mesdiciembre 2016

Solo tuya 5.

Solo tuya

“No es que yo esté en contra del mundo, lo que sucede es que cuando yo llegué a él, el mundo ya iba en la dirección contraria.” Lord Demented.

Es viernes y estoy hecha un manojo de nervios. Llevo toda la mañana encerrada en mi despacho tratando de recopilar todos los informes sobre la iniciación de la obra y los avances de la semana, pero no puedo dejar de pensar en lo que Rubén me dijo el lunes por la noche cuando salimos a cenar. Seguí el consejo de Rocío y decidí investigar un poco a Gonzalo. Y, aunque me pese reconocerlo, Rubén tenía razón en muchas cosas. Gonzalo Cortés es uno de los solteros de oro de la ciudad, del país y me atrevería a decir que también del planeta. También es cierto que no se le conoce ninguna novia oficial, pero sí había millones de rumores circulando por internet que le atribuían miles de parejas sexuales, en las que se incluyen modelos, actrices, cantantes, presentadoras de televisión, etc. Ya se sabe lo que dicen: cuando el río suena, agua lleva. Gonzalo había concedido varias entrevistas a los medios de comunicación, pero en ninguna hablaba de su vida personal, tan solo habla a rasgos generales sobre negocios. En todas las entrevistas se muestra carismático y encantador, pero siempre firme, seguro de sí mismo e indescifrable. En algunos foros he encontrado comentarios en los que dicen que Gonzalo Cortés es una especie de Christian Grey, del libro de 50 sombras de Grey. Es cierto que es un hombre joven, muy atractivo, imponente y extremadamente rico, pero dudo mucho que haya un Christian Grey suelto por el mundo… También hablé con mi padre antes de que se marchara de nuevo a Madrid y me confirmó que Gonzalo Cortés había pedido expresamente que yo me ocupara personalmente de su proyecto alegando que le había plasmado exactamente la casa que él quería. Según mi padre, le respondió que tenía que confirmar si era posible y Gonzalo le ofreció una bonificación del 10% del coste de la obra, por lo que supondría una bonificación superior a 1 millón de euros. Obviamente, mi padre aceptó.

Sabiendo todo esto, lo hablé con las chicas y les pedí su opinión. Bueno, menos con Paula que tenía no sé qué importante en el trabajo y no pudo venir a casa.

–          ¿Y qué más da lo que él quiera? – Me preguntó Lorena encogiéndose de hombros. – Eres tú quién decide. Si quieres tirártelo, tíratelo. Y, si no quieres, limítate a encargarte del proyecto y dame su número que ya lo consuelo yo.

–          Yo te aconsejo que te dediques a hacer bien tu trabajo y nada más. – Me dice Rocío con la seguridad implacable que emana su tono de voz. – Puede que las reuniones con él no sean como el resto de las reuniones, pero tú misma has dicho que es un tipo impresionante y muy atractivo, casi como un Dios, ninguna persona que se reuniera con él describiría la reunión como algo normal. Por otra parte, ha sido educado y profesional,  no te ha propuesto nada indecente, aunque eso tampoco significa que no lo piense. En resumen, que un tipo como él no necesita gastarse más de diez millones de euros en echar un polvo.

Al final llegamos a la conclusión de que no tenía por qué pensar en buscar soluciones a un problema que ni siquiera se había producido. También hablé de Rubén con las chicas y de su reacción la noche del lunes cuando hablamos de Gonzalo. En esa ocasión y sin que sirva de precedentes, tanto Rocío como Lorena estuvieron de acuerdo:

–          Está celoso. – Dijeron las dos a coro, se miraron y se echaron a reír como dos colegialas.

–          A mí no me hace ninguna gracia. – Les reproché.

–          Eso es porque llevas demasiado tiempo sin follar. – Me replicó Lorena y ambas volvieron a echarse a reír.

Yo me limité a rodar los ojos y seguir dándole vueltas a la cabeza, que es lo mío. No tenía de qué preocuparme porque Gonzalo no había intentado seducirme ni me había sugerido que nos fuésemos a ningún hotel como hace con las chicas con las que sale, así que todo era de lo más normal excepto la intensidad con la que me miraba y la alteración del ritmo de los latidos de mi corazón cuando lo veía o hablaba con él por teléfono.

Y aquí estoy, encerrada en mi despacho desde las nueve de la mañana tratando de trabajar un poco y lo único que he conseguido es no dejar de pensar en Gonzalo. Y la conversación que tuve con él ayer tampoco me ayudó mucho. Gonzalo me llamó ayer por la tarde para confirmar la reunión de hoy, tal y como me dijo que haría. Me propuso que fuéramos a comer al Future, el restaurante lujoso donde nos reunimos la primera vez, y yo acepté encantada. Quedó en pasar a recogerme a la una y, antes de colgar, añadió: “No veo la hora de que llegue mañana.” La frase podía haberse interpretado de muchas maneras: “Estoy ansioso por saber cómo va la obra”, “me muero de ganas de ir a comer de nuevo al Future” y, la que a mí más me gustaba aunque jamás lo reconocería delante de nadie, “no veo la hora de que llegue mañana para verte y quizás, con un poco de suerte, comerte entera.”

Mi teléfono móvil empieza a sonar y me saca de mis divagaciones. Cojo el móvil del bolso y me sorprendo al ver el nombre de Isaac en la pantalla. Se supone que está en China, ¿qué querrá?

–          Debes echarme mucho de menos si me llamas desde Shanghái. – Bromeo nada más descolgar.

–          Por supuesto que te he echado mucho de menos, princesa. – Me responde Isaac con su buen humor habitual. – Sé que la llamada me va a costar un dineral, pero merecerá la pena si aceptas mi proposición.

–          ¿Una proposición? Espero que sea indecente… – Le provoco.

–          No hagas eso cuando estoy a miles de kilómetros. – Me advierte.

–          ¿A qué te refieres? – Me hago la tonta.

–          No me provoques, princesa. – Me ordena con la voz ronca. – Te llamo porque tengo que hacer un viaje relámpago a Barcelona, el sábado tengo que asistir a una gala benéfica en la que participa mi empresa y me gustaría que me acompañases. Puede que sea un poco aburrido, pero te prometo que huiremos tan pronto nos sea posible. Sé que no es el mejor plan, pero solo estaré una noche en España, el domingo regreso a Shanghái.

–          A mí me parece un plan estupendo. – Le respondo alegremente.

–          Gracias princesa, te debo una. – Me dice Isaac también contento. – Pasaré a buscarte por casa el sábado a las siete y media de la tarde hora española, se puntual o todos los medios de comunicación nos señalarán con el dedo por ser los últimos en llegar.

–          Yo siempre soy puntual. – Me defiendo.

–          Te veo mañana, princesa. – Se despide de mí antes de colgar.

Me dejo caer en el sillón y respiro profundamente. Con Isaac siempre me he sentido cómoda porque ambos sabemos lo que quiere el otro y lo que podemos esperar del otro. No es un amigo al que le cuento mis problemas ni le pido opinión o consejo, tampoco quedamos para salir a cenar, ir al cine o tomar un café, los dos preferimos quedarnos en casa, ya sea la de él o la mía, cenar cualquier cosa que sirvan a domicilio y disfrutar de una noche apasionada.

El teléfono del despacho empieza a sonar y contesto rápidamente al ver que es Susana.

–          Yas, el señor Cortés ha venido a buscarte.

–          Salgo en un minuto. – Le respondo antes de colgar.

A toda prisa, saco un pequeño espejo del bolso y un neceser de viaje y me retoco el maquillaje antes de salir del despacho. Dos minutos más tarde, aparezco por la recepción y me encuentro a Susana sonriendo con cara de tonta mientras le dice a Gonzalo que la señorita Soler llegará en un minuto. Observo a Gonzalo con descaro aprovechando que está mirando en dirección contraria y aún no me ha visto. Lleva puesto un traje gris oscuro de Hugo Boss, una camisa blanca y una corbata del mismo tono gris que el traje. Está impresionante, como siempre. El ruido de mis tacones chocando contra el suelo de parqué de la oficina me delata y Gonzalo da media vuelta y me ve. Su intensa mirada me paraliza las piernas y me quedo quieta a escasos dos metros de él, pero en sus labios se dibuja una sonrisa arrebatadora que, lejos de hacerme sentir incómoda, me relaja.

–          Buenos días, aunque a estas horas podríamos decir buenas tardes. – Me saluda Gonzalo de buen humor y se acerca a mí, colocándome una mano en la cintura para besarme en la mejilla.

–          Buenos días, Gonzalo. – Lo saludo. – Yo no digo buenas tardes hasta tener el estómago lleno. – Bromeo.

Gonzalo me sonríe y me hace un gesto para que camine delante de él en dirección al ascensor. Al pasar por delante de la recepción, me cruzo con la mirada curiosa de Susana y le digo sonriendo:

–          Nos vemos el lunes, Susana. Que pases un buen fin de semana.

Susana me fulmina con la mirada, va a tener que esperar al lunes para poder someterme a su interrogatorio.

Subimos en el ascensor y pulso el botón de la planta baja en el mismo momento en que Gonzalo hace lo mismo y nuestras manos se rozan provocándome una pequeña descarga eléctrica que no solo noto yo, pues ambos retiramos la mano con rapidez.

–          Menudo calambrazo. – Comenta Gonzalo divertido pulsando el botón del ascensor. Y me alegro de ello porque yo no pensaba volver a repetir semejante calambrazo. Se vuelve hacia a mí y, dedicándome una sonrisa macarra que me derrite, añade: – Hay mucha electricidad estática en los ascensores.

Y también mucha tensión sexual, pero eso no se lo digo y me limito a sonreír tímidamente. Por suerte el trayecto en ascensor apenas dura un minuto y respiro tranquila cuando las puertas se abren y salimos al hall del edificio. Gonzalo coloca su mano en mi espalda y me sonríe mientras atravesamos la puerta principal del edificio. Sin retirar su mano de mi espalda, me guía hacia el BMW X6 negro parado en doble fila donde Bruce nos espera sentado en el asiento del conductor. Gonzalo abre una de las puertas traseras, entro en el coche y él entra detrás de mí.

–          Llévanos al Future, Bruce. – Le dice Gonzalo ahora con el rostro indescifrable.

Bruce asiente con la cabeza, enciende el motor del coche y se incorpora a la circulación para llevarnos al Future. Apenas veinte minutos después, estamos entrando en el restaurante y uno de los camareros nos acompaña a un pequeño salón privado con un ventanal enorme con vistas a la ciudad. Es un salón distinto al salón donde estuvimos la otra vez, es más pequeño y mucho más íntimo. El otro salón tenía una decoración más fría, más destinado a reuniones de negocios, pero este es más personal, aunque tampoco podría decir que es romántico. Tan solo más íntimo.

Tras echar un vistazo a la carta y decidir qué vamos a pedir, Gonzalo se quita la americana y la corbata, se desabrocha los dos primeros botones de la camisa y se sube las mangas hasta los codos. Me mira con la misma intensidad de siempre y me pregunta con tono despreocupado:

–          ¿Qué tal ha ido la semana?

–          Pues ha sido muy productiva. – Respondo tratando de parecer lo más profesional que puedo teniendo en cuenta que estoy tan nerviosa que me tiembla todo el cuerpo y estoy segura de que él puede percibirlo. – Si todo va bien, en un plazo estimado de entre dos y tres meses podremos tener tu casa terminada por completo, preparada para entrar a vivir.

–          ¿Tres meses? – Me pregunta sorprendido y creo que decepcionado.

–          Bueno, es una obra de grandes dimensiones y lleva su tiempo. Tenemos a los obreros trabajando día y noche y Rubén Vázquez está supervisando personalmente la obra. No va a poder estar terminada antes de que llegue julio, pero te aseguro que el uno de agosto ya podrás disfrutar de tu nueva casa.

–          No tengo tanta prisa, no pensaba mudarme hasta pasado el verano. – Me dice frunciendo el ceño. – ¿Va todo bien, Yasmina?

–          ¿A qué te refieres?

–          No sé, estás nerviosa, no pareces sentirte cómoda y no sé si he hecho o dicho algo que haya podido molestarte o…

–          Todo va bien. – Le interrumpo. – Disculpa si he podido causarte esa impresión, he tenido una semana complicada. Pero no tienes nada de lo que preocuparte, tu casa tiene prioridad y ya he avanzado un poco por mi cuenta. – Le respondo resuelta y tratando de serenarme. – He contratado a un decorador interior que nos dará ideas y he pensado que quizás te gustaría estar presente y escuchar sus ideas.

–          Eso es estupendo, ¿cuándo podré conocerle? – Me pregunta él también más relajado.

–          Pues he quedado con él el lunes a las diez en mi despacho, pero si no te va bien podemos cambiar la cita.

–          Si no te importa, preferiría que nos reuniéramos en mi despacho, está a un par de manzanas de tu oficina. – Me responde resuelto. – Tengo una reunión importante a primera hora de la mañana y así me aseguro de no llegar tarde.

–          No hay problema, el lunes a las diez en tu oficina. – Le confirmo.

–          Da gusto hacer negocios contigo, haces que todo resulté fácil y cómodo. – Comenta Gonzalo mostrándome su sonrisa más sexy. – Si no tienes prisa, luego puedo enseñarte la oficina.

–          Gracias, pero no será necesario. – Le agradezco. – Me diste una tarjeta de visita en la que seguro aparece la dirección de tu empresa y, si está a un par de manzanas de mi oficina, no creo que me cueste encontrarla.

Un camarero nos trajo la comida y yo empecé a poner al corriente a Gonzalo de todo lo que habíamos avanzado esta semana. Por suerte, los informes que Rubén me enviaba por correo electrónico detallaban minuciosamente el proceso del proyecto descrito día a día y no había tenido que hablar con Rubén cara a cara. Lo sé, estoy con él como antes, pero esta vez no se trata de que me dé vergüenza hablar de un casi beso, ahora el motivo es que si lo veo le diré de todo menos bonito y no creo que eso nos ayude a arreglar la situación, más bien todo lo contrario. Gonzalo se muestra cordial y correcto en todo momento y yo cada me siento más relajada y cómoda con él.

Cuando estamos tomándonos el café, mi teléfono móvil empieza a sonar y lo pongo en silencio avergonzada, debería haberlo apagado.

–          No pasa nada. – Me dice Gonzalo fijando su intensa mirada en mí. – Puede que sea importante.

Sin saber muy bien por qué, decido contestar.

–          ¿Sí?

–          Yas, tenemos que hablar. Gabinete de crisis privado y urgente. – Me responde Lorena desde el otro lado del teléfono. – Te necesito, Yas. A ti y a una botella de tequila.

–          Dime que no has hecho lo que estoy imaginando. – Le ruego.

–          Si quieres te lo digo, pero sería mentira. – Me responde Lorena lanzando un gritito nervioso que no sé muy bien si es una risa o un quejido. – ¿Vienes a verme?

–          Ahora mismo estoy en una reunión, pero te llamo cuando termine y voy a verte. – Le confirmo.

–          ¿Me traerás una botella de tequila?

–          Iré con dos, una para ti y otra para mí.

–          Oye, ¿estás con el cliente buenorro?

–          Tengo que colgar. – La corto.

–          Eso significa que sí. – Adivina Lorena. – Estoy segura de que tienes las bragas húmedas y que has estado todo el tiempo pensando en cómo sería…

–          Tengo que colgar, Lorena. – La interrumpo controlándome para no decir nada grosero que asuste a Gonzalo. Cuelgo sin más despedida y me disculpo con Gonzalo: – Lo siento, estoy rodeada de lunáticos.

Gonzalo me dedica una sonrisa y le da un trago a su café antes de decir:

–          A veces los que parecen más locos son los que están más cuerdos.

No puedo evitar soltar una carcajada al imaginarme a Lorena repitiéndome una y otra vez que me acueste con él y así dejaré de darle vueltas a la cabeza. ¿Puede que ella, por muy loca que parezca, tenga razón y acostarme con Gonzalo sea lo más cuerdo?

–          Yasmina, ¿te encuentras bien? – Me pregunta Gonzalo preocupado, sacándome de mis divagaciones.

–          Sí, perdona, solo estaba pensando en lo que acabas de decir. – Le respondo ruborizada.

–          ¿Estás pensando en hacer una locura y tratas de utilizar mis palabras para justificarlo? – Me pregunta divertido.

–          Suena tentador, créeme, pero me temo que en mi caso no es una buena opción. – Le respondo mostrándome coqueta.

El alcohol me desinhibe y las tres copas de vino que me he tomado han sido suficientes como para soltarme la melena y hablar más de la cuenta.

Uno de los camareros entra en el pequeño salón para retirar los cafés y Gonzalo le pide la cuenta y espera a que el camarero se retire para decirme:

–          Creo que tienes prisa y, si queda algo pendiente lo podemos hablar el lunes cuando nos reunamos con el decorador y, si necesitas localizarme con urgencia, siempre puedes llamarme al móvil.

–          De acuerdo, lo tendré en cuenta. – Le aseguro.

El camarero regresa poco después con la cuenta y Gonzalo paga con su tarjeta de crédito para después ponernos en pie y salir del restaurante. Cuando atravesamos la puerta del Future, Bruce está esperando a Gonzalo en el BMW X6 y Gonzalo, colocando su mano sobre mi espalda, me guía hacia el coche mientras me dice en un susurro:

–          Permítenos llevarte a donde tengas que ir, deja que te compense por nuestras reuniones impredecibles.

–          No quiero molestar…

–          No es ninguna molestia. – Me interrumpe al mismo tiempo que abre la puerta trasera del vehículo y me insta a subir. – ¿A dónde le digo a Bruce que nos lleve?

–          A la calle Valencia con Paseo de Gracia. – Le contesto.

–          ¿Vives allí? – Me pregunta Gonzalo tras repetirle la dirección a Bruce.

–          Vivo cerca, pero no voy a mi casa.

–          Claro, es viernes por la tarde y debí suponer que una chica como tú tendría planes. – Me contesta serio y con el ceño fruncido.

–          ¿Acaso un hombre como tú no tiene planes un viernes por la noche? – Le pregunto sin que se perciba el tono de reproche. Por alguna absurda razón me lo he imaginado con una mujer entre sus brazos y me he puesto de mal humor.

–          Yo no suelo hacer planes, me gusta improvisar. – Me dice escrutándome con la mirada.

–          ¿Nunca has planeado hacer algo? – Le pregunto incrédula. – Y me refiero a alguna cosa no relacionada con el trabajo. ¿Qué haces cuándo llega el fin de semana? ¿No llamas a tus amigos y salís a tomar unas copas?

–          No suelo salir a menudo. – Me contesta encogiéndose de hombros. – Acudo a algún evento social en los que colaboro y también a alguna fiesta a las que algún cliente me invita, pero prefiero las fiestas privadas. – Me dedica una sonrisa macarra que me derrite y añade casi en un susurro: – Cuando la casa esté terminada, lo celebraremos con una fiesta privada.

Esas palabras no tienen mucho de especial, pero el tono con el que las ha pronunciado ha sido muy sugerente. Cuando se refiere a celebrarlo con una fiesta privada, ¿se refiere solo a él y a mí? Estoy a punto de abrir la boca para preguntárselo cuando Bruce anuncia:

–          Ya hemos llegado.

–          Nos vemos el lunes en mi oficina. – Me susurra a modo de despedida y me besa en la mejilla, un beso que dura más de lo políticamente correcto. – Llámame si surge cualquier contratiempo.

–          Nos vemos el lunes y, no te preocupes por nada, todo irá bien. – Le dedico una sonrisa coqueta y añado: – Disfruta del fin de semana.

Gonzalo me dedica su sexy sonrisa de macarra y yo bajo del coche y me alejo de allí sin volver la vista atrás. Cuando llego al portal del edificio en el que vive Lorena, miro hacia el Paseo de Gracia pero ya no veo el BMW que conduce Bruce. Gonzalo se ha ido.

Entro en casa de Lorena y me la encuentro de pie en el hall mirándome de arriba abajo con el ceño fruncido.

–          ¿Dónde está la botella de tequila que ibas a traer? – Me pregunta haciendo un mohín.

–          Ups. – Es lo único que puedo decir. Estar con Gonzalo me nubla la razón y al parecer también me borra la memoria. – Lo siento, se me ha olvidado. – Me disculpo. – Bajo a comprar en un momento.

–          No, déjalo. – Me dice Lorena restándole importancia a mi lapsus. – Creo que tienes cosas interesantes que contarme.

–          Eso debería decirlo yo, ¿no crees? – Le replico maliciosamente. – Te has tirado a tu jefe y, por si no te has dado cuenta, no es una pregunta.

–          Lo confieso, me lo he tirado. – Me confirma Lorena sonriendo de oreja a oreja. – El alemán me ha estado buscando toda la semana y al final me ha encontrado.

–          Cuéntamelo todo. – Le ordeno cogiendo un par de vasos del armario de la cocina mientras Lorena coge la botella de tequila y los hielos del congelador. Una vez servidas nuestras bebidas, nos acomodamos en el sofá y la animo a hablar: – Empieza por el principio.

–          ¿Por el principio? A ver… Estábamos en su despacho revisando una estadística en el ordenador y comparándola con los gráficos de nuestro informe cuando el aire acondicionado de toda la oficina se ha estropeado y ha empezado a hacer un calor de la muerte. – Comienza a explicarme. – Poco a poco se han ido presentando en el despacho todos los tocapelotas de la empresa para quejarse de que no se podía trabajar en aquellas condiciones, hasta que Erik se ha hartado de tanta interrupción y los ha enviado a todos a casa. Nadie se lo ha pensado dos veces y han salido todos corriendo de la oficina, ¡un viernes libre! Pero a mí me ha tocado pringar y quedarme para seguir trabajando, el informe era realmente importante.

–          Por favor, al grano. – Protesto.

–          ¿Solo te interesan los detalles truculentos? – Se mofa Lorena.

–          Por supuesto. – Respondo burlonamente.

Lorena me saca la lengua, bebe un largo trago de tequila y me sigue contando:

–          Como hacía tanto calor, Erik se había quitado la americana y la corbata, se había desabrochado un par de botones de su camisa y se había remangado las mangas hasta los codos. La vista no podía ser más excitante y a mí me entró más calor. Me subí un poco la falda del vestido y me recogí el pelo utilizando un bolígrafo de pasador. Entonces, él se me ha quedado mirando fijamente, yo le he sostenido la mirada y, pasándome la lengua por los labios y cruzando las piernas al estilo “Instinto básico”, le he incitado a hacer lo que tanto deseaba. No ha tardado en echárseme encima y lo hemos hecho como dos salvajes sobre la mesa de su despacho. – Lorena suspira profundamente y añade: – Me he corrido tres veces, Erik es una bomba sexual.

–          Oye, y ¿qué pasó después?

–          Pues nos pusimos la ropa, él se pasó las manos por la cabeza un par de veces, visiblemente nervioso y me dijo que hacía demasiado calor para seguir trabajando. Y, cuando pensaba que ya se había solucionado el tema de la tensión sexual entra nosotros y me disponía a salir de su despacho, me ha agarrado del brazo para detenerme, me ha besado apasionadamente en los labios y me ha pedido una cita.

–          ¿Una cita?

–          Sí, una cita. – Me confirma Lorena. – Literalmente, me ha dicho: “¿Tienes planes para mañana por la noche? Me gustaría tener una cita contigo.”

–          Y, ¿qué le has dicho? – Le pregunto sin poder esperar a que siga hablando.

–          No he podido decirle nada, me ha plantado otro beso en la boca y me ha dicho que pasaría a recogerme por casa mañana a las ocho de la tarde. – Me responde encogiéndose de hombros. – Así que mañana tengo una cita con mi jefe.

–          Estás como una cabra. – Le digo riendo. – ¿Te has parado a pensar en cómo puede afectar todo esto a tu trabajo?

–          Si hubiera querido escuchar reproches y sermones hubiera llamado a Paula, si hubiera querido escuchar un sabio consejo hubiera llamado a Rocío. – Me responde. – Sin embargo, te he llamado a ti.

–          ¿Y eso qué significa exactamente? – Le pregunto alzando una ceja.

–          Tú eres como yo, Yas. Un poco más discreta, pero al fin y al cabo eres como yo. – Me dice sonriendo con ternura. – Tú piensas que la vida hay que vivirla día a día, aunque últimamente estás de un humor… ¿Has pensado en lo de buscarle un sustituto a Isaac?

–          Ya que lo mencionas, te diré que Isaac me ha llamado esta mañana. – Le anuncio. – Va a venir a Barcelona a una gala benéfica en la que participa su empresa y me ha pedido que le acompañe, dice que me está echando de menos.

–          Lo dices como si eso fuese algo malo. – Comenta Lorena. – ¿No quieres que te eche de menos?

–          Es algo un poco más complicado. – Le digo removiéndome en el sofá. – No sé qué ha pasado, puede que tan solo se deba a las pocas semanas que hace que no nos vemos, el caso es que lo he notado bastante distinto, no a él, sino a su manera de hablar.

–          ¿Crees que ha podido echarte de menos más de lo que él esperaba y temes que quiera algo más contigo?

–          No lo sé. – Le confieso. – Pero lo que más me asusta es que ni siquiera yo sé qué es lo quiero, Lore. Si tuviera que dar una respuesta, no sabría qué contestar.

–          Con Isaac siempre te lo has pasado bien, pero tus ojos no brillan cuando hablas de él como brillan cuando hablas de tu nuevo cliente. – Opina Lorena. – Y que conste que solo es una observación. Por cierto, ¿no vas a contarme cómo te ha ido con él hoy?

–          No hay mucho que contar, hemos hablado de cómo va la obra y poco más.

–          No me refiero a eso. – Me reprocha Lorena escudriñándome con la mirada.

–          Es que no hay otra cosa. – Le aseguro. – Es un tipo atractivo, que consigue idiotizarme tan solo con mirarme, me impresiona como nunca antes me había impresionado otro hombre pero a la vez hace que me sienta cómoda y relajada. No sé cómo explicarlo, pero da lo mismo, Gonzalo no ha tratado de seducirme ni nada por el estilo.

Seguimos hablando durante toda la tarde hasta que a las nueve de la noche recibo la llamada de Rocío reclamándome para que vaya a cenar. Me despido de Lorena y me dirijo a mi piso donde Rocío me espera con la mesa puesta y la comida servida, ha hecho una lasaña casera que huele fenomenal.

–          Ya estoy en casa, cariño. – Bromeo poniendo voz de hombre.

–          Imbécil, la próxima vez te harás tú la cena. – Me responde enseñándome el dedo corazón. – Por cierto, ya tengo firmado el contrato de alquiler, me mudo el próximo viernes.

–          ¿Tan pronto? – Pregunto sorprendida.

–          Has hecho que me sienta en mi propia casa y te lo agradezco, pero es hora de que empiece mi nueva vida, no puedo remolonear más. – Me dice Rocío decidida.

Después de cenar y recoger la cocina, me meto en la cama y me quedo dormida nada más tumbarme.

 

Solo tuya 4.

Solo tuya

“La vida es aquello que  te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes,” John Lennon.

El lunes llegué a la oficina a las ocho de la mañana, sabía que mi padre ya estaría en su despacho y quería comentarle personalmente los avances con el proyecto de Gonzalo, pese a que ya le había informado de ello por teléfono el pasado jueves y también ayer, cuando lo llamé para preguntar qué tal le había ido el vuelo de regreso a Barcelona.

Saludo a Susana que está en la recepción y le pregunto si mi padre ha llegado.

–          Alejandro y Rubén han llegado muy temprano esta mañana, tu padre está reunido pero no sé con quién y Rubén me ha pedido que te dijera que pasaras por su despacho cuando llegaras. – Susana me escruta con la mirada y me pregunta: – ¿Va todo bien entre vosotros dos? Me da la sensación de que os estáis rehuyendo.

–          No hemos coincidido últimamente. – Miento descaradamente, le dedico una sonrisa forzada y me encamino hacia el despacho de Rubén.

Decidida a zanjar este asunto que ya empieza a hacerme sentir incómoda, llamo a la puerta de su despacho y espero a que Rubén me dé permiso para entrar.

–          Adelante. – Lo escucho decir con naturalidad desde el otro lado de la puerta.

Respiro profundamente antes de abrir la puerta y entrar en su despacho. Rubén aparta su mirada del ordenador para averiguar quién se atreve a molestarle y la sorpresa se instala en su rostro cuando me ve. Mira su reloj y después me mira a mí tratando de recomponerse. No me esperaba en la oficina tan pronto.

–          Yas, pasa. – Me dice tras aclararse la voz. – Quería hablar contigo, últimamente…

–          Últimamente me has estado rehuyendo. – Termino la frase por él.

–          Sí, supongo que sí. – Me responde avergonzado. – El caso es que necesitaba tomarme unos días de vacaciones para poder pensar con claridad.

–          Y, ¿puedo preguntar en qué has estado pensado?

–          En ti y en mí, en nosotros. – Me dice nervioso, pasándose la mano por el mentón. – La última vez que nos vimos no sé qué me pasó, pero de repente quería besarte. Sé que es una locura, te considero como una hermana pequeña y además trabajamos juntos, pero necesitaba pensar en ello sin tenerte cerca. – Rubén sonríe tímidamente y añade: – Eres una mujer joven, atractiva, inteligente e independiente, cualquiera puede sentirse atraído por ti, Yas. Y nosotros nos llevamos muy bien, pero ninguno de los dos está enamorado del otro, así que ni siquiera merecería la pena que lo intentase.

Rubén me mira esperando que diga algo y yo la verdad es que no sé qué decir, así que opto por ser sincera:

–          Me alegro de que todo haya quedado claro y que podamos seguir como antes, porque podemos seguir como antes, ¿verdad?

–          Sí. – Me contesta sonriendo ya más relajado. – ¿Comemos juntos y firmamos la paz?

–          No sé si podré, tengo una reunión con un nuevo cliente, puede que se alargue.

–          ¿El mismo cliente que está con tu padre?

–          ¿Con quién está mi padre? – Le pregunto mirando el reloj. Son las ocho y cuarto, yo no he quedado con Gonzalo hasta a las nueve.

–          Está con Gonzalo Cortés, un nuevo cliente.

–          ¿Desde cuándo está aquí? – Pregunto confusa. – No había quedado con él hasta las nueve de la mañana.

–          Habían quedado a las siete y media, ¿no sabías nada?

–          Pues no. – Contesto preocupada. – ¿Ha pasado algo y yo no me he enterado?

–          No que yo sepa. – Me responde. – Pero parece que vas a tener una respuesta pronto, están saliendo del despacho.

Rubén y yo nos levantamos y salimos del despacho, encontrándonos con mi padre, Roberto Fuentes y Gonzalo en el pasillo. Mi padre nos mira sorprendido, mueve la cabeza de un lado a otro y me pregunta:

–          ¿Cuándo has llegado?

–          Hace un rato. – Le respondo mirando a Gonzalo sin entender nada. – ¿Ocurre algo? Creía que habíamos quedado a las nueve.

–          Y así es. – Me responde Gonzalo sonriente.

–          El señor Cortés y su abogado han querido reunirse conmigo para poner algunas condiciones antes de firmar el contrato. – Empieza a decir mi padre. – Han solicitado que sea una sola persona la que se encargue de gestionarlo todo y quieren que seas tú. Y, aprovechando que Rubén está aquí y que parece que habéis dejado de rehuiros, también podéis poneros de acuerdo para empezar a preparar el terreno y buscar un arquitecto para empezar la obra cuanto antes.

–          Puedo enviar las máquinas para limpiar y preparar el terreno, pero sin planos no puedo hacer nada más. – Responde encogiéndose de hombros. – Yas, envíame la documentación por correo electrónico y solicitaré el permiso de obra al ayuntamiento para tener luz verde. – Me da un beso en la mejilla y añade: – Tengo que irme, tengo una reunión, pero te llamo luego y hablamos. – Le estrecha la mano a Gonzalo y a mi padre y se despide: – Hasta luego.

–          Yo también me marcho, tengo que arreglar unos asuntos porque debo regresar a Madrid a final de semana. – Se despide mi padre. Le lanzo una mirada de reproche, no puedo creer que vuelva a dejarme sola en la oficina. – Lo sé, Yas, pero prometo darte dos meses de vacaciones este año.

Le estrecha la mano a Gonzalo, me da un beso en la mejilla y se marcha. Me vuelvo hacia a Gonzalo y lo encuentro sonriendo.

–          Señor Cortés, señor Fuentes, pasen a mi despacho. – Les digo sin poder ocultar la mala leche que me ha entrado. Me siento en mi sillón tras la mesa de mi despacho y, señalándoles los dos sillones que quedan frente a mí, añado: – Siéntense, por favor.

–          ¿Hemos dejado de tutearnos? – Me pregunta Gonzalo mirándome y alzando una ceja mientras toma asiento. – ¿Estás enfadada conmigo?

Cojo aire y respiro profundamente tratando de calmarme y no gritar. El pobre Roberto ya parece estar bastante sorprendido y extrañado, a saber qué estará pensando y qué podría pensar si me pongo a gritar como una loca…

–          Será mejor que revisemos el contrato, Gonzalo. – Le respondo enfatizando al pronunciar su nombre.

–          Estás enfadada. – Confirma Gonzalo. – Si estás enfadada conmigo, creo que lo mejor es que hablemos del tema.

Roberto nos mira alternativamente como si estuviera viendo un partido de tenis. La verdad es que no sé si la situación le sorprende, le divierte o le incomoda, puede que un poco de las tres. El caso es que a Roberto nuestra conversación le está resultando de lo más interesante mientras que Gonzalo me mira con esa intensidad que me atonta y estoy empezando a ponerme nerviosa, muy nerviosa.

–          Has jugado sucio. – Le suelto de pronto.

–          ¿He jugado sucio? – Me pregunta confundido, sin entender nada.

–          Sí, has jugado sucio. – Le repito. – Podrías haberme preguntado si quería encargarme de todo el proyecto, podrías incluso habérmelo pedido directamente, sin embargo has optado por hablarlo con mi padre y ahorrarte la posibilidad de una negativa.

–          Tienes razón, pero soy un hombre de negocios. – Me dice encogiéndose de hombros, como si eso explicara su comportamiento.

–          Eres un manipulador. – Creía que lo estaba pensando, pero lo he dicho.

–          Si te lo hubiera preguntado, ¿hubieras dicho que sí? – Me pregunta Gonzalo mirándome a los ojos de nuevo con esa intensidad que me debilita.

–          Sí, supongo que sí.

–          De acuerdo, entonces te lo preguntaré.

–          No quiero que me preguntes nada, tan solo quiero que nos olvidemos del tema y revisemos el contrato. – Le interrumpo irritada. Me vuelvo hacia al abogado y, entregándole una copia del contrato, añado: – Aquí tienes una copia del contrato, si todo está en orden podéis firmarla e iniciaremos todos los trámites. – Miro a Gonzalo y, más relajada, le digo: – Es importante contratar a un arquitecto cuanto antes para poder comenzar la obra, necesitamos los planos de tu futura casa.

Gonzalo me sonríe y, mientras Roberto continua revisando el contrato, él me enseña un plano a escala de una casa de dos plantas y bastante grande.

–          ¿Te acuerdas de la casa que me enseñaste? – Me pregunta. Claro que me acuerdo, es la casa que siempre he querido, pero me limito a asentir. – Pues he conseguido unos planos idénticos, así que ya solo nos falta encontrar un arquitecto de confianza que acepte llevar a cabo la obra.

–          Si tenemos los planos, Rubén puede encargarse de todo lo demás. – Le aseguro.

–          Parecía muy ocupado y yo necesito construir la casa lo antes posible, ¿crees que estará dispuesto? – Me pregunta Gonzalo con serias dudas.

–          Yo me encargo de hablar con él. – Sentencio.

–          Entonces este contrato no sirve. – Nos dice Roberto levantando la vista del contrato.

–          El contrato seguirá siendo el mismo, pero le añadiríamos un anexo especificando la situación. – Le respondo.

–          Hay algo más. – Añade Roberto mirando de reojo a Gonzalo. – En cuanto a los asuntos de negocios personales, añadimos un contrato de confidencialidad, debo proteger los intereses de mi cliente.

–          Si terminas de leer el contrato encontrarás una cláusula en donde se especifica la confidencialidad del presente contrato, pero no tengo ningún inconveniente en firmar un  nuevo contrato si os quedáis más tranquilos. – Les digo encogiéndome de hombros.

–          No es necesario. – Me dice Gonzalo mirándome con intensidad y con una sonrisa provocadora en los labios.

–          Me temo que sí es necesario. – Lo corrige Roberto.

–          No hay problema, lo firmaré. – Le aseguro a Roberto.

Está siendo una reunión de lo más extraña, pero me tranquilizo al percatarme de que a Roberto también se lo parece.

–          Aquí tienes el contrato de confidencialidad. – Me dice Roberto entregándome unos papeles que saca de su maletín. – Revísalo y cuando regresemos para firmar el anexo solventamos dudas.

–          ¿Cuándo podremos empezar? – Nos pregunta Gonzalo.

–          En cuanto firmes el contrato Rubén se encargará de gestionar la solicitud del permiso de obra, las máquinas ya están preparadas para iniciar la preparación del terreno.

Gonzalo le quita de las manos de Roberto el contrato y lo firma mientras que su abogado ladea la cabeza y sonríe de soslayo.

–          Ya está firmado. – Me dice Gonzalo sonriendo. – ¿Cuándo crees que podremos iniciar las obras?

–          Con un poco de suerte, esta misma tarde. – Le respondo devolviéndole la sonrisa.

–          Gonzalo, tenemos que irnos, la reunión con los japoneses es dentro de una hora. – Le recuerda Roberto.

Gonzalo asiente con la cabeza y, poniéndose en pie, me dice:

–          Debo marcharme, pero esperaré tu llamada con las buenas noticias.

–          Te llamaré en cuanto tengamos el permiso de obra. – Le aseguro.

Roberto me ofrece su mano a modo de despedida y yo se la estrecho. Rodeo la mesa y le ofrezco la mano a Gonzalo, que me dedica una seductora sonrisa y, tras estrecharme la mano, tira de mí e inclina su cabeza para besarme en la mejilla. El rubor me sube a las mejillas y me alegro de que Roberto estuviera saliendo del despacho y no lo haya visto. Gonzalo vuelve a dedicarme una sonrisa más que seductora y yo me lo quedo mirando como un pasmarote, tratando de asimilar qué es lo que acaba de ocurrir.

–          Hasta luego, Yasmina. – Se despide Gonzalo sin dejar de sonreír.

De lo único que soy capaz es de devolverle una sonrisa y levantar la mano a modo de saludo mientras lo observo marcharse al lado de su abogado.

Cuando logro recobrar la compostura y la cordura, me siento de nuevo en mi sillón y decido empezar con los trámites. Lo primero es llamar a Rubén.

Tras discutir con él, rogarle y suplicarle, acepta hacerse cargo del proyecto si accedo a salir a cenar con él, todavía nos quedan cosas pendientes de las que hablar y de las que no me voy a librar de escuchar.

A las cinco de la tarde, Rubén me envía un mensaje: “He conseguido los permisos de obra, las máquinas ya están preparando el terreno. Organiza una reunión con Cortés mañana y que firme el anexo del contrato. Supongo que sigue en pie nuestra cena, así que pasaré a buscarte por tu casa a las nueve, se puntual.”

Sonrío al comprobar que con Rubén todo ha vuelto a ser como antes, ya no hay esa tensión entre nosotros, no desde esta mañana. Ambos estábamos más incómodos por la repercusión que un simple hecho podía causar en nuestra relación que por el hecho en sí. Por suerte todo había quedado claro entre nosotros. Le contesté rápidamente: “Gracias por conseguirlo tan rápido y seré puntual, como siempre.”

Decido llamar a Gonzalo para darle la buena noticia, aunque tengo que reconocer que esperaba ansiosa que Rubén me confirmara que había conseguido el permiso de obra para llamarlo y hablar con él. Y ahora que ya puedo darle la noticia y tengo el teléfono entre mis manos, no me decido a hacerlo. Nerviosa como una chiquilla, marco su número en mi móvil y pulso la tecla de llamada. Gonzalo contesta al segundo tono:

–          ¿Sí?

–          Buenas tardes, soy Yasmina Soler. – Le saludo.

–          Yasmina. – Repite mi nombre con voz sensual y yo me derrito. – ¿Me vas a dar buenas noticias?

–          No podrían ser mejores. – Le confirmo. – Tenemos el permiso de obra y en este mismo momento las máquinas están preparando el terreno para empezar a construir en tu solar.

–          Eso es genial, ¿cuándo podemos vernos para firmar el anexo? – Me pregunta Gonzalo.

–          Cuánto antes, las máquinas ya están trabajando en el solar y tengo que añadir que jamás antes habíamos hecho algo así sin tener todos los contratos firmados. – Le respondo.

–          Mañana tengo una reunión a primera hora, pero puedo pasar por tu oficina después, firmar el contrato e invitarte a comer. – Propone Gonzalo. – Deja que te agradezca todas las molestias que te has tomado.

–          Ven a verme mañana y ya lo hablaremos entonces. – Zanjo el tema.

–          Hasta mañana, Yasmina. – Se despide con voz sensual.

–          Hasta mañana. – Añado con un hilo de voz antes de colgar.

Este hombre me perturba. Es tan intenso que lo siento como si lo tuviera delante a pesar de estar al otro lado del teléfono. Resoplo tratando de quitarme a Gonzalo y su voz sensual de la cabeza y decido marcharme a casa.

A las nueve en punto de la noche Rubén viene a recogerme y, tras subirme en su Mazda 6 de color negro, nos saludamos dándonos un beso en la mejilla, enciende el motor del coche y nos incorporamos al tráfico de la ciudad.

Media hora más tarde estamos sentados a la mesa de un fabuloso restaurante mejicano que visitamos con frecuencia. Rubén pide unos nachos con guacamole y dos fajitas, lo mismo de siempre, y yo agradezco que se comporte con naturalidad.

–          Parece que Cortés está muy interesado en ti. – Me suelta cuando el camarero retira los platos vacíos.

–          ¿A qué te refieres?

–          Bueno, le ha pagado a tu padre una muy buena bonificación para que seas tú quien se ocupe de su proyecto. – Me responde Rubén y, al ver mi cara de desconcierto, me aclara sonriendo maliciosamente: – Ha acordado pagar un 10% más del total del precio de la obra a cambio de que seas tú quién esté al mando de todo.

–          ¿Qué? – Pregunto estupefacta. – Mi padre no me ha dicho nada.

–          Se le habrá pasado por alto, últimamente está bastante agobiado con la obra de Madrid. – Lo excusa Rubén. – Me sorprende que Cortés no te haya dicho nada, él no es un hombre que se ande con rodeos.

–          ¿Lo conoces bien?

–          Todo el mundo lo conoce, es uno de los solteros de oro de la ciudad. – Se mofa. – Me sorprende que tú no hayas oído hablar de él.

–          Pues no sabía nada de él hasta que lo conocí la semana pasada. – Le aseguro.

–          Deberías saber que es un tipo frío y calculador, tanto en los negocios como en el ámbito personal. – Me dice Rubén. – Es de los que llega solo a cualquier lugar pero siempre se va acompañado, eso sí, a un hotel. Llevar a una chica a su casa sería demasiado personal y comprometido para él.

El tono de Rubén no es nada amable, incluso me atrevería a decir que siente cierto resquemor hacia a Gonzalo, pero opto por no decir nada.

–          Debes tener cuidado con él, Yas. – Continúa diciendo Rubén. – Me preocupa que todo esto de la casa sea un absurdo juego para llegar a ti.

–          Sé cuidarme sola y no tienes nada de lo que preocuparte. – Le corto de inmediato.

–          No te enfades conmigo, solo trato de prevenirte.

–          Prevenida quedo. – Zanjo el tema.

A partir de entonces nuestra conversación empieza a ser escasa e incómoda, hasta que antes de las once de la noche, Rubén pide la cuenta y me lleva a casa en el más absoluto de los silencios. Nos despedimos con un escueto beso en la mejilla, sin mirarnos a los ojos y sin decir nada más, bajo del coche y cruzo la acera para entrar en el portal de mi edificio. Cuando entro en el ático, me encuentro a Rocío sentada en el sofá, con el portátil sobre las piernas y anotando algo en una libreta.

–          ¿Qué estás haciendo? – Le pregunto tras saludarla.

–          Paloma se ha puesto en contacto conmigo, al parecer hay un piso de alquiler a un par de manzanas de aquí con todo lo que le he pedido y es una ganga, estoy apuntando la dirección para ir mañana a verlo. – Me responde Rocío sonriendo alegremente. – Y a ti, ¿qué te pasa? Y no me digas que nada porque menuda cara traes.

–          Buf. – Me dejo caer en el sofá y añado: – Si te soy sincera, ni siquiera lo sé.

–          Empieza por el principio. – Me recomienda Rocío.

–          He salido a cenar con Rubén y todo ha ido bastante bien hasta que ha empezado a hablar de Gonzalo Cortés, el nuevo cliente del que os hablé el otro día. – Empiezo a decir. – El caso es que ha comenzado diciendo que Cortés ha pactado abonar un 10% más del total del importe de la obra para que yo me ocupe de gestionar el proyecto y ha acabado diciendo que es un mujeriego, que es de los que llevan a las chicas a pasar la noche en un hotel y al día siguiente si te he visto no me acuerdo, que si se ha empeñado en que me ocupe personalmente del proyecto es solo porque anda detrás de mí y bla, bla, bla. – Le resumo. – Al principio no he dicho nada, pero luego no he podido evitar dar mi opinión y el ambiente se ha vuelto bastante incómodo, así que Rubén ha pedido la cuenta y me ha traído a casa sin apenas mediar palabra.

–          ¿Has comprobado si es cierto lo que Rubén dice? – Me pregunta con cautela.

–          Pues no, la verdad. – Respondo encogiéndome de hombros. – Conmigo se muestra cordial y profesional y, en cuanto a lo de supervisar el proyecto, desde el primer momento dejó claro que quería a una persona que se ocupara de todo e iba a ser mi padre, si no hubiera tenido que viajar a Madrid. – Resoplo frustrada.

–          ¿Por qué crees que Rubén actúa así?

–          Y yo qué sé, después de lo de esta noche ni siquiera lo reconozco. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–          ¿Quieres que te dé mi opinión? – Me pregunta sonriendo maliciosamente.

–          Soy toda oídos.

–          A Rubén le gustas, siempre le has gustado. Puede que tú lo veas como a un hermano mayor, pero te aseguro que él no te ve de la misma forma. Se arriesgó tratando de besarte y, al ver que no estabas por la labor, ha decidido fingir que todo eso es una tontería. – Me suelta Rocío. – Por eso te ha estado rehuyendo las dos últimas semanas, probablemente necesitaba tiempo para recomponerse y pensaba que alejándose unos días de ti todo volvería a ser cómo antes y al menos conservaría su dignidad. Pero me temo que Rubén no se esperaba que a su regreso otro hombre estaría interesado en ti, le ha pillado por sorpresa y no ha sabido reaccionar.

–          Eso no tiene ningún sentido, entre Gonzalo Cortés y yo no hay que una relación profesional. – Le recuerdo.

–          Esa es mi opinión. – Me responde segura de sí misma. – Si quieres un consejo, yo antes de nada confirmaría lo de la bonificación económica por encargarte del proyecto, aunque tampoco creo que sea un motivo como para desconfiar. Y después deberías investigar más sobre él, y me refiero a su vida personal. – Me recalca. – Si Rubén tiene razón y Gonzalo Cortés es un rompebragas deberías estar informada y prevenida. Y no me malinterpretes, no te estoy diciendo que no te lo tires, tan solo te aconsejo que sepas dónde te estás metiendo.

Tras esta pequeña charla, le doy las buenas noches a Rocío y entro en mi habitación dispuesta a meterme en la cama y olvidarme de todo, mañana será otro día.

A la mañana siguiente cuando llego a la oficina Rubén no está y me siento aliviada, puede que no sea muy maduro por mi parte, pero no me apetece en absoluto encontrármelo en este momento. Mi padre está en su despacho y entro a saludarlo.

–          Buenos días, papá.

–          Buenos días, cielo. – Me saluda mi padre levantando la vista de sus papeles para dedicarme una tierna sonrisa. – Rubén se ha ido a la obra, dice que hay mucho por hacer, pero tenía entendido que tenías una reunión con Cortés esta mañana.

–          Así es, me dijo que tenía una reunión a primera hora y que vendría tan pronto como pudiera, así que debe estar a punto de llegar. – Le confirmo. – ¿Cuándo tienes que regresar a Madrid?

–          Me voy esta misma tarde y estaré fuera dos semanas. – Me responde. – Encárgate de que Rubén acabe el proyecto de Cortés cuanto antes, lo necesito en Madrid para que supervise el proyecto, las cosas se están complicando por allí.

–          No te preocupes, me encargaré de ello. – Le aseguro.

Me dirijo a mi despacho y, nada más sentarme en el sillón, Susana me llama por teléfono desde la recepción:

–          Yas, el señor Cortés y su abogado acaban de llegar.

–          Gracias, Susana. Hazlos pasar a mi despacho, por favor. – Le respondo antes de colgar.

Un minuto más tarde, Gonzalo Cortés y Roberto Fuentes asoman la cabeza por la puerta de mi despacho.

–          Buenos días, ¿podemos pasar? – Me pregunta Gonzalo sonriendo ampliamente.

–          Adelante, os estaba esperando.

Les hago un gesto con la mano para que ambos tomen asiento y, en cuanto lo hacen, Roberto Fuentes va directo al grano:

–          ¿Has leído el acuerdo de confidencialidad? – Gonzalo lo fulmina con la mirada y él se defiende diciendo: – Dijo que no le importaba firmarlo.

–          Lo he revisado y estoy conforme con él, lo firmo ahora mismo. – Le respondo buscando el dichoso contrato entre los papeles de la carpeta del proyecto. – Aquí está. – Le digo cuando lo encuentro y acto seguido lo firmo. Se lo entrego a Roberto, quién parece quedar satisfecho, y continúo revisando papeles. – A ver, los permisos para la obra están en orden, Rubén Vázquez está en el solar en este mismo momento dando instrucciones para iniciar la construcción. Tenemos los planos y no habrá ningún problema con ellos, pero aún nos queda por resolver la decoración interior. – Miro a Gonzalo y, al ver el gesto de confusión que tiene, le aclaro – No me refiero al mobiliario, aunque eso también deberás decidirlo, pero por ahora me basta con que decidas el tipo de suelo que quieres poner, el alicatado, el modelo de chimenea, el tipo de puertas y ventanas, y todas esas cosas. ¿Has pensado en algo?

No me hace falta que abra la boca para darme cuenta que Gonzalo me mira como si le estuviese hablando en chino.

–          ¿No has pensado en ello? – Le pregunto incrédula.

–          Bueno, creí que ya había escogido la casa, ¿no? – Me responde Gonzalo encogiéndose de hombros, como si la cosa no fuera con él. Después sonríe y añade divertido: – Quizás tú puedas asesorarme.

–          Creo que deberíamos buscar un decorador. – Comento.

–          Prefiero que seas tú quién me asesore. – Me deja claro Gonzalo, provocando una mirada confusa en Roberto. – La manera en la que describías esa casa fue lo que me convenció a comprar el solar y conseguir unos planos idénticos. Quiero exactamente la misma casa que tú imaginabas cuando me hablabas de ella. Quiero que te ocupes de todo como si esa casa la estuvieras construyendo para ti. Por supuesto, tienes total libertad y el dinero no es ningún problema.

–          ¿Estás seguro de lo que estás diciendo? ¿Qué pasa si luego no te gusta? – Le pregunto estupefacta. ¿Es que se ha vuelto loco?

–          Estoy seguro de que me gustará, pero en caso contrario siempre puedo venderla. – Me responde como si fuera lo más normal del mundo.

No tengo ni idea de dónde ha salido este hombre, pero tengo que reconocer que es la persona más impasible que conozco. Parece que esté hablando de una corbata en vez de la inversión de millones de euros en la construcción de su futura casa.

–          No puedes estar hablando en serio. – Le replica Roberto a Gonzalo.

–          Está decidido. – Sentencia Gonzalo.

–          Cómo quieras. – Respondo resignada, consciente de que todo esto es una locura. – Solo queda que firmes el permiso de obra y todo estará formalizado.

Le entrego el permiso de obra a Roberto para que lo revise antes de que Gonzalo lo firme, pero Gonzalo lo intercepta y dice mientras lo firma:

–          No es necesario que lo revise mi abogado, solo es un permiso de obra. – Me lo devuelve ya firmado y añade: – No voy a cuestionar ninguna de tus opiniones ni decisiones, pero a cambio exijo una reunión todos los viernes en la que puedas informarme de todos los avances de la obra.

–          Eso no supondrá ningún problema. – Le aseguro.

–          Genial, en ese caso nos vemos el viernes. – Sentencia Gonzalo. – ¿Te parece bien si comemos juntos y después me pones al corriente de las novedades y el papeleo?

–          Me parece bien. – Le confirmo.

–          Pasaré a buscarte el viernes, entonces. – Me dice Gonzalo poniéndose en pie para despedirse. – De todas formas, te llamo el jueves para confirmar.

Nos estrechamos la mano a modo de despedida y después hago lo mismo con Roberto, que ha pasado la mayor parte del tiempo en silencio y poniendo cara de asombro frente a la extraña reunión que acabamos de mantener. Y no le culpo, yo también estoy bastante sorprendida.

Les acompaño hasta los ascensores y después me dirijo al despacho de mi padre, quiero hablar un rato con él antes de que se marche de nuevo a Madrid. Además, necesito que me aclare lo de la bonificación que ha acordado con Gonzalo Cortés.

Solo tuya 3.

Solo tuya

“Solo existen dos días en el año en que no se puede hacer nada. Uno se llama ayer y el otro mañana. Por lo tanto hoy es el día ideal para amar, crecer, hacer y principalmente vivir,”         Dalai Lama.

Esta mañana he recibido la llamada de Gonzalo, se ha decidido en ir a visitar dos solares a las afueras de la ciudad y quiere que yo le acompañe. Por regla general es mi padre quien se ocupa de estas cosas, aunque sé perfectamente cómo funciona porque yo misma lo organizo todo. Por eso no he tenido ningún problema cuando he llamado a las agencias inmobiliarias para solicitar una cita de un día para otro, me conocen y están más que dispuestos a hacerme un favor. Además, también he aprovechado para pedirles que me enviaran informes de pisos de alquiler según las preferencias que Rocío tiene para encontrar su nuevo hogar, he prometido echarle una mano en buscar piso.

–          Gracias por ayudarme, esto de buscar piso es más difícil de lo que pensaba. – Me dice Rocío mientras preparamos la cena. Hoy tenemos visita, Lorena y Paula se preocupan por Rocío y quieren comprobar con sus propios ojos que está bien, al menos todo lo bien que se puede estar después de romper con su pareja de cinco años y tras descubrir que llevaba meses pegándosela con otra. – ¿A qué hora llegan las chicas?

–          Ya deberían estar aquí. – Le contesto mirando el reloj. Justo en ese momento suena el timbre de casa. – Ahí están.

Me dirijo hacia a la puerta y la abro de par en par para dejarlas entrar. Ambas me escudriñan con la mirada, pero es Lorena la que finalmente habla:

–          Por tu cara de entusiasta deduzco que ya le has buscado un sustituto a Isaac.

–          Anda pasa, ninfómana. – Le digo poniendo los ojos en blanco.

Lorena pasa a mi lado, me toca el culo y se dirige a la cocina donde Rocío sigue preparando la cena. Paula me da un beso en la mejilla y ambas nos dirigimos a la cocina con Rocío y Lorena.

–          ¡Joder, vaya caras! – Protesta Rocío al mirarnos. – Se supone que soy yo la que debería tener la cara larga y estar amargada, ¿se puede saber qué os pasa?

–          Estoy harta de mi jefe, trabajo como una china y él se lleva todos los méritos. – Protesta Paula dejándose caer en uno de los taburetes de la cocina.

–          No entiendo por qué sigues en esa empresa, eres buena en lo que haces y estoy segura de que cualquier empresa te pagaría el doble por tenerte y trabajarías la mitad de horas. – Le dice Lorena, algo que ya le ha dicho en numerosas ocasiones y que Rocío y yo también le hemos aconsejado.

–          Tenéis razón, voy a empezar a buscar trabajo y le voy a dar una patada en el culo a mi jefe, ya no lo soporto. – Nos dice Paula sirviéndose una copa de vino.

Las tres nos la quedamos mirando. Llevamos años diciéndole a Paula que deje ese maldito trabajo que tanto la consume y nunca ha cedido lo más mínimo, pero hoy ha cambiado de opinión y nos ha dejado a todas descolocadas.

–          Pues haces muy bien, la vida es demasiado corta como para malgastarla en un trabajo donde no se te valora como mereces. – Acierta a decir Rocío. Se vuelve hacia a Lorena y le pregunta: – Y a ti, ¿qué te pasa? Nos ocultas algo.

–          Tengo que confesaros algo. – Empieza a decir Lorena. – Pero no quiero que me regañéis como si tuviera quince años.

–          Dime que no te has acostado con él. – Le ruego intuyendo lo que va a confesar.

–          No me he acostado con él. – Me contesta rotundamente. Después baja la mirada al suelo y añade divertida: – Todavía.

–          Me he perdido, ¿de quién se supone que estamos hablando? – Pregunta Rocío sin entender nada.

–          Del nuevo jefe de Lore, al parecer está como un tren. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–          Al final vas a tener que mudarte de ciudad para encontrar hombres a los que no te hayas tirado. – Bromea Rocío. Se vuelve hacia a mí y me pregunta: – Y a ti, ¿qué te pasa?

–          ¿A mí? Nada. – Miento.

–          Te estás rascando el cuello, siempre lo haces cuando mientes. – Apunta Lorena con tono burlón.

–          Lleva desde el lunes en babia. – Comenta Rocío. – Hubiera dicho que está demasiado concentrada en el trabajo por eso de que su padre está en Madrid toda la semana, pero la sonrisa de gilipollas que tiene cuando se queda mirando a la nada me hace sospechar otra cosa.

–          ¡Empieza a cantar, zorra! – Me espeta Lorena frotándose las manos.

–          Está bien. – Accedo ante la presión. – El lunes mi padre me pidió que me ocupara de un nuevo cliente al que le corre prisa construir su nueva casa y no quería esperar hasta que él regresara. – Empiezo a decir. – El caso es que me tiene como hechizada, o mejor dicho idiotizada. Cuando estoy con él no paro de sonreír como una autómata, debo parecerle imbécil, pero es que tiene una sonrisa tan perfecta que me derrite y su mirada… ¡Dios, tiene una de esas miradas intensas que pueden provocarte hasta un orgasmo!

–          Y, ¿cómo es él? – Me pregunta Paula.

–          Pues tiene la piel bronceada, el pelo castaño oscuro y los ojos grises. Es alto y, a pesar de que no lo he visto desnudo, sé que debajo de su ropa hay un cuerpo fuerte y musculoso, probablemente incluso se pueda rayar queso en su abdomen. – Les explico cerrando los ojos y recordando todos aquellos detalles. – Joder, me pongo mala solo de recordarlo.

–          ¿A él también se le pone dura cuando te ve? – Me pregunta Lorena. Sí, ella es así siempre, directa y muy gráfica.

–          No lo sé, pero parece divertirse cuando está conmigo, puede que solo le haga gracia ver cómo hago la payasa delante de él. – Respondo encogiéndome de hombros.

Todas nos miramos y nos echamos a reír. ¡Vaya cuatro patas para un banco, como diría mi abuela!

–          ¿Sabéis qué? Deberíamos hacer un pacto. – Propone Paula. Coge su copa de vino y, alzándola, espera a que nosotras hagamos lo mismo con nuestras respectivas copas y añade: – Tenemos que prometernos que haremos siempre lo que realmente queremos, que no nos vamos a conformar con menos solo porque sea más fácil y cómodo. Como Rocío ha dicho antes, la vida es demasiado corta y debemos disfrutarla hoy. Ayer ya pasó y mañana no sabemos si seguiremos aquí.

–          ¡Qué profundidad! – Se mofa Lorena. Paula la fulmina con la mirada y Lorena añade tratando de ocultar su sonrisa: – Lo siento.

–          Chicas, hablo en serio. – Insiste Paula. – Rocío, tú siempre has querido ser pintora y, aunque te encanta tu trabajo en el museo restaurando cuadros, deberías empezar a pintar de nuevo. ¿Cuándo fue la última vez que pintaste un cuadro? – Rocío lo pensó durante unos segundos y después negó con la cabeza. – ¡Ni siquiera lo recuerdas! Pintar era tu pasión y, si lo sigue siendo, deberías retomarlo. – Rocío asiente con la cabeza, convencida de que Paula tiene razón. Paula deposita su mirada en los ojos de Lorena y le dice: – Esto no es fácil para mí, pero te lo diré igualmente: tírate a tu jefe. Tu pasión es el sexo, sobre todo el sexo prohibido, y él es algo así como un manjar para ti. Date el gusto ahora que puedes, mañana quizá ya no tengas la oportunidad.

–          ¡Joder! – Exclama Lorena sorprendida. – ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi amiga la remilgada?

–          Me lo tomaré como un cumplido. – Le contesta Paula sacándole la lengua. Se vuelve hacia a mí y suspira, ha llegado mi turno. – Y tú, Yas, debes dejar de huir de las garras del amor.

–          ¿A qué te refieres? – Le pregunto confundida.

–          Tienes a miles de hombres a tus pies, pero tú sales solo un par de meses con ellos y cuando la relación empieza a formalizarse les abandonas, huyes del amor. – Me dice Paula con su tono de voz más dulce. – Eres como Julia Roberts en “Novia a la fuga”, tienes miedo al compromiso y sales corriendo en cuanto lo ves venir. La única relación que has tenido con un hombre y que ha durado más de tres meses es la que tienes con Isaac, y solo porque sabes que él también le tiene fobia al compromiso, sabes que él nunca te pedirá más.

No digo nada, la muy jodida tiene razón. No puedo decir que no creo en el amor, porque sí que creo. Es solo que el amor es efímero y, para lo poco que dura, el sufrimiento es excesivo.

–          Paula tiene razón. – La secunda Rocío. – Ya sé que no soy la más apropiada para decirte esto dada mi última experiencia, pero la vida es eso: caminar, tropezar y levantarse más fuerte que nunca. Puede que te equivoques, todos nos equivocamos, pero si no te arriesgas no ganas.

–          ¿Me estáis diciendo que necesito echarme un novio? – Les pregunto estupefacta. Todas asienten con la cabeza y les pregunto indignada: – ¿Y por qué no le decís lo mismo a Lorena?  Hasta dónde yo sé, ella también huye del compromiso.

–          Cielo, tú no eres como yo. – Me responde Lorena con ternura. – Tú no te arriesgas por miedo a que te hagan daño, prefieres seguir como estás antes que arriesgarte y sufrir, pero eso es vivir a medias.

–          Genial, mis amigas tienen miedo de que me convierta en una vieja solterona que vive con sus cien gatos. – Les reprocho molesta. – Estoy muy bien como estoy.

–          Y no hemos dicho lo contrario, es solo que creemos que serías más feliz si te quitaras esa coraza y te enamoraras. – Comenta Rocío. – ¿Qué me dices de ese tipo que te pone a cien?

–          Es un cliente, Ro. – Le recuerdo.

–          Estamos hablando de vivir el presente y ser felices, tenemos la obligación de intentarlo y vamos a sellar el trato con un brindis. – Nos dice Paula decidida.

–          Espera un momento, ¿y tú qué vas a hacer con tu trabajo? – Le pregunto.

–          Mañana mismo presentaré mi carta de dimisión y, con unos ahorros que tengo, montaré mi pequeña tienda de ropa con mis diseños. No será fácil, pero siempre ha sido mi sueño diseñar mi propia colección. – Me responde Paula. – Voy a dejar de ser Paula la calculadora para convertirme en Paula la que persigue su sueño.

Sin más ceremonia, alzamos nuestras copas y brindamos por nuestra vida presente, dispuestas a luchar para conseguir la felicidad absoluta.

Al final, acabamos borrachas de tanto brindar y apenas tocamos la cena que ha preparado Rocío con tanto esmero. Sí, la ha preparado Rocío. Yo me he ofrecido a ayudarla, pero mi habilidad culinaria es tan nefasta que Rocío solo me ha dejado preparar la mesa y untar el pan con tomate.

El jueves me levanto con una resaca horrible, me tomo un paracetamol, me doy una ducha y me voy a la oficina. Cuando paso por la recepción, saludo a Susana, le digo que estoy esperando al señor Cortés y que lo haga pasar a mi despacho cuando llegue. Susana asiente, me sonríe maliciosamente y me guiña un ojo. Entro en mi despacho y enciendo el ordenador, quiero imprimir los informes de los dos solares que vamos a visitar para utilizarlos de referencia. En ello estoy cuando mi teléfono móvil empieza a sonar, es Lorena.

–          Joder, estoy fatal. – Protesta en cuanto descuelgo. – ¿Tú has conseguido salir de la cama?

–          No me ha quedado más remedio, me he levantado con una resaca horrible, me he tomado un paracetamol, me he dado una ducha y me encuentro algo mejor, pero todavía no he sido capaz de desayunar. – Le contesto mientras voy recogiendo y ordenando las hojas que va escupiendo la impresora.

–          ¿Estás con el cliente que te pone calentorra o sigues pensando en morir rodeada de gatos? – Se mofa Lorena.

–          En todo caso moriré sola, paso de llenar la casa de gatos. Me gusta mi vida tal y como está.

–          Eso dices ahora que eres joven y estás buena, cuando seas vieja y ningún hombre quiera follar contigo te arrepentirás de no haber cazado a uno cuando podías.

–          ¿Has llamado para decirme que me eche un novio porque cuando sea vieja ningún hombre querrá follar conmigo? – Le pregunto divertida, Lorena y sus extrañas conversaciones. Me doy la vuelta y me encuentro a Gonzalo apoyado en el marco de la puerta, mostrándome su amplia y perfecta sonrisa. – Lorena, te llamo luego.

Corto la llamada y dejo el teléfono móvil sobre la besa mientras noto como el rubor se instala en mis mejillas. Gonzalo me observa sin dejar de sonreír y sin decir nada, así que soy yo quién decide romper el hielo:

–          Espero que no llevaras mucho tiempo ahí.

–          Llegué justo cuando decías que te habías levantado con una resaca horrible. – Me contesta divertido.

–          ¿Podemos olvidar que esto acaba de pasar? – Le pregunto muriéndome de la vergüenza.

–          Ha sido demasiado divertido como para olvidarlo. Y me alegro que no pretendas morir rodeada de gatos. – Bromea.

–          Genial, eso también lo has escuchado. – Musito deseando con todas mis fuerzas que una grieta se abra bajo mis pies y me trague la tierra. – Será mejor que nos centremos en los solares, aquí tengo toda la información al respecto. – Le digo entregándole las hojas que acabo de imprimir y cambiando de tema.

–          Supongo que será lo mejor. – Me contesta con la voz ronca mientras revisa los documentos.

Tras comprobar que todo está en orden, nos marchamos de la oficina para reunirnos con Paloma Rivas, la agente inmobiliaria que nos enseñará los solares. Hace años que trabajo con Paloma llevándole clientes que están interesados en comprar solares (algunos tan extravagantes que compran casas de millones de euros solo porque les interesa el solar y después la derriban para construir una nueva) y ella también me envía clientes que compran casas y las quieren reformar.

Cuando salimos por la puerta principal del edificio veo a Bruce, el jefe de seguridad de Gonzalo, apoyado en el mismo BMW X6 negro con los cristales tintados en el que me subí el lunes.

Me tenso en cuanto lo veo, ese hombre da miedo. Tiene las facciones duras y muy marcadas, tanto que le ensombrecen el rostro. Sus ojos son tan oscuros que no se diferencia el iris de la pupila y su semblante es impasible. Si a eso le sumas que es tan grande y fuerte como Lolo, el seguridad del Dublín, puedes hacerte una idea de lo aterrador que sería encontrártelo una noche a solas en un callejón oscuro.

Gonzalo coloca la palma de su mano en mi espalda mientras caminamos hacia el todoterreno, saluda a Bruce con un leve gesto de cabeza y yo hago lo mismo forzando una sonrisa, aunque solo logro hacer una extraña mueca. Gonzalo y yo nos sentamos en la parte trasera del vehículo y Bruce se sienta tras el volante. Gonzalo le da a Bruce la dirección del primer solar que vamos a visitar y después se vuelve para mirarme y sonreírme.

–          ¿Qué ocurre? – Le pregunto ruborizándome, sé que está pensando en la conversación que ha escuchado a hurtadillas.

–          No, no ocurre nada. – Me contesta sonriendo más ampliamente.

Saco el móvil de mi bolso y le mando un mensaje a Lorena, que debe estar esperando que le devuelva la llamada: “El nuevo cliente estaba detrás de mí mientras hablábamos, ha escuchado todo lo que te he dicho. No deja de sonreír y estoy segura que me está imaginando dentro de cuarenta años rodeada de gatos.” Mi mensaje no tarda en recibir respuesta: “A lo mejor es uno de esos tipos con fetiches raros, a lo mejor le gusta follar con viejas mientras los gatos le observan. Llámame luego y cuéntamelo todo, yo voy a seguir durmiendo.” Se me escapa una carcajada al leer el mensaje y Gonzalo me mira alzando una ceja.

–          Lo siento. – Me disculpo ruborizándome de nuevo y guardando mi teléfono móvil en el bolso. Miro por la ventanilla y respiro aliviada al ver que ya casi hemos llegado. – Ya estamos aquí, allí está el coche de Paloma. – Le digo sin dejar de mirar por la ventanilla y señalando el Mini rojo de Paloma.

Bruce aparca junto al coche de Paloma y los tres bajamos del coche. Paloma nos espera a un par de metros de distancia, me acerco a ella y nos saludamos con un par de besos en la mejilla. Hace tanto tiempo que nos conocemos que nos hemos cogido cariño. Paloma es una mujer trabajadora, eficiente y siempre va directa al grano. Me gusta que sea tan sincera. Tiene cincuenta y seis años, pero se conserva tan bien y viste tan a la moda que aparenta muchos años menos de los que en realidad tiene. Tras echarle un rápido vistazo a Gonzalo, me guiña un ojo y me susurra:

–          Si yo tuviera veinte años menos…

Ambas nos aguantamos una carcajada, nos recomponemos y les presento. A partir de este momento, somos dos buenas profesionales y nos centramos en hacer nuestro trabajo. Paloma nos narra todas y cada una de las opciones posibles del solar, como si hubiera memorizado el informe. Echamos un vistazo, pero a Gonzalo parece no gustarle demasiado y decidimos ir a visitar el segundo solar. Las vistas son impresionantes, está situado en una pequeña y lujosa urbanización a pie de montaña y con vistas al mar, a unos 20 km de la ciudad. Es una zona tranquila y con vigilancia, un lugar perfecto para elegir un hogar.

–          Me encanta. – Pienso en voz alta mientras observo maravillada el lugar y me imagino cómo sería mi casa si viviera aquí. – No recuerdo haber visto este solar, ¿desde cuándo está a la venta?

–          Desde hace un par de meses. – Me responde Paloma. – Lo compró un finlandés hace unos meses, no le gustaba la casa y decidió derribarla para construir una nueva, pero antes de empezar a construir se trasladó a Nueva York por trabajo y decidió vender el solar tal y como está.

–          Me gusta este lugar. – Les digo echando un vistazo. Me vuelvo hacia a Gonzalo y lo encuentro mirándome y sonriendo. – ¿No te gusta?

–          Sí, me gusta. – Me responde sin dejar de sonreír. – ¿Te gustaría vivir en este lugar?

La pregunta me pilla por sorpresa. Y no soy la única, por el rabillo del ojo veo como a Paloma se le forma una sonrisa en los labios. Gonzalo me mira esperando una respuesta y, tratando de evitar su intensa mirada, doy media vuelta observando el solar y le contesto:

–          Me encantaría. – Confieso. – De hecho, estaba pensando en hablar mal del solar para que desecharas la idea de comprarlo y así poder hacerlo yo. – Bromeo.

–          Me lo quedo. – Le dice Gonzalo a Paloma. – Mi abogado contactará con usted y podemos firmar ante notario mañana mismo.

–          ¿Estás seguro? – Le pregunto a Gonzalo. Ha tomado una decisión demasiado rápido, sin apenas verlo.

–          ¿Tantas ganas tienes de comprarlo? – Bromea sonriendo. – Me gusta el lugar, el entorno, las vistas y confío en tu buen gusto. – Añade guiñándome un ojo.

¿Está coqueteando conmigo? Gonzalo se vuelve hacia Paloma y le entrega la tarjeta de Roberto Fuentes, su abogado. Paloma le asegura que mañana lo tendrá todo listo y yo me quedo observando, completamente aturdida. Observar a Gonzalo tiene ese efecto en mí: me aturde, me confunde y me hace sentir torpe. Mientras continúan zanjando el tema del papeleo para cambiar las escrituras del solar, aprovecho para retirarme un par de metros y deleitarme una vez más con las vistas al mar desde la montaña, un poco de aire me vendrá bien para despejarme.

Cuando concretan todo, Paloma se despide y Gonzalo y yo nos subimos de nuevo al coche donde Bruce continúa esperándonos.

–          El lunes podemos empezar a preparar el terreno del solar y allanarlo, pero deberás decidirte para contratar a un arquitecto que te diseñe los planos para poder empezar la obra. – Le digo mientras me abrocho el cinturón de seguridad y Gonzalo hace lo mismo.

–          Creo que ya he decidido cómo quiero que sea mi casa. – Me contesta sonriendo. – He visto el solar y me he imaginado la casa que me describiste, quedará perfecta.

–          ¿Estás seguro? Es totalmente distinto a lo que tenías en mente y…

–          Lo tengo decidido. – Me interrumpe antes de que pueda terminar. Me sonríe divertido y me pregunta: – ¿Cuándo podemos formalizar nuestro acuerdo?

–          Si te va bien, podemos quedar en mi oficina el lunes por la mañana. Si tienes prisa en construir la casa, cuanto antes empecemos antes acabaremos.

–          El lunes a primera hora de la mañana estaré en tu despacho. – Me asegura Gonzalo.

Bruce detiene el coche frente a la puerta de mi oficina y, antes de abrir la puerta y bajarme del coche, le digo a Gonzalo:

–          Nos vemos el lunes, entonces.

Gonzalo me sonríe y yo doy media vuelta y camino hacia la entrada del edificio. Tras saludar a Susana, entro en mi despacho y trato de centrarme en el trabajo, pero me es imposible sacarme a Gonzalo de la cabeza.

El sábado por la noche salgo a cenar con las chicas y después, animadas por un par de copas de más, decidimos continuar la noche en el Dublín. Lolo nos recibe con una amplia sonríe y nos abre la puerta para dejarnos entrar. Mario parece notar nuestra presencia porque está sirviendo una copa cuando entramos, se gira y nos saluda alzando una de sus manos, mostrándonos una amplia sonrisa, y nos hace un gesto para que nos acerquemos a él. Lorena es la primera en encaminarse hacia a la barra y saludar a su hermano, el resto la seguimos y hacemos lo mismo. Mario nos saluda alegremente y, tras bromear sobre el pasado fin de semana y la que liamos, nos invita a una ronda de copas.

–          Si en el fondo te encanta, somos la alegría del pub. – Le contesta Lorena burlonamente a su hermano cuando él se mofa de nosotras y nos pide que nos comportemos como señoritas y no como el borracho del pueblo.

Rocío y yo nos reímos, pero a Paula no le ha hecho ninguna gracia, y eso que le suele reír todas las gracias a Mario, él siempre ha sido su amor platónico desde que la conozco. Mario se percata de la mirada de reproche que le lanza Paula y, dedicándole una sonrisa socarrona, nos dice:

–          Creo que voy a tener que pedirle a Lolo que me escolte, me temo que he ofendido a uno de los jinetes del apocalipsis.

Aunque lo intentamos, ninguna de las tres podemos evitar reírnos y Paula se molesta también con nosotras. Pero Mario sale de la barra, se acerca a Paula y le susurra algo al oído haciéndola sonreír y también sonrojarse. Después le guiña un ojo y vuelve a la barra para continuar atendiendo a sus clientes.

–          ¿Qué te ha dicho? – Preguntamos Rocío y yo al unísono.

–          Conociendo a mi hermano, seguro que le ha dicho alguna guarrada. – Opina Lorena.

Esta vez, las cuatro nos reímos a carcajadas. Con nuestras copas en una mano, nos dirigimos a nuestra mesa de siempre, cerca del centro de la pista de baile.

–          ¿Has caído ya en las garras del alemán? – Le pregunto a Lorena haciendo referencia a su jefe.

–          No, estoy esperando a que seas tú la primera que caiga con ese cliente que te pone tan cerda. – Me responde Lorena enseñándome la lengua. – Me apuesto lo que quieras a que tú caes antes que yo.

–          ¡De eso nada! – Le digo riendo a carcajadas.

–          Te recuerdo que Isaac lleva tres semanas fuera y tardará más de dos meses en volver, ¿qué vas a hacer hasta entonces? – Se mofa Lorena.

–          Por favor, dejad de hablar de sexo que ya ni me acuerdo de la última vez que lo practiqué. – Nos confiesa Rocío.

–          Lo que necesitas es ponerle remedio a esta época de abstinencia o acabarás volviéndote loca. – Le asegura Lorena.

Entre risas y miradas significativas, nos pasamos la noche bailando y también bebiendo. Como era de esperar, cuando el Dublín cierra sus puertas llevamos una melopea encima que bate nuestro propio récord. Nos despedimos de Mario y después salimos a la calle para despedirnos de Lolo, que con una sonrisa maliciosa nos pregunta:

–          ¿Dónde os habéis dejado al cuarto jinete del apocalipsis?

Las tres miramos a nuestro alrededor y nos percatamos de que nos falta Paula. ¿Dónde se ha metido? Pero hay una respuesta: Paula sale del Dublín sonriente y acompañada por un Mario todavía más sonriente.

–          ¡Ya estamos todas! – Grita Rocío divertida.

Nos despedimos de nuevo de Mario y Lolo y observo cómo Mario le susurra con disimulo algo a Paula en el oído y ella, ruborizándose, le dedica una tímida sonrisa. Miro a Lorena y a Rocío, pero ninguna de las dos parece haberse dado cuenta, así que decido callarme y fingir que yo tampoco he visto nada.

Las chicas y yo caminamos de regreso a casa y, cuando llegamos a la esquina de la calle donde nuestras direcciones se bifurcan, Rocío y yo nos dirigimos a mi casa y Paula y Lorena cada una a la suya.

–          ¿Te apetece que nos tomemos la última copa? – Le pregunto a Rocío dirigiéndome a la cocina.

–          Sí, pero cortita.

Preparo dos copas y las llevo al salón, donde Rocío me espera acomodada en el sofá. Le entrego una copa, me siento a su lado y me quito los zapatos para que mis pies descansen.

–          ¿Has hablado ya con Rubén? – Me pregunta Rocío sabiendo de antemano la respuesta.

–          No, aún no.

–          No sé a qué estás esperando. Ni tú, ni él. – Opina Rocío. – La verdad es que siempre he pensado que acabaríais juntos.

–          Te recuerdo que a Rubén le gusta acostarse cada noche con una mujer distinta pero levantarse solo en la cama y yo… Bueno, yo no estoy interesada en una relación a largo plazo, ya lo sabes. ¿Para qué complicarlo si somos buenos amigos y además trabajamos juntos?

–          Ese es el problema, que estás demasiado cómoda con lo que tienes como para arriesgarlo por un hombre, pero si no sale bien volverás a estar donde estás ahora, no tienes nada que perder por intentarlo. – Me aconseja Rocío. – Recuerda nuestro pacto, consiste en dejarnos llevar por lo que nuestro corazón quiere y ser felices.

Asiento con la cabeza y ambas nos bebemos la última copa en silencio, cada una pensando en sus preocupaciones por encauzar nuestras vidas.

Solo tuya 2.

Solo tuya

“Ir juntos es comenzar. Mantenerse juntos es progresar. Trabajar juntos es triunfar,” Henry Ford.

Rocío ha pasado conmigo todo el fin de semana, la he dejado en casa para venir a trabajar. Ha llamado al trabajo y ha dicho que estaba enferma porque tiene intención de llamar a Óscar, quedar con él y poner punto y final a su relación. Ninguno de los dos ha intentado ponerse en contacto con el otro, pero esta mañana Rocío estaba decidida a terminar con Óscar cuanto antes y para ello tenía que quedar con él, aunque solo fuera para permitir que sacara sus cosas del piso. Estoy preocupada por ella y le he asegurado que estaré pendiente del móvil por si necesita cualquier cosa. Me preocupa lo claro y decidido que lo tiene y que no haya llorado ni una sola lágrima, no creo que sea sano.

Cuando entro por la puerta de la oficina son las ocho en punto y mi padre ya está en su despacho. Miro el reloj, su vuelo a Madrid sale en tres horas y como no salga ya hacia el aeropuerto perderá el avión. Entro en su despacho y lo saludo:

–          Buenos días, papá. ¿Lo tienes todo preparado? Si no te das prisa perderás el avión.

–          Hola, cielo. – Me saluda mi padre sonriendo. Se pone en pie, me da un beso en la mejilla y, mirándome de soslayo, me suelta: – Tengo que pedirte un favor, había olvidado que tenía una cita con un nuevo cliente. Le acabo de llamar para cancelar la cita, pero le corre prisa y le he propuesto que fueras tú quien se encargara. Vendrá a la oficina a la una, querrá asesoramiento, ni siquiera tiene a un arquitecto que le diseñe la casa, llevaremos la obra desde el inicio, si consigues que firme el contrato.

–          ¿No debería encargarse de esto Rubén?

–          ¿No te lo ha dicho? – Me pregunta mi padre sorprendido. Al ver mi cara y comprobar que no tengo ni idea de lo que me está diciendo, me dice: – Rubén ha cogido una semana de vacaciones. ¿Va todo bien entre vosotros?

–          Sí. – Miento descaradamente. – Es que la semana pasada apenas coincidimos, se le debió pasar… Luego lo llamaré.

–          Tengo que irme, cielo. Te he reenviado el mail del cliente a tu correo, para que le eches un vistazo antes de que venga. – Me da un beso en la mejilla a modo de despedida y añade: – Llámame si me necesitas.

Tras despedirme de mi padre, entro en mi despacho y enciendo el ordenador. Me pasa toda la mañana buscando diversas opciones que presentar a nuestro nuevo cliente. Lo único que sé de él es que se llama Roberto Fuentes y, según pone en la firma de su correo electrónico, es vicepresidente de la empresa Business, pero no tengo ni idea de qué empresa es, así que decido buscar en Google. Business es una empresa que se dedica a comprar empresas en quiebra por un precio mínimo, despide a los directivos pero mantiene al resto de la plantilla, con una pequeña inversión la hacen resurgir y la venden por muchísimo más de lo que han pagado, un gran negocio en épocas de crisis. Fue fundada hace cinco años por Gonzalo Cortés y a día de hoy sigue siendo el presidente de Business. Roberto Fuentes es el abogado de la empresa y, teniendo en cuenta el tipo de trabajo que desempeña, estoy segura de que será un tipo duro negociando.

Miro el reloj, faltan quince minutos para la una. Decido llamar a Rocío y comprobar que está bien, me contesta al tercer tono:

–          Estaba a punto de llamarte.

–          ¿Estás bien?

–          Sí, he quedado con Óscar en el piso. – Me responde. – Tenemos que hablar como personas civilizadas y tiene que sacar todas sus cosas del piso. Supongo que me llevará toda la tarde y cuando termine no querré estar sola ni en mi piso, ¿te importa si me quedo unos días en tu casa?

–          Ya sabes que puedes quedarte el tiempo que quieras, Ro. Tengo que colgar, tengo una cita con un cliente en cinco minutos, pero nos vemos luego en casa.

–          Te llamaré cuando termine de hablar con Óscar, gracias por todo Yas.

–          No tienes nada que agradecerme, tonta. Hablamos luego.

Nada más colgar el teléfono del despacho empieza a sonar. Es Susana, la recepcionista.

–          Dime, Susana.

–          Está aquí el señor Roberto Fuentes, dice que ha venido a buscarte.

–          Ahora mismo voy, gracias Susana. – Le contesto antes de colgar.

Cierro la sesión del ordenador, cojo el bolso y el móvil y salgo del despacho, dirigiéndome al hall de la oficina donde el cliente me espera. Lo veo de espaldas, hablando por su teléfono móvil y lo observo mientras me acerco. Es mucho más joven de lo que me esperaba, debe tener unos treinta y cinco años. Lleva puesto un traje gris claro y unos zapatos marrones, va muy elegante y yo llevo puestos unos vaqueros pitillo de color negro, una blusa blanca de manga casquillo y escote de pico, una americana entallada de mangas tres cuartos. En definitiva, yo voy en plan casual y él parece que se haya vestido para subirse un altar y casarse.

El ruido de mis tacones de diez centímetros lo avisa de mi presencia y, tras despedirse apresuradamente de quien esté al otro lado del teléfono, se vuelve hacia a mí sonriendo y me saluda al mismo tiempo que me estrecha la mano:

–          Usted debe de ser Yasmina Soler, ¿verdad?

–          Así es. – Le confirmo. – Y usted es Roberto Fuentes, ¿cierto?

Roberto asiente con la cabeza y sonríe. Es un tipo muy atractivo, pese a que no es mi tipo. Es rubio, tiene los ojos azules y debajo de ese traje que, dicho sea de paso le queda como un guante, se le marcan los músculos de los brazos, el pecho y la espalda. Es el tipo de hombre que le va a Lorena: un tío duro con carita de ángel.

–          Soy el abogado del señor Cortés, quiere empezar a construir la casa cuanto antes, pero eso mejor se lo explica él. – Me dice Roberto. Me hace un gesto señalándome el ascensor y añade: – El señor Cortés nos espera en el Future, he venido a buscarla para llevarla allí.

Asiento con la cabeza y nos dirigimos al ascensor. Roberto ha dejado en el parking del edificio el coche, un Audi Q7 de color negro. Abre la puerta del copiloto y me tiende la mano para ayudarme a sentarme, como si fuera un caballero de los años veinte. Acto seguido, rodea el coche y se sienta tras el volante.

En los veinte minutos que dura el trayecto, Roberto me informa que el señor Cortés tiene bastante prisa en construir la casa y está dispuesto a pagar lo que sea necesario, para ellos el dinero no es un problema. También me dice que aún no han mirado ningún solar ni tiene nada en mente, pero está dispuesto a dejarse aconsejar. En resumen: no teníamos nada de nada. Cuando mi padre me ha dicho esta mañana que lo gestionaríamos todo nosotros y que empezábamos desde cero no me esperaba esto, aunque debí imaginármelo. Tampoco me dijo que Roberto Fuentes no era el cliente, sino el intermediario del cliente, pero dudo de que mi padre estuviera al tanto de esto último.

Roberto para el coche frente a la puerta principal de Future, un lujoso y caro restaurante cuya lista de espera para reservar mesa es superior a seis meses. Me sorprende que haya podido conseguir mesa tan rápido por mucho dinero que tenga. Ilusa de mí, aún tenía la esperanza de que no todo se podía comprar con dinero.

Camino junto a Roberto Fuentes hasta llegar a un pequeño atril dónde un metre sombrío y con cara de pocos amigos nos recibe. Roberto ni siquiera tiene que abrir la boca, el metre ya lo conoce y rápidamente lo saluda y ordena a uno de los camareros que nos acompañe a nuestra mesa. De paso también, añade que el señor Gonzalo Cortés nos está esperando.

Fruncí el ceño, me gustaba ser puntual y hubiera preferido llegar primero, pero ya no había nada que remediar. Seguí los pasos del camarero y Roberto seguía los míos. Cruzamos el salón principal que estaba abarrotado de clientes, todos muy elegantes y luciendo trajes y vestidos de grandes diseñadores, portando ostentosas joyas y sumergidos en conversaciones banales y superficiales que muy posiblemente carecerían de sentido. Me aterré al pensar que debía controlar mis impulsos durante el tiempo que estuviera aquí, no estaba segura de sentirme capaz de hacerlo. Por suerte, el camarero abrió una puerta y nos guio hasta a una sala privada. Entré en la sala y Roberto lo hizo detrás de mí. Los dos hombres que habían allí sentados se pusieron en pie y yo alterné la mirada de uno a otro. Uno tiene cara de pocos amigos y está muy serio, posiblemente sea el guardaespaldas del jefe; el otro me mira algo desconcertado y finalmente me dedica una amplia y segura sonrisa. Ambos hombres deben tener unos treinta y cinco años, parecen de la misma edad de Roberto Fuentes.

–          Señorita Soler, le presento al señor Gonzalo Cortés. – Me dice Roberto señalando al hombre que me sonríe. – Gonzalo, te presento a la señorita Yasmina Soler.

Observo durante unos segundos a Gonzalo, mientras nos damos la mano con educación y profesionalidad. Es muy atractivo. Tiene los ojos grises y una mirada tan intensa que me desorienta. Sonríe mostrando una dentadura perfecta que provoca palpitaciones en mi entrepierna y no puedo evitar ruborizarme.

–          Encantado de conocerla, señorita Soler. – Me saluda Gonzalo al mismo tiempo que hace un gesto para que tome asiento. – A Roberto ya lo conoce, es mi abogado. Y él es Bruce, el jefe de seguridad y también mi escolta personal. – Asiento con la cabeza y continúa hablando: – Gracias por aceptar venir a esta reunión con tan poco tiempo de previsión, lo cierto es que necesito una casa cuanto antes.

–          No hay problema, pero antes tendrá que decirme algunas cosas, como dónde quiere construirla, si quiere un estilo rústico o moderno, etcétera. – Le respondo. – Tengo entendido que aún no tienen un arquitecto que diseñe los planos.

–          Confiaba en poder solucionar eso en esta reunión. – Confiesa Gonzalo y, mirándome a los ojos con una intensidad que me marea, me pregunta: – ¿Está dispuesta a ayudarme y asesorarme?

–          Por supuesto, para eso he venido. – Le confirmo. No se me pasan por alto las miraditas que el abogado y el guardaespaldas le lanzan a su jefe, pero no digo nada y continúo con el discurso que traía preparado: – Lo primero que debería decidir es qué tipo de casa quiere, así podremos buscar a un arquitecto especializado que empiece a diseñar varios bocetos. La ubicación es importante, tendremos que buscar un solar apto para dicha construcción y del tamaño adecuado. Si me dice qué es lo que tiene en mente, quizás pueda prepararle un dossier con algunas propuestas para que se decida.

Gonzalo no me quita los ojos de encima y Roberto está haciendo un gran esfuerzo por contener la sonrisa que empieza a formarse en sus labios. ¿Qué está ocurriendo aquí?

–          Me temo que será mejor que el señor Cortés no le diga lo que tiene en mente en este momento. – Murmura Roberto con sorna.

Gonzalo le lanza una mirada de desaprobación a Roberto y le hace un gesto con la cabeza para que se marche. Roberto se levanta sonriendo abiertamente, ya ni siquiera se molesta en disimularlo, me tiende la mano y, mientras se la estrecho a modo de despedida, me dice:

–          Ha sido un placer conocerla, señorita Soler, espero verla pronto.

Le contesto con una tímida sonrisa, estoy demasiado confundida como para darme cuenta de lo que está pasando y temo que cualquier cosa que diga pueda ser malinterpretada.

Gonzalo se vuelve hacia a su guardaespaldas y le dice:

–          Bruce, tú también puedes marcharte. Te llamaré en un par de horas.

El abogado y el guardaespaldas desaparecen y nos dejan a solas. Gonzalo me mira con esa mirada penetrante que me nubla los sentidos y me excita. Sí, me excita. No voy a mentirme a mí misma, es un hombre impresionantemente guapo y sus ojos grises mirándome con esa intensidad están haciendo estragos en todo mi cuerpo. Uno de los camareros entra en el pequeño salón donde nos encontramos y nos sirve un par de copas de vino. Nos pregunta si hemos decidido qué vamos a tomar para comer pero Gonzalo le pide que regrese pasados unos minutos ya que aún no lo hemos decidido. Lo cierto es que yo ni siquiera me he parado a pensar en comida, ahora mismo el apetito que me preocupa es otro.

Cojo la carta del menú y la reviso fingiendo interés. Gonzalo me mira, sonríe y me dice con voz sensual:

–          Si me lo permite, le recomiendo que pida el solomillo al Oporto.

–          Lo probaré, pero por favor, llámeme Yasmina. – Le respondo con una sonrisa coqueta.

No me puedo creer que esté coqueteando con él, es un cliente y se supone que no debo mezclar los negocios con el placer, nunca termina saliendo bien.

–          De acuerdo, Yasmina, pero tú también tendrás que tutearme. – Me responde sonriendo, mostrando sus blancos y perfectos dientes.

El camarero regresa y Gonzalo le pide dos solomillos al Oporto. El camarero asiente con la cabeza y se retira con discreción dejándonos a solas de nuevo.

–          ¿Por dónde empezamos? – Me pregunta con entusiasmo.

–          ¿Qué te parece si me dices cómo te imaginas tu casa?

–          Supongo que me imagino una casa grande, de dos plantas, con jardín y piscina. Y también con garaje cubierto. Quiero un despacho, un pequeño gimnasio y al menos cuatro o cinco habitaciones con baño. Y un par de aseos en la planta baja. También quiero un sótano donde poner una pantalla de televisión grande, como si fuera un cine, con una barra de bar y una mesa de billar. Ya sabes, una especie de salón recreativo donde pasar un buen rato con los amigos.

–          Vaya, quieres una casa bastante grande. – Pienso en voz alta. – Si quieres una casa tan grande, tenemos que encontrar un solar lo bastante grande para construirla. ¿Has pensado dónde quieres construir tu casa?

–          En Barcelona o por los alrededores, no a más de 20 km de distancia.

–          Genial, esta misma tarde me pondré en contacto con algunas inmobiliarias y les pediré que me envíen información sobre todos los solares que cumplan con los requisitos. Te ensañaré también varios diseños de casas de similares características a lo que quieres para que las revises y decidas que estilos te gustan más. Una vez definido el estilo, pediremos a varios arquitectos especializados que nos hagan unos bocetos para contratar al que más te haya gustado.

El camarero regresa con nuestros platos y con una nueva botella de vino. Ya me he bebido dos copas y no debería beber más estando en una reunión de trabajo con un nuevo cliente, pero este nuevo cliente me hace sentir como una quinceañera y necesito calmarme. Tras llenar nuestras copas, el camarero se retira. Gonzalo me sonríe y empieza a comer.

–          Aquí preparan el mejor solomillo al Oporto que he probado. – Me dice Gonzalo llevándose el tenedor a la boca en un gesto que a mí me parece de lo más sexy y sugerente. Al ver que no ataco mi plato, me pregunta: – ¿No vas a probarlo?

–          Sí, la verdad es que tiene una pinta deliciosa. – Confieso.

Mientras disfrutamos del solomillo, vamos comentando las zonas en las que estaría interesado adquirir el solar y yo me voy relajando, aunque tengo que reconocer que cuando me mira con esos ojos grises me sigue atontando.

A las cinco de la tarde, después de casi cuatro horas, Gonzalo y yo salimos del restaurante con al menos algunas ideas claras para empezar a darle forma al proyecto. Bruce, el guardaespaldas de Gonzalo, lo espera apoyado en un BMW X6 de color negro y con los cristales tintados.

Estoy a punto de despedirme de Gonzalo cuando mi teléfono móvil empieza a sonar dentro de mi bolso. Me disculpo un segundo con Gonzalo y contesto la llamada, es de Rocío.

–          Hola cielo, ¿ha ido todo bien? – Le pregunto.

–          No… – Balbucea entre sollozos. – Hemos discutido, ha empezado a destrozar todo lo que se encontraba en el piso y después ha intentado forzarme y yo, yo… – Se echa a llorar y no consigo entender nada más de lo que dice.

–          Rocío, ¿dónde estás? ¿Estás en tu piso? ¿Él sigue allí?

–          No, he salido corriendo y acabo de llegar a tu casa. – Logra decir Rocío.

–          Vale, quédate en mi casa y no te muevas de allí. – Sentencio. – Cojo un taxi y voy a casa, no tardo. – Cuelgo el teléfono y Gonzalo me mira con el ceño fruncido, su eterna sonrisa ha desaparecido de su rostro. – Disculpa, tengo que marcharme ya…

–          ¿Estás bien? – Me pregunta preocupado.

–          Sí, pero tengo que ir a casa porque… Bueno, es una larga historia.

–          No te preocupes, te llevamos a casa en un momento. – Sentencia Gonzalo abriendo una puerta trasera del coche y haciéndome un gesto para que entre.

–          No es necesario y tampoco quiero molestar… – Trato de disuadirlo.

–          No es ninguna molestia. – Me interrumpe Gonzalo. – ¿A dónde te llevamos?

–          Al Paseo de Gracia, entre la calle Aragón y la calle Valencia. – Le respondo.

Me subo en la parte de atrás del coche y Gonzalo se sienta a mi lado, después se inclina hacia adelante y le repite a Bruce la dirección que le acabo de dar. Bruce asiente con la cabeza y, con el semblante más serio que jamás le había visto a nadie, arranca el motor del coche y nos ponemos en marcha.

Apenas quince minutos más tarde, Bruce para el coche en doble fila frente a mi portal y enciende las luces de emergencia.

–          Gracias por traerme tan rápido. – Le agradezco a Gonzalo el detalle pese a que mi mente ahora está pensando en Rocío. – Llamaré al señor Fuentes en cuanto tenga listo los dossiers para que te los haga llegar.

–          La verdad es que prefiero que contactes directamente conmigo y así podemos reunirnos de nuevo para comentarlos. – Me contesta Gonzalo. Saca una tarjeta de visita del bolsillo de su americana y anota un número en la parte de atrás. Después me entrega la tarjeta y añade: – Ese es mi número personal, es el único teléfono donde podrás localizarme directamente.

Cojo la tarjeta y la guardo en el bolso sin apenas mirarle a la cara, cualquier cosa que sale de sus labios me parece sumamente sugerente y mis hormonas llevan demasiadas horas revolucionadas y bajo tensión, prefiero no jugármela.

–          Te llamaré en un par de días. – Le confirmo antes de abrir la puerta y salir del coche.

–          Esperaré tu llamada. – Me responde con voz sensual, o al menos eso es lo que a mí me parece. – Ha sido un placer conocerte, Yasmina.

Le dedico una sonrisa coqueta, me doy media vuelta y entro en el portal de mi edificio pensando que se me está yendo la cabeza. ¿Desde cuándo fantaseaba con montármelo con un cliente? Es la única regla que jamás he quebrantado: mezclar los negocios con el placer. Pero estoy segura de que no tardaría en romperla si él me lo pidiese.

Le devuelvo el saludo al conserje y entro en el ascensor centrándome en lo que de verdad importa. Cuando entro en el piso me encuentro a Rocío sentada en el sofá, comiéndose una tarrina de helado de chocolate tamaño gigante y con la cara llena de chorretones negros de rímel. Sin duda alguna, ha estado llorando bastante.

Me siento con ella en el sofá y nos abrazamos sin decir nada durante algunos minutos. Después ella se aclara la garganta y, haciendo un esfuerzo por hablar sin romper a llorar de nuevo, me dice con un hilo de voz:

–          Ha sido horrible, Yas. Al principio todo era raro pero luego una cosa nos ha llevado a la otra, nos hemos dicho cosas horribles, nos hemos tirado todo lo que estaba al alcance de nuestra mano y después… – Rocío no puede más y estalla en un llanto sobrecogedor.

–          Cariño, ¿te ha hecho algo? Creo que será mejor que te lleve al hospital y…

–          No, estoy bien. – Me interrumpe.

–          Es evidente que no estás bien, Rocío.

–          No ha llegado a hacerme nada, Yas. – Coge aire y continúa hablando – En un momento de rabia me ha cogido de las muñecas sujetándolas con fuerza, me ha empujado contra la pared del salón y ha empezado a subirme el vestido hasta que le he dado un rodillazo en sus partes y he salido corriendo.

La abrazo de nuevo sin saber muy bien qué decir. Finalmente, me armo de valor y le doy mi opinión y mi consejo, pese a que no me lo ha pedido, pero para eso estamos las amigas, ¿no?

–          Creo que deberías denunciarlo, es la segunda vez que la situación se torna violenta entre vosotros y no debes arriesgarte a que haya una tercera.

–          No voy a denunciarle, lo único que quiero es que todo esto pase cuanto antes para empezar una nueva vida donde nada me recuerde a él. – Me responde decidida y segura de sí misma. – No quiero seguir viviendo en ese piso, buscaré un piso de alquiler y me mudaré.

–          Mientras tanto, puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras. – Le digo tratando de hacerla sentir mejor.

Me paso la tarde consolando a Rocío y, cuando se anima a empezar a buscar por internet pisos de alquiler en su portátil, aprovecho para ponerme a trabajar un poco en el proyecto de la casa de Gonzalo. Envío e-mails a varias inmobiliarias de la ciudad con las que ya hemos colaborado y les pido que me envíen toda la información posible de los solares que cumplan con los requisitos de Gonzalo. También hago una selección de nuestro proyector de trabajo e imprimo todos los diseños de casas que se pueden ajustar a lo que Gonzalo quiere para que se pueda ir haciendo una idea.

Después de cenar llamo a mi padre para ponerlo al corriente:

–          Hola papá, ¿qué tal por Madrid?

–          Hola cielo, por aquí la cosa se está complicando más de lo que esperaba, aún no han firmado el contrato, lo están revisando todo con lupa. – Me dice mi padre un poco tenso, no está acostumbrado a que le hagan esperar y eso le pone de mal humor. – Y a ti, ¿qué tal te ha ido con el señor Fuentes?

–          Bueno, el señor Fuentes es en realidad el abogado de nuestro cliente, Gonzalo Cortés, ¿lo sabías?

–          No, pero me suena su nombre.

–          Es el fundador y presidente de Business, una empresa de bróker. – Le informo. – Quiere construir una mansión, pero todavía no sabe dónde ni cómo la quiere, así que en ello estamos…

–          Nos conviene llevarlo todo desde el principio, aunque eso nos suponga empezar de cero y perder tiempo en buscar solares y diseños. – Me asegura mi padre, que me conoce bien y sabe que la paciencia no es lo mío. – Llámame si necesitas cualquier cosa, yo regresaré el viernes, si es que todo va según lo previsto.

–          Todo irá bien, papá. Buenas noches. – Me despido antes de colgar.

Me siento en el sofá junto a Rocío y me intereso por la búsqueda de piso de Rocío. Ella parece estar más animada después de asimilar el susto que Óscar le ha dado y se muestra optimista con la idea de empezar de cero. La ayudo a buscar pisos de tres habitaciones cerca del centro y hacemos una lista de los que le interesan para llamar mañana mismo a las inmobiliarias y concertar citas para ir a ver los pisos en cuestión.

El martes paso un día de locos, quiero tenerlo todo listo para llamar a Gonzalo y concertar una nueva cita con él. Lo sé, no tendría que fantasear con volver a verlo, pero es inevitable. Cada vez que cierro los ojos lo imagino desnudo en mi cama y cuando los abro no dejo de pensar en él. A pesar de mi falta de concentración en el trabajo y en cualquier otra cosa que no sea él, logro terminar los dossiers justo a tiempo y el miércoles a media mañana decido llamarle. Le llamo desde el despacho, recordándome a mí misma que es un cliente y debo ser profesional, por muy difícil que me parezca. Me responde al tercer tono:

–          ¿Sí? – Su voz suena sexy incluso por teléfono y contestando con desgana.

–          Buenos días, señor Cortés. Soy Yasmina Soler, de Construcciones Soler…

–          ¡Hola Yasmina! Esperaba tu llamada. – Me interrumpe alegremente. – Y creo recordar que acordamos tutearnos, ¿verdad?

–          Tienes razón, Gonzalo. – Le contesto y añado bromeando: – Deformación profesional, supongo. – Cojo mi agenda y le digo: – Ya tengo los dossiers preparados, podemos reunirnos para estudiarlos o si prefieres te los puedo enviar por correo electrónico.

–          Prefiero que nos reunamos. – Me contesta rotundamente. – ¿Tienes algún inconveniente en que nos veamos ahora?

–          Eh… No hay problema, podemos vernos. – Le respondo tras confirmar que no tengo ninguna cita para hoy en mi agenda.

–          Genial, ¿estás en la oficina?

–          Sí, está justo en…

–          No te preocupes, sé dónde está. – Me dice con un tono picarón que hace que todo mi cuerpo se estremezca. Y añade antes de colgar: – Llegaré en media hora.

Pasados exactamente treinta minutos, suena el teléfono de mi despacho. Es Susana, la recepcionista.

–          Dime Susana.

–          El señor Cortés pregunta por ti, dice que tiene una cita contigo, pero yo no lo tengo anotado en la agenda. – Me responde Susana algo confusa.

–          Es una cita de última hora, por eso no está en la agenda. – La tranquilizo. – Hazlo pasar a mi despacho.

Cuelgo y respiro hondo. Por suerte acabo de retocarme el maquillaje en el lavabo y hoy he decidido ponerme el vestido azul de finos tirantes, con vuelo desde la cintura, corto hasta por encima de las rodillas, con mis zapatos color crema y suela roja de más de diez centímetros de altura. Y sí, lo había escogido pensando en que cabía la posibilidad de que hoy volviera a verlo y quería sentirme guapa.

–          ¿Se puede? – Su voz me sacó de mis cavilaciones, me volví hacia la puerta y lo vi mirarme con una amplia sonrisa en el rostro.

–          Pasa, por favor. – Lo saludo devolviéndole la sonrisa y le hago un gesto para que se siente al otro lado de mi mesa.

–          Varias inmobiliarias me han enviado toda la información sobre los solares que tienen a la venta y que creo que te podrían interesar. – Empiezo a decir al mismo tiempo que le entrego uno de los dossiers. – Ahí está todo, tan solo es cuestión de echarles un vistazo e ir a ver los que te gusten. – Le entrego el otro dossier que he preparado y continúo: – En este dossier encontrarás varios estilos de casa, para que vayas cogiendo una idea.

Durante tres horas revisamos los dossiers y me dedico a buscar en internet más fotografías de distintos estilos que ayudan a Gonzalo a decidirse. Finalmente, el estilo que más le convence es el minimalista. Tengo que decir que a mí también me gusta, pero lo considero un tanto frío e impersonal para una primera residencia. Lo que quiero decir es que una casa minimalista está muy bien para pasar unos días de vacaciones, pero todos queremos un sitio al que sentir nuestro, llenarlo de objetos personales y al que poder llamar hogar. Una casa impersonal nunca podrá hacerte sentir que estás en tu propio hogar.

–          ¿Ocurre algo? – Me pregunta con el ceño fruncido. – Te has quedado muy callada y pensativa.

–          No, es solo que me sorprende que desees una casa minimalista. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–          ¿Por qué te sorprende? – Me pregunta con esa sonrisa pícara en los labios y mirándome con intensidad.

–          No sé, supongo que esperaba que fueras uno de esos hombres que piensa en que todo debe ser exageradamente ostentoso. – Contesto evitando su intensa mirada.

–          Mientes. – Me dice con total seguridad en sus palabras. Me dedica una sonrisa de lo más seductora y añade: – Dime en qué habías pensado tú.

–          Yo no voy a vivir en esa casa, eres tú quien debe decidir cómo quieres que sea la casa en la que vas a vivir. – Le recuerdo.

–          Pues dime cómo sería la casa que construirías para ti.

–          Me gustan esas casas hechas con piedra y madera y de grandes ventanales, tejado de pizarra negra y un porche de madera donde colocar uno de esos sofás-balancín, siempre he querido tener uno. – Le respondo divertida.

–          Y supongo que no sería en absoluto minimalista. – Deduce Gonzalo.

–          Me gusta entrar en mi casa y sentirla mía, que haga que me sienta en mi propio hogar, no en un lugar frío e impersonal como un hotel o un hospital. – Le contesto sin pensar y trato de arreglarlo diciendo: – Pero tú no eres yo, cada uno tiene su gusto.

Gonzalo me sonríe y me dice:

–          Lo revisaré todo de nuevo y lo pensaré. Puede que tengas razón, no me gustaría entrar en mi casa y tener la sensación de que estoy en un hotel. – El teléfono móvil de Gonzalo empieza a sonar y me dice antes de contestar la llamada: – Disculpa, es mi secretaria y debo contestar. – Asiento con la cabeza y él contesta: – Dime Esther. – Hay una pausa corta y añade mirando su reloj: – Lo sé, voy para allá. Diles que estoy en un atasco y llegaré media hora tarde. – Otra pausa, esta vez más larga, y se despide: – No, que se esperen. Tardo media hora como mucho.

Gonzalo cuelga la llamada y resopla con el ceño fruncido.

–          Tengo que irme, he olvidado que tenía una reunión y me están esperando. – Me dice con pesar, como si quisiera quedarse conmigo un rato más. – Pero me llevo los dossiers y los revisaré de nuevo más tarde.

–          Selecciona dos o tres solares y concreto una cita con la inmobiliaria para ir a verlos. No pasa nada si ninguno te convence, buscaremos más.

–          Te llamaré mañana. – Me asegura al mismo tiempo que me estrecha la mano con extrema delicadeza y durante más tiempo del que suele durar un apretón de manos.

–          Hasta mañana, entonces. – Es lo único que logra salir de mi boca.

Gonzalo me dedica una de esas sonrisas perturbadoras que me dejan atontada y da media vuelta para salir de mi despacho sin volver la vista atrás.

Respiro profundamente cuando desaparece por completo de mi vista, cada vez que me sonríe de esa manera me derrite y me dan ganas de tirarme encima de él y cabalgarlo. ¡Joder, qué me está pasando! ¡Empiezo a pensar como Lorena!

Susana entra en mi despacho y sonriéndome burlonamente, me dice:

–          Dudo que te hayas quedado con hambre después de pasar tres horas en el despacho con semejante bombón, pero si te apetece, voy a comer al bar de abajo, ¿te apuntas?

Cojo mi bolso y, riendo a carcajadas, salgo a comer con Susana. Ni qué decir tiene que me arrepiento de salir a comer con ella antes de llegar al bar, pues no ha dejado de preguntarme cosas sobre Gonzalo y de repetirme lo bueno que está. Tengo ojos en la cara, sé perfectamente lo atractivo que es y lo que provoca en las mujeres, no necesito que nadie me lo recuerde y mucho menos después de haber pasado tres horas encerrada con él en mi despacho.

Cita 50.

“El mayor error del ser humano es intentar sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón.”

Mario Benedetti.

Solo tuya 1.

Solo tuya

“Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba, engánchalos a tu alma con ganchos de acero,” William Shakespeare.

Estoy concentrada revisando la montaña de presupuestos para la nueva obra que estamos a punto de conseguir. Y digo a punto porque, con la crisis que hay, hasta que el contrato no esté firmado no vamos a dar nada por hecho. Mi padre necesita que las facturas estén archivadas el lunes a primera hora, para la reunión en Madrid, así que más me vale acabarlo hoy si no quiero pasarme el fin de semana trabajando.

A la una mi padre pasa por mi despacho y, tras confirmar que efectivamente estoy haciendo lo que me ha pedido, me mira con dulzura y me dice:

–          Voy a comer con Rubén, ¿te vienes?

–          No, quiero acabar esto cuanto antes y tener el fin de semana libre. – Le respondo.

Mi padre asiente con la cabeza y me pregunta:

–          ¿Te traigo algo para comer?

–          Un bocadillo de tortilla francesa y una Coca-Cola. – Le contesto poniendo cara de niña buena.

Mi padre menea la cabeza de un lado a otro y se marcha sonriendo. Me alegro de que no haya insistido en que vaya con él a comer, no me apetece nada encontrarme con Rubén.

Rubén es el jefe de obra de la constructora, lleva trabajando para la empresa desde hace diez años, las prácticas de la universidad las hizo aquí y mi padre lo considera uno más de la familia. El caso es que estoy evitando a Rubén desde el domingo por la noche, cuando después de cenar en casa de mi padre se ofreció a llevarme a casa. Cuando nos despedimos hubo algo extraño, creo que estuvo a punto de besarme, luego todo fue muy tenso y frío, como si fuéramos dos desconocidos. Sé que no es una actitud muy adulta por mi parte el tratar de evitarle, pero por suerte Rubén se pasa el día visitando obras y apenas pasa por la oficina. Además, creo que él también me está evitando porque no lo he visto en toda la semana por aquí.

A las tres en punto mi padre regresa a la oficina y me trae el bocadillo y la Coca-Cola, pero ni rastro de Rubén.

Cuando por fin termino de revisar y archivar las facturas son las cinco de la tarde. Estoy recogiendo mis cosas y apagando el ordenador cuando recibo un mensaje en mi móvil. Es Rocío, una de mis mejores amigas, que ha escrito en el grupo de “julandronas” compuesto por Rocío, Lorena, Paula y una servidora. Las cuatro nos conocimos en el instituto con doce años y desde entonces somos amigas, quince años han pasado ya. Abro el mensaje de Rocío y leo: “Gabinete de crisis. Reunión urgente. Nos vemos en el Tapas en una hora. No me falléis, julandronas.” ¿Gabinete de crisis? ¿Reunión urgente? ¿Qué narices ha pasado? Salgo de mi despacho y me despido de mi padre, que también está recogiendo sus cosas para marcharse a casa.

–          Ya tienes las facturas archivadas y los informes de gastos y beneficios. – Le digo mirando el reloj de mi muñeca para comprobar la hora.

–          ¿Tienes prisa?

–          He quedado con las chicas. ¿Pasarás por la oficina el lunes antes de ir a Madrid?

–          Sí, nos vemos el lunes. – Me confirma. Me da un beso en la mejilla y me dice con ternura: – Diviértete el fin de semana.

–          Lo intentaré. – Le contesto divertida y le sonrío antes de marcharme.

Adoro a mi padre, es una buena persona y tiene un corazón enorme, aunque en asuntos de trabajo sea un hombre frío, distante y calculador. Muy poca gente lo conoce como la persona que realmente es, más bien es conocido y temido por su implacabilidad en los negocios.

Puntual como un reloj suizo, a las seis en punto llego al Tapas, un bar de cañas y tapas al que vamos mis amigas y yo desde que íbamos al instituto porque era y sigue siendo un punto de encuentro intermedio, a todas nos quedaba cerca de nuestras casas.

Lorena ha sido la primera en llegar y está sentada en una de las mesas de la terraza del Tapas. No sé muy bien cómo describir a Lorena sin asustaros, así que seré sincera: Lorena es como un hombre pero sin rabo. No malinterpretéis, es una chica explosiva y femenina que allí donde va levanta pasiones, pero a la hora de pensar lo hace como un hombre, al menos en lo referente al sexo. Siempre ha sido muy liberal, no cree en el amor pero cree que el sexo lo soluciona todo. Es descarada, alocada, demasiado sincera y muy divertida. En fin, esa es Lorena. Mientras camino hacia a ella, la veo fumando un cigarrillo, bebiendo de su caña de cerveza al mismo tiempo que hojea con desgana una revista. Cuando me llegar, se quita las gafas de sol y se las pone en la cabeza para escrutarme con la mirada.

–          No me mires así, yo tampoco sé nada. – Le digo a modo de saludo. Le doy dos besos en la mejilla y me siento a su lado. – Pero parece que no pinta muy bien.

–          Por ahí viene Paula, a lo mejor ella sabe algo. – Apunta Lorena.

Paula es la más sensata de las cuatro, es el polo opuesto de Lorena. Es muy guapa y elegante, una mujer íntegra, trabajadora y responsable, pero demasiado carca para la edad que tiene. La mayoría de las veces tenemos que rogarle para que salga de copas con nosotras, siempre está muy ocupada trabajando y cada vez tiene menos vida social, pero aún y así sigue pensando que en algún lugar hay un príncipe esperándola, y eso es que es la más sensata de las cuatro…

Paula llega hasta a nosotras, nos saluda y se sienta. El camarero se acerca a nuestra mesa y le pedimos dos cañas. Paula espera a que se haya marchado para preguntar:

–          ¿Sabéis algo de Rocío?

–          Me temo que sabemos lo mismo que tú: nada. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–          ¡Nos va a decir que se casa! – Exclama Paula emocionada.

–          Gabinete de crisis no suena a “me voy a casar”, más bien suena a “no sé cómo ha pasado pero estoy embarazada”. – Apunta Lorena poniendo cara de horror.

–          Ahora saldremos de dudas, por ahí viene Rocío. – Les anuncio cuando veo a Rocío cruzando la plaza hacia a nosotras.

–          Si se pide una caña, no está embarazada. – Opina Paula.

–          O se pide una botella de tequila para ella sola… – Se mofa Lorena.

–          ¡Serás burra! – La regaña Paula y Lorena pone los ojos en blanco.

Rocío es un término medio entre Paula y Lorena. No es tan estricta y recatada como Paula ni tampoco es tan descarada y cínica como Lorena. Tiene mucho genio, pero también tiene un gran corazón. Es divertida pero responsable.

Rocío llegó hasta a nosotras, nos saludó con un beso en la mejilla a todas y se dejó caer en la silla que quedaba libre, soltando una risita nerviosa.

–          ¡Dime que no te has quedado embarazada antes de casarte! – Le ruega Paula horrorizada.

–          La verdad es que celebrar una despedida de soltera con la novia embarazada corta bastante el rollo y no lo digo porque no puedas beber, sino porque el boy ni siquiera se te acercará. – Apunta Lorena. – Aunque a lo mejor podemos contratar a algún boy que le dé morbo montárselo con una embarazada…

–          Pero, ¿qué dices, depravada? – La regaña Paula escandalizada.

Rocío y yo nos miramos y ponemos los ojos en blanco, con Paula y Lorena siempre es igual, son el blanco y el negro. Y, aunque por motivos distintos, esta vez ambas se han puesto de acuerdo.

–          No estoy embarazada y tampoco me voy a casar. – Aclara Rocío. – Pero necesito algo más fuerte que una caña para hablar de ello. – Busca al camarero y cuando lo encuentra llama su atención y le pide: – Cuatro mojitos, por favor.

–          Empezamos fuerte… – Susurro entre dientes.

–          Te he oído. – Me dice Rocío dándome un codazo en las costillas. El camarero nos trae los cuatro mojitos y todas nos quedamos mirando a Rocío durante unos instantes hasta que ella por fin se digna a hablar: – Dejad que el mojito me haga efecto, hablad de otras cosas mientras tanto. – Se vuelve hacia a mí y me pregunta para cambiar de tema: – ¿Has hablado ya con Rubén?

–          No, no lo he visto en toda la semana. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–          ¿Te lo has tirado y no me has dicho nada? – Me pregunta Lorena indignada.

–          Pero, ¡si trabajas con él! – Protesta Paula.

–          Muchas gracias, Rocío. – Le digo con ironía. Miro a las chicas y les aclaro: – No me lo he tirado, que quede claro. Ni siquiera nos hemos besado.

–          Entonces, ¿qué ha pasado? – Me pregunta Paula preocupada.

–          La otra noche, tras cenar con él en casa de mi padre, se ofreció a llevarme a casa y cuando nos despedimos creo que intentó besarme en la boca, pero todo fue tan rápido y raro que terminó dándome un beso en la comisura de los labios. Desde entonces, no lo he vuelto a ver. – Les explico. – Este mediodía ha ido a comer con mi padre pero no ha pasado por la oficina, ha quedado con mi padre directamente en el restaurante. Mi padre me ha dicho que me fuera con ellos, pero la verdad es que no tengo ganas de verlo y menos estando mi padre delante.

–          Y, si no piensas hablar con él del tema, ¿qué piensas hacer? – Pregunta Rocío.

–          Había pensado en no hacer y nada y la próxima vez que le vea actuaré como si nada hubiera pasado, o al menos como si yo no me hubiera enterado… – Le respondo.

–          Muy maduro por tu parte. – Se mofa Lorena. – Si estuviera en tu lugar, yo eliminaría esa tensión sexual tirándomelo.

–          Tú todo lo arreglas igual. – Le dice Paula rodando los ojos.

–          Rubén es como un hermano mayor, un buen amigo, no tengo ninguna intención de acostarme con él. – Les digo convencida.

Escuchando las opiniones de mis tres amigas sobre lo que debería hacer con Rubén, nos bebemos los mojitos y pedimos otra ronda.

–          Bueno Rocío, ya va siendo hora de que nos digas por qué nos has reunido en plan gabinete de crisis. – La animo a hablar o no se arranca.

–          Mi relación con Óscar no va bien, creo. – Empieza a decir Rocío.

–          ¿Habéis discutido? – Pregunta Paula sorprendida.

Óscar es el novio de Rocío, llevan juntos desde hace cinco años, los últimos dos años conviviendo en un piso de alquiler en el centro. Siempre hemos pensado que son la pareja perfecta,  nunca los hemos visto discutir, se llevan muy bien y sobre todo se respetan. Son tan cariñosos que empalagan, Lorena siempre les dice que estando con ellos un día vomitará arco iris. Y yo, si alguna vez he creído en el amor, ha sido gracias a ellos y a su maravillosa relación.

–          No, no hemos discutido. – Resopla Rocío. – No sé cómo explicarlo, pero desde hace un par de meses no somos los mismos. De cara a la galería seguimos siendo lo que se dice una pareja perfecta: no discutimos, nos hablamos con respeto y amabilidad y todo eso, pero no lo es lo mismo.

–          ¿Ya no folláis? – Le pregunta Lorena con total naturalidad. Paula pone los ojos en blanco y Lorena insiste: – El sexo tiene un valor muy importante en la relación, si el sexo no va bien, la relación no va bien y viceversa.

–          ¿Ahora eres sexóloga? – La increpa Paula.

–          Chicas, estamos aquí para escuchar a Rocío y, si ella quiere, opinar. – Les recuerdo mediando entre las dos adolescentes que se han convertido mis amigas. Me vuelvo hacia a Rocío y le advierto con ternura: – Si pretendes que te demos nuestra opinión tendrás que contárnoslo todo para poder ser objetivas.

–          No, el sexo no va bien. – Confiesa Rocío. – Se pasa quince horas fuera de casa trabajando, cuando viene está tan cansado que se da una ducha y se mete en la cama. No me toca desde hace más de siete semanas, con sus largos días y sus largas noches.

–          ¿Nada de sexo en siete semanas? – Le pregunta Lorena incrédula. – Ninguna persona sexualmente sana puede pasar siete semanas sin sexo, a menos que seas igual de frígida que Paula. – Aprovecha para pinchar a Paula. – Ahora en serio, ¿has puesto toda la carne en el asador o te estás haciendo la estrecha?

Rocío se ruboriza y ella nunca se ruboriza hablando de sexo, al menos nunca con nosotras. Le da un largo trago a su mojito, carraspea suavemente para aclararse la garganta y confiesa:

–          Anoche, cuando Óscar llegó del trabajo, le estaba esperando con un picardías de La Perla que apenas dejaba nada a la imaginación, le había preparado una cena romántica en el salón con velas y me había pasado tres horas depilándome entera y alisándome el pelo con la plancha. – Lanza un suspiro y añade: – Ni siquiera se paró a mirarme, me dio un beso en la mejilla, me dijo que ya había picado algo de cenar y que estaba muy cansado y se iba a dormir. Creo que ya no le gusto…

–          No digas eso, seguro que está estresado por el trabajo y es solo una mala racha. – Trata de calmarla Paula.

Lorena y yo intercambiamos una larga mirada en la que le pido prudencia, no podemos culpar a Óscar de algo que ni siquiera sabemos. Además, ambas lo conocemos y lo queremos, es un buen tipo, no podemos sacar conclusiones sin tener más datos.

–          No sé, es que nos hemos convertido en compañeros de piso. Ya no existe esa chispa que nos encendía, ahora es todo demasiado rutinario y superficial, somos como dos extraños que viven juntos pero que van a su bola. – Continúa Rocío.

–          Lo único que puedo decirte es que hables con él, lleváis juntos mucho tiempo y puede que el trabajo y la rutina os haya afectado, pero eso solo significa que ambos tendréis que poner de vuestra parte para sacar la relación adelante, si es que es eso lo que queréis claro. – Opino. – Te aconsejo que no tomes decisiones en caliente y que lo pienses muy bien, nadie mejor que tú sabe lo que es mejor para ti.

Lorena me mira y se muerde la lengua. Sé perfectamente lo que piensa, pero no pienso dejar que se lo diga a Rocío sin tener la más mínima prueba, así que la fulmino con la mirada obligándola a callar, Lorena no tiene tacto para decir las cosas y es mejor que de momento mantenga su bocaza cerrada.

–          Tienes razón, Yas. – Me dice Rocío. – Voy a hablar con él y que sea lo que Dios quiera.

Nos terminamos el mojito y nos despedimos. Rocío tiene prisa por ir a casa y prepararse mentalmente para la charla que pretende tener con Óscar. Paula también se va a casa, aunque mañana es sábado ella trabaja, es una adicta al trabajo. Lorena y yo nos quedamos un rato más en el Tapas, no tenemos prisa y tenemos que hablar.

–          ¿A qué ha venido eso? – Me reprocha Lorena cuando nos quedamos solas. – Sé qué piensas lo mismo que yo, de hecho, estoy segura de que todo el mundo opinaría lo mismo si nos dedicáramos a ir preguntando por ahí, no entiendo por qué no se lo hemos dicho. – Lorena se enciende un cigarro y añade: – Se pasa el día “trabajando”, llevan dos meses sin sexo, no la mira, no la toca y duermen en la misma cama. Mientras antes lo asimile, antes lo superará.

–          No pienso decirle a Rocío que su novio de hace cinco años quizás la esté engañando, al menos no hasta tener pruebas o suficientes indicios.

–          Pues algo tenemos que hacer.

–          Deja que Rocío hable con él y a ver qué nos cuenta. – Le sugiero. – Y tú, ¿qué? ¿Ha caído ya en tus redes el tío del gimnasio?

–          No, aún no. – Me contesta sonriendo con picardía. – No he ido al gimnasio en toda la semana. – Arquea las cejas y sonríe, yo me echo a reír, estoy segura de que ya ha liado alguna de las suyas. – Ya han contratado al nuevo director de márquetin y está tremendo, es alemán y me pone a cien solo con mirarlo. Cómo me he encargado de todo mientras buscaban un sustituto, me he quedado con él todas las tardes hasta las tantas en la oficina para ponernos al día.

–          Lore, no creo que tirarte a tu jefe sea una buena idea. – Le digo resignada, sabiendo que va a hacer lo que le dé la gana, como hace siempre. – Vas a tener que verlo todos los días, piensa en eso.

–          Todavía no ha pasado nada. – Se defiende Lorena.

–          Pero conociéndote, pasará.

–          ¡Cómo me conoces, jodía! – Me contesta con su sonrisa maliciosa estampada en el rostro. – Si lo conocieras, tú también pensarías en tirártelo.

En fin, Lorena es incorregible y no creo que cambie nunca. Tras terminar de bebernos el tercer mojito de la tarde y quedar para ir de compras mañana por la mañana, me despido de Lorena y me voy a casa.

El sábado por la mañana me reúno con Lorena en una cafetería del centro para desayunar antes de irnos de compras. No sabemos nada de Rocío, por lo que deducimos que lo ha debido de arreglar con Óscar o aún no ha hablado con él. Decidimos no llamarla para evitar agobiarla, ella nos llamará cuando nos necesite, de eso estamos seguras.

Pasamos la mañana comprando zapatos, vestidos y ropa interior sexy en un arrebato de locura y despilfarro. A las tres de la tarde nos damos por satisfechas y decidimos parar a comer en un restaurante japonés. Comemos sushi y bebemos sake. Cuando salimos del restaurante estamos bastante achispadas y decidimos ir a mi piso a probarnos toda la ropa que nos hemos comprado.

Mi piso está situado en el Paseo de Gracia, un ático de dos habitaciones, un despacho, un baño y cocina americana, todo repartido en un total de 80 m2 pero con unas vistas impresionantes de toda la ciudad y el mar. Entramos en mi habitación y empezamos a probarnos todo lo que hemos comprado hasta que decidimos qué modelito estrenar esta noche.

A las nueve en punto de la noche, Lorena y yo llegamos al Tapas. Somos las primeras en llegar y nos sentamos en la mesa de siempre en la terraza.

Como cada sábado, cenamos en el Tapas y después nos vamos a tomar algo a un pub irlandés que hay a dos calles, que es propiedad de Mario, el hermano mayor de Lorena. Para Lorena y para mí es un ritual, nunca fallamos, pero Rocío y Paula, una por la excusa del novio y la otra por la excusa del trabajo, nos lo ponían difícil para quedar las cuatro juntas. Esta noche era una de esas pocas noches en las que habíamos coincidido las cuatro y estábamos dispuestas a celebrarlo. Aunque de momento solo estábamos Lorena y yo.

–          Cuéntame más sobre tu nuevo jefe alemán mientras esperamos a Rocío y Paula. – Le digo a Lorena.

–          Está tremendo. – Confiesa Lorena. – Imagínatelo: rubio, ojos azules, mide casi dos metros, cuerpo de escándalo y todo ello enfundado en un traje de Armani. En serio, me pone muy cerda.

–          A ti todo te pone cerda. – Me mofo.

–          Ya me conoces, soy así. – Me responde encogiéndose de hombros. – Por cierto, hace tiempo que no me hablas de las guarrerías que haces con Isaac, ¿has dejado de verle?

Isaac es un viejo amigo de la universidad con quien quedo de vez en cuando. Es director ejecutivo de una multinacional y se pasa la vida viajando por todo el mundo de sucursal en sucursal, pero siempre que está en Barcelona me llama para salir a cenar y lo que surja. En definitiva, un amigo con derecho a roce.

–          Isaac va a estar en China tres meses, han abierto una nueva sucursal en Shanghái y tiene que estar allí formando parte del equipo de supervisión. – Le contesto haciendo un mohín. – Solo han pasado dos semanas desde que se fue, así que no regresará hasta dentro de dos meses y medio, si todo va según lo previsto.

–          ¿Tres meses sin sexo? Espero que ya tengas en mente a un sustituto, porque si no, ¡no va a haber quién te aguante! – Se mofa Lorena. – Si quieres, puedo presentarte a algún amigo, si no te importa follarte a alguien a quien ya me he follado yo.

–          Por Dios, Lore. – Le contesto rodando los ojos. – En serio, deberías ir al psiquiatra, lo tuyo no es normal.

Paula y Rocío llegan y, tras saludarnos con un beso en la mejilla, se sientan con nosotras y pedimos cuatro cañas.

–          ¿Has hablado con Óscar? – Le pregunta Lorena a Rocío, así, a bocajarro.

–          Según él, todo va bien y son paranoias mías. – Responde Rocío haciendo una mueca. Se enciende un cigarrillo y añade: – El caso es que la menda, paranoica o no, sigue sin follar.

–          El sexo no es lo más importante de una relación. – Nos recuerda Paula, que sigue creyendo en los cuentos de hadas.

–          Lo único que me queda por hacer es suplicarle que me folle. – Protesta Rocío frustrada y furiosa. – ¡Y no pienso hacerlo! – Le da una larga calada al cigarro y nos dice tras coger aire y respirar profundamente: – Ayer por la noche discutimos, esta tarde cuando ha vuelto del trabajo hemos vuelto a discutir y lo hemos hecho a lo grande. Nos hemos dicho cosas horribles, nos hemos insultado y hemos tirado cosas al suelo. Le he preguntado si se está tirando a otra y me lo ha confirmado.

–          ¿¡Qué!? – Preguntamos las tres al unísono, en estado de shock.

–          Le he echado de casa. – Continúa Rocío ignorando nuestra retórica pregunta. – Yo misma he metido su ropa en una maleta y la he tirado al rellano mientras lo echaba de casa a empujones.

–          Es horrible, cielo. – Atina a decir Paula acariciando su espalda con ternura.

–          ¿Sabéis qué es lo que me parece más horrible? – Nos pregunta Rocío con una mueca cínica en los labios. – Lo más horrible de todo es que no me siento triste ni apenada, me siento aliviada. – Nos confiesa.

–          ¿Estás segura? – Le pregunto. – Puede que la discusión y la ira del momento os haya hecho decir cosas que no son verdad…

–          Me da igual que esté o no con otra. – Me responde Rocío encogiéndose de hombros. El camarero nos trae las cuatro cañas y ella le da la última calada al cigarrillo y lo apaga en el cenicero. Espera a que el camarero se vaya y continúa: – He descubierto que no quiero estar con él, hace meses que no soy feliz a su lado.

–          Decidas lo que decidas, nosotras te vamos a apoyar en todo. – Le aseguro abrazándola.

–          ¡Y yo te voy a presentar a unos amigos para que le des una alegría al cuerpo! – Exclama Lorena uniéndose al abrazo.

Paula voltea los ojos por el comentario de Lorena, pero también se une al abrazo mientras le dice a Rocío con voz dulce:

–          Yo te llevaré de compras a las mejores tiendas de la ciudad, no hay nada mejor que un día de shopping para renovar el armario y emprender una nueva vida.

Después del abrazo, Rocío sentenció que Óscar era tabú el resto de la noche y nos hizo prometer que esta noche la celebraríamos a lo grande, nos emborracharíamos y no la olvidaríamos jamás.

Y no se equivocó.

A medianoche, más borrachas que una cuba, entrábamos en el Dublín, el pub de Mario. Lolo, el jefe de seguridad del pub que mide dos metros de largo por un metro de ancho, todo músculos, lo que vulgarmente se llama un gorila de discoteca, nos saluda y, tras comprobar lo borrachas que estamos, menea la cabeza de un lado a otro con desaprobación pero sonriendo y nos abre la puerta para dejarnos pasar. Pobre Lolo, lleva diez años lidiando con nosotras.

–          ¡Pero si están aquí los cuatro jinetes del apocalipsis! – Nos saluda Mario sonriendo burlonamente. Y sí, según él somos los cuatro jinetes del apocalipsis. – Hacía tiempo que no veníais las cuatro juntas.

–          Estamos de celebración, celebramos el comienzo del mundo. – Bromea Paula, a quien siempre le ha puesto tonta el hermano de Lorena.

–          Anda, estírate e invítanos a unos mojitos, que estamos de celebración. – Le dice Lorena a su hermano.

Mario llama a uno de los camareros y le pide que nos sirva cuatro mojitos y cinco chupitos. Si vamos al Dublín, es una obligación tomarnos un chupito con el dueño. Tras brindar y bebernos el chupito, Mario nos guiña un ojo y se va hacia el otro lado de la barra para prestarle toda su atención a una morena pechugona que le sonríe coqueta en cuanto se le acerca.

–          En serio, estoy segura de que lo vuestro es genético. – Me mofo al comprobar que Lorena y su hermano tienen ese magnetismo a la hora de ligar.

–          Cariño, he nacido con un don, pero ese don puedo enseñártelo. – Me contesta sonriendo divertida.

–          Puede que en dos semanas te lo acabe suplicando. – Bromeo recordando que Isaac va a estar tres meses fuera y, en consecuencia, yo me voy a quedar tres meses sin sexo fácil y encima del bueno. – Puede que tenga que empezar a buscar un plan B, Isaac viaja demasiado para satisfacerme siempre que lo necesito.

–          ¡Joder Yas, empiezas a hablar como Lorena! – Se mofa Rocío.

Todas nos reímos y, cogiendo nuestros mojitos, nos hacemos un hueco en una de las mesas altas de alrededor de la pista, donde amontonamos nuestros bolsos y apoyamos nuestras copas para poder bailar libremente.

Mojito tras mojito acabamos cogiendo una cogorza de campeonato: Lorena se sube a bailar a una especie de pódium de un metro de alto mientras todo el público masculino la vitorea como si fuera una diosa; Paula grita orgullosa “¡esa es mi amiga!” y se une al vitoreo; Rocío prácticamente acosa (sí, he dicho acosa) a todo hombre que le pasa por al lado; y yo, en fin, yo también vitoreo a Lorena y me divierto. Hasta que Lolo entra en el pub, se acerca a nosotras acompañado por Mario y nos dicen:

–          Jinetes del apocalipsis, es hora de ir a casa.

–          Me temo que ya habéis traído el fin del mundo. – Nos regaña Lolo.

Y tengo que reconocerlo, que un tío cómo Lolo te regañe acojona y mucho. Todas asentimos con la cabeza, recogemos nuestras cosas y, al grito de “¡el fin del mundo ha llegado!”, salimos corriendo y riendo a carcajadas del Dublín.

Una vez en la calle, nos dirigimos a una plaza cercana y nos sentamos en un muro de piedra para tratar de parar de reír.

–          No entiendo cómo tu hermano nos deja seguir yendo al Dublín, yo en su lugar nos hubiera prohibido la entrada de por vida. – Le digo a Lorena.

–          A mi hermano le encanta tenernos por ahí, animamos a los clientes y no cobramos, le basta con invitarnos a unas copas. – Me contesta encogiéndose de hombros, convencida de lo que dice pese a que no tenga demasiado sentido. ¿A Mario le gustaba tener a su hermana pequeña y a sus amigas borrachas como una cuba en su local, alborotando a los clientes y liándola parda? Me parecía poco probable. – No me mires así. – Me recrimina Lorena. – A la familia se la aguanta con una sonrisa en la cara. – Y vuelve a encogerse de hombros.

Cuando logramos serenarnos decidimos regresar a casa, está empezando a amanecer. Rocío me pregunta si se puede quedar en casa a dormir, no está segura de que Óscar haya podido regresar a su piso y prefiere no encontrárselo esta noche, así que las dos nos dirigimos a mi piso, donde nos metemos en la cama nada más llegar, cansadas y borrachas, y no tardamos en quedarnos dormidas.

Solo tuya.

Solo tuya

Yasmina no busca a un hombre con el que pasar el resto de su vida, duda de la existencia del amor eterno y decide acabar con sus relaciones antes de que se vuelvan serias. Ella vive feliz así, con sus amantes efímeros, sus tres disparatadas amigas y su trabajo en la constructora de su padre.

Tras una noche de chicas en la que las cuatro amigas se sinceran, pactan disfrutar de la vida y dejarse llevar por el momento, hacer lo que realmente sienten sin pensar en las consecuencias. Paula decide no dejarse esclavizar más por su jefe y crear su propia empresa; Rocío decide pasar página y olvidarse de Sergio; Lorena se plantea la posibilidad de buscar a su Príncipe Azul particular; y Yasmina promete intentar mantener una relación estable cuando encuentre un hombre que le guste de verdad.

Entonces conoce a Gonzalo, uno de los solteros de oro del país y un mujeriego consumado y reputado, que le hace sentir como nunca antes la ha hecho sentir un hombre. Pero la ética profesional, el miedo a unos sentimientos totalmente nuevos y la reputación de él, hacen que Yasmina se colme de dudas e inseguridades. Ella piensa que solo es un capricho más de la larga lista de Gonzalo.

Sin embargo, Gonzalo continúa seduciéndola manteniendo las distancias y consigue que ella finalmente se deje llevar sin pensar en nada más que en disfrutar de su compañía. Hasta que un secreto del pasado de Yasmina pone en riesgo su seguridad y la de los que están a su alrededor. ¿Gonzalo la protegerá o le confirmará que solo es un capricho más como ella misma suponía?

Si quieres saber más sobre ésta historia, aquí podrás encontrar todos los capítulos:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Deseo de Navidad.

Miré el reloj, habían pasado más de seis horas desde que el avión debería haber despegado y todavía no habíamos embarcado. El retraso se debía al temporal de viento y nieve que afectaba a todo el país y a gran parte de Europa. El aeropuerto de Múnich estaba lleno de pasajeros frustrados que esperaban poder pasar la Navidad con sus seres queridos.

Me senté en la sala de espera de embarques y esperé dos horas más, hasta que nos informaron por megafonía que todos los vuelos habían sido cancelados a causa del temporal. Una de las azafatas de la aerolínea, se acercó y nos informó de la situación:

—Todos los vuelos han sido cancelados por motivos de seguridad debido al temporal que azota Alemania y la mayor parte de Europa. Según nos han informado, ésta situación se mantendrá hasta la madrugada del día 26 de diciembre, que es cuando se prevé que remita el temporal.

— ¿Qué va a pasar con nuestros vuelos perdidos? ¿Nos van a devolver el dinero? —Exigió saber uno de los afectados.

—A los pasajeros que deseen volar cuando se restablezca el servicio se les abonará el 50% del coste; a los pasajeros que no puedan o quieran viajar más tarde, se les devolverá el dinero.

Todo el mundo comenzó a lamentarse, a blasfemar contra cualquier cosa o incluso a golpear el mobiliario del aeropuerto.

Suspiré con resignación, sería la primera Navidad que pasaría lejos de casa, lejos de mi familia y amigos. Llamé a mi madre y le di la mala noticia.

—Lo siento, mamá —le dije con un hilo de voz—. Te prometo que iré a veros en cuanto se restablezca el servicio aéreo.

—No te preocupes, cielo —me consoló mi madre—. Solo son tres días y celebraremos todos juntos el fin de año y Reyes.

Me esforcé por mantener la compostura, no quería derrumbarme con mi madre al otro lado del teléfono, ella también lo estaba pasando mal.

Cogí un taxi para regresar a casa. El centro estaba abarrotado de gente y varias calles estaban cortadas por el mercadillo navideño, así que el tráfico era infernal.

—Déjeme aquí, haré el resto del trayecto a pie —le dije al taxista.

Me apeé del taxi y, cargando con la maleta, caminé por las calles del centro. Me encantaba la Navidad, siempre me había encantado. Mi espíritu navideño nunca me abandonaba, al menos hasta ese momento. La nostalgia y la melancolía me invadieron, no había nada peor que pasar la Navidad sola.

—Una señorita tan guapa no puede estar tan triste el día antes de Nochebuena —me dijo un tipo disfrazado de elfo—. ¿Quieres pedirle un deseo a Santa Klaus?

—No creo que Santa Klaus pueda ayudarme, pero gracias.

—Santa Klaus puede conseguirlo todo, pídele un deseo por Navidad, no pierdes nada por intentarlo —me animó una mujer, también disfrazada de elfo—. Ven, solo será un minuto y podrás pedirle a Santa Klaus lo que quieras.

No me dio tiempo a negarme, la mujer elfo me agarró del brazo y me llevó al centro de la plaza, donde se encontraba Santa Klaus y sus renos rodeados de decenas de niños.

—No pienso sentarme en el regazo de Santa Klaus —protesté de mal humor.

— ¡Ho, ho, ho! ¿Quién es ésta señorita de ojos tristes? —Preguntó el tipo disfrazado de Santa Klaus, con un aspecto muy logrado—. ¿Quieres que te conceda un deseo por Navidad? Coge una de éstas velas.

Cogí una de las velas que me señalaba y añadió:

—Ahora, pide un deseo y sopla, pero no lo digas en voz alta, ¿eh?

Con la vela en mis manos, miré fijamente la pequeña llama y pedí mi deseo: No quería pasar sola la Nochebuena y Navidad. Soplé con fuerza y apagué la llama.

—Deseo concedido —anunció Santa Klaus a su público. Los niños y los adultos aplaudieron y Santa Klaus me susurró—: Nadie debe pasar la Navidad solo.

Aturdida por aquellas palabras y por el cansancio de pasar ocho horas trabajando más ocho horas en el aeropuerto, regresé a casa y me metí en la cama sin cenar.

A la mañana siguiente me despertó el timbre de la puerta. Haciendo un esfuerzo, me levanté de la cama y fui a abrir la puerta. Era Mónica, mi vecina española que vivía en la casa de la esquina.

—Buenos días —la saludé deprimida.

— ¡Oh, lo siento! —Me dijo al mismo tiempo que me abrazaba—. Acabo de verlo en las noticias, han cancelado todos los vuelos del país.

Invité a entrar a Mónica y le indiqué que se sentara en uno de los taburetes de la cocina mientras preparaba café y unas tostadas. Tan solo hacía seis meses que conocía a Mónica, pero se había convertido en mi mejor amiga en Múnich. Ella también era española, pero dejó España por amor cuando conoció a Sebastian Müller, su marido.

—No abrirán el aeropuerto hasta día veintiséis, así que pasaré la Navidad en Múnich y, con un poco de suerte, para fin de año y Reyes estaré en España.

—Lo sé, por eso he venido a verte —me interrumpió—. Sebastian y yo pasaremos Nochebuena y Navidad con mi cuñado y su mujer en una cabaña que tienen en el bosque. Ella también es española, sé que no es lo mismo que estar con tu familia, pero al menos seremos tres españolas en la mesa.

—Te lo agradezco, pero no creo que…

—No vayas a decir ninguna tontería, ¡eh! —Me regañó antes de que pudiera articular una sola palabra—. No pienses que voy a dejar que te quedes sola en Navidad, así que ya puedes recoger tus cosas que nos vamos a la cabaña. Y no te preocupes, te llevaremos al aeropuerto en cuanto lo abran.

—Está bien, de acuerdo —acepté finalmente.

No pasar la Navidad sola era mi deseo, Santa Klaus me había concedido un deseo por Navidad.

Dos horas más tarde, iba sentada en el asiento trasero del coche de Sebastian y Mónica para dirigirnos a la cabaña.

Cuando llegamos, me sorprendí al ver lo que ellos llamaban cabaña. Era una casa de dos plantas construida con piedra y madera, de aspecto rústico y romántico. Un lugar perfecto para una escapada romántica.

—Vaya, es una casa fantástica —comenté.

—Mi hermano Peter planeó un fin de semana romántico con Edurne y alquiló la cabaña, pero a ambos les gustó tanto que decidieron comprarla —me dijo Sebastian.

—Seb, ¿ese no es el coche de Jakob? —Le interrumpió Mónica.

—Sí, pero creía que Jakob iba a pasar la Navidad en Londres.

—Han cancelado todos los vuelos, no habrá podido viajar.

Bajamos del coche y una pareja, que deduje serían el hermano mayor de Sebastian y su esposa, salió a recibirnos. Hacía muchísimo frío, mucha más que en la ciudad.

—Entrad en la cabaña antes de que os congeléis —nos dijo la mujer.

Pasamos al salón y entramos en calor gracias al fuego de la chimenea. No pude evitar sonreír con tristeza al ver la perfecta decoración navideña, me recordaba lo lejos que estaba de mi familia.

—Edurne, Peter —dijo Mónica haciendo las presentaciones oportunas—, ella es Carla, mi amiga española.

—Encantada de conocerte, Carla —me saludó Edurne—. Lamento que no puedas estar con tu familia, pero aquí te haremos sentir una más de nuestra familia.

—Bienvenida, Carla —me saludó Peter.

—Gracias por invitarme —les agradecí.

—Hemos visto el coche de Jakob —dijo Seb—. ¿No ha podido viajar a Londres?

—También cancelaron su vuelo, pasará la Navidad con nosotros —informó Peter.

— ¿Dónde están mis dos diablillos? —Quiso saber Mónica.

—Han ido con Jakob a por leña, no tardarán en llegar.

Hablaban de Claudia y Nico, los hijos de Peter y Edurne, unos mellizos de seis años que, según Sebastian y Mónica, eran dos diablillos.

Edurne se encargó de mostrarme la habitación de invitados para que me instalara y se aseguró de que tuviera todo lo que me hiciera falta. Cuando bajé al salón, Jakob ya había regresado con los niños.

—Carla, ven —me dijo Mónica cuando me vio entrar—. Quiero presentarte a mi cuñado Jakob, el menor de los hermanos Müller.

Jakob estaba sentado en el sofá que quedaba de espaldas a la puerta. Se puso en pie y se volvió para mirarme. Nuestras miradas se cruzaron y pudimos comprobar la expresión de sorpresa en el rostro del otro. No era la primera vez que nos veíamos. Mi cuerpo se estremeció al recordar la única noche que habíamos pasado juntos compartiendo algo más que la cama.

—Carla es una buena amiga y, además, española —añadió Mónica—. También han cancelado su vuelo a España.

Me dedicó una sonrisa maliciosa y, fingiendo que no me conocía, me saludó con cordialidad:

—Encantado de conocerte, Carla.

—Lo mismo digo —murmuré tratando de mantener la compostura.

—Tío Jakob, ¿nos ayudarás a construir la casa del árbol? —Le preguntó el pequeño Nico echándose a los brazos de su tío.

—Por supuesto, pero tendrá que ser otro día, esta noche viene Santa Klaus y tenemos que irnos a dormir temprano porque si pasa por aquí y ve la luz encendida no nos dejará ningún regalo —le dijo Jakob.

Sonreí al comprobar lo bien que se le daban los niños, jamás lo hubiera creído y si no lo hubiera visto con mis propios ojos. Conocí a Jakob en un bar de copas, cuando un tipo se me acercó y trató de ligar conmigo. El tipo no aceptaba un no por respuesta y trató de propasarse conmigo, pero Jakob apareció de la nada, le dio un puñetazo a aquel idiota y después me invitó a una copa. Bebimos, bailamos y acabamos en su casa dando rienda suelta a la pasión que sentíamos. Me desperté al amanecer, estaba desnuda con un hombre al que acaba de conocer y en una cama que no era la mía. Me sentí vulnerable y hui. Me levanté y me vestí sin hacer ruido, recogí mis cosas y me marché a casa sin despedirme.

—Carla, ¿estás bien? —Me preguntó Sebastian preocupado.

—Sí, perdona —respondí ruborizándome—. Tengo la cabeza en otra parte.

Pasamos la tarde charlando en el salón y bromeando. Echaba de menos a mi familia, pero me sentí afortunada de poder pasar la Navidad con los Müller.

—Tío Jakob, le hemos pedido a Santa Klaus una novia para ti —dijo de repente la pequeña Claudia.

— ¿Y para qué quiero yo una novia? —Preguntó Jakob sorprendido.

—La abuela dice que tienes que casarte y darnos primitos, para eso hace falta una novia —le respondió Claudia.

Todos tratamos de contener la risa, pero nadie lo consiguió, ni siquiera Jakob.

—Voy a tener que hablar muy seriamente con la abuela —murmuró Jakob entre dientes.

—Frida tiene razón, ya tienes una edad en la que tienes que asentar la cabeza, no puedes ir de flor en flor toda la vida —le replicó Edurne—. ¿No te cansas de despertarte en una habitación de hotel con una mujer del que no recuerdas su nombre?

—Norma número uno: nunca lleves a una mujer a casa —dijeron al unísono Peter y Sebastian con mofa.

Todos se rieron, todos menos yo. A mí no me había llevado a un hotel, me llevó a su casa. Aunque eso no cambiaba el hecho de que era un mujeriego reputado, hasta su propia familia bromeaba sobre el tema.

Me ofrecí a ayudar a Edurne y Sebastian a preparar la cena de Nochebuena, pese a no tener ni idea de lo que estaban cocinando. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que evitara que me quedara a solas con Jakob.

Cenamos todos juntos, brindamos y disfrutamos de una agradable y divertida Nochebuena. Edurne acostó a los niños después de cenar y Claudia, que había estado toda la noche a mi lado, me pidió que le leyera un cuento antes de dormir. No pude ni quise negarme, aquella niña de seis años me había robado el corazón.

Les leí un cuento y, cuando conseguí que los niños se durmieran, salí de la habitación sin hacer ruido y cerré la puerta.

—Esperaba volver a verte, aunque nunca imaginé que sería aquí —escuché su seductora voz a mi espalda—. Espero que esta vez no se te ocurra salir huyendo de madrugada.

— ¿Acaso hubieras preferido despertarte y verme allí durmiendo? Supongo que por eso prefieres los hoteles —le reproché.

—No te llevé a un maldito hotel, te llevé a mi casa —me replicó agarrándome del brazo para evitar que saliera huyendo de nuevo.

— ¿Qué está pasando aquí? ¿Va todo bien? —Nos preguntó Peter preocupado al ver cómo me agarraba Jakob.

Jakob y yo nos separamos al instante. Consciente de que Peter no estaría pensando nada bueno, intenté arreglarlo:

—Todo genial, los niños acaban de dormirse.

—Gracias, Carla. Edurne y Mónica están es la cocina tratando de hacer mojitos —me dijo sutilmente para que me marchara y yo obedecí.

Entré en la cocina y ayudé a las chicas a preparar unos mojitos, fingiendo que todo iba bien aunque no pudiera quitarme a Jakob de la cabeza.

Tras tomarnos los mojitos y cantar varios villancicos, nos dimos las buenas noches y nos fuimos a dormir. La habitación de Jakob estaba junto a la mía y, tras intentar dormir sin conseguirlo, decidí ir a su habitación. Abrí la puerta y entré sin hacer ruido. Cerré la puerta y caminé despacio, pero me detuve al oír su voz:

—Has pasado de salir huyendo de mi habitación a colarte a hurtadillas.

Su tono de guasa me hizo saber que no estaba enfadado, al menos no lo suficiente como para echarme de allí.

—Lo siento, necesitaba hablar contigo.

—No te preocupes, Peter no sabe nada.

—Eso no me preocupa —le dije un poco molesta porque pensara que fuera tan superficial.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

—No lo sé, quizás porque no me llevaste a un hotel —bromeé.

—Ahora tampoco estamos en un hotel —susurró acercando sus labios a los míos. Se detuvo a un escaso centímetro de mi boca y añadió—: Y tampoco vas a desaparecer de nuevo, ¿verdad?

—No voy a desaparecer —le aseguré.

Nos miramos a los ojos durante un par de segundos, tratando de confirmar en el otro la verdad de aquellas palabras y, finalmente, me besó. Me besó con urgencia, con auténtica necesidad. No pensé en nada, tan solo me dejé llevar por lo que sentía. No me importaba dónde estábamos ni qué pasaría al día siguiente, solo sabía que quería estar con él, nada más importaba.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, me encontré con la sonrisa de Jakob. Estaba abrazada a su pecho y él me envolvía con sus brazos. Estar con él era como estar en casa.

—Buenos días, preciosa —me saludó besándome en la frente—. Santa Klaus me concedió mi deseo.

— ¿A qué te refieres? —Pregunté con curiosidad.

—Estaba en el aeropuerto y, cuando cancelaron mi vuelo, regresé a casa. Nada más bajarme del taxi, un par de elfos se me echaron encima y me llevaron con Santa Klaus —me explicó divertido—. Santa Klaus me dijo que me concedía un deseo y me hizo soplar una vela para que se cumpliera. No tenía la más mínima intención de seguirle el juego, pero estábamos rodeados de niños así que lo hice. Pedí encontrarte y soplé la vela.

—Qué extraño, a mí también me ocurrió lo mismo. De camino a casa dos elfos me llevaron a la plaza donde se encontraba Santa Klaus y me concedió un deseo ¡y se ha cumplido! —Exclamé sin acabar de creérmelo.

— ¿Cuál era tu deseo?

—Pedí no pasar la Navidad sola —le confesé con tristeza.

—Echas de menos a tu familia, es duro no estar con ellos en Navidad —adivinó mis pensamientos. Me besó en los labios y añadió—: Duerme un poco más, todavía es muy temprano.

— ¿A dónde vas?

—Voy a abusar de la confianza de Santa Klaus y a pedirle otro deseo, a ver si tengo suerte y me lo concede.

Me guiñó un ojo con complicidad, me besó de nuevo en los labios y se levantó de la cama. Miré el reloj, eran las seis de la mañana. Me acomodé de nuevo en la cama y seguí durmiendo.

Jakob me despertó horas más tarde susurrándome al oído:

—Feliz Navidad, Carla.

—Mm… Feliz Navidad —murmuré medio dormida.

—Santa Klaus me ha concedido otro deseo, ¿quieres saber cuál es?

—Sí.

—El temporal está remitiendo y han abierto el aeropuerto, pero de momento solo dejan despegar a vuelos privados, no a vuelos comerciales. En dos horas sale un vuelo privado a Barcelona y hay un asiento libre, si salimos ahora, podrás estar en España con tu familia a la hora de comer.

Me levanté de la cama de un salto.

— ¿De verdad? —Pregunté emocionada.

—Así es —me confirmó divertido —Vístete y recoge tus cosas, te llevo al aeropuerto.

Me arrojé a sus brazos y le abracé con fuerza, sin duda era el mejor regalo de Navidad que me podían hacer.

—Un momento —le detuve agarrándolo del brazo—. ¿Qué le has dicho a tu familia?

—Les he dicho la verdad, que un amigo viaja a Barcelona en avión privado y le he pedido que te lleven —me contestó con fingida inocencia.

—Ya sabes a qué me refiero.

—No les he dicho nada, antes debemos hablar, pero me temo que tendrá que esperar a que regreses a Múnich. Prométeme que no huirás de mí y que hablaremos cuando vuelvas.

—Te lo prometo —le aseguré y acto seguido le besé en los labios.

—Será mejor que me vaya y deje que te vistas o me encerraré contigo en la habitación y no te dejaré salir de la cama.

—Suena muy tentador, pero tendrá que ser otro día —bromeé.

Jakob salió de la habitación sonriendo divertido y yo también sonreí como una idiota. Miré el reloj, eran las nueve de la mañana. Me di una ducha rápida, me vestí y recogí mis cosas en media hora, un tiempo récord.

Cuando bajé al salón todos estaban junto al árbol observando cómo Nico y Claudia abrían sus regalos emocionados por la llegada de Santa Klaus. Al verme, todos sonrieron y me felicitaron la Navidad, contentos de que pudiera pasarla con mi familia.

—Carla, Jakob se ha ofrecido a llevarte al aeropuerto, pero si prefieres que te llevemos nosotras no hay problema —se ofreció Edurne, probablemente debido a que Peter le contaría lo que vio la noche anterior.

—No hay problema, Jakob me llevará —sentenció con una sonrisa en los labios, confirmándoles que no pasaba nada entre Jakob y yo, al menos nada malo.

—Llámanos cuando llegues a España —intervino Mónica.

—Yo no quiero que te vayas —me dijo la pequeña Claudia con lágrimas en los ojos.

Me agaché para ponerme a su altura y le dije antes de abrazarla:

—Solo serán unos días y te prometo que cuando regrese vendré a buscarte para ir juntas al parque, ¿de acuerdo?

Claudia se conformó con aquella promesa. Nico también se me echó a los brazos y me dio un beso en la mejilla.

— ¿Y también nos leerás un cuento? —Me preguntó con esa vocecilla de diablillo.

—Os leeré todos los cuentos que queráis —les dije con ternura.

Tras despedirme de la familia Müller, Jakob me llevó al aeropuerto. Allí me presentó a Alfred Fischer, un empresario alemán amigo de Jakob que me llevaría a Barcelona en avión privado.

—Disfruta de la Navidad con tu familia y piensa en mí de vez en cuando —me susurró al oído.

—Será difícil no hacerlo todo el tiempo —le respondí con sinceridad. Le besé en los labios y añadí—: Me has dado el mejor regalo de Navidad, no lo olvidaré nunca.

—Entonces, no olvides que tenemos una conversación pendiente.

Me despedí de Jakob y subí al avión con Alfred.

Tres horas más tarde, aterrizábamos en el aeropuerto de El Prat, en Barcelona.

—Muchísimas gracias por tu amabilidad, Alfred. Significa mucho para mí poder estar con mi familia en Navidad.

—Ha sido un placer disfrutar de tu compañía durante el vuelo —me aseguró Alfred con modestia—. Puede que Jakob haya tardado en sentar la cabeza, pero me alegra saber que ha escogido a la mujer perfecta.

Sonreí ligeramente avergonzada, pero también halagada por el comentario de Alfred. Me despedí de él con un sincero abrazo y corrí hacia la parada de taxi cargando con mi maleta.

Eran casi las tres de la tarde cuando llegué a casa de mis padres. La puerta del edificio estaba abierta y subí en el ascensor hasta la cuarta planta. Suspiré antes de llamar al timbre y, cuando la puerta se abrió y aparecieron mis padres, exclamé:

— ¡Feliz Navidad, familia!

Historia de amor eterno.

Se conocieron en el colegio cuando eran unos niños y no tardaron en hacerse amigos. En aquella época no tenían más preocupaciones que las de un niño: jugar y divertirse con los amigos. Él siempre se había sentido muy protector con ella, sus ojos azules, su piel blanca, su corta estatura y su delgadez siempre la habían hecho parecer débil y vulnerable; aunque en realidad ella era una persona fuerte, capaz de afrontar cualquier tempestad que le viniera encima.

En el instituto, ese sentimiento de protección hacia ella creció. También se añadió otro más intenso, el amor. No quería que sus sentimientos influyeran negativamente en su relación con ella, prefería tenerla como amiga a no tenerla por intentar algo más. Sin embargo, ella sentía lo mismo y no estaba dispuesta a dejar escapar a su gran amor. Como él no le pidió que la acompañara al baile, ella se armó de valor y se lo propuso. Por supuesto, él aceptó aquella invitación.

Desde aquel baile de celebración y despedida del instituto, no se separaron ni un solo día. Alquilaron un pequeño apartamento cerca del campus y la convivencia les unió todavía más. Cuando por fin acabaron sus respectivas carreras universitarias, se casaron y se mudaron a una pequeña casa familiar con jardín a las afueras de la ciudad.

En cuanto encontraron un empleo estable, con la seguridad que aquello les daba, decidieron ampliar la familia y, en pocos años, pasaron de ser dos a ser cinco. Tuvieron un niño y dos niñas, los tres fuertes y sanos como sus padres. Verles crecer hasta convertirse en adultos y formar su propia familia era el aliciente más grande que la vida les había dado a ambos, que ya disfrutaban de la jubilación y de los viajes que habían soñado hacer en su juventud.

Como en todos los matrimonios, pasaron por momentos buenos y malos, pero el amor que sentían el uno por el otro les daba la fuerza que necesitaban para seguir adelante y superar todos los obstáculos. Los últimos años habían sido igual de intensos y románticos que los primeros y, con ese pensamiento, miró a su marido por última vez antes de que cerraran el ataúd.

Tras el funeral, regresó a casa acompañada por sus hijos y sus nietos y se retiró a su habitación para descansar. Se metió en la cama y cerró los ojos tratando de no pensar en cómo continuaría su vida sin él y, sin darse cuenta, se quedó dormida para siempre.

Su alma abandonó a su cuerpo para seguir a su amado al más allá y continuar allí su historia de amor eterno.

Una tentación irresistible 30.

Una tentación irresistible

Pasadas dos semanas, Samuel y Helena regresan a la ciudad. El día anterior Ray les había informado que la policía había detenido a Eduardo Vidal por secuestro y tentativa de homicidio, además de otros delitos como fraude. Helena no entendía muy lo que aquello significaba, pero se relajó cuando Samuel le explicó que pasaría veinte años a la sombra.

Helena se había puesto tan contenta que llamó a las chicas, incluyendo a Sarah, Noelia y Cristina, para organizar una noche de chicas para el viernes, a la cual se acabaron invitando los chicos, lo que hizo que Samuel tuviera que adelantar un par de días el regreso a la ciudad, pese a que él hubiera preferido disfrutar a solas de la compañía de Helena.

Llegaron a Barcelona por la tarde y Helena quiso ir a su piso para ducharse y arreglarse, pero Samuel la convenció para ir al ático alegando que no quería separarse de ella. Helena cedió y los dos acabaron duchándose juntos en el ático y llegando tarde al bar de Pepe donde sus amigos les esperaban, fueron los últimos en llegar.

–          Ya era hora, pensábamos que os habíais entretenido aparcando… – Se mofó Laura, que sonreía sentada al lado de Miguel.

–          Bueno, ¿qué tal han ido las vacaciones, parejita? – Pregunta Sarah divertida.

–          Demasiado cortas. – Opinó Samuel besando en los labios a Helena.

La cena transcurre entre risas y bromas, doce amigos, seis parejas, disfrutando de una noche alegre de verano. Después fueron a tomar una copa al Queen y Helena aprovechó para hablar con Silvia y terminar de arreglar la disputa que habían tenido la noche en que Silvia invitó a Jorge al Queen. Aunque por su parte ya estaba olvidado, Helena quería dejarlo claro.

Samuel no era capaz de separarse de Helena más de un par de minutos e iba en su busca, la envolvía entre sus brazos y la besaba en los labios apasionadamente para luego decirle a modo de susurro al oído:

–          Cariño, me vuelves loco.

–          Mmm… Me gusta que me llames así. – Le susurró Helena sonriendo con picardía. Tenía ganas de jugar y Samuel se lo estaba poniendo fácil. – Pero me gusta más cuando me llamas nena con esa voz ronca y excitada.

–          Helena… – Le advirtió Samuel.

–          Uf, cuando me llamas por mi nombre es porque estás enfadado o molesto, y te aseguro que en este momento no estoy buscando al Samuel ogro gruñón. – Le respondió Helena colocando sus manos alrededor de su cuello.

–          Nena, ¿estás tratando de volverme aún más loco? – Le preguntó Samuel estrechándola entre sus brazos. – Porque creo que lo estás consiguiendo…

–          ¡Por favor, dejad algo para cuando lleguéis a casa! – Les dijo Laura bastante achispada despegándolos. Y, tirando del brazo de Helena, le dijo a Samuel: – Te robo a Helena un momento, necesito hablar con ella.

–          ¿Qué ocurre? – Le preguntó Helena cuando se apartaron en un rincón del pub.

–          Creo que he encontrado a mi príncipe azul, al de verdad, pero necesito que me des tu opinión, tú siempre has sido la más normal de las tres. – Le suelta Laura animada por las copas de más.

–          ¿Quieres que te dé mi opinión sobre Miguel?

–          Sí, bueno, tu opinión sobre lo mío con Miguel. – Le confirmó Laura.

–          Laura, apenas conozco a Miguel, tan solo sé de él lo que tú me has contado, no puedo darte una opinión sobre él ni sobre lo vuestro. – Le contestó Helena. – Lo único que puedo decirte es que si te trata bien y te hace sentir bien, no tienes nada de lo que tener miedo y seguir adelante, que pase lo que tenga que pasar.

–          La verdad es que nos divertimos mucho juntos, es una auténtica fiera en la cama, ¡tendrías que verlo!

–          ¿Eres consciente de lo que acabas de decir? – Se burló Helena.

–          Tienes razón, no quiero que lo veas en la cama. – Rectificó Laura riendo a carcajadas.

–          ¿Se puede saber qué cotilleáis tanto las dos? – Las reprendió Miguel.

–          Hazme caso, no quieres saberlo. – Le respondió Laura sin dejar de reír.

Samuel se les une y, abrazando a Helena desde atrás, les pregunta:

–          ¿Qué os parece tan divertido?

–          Dicen que no lo queremos saber, así que mejor no preguntar. – Le contesta Miguel divertido.

–          Conociéndolas, seguro que hablaban de sexo. – Apuntó Ramiro que se unió a la conversación abrazado a Sarah. – Se suponía que era una noche de chicas y, aunque al final haya sido una noche de parejas, ¿de qué esperabais que hablaran?

–          Ya que lo mencionas, aún no le hemos preguntado a Sarah qué tal eres en la cama. – Le suelta Laura sin pudor. – Dime Sarah, ¿es de los que te lo hacen de pie sobre la encimera de la cocina o sobre la cama y con la luz apagada?

–          Dios, yo no quiero escuchar la respuesta. – Les dijo Helena tapándose los oídos con las manos como si fuera una niña de cinco años.

–          Yo tampoco quiero oírlo. – Sentenció Samuel. Pegó sus labios al oído de Helena y le susurró con voz ronca: – Vámonos a casa, nena.

Helena no se lo pensó dos veces, asintió con la cabeza y se apresuró en despedirse de todos sus amigos. Cuando se despidió de su hermano Ramiro, éste le dijo que Lourdes quería que fueran a comer el domingo y quería que fuesen acompañados por Sarah y Samuel. Helena le respondió que lo hablaría con Samuel y al día siguiente lo llamaría. Después se despidió de las chicas, recordándoles que tenían pendiente una noche solo de chicas y todas la secundaron, aunque a los chicos no les hacía demasiada gracia.

Cuando llegaron al ático, Samuel tenía la mosca detrás de la oreja y, mirando a Helena a los ojos un tanto incómodo, le preguntó:

–          ¿Hay algo entre nosotros que no funcione?

–          ¿Por qué me preguntas eso?

–          No sé, supongo que porque me gustaría que si hay algo que no funciona me lo dijeses a mí antes que a tus amigas. – Le responde Samuel frunciendo el ceño.

–          Creo que vas a tener que explicármelo mejor, me he perdido.

–          ¿De qué os reíais Laura y tú que no nos lo habéis querido decir?

Helena sonrío. No esperaba para nada aquella salida y le gustó que Samuel se preocupara por el bienestar de su relación, aunque no tenía motivo alguno para hacerlo. Helena le abrazó y le besó en el cuello antes de decirle con voz dulce:

–          Laura estaba poniendo por las nubes a Miguel, me dijo que se lo pasaba muy bien en la cama con él y que tendría que verlo en acción.

–          ¿Te dijo que tenías que verlo? – Preguntó Samuel medio enfadado y medio sorprendido.

–          Eso dijo, pero cuando lo pensó rectificó y ambas nos echamos a reír, fue entonces cuando apareció Miguel y preguntó de qué nos reíamos, ¿qué querías que le dijésemos? – Le explicó Helena riendo.

–          ¿Les hablas a las chicas de mí? – Le preguntó Samuel alzando las cejas y sonriendo maliciosamente.

–          Sí.

–          Y, ¿qué les cuentas?

–          Básicamente, todo.

–          Entonces, será mejor que empiece a hacerte el amor antes de que les digas que no cumplo con mis obligaciones.

–          ¿Desde cuándo está entre tus obligaciones satisfacerme sexualmente? – Le preguntó Helena entre risas.

–          Desde que somos… ¿pareja? Novios me suena a la adolescencia. – Le respondió Samuel encogiéndose de hombros. – Mi prioridad ahora es satisfacer todos tus deseos, ya sean sexuales o de cualquier otro tipo, nena.

Samuel la cogió en brazos y la llevó a la suite, donde salieron a la terraza y activó el jacuzzi. La dejó un momento en el suelo y entró en el baño para coger un par de albornoces, los necesitarían después. Se desnudaron e hicieron el amor apasionadamente en el jacuzzi. En el regazo de Samuel subida a horcadas sobre él y envuelta por sus brazos, Helena susurró con un hilo de voz:

–          Te quiero.

–          Yo también te quiero, cariño. – Le respondió Samuel sonriendo y estrechándola con fuerza sobre su pecho. – Empezaba a pensar que jamás te lo oiría decir.

Ambos se besaron con verdadera devoción y volvieron a hacer el amor. Aquella noche, ambos perdieron la cuenta de las veces que se dijeron “te quiero”.

 

FIN

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