casas con Eduardo, no serás feliz.

Dio media vuelta y se encontró a Estela, su mejor amiga. Diana suspiró abatida y se sentó a los pies de la cama, jugando con su anillo de compromiso. Estela nunca había aprobado aquella relación, Eduardo era un hombre perfecto, pero no era el adecuado para Diana. La conocía mejor que nadie y sabía que su amiga solo estaba con Eduardo por la comodidad que le daba, pero no porque lo amara. Además, durante los dos últimos meses había podido observar cómo Diana coqueteaba con Rubén, el vecino policía. Entre ambos existía una tensión sexual no resuelta que era palpable en el ambiente, pero ninguno de los dos se atrevía a dar el paso: él porque sabía que ella estaba prometida; ella porque su vida era demasiado cómoda y no quería fastidiarla.

−Rubén fue a verme anoche al apartamento –comenzó a decir Diana, iniciando una de esas terapias de amigas que tanto detestaba pero que en aquel momento necesitaba.− Me confesó que estaba enamorado de mí y que, aunque no pretendía arruinar nuestra amistad, tampoco podía quedarse de brazos cruzados y sin hacer nada cuando yo estaba a punto de casarme con otro hombre. Y me besó y le correspondí, pero se separó de mí a los pocos segundos, me deseó que fuera feliz y se marchó. Minutos después oí cerrarse la puerta de su apartamento, miré por la mirilla y lo vi entrar en el ascensor cargando con una maleta. Se ha ido –añadió conteniendo las ganas de llorar.− Creo que estoy enamorada de él y estoy a punto de casarme con otro hombre.

− ¡Por fin lo reconoces! –Exclamó Estela aliviada de ver que su amiga entraba en razón.− Aunque ya lo podrías haber hecho un poco antes. ¡Joder, has tenido que esperar a tener el vestido de novia puesto!

− ¡No me presiones más! –Le reprochó Diana a su amiga y añadió sollozando: − No sé qué voy a hacer…

−No quería decírtelo tan tajante, pero tienes que cancelar la boda –opinó Estela.− No puedes casarte con Eduardo si estás enamorada de Rubén.

−No puedo cancelar la boda sin más, tengo que hablar con Eduardo.

−Y, ¿qué piensas hacer con Rubén? ¿Vas a dejar que se marche? Él ya ha hecho todo lo que está en su mano, ha dejado la pelota en tu tejado y te toca mover ficha.

−Me caso en tres horas y estoy a punto de cancelar la boda, creo que ya es bastante.

−Te equivocas, estás cancelando la boda porque Eduardo no es el hombre con quien quieres pasar el resto de tu vida. Rubén te ha confesado que está enamorado de ti, pero tú no le has dado una respuesta –insistió Estela.

−Necesito tu coche.

−Voy contigo, no puedes conducir así –dijo señalando su vestido de novia.

−Ya me apañaré, tú tienes que quedarte aquí y evitar que descubran que me he marchado, al menos el tiempo suficiente para salir de aquí sin que nadie me vea. Dame las llaves del coche y tu móvil, tú quédate el mío y, cuando descubran que me he marchado, di que he dejado mi móvil aquí.

Estela hizo lo que su amiga le había pedido. Bajó al salón junto a la familia de Diana y los entretuvo mientras Diana salía a hurtadillas de la casa, se subía al todoterreno de Estela y, tras arremangarse el vestido, arrancó el motor del vehículo y salió de allí sin ser vista.

Diana se dirigió directamente a casa de Eduardo. Sabía que le había dado el día libre al personal de servicio y que había quedado con su familia una hora antes de la boda, así que estaría solo en casa. Aparcó el todoterreno frente a la puerta principal y entró en la casa. Caminó hacia el despacho donde intuyó que lo encontraría y no se equivocó.

−Diana, ¿qué estás haciendo aquí? –Le preguntó sorprendida al verla con el vestido de novia y a falta de tres horas para la boda.

−No puedo hacerlo, Eduardo. Lo siento.

Diana se echó a llorar y Eduardo la abrazó. Sabía que ella no lo amaba, pero confiaba en lograrlo con el paso del tiempo. Durante las últimas semanas la había notado distraída y distante, sospechó que algo no iba bien y confirmó sus sospechas cuando una noche el vecino de al lado fue hacerle una visita. La notó incómoda e intuyó que algo sucedía, pero tampoco le dio demasiada importancia. Hasta que la noche anterior, el vecino decidió hacerle una visita y le confesó que estaba enamorado de su prometida. Le pidió que la dejase ir, que no arruinara la vida de ella atándola de por vida a un hombre del que no estaba enamorada porque la haría infeliz. Eduardo sabía que aquel hombre tenía razón, Diana no sería del todo feliz a su lado, pero no iba a ser él quien la dejara el día antes de la boda.

−No lo sientas, solo promete que serás feliz y ve a buscarle –la animó Eduardo.

Diana agradeció aquellas palabras de comprensión, le dio un abrazo de despedida y subió de nuevo al todoterreno. Ahora tenía que encontrar a Rubén. Llamó a Estela por teléfono, quién la informó que ya habían descubierto que se había fugado, también había llamado a un compañero de Rubén con el que se veía de vez en cuando y le había dicho que Rubén había pedido unos días libres en el trabajo y se había marchado al pueblo de sus padres, situado a dos horas en coche de distancia.

Diana no se lo pensó dos veces y, tras insertar la dirección en el GPS del vehículo, se dirigió hacia allí. Toda la valentía y seguridad que sentía se esfumó en cuanto aparcó frente a la casa de los padres de Rubén. Se sintió estúpida y ridícula vestida con el traje de novia, no sabía qué decir y se avergonzaba al imaginar lo que pensaría la familia y los vecinos de Rubén.

−Ahora o nunca –se dijo para armarse de valor.

Bajó del coche decidida a encontrarse con el hombre que la hacía feliz. Atravesó la puerta del jardín y lo vio jugando a la pelota con dos niños pequeños. Sus miradas se cruzaron y ambos se quedaron paralizados. Él la miraba sin poder creerse que estuviera allí, pero rápidamente sus labios esbozaron una enorme sonrisa que ella le devolvió al instante. Rubén se acercó a ella, la agarró por la cintura, la estrechó entre sus brazos y la besó apasionadamente.

−Yo también te amo –le confesó Diana con un hilo de voz cuando sus labios se despegaron.

Solo tuya 26.

Solo tuya

“De nadie seré, sólo de ti. Hasta que mis huesos se vuelvan cenizas y mi corazón deje de latir.” Pablo Neruda.

Después de una semana en casa de Gonzalo, al fin termino el período de reposo absoluto y puedo empezar a hacer vida normal sin realizar grandes esfuerzos. Por supuesto, Gonzalo anda detrás de mí todo el tiempo, controlando que no haga nada que no deba y cuenta con la ayuda de Bruce y Adela.

Durante los últimos días no hemos dejado de recibir visitas de amigos y familiares y Gonzalo me ha dicho que me va a llevar unos días de vacaciones para tener tiempo para nosotros, pero no ha querido decirme a dónde vamos. Gonzalo guarda el equipaje en el maletero del coche, como no ha querido decirme a dónde vamos, he llenado tres maletas con todo tipo de ropa, zapatos y complementos para estar preparada ante cualquier situación.

–          No vas a necesitar tanta ropa. – Refunfuña Gonzalo tras guardar el equipaje. Me ayuda a sentarme en el asiento del copiloto y me abrocha el cinturón de seguridad antes de sentarse tras el volante. – No es un viaje muy largo, pero podemos parar cuando lo necesites.

–          ¿A dónde vamos? – Insisto por enésima vez.

–          Lo verás cuando lleguemos, no seas impaciente. – Me responde Gonzalo divertido.

No le voy a hacer cambiar de opinión, así que me limito a sacarle la lengua burlonamente como una niña de cinco años y enciendo la radio para escuchar música.

Gonzalo conduce hacia el sur por la costa durante poco más de un par de horas hasta que llegamos a Peñíscola, un pueblo costero de la provincia de Castellón. Gonzalo aparca frente a una preciosa y enorme casa situada en primera línea de mar y me ayuda a salir del coche.

–          Esta casa es de mis padres, pero nos la han prestado para pasar unos días de vacaciones y poder descansar. – Me explica Gonzalo mientras atravesamos la puerta del jardín y recorremos el camino adoquinado hasta la puerta principal de la casa. – Te enseñaré la casa y después iré a por las maletas.

Entramos en la casa y me quedo fascinada. Es una casa muy luminosa, la mayor parte de la fachada son enormes cristaleras que dejan pasar la luz del sol e iluminan todas las estancias. En la planta baja está la cocina, el salón-comedor, un aseo, un cuarto de baño completo, dos habitaciones y el garaje, que está conectado a la casa. En la primera planta hay cuatro habitaciones, todas con baño propio, y en la segunda planta hay una buhardilla que utilizan de estudio o despacho. En el jardín trasero hay una pequeña piscina y un jacuzzi exterior.

–          No es la casa de nuestros sueños, pero últimamente nuestra casa tiene demasiados visitantes. – Bromea Gonzalo.

–          Es una casa preciosa. – Opino feliz de poder estar aquí a solas con él. Le abrazo con fuerza y le pregunto juguetona: – ¿Vamos a estar totalmente solos tú y yo?

–          Así es, totalmente solos. – Me asegura estrechándome entre sus brazos. – Ahora deshacemos las maletas y nos vamos a comer a un restaurante en la playa, pero esta noche te cocinaré mi plato estrella.

–          ¿Sabes cocinar? – Le pregunto sorprendida.

–          Sé defenderme con algunos platos, pero no soy un cocinero de verdad. – Me confiesa divertido. – Pero sé cocinar lo suficiente como para no morirnos de hambre el tiempo que vamos a estar aquí.

–          ¿Cuánto tiempo nos vamos a quedar aquí?

–          Preguntas demasiado. – Me contesta divertido. – Me besa en los labios y añade – Voy a por el equipaje, deshacemos las maletas y nos vamos a comer.

Dicho y hecho. Gonzalo se encarga de subir las maletas a su habitación, como la casa es de sus padres, él tiene habitación propia. Había esperado encontrarme una habitación infantil o de adolescente, pero me encuentro una habitación de matrimonio elegante y sí, también bastante masculina. Del mismo estilo que la habitación de su antiguo apartamento.

–          ¿No te gusta?

–          Es perfecta. – Le aseguro. – Aunque te confieso que esperaba encontrarme la habitación de un adolescente llena de fotos, posters y esas cosas. Me hubiera gustado conocer un poco al Gonzalo adolescente.

–          Estoy seguro de que mi madre guarda algún álbum de fotos en la buhardilla, puede que te deje ver algunas fotos.

Entre bromas, besos y caricias, deshacemos nuestras maletas. Una vez nos instalamos, salimos de la casa y paseamos por el paseo marítimo dirigiéndonos hacia el restaurante al que Gonzalo me quiere llevar. El restaurante está en la misma playa, encerrado entre cuatro paredes de cristal que te permiten disfrutar de la hermosa vista del mar mientras comes y te mantienes fresco gracias al aire acondicionado. Es un sitio elegante, nada que ver con los típicos chiringuitos de playa en los que comes al aire libre, descalzo y con el bañador mojado. Uno de los camareros nos acompaña hasta nuestra mesa, situada en un rincón del restaurante y retirada del resto de mesas. Adivino que Gonzalo ha debido llamar al restaurante para reservar mesa, dudo de que hayamos tenido tanta suerte como para que la mejor mesa del restaurante esté libre un sábado a mediodía en el mes de agosto.

Una vez sentados a la mesa y tras leer la carta de comida, Gonzalo me pregunta:

–          Cariño, ¿qué quieres pedir?

–          No lo sé, todo tiene muy buena pinta y estoy indecisa. – Le confieso. – ¿Tienes alguna sugerencia?

–          Estamos en la Comunidad Valenciana, ¿qué te parece si pedimos paella para los dos?

–          Me parece una idea excelente.

Después de comer, Gonzalo decide regresar a casa, hace demasiado calor y además pretende obligarme a echarme la siesta. Al principio me parecía divertido verlo tan pendiente de mí, siguiendo todas las órdenes de los médicos a rajatabla, pero después empezó a sacarme de mis casillas, ni siquiera me dejaba lavarme los dientes a solas… Por suerte Marta le dio una charla y parece que, aunque sigue pendiente de mí en todo momento, intenta no agobiarme.

–          Ven, vamos a descansar un rato. – Me dice Gonzalo envolviéndome entre sus brazos al mismo tiempo que me guía a nuestra habitación. – Ya sé que lo de descansar no va contigo, pero esta noche me lo agradecerás.

–          ¿Qué piensas hacerme esta noche? – Le pregunto juguetona.

–          Tendrás que ser buena y hacerme caso para descubrirlo. – Me responde disfrutando de mantenerme intrigada. Nos tumbamos en la cama y, colocándome sobre su pecho y envolviéndome entre sus brazos, me susurra: – Podría quedarme así contigo el resto de mi vida.

–          Señor Cortés, últimamente está muy cariñoso. – Le susurro divertida.

–          Mmm… Me encanta que me llames señor Cortés. – Gonzalo levanta su pelvis para hacerme notar su excitación. – Cariño, se supone que tienes que descansar.

–          Dame un capricho y seré buena, te prometo que después me dormiré y no me levantaré hasta que me lo digas. – Trato de convencerlo con palabras y también con caricias.

Gonzalo resopla sonoramente, me sonríe y me besa apasionadamente.

–          Está bien, caprichosa. – Me concede Gonzalo. – Pero después te vas a echar una siesta mientras yo voy a comprar y preparo la cena, ¿de acuerdo?

–          Cómo tú quieras, cariño. – Le confirmo.

Me coloco a horcajadas sobre él, pero Gonzalo da media vuelta rodando para que quede debajo de él, no deja que haga el más mínimo esfuerzo ni cuando estamos practicando sexo. Sin ninguna prisa, me quita la camiseta y el short, dejándome en ropa interior. Besa y acaricia todo mi cuerpo, bordeando la fina tela de mi sujetador y mis braguitas hasta que al fin se deshace de ellas. En un abrir y cerrar de ojos, Gonzalo se deshace toda su ropa vuelve a colocarse sobre mí. Sus besos y sus caricias se intensifican, me excita con solo mirarme de esa manera que solo él sabe y gimo al mismo tiempo que le suplico:

–          Por favor, cariño.

–          Dime, ¿qué es lo que quieres? – Me provoca excitándome aún más.

–          Te quiero a ti, te quiero dentro.

No hace falta que se lo repita dos veces, Gonzalo me complace de inmediato y se hunde dentro de mí con suavidad. Entra y sale de mí rítmicamente al mismo tiempo que acaricia mis pechos y besa mi cuello. Últimamente nuestro sexo ha dejado de ser salvaje ya que no puedo hacer demasiados esfuerzos y Gonzalo es demasiado estricto con mi recuperación, pero este nuevo sexo tranquilo y relajado es tan sensual y profundo que me gusta incluso más. Es una sensación de rendición absoluta que no sé cómo explicarlo, pero es sublime. Alcanzamos juntos el clímax y nos quedamos abrazos en silencio mientras nuestras respiraciones se normalizan.

–          Y ahora a dormir un rato, hemos madrugado mucho y nos espera una larga noche, necesito que estés descansada. – Me dice Gonzalo envolviéndome entre sus brazos.

No protesto, le he prometido que sería buena y descansaría. Nos echamos la siesta durante un par de horas. Cuando me despierto Gonzalo me está mirando y sonríe. Me encanta despertarme y que sea su sonrisa lo primero que veo.

–          Hola, caprichosa. – Me saluda. – Tengo que ir a comprar al supermercado, no tenemos nada de comida y he prometido cocinar esta noche para ti. – Me besa en los labios con dulzura y añade: – Quédate en la cama, no tardo en volver. Recuerda que me has dicho que ibas a ser buena. – Me besa de nuevo y se levanta de la cama para vestirse.

Gonzalo se va a comprar y yo me quedo en la cama haciendo bondad. Estoy deseando recuperarme del todo para poder hacer vida normal, aunque sé que cuando vuelva a la normalidad querré recuperar estos días sin hacer nada más que disfrutar de la compañía de Gonzalo.

Son las siete de la tarde cuando Gonzalo regresa y viene a buscarme a la habitación donde, como una niña buena y obediente, continúo tumbada en la cama.

–          ¿Todo bien, cariño? – Me pregunta al mismo tiempo que me besa en los labios.

–          Todo genial ahora que estás aquí. – Le respondo sonriendo.

–          Entonces, voy a darme una ducha rápida y a preparar la cena. – Sentencia Gonzalo entusiasmado por lo que sea que se trae entre manos.

Gonzalo se ducha en diez minutos y sale del cuarto del baño envuelto en una toalla que le cubre de la cadera hasta las rodillas, dejando al descubierto gran parte de su cuerpo escultural.

–          Estás muy sexy. – Susurro excitada.

–          No me mires así. – Me advierte. – Date un baño relajante y ponte algo elegante, después de cenar iremos a tomar una copa.

–          ¿Cómo de elegante?

–          He visto que has traído el vestido que te pusiste en Londres para la gala de Philip Higgins, con ese vestido estás preciosa. – Me sugiere Gonzalo.

–          ¿Qué te vas a poner tú? – Le pregunto con curiosidad.

–          Traje y corbata, ¿alguna sugerencia?

–          El traje gris marengo con camisa y corbata negra, te hace muy sexy. – Le respondo juguetona.

–          Pues eso mismo me pondré. – Me asegura Gonzalo y añade antes de darme un beso y marcharse: – Voy a preparar la cena, tú date un baño sin prisa y yo ya vendré a buscarte cuando esté la cena lista.

Sin tiempo que perder, me levanto de la cama y entro en el cuarto de baño dispuesta a relajarme en la bañera sin prisa. Tras pasar media hora en remojo, me arreglo el pelo, alisándolo con la plancha y dejando mi larga y rubia melena suelta. Me pongo el vestido de diosa griega que me ha sugerido Gonzalo. Me maquillo levemente para que mi aspecto sea natural y me echo un poco de perfume detrás de las orejas, en el cuello, en las muñecas y, cómo no, en el canalillo.

Cuando Gonzalo viene a buscarme ya estoy lista y me besa tras decirme:

–          Estás preciosa, cariño.

–          Tú también estás muy guapo. – Le digo observando lo sexy que está con ese traje.

Bajamos al comedor y me quedo asombrada con todo lo que ha preparado Gonzalo: toda la estancia está iluminada con pequeñas velas colocadas en el suelo delimitando un camino lleno de pétalos de rosa que llega hasta a la mesa. Sobre la mesa, un candelabro con tres velas da mayor luz para poder cenar cómodamente.

–          Vaya, esto sí que no me lo esperaba. – Confieso gratamente sorprendida.

–          Será mejor que empieces a acostumbrarte, pienso mimarte y complacerte siempre. – Me asegura Gonzalo retirando la silla para que me siente. Antes de sentarse a mi lado, Gonzalo sirve dos copas de vino tinto y acto seguido destapa la bandeja con lo que ha cocinado para la cena. – Es mi plato estrella, solomillo al horno con patatas.

–          Se me hace la boca agua solo con olerlo. – Le confieso.

Brindamos por nosotros y bebemos de nuestra copa. Disfrutamos de la exquisita comida que Gonzalo ha cocinado y ambos nos mostramos bastante cariñosos.

–          Todo estaba buenísimo, nunca hubiera imaginado que sabías cocinar y mucho menos que lo hicieras tan bien.

–          Hay muchas cosas que aún no sabes de mí, poco a poco las irás descubriendo. – Me dice visiblemente nervioso.

–          ¿Qué pasa? – Le pregunto preocupada.

–          No pasa nada. – Me contesta frunciendo el ceño confundido.

–          Entonces, ¿por qué estás nervioso? – Insisto sabiendo que me está ocultando algo.

–          Sí, la verdad es que estoy nervioso. – Me confiesa. Gonzalo coge aire profundamente para infundirse valor y, mirándome a los ojos con intensidad, se pone en pie para acto seguido arrodillarse a mi lado y, sacando una pequeña caja de terciopelo rojo de su bolsillo, me dice con voz temblorosa – Cariño, eres lo primero que pienso al despertar y lo último al acostarme, lo único que he tenido claro en toda mi vida es que quiero estar contigo el resto de mi vida y lo sé desde la primera vez que te vi. Te quiero Yasmina, ¿quieres casarte conmigo?

Gonzalo abre la pequeña caja de terciopelo y me muestra un precioso anillo de oro blanco con un pedrusco enorme con forma de media luna. Me quedo tan sorprendida que se me olvida hasta respirar y Gonzalo, asustado, me dice:

–          Cariño, ¿estás bien? No quiero que te sientas presionada, no tenemos que casarnos de inmediato, podemos esperar todo el tiempo que quieras y…

–          Sí, ¡sí quiero! – Le interrumpo arrojándome a sus brazos.

Caemos al suelo y, entre besos y abrazos, le susurro al oído:

–          Señor Cortés, oficialmente ya se ha vuelto loco.

–          Tú me vuelves loco, cariño. – Se incorpora conmigo en brazos y añade: – Había pensado en que quizás te apetecería salir a tomar una copa para celebrarlo, pero también podemos quedarnos y celebrarlo aquí.

–          Prefiero celebrarlo aquí. – Sentencio antes de devorarle la boca. – ¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí?

–          El lunes tenemos que coger un avión a Londres, Derek nos espera para hacer la declaración oficial. Pero después nos iremos a donde tú quieras.

–          ¿Dónde yo quiera?

–          Eso es, cariño.

–          Se me está pasando por la cabeza la imagen de una pequeña cabaña de madera en mitad de una playa virgen y desierta, donde podamos pasear desnudos y hacer el amor sin preocuparnos de nada que no sea disfrutar el uno del otro.

–          Suena muy bien, me encargaré de todo mañana. – Me asegura Gonzalo. – Pero ahora voy a encargarme de mantener a mi prometida plenamente satisfecha.

–          Suena muy tentador. – Le respondo con picardía.

Gonzalo se pone en pie y, conmigo en brazos, sale del salón y sube las escaleras para dirigirse a nuestra habitación. Me deja de pie sobre la alfombra que hay a los pies de la cama y me desnuda lentamente, disfrutando viendo como al bajarme la cremallera del vestido la tela resbala por mi cuerpo hasta caer al suelo.

–          Eres preciosa, cariño. – Me susurra al oído.

Acto seguido desabrocha mi sujetador y, tras bajarme los tirantes, también lo deja caer al suelo junto al vestido. Hace lo mismo con mis braguitas, con los dedos pulgares de ambas manos agarra la cinturilla y desliza la prenda por mis piernas, dejándome completamente desnuda frente a él. Gonzalo se afana en quitarse el traje, la corbata y la camisa y, agarrándome por la cintura, me eleva y me coge en brazos haciendo que le rodee las caderas con mis piernas.

–          Siempre he tenido la fantasía de hacerlo contra esa pared. – Me susurra señalando la pared acristalada de la habitación. – Pero no es una buena idea estando en pleno mes de agosto y tú debes guardar reposo todavía. Tendremos que dejarlo para la próxima vez que regresemos.

–          Y ahora, ¿qué me vas a hacer? – Le provoco.

–          Ahora te voy a tumbar sobre la cama y te voy a hacer el amor con delicadeza y sensualidad una y otra vez hasta que ambos nos agotemos. – Me susurra Gonzalo con voz ronca. – Te quiero solo para mí, cariño.

–          Soy solo tuya. – Le aseguro excitada.

FIN

Cita 54.

“Hoy en día la gente sabe el precio de todo y el valor de nada”.

Oscar Wilde.

Solo tuya 25.

Solo tuya

“Después de eso, después de que la noche oscura terminó, ya era demasiado tarde para resistirse. Era demasiado tarde para dejar de amarte.” Marguerite Duras.

Han pasado más de cinco minutos desde que Bruce se marchó de la habitación donde me tienen hospitalizada y nadie ha entrado desde entonces. Empiezo a ponerme nerviosa, puede que Gonzalo se haya arrepentido y no quiera verme, o también puede que Bruce le esté dando todos los detalles de la conversación que ha mantenido conmigo. En cualquier caso, estoy empezando a ponerme histérica.

La puerta se abre lentamente y entonces veo aparecer a Gonzalo. Apenas da un par de pasos y se queda quieto a los pies de la cama, estudiándome con la mirada. Su rostro es indescifrable, pero en sus ojos puedo ver reflejado el dolor y la incertidumbre, por primera vez lo veo inseguro y vulnerable. Nuestros ojos se encuentran y ambos sostenemos la mirada. Mis pulsaciones se aceleran y el monitor al que estoy conectada empieza a pitar, pero ninguno de los dos se mueve.

–          ¿Qué está ocurriendo? – Pregunta Marta irrumpiendo en la habitación, alarmada por los pitidos de la máquina. – Gonzalo, espera fuera.

–          Por favor, quédate. – Le ruego a Gonzalo con un hilo de voz.

Gonzalo cruza una mirada con su madre, Marta se mantiene firme en su postura y le señala la puerta para que se vaya, pero entonces me mira a mí y esboza una sonrisa al mismo tiempo que se acerca a mí, me da un leve beso en los labios y me susurra:

–          No pienso irme a ninguna parte, cariño. Somos un equipo, estamos juntos en esto.

Tan solo con escuchar esas palabras de Gonzalo, ya me siento más tranquila. Mis pulsaciones se normalizan y la máquina deja de pitar. Marta nos mira con desaprobación, pero acto seguido suspira profundamente, sonríe y nos dice:

–          Os dejaré a solas, pero si la máquina vuelve a pitar…

–          No pitará. – Le asegura Gonzalo.

–          De acuerdo, avisadme si necesitáis algo. – Nos dice Marta antes de marcharse y dejarnos por fin a solas.

Gonzalo se sienta en el sillón de al lado de la cama, suspira profundamente y me mira a los ojos con intensidad, como si tratara de averiguar lo que está pasando por mi cabeza.

–          Debo explicarte muchas cosas, pero no creo que ahora sea el momento, cariño. – Me coge de la mano para besarla y añade: – Te he echado de menos, preciosa. No vuelvas a hacerme esto, te lo suplico.

–          Lo siento, yo solo quería que nada le pasara a Claudia. – Le digo con un hilo de voz.

–          Lo sé, cariño. – Vuelve a besarme en los labios y añade: – Te quiero, Yasmina.

Me quedo sin palabras. Es la primera vez que me dice que me quiere, nunca antes me lo había dicho y lo cierto es que ahora no me lo esperaba.

–          ¿No vas a decir nada? – Me pregunta frunciendo el ceño.

–          Es la primera vez que me dices que me quieres. – Le respondo aturdida.

–          En realidad, te lo he dicho todas las noches mientras dormías desde que regresamos de Londres, pero supongo que es la primera vez que me escuchas decirlo. – Me dice sonriendo para después ponerse serio y decirme: – Te aseguro que no he estado con ninguna otra chica que no seas tú desde que te conocí. Tendría que haberte contado la visita de Alexia, pero no quería añadir una preocupación más en tu cabeza. Te quiero, Yasmina. No pretendo que me creas, pero al menos deja que te lo demuestre.

–          Demuéstramelo no dejando que arpías como esa pelirroja vuelvan a besarte. – Le reprocho molesta.

–          Cariño, ¿estás celosa? – Me pregunta burlonamente. – No deberías estarlo, yo solo tengo ojos para ti.

Gonzalo bosteza, está cansado. Todos me han dicho que lleva aquí dos días y no ha consentido marcharse a casa a descansar.

–          Deberías descansar, estás agotado. – Le sugiero.

–          Tú también necesitas descansar. – Me recuerda Gonzalo. – Duérmete, te prometo que seguiré aquí cuando te despiertes.

–          Sería más fácil si te acuestas conmigo. – Le digo con voz de santa.

–          Cariño, estás herida y puedo hacerte daño.

–          La cama es muy grande, cabemos los dos. – Insisto. – Además, te echo de menos, necesito sentirte muy cerca.

–          Te gusta ponérmelo difícil, ¿verdad? – Murmura entre dientes.

Pero Gonzalo hace lo que le pido. Se quita los zapatos y se tumba junto a mí en la cama sobre la colcha, coloca su brazo sobre mi vientre para no apoyarlo sobre mis dañadas costillas y me besa en los labios. Esta noche Gonzalo está extremadamente cariñoso conmigo y yo se lo agradezco, lo necesitaba.

Consigo quedarme dormida entre los brazos de Gonzalo, él hace que me relaje y con él me siento segura. No sé cuántas horas he dormido, pero cuando vuelvo a abrir los ojos Gonzalo ya no está conmigo en la cama y una enfermera me toma las constantes vitales.

–          Buenos días, señorita Soler. – Me saluda la enfermera. – Termino de tomarle las constantes y enseguida le sirven el desayuno.

Gonzalo aparece detrás de la enfermera y, dedicándome una sonrisa, me saluda:

–          Buenos días, cariño. ¿Has dormido bien?

–          He tenido noches mejores, pero tampoco me puedo quejar. – Le respondo devolviéndole la sonrisa.

La enfermera se marcha un momento, el tiempo justo para que Gonzalo se acerque a mí y me bese en los labios, y regresa con mi desayuno para volver a dejarnos a solas.

–          ¿Cómo estás? – Me pregunta Gonzalo sentándose a un lado de la cama y colocando la bandeja del desayuno frente a mí.

–          Quiero irme a mi casa, no me gustan los hospitales. – Protesto haciendo un mohín.

–          Veré qué puedo hacer, aunque te adelanto que unos días aquí no te los quita nadie. – Me advierte. – Pero yo voy a estar contigo, cariño. Ya te he dicho que no pienso irme a ninguna parte.

Paso la mañana junto a Gonzalo, que me cuida y me consiente como si fuera una niña pequeña. Me cuesta mantenerme en pie y Gonzalo me ayuda a ducharme colocando un taburete en la ducha para que me sienta más cómoda. Después me ayuda a vestirme, me seca el pelo, me peina y me hace compañía.

A media mañana aparece mi padre sonriendo de oreja a oreja y Gonzalo me deja con él a solas, quiere aprovechar que estoy acompañada para pasar por casa a ducharse y a por algo de ropa.

–          ¿Cómo estás, cielo? – Me pregunta mi padre.

–          Estoy bien, un poco adolorida pero bien. – Le aseguro. – Papá, siento todo lo que ha pasado, te prometo que no quería…

–          No pasa nada, Yas. – Me interrumpe sonriéndome con ternura. – Estoy acostumbrado a que siempre andes metiéndote en líos, aunque no estaría mal que me dieras unos meses de tregua después de esto.

–          Soy un desastre. – Reconozco.

–          Todos nos equivocamos alguna vez, en eso consiste la vida. Lo importante es que aprendamos de nuestros errores. – Opina mi padre. – ¿Qué tal te va con Gonzalo?

–          Muy bien, papá. Aún tenemos una conversación pendiente, pero lo importante es que nos queremos y queremos estar juntos.

–          Gonzalo me cae bien, es un hombre responsable, educado y te trata como a una princesa, además su familia te adora.

Mi padre y yo continuamos hablando durante una hora, pero ambos evitamos hablar de James y de lo que pasó en el Pirineo. Esa es otra conversación pendiente que tengo con Derek, pero al menos me ha dado tiempo para que me recupere antes de ir a Londres a hacer una declaración oficial. Tampoco he hablado del tema con Gonzalo, supongo que tenemos más de una conversación pendiente.

Unos golpes en la puerta llaman nuestra atención y acto seguido aparece Marta, sonriendo ampliamente.

–          Buenos días. – Nos saluda. – Siento no haber aparecido antes, me ha surgido una operación de urgencia a primera hora de la mañana. – Me mira con dulzura y me pregunta: – ¿Qué tal está mi enferma favorita?

–          Mejor que anoche cuando me desperté. – Bromeo. – Gracias por todo, Marta. La verdad es que todos me estáis cuidando muy bien.

–          Soy yo la que tengo muchas cosas que agradecerte. – Me dice Marta. – Salvaste a Claudia, aunque para ello hiciste una locura, y haces feliz a Gonzalo, algo que ya me había resignado a no ver.

–          Marta y Vicente nos han invitado a pasar unos días en su casa de la playa cuando te recuperes, pero Gonzalo te quiere solo para él y nos ha obligado a aplazarlo. – Comenta mi padre divertido.

–          Teníamos pensado irnos unos días de vacaciones antes de… – Empiezo a decir pero no termino la frase. – Le debo unas vacaciones.

–          Estoy segura de que Gonzalo ya se ha encargado de eso. – Opina Marta que, siendo su madre, lo conoce bien. – Pero por ahora solo debes pensar en descansar y recuperarte, estarás un par de semanas ingresada, puede que unos días menos si haces bondad.

–          ¿Dos semanas? – Pregunto horrorizada.

–          Cielo, te han disparado, tienes tres costillas rotas y una fuerte contusión en la cabeza, ¿acaso pensabas que hoy te irías a casa? – Me dice mi padre frunciendo el ceño. – No te irás de aquí hasta que la doctora lo considere oportuno.

–          Si me prometes que vas a hacer reposo absoluto, puede que te deje ir a casa en unos días, pero iré a visitarte a primera hora de la mañana y a última de la tarde. – Trata de compensarme Marta. – Ya hablaremos de ello más adelante.

Alguien golpea la puerta y entra Vicente, el padre de Gonzalo. Me da un beso en la mejilla al mismo tiempo que me saluda:

–          ¿Cómo estás, Yasmina? – Le estrecha la mano a mi padre y acto seguido añade: – Nos has dado a todos un buen susto.

–          Lo siento. – Musito.

–          No vuelvas a asustarnos de esa manera, a mi edad ya no tengo el corazón para semejantes sustos. – Bromea Vicente. – Acaban de traerme los resultados de la analítica que te han hecho esta mañana, han salido perfectos. Creo que nunca he visto a un paciente recuperarse tan pronto.

–          ¿Eso significa que podré irme antes a casa? – Pregunto esperanzada.

–          Bueno, de momento es un poco pronto para mandarte a casa, pero es posible. – Me responde Vicente y añade divertido: – ¿Tan mal te estamos tratando que quieres irte ya?

–          Me estáis tratando estupendamente, pero como en casa en ningún sitio. – Le respondo sonriendo.

La charla se alarga un rato más hasta que llega Gonzalo. Nada más entrar me dedica una amplia sonrisa, saluda a sus padres y a mi padre y después me saluda a mí dándome un beso en los labios sin importarle lo más mínimo que nuestros padres nos vean. Somos una pareja y las parejas no se esconden de nadie.

A las dos de la tarde mi padre se despide para ir a la oficina y promete venir a verme a última hora de la tarde, antes de regresar a casa. Gonzalo se queda conmigo haciéndome compañía y pocos minutos después una enfermera entra en la habitación para traernos la comida. Supongo que ser el hijo de los propietarios de la clínica tiene sus ventajas como pedir que le suban la comida también al acompañante. Después de comer Gonzalo me obliga a intentar descansar y consigue que le obedezca cuando se mete conmigo en la cama. Lo hace a regañadientes, pues teme hacerme daño al moverse.

–          Necesito tenerte cerca. – Argumento cuando me acurruco junto a él.

–          Me vas a tener siempre cerca, cariño. – Me susurra al oído.

Respiro profundamente, me armo de valor y susurro:

–          Te quiero, Gonzalo.

Gonzalo me mira sorprendido, pero rápidamente se forma una amplia sonrisa en su rostro, me mira a los ojos y me dice emocionado:

–          Yo también te quiero, Yasmina. Soy solo tuyo.

–          Y yo solo tuya. – Le aseguro.

Ambos nos quedamos dormidos durante un par de horas, hasta que empiezan a llegar de nuevo las visitas. Las primeras en llegar son las chicas. En cuanto entran armando escándalo, Gonzalo sonríe, me besa en los labios y me susurra al oído:

–          Te dejo a solas con las chicas, regreso en un rato.

Gonzalo saluda a las chicas y sale de la habitación, probablemente en busca de su madre para que le dé mi parte médico, es muy estricto con mi salud y me obliga a seguir todas las indicaciones médicas a rajatabla.

Las chicas me saludan y me cuentan sus historias tratando de animarme. Me alegra saber que por fin las cuatro estamos juntas y felices, creo que es la primera vez que las cuatro tenemos pareja al mismo tiempo.

Gonzalo regresa poco después con mi padre, se han encontrado por los pasillos de la clínica. Mi padre me dice que ha hablado con Susana y me envía saludos, mañana vendrá a verme. También ha hablado con Rubén y con Borja, Borja vendrá mañana, pero Rubén tan solo le ha dicho que me saludara y me dijera que deseaba que me recuperara pronto. Rubén ha decidido poner tierra de por medio entre nosotros y, suponiendo que mi padre le habrá dicho que estoy con Gonzalo, ni siquiera habrá querido preguntar más sobre mí.

Claudia, Esther y Pablo, el hermano de Gonzalo, aparecen poco después de que las chicas y mi padre se marchen.

–          Cuñada, ¿tú te has pensado bien eso de estar con mi hermano? – Me dice Pablo burlonamente, tratando de pinchar a su hermano. – Conmigo estarías mucho mejor, no soy tan gruñón como él y soy más joven.

–          Hermano, antes tendrías que matarme. – Le advierte Gonzalo fingiendo estar ofendido.

–          Los hermanos Cortés enfrentándose por ti, ¡anda que puedes quejarte! – Bromea Esther.

–          A mí me da igual con cuál de los dos te quedes, seguirás siendo mi cuñada. – Bromea Claudia.

–          No hay nada como el apoyo de la familia. – Dice Gonzalo con sarcasmo.

–          Solo tuya. – Le digo a Gonzalo mirándole a los ojos.

Gonzalo me mira intensamente, haciendo que se me erice toda la piel del cuerpo, se acerca a mí y me susurra al oído antes de besarme apasionadamente en los labios:

–          Me encanta oírtelo decir.

–          No olvides lo que te ha dicho mamá, reposo absoluto durante dos semanas. – Se mofa Pablo de su hermano. – Será mejor que no enciendas la mecha.

Dos semanas en reposo absoluto, ¿eso significa nada de sexo en ese tiempo? A mí nadie me ha dicho nada de eso. Mi cara debe de ser un poema porque todos me miran tratando de contener la risa hasta que, sin poder remediarlo, estallan en carcajadas.

–          No sé de qué os reís, a mí no me hace ninguna gracia. – Les reprocho.

–          Cariño, te están tomando el pelo. – Me dice Gonzalo con dulzura, pero sin dejar de sonreír. Me besa en la mejilla y me susurra al oído para que solo yo pueda oírle: – No te preocupes por nada, pienso tenerte plenamente satisfecha.

Al día siguiente recibo la visita de Borja y de Susana, ambos están horrorizados por todo lo que ha pasado pero se alegran de que todo haya salido bien.

Las visitas me animan y me distraen, hace que el tiempo se me pase más rápido, pero prefiero la compañía de Gonzalo. Apenas se ha movido de mi lado en los días que he permanecido hospitalizada, que finalmente solo han sido seis días en vez de las dos semanas que Marta me había dicho al principio. Eso se lo debo a Gonzalo, que cansado de escucharme protestar por tener que permanecer en el hospital, ha logrado convencer a su madre para que me trasladen a su casa. Marta me visita por la mañana a primera hora y por la tarde a última hora. Gonzalo me obliga a permanecer en la cama todo el tiempo y él me hace compañía en la habitación mientras trabaja en su portátil.

–          Tenemos una conversación pendiente. – Le digo cuando estamos a punto de irnos a dormir.

–          ¿Una conversación pendiente? – Me pregunta Gonzalo frunciendo el ceño.

–          No me has preguntado nada de lo que pasó cuando me fui con James, ni tampoco de nosotros.

–          Cariño, ya hemos hablado de nosotros. Ambos nos queremos y queremos estar juntos, eso es lo que acordamos, ¿no? – Asiento con la cabeza y añade – En cuanto a lo que ha ocurrido con James, entiendo que no es un tema agradable para ti y lo respeto, solo hablaremos de ello cuando tú quieras, si es que quieres hacerlo.

–          Tú ya lo sabes, ¿verdad? – Le pregunto mirándole a los ojos.

–          Uno de los hombres de James Hilton está vivo, Derek y sus agentes se lo han llevado a Londres donde le han interrogado y Derek me ha contado lo que les ha dicho. Bruce también me contó todo lo que vio en el Pirineo. – Me confiesa con un tono de voz que refleja el dolor que siente al hablar del tema. – Lo único que me importa es que tú estés bien, Yasmina.

–          Estoy bien, cariño. – Le digo con un hilo de voz angustiada al verlo así. – Solo te necesito a ti para estarlo, Gonzalo.

–          Te quiero, cariño.

Gonzalo me besa apasionadamente y, para mi sorpresa, sus manos me acarician con deseo y empiezan a deshacerse de mi ropa. Es la primera vez que llega tan lejos desde que me desperté en la clínica, así que no tengo la más mínima intención de detenerlo.

–          Cariño, esto no es buena idea, puedo hacerte daño y…

–          Me harás daño si te paras ahora. – Le interrumpo.

–          Siempre te empeñas en ponérmelo difícil. – Me dice Gonzalo burlonamente. – Está bien, pero lo haremos a mi manera, quiero que te tumbes y no te muevas.

Continúa besándome, acariciándome y desnudándome. Se desnuda rápidamente y se coloca sobre mí.

–          Avísame si te hago daño. – Me dice colocando su miembro en la entrada de mi vagina.

–          Hazlo ya, por favor. – Le suplico muerta de deseo por sentirle dentro de mí.

Gonzalo sonríe y me penetra lentamente, con mucha delicadeza. No puedo evitar gemir de placer, necesitaba fundirme con él. Entra y sale de mí despacio pero sin detenerse, con un movimiento rítmico y placentero que nos hace estar más cerca el uno del otro, nos convierte en una sola persona. Sus besos y sus caricias me excitan, pero entre nosotros ya no hay solo deseo, hay amor. No es el sexo al que estamos acostumbrados, pero es igual de intenso y placentero, es sensual y excitante. Nuestras respiraciones se aceleran, ambos estamos al borde del orgasmo y alcanzamos juntos el clímax. Gonzalo sale de mí y rueda hacia un lado de la cama, sin apenas rozarme para no hacerme daño, quedando tumbado a mi lado. Me besa en los labios y me susurra sonriendo:

–          Tendrás que conformarte con esto hasta que te recuperes, necesitas guardar reposo para que tus costillas rotas se curen y si haces algún esfuerzo pueden soltarse los puntos de la herida de tu hombro.

–          Deberías haber estudiado medicina. – Me mofo. Gonzalo me abraza y yo le susurro: – Te quiero, cariño. No lo olvides nunca.

–          Yo también te quiero. – Le digo sin ningún tipo de pudor al expresar mis sentimientos.

Dormimos abrazados durante toda la noche, entre sus brazos me siento fuerte y me siento segura, pero sobre todo me siento en casa.

Solo tuya 24.

Solo tuya

“Dile que sí, aunque te estés muriendo de miedo, aunque después te arrepientas, porque de todos modos te vas a arrepentir toda la vida si le contestas que no.” Gabriel García Márquez.

Abro los ojos lentamente y parpadeo varias veces tratando de acostumbrarme a la luz para poder ver algo. Miro alrededor pero no reconozco la estancia, no sé dónde estoy. Trato de incorporarme para tener una mejor perspectiva pero un dolor insoportable en mi hombro y mis costillas me lo impide y se me escapa un quejido de la garganta. Rápidamente, unas manos me obligan a tumbarme de nuevo y escucho una voz femenina que me resulta familiar:

–          No deberías moverte, tienes tres costillas rotas y una herida de bala en el hombro, además de una brecha en la frente y numerosas contusiones en el resto del cuerpo.

–          ¿Dónde estoy? – Pregunto desorientada.

–          Tranquila, estás en nuestra clínica. – Me responde la propietaria de esa voz familiar.

Levanto la cabeza y entonces la veo, es Marta, la madre de Gonzalo, estoy en su clínica.

–          Marta. – Confirmo pronunciando su nombre en voz alta.

–          Eso es, estaba empezando a sospechar que no me recordabas. – Me contesta con voz dulce. – ¿Qué tal te encuentras?

–          Como si me hubiera pasado un tren de mercancías por encima. – Le confieso.

–          Me lo imagino, pero me refería a cómo estás emocionalmente.

–          Como si me hubiera pasado un tren de mercancías por encima. – Le repito lanzando un gran suspiro. Algo más estable, veo que estoy en una habitación de hospital, pero no hay nadie a mi lado, tan solo Marta. – ¿Dónde está mi padre? ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

–          Llevas aquí dos días, has estado durmiendo todo este tiempo. – Me responde Marta con amabilidad. – Tu padre, tus amigas y algunas personas más están fuera, les he hecho salir para revisar tus constantes, estabas tardando mucho en despertar. ¿Quieres que avise a alguien para que venga?

–          No. – Le contesto rápidamente. Marta me mira alzando una ceja y le aclaro: – Estoy cansada, confundida y creo que a punto de volverme loca. No estoy preparada para que me hagan preguntas de las que no tengo respuesta.

–          Necesitas descansar, así que no está permitido que haya nada más que una persona en la habitación. – Me dice Marta. – Si quieres ver a alguien le puedo hacer pasar y, si prefieres estar sola, no dejaré que nadie entre.

–          Debes pensar que soy una persona horrible, ¿verdad?

–          Si te soy sincera, lo único que pienso es que estás demasiado preocupada por algo de lo que tú no tienes ninguna culpa. Creo que necesitas aclarar tus ideas, puede que te vaya bien hablar con alguien. – Marta suspira y finalmente me pregunta: – Esto tiene que ver con mi hijo, ¿verdad?  – No respondo y miro hacia a otro lado. – No sé qué habrá hecho, pero sí te puedo decir una cosa: mi hijo está enamorado de ti y lo sé porque es la primera vez que lo veo así por una chica. Lleva dos días junto a la puerta de la habitación, no se ha querido mover de aquí pese a que todos hemos insistido que se vaya un rato a casa a descansar.

–          ¿Gonzalo está aquí? – Pregunto sorprendida.

–          Sí. – Me responde. – Yasmina, quiero agradecerte lo que has hecho por Claudia. Toda mi familia estará siempre en deuda contigo.

–          No tenéis nada que agradecerme, todo ha sido por mi culpa.

–          Tú no tienes la culpa de nada, Yasmina. – Me asegura Marta. – Eres una persona maravillosa a la que admiro, has salvado la vida de mi hija y le has traído la alegría a mi hijo Gonzalo. Siempre estaré en deuda contigo, hagas lo que hagas.

–          ¿Puedes decirle a mi padre que entre?

–          Claro que sí, ya verás cómo todo va ir bien.

–          Marta, gracias por la charla. – Le digo antes de que salga de la habitación. – Me ha venido muy bien.

–          Cuenta conmigo para lo que necesites.

Marta desaparece y yo cierro los ojos tratando de mitigar el dolor, pero sin éxito alguno. Dos minutos después mi padre aparece y me mira con el rostro desencajado. Pobre hombre, su hija no deja de darle disgustos.

–          Perdóname, papá. – Le digo con lágrimas en los ojos. – Te prometo que nunca más te haré pasar por algo así.

–          Eso espero, cielo. Corres el riesgo de que me dé un infarto. – Me responde abrazándome con cuidado. – ¡Contigo no gano para disgustos! – Bromea. – ¿Cómo estás, pequeña?

–          He tenido días mejores. – Le respondo sonriendo.

–          Cielo, Bruce me ha contado todo lo que ha pasado y he visto a Gonzalo…

–          Lo sé, Marta me ha dicho que lleva dos días aquí. – Le interrumpo. – Si te soy sincera, tengo miedo, papá.

–          Si no te arriesgas, no ganas. – Me recuerda mi padre. – Gonzalo tiene un pasado que todo el mundo conoce, igual que tú también tienes un pasado. Tú tampoco te has querido comprometer con nadie, en cuanto la cosa se ponía seria con algún chico lo despachabas, pero los dos podéis tener un futuro juntos si así lo deseáis. – Mi padre suspira y, un poco incómodo, añade: – También sé lo de esa pelirroja, ya conoces a Lorena, se entera de todo y le gusta dejar las cartas sobre la mesa.

–          Debería hablar con las chicas.

–          Las haré pasar una a una, la doctora ha sido muy estricta con las visitas y nos ha prohibido agobiarte. – Me dice mi padre divertido. Me besa en la mejilla a modo de despedida y añade: – No creo que me dejen volver a entrar, ahí fuera hay demasiada gente que quiere verte. Pero mañana a primera hora de la mañana estaré aquí y quiero ver una gran sonrisa en tu hermosa cara.

–          Lo intentaré.

Mi padre sale de la habitación y las lágrimas que estaba tratando de contener se escapan de mis ojos. Adoro a mi padre, es un buen hombre y tiene mucha paciencia conmigo.

La siguiente en entrar es Lorena. Por su gesto intuyo que se está mordiendo la lengua y es que ella es así: no puede callarse nada que le pase por la cabeza, aunque ahora está haciendo un gran esfuerzo.

–          Venga, suéltalo o explotarás. – Me mofo.

–          Me han prohibido abrir mi bocaza, de lo contrario mañana no me dejarán entrar a verte a tu nueva habitación. – Me dice refunfuñando.

–          Estamos las dos solas, nadie se enterará y, si no eres demasiado mala conmigo, te prometo que no se lo diré a nadie. – Le contesto divertida.

–          Está bien, te lo diré de una forma suave y delicada. – Me responde burlonamente. – Creo que eres idiota por dos motivos, bueno, puede que por más de dos motivos, pero sobre todo por dos de ellos.

–          Creo que tendrás que explicarte algo mejor, estoy sedada y me he llevado más de un golpe en la cabeza. – Bromeo.

–          Para empezar, no me puedo creer que te escaparas de casa de Gonzalo para reunirte con James e intercambiarte con Claudia. Debiste decirlo, has podido morirte y de paso nos hubieras matado a todos. – Me dice Lorena con la voz temblorosa y con lágrimas en los ojos que amenazan con derramarse por sus mejillas. – Todos estamos bastantes histéricos, sobre todo Gonzalo. – Me mira a los ojos y me dice – Nadie sabía por qué habías desaparecido, Mike dijo que tú le habías comentado esa misma mañana que habías visto a Gonzalo la noche anterior con una chica pelirroja que lo besaba, así que al principio todos creyeron que te habías ido por eso, pero Derek dijo que no tenía ninguna lógica, si hubieras querido irte se lo hubieras dicho y él y sus agentes te hubieran seguido.

–          Mi padre y Marta me han dicho que Gonzalo está al otro lado de la puerta y que no se ha movido de ahí en los dos días que hace que llegué. – Comento tratando de averiguar cualquier cosa que consiga animarme un poco. – Todo era perfecto y ahora ni siquiera sé lo que va a ser de nosotros.

–          Mientras que tú has estado durmiendo, yo he estado haciendo los deberes. – Me responde divertida. – Obviamente, lo primero que he hecho es averiguar todo lo posible sobre esa tal Alexia o, como tú la llamas, la arpía pelirroja.

–          ¿Qué has averiguado? – Quiero saber.

–          Según parece, la tal Alexia era una de las amiguitas de Gonzalo. – Empieza a decir Lorena. – Tanto Claudia como Esther me han asegurado que Gonzalo no tiene el menor interés por Alexia, bueno ni por Alexia ni por ninguna otra chica. Eres la única a la que ha llevado a su casa y, más importante todavía, eres la única chica que ha presentado a su familia. Ese chico te quiere, de eso no me cabe duda.

–          Vi cómo se besaban. – Titubeo.

–          Ella se le echó encima y él la echó después de dejarle claro que estaba contigo y que lo vuestro iba en serio. – Me asegura Lorena. – El pobre está fatal, no ha querido moverse de aquí pese a que todos hemos insistido en que se vaya a casa a descansar unas horas y pese a que cree que no vas a querer saber nada de él. Y eso por no mencionar lo irritable que está, nos lo turnamos para soportarlo. – Añade bromeando. – Dime, ¿qué piensas hacer?

–          No lo sé, no he querido pensar en ello. – Le confieso con un hilo de voz.

–          Todo va a salir bien Yas, ya lo verás. – Me da un beso en la mejilla y añade a modo de despedida – Tengo que irme, los demás también quieren pasar un rato a saludarte, pero vendré mañana de nuevo. Llámame si necesitas algo.

Lorena me da otro beso en la mejilla y se marcha. Apenas tres segundos después, aparece Rocío sonriendo, pero su sonrisa se desvanece al ver mi aspecto.

–          ¡Estás horrible! – Exclama sin pensarlo dos veces.

–          Gracias, tú también estás genial. – La saludo con sarcasmo.

–          Quiero abrazarte pero me da miedo hacerte daño. – Me dice sin saber qué hacer, si acercarse o mantenerse a una distancia prudente.

–          Ven aquí y dame un beso, anda. – Le digo divertida. – ¿Cómo te va con tu vecino?

–          No te lo vas a creer, ¡es perfecto! – Exclama emocionada. – Es un tipo estupendo, me trata como una princesa y es un amante muy generoso y complaciente.

–          Así que ya te lo has tirado, me he perdido muchas cosas últimamente.

–          Sí, muchas veces. – Me dice burlonamente. – En cuanto te recuperes, te lo presentaré, estoy segura de que te va a caer muy bien.

–          Seguro que sí.

–          Debo regresar, la doctora no nos deja estar más de unos minutos contigo, así todos podrán verte. – Rocío me besa a modo de despedida y añade – La doctora también nos ha prohibido hablarte de cualquier cosa que pueda alterarte, pero siento que es mi obligación decirte que Gonzalo no se ha movido de aquí desde que llegaste y que te quiere, Yas.

Asiento con la cabeza sin decir nada y Rocío se marcha tras dedicarme una sonrisa. Respiro profundamente tratando de calmarme antes de recibir la siguiente visita. La puerta se abre y aparece Paula. Fuerza una sonrisa en cuanto me ve cubierta de vendas y cables conectados a varias máquinas.

–          No te preocupes, estoy bien. – Le digo sonriendo. – Al menos todo lo bien que se puede estar después de lo que ha pasado.

–          Has sido muy valiente. – Me dice Paula al mismo tiempo que me saluda besándome en la mejilla. – Pero también has sido una irresponsable, nos tenías a todos con el corazón en vilo. – Me reprocha con dulzura. – Tu padre y Gonzalo lo han pasado fatal. A tu padre le pudimos convencer para que descansara, pero a Gonzalo no ha habido quien le convenza para que se marchara a casa, ese chico está muy enamorado de ti.

–          ¿Os habéis puesto de acuerdo para hacer campaña en favor de Gonzalo? – Le replico molesta, cansada de que todos lo adoren como si fuera un santo cuando yo misma le vi con mis propios ojos besando a otra.

–          No tengo por qué hacer campaña en favor de Gonzalo, solo te estoy diciendo lo que veo, y lo que veo es que Gonzalo te quiere. – Me contesta Paula. – No puedo decirte lo que debes hacer, pero sí puedo recordarte que hicimos un trato, prometimos dejarnos llevar por nuestros sentimientos y hacer lo que de verdad deseamos. Yo lo he hecho y la verdad es que me va bastante bien.

–          Tú siempre has sido la más prudente de las cuatro, ¿crees que debería dejarme llevar pese a que le vi besando a otra?

–          Ni siquiera le has dejado que te explique qué ocurrió y, según he oído, se comportó como un hombre comprometido contigo. – Contesta Paula con dulzura. – Solo quiero que seas feliz y nunca te he visto tan feliz como cuando estás con él.

–          ¿Quién está esperando ahí fuera? – Le pregunto cambiando de tema.

–          Tu padre, nosotras, Derek, Bruce, Gonzalo, Claudia, Esther y Roberto.

–          Vaya, ¿los conoces a todos?

–          Han sido cuarenta y ocho horas muy largas e intensas, nos ha dado tiempo a hablar y conocernos un poquito. – Me dice sin dejar de sonreír. – ¿A quién quieres que le diga que pase primero?

–          Me da igual, como quieran ellos.

Paula se marcha y en su lugar entra Claudia, la hermana de Gonzalo. Se acerca a mí sonriendo con dulzura, me besa en la mejilla y me dice:

–          Seré breve, hay mucha gente que quiere saludarte y no queremos cansarte demasiado. Sé lo que hiciste por mí, me salvaste la vida y te lo agradezco, aunque todavía no entiendo cómo pudiste estar tan loca para hacer algo así. – Suspira profundamente y añade algo incómoda: – Sé que no es asunto mío, pero tengo que decirte que Alexia no significa nada para Gonzalo y que, desde que te vio por primera vez no ha estado con ninguna chica y esto no te lo digo porque él me lo haya pedido, él ni siquiera ha querido hablar del tema con nadie, te lo digo porque lo sé con seguridad y yo no mentiría a alguien que me ha salvado la vida y con quien estoy en deuda. Y, si no te importa, te agradecería que no le digas a mi hermano que te he dicho nada de esto o me matará.

–          No te preocupes, seré una tumba. – Le aseguro.

Claudia se despide de mí y después recibo la visita primero de Esther, la mejor amiga y secretaria de Gonzalo. La visita de Esther es rápida, tan solo quiere saludarme y desearme que me recupere pronto, pero cuando está a punto de marcharse, me dice:

–          No seas demasiado dura con él, lo está pasando bastante mal.

No hace falta que me diga de quién está hablando, todos hablan de él pero él no aparece. Asiento con la cabeza y veo salir a Esther sonriendo. Pocos segundos después entra Roberto, el mejor amigo y abogado de Gonzalo. Su visita también es breve, al igual que Esther, se interesa por mi salud. Pero ante de marcharse, Roberto se vuelve hacia a mí y me dice divertido:

–          Haznos un favor a todos y arréglalo con Gonzalo, está insoportable y nos está volviendo loco a todos.

Le dedico una sonrisa pero, como al resto de las visitas que he recibido, no le prometo nada, no sé cómo va ir la visita de Gonzalo si es que llega a visitarme porque he visto ya a ocho personas y ninguna de ellas era él.

El siguiente en entrar es Derek. Su cara me lo dice todo, está enfadado porque no le dije nada, no le dije que había recibido la llamada de James y decidí actuar por mi cuenta.

–          Lo sé, fui una estúpida e inconsciente. – Me adelanto. – Sé que tendría que habértelo dicho, pero no podía arriesgarme a que James le hiciera daño a Claudia.

–          Afortunadamente, todo ha salido bien. – Zanja la cuestión Derek. – Descansa, recupérate y, cuando estés preparada, ven a verme a Londres, tendremos asuntos que arreglar allí y debes estar presente. Debo regresar a Londres esta misma noche, pero llámame si necesitas algo o si simplemente te apetece hablar.

–          Estaré bien, te llamaré en unos días e iré a Londres a verte. – Le aseguro.

–          Mike te envía recuerdos, él también esperará en Londres tu visita. – Me dice antes de despedirse.

Observo a Derek marcharse y me quedo mirando la puerta. Ya solo quedan Bruce y Gonzalo, pero me da a mí que el siguiente en entrar será Bruce. Y no me equivoco. La puerta se abre y tras ella aparece Bruce. Sonrío al recordar que cuando lo conocí me daba miedo, es un tipo serio y con cara de pocos amigos, además de ser un hombre de tamaño considerable y lleno de músculos.

–          Estás como una cabra. – Me saluda Bruce divertido. – Aunque te adelanto que a Gonzalo no le ha hecho ninguna gracia.

–          ¿Está muy enfadado? – Me atrevo a preguntar.

–          Está enfadado, pero consigo mismo. – Me contesta Bruce. – Se siente culpable por lo que ha pasado, está preocupado por ti y también tiene miedo de lo que tú pienses y de la decisión que hayas podido tomar. En conclusión, está insoportable y nosotros tenemos que sufrirlo. – Me dice divertido. – Hagas lo que hagas, quiero que sepas que aquí tienes un amigo para lo que quieras.

–          Gracias, Bruce. – Le digo con un hilo de voz. – Siento todo lo que ha pasado y haberos metido en todo esto.

–          Tú no tienes la culpa de nada, solo has hecho lo que tenías que hacer. – Me asegura Bruce. – Eres una buena persona, Yas.

–          Querrás decir que soy un desastre. – Le corrijo. – ¿Puedo preguntarte algo, Bruce?

–          Lo que quieras.

–          ¿Qué hay exactamente entre Gonzalo y Alexia?

–          Eso debería explicártelo él, pero te adelantaré que no tienes nada de lo que preocuparte, Alexia no significa nada para Gonzalo. Él se enamoró de ti el primer día que te vio y desde entonces no ha tenido ojos para nadie más, y lo sé porque prácticamente paso las veinticuatro horas del día con él.

–          Entonces, ¿por qué le vi besando a otra?

–          Fue ella quien le besó a él y Gonzalo le puso las cosas claras y la echó. – Me asegura Bruce. – Hace muchos años que lo conozco y nunca le había visto así por ninguna chica, te quiere de verdad y desde que estáis juntos le veo feliz.

–          ¿Va a entrar a verme? – Le pregunto temiendo que su respuesta sea un no rotundo.

–          Sí, a menos que tú no quieras. – Me responde Bruce escudriñándome con la mirada. – Ha dejado que todos pasemos antes porque Marta solo deja entrar a una persona en la habitación y Gonzalo tiene previsto no moverse de aquí, así que, a menos que tú no quieras, sí, Gonzalo va a entrar a verte.

–          De acuerdo. – Le respondo.

–          ¿Quieres que le diga que entre? – Me pregunta sonriendo. Asiento con la cabeza y añade sin dejar de sonreír – No seas demasiado dura con él, lo único que quiere es cuidar de ti.

Tras pronunciar esas palabras, Bruce me sonríe, da media vuelta y se marcha cerrando la puerta de la habitación tras él.

Pienso en todo lo que me han dicho todas las personas que han entrado a verme, incluidas mis amigas y mi padre. Todos han dicho lo mismo aunque con distintas palabras: Gonzalo me quiere. Entonces, ¿por qué estoy tan aterrada? ¿Por qué siento tanto miedo a que me rechace? Porque lo amo y tengo miedo a perderle, esa es la única respuesta.

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