Archivo | noviembre 2016

Cita 45

“Esta noche no me queda más que apreciar las estrellas, porque la luna y tú han emigrado a otro cielo.”

William Osorio Nicolas. 

Una tentación irresistible 2.

Una tentación irresistible

El domingo Helena se instaló en la casa de Blanes de los padres de Silvia. Había accedido a quedarse dos semanas, pero les había prometido que si pasaba más tiempo les pagaría el alquiler, pues ahora se lo podía permitir. Como era de esperar, los padres de Silvia se opusieron y le aseguraron que podía permanecer allí todo el tiempo que quisiese mientras decidían si volver a alquilar la casa.

No podía negar que la casa tenía unas vistas impresionantes. Estaba situada en la cima de un acantilado desde donde se divisaba el mar y todo el pueblo de Blanes. Apenas tenía vecinos, había cuatro casas más cerca de la casa de los padres de Silvia y ni siquiera se había cruzado con alguno de sus vecinos.

Helena llamó a sus padres para avisarles que había llegado y tuvo que volver a escuchar la misma reprimenda de su madre:

–  Lo que necesitas es estar rodeada de tu familia, no irte sola a un lugar donde no conoces a nadie.

–  Mamá, voy a estar bien. – Le asegura Helena. – Necesito concentrarme en escribir sin que nada me distraiga y venir a aquí es la mejor opción que tenía. No te preocupes, te llamaré todos los días si así te quedas más tranquila.

Lourdes, la madre de Helena, era una mujer buena que adoraba a sus hijos, pero también era muy capaz de sacarlos de quicio. La sobreprotección que quería seguir dándoles no tenía ningún sentido teniendo en cuenta que su hijo mayor tenía treinta y tres años y su hija pequeña tenía veintisiete, ambos eran ya lo suficiente mayores y responsables como para cuidar de sí mismos, pese a que Lourdes no quisiera comprenderlo. Ramón era muy distinto. Había comprendido a la perfección que sus hijos ya eran mayores y estaba seguro de que en el caso de que sus hijos necesitaran de su ayuda se la pedirían. Ramón no podía negar que el hecho de que sus hijos crecieran le había otorgado cierto temor, pero sabía que tarde o temprano se tendrían que enfrentar al mundo y que lo mejor era mantenerse al margen y apoyarles como siempre había hecho él y su esposa.

Helena agradecía tener siempre el apoyo incondicional de su padre. Pese a ser la niña y además la pequeña, Helena había crecido con libertad para descubrir el mundo a su manera. Sus padres siempre la habían apoyado en todo, aunque algunas veces le advirtieran que estaba cometiendo un error, ellos siempre habían estado allí para recoger sus pedazos y recomponerlos. Pero esta vez había sido distinto. Todo el mundo se empeñaba en tratarla como si estuviera pasando por el peor momento de su vida y trataban de hablar con ella para animarla, pero en realidad Helena se encontraba bastante bien y no precisaba de aquellas atenciones que todo el mundo se empeñaba en darle.

Tras deshacer la maleta e instalarse, Helena decidió salir a comprar algo de comida y después salió a correr. En un primer momento, pensó en ir a correr por la playa, pero cambió de opinión cuando encontró un sendero que la llevaba hacia a la montaña. Recorrió el camino de piedras hasta llegar a una pequeña explanada donde un caballo bebía agua de un pequeño río que pasaba por la zona. A Helena siempre le habían gustado los caballos y había pasado los veranos en la hípica de su abuelo cuidando de sus caballos y montándolos, pero aquél parecía un caballo salvaje, pues no tenía silla de montar y poseía en la mirada ese brillo de libertad. Helena sabía que un caballo salvaje no era fácil de tratar y que podía resultar impredecible pero aun así se arriesgó y se acercó:

–  Parece que ambos buscamos con ansia la soledad y sin embargo nos hemos encontrado. – Dijo Helena acercándose al caballo salvaje. Sabía que los caballos escuchaban, pese a que no entendieran nada de lo que los humanos pudieran decir. – Eres un caballo precioso, deberías estar rodeado de hermosas yeguas.

El caballo relinchó a modo de respuesta y se acercó a Helena dejándose acariciar por ella. Fue entonces cuando Helena descubrió que no se trataba de un caballo salvaje, pues alguien se había tomado la molestia de ponerle herraduras en las cuatro patas.

–  ¿Te has escapado de casa? – Le preguntó Helena. Y consciente de que no iba a obtener respuesta alguna, se limitó a seguir hablando: – Yo no me he escapado, pero en cierto modo me siento como si lo hubiera hecho. Deberías volver a tu casa, estoy segura de que alguien estará preocupado por ti y te estarán buscando. – El caballo volvió a relinchar y Helena lo siguió acariciando para tranquilizarlo mientras le susurraba: – Lo sé, a veces necesitamos aislarnos de todo y de todos, pero también hay que pensar en el daño que se les hace a las personas que nos quieren y que nos apoyan incondicionalmente.

Helena dio un salto y se subió a lomos del caballo que pareció relajarse ante al contacto. No sabía quién era su dueño, pero estaba dispuesta a encontrarlo para devolvérselo.

Dejó que el caballo caminara libremente con la esperanza de que la llevara de vuelta al lugar de donde había salido, pero había pasado media hora y aún no habían llegado a ninguna parte, de hecho le daba la sensación de que cada vez estaba más lejos de su casa y no estaba segura de saber volver.

–  ¿Loco? – Oyó una voz detrás de sí. – ¿Loco, eres tú?

El caballo se volvió sobre sí mismo y relinchó a modo de respuesta, levantando sus patas delanteras y haciendo que Helena se agarrara con fuerza a la crin del caballo para no caerse.

–  Señorita, será mejor que se baje de ese caballo si no quiere hacerse daño. – Le aconsejó el propietario de la voz, un hombre de mediana edad que parecía estar realmente preocupado por su seguridad.

Helena no se lo pensó dos veces y bajó del caballo, si aquél hombre era el propietario entendía que no le hiciera ninguna gracia encontrarlo con ella.

–  Lo siento, lo he encontrado y al principio pensaba que era un caballo salvaje, pero después he visto sus herraduras y he supuesto que tenía dueño. – Se excusa Helena. – Tan solo pretendía encontrar al dueño de este precioso caballo, es un poco terco, pero sin duda alguna se trata de un caballo muy especial.

–  El caballo no es mío, señorita. – Le responde el hombre con una amplia sonrisa. – Es de mi jefe, pero nadie lo monta porque es muy terco y uno no se puede fiar. Se escapa cada dos por tres y se muestra muy arisco con todos nosotros, excepto con usted. ¿Cómo ha conseguido montarlo sin la ayuda de la silla de montar?

–  No sé, lo cierto es que no me ha puesto problema alguno. – Le responde Helena encogiéndose de hombros.

–  ¿Le importaría ayudarme a traerlo de vuelta al establo? – Le pregunta el hombre. – Está aquí cerca y prometo llevarla a su casa para que no tenga que regresar andando. Por cierto, me llamo Gabriel.

–  Encantada de conocerlo, Gabriel. – Lo saluda Helena. – Yo me llamo Helena.

Helena acepta la propuesta de Gabriel y, subida a lomos de Loco, el caballo que creía que era salvaje, se dirigen al establo.

De camino al establo, Helena le pide permiso a Gabriel para ir a visitar de vez en cuando a Loco y Gabriel le promete que hablará con su jefe, pero que no será fácil. Es entonces cuando Gabriel le explica a Helena que Loco era el caballo del hermano mediano de su jefe que murió en un accidente de tráfico. La hermana pequeña trató de montarlo tras la muerte del hermano pero Loco se puso muy nervioso y acabó tirándola al suelo. Por suerte no se hizo nada grave, pero fue suficiente para que todos quisieran deshacerse del caballo, pues se había vuelto incontrolable. La hermana pequeña convenció al hermano mayor para que se hiciera cargo de Loco y desde entonces habían pasado ya dos años.

Después de llevar a Loco al establo, Gabriel llevó a casa a Helena tal y cómo le había asegurado. Se montaron en una furgoneta vieja y diez minutos después llegaron a su destino. Helena se aprendió el camino con el fin de poder regresar y ver a Loco.

Esa noche, a Helena le llegó la inspiración y empezó a escribir su segunda novela. Se quedó dormida casi al amanecer, cuando completó el primer capítulo. La tristeza de Loco tras la muerte de su dueño la había inspirado y decidió ambientar su novela en tiempos pasados, cuando los hombres montaban a caballo en vez de conducir ostentosos coches como lo hacían en la época actual.

A la mañana siguiente, Helena decide ir un rato a la playa para tomar el sol y darse un chapuzón. Desde la casa hay un pequeño sendero que lleva a una pequeña cala caminando unos quince minutos. Es un sendero bastante difícil de encontrar y que muy poca gente conoce, al menos eso le dijeron los padres de Silvia, pero siguiendo sus indicaciones Helena lo encontró con facilidad y se tumbó sobre la arena al mismo tiempo que se dejaba llevar por su imaginación y el siguiente capítulo cobraba vida en su cabeza.

No muy lejos de donde se encontraba Helena, Gabriel le contaba a su jefe lo sucedido con Loco la tarde anterior:

–  No te lo vas a creer, Álvaro, pero esa chica lo montaba como si fuera su propio caballo, Loco estaba como hechizado por ella.

–  Es demasiado peligroso, ya viste lo que le pasó a Sarah. – Insistió Álvaro, pese a la curiosidad que sentía por conocer a esa chica misteriosa de la que Gabriel le hablaba. – ¿Qué sabes de esa chica?

–  Creo que es la nueva inquilina de la casa que hay junto al acantilado, o al menos allí fue donde me pidió que la dejara cuando me ofrecí a llevarla a casa.

–  Mañana la buscas y le dices que venga, quiero conocerla y ver si es capaz de hacer con Loco todo lo que tú dices. – Le dijo Álvaro intrigado por la chica de la que Gabriel le hablaba.

Álvaro tenía muchas preguntas sin respuestas y decidió ir al establo para hacerle una visita a Loco. Sabía que aquel caballo no le daría las respuestas, pero aun así habló con él:

–  ¿Qué pasa contigo? Llevo dos años tratando de que me dejes colocarte una silla de montar y de repente viene una chica y dejas que se te suba a los lomos, ¿qué clase de colega eres que me cambias por una chica? – Le acarició la cara al caballo y añadió como si pudiera entenderlo: – Gabriel me ha dicho que es una chica muy guapa y que pensó que era una especie de Diosa cuando la vio.

Pero Loco no estaba por la labor de escuchar, relinchó como hacía siempre que se le acercaba y después se alejó de él como si temiera que le fuera a hacer daño.

Álvaro tenía demasiadas cosas en mente y necesitaba relajarse, últimamente tenía demasiado trabajo y apenas le quedaba tiempo ni para descansar, así que decidió darse un chapuzón en la piscina y olvidarse del mundo.

Una tentación irresistible 1.

Una tentación irresistible

Es la tercera llamada que Helena López recibe de su editora esta semana para reclamar la entrega de los cinco primeros capítulos de su novela, tal y cómo habían convenido tras la publicación de su primer libro que había sido todo un éxito y lo seguía siendo. Pero Helena se había quedado en blanco, las musas la habían abandonado y ni siquiera había empezado a pensar en los personajes. En sus veintisiete años de vida, no recordaba haberse quedado sin inspiración para escribir.

–  Helena, no quiero presionarte. – Le decía con tono sereno pero firme Marta Campos, su editora, desde el otro lado del teléfono. – Hace más de una semana que tendrías que haberme enviado los cinco primeros capítulos de la novela y mi jefe se me está echando encima. Necesito darle algo, Helena. Necesito que me entregues algo.

–  Marta, créeme que lo intento. – Le dice Helena abatida. – Dame un par de semanas, te prometo que en un par de semanas tendrás el borrador de los cinco primeros capítulos.

–  De acuerdo, ya veré cómo me las apaño. – Se resigna Marta. – Pero dos semanas, ni un solo día más.

Helena le asegura que en dos semanas tendrá el borrador de los cinco primeros capítulos, pero ni siquiera ella sabe cómo va a lograr cumplir su promesa.

Desde que se publicó su primera novela, hace ya tres meses, su vida ha cambiado mucho. Ha pasado de ser una anónima escritora de relatos de una revista semanal a ser una escritora de ámbito nacional y dentro de poco internacional, pues se está negociando la publicación de su novela en cinco países más. Pero no todo ha sido bueno, ha tenido que trabajar duro para conseguir lograr la publicación del libro, ha invertido demasiadas horas en escribir, en reuniones con correctores, editores y abogados. Horas que les había quitado a sus amigos y sobre todo a su novio. Había descuidado tanto su relación con Jorge que más que una pareja parecían compañeros de piso, pero él nunca pareció echarla de menos. La noche de la presentación de su novela, con alguna copa de más, Jorge y Helena hablaron sobre su relación y ambos coincidieron en que aquello no funcionaba. La pasión entre ellos había desaparecido y a su paso había dejado una buena amistad, pero nada más. Helena y Jorge empezaron a salir juntos en el instituto, su relación había durado diez años, ocho de los cuales habían convivido juntos, y esa misma noche decidieron tomar caminos distintos.

Pese a que había sido una ruptura amistosa y de mutuo acuerdo, Helena no podía dejar de sentirse extraña, tenía la sensación de estar viviendo la vida de otra persona.

Habían pasado ya tres meses desde la noche de la presentación del libro y la ruptura de su relación con Jorge y, como cada viernes desde entonces, Helena había quedado con sus dos mejores amigas en la plaza del barrio para cenar en el bar de Pepe, un bar de tapas frecuentado por todos los habitantes del modesto barrio obrero de Barcelona en el que había nacido y crecido y al que había regresado tras romper su relación con Jorge.

Cuando Helena llegó a la plaza, sus amigas ya la estaban esperando. Se conocieron en la guardaría, hace ya veinticinco años, y a pesar de lo diferentes que eran seguían siendo inseparables. Silvia siempre había sido la más sensata de las tres, la voz de la conciencia. Tiene un gran corazón y una inocencia enternecedora. Su pelo castaño, su tez pálida y sus ojos grandes y brillantes le daban un aire angelical, acorde con su personalidad. Silvia vive con Héctor, su novio al que conoció en la universidad y del que está totalmente enamorada. Laura es el polo opuesto de Silvia: tiene el pelo rizado y del color del fuego que contrasta con el color azul de sus ojos y una sonrisa pícara que declara lo descarada y sensual que puede llegar a ser. Laura no quiere ni oír hablar de echarse novio, no cree en el amor. Desde que su novio del instituto la abandonara al empezar la universidad, Laura se prometió que nunca más sufriría por un hombre y hasta el momento había cumplido su promesa: cuando se acercaba a un hombre solo era con la intención de pasar una única noche con él y no volver a verlo nunca más. Helena era el punto de unión entre Silvia y Laura. No es tan inocente como Silvia, pero tampoco es tan descarada como Laura. Tiene el pelo rubio y unos ojos felinos de color verdes, unos suaves rasgos faciales que realzan sus pómulos y unos labios carnosos que le otorgan una belleza natural que no pasa desapercibida. Dado lo diferentes que son sus rasgos, Jorge y otros amigos del instituto las habían bautizado como “los ángeles de Charlie”.

Helena no pudo evitar sonreír al recordar aquél apodo que las acompañaba desde los tiempos del instituto, eran buenos recuerdos de épocas remotas que siempre le producían nostalgia. Helena recorrió los escasos metros que la separaban de sus amigas y se reunió con ellas al mismo tiempo que las saludaba divertida:

–  Buenas noches, ángeles.

–  ¡Buenas noches! – Le contestaron Silvia y Laura al unísono.

Las tres amigas se besaron y se sentaron a una de las mesas de la terraza del bar de Pepe. Siguiendo la tradición de los viernes desde hace tres meses, las chicas le pidieron tres cañas al camarero y Laura sacó la conversación que menos le apetecía tener a Helena:

–  ¿Cómo va tu inspiración? ¿Te han vuelto las musas?

–  No, han debido perderse con la mudanza. – Le responde Helena encogiéndose de hombros. – Se supone que hace una semana que le tendría que haber enviado a mi editora el borrador de los cinco primeros capítulos y aún no tengo nada. Estoy bloqueada.

–  No te rayes, Helena. – Le aconsejó su amiga Silvia. – Tu vida ha cambiado por completo de la noche a la mañana, profesional y emocionalmente. Has dejado a tu novio de toda la vida, te has mudado del piso en el que llevabas viviendo desde hace ocho años, has dejado tu trabajo estable y has publicado un exitoso libro que te va a hacer famosa en todo el mundo. Solo han pasado tres meses, todavía lo estás asimilando y es normal que estés bloqueada. Lo que necesitas es relajarte, irte unos días a un spa y olvidarte de todo para volver con la energía renovada.

–  ¡Lo que necesita Helena es echar un polvo! – Dictamina Laura entre risas. – Hace tres meses que lo dejó con Jorge y aún no ha salido con nadie, ¡cómo para no estar bloqueada! – Laura se acerca a sus amigas y añade en voz baja para que solo ellas la escuchen: – Ha pasado tanto tiempo desde que follaste por última vez que seguro que te han salido telarañas ahí.

–  ¡Serás burra! – Le replica Silvia a Laura.

–  Haya paz, chicas. – Interviene Helena. – Creo que las dos tenéis razón, no puedo quedarme en casa, necesito salir, conocer gente y divertirme, pero tampoco quiero despertarme al lado de un hombre distinto cada día. Lo primero que debo solucionar es la novela, le he prometido a Marta que le entregaré los capítulos en dos semanas y tengo que cumplir con mi palabra.

–  Mis padres todavía no han decidido si volver a alquilar la casa de Blanes, puedes instalarte allí todo el tiempo que quieras para concentrarte en escribir. – Le propone Silvia. – Un cambio de aires no te vendrá mal y nosotras podemos ir a verte el fin de semana.

–  Yo me apunto. – Dice Laura divertida y acto seguido se lamenta: – Estamos a finales de junio y todavía no he pisado la playa este año y ya va tocando.

–  ¿Estás segura de que a tus padres no les importará? – Pregunta Helena para asegurarse.

–  Mis padres te adoran, no pondrán ninguna pega. – Le confirma Silvia.

–  En ese caso, supongo que no pierdo nada por probar. – Decide Helena esperando que estando en playa de Blanes pueda empezar a escribir su segunda novela.

El camarero les trae las tres cañas y las tres amigas brindan por la amistad verdadera y duradera. Después de cenar, Laura propone ir a tomar una copa. Tras discutir sobre qué local ir a tomarse una copa, finalmente deciden ir al Queen, un pub musical situado a un par de calles de la plaza.

El Queen no es un lugar lujoso, pero es un punto de encuentro para la juventud del barrio y siempre está lleno de gente. El local no es muy grande, pero tiene un jardín trasero donde han dispuesto una zona chill-out y las chicas se sientan en uno de los sofás del jardín tras pedir sus copas en la barra. Charlando y bebiendo con sus amigas como cuando eran adolescentes, Helena logra olvidarse de todas sus obligaciones por una noche. Cuando se terminan la tercera copa, Helena, Laura y Silvia se lanzan a la pista de baile al ritmo de salsa y varios chicos se acercan para invitarlas a bailar. Silvia los rechaza a todos, para ella bailar con otro hombre que no sea Héctor es como traicionarlo. Laura acepta encantada la invitación de un chico mulato que baila estupendamente bien y al que nunca antes había visto, lo que le convertía en un amante en potencia. Helena también aceptó la invitación a bailar de un chico moreno de ojos oscuros que llevaba observándola desde que entró en el pub.

–  Me llamo Sergio. – Se presenta el chico para romper el hielo al mismo tiempo que la agarra por la cintura para bailar con Helena. – Bailas muy bien.

–  Gracias, tú también. – Le responde Helena con una tímida sonrisa. – Por cierto, soy Helena.

Tras aquella canción, Helena bailó otras muchas más con Sergio. Silvia fue la primera en marcharse, quería regresar cuanto antes al lado de Héctor. Laura se fue poco después agarrada de la mano del mulato con el que había estado bailando y Helena se quedó en el pub bailando con Sergio.

A las tres de la mañana el Queen cerraba y la gente se dispersaba por la calle. Sergio se ofreció a acompañar a Helena a su casa a pesar de que vivía a tres manzanas de allí. Pasearon camino a casa de Helena mientras continuaban charlando y se empezaban a conocer. Era la primera vez que Helena se sentía cómoda a solas con un hombre desde que lo dejó con Jorge y el detalle no le pasó desapercibido. Sergio es un hombre atractivo, de unos treinta años, amable, simpático y muy respetuoso. Pese a que se había sentido hechizado por ella desde que la vio aparecer en el pub, no se le había tirado al cuello como un depredador y su esfuerzo le había costado. Por eso cuando Sergio se despidió de ella en el portal de su casa dándole un beso en la mejilla y le pidió su número de teléfono, Helena no dudó en dárselo.

El sábado Helena se levantó a mediodía, se dio una ducha y, al observar la falta de muebles y decoración de su piso, pensó que tenía que pintar las paredes, comprar muebles y decorarla a su gusto. Habían pasado tres meses desde que había alquilado el piso y se había mudado y aún seguía estando igual que el primer día que se instaló. Pero antes tenía que ir a comer con Silvia a casa de sus padres para confirmar que no había problema en que se instalase en su casa de Blanes y después comunicarles la noticia a sus propios padres.

Una tentación irresistible.

Una tentación irresistible

Helena ha perdido a las musas que la inspiran para escribir, su editora le reclama los primeros capítulos de una novela que aún no ha cobrado forma en su cabeza y empieza a desesperarse.

Tras una noche de chicas con sus dos mejores amigas, Silvia y Laura, decide pasar un par de semanas en Blanes, concretamente en la segunda residencia de los padres de su amiga Silvia.

Allí conoce a Loco, un caballo enfadado con el mundo que le devuelve la inspiración. También conoce a Gabriel, el cuidador del caballo y quien le presenta a Álvaro y Noelia, un joven matrimonio que le abre las puertas de su casa y la tratan como a una más de la familia, sobre todo cuando se ofrece para entrenar a Loco.

Lo que no espera es que Samuel, el hermano de Álvaro, se oponga firmemente a aquel entrenamiento y mucho menos que le atraiga con la misma intensidad que le saca de quicio. Parece que ese Ogro Gruñón la ha tomado con ella, pero la atracción existente entre ambos les llevará a situaciones rocambolescas que acabarán por unirles más de lo que ambos creen y esperan.

Pero alguien del pasado de Samuel regresa para vengarse y descubre que ahora su punto débil es Helena. ¿Conseguirá Samuel salvar a Helena y que permanezca a su lado?

Si quieres saber más sobre esta historia, aquí tienes todos los capítulos:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

No me reconozco.

No me reconozco

Siempre había vivido disfrutando del presente, sin preocuparse por el futuro y, mucho menos, por el qué dirán. Nunca había tenido que preocuparse de dar explicaciones a nadie, porque nunca nadie se había preocupado por él, con la única excepción de su hermano mayor.

Sus padres fallecieron en un accidente de tráfico cuando eran pequeños, él ni siquiera los recordaba, tan solo era un bebé de dos años y, por suerte o por desgracia, no conservaba recuerdos de aquella época. Como no tenían más familia que sus difuntos padres, los servicios sociales se hicieron cargo de ellos y fueron a parar a un pequeño orfanato a las afueras de la gran ciudad. Su hermano, además de su papel de hermano mayor, también ejerció de protector y, gracias a él, todos los niños del orfanato le respetaban.

En cuanto su hermano cumplió la mayoría de edad, buscó un trabajo, un apartamento y consiguió hacerse con su tutela para poder seguir cuidando de él. Combinaba sus estudios con un trabajo de camarero en el que le pagaban lo suficiente para pagar los gastos y poco más, pero se apañaban con lo poco que tenían.

Por desgracia, la vida se había empeñado en arrebatarle lo único que le quedaba: su adorado y protector hermano mayor. Tras pasar unos días enfermo en el hospital, los médicos le diagnosticaron una grave enfermedad. Tan solo le quedaban unos pocos días de vida.

Desde aquel momento, no se separó ni un solo segundo de él. Durante tres largos días con sus largas noches, se quedó a su lado, sentado en un viejo sillón que había junto a la cama donde yacía su hermano.

Pocos minutos antes de morir, su hermano mayor le había hecho prometer que disfrutaría de cada día como si fuese el último, quería que su hermano pequeño disfrutara de la vida como él no había podido hacer.

Después del funeral, a él solo le importó cumplir aquella promesa, no quería ni podía defraudar a la única persona que siempre le había apoyado, protegido y cuidado hasta el último minuto.

Recorrió el mundo cargando con una mochila a su espalda y la soledad en el corazón. Visitó lugares que jamás hubiera imaginado que existían; descubrió culturas que le descubrieron un sinfín de maneras de vivir; disfrutó de numerosas fiestas hasta perder la consciencia; sedujo a miles de mujeres con las que pasó una sola noche; y se dejó regalar los oídos con absurdos cumplidos y promesas de alcoba.

Sin embargo, nada de todo aquello le reconfortaba. Los hermosos paisajes, las alocadas fiestas y las apasionadas noches con distintas mujeres no llenaban el vacío que había en su corazón. Continuaba cumpliendo con su promesa, o al menos eso creía él. Pero lo cierto era que todo aquello no le hacía disfrutar de la vida de una manera especial, como quería su hermano.

No se dio cuenta de ello hasta que un día cualquiera, se levantó como todas las mañanas en una cama ajena junto a una mujer desconocida y, mientras se aseaba antes de marcharse, no reconoció al hombre que vio en el espejo.

Se había centrado en seguir su promesa al pie de la letra que se había olvidado de la esencia de aquellas palabras que le transmitió su hermano antes de morir. Tal era su obsesión que, después de haber recorrido el mundo, de conocer diversas culturas y de dormir en tantas camas, sabía más de la humanidad en general que de él mismo.

Había olvidado quién era realmente, se había convertido en un camaleón que sabía adaptarse a su entorno, pero que jamás sacaba a luz su propia personalidad.

Se lavó la cara con agua fría y, tras volver a mirarse en el espejo, murmuró:

−Ha llegado el momento de conocerme, de asentarme en un lugar donde formar un hogar y disfrutar de la vida a otro ritmo.

Cita 44.

“Así soy yo: no tengo nada que decirle al tiempo. Y él tampoco tiene nada qué decirme.”

Octavio Paz.

Tu hada de la suerte 23.

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Un año más tarde…

Llevo varios días encontrándome fatal, vomito a todas horas, el olor a comida me provoca náuseas y me duermo por los rincones. Mike está preocupado, pero le he quitado importancia alegando que se trataba de un virus gastrointestinal, aunque sé perfectamente lo que me ocurre. Igual que también lo sabe Carmen, que esta mañana se ha confabulado con Mike y se han negado a dejarme salir de la cama. Mike se ha ido a trabajar y Carmen se ha quedado cuidándome.

–  ¿Cuándo vas a decírselo? – Me ha preguntado con cautela, pero con un ligero reproche en la voz.

–  ¿Ha decirle el qué a quién? – Me hago la sueca.

–  Milena, hasta yo me he dado cuenta de lo que te ocurre. – Me dice Carmen acariciando mi mano para darme ánimo. – ¿Estás asustada?

–  Estoy aterrada. – Le confieso. Necesito hablar con alguien o me volveré loca y Carmen es la única que sabe lo que me ocurre. – Ni siquiera me he hecho el test de embarazo, pero sé que va a dar positivo. Mike y yo ni siquiera hemos hablado de tener hijos, no sé cómo se lo va a tomar y yo estoy confundida. No sé si estoy preparada para tener un bebé y, por si fuera poco, no dejo de vomitar, mi comida preferida me da asco y me duermo por los rincones.

–  Mi niña, creo que deberías hablar con Mike. – Me aconseja Carmen. – Estoy segura de que él desea a ese bebé tanto como tú.

Animada por Carmen, hemos ido a la farmacia y he comprado un par de test de embarazo. He decidido hablar primero con Mike y hacerme el test de embarazo con él presente, tal y cómo me ha aconsejado Carmen. Al fin y al cabo, si estoy embaraza él será el padre de ese bebé.

Cuando Mike llega de trabajar, Carmen nos dice que ha dejado preparada y lista para calentar la cena en el horno y se retira a su habitación para dejarnos a solas.

–  ¿Qué le has hecho a Carmen para que salga tan rápido de la cocina? – Bromea Mike al entrar en la cocina y toparse con Carmen. Me besa en los labios y añade: – ¿Cómo se encuentra mi hada de la suerte?

–  Estoy bien, pero necesito hablar contigo. – Balbuceo nerviosa.

Mike me escruta con la mirada, tratando de adivinar qué es lo que ocurre. Se pasa las manos por la cabeza y, mirándome a los ojos con gesto indescifrable, me dice:

–  Te escucho.

–  No sé muy bien cómo decirlo… Es un poco complicado. – Empiezo a decir. – El caso es que desde hace unos días no me encuentro muy bien, como ya te habrás dado cuenta… Tengo náuseas, sueño a todas horas y hace diez días que tendría que haberme venido la regla. – Le dejo caer como una bomba y le observo esperando su reacción.

Los labios de Mike se curvan formando una amplia sonrisa y me pregunta para asegurarse:

–  ¿Me estás diciendo que vamos a tener un bebé? – Sin duda alguna, la noticia le ha hecho feliz tal y como me ha dicho Carmen que ocurría.

–  He comprado esto en la farmacia para confirmarlo. – Le respondo enseñándole los dos test de embarazo que he comprado.

Mike me abraza, me coge en brazos y da vueltas sobre sí lleno de felicidad y alegría. Me besa en los labios con adoración y me dice sin dejar de abrazarme:

–  Temía que fueras a darme una mala noticia y sin embargo acabas de hacerme el hombre más feliz del planeta. – Me besa de nuevo en los labios y añade: – Vamos a confirmarlo.

Me lleva al cuarto de baño y me sienta en el inodoro tras subirme el vestido y bajarme las bragas. Saca el aparato del envoltorio y me lo entrega, después saca las instrucciones del test de embarazo y las lee en voz alta para que las siga al pie de la letra. Cuando por fin logro hacer pipí sobre la tira reactiva del aparato, le pongo el capuchón y lo dejo sobre la encimera, a la vista de ambos. Mientras esperamos que aparezca el resultado, Mike me abraza desde la espalda y me da besos por el cuello y la nuca, tratando de relajar la tensión que siento en este momento. En la pequeña ventana del aparato aparecen dos palitos de color rosa y Mike se afana en leer las instrucciones para averiguar el resultado. A mí no me hace falta, sé lo que significan los dos palitos: estoy embarazada. Mike descubre el resultado y sonríe feliz al conocer la noticia, pero mi cara debe ser un poema porque me mira a los ojos y su sonrisa se desvanece, me coge en brazos y me lleva a la cama al mismo tiempo que me pregunta preocupado:

–  Cielo, ¿estás bien? Te has puesto pálida y…

–  Tengo miedo, Mike. – Le interrumpo. – No sé si estoy preparada para esto, si voy a ser capaz de cuidar de una vida que va a depender absolutamente de mí y…

–  Sht. – Me calma Mike meciéndome entre sus brazos. – Vas a ser la mejor madre del mundo y no tienes que asustarte porque no vas a estar sola, yo voy a estar contigo y con nuestro bebé en todo momento y te voy a ayudar. – Me da un beso en los labios y añade: – Además, Carmen se volverá loca de alegría y estará encantada de ayudarnos; nuestros padres también estarán encantados de tener un nieto. Kate lleva tiempo pidiéndonos un sobrinito al que malcriar y pronto se lo vamos a dar. – Me acaricia la inexistente barriga con ambas manos y me susurra al oído: – Soy el hombre más feliz del mundo y todo gracias a ti, que me lo has dado todo, cariño. Te quiero, pequeña.

–  Yo también te quiero. – Le respondo dejándome envolver por sus cálidos brazos.

 

FIN

 

 

Tu hada de la suerte 22.

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El sábado por la mañana Mike me lleva a casa de mis padres. Se ha levantado de muy buen humor y se muestra excesivamente cariñoso y dulce conmigo. Me siento en el séptimo cielo, así es como me hace sentir Mike. Tengo que reconocer que estoy un poco nerviosa, mis padres nos someterán a un tercer grado y, teniendo en cuenta los últimos acontecimientos, estoy segura de que hablaremos de Daniel y eso me hace sentir incómoda. No quiero hablar de él, me gustaría fingir que nunca ha existido, olvidarme de él y de todo lo que sufrí por él. Ahora solo quiero ser feliz al lado de Mike y voy a luchar por mi felicidad.

–  ¿En qué piensas? – Me pregunta Mike curioso.

–  En lo bien que me siento cuando estoy contigo. – Le confieso.

Mike me sonríe con dulzura, coge una de mis manos y se la lleva a los labios para besarla con ternura. Pese a lo tenso que estaba anoche, hoy parece relajado y contento.

Llegamos a casa de mis padres antes del mediodía y mi madre sale a recibirnos con una amplia sonrisa en los labios y los brazos abiertos e impacientes por envolverme con ellos.

–  Mi niña, me alegro de que estés aquí. – Me dice mientras me abraza con fuerza. – ¿Cómo estás? ¿Va todo bien, cielo? Últimamente nos tienes preocupados y después de lo que nos enteramos ayer… Supongo que ya sabrás lo de Daniel, ¿verdad?

–  Estoy bien, mamá. – La tranquilizo. Mike se acerca y me apresuro en añadir antes de que llegue donde estamos nosotras: – Sé lo de Daniel, pero no quiero hablar de ello ahora y menos delante de Mike.

–  Lo único que me importa es que estés bien y parece que Mike se ha encargado de que así sea. – Me dice mi madre con complicidad. – ¿No vas a presentármelo?

Espero a que Mike llegue a mi lado, le cojo la mano para que me transmita seguridad y transmitírsela también a él y hago las presentaciones oportunas:

–  Mamá, éste es Mike, mi novio. – Puedo sentir como Mike respira aliviado, el pobre aún tenía alguna duda de que lo fuera a presentar como a mi jefe. – Mike, ésta es mi madre, Katia.

–  Encantado de conocerla, señora Ayala. – La saluda Mike amablemente estrechándole la mano.

–  Lo mismo digo, Mike. – Le responde mi madre. – Y por favor, llámame Katia.

Mi madre nos invita a pasar y nos sentamos en el sofá del sillón mientras ella nos sirve un par de refrescos y va a buscar a mi padre a su despacho para informarle de nuestra llegada. Mi madre regresa al salón acompañado de mi padre. Mike se pone en pie para saludarlo y noto cómo se tensa igual que anoche. Mi padre me mira a los ojos tratando de averiguar mi estado de ánimo y yo le hago saber que estoy feliz mostrándole una de mis mejores sonrisas, eso hace que su expresión se torne más amistosa y Mike se relaja un poco.

–  ¡Hola papá! – Lo saludo echándome a sus brazos.

–  ¿Cómo está mi pequeña? – Me pregunta paternal mientras me abraza con fuerza. – Tu madre y yo te hemos echado mucho de menos.

–  Tendrás que darle las gracias a Mike, él es el responsable de que esté aquí. – Le respondo pidiéndole paz con la mirada, a mi padre siempre le ha gustado asustar a mis novios. – Papá, quiero presentarte a Mike.

Ambos hombres se miran con firmeza y seguridad y se estrechan la mano con cordialidad, pero con cierta desconfianza.

–  Me alegro de que ambos estéis aquí. – Comenta mi padre.

Nos tomamos el refresco mientras charlamos con mis padres sobre nuestra peculiar relación, pero omitiendo los detalles más privados. Mike justifica nuestra repentina y temprana relación alegando que fue amor a primera vista y que desde entonces no he salido de su cabeza ni de su corazón. Ni qué decir tiene que se mete a mi madre en el bolsillo en el momento y creo que a mi padre también, aunque no lo muestre tan abiertamente como ella.

Algunos amigos y vecinos de mis padres empiezan a llegar a saludarme, mi madre les ha avisado de mi llegada y ha organizado una pequeña “fiesta de bienvenida” y yo pongo los ojos en blanco.

–  Lo intentado evitar pequeña, pero ya conoces a tu madre. – Me dice mi padre resignado pero mirando a mi madre con verdadera adoración.

Por el rabillo del ojo veo como Mike sonríe divertido, está disfrutando con la situación. Mi madre se apresura a presentar a su “yerno”, como lo llama ella, a todos los invitados y Mike los saluda a todos amablemente. Ahora soy yo la que sonríe divertida.

–  Hacía tiempo que no te veía tan feliz. – Me dice mi padre aprovechando que todos están entretenidos charlando con mi madre y con Mike. Me ofrece una cerveza y añade: – Supongo que es mérito de Mike.

–  Supones bien, papá. – Le confirmo sonriendo. – Puede que todo esté pasando demasiado deprisa, pero nunca había sido tan feliz como lo soy hoy. Os tengo a vosotros, lo tengo a él y no tengo ninguna preocupación en la cabeza excepto la de continuar siendo y sintiéndome así de feliz.

–  Soy feliz si tú eres feliz, pequeña. – Me dice mi padre con ternura. – Mike parece un buen hombre, está pendiente de ti todo el tiempo y te mira con verdadera adoración. Me recordáis a tu madre y a mí cuando éramos jóvenes. Nuestra relación también empezó de una forma repentina, no quise alejarme de ella desde la primera vez que la vi y treinta años después sigo adorándola como el primer día.

Mi padre me abraza y me besa en la coronilla con ternura. Últimamente no se lo he hecho pasar muy bien a mis padres, mi vida era un caos pero ahora está calmada y relajada, todo gracias a Mike. Y a mi padre eso no se le ha pasado por alto.

En cuanto puede escabullirse de mi madre y sus amigas, Mike viene a mi encuentro mostrando su mejor sonrisa pese a que el día se le debe estar haciendo eterno. Le devuelvo la sonrisa y acerco mis labios a los suyos para besarle. Mike acepta el beso pero enseguida lo corta mirando de reojo a mi padre y sintiéndose incómodo. Mi padre nos sonríe y sale al encuentro de mi madre, dejándonos a Mike y a mí solas.

–  ¿A qué ha venido eso? – Me pregunta Mike con sorna, refiriéndose al beso.

–  Decías que no querías esconderte. – Le respondo divertida mientras me encojo de hombros. – Y te he visto con cara de necesitarlo.

–  No sabes cuánto necesito tus besos en este momento, pero si empiezo no voy a poder parar y no querrás que demos un espectáculo en casa de tus padres rodeados de sus vecinos y amigos. – Me susurra al oído con voz ronca. Lo provoco rozando mi mano por su entrepierna y añade con la mirada incendiada por el deseo: – Deja de torturarme o me las pagarás cuando lleguemos a casa.

–  ¿Me vas a castigar como a una chica mala? – Continúo con mi juego de provocación.

Mike abre la boca para decir algo, pero justo en ese momento mis padres entran en el salón acompañados por todos los invitados y nos hacen sentar a la mesa.

Disfruto de un día rodeada de mis padres y sus amigos acompañada por Mike, que se ha mostrado abierto y amable con todo el mundo. Tiene un carisma que raya lo divino y se los mete a todos en el bolsillo, incluido mi padre.

Cuando el sol se oculta tras las montañas, Mike y yo decidimos regresar a la casa de campo y nos despedimos de mis padres. Mi madre me hace prometer que regresaré pronto a visitarles y le hace prometer a Mike que me acompañará, él acepta encantado.

Llegamos a la casa de campo bien entrada la noche. Hace frío y Mike enciende la chimenea. Nos sentamos en el sofá y Mike me coloca entre sus brazos y nos echa una manta por encima para combatir el frío.

–  ¿Lo has pasado bien hoy, pequeña? – Me pregunta con ternura.

–  Lo he pasado genial, me encanta estar contigo. – Le respondo con franqueza.

–  Pues lo mejor del día está por llegar, preciosa. – Me dice Mike con tono sugerente a la vez que me tumba sobre el sofá y se echa sobre mí como un lobo hambriento. – Voy a besarte, a acariciarte, a meterme dentro de ti y a hacerte el amor. Quiero oírte gemir bajo mi cuerpo, quiero oírte gritar cuando te corras y que te dejes llevar por la pasión el deseo, cariño. Quiero que te entregues a mí y seas completamente mía, de nadie más.

Nuestras bocas se encuentran y nos besamos salvajemente, nos desnudamos el uno al otro en milésimas de segundos y nuestros cuerpos se pegan con urgencia, con la necesidad de permanecer unidos. Hacemos el amor frente a la tenue y mágica luz del fuego de la chimenea y alcanzamos juntos el clímax, abandonándonos en un grito de placer incontrolable. Nos quedamos tumbados uno al lado del otro hasta que nuestras respiraciones se acompasan y Mike me coge en brazos y me lleva a la cama, donde me acurruca entre sus brazos y me acuna hasta quedarnos dormidos.

Tu hada de la suerte 21.

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Tras instalarnos en la habitación principal, Mike se empeña en preparar la cena y yo decido ayudarle, pese a que soy una nefasta cocinera. Me sorprendo al descubrir la destreza de Mike con los fogones, nunca lo hubiera imaginado.

Después de cenar, pasamos al salón y nos sentamos en el sofá frente a la chimenea y, mientras Mike rellena las copas de vino, me dice con voz firme y segura:

–  Ha llegado el momento de tener esa conversación. – Me acerca mi copa y añade: – Sé que el hecho de que trabajemos juntos te perturba, pero te aseguro que nuestra relación personal no afectará en nuestro trabajo.

–  Eres mi jefe, Mike. – Le recuerdo, ya que habla como si fuera un compañero más.

–  Sé que apenas hace un mes que nos conocemos y quiero seguir conociéndote, pero quiero hacerlo sin tener que escondernos. – Me dice Mike mirándome a los ojos. – Me gustaría poder pasear contigo y cogerte de la mano, me gustaría besarte sin tener que contenerme porque haya alguien delante, y también me gustaría que dejaras de presentarme como tu jefe.

–  ¿Y cómo se supone que debo presentarte? – Le pregunto con un hilo de voz, rogándole en silencio a todos los dioses para que su respuesta no me rompa el corazón.

–  A mí me gustaría que me presentaras como a tu pareja, siempre que tú estés de acuerdo.

–  ¿Me estás proponiendo una relación formal y estable? – Pregunto sorprendida.

–  Ya te he dicho que no quiero salir contigo a escondidas, tengo muy claro lo que quiero y te quiero a ti, te quiero solo para mí. – Me dice con la seguridad que le caracteriza. – Dime algo, Milena.

–  No sé qué decir. – Le digo con sinceridad. – Quiero estar contigo, pero todo esto está yendo demasiado rápido y tengo miedo, Mike…

–  No debes temer nada, pequeña. – Me susurra Mike. – Danos una oportunidad a los dos, te prometo que no te presionaré y que, si lo necesitas, te daré tu espacio.

–  ¿Y si no sale bien? – Me aventuro a preguntar hecha un manojo de nervios.

–  Saldrá bien, pequeña. – Me asegura Mike. – No pienso dejar escapar a mi hada de la suerte, solo deja que te demuestre cuánto deseo tenerte en mi vida. ¿Qué me dices? ¿Me das una oportunidad?

–  Sí, pero antes hay algo que quiero aclarar. – Le respondo sonriendo. – Si yo soy solo tuya, tú eres solo mío, estamos en igualdad de condiciones.

–  Soy tuyo desde el primer día en que te vi en el hall del Luxe, desde entonces me acuesto y me levanto pensando en ti. – Me besa en los labios y añade: – Mi vida empezó a tener sentido cuando te conocí.

Le devuelvo el beso con urgencia y verdadera necesidad. El calor de su cuerpo y la seguridad con la que sus brazos me envuelven me hacen sentir querida y relajada. Los besos y las caricias se tornan más apasionadas y excitantes y terminamos haciendo el amor allí mismo, en el cómodo sofá del salón frente al calor de la chimenea.

El viernes por la mañana, tras desayunar y llamar a mis padres para decirles que el sábado les iré a visitar acompañada de mi novio, Mike me coge en brazos y me lleva al baño, donde me deja sentada sobre la encimera de mármol del lavabo mientras llena de agua la bañera.

–  Me encanta bañarme contigo. – Me susurra cogiéndome de nuevo en brazos para depositarme en la bañera. Se sienta detrás de mí y, colocándome entre sus piernas, añade: – ¿Cómo se han tomado tus padres la noticia?

Mike se refiere a la visita que mañana les haremos a mis padres. Cuando he llamado a mi madre y le he dicho que iría a visitarla acompañada no me ha hecho falta decirle quién será mi acompañante. Al parecer, mi abuela Anika le ha dado todos los detalles. El hecho de que Mike cuente con la aprobación de mi abuelo Oleg no ha hecho más que acrecentar la curiosidad de mis padres, pues mi abuelo es muy estricto y por regla general nadie le cae bien. Mi madre está encantada, pero mi padre se ha mostrado más reservado con el asunto, como siempre.

–  Se lo han tomado muy bien y tienen muchas ganas de conocerte. – Le respondo. Noto como Mike se tensa bajo mi cuerpo y, abrazándolo con más fuerza, lo tranquilizo: – Mis abuelos les han hablado muy bien de ti, no tienes de qué preocuparte.

–  Voy a conocer a mis futuros suegros, es normal que esté nervioso. – Me dice divertido. – Por cierto, eso me recuerda que debemos volver a casa de mis padres y hacer una presentación formal.

–  Vayamos por pasos. – Le ruego.

Mike me sonríe burlonamente y me besa en los labios con una ternura y una dulzura que me derrite y, apretando su pelvis contra la mía para que note su excitación, me susurra con voz ronca y sugerente:

–  Creo que ambos necesitamos aliviar tensiones.

–  Estoy totalmente de acuerdo. – Le respondo antes de devorarle la boca.

Hacemos el amor en la bañera y me entrego en cuerpo y alma al hombre que tanto deseo y sin el cual ya no querría vivir.

Por la tarde Mike recibe una llamada y su semblante se pone serio. Se dirige a la cocina para hablar con mayor intimidad y regresa al salón casi una hora después. Sé que está nervioso, se pasa las manos por la cabeza y se muerde el labio mientras se acerca y se sienta a mi lado.

–  ¿Quieres contarme qué te pasa? – Le pregunto con cautela.

–  Era Joe. – Me responde nervioso. – Tu ex novio ha tenido un accidente de tráfico esta mañana, los médicos han intentado hacer todo lo posible pero…

–  ¿Daniel está muerto? – Pregunto intuyendo la respuesta.

Mike asiente con la cabeza y me escruta con la mirada tratando de adivinar mis sentimientos, pero ni yo misma sé cómo me siento. Estoy sorprendida por la noticia y no me alegro, pero tampoco me entristece. Es como si una parte de mí se hubiera liberado de la carga mental que la existencia de Daniel me generaba, aunque suene tremendamente egoísta y desalmado. Yo no quería que le ocurriera nada malo ni me alegro por ello, pero tampoco puedo decir que me entristezca, hace tres meses que para mí Daniel está muerto.

–  ¿Cómo ha ocurrido? – Pregunto finalmente.

–  Estaba borracho, robó un coche y se dio la fuga de la policía, pero se estrelló contra un camión en la autopista al tratar de adelantarlo. – Mike coloca una de sus manos sobre mi rodilla y me pregunta: – ¿Estás bien?

–  Estoy bien, de verdad. – Le contesto encogiéndome de hombros. – Supongo que debería afectarme, pero lo cierto es que me siento un poco aliviada, aunque suene fatal…

Mike me abraza con fuerza, me coloca entre sus brazos y me besa en la frente. Le noto tenso, tiene la mandíbula apretada y sé que me está ocultando algo.

–  ¿Hay algo más, verdad? – Le pregunto. – Dímelo Mike, no quiero mentiras.

–  La policía ha registrado el piso de Daniel y ha encontrado cientos de fotos tuyas, ha estado siguiéndote desde poco antes de que empezaras a trabajar en Luxe. – Me dice Mike. – Él fue quien envió las fotos en las que aparecíamos juntos, pero supongo que ya nada de eso importa.

–  No, ya no importa nada. – Le secundo. – Ahora lo único que me importa y en lo único que quiero pensar es en nosotros, Mike. – Mi teléfono móvil empieza a sonar e interrumpe el beso que a punto estaba de dar a Mike, que gruñe a modo de protesta pero no impide que coja el móvil y conteste: – ¿Sí?

–  Hola Milena, soy Brad. – Me saluda Brad al otro lado del teléfono. – Tenemos a Ivanov y a toda su banda, ahora mismo están camino a una base secreta de la Interpol donde serán interrogados. Hemos reabierto el caso de Erik Clark, solo quería que lo supieseis. Llamaré de nuevo cuando haya novedades sobre el caso.

–  Gracias Brad, te debo una. – Le agradezco.

–  No tienes nada que agradecerme, pero me harás feliz si tú también lo eres y en mí siempre tendrás un amigo en el que refugiarte y que te ayudará cuando lo necesites, no lo olvides.

–  Lo mismo digo, Brad.

Tras despedirme de Brad y colgar, le cuento a Mike la noticia que me acaba de dar por teléfono y él parece alegrarse, pero no parece del todo satisfecho.

–  Le tienen que interrogar y llevar a cabo una nueva investigación, estas cosas llevan su tiempo. – Trato de animarle. – En cualquier caso, puedes estar seguro de que Ivanov no volverá a ver la luz del sol.

–  Lo sé, solo quiero que todo esto acabe cuanto antes. – Me responde Mike estrechándome con fuerza entre sus brazos. – De lo único que quiero preocuparme es de que tú estés bien, pequeña.

–  Estoy bien siempre que estoy contigo. – Le confieso dándole tiernos besos por su cuello. – Cariño, tu hada de la suerte está muy caliente, necesita que su ángel de la guarda le haga arder.

–  Tu ángel de la guarda se vuelve loco por satisfacer tus deseos, pequeña.

Mike me coloca a horcajadas sobre él y se deshace de la bata y el camisón de seda roja que llevo puesto en cuestión de dos segundos. Estoy desnuda y totalmente expuesta frente a él y al ver cómo sus ojos arden de deseo me siento fuerte, segura y poderosa. Ayudo a Mike a deshacerse de su camiseta y sus pantalones y ambos quedamos desnudos en el sofá frente la luz y el calor de la chimenea. Me tumba en el sofá y con una mano sujeta mis manos por las muñecas por encima de la cabeza mientras que con la otra acaricia mis pechos y se lleva a la boca mis pezones para lamerlos y morderlos, sometiéndome a una dulce tortura a la que me he vuelto adicta. Sus labios descienden por mi cuerpo en línea recta pasando por el ombligo hasta llegar a mi pubis, que muerde juguetonamente y yo gimo excitada. Me abre las piernas para tener un mejor acceso a mi entrepierna y desliza su lengua por los labios vaginales hasta encontrar el clítoris y lo estimula con fuertes lametones, presionándolo y succionándolo mientras sus manos acarician lascivamente todo mi cuerpo. Me arqueo y gimo, envuelta en un manto de placer supremo. Lo quiero dentro de mí y se lo hago saber arrastrándolo hasta ponerlo a mi altura. Mike me comprende con solo mirarme, lleva su pene erecto a la entrada de mi vagina y me penetra de una sola estocada haciéndome gemir y sacudiendo mi cuerpo con descargas de éxtasis que se adueñan de todo mi ser. Mi cuerpo tiembla y se sacude ante la inminente llegada del orgasmo mientras Mike entra y sale de mí con fuerza y rapidez, haciéndome vibrar con cada embestida, dejándome llevar por las olas de placer que Mike me provoca. Una última estocada y ambos alcanzamos juntos el clímax, gritando el nombre del otro mientras nuestros cuerpos se sacuden y convulsionan ante el delirante placer del orgasmo.

Tu hada de la suerte 20.

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Tras darles las buenas noches a mis abuelos, Mike y yo nos dirigimos a la casa de invitados. Estoy tan agotada que ni siquiera pienso en deshacer la maleta, ya lo haré mañana por la mañana. Mike me abraza desde la espalda y me susurra al oído:

–  No te imaginas las ganas que tenía de sentirte entre mis brazos. – Me besa en el cuello con dulzura y añade: – Por cierto, me gustaría saber de qué hablabas con tu abuela. Aunque me imagino lo que te habrá dicho.

–  ¿Qué te imaginas que ha dicho? – Pregunto con curiosidad.

–  ¿Me equivoco si te digo que te ha preguntado por qué has venido a Rusia con tu jefe?

–  Te equivocas. – Le confirmo. – Mi abuela ha querido dejarme muy claro que no le hace ninguna gracia que te presente como mi jefe.

–  ¿Y cómo quiere que me presentes?

–  Esa respuesta formaría parte de una conversación que se suponía que íbamos a tener cuando regresásemos a Highland después de pasar unos días en Kazan, pero tú has suspendido nuestra estancia y yo me niego a tener esa conversación hasta entonces.

–  Te compensaré los días perdidos en Kazan por unos días memorables en mi casa de campo, donde solo estaremos tú y yo. – Me promete Mike. – En un par de días regresamos a Highland, arreglo unos asuntos en la oficina y nos vamos fuera de la ciudad unos días, ¿de acuerdo?

–  De acuerdo. – Le confirmo feliz de que quiera que sigamos viéndonos cuando lleguemos a Highland.

–  Estás agotada. – Me susurra empezando a desnudarme. Nos metemos en la cama y me coloca entre sus brazos al mismo tiempo que me susurra al oído: – Duérmete pequeña, necesitas descansar.

Realmente estoy agotada y me quedo dormida al momento. A la mañana siguiente cuando me despierto Mike sigue envolviéndome con sus brazos y, tras besarme en los labios, me dice:

–  Buenos días, pequeña. ¿Has dormido bien?

–  Buenos días. – Lo saludo acurrucándome a su lado. – No podía haber dormido mejor, ¿y tú?

–  Fatal, tus ronquidos no me han dejado pegar ojo. – Bromea para provocarme. – Creo que me lo deberías compensar de algún modo.

Me coloco a horcajadas sobre él pero Mike, agarrándome por la cintura, me hace rodar en la cama hasta que invierte nuestras posiciones y comienza a besarme apasionadamente. Sus manos acarician cada recoveco de mi cuerpo, arrancando gemidos de placer de mi garganta al mismo tiempo que mi cuerpo se arquea invitándolo a poseerme y finalmente reclamando su posesión con urgencia.

–  Mmm… Mi hada de la suerte está que arde. – Murmura Mike con voz ronca.

Hacemos el amor en la cama y volvemos a repetir en la bañera. Mi cuerpo no se sacia del cuerpo de Mike y él tampoco parece saciarse de mí.

Pasamos dos días en Kurovo y mis abuelos terminan cogiéndole cariño a Mike al ver cómo me mira y cómo me trata. Mi abuela insiste en recordarme que solo tenemos una vida y que no debo dejar pasar la oportunidad de ser feliz que el destino me brinda. Según ella, Mike y yo estamos hechos el uno para el otro.

El miércoles por la noche regresamos a Highland y Joe viene a buscarnos al aeropuerto. Mike ni siquiera me pregunta si quiero ir a mi casa o a la suya, directamente le dice a Joe que nos lleve a casa y veinte minutos más tarde llegamos a casa de Mike.

Subimos a la planta superior y caminamos por el distribuidor para dirigirnos a las habitaciones cuando, al llegar a la habitación de invitados donde he dormido las veces anteriores, me paro frente a la puerta para entrar pero Mike se para a mi lado y me pregunta un tanto molesto:

–  ¿Qué haces? – No me deja responder y añade con voz triste: – ¿Es que no quieres dormir conmigo?

Por supuesto que quiero dormir con él, pero en lugar de eso le respondo:

–  Alguien podría vernos.

La cara de Mike es un poema, no le han gustado nada mis palabras y me espeta:

–  ¿Acaso te supone un problema que te vean conmigo?

–  No he querido decir eso y lo sabes. – Me apresuro en contestar y, tratando de que me entienda, continúo: – Eres mi jefe, Mike. Y por si fuera poco tan solo llevo tres semanas trabajando en Luxe.

–  Necesitamos tener con urgencia esa conversación. – Farfulla irritado. Me lleva a su habitación y me dice antes de meternos en la cama: – Mañana iré temprano a la oficina y cuando regrese nos iremos fuera de la ciudad hasta el domingo. – Me besa en los labios, me acomoda entre sus brazos y añade: – Y ahora descansa, mañana no te dejaré dormir hasta que hablemos y dejemos claras algunas cosas.

Cuando me despierto, Mike no está en la cama y tampoco en la habitación. Son las diez de la mañana, he dormido casi doce horas seguidas y sigo estando cansada. ¡Maldito jet-lag! Me siento en la cama y veo una nota sobre la mesita de noche: Buenos días, pequeña. He ido a la oficina para arreglar unos asuntos, pero regresaré antes de comer. Llámame si necesitas algo y siéntete como en tu propia casa. Mike.

No puedo evitar sonreír al leer la nota, Mike no deja de sorprenderme.

Me ducho y bajo a desayunar a la cocina, donde me encuentro con Carmen que me saluda con cariño y se muestra discreta respecto a mi relación con Mike. Carmen me hace compañía mientras espero que Mike regrese y se lo agradezco, siempre es muy amable y cercana conmigo.

Mike regresa antes de la hora de comer, tal y como me ha prometido. Mike y Joe entran en la cocina, donde me encuentro ayudando a Carmen a preparar la mesa, y Mike me atrae hacia a él y me besa en los labios delante de ellos. Estoy segura de que lo ha hecho por la pequeña discusión de ayer, si se puede llamar discusión porque no me dio opción a rebatirle.

–  Te he echado de menos. – Me susurra Mike al oído. Se vuelve hacia a Carmen y le dice con tono alegre: – Carmen, estaremos fuera de la ciudad hasta el domingo. Joe se quedará en casa, avísale si necesitas algo.

Después de comer, Mike y yo nos subimos a su coche y nos dirigimos a su casa de campo, situada a unos 200 km de la ciudad. Paramos por el camino en un supermercado para comprar algo de comida, ya que a donde vamos estaremos rodeados de naturaleza y nada más. Cuando llegamos me quedo asombrada, esperaba ver una pequeña casa en mitad del campo y me encuentro con una enorme casa de dos plantas con jardín, piscina y garaje. Está situada en una explanada junto a un lago y rodeada de bosques, el lugar perfecto para desconectar y relajarse.

Mike me enseña la casa, compuesta de cinco habitaciones, cinco baños, un aseo, una cocina-comedor y un amplio salón con chimenea. La casa de campo no tiene mucho que envidiarle a la casa habitual de Mike.

–  Estás muy callada, ¿no te gusta la casa? – Me pregunta Mike preocupado. – Si no te gusta…

–  La casa me encanta. – Le aseguro antes de que pueda terminar la frase. Mi móvil empieza a sonar y respondo al ver que es mi madre: – Hola, mamá.

–  Hola, mi niña. – Me saluda cariñosamente y acto seguido me dice decepcionada: – Prometiste llamarme cuando regresaras a Highland y no lo has hecho, espero que al menos vengas a vernos este fin de semana.

–  Lo siento, mamá. He estado algo liada y se me ha pasado llamarte. – Me disculpo sintiéndome culpable y añado: – Y no creo que pueda ir a veros este fin de semana, pero te prometo que el próximo fin de semana iré.

–  Tus promesas empiezan a perder valor, Milena. – Me regaña mi madre. – Hemos organizado una pequeña comida para reunirnos el sábado, ¿estás segura de que no vas a poder venir?

–  Veré qué puedo hacer, mamá. – Me resigno ante su insistencia. – Pero no te prometo nada.

–  Te llamaré mañana y ya quedamos para el sábado. – Me dice mi madre como si le hubiera asegurado que voy a ir. – Tengo muchas ganas de verte y también tenemos muchas cosas de las que hablar, como de la relación que te traes con tu supuesto jefe, la abuela me ha dicho que es tu alma gemela.

–  La abuela tiene la boca muy grande. – Refunfuño. – Mañana hablamos, mamá.

–  De acuerdo, mi niña. – Se despide mi madre. – Te quiero, no lo olvides.

–  Yo también te quiero, mamá. – Le digo antes de colgar.

Mike, que ha estado escuchando todo lo que le he dicho a mi madre, me pregunta inquieto:

–  ¿He estropeado los planes que tenías para este fin de semana?

–  No has estropeado nada, pero a mi madre no le ha sentado nada bien que retrase mi visita para el próximo fin de semana. – Le respondo. – Ha organizado una de sus reuniones para el sábado y se ha molestado un poco cuando le he dicho que al final no voy a poder ir.

–  Tus padres no viven muy lejos de aquí, podría llevarte con ellos el sábado y, si quieres, me encantaría acompañarte. – Me dice Mike abrazándome por detrás. – Pero antes tenemos que hablar, Milena.

No suele llamarme por mi nombre, solo cuando está enfadado o cuando la situación es demasiado seria y eso me inquieta. Necesitamos hablar de nuestra relación y deseo hacerlo, pero también me inquieta y me atemoriza. Es posible que Mike se haya cansado de mí y quiera dar por finalizado nuestra relación personal.