mesagosto 2016

Empezar de cero 7.

Empezar de cero

A las dos y media de la madrugada llegamos a la hacienda de Ismael y Valeria nos alerta de que hay dos coches que no ha visto nunca aparcados frente a su casa y también vemos el coche de Gonzalo aparcado en la cochera. Tras indicarle a Joel que aparque junto al coche de Gonzalo, a una distancia prudente de los dos coches desconocidos, le digo a Velasco:

–  Quédate aquí con Valeria y Natalia, Joel y yo entraremos a echar un vistazo. Si en cinco minutos no hemos vuelto, sácalas de aquí. – Me vuelvo hacia Valeria y Natalia y les digo: – Me tenéis que prometer que, pase lo que pase, le vais a hacer caso a Velasco, ¿de acuerdo?

Ambas asienten asustadas con la cabeza y, tras hacerle un gesto a Joel, bajamos del coche y caminamos por el sendero de tierra y piedras que conduce a la casa. Nada más subir las escaleras de acceso al porche, oímos un gran estruendo y ambos confirmamos que algo no va bien.

Sin dudarlo por un momento, entro en la casa y, nada más poner un pie en el hall, veo cómo están atacando a Gonzalo y a Ismael. No tengo ni idea de quiénes son, no si están aquí por mí o por cualquier otra razón, el caso es que son ocho y ellos solo son dos. Por suerte, ninguno de ellos ha sacado un arma, al menos de momento. Me planto en medio del hall y uno de los atacantes, que parece ser el cabecilla de los otros siete, me sonríe malvadamente y dice con acento ruso:

–  Aquí está, la princesita de los Blake. – Me mira de arriba a abajo y añade con sorna: – No entiendo cómo después de más de veinte años aún no han podido eliminarte. Pensar que han tenido que enviar a alguien como yo para hacer el trabajo que podría hacer cualquier novato es un poco molesto, pero supongo que debes tener algunas buenas cualidades, sobre todo teniendo en cuenta que eres la hija de los Blake, la pequeña Dayana Blake.

Gonzalo me mira sin entender nada, esperando una explicación que, obviamente, ahora mismo no le voy a dar, quizás cuando todo esto termine, si es que seguimos con vida. Cuatro de los atacantes retienen a Ismael y Gonzalo, ambos con signos de haberse resistido. Sobre todo Gonzalo, que tiene una herida en la ceja y otra en la comisura de los labios.

–  Me buscas a mí, deja que ellos dos se marchen. – Le ordeno más que pido.

–  Así no funciona esto, pequeña Blake. Primero porque no estás en condiciones de pedir nada, mucho menos de ordenar. Y segundo, quiero ver con mis propios ojos si eres digna de ser la hija de los Blake, quiero comprobar si tienes las mismas agallas que dicen que tenían tus padres. – Me dice sonriendo.

–  ¿Quieres comprobarlo por ti mismo? – Le pregunto con sarcasmo.

–  No quiero hacerte daño, primero quiero que me enseñes lo que sabes hacer. – Me dice sin dejar de sonreír. – Incluso tendrás espectadores que te animen.

El tipo con acento ruso les hace un gesto a los cuatro hombres que retienen a Ismael y Gonzalo y los cuatro hombres hacen que tanto Ismael como Gonzalo se sienten en el suelo con la espalda apoyada en la pared y las manos sobre la cabeza. Acto seguido, le hace un gesto a uno de los otros tres hombres que estás de pie mirando sin hacer nada y el tipo se echa sobre mí, dispuesto a atacarme. Me pilla un poco de sorpresa pero logro esquivarlo con esfuerzo. En momentos como este me planteo no volver a beber nunca más, es complicado mantener el equilibrio y tener buenos reflejos cuando se han tomado varias copas de más.

El tipo es fuerte, pero no tiene equilibrio ni técnica, es un blanco fácil. Joel intenta ayudarme, pero otro de los tipos le ataca y él se ve envuelto en su propia pelea. Me distraigo al mirar a Joel y el tipo logra darme un puñetazo en el lado derecho de la mandíbula, haciendo que me tambalee.

–  ¿Eso es todo lo que sabes hacer? – Me pregunta el tipo con acento ruso carcajeándose.

Eso es todo lo que necesito para pensar con la cabeza fría, eso es algo que, según mi tío, siempre se me ha dado muy bien. Con la única idea en mi mente de acabar con todos y cada uno de ellos, ataco con todas mis fuerzas al tipo que tengo en frente, dejándolo KO en tan solo unos segundos. En cuanto ven caer inconsciente a su compañero, rápidamente se me acerca otro, que tiene la misma suerte que el anterior. Dos de los cuatro hombres que custodian a Ismael y Gonzalo se lanzan sobre mí y yo lucho contra ellos con bastante esfuerzo, pero Joel logra acabar con el tipo con el que luchaba y viene a ayudarme. Yo me deshago de uno de ellos y Joel continua luchando con el otro. Gonzalo e Ismael están luchando contra los otros dos. Bueno, Gonzalo lucha e Ismael trata de estorbar lo menos posible y golpear a alguno de los dos tipos cuando tiene oportunidad. ¿Dónde habrá aprendido a luchar así Gonzalo? No es momento de hacerse esa pregunta, ya lo descubriré luego.

–  ¿Sigues temiendo hacerme daño o ahora eres tú el que teme resultar herido? – Le pregunto con sorna y la mirada llena de ira.

Nunca me había sentido así, tan poderosa pudiendo destruir parte de lo que un día destruyó mi vida y la de mi familia.

Me lanzo a por él furiosa y llena de rabia y él saca una pistola. Forcejeamos y ambos caemos al suelo, él cae sobre mí y, mientras continuamos forcejeando, la pistola se dispara. Durante un instante, todo se queda en silencio y veo todo a cámara lenta. Mi mirada se cruza con la de Joel, Ismael y Gonzalo y compruebo que todos están bien. Cierro los ojos y, a parte de un cálido y líquido rojo que cae por ambos lados de mi abdomen, no nota nada más que me pueda resultar extraño. Miro a los ojos del tipo con acento ruso que sigue sobre mí y compruebo que, a pesar de que tiene los ojos abiertos, su cuerpo está totalmente inerte, así que lo empujo hacia un lado para quitármelo de encima y, respirando aliviada, les digo:

–  Creo que necesito una copa, aunque puede que antes necesite un baño. – Añado mirando mi precioso vestido negro empapado en sangre, al igual que mis brazos y mis piernas.

–  Estoy totalmente de acuerdo contigo, creo que todos necesitamos una copa. – Dice Joel. – ¿Estáis todos bien?

–  ¿Dónde están Natalia y Valeria? – Me pregunta Gonzalo furioso.

–  Estamos aquí, ¿estáis todos bien? – Responde Valeria entrando con Natalia en la casa, seguidas de Velasco.

–  Joder, ¿no se suponía que tenías que llevártelas de aquí si no volvía en cinco minutos? – Le pregunto a Velasco furiosa. – Y vosotras, ¿qué cojones os he dicho antes?

–  Hemos escuchado un disparo y…

–  Y en vez de hacer lo que haría cualquier persona sensata, ¡decidís entrar para ver qué pasa! – Les espeto molesta. – ¿Estáis locas? ¿Queréis que os maten?

–  Eso podríamos preguntártelo a ti. – Me espeta Gonzalo. – ¿Quieres que nos maten a todos, señorita Blake? Porque tengo entendido que es ese tu apellido, ¿no es así?

Fulmino con la mirada a Gonzalo pero, en vez de contestarle a él, le digo a Natalia:

–  Ni de coña, antes me meto a monja.

Valeria y Natalia se echan a reír mientras que el resto nos miran sin entender nada, por suerte para mí. Hasta que Gonzalo le pega un puñetazo a la pared y el silencio vuelve a predominar en el ambiente.

–  Creo que al menos tengo derecho a una explicación. – Me espeta Gonzalo. – ¿De qué coño va todo esto? ¿Quién coño eres? ¿Qué quieren de ti?

–  ¿Eres policía? – Le pregunto sonriendo, solo para irritarle.

Gonzalo abre la boca para contestar y probablemente para mandarme a la mierda, pero Ismael le pone una mano sobre el hombro para que se tranquilice y él cierra la boca.

–  Dayana, es la segunda vez que salvas mi vida, antes que nada me gustaría darte las gracias. – Me dice Ismael al mismo tiempo que le sonríe a Valeria y le hace un gesto para que se acerque y así poder abrazarla sin soltar a su amigo. – Sabes que cuentas conmigo.

–  No tendría que haberte salvado la vida si ella antes no nos hubiera puesto en peligro. – Refunfuña Gonzalo.

–  Creo que antes de opinar, deberías escuchar la historia. – Le reprende Ismael. – Pero antes, creo que deberíamos dejar que Dayana se dé una ducha.

Intercambio una mirada con Valeria, me da apuro dejarla ante tal situación, con ocho hombres de la Tríada muertos en su salón.

–  Sube las escaleras, en la primera planta tuerce por el pasillo de la derecha y en la primera habitación que te encuentres a la izquierda encontrarás todo lo que necesitas para ducharte y cambiarte de ropa. – Me dice Valeria. – Pensaba convencerte para que te mudaras con nosotros y te hemos preparado una habitación. – Abro la boca para protestar pero Valeria añade rápidamente: – Lo sé, no quieres vivir con una pareja de recién casados, pero a nosotros nos encantaría.

Asiento con la cabeza, no tengo fuerzas para discutir y mucho menos con Valeria. Echo un vistazo a mi alrededor y en mi mente aparecen recuerdos ya olvidados del trágico día de la muerte de mis padres, sangre y hombres muertos por todas partes. Me miro las manos totalmente manchadas de sangre y, lejos de sentirme culpable, por primera vez en mi vida sé quién soy.

–  No te preocupes, no habrá rastro de todo esto en cuanto bajes. – Me asegura Velasco. – Yo tampoco he podido olvidar esas imágenes.

Sin poder evitarlo, una lágrima cae de mis ojos y, con una sonrisa forzada, le hago un leve gesto de comprensión con la cabeza y sigo las instrucciones que me ha dado Valeria para llegar a la habitación y poder ducharme.

En cuanto el chorro de agua caliente cae sobre mí, las lágrimas brotan de mis ojos como cascadas y lloro como no he llorado nunca. Mi padre siempre me decía que llorar frente a los demás mostraba lo vulnerable que eres y nadie debía saber que era vulnerable.

Empezar de cero 6.

Empezar de cero

El pub resulta ser de lo más moderno y concurrido, se podría decir que aquí cabe todo el pueblo entero de Bahía del Mar, aunque me guardo mi opinión para mí. Bebemos una copa tras otra y bailamos una canción tras otra mientras reímos, bromeamos y nos divertimos.

–  ¡Por mi despedida de soltera y por vuestra bienvenida a la soltería! – Brinda Valeria, bastante más ebria de lo que pensaba.

–  Si Ismael tuviera un hermano pequeño, no se me escaparía. – Dice Natalia, con varias copas de más.

–  Echo de menos el sexo. – Me lamento. – Creo que lo único bueno de tener pareja es poder tener sexo siempre que quieras y sin esfuerzo alguno, no tienes ni que salir de casa.

–  ¿Echas de menos a Sergio? – Me pregunta Valeria.

–  No, echo de menos el sexo, pero no el sexo con él, si no el sexo en general. – Les aclaro.

–  Para eso, Gonzalo te vendría muy bien. – Me sugiere Natalia. – Tú calmarías tu sed de sexo, él estaría de mejor humor y yo viviría más feliz.

–  Como pase mucho más tiempo así, te aseguro que lo tendré en cuenta. – Le afirmo. Justo en ese momento veo a Velasco junto a la puerta del pub y me hace un gesto para que salga afuera con él y desaparece por la puerta. – Chicas, ahora mismo vuelvo.

Me dirijo a la puerta mientras Valeria y Natalia continúan bailando ajenas a lo que yo me propongo. Salgo por la puerta y en la esquina de la calle veo a Velasco, me acerco a él.

–  Supongo que no has venido a tomarte una copa, ¿no?

–  Supones bien, Dayana. – Me responde al mismo tiempo que me saluda dándome un beso en la mejilla y una leve palmada en la espalda. – Tenemos que hablar, tu novio la está liando buena.

–  ¿A qué te refieres? Sergio no sabe nada y además, ya no estoy con él. – Le contesto.

–  Ha sacado una foto tuya de hace quince años en todos los periódicos del país y la ha acompañado de una foto actual con una dedicatoria muy romántica, pero eso te pone en peligro.

–  ¿Qué? – Pregunto incrédula. – No puede ser verdad… Creo que necesito otra copa.

–  De eso nada, avisa a tus amigas de que la fiesta se ha acabado, os llevo a casa.

–  ¡Pero si es la despedida de soltera de Valeria y solo son las dos de la mañana! – Protesto, pero la cara de Velasco me dice que no está para bromas. – Está bien, iré a buscarlas.

Velasco era uno de los hombres de mi padre. Cuando asaltaron la casa de mis padres, Velasco, mi tío Frank y yo fuimos los únicos supervivientes. Mis padres y el resto de sus hombres fueron asesinados. La última vez que vi a mi padre vivo ese día, les ordenó a Velasco y a mi tío que me sacaran de la casa y me pusieran a salvo. Justo después apareció uno de los asaltantes agarrando a mi madre del cuello y utilizándola de escudo. Mi tío y Velasco me sacaron de allí de inmediato y esa fue la última vez que vi a mis padres. Me sacaron de Fastville, mi ciudad de nacimiento, nos cambiamos de apellido y empezamos una nueva vida de mentira en High City. Yo solo tenía seis años y mis recuerdos están algo borrosos, pero cuando cumplí los dieciocho años mi tío y Velasco me contaron todo lo que ocurrió ese día. Mis padres eran agentes secretos retirados desde que mi madre se quedó embarazada de mí. Se mudaron a Fastville con mi tío, con Velasco y algunos de los agentes secretos que quisieron apoyar y acompañar a mis padres en su nueva vida. Juntos montaron una empresa de seguridad privada y se ganaban bien la vida, hasta que uno de esos agentes les traicionó y les delató ante la Tríada, una organización secreta cuyo objetivo es eliminar a todos los agentes secretos que tienen demasiada información para utilizar en su contra y que, como mis padres, deciden cambiar de vida. Han pasado más de veinte años desde entonces, pero Velasco siempre ha estado al lado de mi tío y al mío, a pesar de que él también tenía que velar por la seguridad de su mujer, que murió pocos años más tardes por una grave enfermedad, y la seguridad de su hijo Joel, un chico un par de años menor que yo y que también ha sido entrenado como un agente desde que nació. Mis padres querían entrenarme como a una agente para que estuviera preparada ante cualquier situación y mi tío y Velasco decidieron continuar con mi entrenamiento. Cuando cumplí los dieciocho y me contaron toda la verdad sobre quiénes eran mis padres, decidí vengarme de quién había destrozado mi vida y la de mi familia. Mi tío se encargaba de llevar a cabo la investigación mientras Velasco nos seguía entrenando a su hijo y a mí. Hace cinco años, por fin mi tío descubrió quién era el traidor y nos llamó a los tres para reunirnos en su casa y contarnos todo lo que había descubierto, pero cuando llegamos a su casa él estaba muerto, tirado en el suelo de la cocina, con un tiro en la frente y un charco de sangre a su alrededor. Habían revuelto toda la casa y se habían llevado el portátil de mi tío, no pudimos encontrar nada de lo que él había descubierto y no nos pudo llegar a contar. Pasé dos años compaginando mi trabajo en la revista con la investigación, pero pasados eso dos años no descubrí nada, me ascendieron a subdirectora de la revista y empecé mi relación con Sergio, así que poco a poco fui dejando de la lado la investigación hasta terminar olvidándola. Velasco y Joel también me decían que debía de dejar atrás el pasado y empezar a vivir una nueva vida y eso es lo que hice. Pero está claro que, haga lo que haga, la historia se volverá a repetir, a menos que llegue hasta el fondo de este asunto.

Entro en el pub y les digo a Natalia y Valeria:

–  Chicas, nos tenemos que ir. – Ambas me miran con cara de no entender nada y esperando una buena explicación para conseguir que me hagan caso. – Velasco está fuera esperándome, dice que es importante y que aquí no estamos seguras así que, si no os importa, me gustaría regresar al pueblo y que me explique qué coño está pasando. Además, el imbécil de Sergio no sé qué mierda ha publicado con mi foto en todos los putos periódicos del país.

–  ¡Claro, por eso todo el mundo te da la enhorabuena a ti en vez de a mí, se piensan que eres tú la que se va a casar! – Se mofa Valeria. Se pone tensa de repente y añade: – Supongo que Velasco no habrá venido hasta aquí solo para decirte lo de Sergio, ¿verdad?

–  Eso es, Valeria. – Le confirmo. – Tenemos que salir de aquí.

–  Un momento, ¿vais a contarme qué está pasando? – Gruñe Natalia.

–  Te lo contaré cuando lleguemos a casa, no es algo de lo que se pueda hablar aquí.

–  ¿A qué casa? – Pregunta Valeria.

–  A la tuya, no pretenderás que vayamos a la pensión, ¿verdad? – Le respondo. – Además, Ismael ya sabe quién soy y, si no ha cambiado de opinión, dijo que me debía una y que no dudara en que me la iba a devolver, lo único que pienso pedirle es que nos deje un ratito su casa para charlar tranquilamente con Velasco sin que nadie sospeche.

–  Le salvaste la vida, Ismael haría cualquier cosa que le pidieses. – Me recuerda Valeria.

Salimos del pub bastante ebrias pero con la cabeza bastante despejada y caminamos hacia la esquina de la calle donde Velasco nos espera. Tras saludar a Valeria y Natalia con un leve gesto de cabeza, nos hace un gesto para que subamos a un todoterreno negro casi igual que el mío y, cuando nos montamos en el coche, me percato de que el conductor es Joel.

–  ¡Joel, no sabía que estabas aquí! – Exclamo dándole un fuerte abrazo. Puesto que nos hemos criado juntos, ambos nos consideramos como hermanos, pese a que últimamente hemos estado un poco distanciados. – ¿Cómo va todo? ¿Te has echado una novia ya?

–  Joder Dayana, ¿te has bebido medio pub? – Se burla Joel entre risas.

–  Comportándote así no conseguirás echarte una novia nunca. – Le replico divertida.

–  Pues yo estoy soltera y no me importaría nada ser tu novia. – Le dice Natalia. – Por cierto encanto, me llamo Natalia.

Valeria, Velasco y yo nos echamos a reír a carcajadas mientras que Joel se pone rojo como un tomate y Natalia le sonríe pícara y descaradamente.

–  Joel, ya conoces a Valeria. – Le dio sin poder dejar de reír. – Y, cómo ella bien te ha dicho, es Natalia, una amiga de Bahía del Mar. – Me vuelvo hacia a Natalia y le digo: – Él es Joel, el hijo de Velasco y como un hermano para mí.

Hechas las presentaciones, nos dirigimos a la hacienda de Ismael en el coche de Velasco y Joel. Conduce Joel, yo voy en el asiento del copiloto y Velasco, Valeria y Natalia van sentados en los asientos traseros del todoterreno.

Por el camino, le hago un breve resumen de mi vida a Natalia para que entienda lo que puede estar ocurriendo y le hago prometer que no le dirá nada de esto a nadie, lo último que quiero es poner a más gente de la que ya estoy poniendo en peligro.

Empezar de cero 5.

Empezar de cero

La primera semana en Bahía del Mar se me pasa volando. Entre el ir venir a Destins para revisar las obras de la oficina, acompañar a Valeria a organizar los últimos detalles de la boda y entrenar a Killer un par de horas diarias, estoy agotada. Y esta noche es la despedida de soltera de Valeria, pero que según me ha dicho, solo van a venir un par de chicas del pueblo, ya que de High City nadie ha podido venir, son casi cinco horas de camino.

Natalia y yo nos hemos hecho buenas amigas y confidentes durante esta semana, incluso la hemos invitado a la despedida de soltera de Valeria. Ella me cuenta cómo va superando lo de su ex novio y yo le cuento cómo he pasado página tras dejarlo con Sergio, ni siquiera pienso en él.

A Gonzalo no lo he vuelto a ver desde que cenamos juntos en casa de Rosalía el sábado pasado, hace ya una semana. Sé por Natalia que está invitado a la boda de Valeria e Ismael porque Ismael y él son buenos amigos, pero espero verlo antes, la verdad. No es que me guste, es solo que siento curiosidad. Aunque, como decía mi tío, la curiosidad mató al gato.

–  Dayana, ¿estás lista? – Me pregunta Natalia.

–  Pasa, ya casi estoy. – Le respondo desde el baño.

Vestida con un vestido negro y ajustado, unas botas altas con tacón de aguja y una chaqueta de piel negra, salgo del baño y me encuentro a Natalia con un vestido verde ajustado y con escote palabra de honor y una chaqueta de cuero marrón a juego con sus botas camperas.

–  Wow, estás estupenda. – Me dice silbando.

–  Gracias, tú también estás tremenda. – Le respondo riendo. – Vámonos o llegaremos tarde a buscar a Valeria.

Conduzco con Natalia sentada a mi lado hasta llegar a casa de Ismael y Valeria. Toco el claxon pero, en lugar de salir Valeria, sale Ismael con cara de disgusto. Natalia y yo bajamos del coche inmediatamente y yo le pregunto a Ismael:

–  ¿Qué ocurre?

–  Valeria se ha atrincherado en la habitación y no quiere ir a ninguna parte. – Me dice encogiéndose de hombros. – Se ha disgustado mucho cuando las dos únicas amigas que tiene aquí le han dicho que no podían venir hace media hora.

–  Bueno, nosotras sí hemos venido y las tres solas nos lo pasaremos genial. – Le respondo. – Llévame con Valeria, Ismael.

Ismael nos acompaña dentro de la casa y justo cuando entramos en el hall, aparecen Gonzalo y José por la puerta del salón.

–  José. – Se me escapa.

–  ¿Os conocéis? – Nos preguntan Ismael, Gonzalo y Natalia.

Acabo de meter la pata y creo que estoy ruborizada, así que para salir del paso, les digo lo primero que me viene a la cabeza:

–  El otro día salí a correr por la montaña y me perdí, pero me encontré con José y me guió hasta el pueblo. Si no llega a ser por él, todavía estoy dando vueltas por la montaña. – Los tres nos miran poco convencidos de lo que acabo de decir, así que añado: – Voy a ver qué puedo hacer con Valeria.

Subo a la habitación de Valeria dejándoles a todos en el hall un poco confundidos. Sin llamar a la puerta, la abro de golpe y veo a Valeria vestida con un precioso vestido de color azul, preparada para salir pero con todo el maquillaje corrido por las lágrimas.

–  Tienes tres minutos para lavarte la cara, maquillarte un poco y poner una sonrisa en tu cara. – Le advierto. – De lo contrario, Natalia y yo nos iremos a celebrar tu despedida de soltera sin ti.

–  ¡Menos mal que tú estás aquí! – Me dice abrazándome con fuerza.

–  Siempre voy a estar contigo, sobre todo ahora que vivimos en el mismo pueblo. – Le respondo devolviéndole el abrazo. – Venga, ya que nos hemos puesto tan monas tenemos que salir a tomar unas copas. Además, tú celebras tu despedida de soltera pero yo celebro mi bienvenida a la soltería así que no puedes faltar, me sentiría doblemente decepcionada.

–  Dame cinco minutos y estaré lista. – Me dice Valeria animándose de repente.

Bajo la escaleras y entro en el salón, donde Ismael, José, Gonzalo y Natalia se están tomando una copa. Ismael me hace un gesto para que me siente y me sirve una copa de vino de su propia cosecha.

–  ¿Has conseguido hacerla entrar en razón? – Me pregunta Ismael.

–  ¿Acaso lo dudabas? – Le pregunto divertida.

–  ¿A dónde vais a ir? – Nos pregunta Gonzalo.

–  No se lo digas que es capaz de venir con nosotras para hacer de guardaespaldas. – Me dice Natalia mofándose de su primo.

–  Tranquilo, te aseguro que saben defenderse. – Le asegura Ismael a Gonzalo.

–  ¿A qué te refieres? – Le pregunta Gonzalo.

–  No preguntes nada de lo que no quieras oír la respuesta. – Le respondo.

Justo en ese momento, aparece Valeria con una amplia sonrisa y más guapa que nunca con ese vestido azul y su pelo negro y rizado libre y salvaje.

–  ¡Gonzalo, qué bien que estés aquí! – Le dice Valeria abrazándolo con familiaridad. – Quiero presentarte a Dayana, mi mejor amiga. Se va a quedar por aquí una temporada.

–  Eso he oído. – Le dice Gonzalo sonriendo.

–  Dayana, Gonzalo es el mejor amigo de Ismael y es nuestro padrino de boda, así que tendrás que bailar con él en la boda. – Me dice Valeria divertida.

–  Genial. – Le digo fingiendo estar feliz. – ¿Nos vamos ya?

–  Un momento, también quiero presentarte a José, que seguro que Ismael no ha tenido el detalle de presentarte. – Me dice Valeria.

–  Ya se conocen. – Apunta Gonzalo molesto.

–  ¿De qué le conoces? – Me pregunta Valeria.

–  Salí a correr por la montaña, me perdí y me encontré con José. – Le respondo poniendo los ojos en blanco. – Cómo está en casa de Ismael, deduzco que también es su amigo. ¿Algo más?

–  Sí, José es un amante de los caballos como tú. – Me contesta Valeria. – Bueno, cómo tú y todo el pueblo, pero José es quién se encarga del establo y la hípica de Gonzalo.

Mi mirada se cruza con la de José y sus ojos me confirman lo que sospecho: Gonzalo es el dueño del cercado, el establo y al parecer también de una hípica. Y quién quiere sacrificar a Killer.

–  Dayana, ¿estás bien? – Me pregunta Natalia. – Te has puesto pálida.

–  Sí, estoy bien. – Respondo sin dejar de mirar a José. Vuelvo en sí y añado: – ¿Nos podemos ir ya?

Tras despedirnos rápidamente de los hombres, nosotras tres nos subimos en mi coche y conduzco de camino a Destins, el lugar más cercano a Bahía del Mar con pubs donde tomar una copa por la noche. Por el camino, Valeria me suelta:

–  Larga por esa boquita qué te traes entre manos con José. A mí no me engañas.

–  Si os lo cuento, ¿me prometéis que no se lo diréis a nadie?

–  ¡Prometido! – Me contestan las dos a la vez entre risas.

–  Por favor, dime que no te lo has tirado, ¡José está casado! – Me dice Valeria preocupada.

–  ¡Por supuesto que no! ¿Por quién me tomas? – Le reprocho entre risas. – Lo que os he contado antes es casi del todo cierto. Salí a correr por la montaña y me perdí. Llegué a un cercado cerca del establo y vi tres caballos. Uno de ellos me llamó la atención y me acerqué.

–  ¡Te prohíbo que subas a lomos de Killer! – Me espeta furiosa Valeria. – ¡Eso es lo que os traéis entre manos! ¿Te has vuelto loca?

–  Joder Valeria, a veces creo que me espías para enterarte de todo lo que hago. – Protesto.

–  Creo que me he perdido. ¿Qué se supone que has hecho? – Me pregunta Natalia.

–  Vi a Killer y, tras hablar un rato con él, decidí montarlo, aunque dentro del cercado ya que no llevaba ni riendas ni silla de montar. – Les explico. – Entonces apareció José y me dijo que Killer no dejaba que nadie se le acercara desde hace dos años, cuando murió una yegua que tenían en el cercado con él. Me dijo que su jefe iba a sacrificar a Killer en primavera si no volvía a ser el que era y, ahora que sé que Gonzalo es quién lo quiere sacrificar…

–  Sht. Está su prima delante, a ver qué vas a decir. – Me advierte Valeria.

–  Por mí no te cortes, estoy segura de que no podrás decir nada que no haya dicho yo antes sobre él, créeme. – Se mofa Natalia.

–  Le he prometido a José que iré todos los días al cercado para seguir con la terapia, llevo una semana con Killer y ha mejorado un montón, pero hasta que no consigamos que vuelva a ser el mismo José no quiere decirle nada a Gonzalo y, ahora que sé que él es el propietario de Killer creo que no le va a hacer ninguna gracia verme por su territorio.

–  ¿Por qué dices eso? A mí me parece que le gustas. – Comenta Natalia.

–  A mí también, pero estáis muy a la defensiva el uno con el otro. ¿Hay algo que nos quieras contar, Dayana? – Me pregunta Valeria maliciosamente.

–  Lo conocí el día que fui a comer a tu casa, entré corriendo en la pensión, completamente chorreando por la lluvia y tropecé con él en el hall. – Les explico. – Fue bastante desagradable, la verdad. Pero luego fui a buscar a Natalia y se relajó un poco conmigo, aunque cómo habéis podido comprobar, sigue en plan gruñón. ¿Siempre es así?

–  La mayor parte del tiempo, sí. – Me confirma Natalia.

–  No es cierto, Gonzalo es muy divertido y simpático. – Nos dice Valeria. – Puede que un poco estricto y mandón, pero es un buen tipo. Incluso me gusta para ti, Day.

–  Será mejor que sigas con esta conversación cuando estemos borrachas así al menos tendrás la excusa de poder echarle la culpa al alcohol. – Le digo con sorna.

–  Oye, pues a mí me gustas como prima política. – Me dice Natalia burlonamente.

Entre bromas llegamos a Destins, donde aparco en uno de los parkings privados del centro de la ciudad y nos metemos en el primer pub que encontramos, dispuesta a bebernos la primera copa.

Cita 33.

“Si eres valiente para decir adiós, la vida te recompensará con un nuevo hola.”

Paulo Coelho.

Empezar de cero 4.

Empezar de cero

Cuando termino de ducharme y de recoger el baño, decido secarme el pelo con el secador y hacer un poco de tiempo para que Natalia pueda hablar con su familia con privacidad, sin estar yo por en medio.

Estoy a punto de salir de la habitación cuando alguien llama a la puerta. Creyendo que será Rosalía o Natalia, respondo alzando la voz mientras guardo el secador en el armario del baño:

–  Adelante, está abierto.

Oigo como la puerta se abre y se vuelve a cerrar y unos pasos que caminan nerviosos por la habitación. Debe de ser Natalia, la pobre estaba hecha un flan.

–  ¿Estás más tranquila? – Le pregunto desde el baño. – No le des más vueltas, ese imbécil no merece que derrames ni una sola lágrima por él. Además, tienes a tu familia que te apoya y te cuida, eres una chica afortunada.

–  Lo dices cómo si tú no tuvieras una familia que te apoya y te cuida. – Oigo la voz de Gonzalo.

Salgo del baño y me quedo parada frente a él con los brazos en jarras.

–  ¿Qué haces aquí? – Le pregunto a la defensiva.

–  Mi abuela me ha mandado a buscarte para que bajes a cenar, pero también quería darte las gracias por traer a Natalia. – Me responde. – Ha madurado más pasando un rato contigo que en los últimos cinco años.

–  Natalia es una buena chica, solo está un poco perdida. – Le contesto.

–  ¿Lo ha dejado con su novio?

–  Sí, pero yo no te he dicho nada. – Le advierto señalándole con el dedo índice. – Pensaba que eras ella cuando has entrado.

–  Seré una tumba. – Me dice sonriendo. – Debemos bajar a cenar, mi abuela ya estaba sirviendo la mesa. ¿Estás lista?

–  Si, vamos. – Le respondo.

Bajamos al hall de la recepción y desde allí accedemos al piso de Rosalía y Federico, situado en la planta baja de la mansión.

Gonzalo me guía hasta el comedor, donde Federico y Natalia ya están sentados a la mesa y Rosalía está sirviendo una sopa caliente que huele de maravilla.

–  Muchacha, siéntate aquí a mi lado. – Me dice Federico dando un par de palmadas sobre la silla de su lado derecho. – No siempre estoy rodeado de tres bellezas como vosotras.

Le dedico una amplia sonrisa y me siento a su lado, obedeciendo sin rechistar. Gonzalo no dice nada y se sienta en una de las sillas libres que hay entre Natalia y yo, pero aún sin mirarlo directamente sé que me observa cómo si intentara descifrar algo, hasta que finalmente, me pregunta:

–  ¿Qué has venido a hacer a Bahía del Mar?

–  Es una larga historia. – Le contesto encogiéndome de hombros. Todos se me quedan mirando esperando algún tipo de explicación, así que añado: – Soy de High City pero en el trabajo me han ascendido y me han trasladado a Destins. Mi mejor amiga, Valeria, cómo sabréis, está a punto de casarse, así que mientras encuentro un sitio dónde vivir he decidido quedarme por aquí para estar más cerca de Valeria.

–  ¿De qué vas a trabajar en Destins? – Me pregunta Natalia con interés.

–  La editorial para la que trabajo quiere lanzar una nueva revista al mercado y me han nombrado directora, pero las oficinas que han comprado en Destins precisaban una reforma y, mientras esté en obras, mi único trabajo es supervisar los avances de la reforma.

–  ¡Eso es genial! Yo estoy estudiando literatura y filosofía, me encantaría trabajar en una revista. – Me dice Natalia con un ligero deje de tristeza.

–  Si quieres hacer las prácticas en mi revista, solo tienes que decírmelo. – Le respondo. – Eso sí, debes estar estudiando en la universidad y sacar una buena nota de media. Además de obtener experiencia, te convalidarán algunas asignaturas y acabarás la carrera antes.

–  ¿De veras harías eso por mí? – Me pregunta Natalia con los ojos al borde de las lágrimas.

–  Sí, pero me tienes que prometer que te esforzarás. – Le advierto.

–  Por supuesto que sí. – Me responde. – Hace un par de semanas que dejé las clases, pero estoy dispuesta a retomarlas y ponerme en serio. – Se vuelve hacia su abuela y le dice: – Abuela, te prometo que todos los sábados y domingos te ayudaré en la cafetería, aunque te advierto que en las prácticas nunca pagan ni un duro…

Todos nos echamos a reír y, viendo la ilusión de Natalia en su rostro, hace que me recuerde a mí cuando tenía su edad.

–  Eso déjamelo a mí, estoy segura de que algo podré conseguirte, aunque ya te adelanto que no será mucho. – Le digo riendo.

–  Muchacha, eres un ángel caído del cielo. – Me dice Rosalía a punto de llorar. Estornudo tres veces seguridad y añade: – ¡Ya te me has resfriado!

–  No es nada, de verdad. – Le contesto con la voz ronca. – En cuanto me tome esa sopa y me meta en la cama, se me pasa.

Durante la cena, Natalia no deja de hablar y, por el contrario, su primo no abre la boca. De vez en cuando me mira de reojo, pero en cuanto me vuelvo a mirarle retira su mirada y disimula. Es un tío muy raro, primero me habla con arrogancia, luego viene a mi habitación a disculparse y darme las gracias por ir a buscar a su prima y después me ignora. ¡Y luego dicen que las mujeres son complicadas!

Después de la cena, quiero ayudar a Rosalía a recoger la mesa, pero me echa literalmente de su cocina y me ordena que me vaya a descansar a mi habitación. Me da apuro dejarla con todos los restos de la cena por en medio, pero tampoco me siento con fuerzas como para rebatir su decisión. Así que, me despido de todos los presentes hasta mañana y subo a mi habitación dispuesta a meterme en la cama y descansar cómo Rosalía me ha ordenado.

A la mañana siguiente, me levanto a las siete y salgo a correr, decidida a seguir el mismo camino de ayer y tratar de hacer que Killer se vuelva un poco más sociable, tal y cómo le he prometido a José. Cuando llego al cercado, José ya me está esperando con las riendas y la silla de montar a un lado.

–  He intentado ponérselas, pero está muy nervioso y no permite ni que me acerque. – Me dice señalando a Killer que relincha alzando sus patas delanteras. – Creo que hoy Killer no tiene un buen día, deberíamos dejarlo a ver si mañana hay más suerte.

–  No, esto es como una terapia, no se puede saltar una sesión solo porque tenga un mal día. – Le respondo acercándome a Killer. – Hola, Killer. – Le digo al caballo acariciando su lomo con cautela. – Hoy daremos otro paseo como el de ayer ¿te apetece? – El caballo no protesta y, sin dejar de acariciar a Killer, le digo a José: – Pásame la silla de montar y las riendas, voy a ponérselas.

José me obedece, aunque duda un poco antes de hacerlo. Con suma delicadeza, preparo a Killer para salir a pasear y, de un salto, subo a lomos del caballo. Killer se inquieta un poco y veo la cara de pánico de José, así que le digo bromeando:

–  Será mejor que te sientes, no quiero que te dé un infarto por mi culpa.

–  Muchacha, será mejor que no dejes que ese caballo te tire al suelo o entonces sí que me dará un infarto. – Me responde pálido como un papel.

–  No te preocupes, iré con cuidado. – Le digo para tranquilizarle.

Cojo las riendas de Killer y empiezo haciéndole trotar por el cercado hasta que noto que se ha relajado por completo y le hago galopar. Me sorprende comprobar lo fuerte, ágil y veloz que es Killer a pesar que desde hace dos años nadie lo monta.

Tras media hora de paseo con Killer, decido regresar al cercado, no quiero forzarlo demasiado, no está acostumbrado a tanto ejercicio.

Bajo de un salto del caballo y José se acerca caminando con precaución para no poner nervioso a Killer, que al ver a José tan cerca, empieza a relinchar.

–  Eres la única con la que no se pone nervioso, nosotros apenas nos podemos acercar a él. – Me dice José. – El veterinario viene todas las semanas y para que pueda hacerle un chequeo a Killer tenemos que sedarlo y dormirlo, de lo contrario nos ataca.

–  Es muy inquieto y desconfiado, pero su reacción tan arisca y agresiva no es normal en un caballo que se ha criado entre personas. – Opino. – ¿Ha sufrido algún tipo de maltrato?

–  Nunca he maltratado a un caballo y te aseguro que mi jefe tampoco y mucho menos nos lo consentiría a nosotros. – Me dice José. – Si quiere sacrificarlo es porque lo único que nos da Killer son problemas, no podemos cepillarlo ni lavarlo, nos ataca y es muy agresivo.

–  Parece un caballo salvaje, me cuesta creer que un caballo así lograra competir en carreras y concursos profesionales, aunque tengo que reconocer que tiene energía y está bastante en forma para haber pasado los últimos dos años sin someterse a entrenamientos.

–  Era el mejor de los caballos hasta hace dos años. – Recuerda con tristeza. – Cuando está contigo es como si volviera a ser el de antes, aunque cuando no estás vuelve a convertirse en el mismo salvaje.

Continúo charlando con José hasta que me doy cuenta de que son las nueve de la mañana. Me despido de José tras prometerle que mañana por la tarde volveré para pasear con Killer y regreso a la pensión corriendo para que nadie sospeche de dónde vengo, ya que José me pidió que no le contara a nadie lo de Killer. A la única que se lo diría sería a Valeria y, tras amenazarme con matarme si el día de su boda aparecía con el más mínimo rasguño, prefiero no decirle nada.

Empezar de cero 3.

Empezar de cero

Aparco frente a la pensión y salgo del coche corriendo bajo la lluvia para refugiarme, aunque ya poco importa porque estoy completamente empapada.

Abro la puerta de la pensión y entro como alma que lleva al diablo, hasta que me topo con la espalda de un tipo que se vuelve hacia mí y, mirándome de arriba a abajo con prepotencia, me espeta con arrogancia:

–  Deberías mirar por dónde vas.

Lo fulmino con la mirada y, cuando abro la boca para mandarlo a la mierda, Rosalía aparece de la nada y, llevándose las manos a la cabeza, me dice:

–  Muchacha, pero ¿cómo se te ocurre conducir con la que está cayendo y sin apenas conocer estas endemoniadas carreteras? Ve a darte una ducha y a ponerte ropa seca, te prepararé un plato de sopa caliente. – Se vuelve hacia el tipo y le regaña: – Y tú, jovencito, deberías tratar mejor a las señoritas o no encontrarás a ninguna que te soporte.

–  Estoy de acuerdo contigo, Rosalía. – Añado para molestar al tipo que me fulmina con la mirada. – Voy a darme una ducha.

Subo las escaleras hacia a la primera planta y entro en mi habitación sin molestarme en volver a mirar a ese tipo tan amargado. Me doy una ducha con agua caliente para reestablecer la temperatura de mi cuerpo y me pongo unos tejanos y un jersey antes de volver a bajar al hall, donde el mismo tipo de antes continua hablando con Rosalía, pero se calla en cuanto me ve.

–  ¿Te ocurre algo, Rosalía? – Le pregunto al ver su cara de preocupación.

–  No es asunto tuyo. – Me responde el tipo.

–  ¡Gonzalo! – Le regaña Rosalía. Se vuelve hacia a mí y añade: – Disculpa a mi nieto, Natalia tendría que haber regresado de Destins hace más de una hora y no sabemos nada de ella.

–  Probablemente se haya retrasado debido a la tormenta. – Trato de tranquilizarla después de mirar por la ventana y comprobar que sigue lloviendo. – Habrá parado hasta que pase la tormenta.

–  Voy a buscarla. – Dice Gonzalo.

–  No creo que sea una buena idea. – Opino. – Rosalía, Natalia necesita que le deis un voto de confianza y si él la va a buscar se molestará bastante.

–  Y tú, ¿qué sabrás? – Me espeta Gonzalo.

–  Por desgracia, más de lo que me gustaría. – Le contesto. Me vuelvo hacia a Rosalía de nada sirve tratar de hablar con su nieto, y le digo: – Dame el número de teléfono de Natalia, estoy segura de que si la llamo desde mi móvil contestará. – Rosalía me obedece de inmediato y yo marco su número en mi móvil mientras Rosalía y Gonzalo se desafían con la mirada. – ¿Natalia? Hola, soy Dayana. ¿Dónde estás?

–  Hola, Dayana. ¿Estás con mi abuela?

–  Sí, estoy con ella. – Le respondo. – Estaba preocupada porque te hubiera pillado la tormenta en la carretera, ¿estás bien?

–  Sí, pero estoy parada en la carretera, me da miedo seguir conduciendo con esta tormenta, no estoy acostumbrada a conducir demasiado. – Suspira profundamente y añade: – Dayana, sé que te voy a parecer una idiota pero, ¿podrías venir a buscarme? Llevo más de una hora aquí parada y no deja de llover, mi otra alternativa es avisar a mi primo Gonzalo, que me dará el sermón y no estoy preparada para enfrentarme a él en este momento.

–  No te preocupes, ahora mismo voy a buscarte. – Le respondo. – Dime dónde estás.

–  En la carretera de Destins a Bahía del Mar, ¿cuánto tardarás?

–  Media hora, como mucho. – Le contesto. – No te muevas de donde estás.

En cuanto cuelgo, Rosalía me pregunta:

–  ¿Está bien? ¿Qué le ha pasado?

–  Está bien, le da miedo conducir con tanta lluvia y está parada en la carretera, esperando que deje de llover. – La tranquilizo. – Voy a buscarla porque, según me ha dicho, la otra alternativa es llamar a su primo Gonzalo y no está de humor para escuchar un sermón.

–  ¿Eso te ha dicho? – Me pregunta sorprendido y dolido.

–  No se lo tengas en cuenta, es una adolescente de diecinueve años que trata de encontrar su camino, lo único que quiere ver ella es que todo el mundo está en su contra, a pesar de que todo lo que hacéis es para que ella sea mejor persona.

–  Me desvivo por ella y cuando tiene un problema recurre a una completa desconocida antes que a mí, su propia familia. – Se lamenta Gonzalo. – ¿Qué estoy haciendo mal?

–  No creo que estés haciendo nada mal. Natalia recurre a sus amigos para resolver sus pequeños problemas pero estoy segura de que si tuviera un gran problema os llamaría a vosotros. – Le contesto con sinceridad. – Voy a buscarla y, cuando regresemos, intenta ser amable con ella y trata de apoyarla en vez de juzgarla.

–  La muchacha tiene razón, eres demasiado duro con ella y por eso no confía en ti, porque cree que si te llama a ti para pedirte ayuda la regañarás. – Puntualiza Federico.

–  Ahora la culpa será mía. – Protesta Gonzalo.

Rosalía coge del brazo a su nieto y se lo aprieta en señal de apoyo y yo aprovecho para salir en busca de Natalia y darles la privacidad que necesitan.

Entiendo a Natalia perfectamente, yo también pasé por esa época en mi vida en que creía que todo el mundo conspiraba en contra de mí cuando lo único que pretendían era protegerme. Aún recuerdo cómo mi tío trataba de hacérmelo entender, pero yo solo era una adolescente que no quería entender nada que no fuera lo que yo creía. Natalia tiene suerte de tener a sus abuelos y a su primo que tanto se preocupan por ella, yo solo tenía a mi tío y murió hace cinco años.

Conduzco entre la lluvia por la carretera que va a Destins y, más o menos a mitad de camino, me encuentro con el Ford Focus verde de Natalia, hago un cambio de sentido y detengo mi coche delante del suyo. Bajo del coche y Natalia también baja de su coche y viene corriendo hacia a mí para abrazarme.

–  ¿Estás bien? – Le pregunto. – Me temo que te pasa algo más que haberte quedado en medio de esta carretera, vamos al coche y me lo cuentas de regreso a la pensión.

Natalia empieza a sollozar y yo la brazo con fuerza, sin importarme que estemos al aire libre, bajo una intensa lluvia y que vuelvo a estar empapada. La acompaño hasta la puerta del copiloto y la ayudo a sentarse, para después rodear mi coche y sentarme en el asiento del conductor. Arranco el coche y empiezo a conducir de regreso a la pensión.

–  Te estoy poniendo el coche perdido de agua. – Me dice Natalia entre sollozos.

–  No te preocupes por eso, ya se secará. – Le respondo. – ¿Quieres contarme lo que te pasa?

–  Había quedado con mi novio, no lo veía desde San Valentín porque Gonzalo me ha tenido en clausura desde entonces. – Me empieza a decir con un hilo de voz. – Cuando he llegado al bar dónde habíamos quedado él no estaba, así que le he ido a buscar al bar donde siempre están sus amigos y allí me lo he encontrado comiéndole la boca a una maldita zorra pelirroja.

–  Siento el chasco que te has llevado pero, si lo piensas bien, es lo mejor que te ha podido pasar. – Le contesto con voz dulce. – Cuanto menos tiempo pierdas con ese cabrón, mejor. – Natalia hace un mohín y añado: – Piénsalo, ¿de verdad te hubiera gustado perder más tiempo con él cuando él ni siquiera se ha dignado a esperarte un par de semanas?

Natalia lo piensa durante unos instantes y finalmente dice:

–  Al final voy a tener que darle las gracias a Gonzalo.

–  Él y tus abuelos solo quieren protegerte como lo harían tus padres, no deberías ser tan dura con ellos, solo quieren lo mejor para ti.

Llegamos a la pensión y aparco en el mismo sitio de siempre. Bajamos del coche y Natalia camina a mi lado nerviosa para, antes de entrar en la pensión, abrazarme buscando fuerzas y un punto de apoyo.

–  No te preocupes, todo va a salir bien. – Le susurro devolviéndole el abrazo.

Entramos en la pensión y en el hall nos esperan Rosalía, Federico y Gonzalo. Rosalía corre a abrazar a Natalia y Natalia le corresponde el abrazo. Federico recibe a su nieta de la misma forma que Rosalía, pero Gonzalo ni se inmuta, la mira de arriba a abajo para comprobar que no tiene ni un rasguño y después me mira a mí con frialdad.

Natalia se vuelve hacia a su primo y, sorprendiéndolos a todos, le dice:

–  Gracias, Gonzalo. – Le da un abrazo y añade: – Siento todo lo que te he dicho últimamente, sé que solo quieres lo mejor para mí.

Gonzalo abraza a su prima y me mira esperando una explicación, pero yo tan solo me encojo de hombros y con una amplia sonrisa les digo antes de retirarme a mi habitación: – Voy a darme otra ducha o acabaré resfriándome de verdad.

–  Espera Dayana, subo contigo. – Me dice Natalia.

–  No tardéis, estoy preparando la cena. – Nos dice Rosalía y después le pregunta a su nieto: – ¿Te quedas a cenar con nosotros, verdad?

–  Sí, te ayudo a preparar la mesa, abuela. – Le responde Gonzalo sin dejar de mirarnos a mí y a Natalia simultáneamente.

–  ¿Qué rollo te traes con mi primo Gonzalo? – Me pregunta Natalia en cuanto subimos las escaleras a la primera planta.

–  Ninguno. – Le contesto. – Le he conocido antes de salir a buscarte y creo que me odia.

–  Pues a mí me ha parecido que te miraba de cualquier forma menos con odio. – Se mofa Natalia riéndose.

Entre risas, cada una se adentra en su habitación. Cojo otros pantalones tejanos y otro jersey y entro en el baño para darme una ducha rápida. Mientras me ducho estornudo un par de veces y estoy segura de que acabaré constipada debido a tanto paseo bajo la intensa lluvia.

Empezar de cero 2.

Empezar de cero

A la mañana siguiente me despierto fresca como una rosa y, al ver que solo son las siete de la mañana, decido salir a correr por el campo. Algo bueno tiene que tener vivir en un pueblo, el aire siempre es más puro. Bajo las escaleras y saludo a Federico, que me devuelve el saludo mirando su reloj perplejo.

Corro a buen ritmo y decido ir dirección a la montaña en vez de a la playa, tengo curiosidad por recorrer los caminos de tierra de los que tanto me ha hablado Valeria.

Después de media hora corriendo, ni siquiera sé dónde estoy. Continúo por un estrecho sendero que me lleva a una explanada donde hay tres caballos en una cerca junto a un establo. Uno de los caballos, el negro, está solo mientras los otros dos trotan a su royo por la cerca. Me acerco a la valla de madera y me quedo a un par de metros del caballo solitario.

–  ¿Qué te pasa? ¿Estás triste y no quieres jugar con tus compañeros? – Le pregunto al caballo, sabiendo de ante mano que no me va a responder. – Yo también estoy triste, pero he salido a correr y ahora me siento mucho mejor. Quizás deberías hacer lo mismo. – El caballo rebuzna como si estuviera protestando y le digo riendo: – Ya veo que a ti tampoco te gusta que te digan lo que tienes qué hacer, nos parecemos mucho más de lo que te puedes llegar a imaginar, teniendo en cuenta que tú eres un caballo y yo una mujer, un desastre de mujer, pero una mujer al fin y al cabo.

El caballo negro da un par de pasos y se me acerca temeroso. Le acaricio suavemente la cara y noto como se relaja, no se inquieta.

–  Te voy a llamar Solitario, aunque probablemente tu dueño tenga otro nombre para ti. – Le digo con voz relajada para que no se tense. – Pero puede ser nuestro secreto, no veo a nadie por aquí que pueda oírnos.

Solitario rebuzna de nuevo, pero esta vez como queriendo que entre en la cerca con él, así que me fio de mis instintos y, sabiendo que me estoy metiendo en la propiedad de alguien sin permiso y que estoy hablando con su caballo, salto la cerca. Al final acabaré detenida o, aún peor, encerrada en un centro psiquiátrico.

–  Solitario, no llevas silla de montar ni riendas pero, ¿te apetece correr un poco alrededor de la cerca conmigo? – Le pregunto. – Si no haces ejercicio tus músculos se oxidarán y, a pesar de lo joven que eres, parecerás un caballo viejo. – Solitario vuelve a rebuznar. – Lo sé, yo tampoco quiero oxidarme.

Le acaricio entre los ojos y, cuando lo noto plenamente confiado, subo a lomos del caballo de un salto ágil. El caballo se pone tenso y empieza a rebuznar, así que le digo:

–  Tranquilo, chico. Solo vamos a dar una vuelta y, no te quejes tanto, no creo que esté gorda si es eso lo que insinúas.

Hago caminar un poco a Solitario para que él se acostumbre a mí y yo me acostumbre a él y tras unos minutos de adaptación, decido hacerle trotar un poco.

–  Eres un caballo ágil y fuerte, ¿por qué estás aquí encerrado sin hacer ejercicio?

Como no podía ser de otra manera, el caballo no responde. Pierdo la noción del tiempo yendo al trote con Solitario hasta que me doy cuenta que un hombre de unos cuarenta y pocos años me observa desde la puerta del cercado. Va vestido con unos vaqueros, una camisa a cuadros verdes y negros, unas botas de vaquero y un sombrero de paja, así que supongo que será el dueño del establo o trabajará aquí. Hago trotar a Solitario hasta el hombre, que me observa sin decir nada, y bajo del caballo de un salto.

–  Lo siento, sé que no debería…

–  ¡No me lo puedo creer, muchacha! – Me dice el tipo alegremente y sonriendo de oreja a oreja sin darme tiempo a terminar de disculparme. – No sé cómo lo has hecho, pero me alegro de que hayas logrado montar sobre Killer.

–  ¿Killer? – Pregunto horrorizada.

–  Así se llama el caballo del que acabas de bajar, Killer. – Me responde. – ¿Cómo lo has hecho?

–  Bueno, la verdad es que he salido a correr, me he perdido y he venido a parar aquí. – Le contesto encogiéndome de hombros. – Lo he visto tan solo y tímido que me he acercado a hablar con él. Sé que lo que estoy diciendo suena ridículo, pero me crié con mi tío y él adoraba los caballos, tenía una hípica y aprendí muchas cosas de él sobre caballos. Solitario es un caballo ágil y fuerte, probablemente haya sido un caballo profesional y haya ganado muchos premios, tiene mucha clase.

–  ¿Solitario? – Me pregunta el hombre confundido.

–  Lo siento, cómo no sabía cuál era su nombre le he llamado Solitario todo el rato. – Le contesto ruborizándome.

–  Muchacha, éste caballo hace dos años que no lo monta nadie. La hembra que teníamos se murió al dar a luz a uno de sus potrillos y desde entonces Killer se volvió arisco y agresivo. No se deja montar ni por su propio amo, apenas come y bebe y siempre está desafiante y a la defensiva. – Me explica. – Es la primera vez en dos años que alguien se atreve a montarlo sin terminar volando por los aires para aterrizar en el suelo. El jefe pretende sacrificarlo cuando llegue la primavera, pero quizás si consigues que vuelva a ser el caballo que era…

–  Podría venir de vez en cuando, si no le importa a tu jefe, claro. – Le propongo. – A mí me encantaría venir un rato por las mañanas o por las tardes para pasar el rato con Solitario, o Killer. – Me corrijo de inmediato. – Puede que si hacemos que Killer se vuelva más social tu jefe no quiera sacrificarlo.

–  Mi jefe le tiene mucho cariño a este caballo, si haces que vuelva a ser el que era, estoy seguro de que no lo sacrificará. – Me responde el hombre quitándose el sombrero. – Por cierto, soy José.

–  Encantada de conocerte, José. – Le respondo estrechando su mano. – Yo soy Dayana.

–  Da… ¿Como? – Me pregunta confundido.

–  Dayana, pero puedes llamarme muchacha. – Bromeo.

Ambos nos reímos y acuerdo pasar por el cercado todas las tardes de lunes a viernes y las mañanas de los sábados y los domingos. José me ha pedido discreción, no quiere dar esperanzas a nadie de poder salvar a Killer sin estar completamente seguro. Aunque me ha asegurado que si consigo que Killer vuelva a ser el que era su dueño no lo sacrificará, así que no sé cómo, pero lo voy a conseguir.

Me despido de José y Killer y regreso a la pensión para darme una ducha antes de ir a casa de Valeria y su futuro marido.

A las doce en punto, aparco frente a la hacienda de Ismael, el futuro marido de Valeria. Aún no me he bajado del coche y ya veo salir a Valeria por el gran porche, corriendo para recibirme con uno de sus afectuosos abrazos.

–  Me ahogas. – Logro decir con un hilo de voz cuando Valeria me abraza con fuerza.

–  Lo siento, ya sabes que me encanta tenerte cerca y aún no puedo creer que vayamos a vivir a menos de media hora de distancia. – Me dice Valeria. – Incluso podrías quedarte en Bahía del Mar e ir a trabajar a Destins, tardarás menos de lo que tardabas en llegar a tu trabajo en High City, a pesar de que tu casa y tu trabajo estaban en la misma ciudad.

–  No creo que Bahía del Mar sea mi sitio, la verdad. – Le digo encogiéndome de hombros.

–  Yo también dije eso la primera vez que vine a este pueblo y mira dónde estoy. – Bromea. – Vamos dentro, Ismael tiene ganas de verte.

A pesar de todos mis prejuicios antes de conocer a Ismael, tengo que reconocer que me gustó en cuanto lo vi. Estaba nervioso, sabía que para Valeria era muy importante que él y yo nos lleváramos bien y no quería defraudarla. Fue amable, educado y encantador durante toda la cena, pero lo que me convenció de que Valeria tenía que seguir con él fue ver cómo la miraba, cómo estaba pendiente de ella y se preocupaba por ella. Hacen una pareja genial y, por suerte, resulta que Ismael y yo tenemos bastantes cosas en común como para poder mantener una buena conversación sin que ninguno de los dos se aburra.

Entramos en la enorme casa y en el hall nos recibe Ismael, tan amable, educado y encantador como siempre.

–  ¡Dayana, qué alegría de verte! – Me saluda con un breve abrazo y un par de besos en la mejilla. – Valeria me ha dicho que vas a trabajar en Destins, me alegro de que las dos podáis estar más cerca la una de la otra, incluso podrías quedarte en Bahía del Mar, en casa tenemos sitio de sobra.

–  Te lo agradezco, Ismael. – Le digo sinceramente. – Pero no pienso quedarme en casa de una pareja de recién casados, me resultaría demasiado empalagoso. – Bromeo.

Pasamos al salón y nos sentamos en los sofás de en frente de la chimenea, aunque estemos casi en marzo, el clima aquí es frío, los picos de las montañas están nevados y por la noche la temperatura cae diez grados de golpe, es como si este pueblo tuviera un microclima.

Tras charlar y tomar el aperitivo en el salón, pasamos al comedor donde dos asistentas nos sirven la comida. Debo reconocer que cuando Valeria me dijo que Ismael tenía dos asistentas internas en casa no me gustó nada, pero ahora que las veo y compruebo que son dos mujeres de unos cincuenta años, de nacionalidad rusa y poco habladoras, creo que son el personal perfecto para el hogar. Aunque intimidan un poco, la verdad.

Después de comer, tomar el café y que Valeria me muestre toda la hacienda, decido marcharme cuando empieza a llover.

–  Ten cuidado con el coche, aquí cuándo llueve cae un buen chaparrón y es difícil ver la carretera. – Me advierte Valeria. – Ves despacio, me caso en un mes y medio y como mi dama de honor aparezca en mi boda con el más mínimo rasguño me arruinará el día. – Añade bromeando.

–  Yo siempre tengo cuidado. – Le respondo abrazándola para despedirme. Me vuelvo hacia Ismael y me despido con un par de besos en la mejilla.

Tras despedirme de ambos, salgo de la casa y corro hasta llegar al coche tratando de no mojarme mucho, pero me he puesto empapada igualmente. Arranco el coche y me dispongo a conducir bajo la intensa lluvia para llegar a la pensión.

Empezar de cero 1.

Empezar de cero

Después de tener la mayor discusión que he tenido con Sergio, el que hasta ahora era mi novio y con el cuál convivía, tras tres años de relación, lo hemos dejado. Hace una semana me propusieron dirigir mi propia revista, eso sí, en la ciudad de Destins, a quinientos kilómetros de donde vivo, pero a tan solo treinta kilómetros de donde vive Valeria, mi mejor amiga que está a punto de casarse con un reputado enólogo de Bahía del Mar, un pueblo costero muy humilde, ya que sus habitantes trabajan en el campo o en el mar.

Valeria se casa dentro de un mes y medio y la despedida de soltera es este fin de semana, así que he pensado en mudarme a la única pensión de Bahía del Mar mientras encuentro un piso dónde vivir.

Aún no le he contado nada a Valeria sobre mi ruptura con Sergio, no he querido decírselo por teléfono porque quiero que cuando se lo diga pueda ver con sus propios ojos que estoy bien. Valeria es muy melodramática, monta un drama por cualquier cosa y no quiero imaginar cómo estará cuando solo queda un mes y medio para su boda.

Conduzco durante cuatro horas seguidas hasta llegar a Bahía del Mar y el GPS me guía hasta la única pensión del pueblo, una pequeña casita de tres plantas y diez habitaciones, nada que ver con los lujosos hoteles de más de treinta plantas y quinientas habitaciones de High City. Aún no logro entender cómo a Valeria no le ha importado nada pasar de vivir en una ciudad moderna a un pueblo… En fin, a un pueblo lleno de vacas, huertos y pescadores.

Aparco frente a la pensión y bajo de mi todoterreno negro que destaca entre los escasos coches que hay aparcados en la plaza mayor del pueblo, donde está situada la pensión. Entro en la pensión y me recibe un matrimonio mayor, de unos sesenta y muchos años, y les digo quitándome las gafas de sol para mostrar mis ojos:

–  Buenos días, llamé anoche para hacer una reserva de una habitación. Soy Dayana Gómez.

–  Sí, la muchacha que no sabe cuánto tiempo se quedará. – Le dice el hombre a su esposa. Coge una de las llaves que guarda en un cajón y me la entrega: – Es la habitación número tres, está en la primera planta y tiene baño propio. En el sótano hay lavadora y secadora, el servicio es gratuito. El régimen es de alojamiento y desayuno, el desayuno se sirve en la cafetería de la pensión, justo al volver la esquina.

–  De acuerdo. – Les respondo con una sonrisa. – Dejaré pagada una semana por ahora, pero probablemente me quede más tiempo, aunque no puedo concretar cuánto con exactitud.

–  No hay problema, puede abonar ahora la primera semana o si quiere puede abonar el importe día a día. – Me dice la señora. – Por cierto, este es mi marido Federico y yo soy Rosalía.

–  Encantada de conocerla, señora Rosalía. – Le respondo y volviéndome hacia a su marido añado: – Y lo mismo digo, señor Federico.

–  Ve a instalarte y luego ven a la cafetería a desayunar, preparo unas magdalenas caseras que te vas a chupar los dedos. – Me dice la señora Rosalía.

–  Deshago las maletas, me doy una ducha rápida y bajo a la cafetería, estoy deseando probar esas magdalenas caseras. – Le respondo alegremente.

Me instalo en la habitación número tres, que es mucho más moderna de lo que imaginaba, y bajo de nuevo a la recepción, donde le pago a Federico una semana entera de pensión por la habitación. Después salgo a la calle y, justo al doblar la esquina, encuentro la cafetería que me ha dicho Rosalía y entro deseosa por probar una de esas deliciosas magdalenas, estoy hambrienta.

–  Señorita Gómez, ¿lo ha encontrado todo a su gusto? – Oigo la voz de Rosalía detrás de mí.

–  Todo estaba perfecto, señora Rosalía. – Le respondo con una amplia sonrisa. – Y por favor, llámeme tan solo Dayana.

–  De acuerdo, Dayana. – Me responde devolviéndome la sonrisa. – Pero entonces tú deberás llamarme tan solo Rosalía, señora Rosalía me recuerda lo vieja que soy. – Añade bromeando. – ¿Quieres probar mis magdalenas caseras?

–  Lo estoy deseando, Rosalía.

Rosalía se marcha a la trastienda y regresa pocos minutos después con un chocolate caliente y tres enormes magdalenas.

–  ¿Puedo sentarme un rato contigo para hacerte compañía? – Me pregunta. – Odio ver a alguien comer sola.

–  Yo también odio comer sola. – Le confieso.

Una muchacha de unos diecinueve años sale de la trastienda cargada de bandejas con bollería casera y los va colocando en la vitrina. La observo detenidamente, hay algo en ella que me resulta familiar. Y entonces lo veo, esa muchacha se parece mucho a Rosalía.

–  Es mi nieta Natalia. – Me dice Rosalía como si me leyese la mente. – Mi hijo y mi nuera murieron en un accidente de tráfico cuando ella tan solo tenía diez años y mi marido y yo nos hicimos cargo de ella.

–  Lo siento.

–  Yo también, muchacha. – Me dice resignada. – Pero no hay nada que podamos hacer, salvo seguir viviendo. Natalia es una buena chica, pero últimamente ha estado andando con malas compañías, así que otro de mis nietos y primo de Natalia, ha logrado convencerla para que deje la universidad durante un año y regrese al pueblo para que recuerde quién es, a ver si así deja esas compañías.

–  No es fácil crecer sin padres. – Apunto.

–  ¿Tú también creciste sin padres? – Me pregunta Rosalía.

–  Sí, mis padres murieron cuando yo tenía seis años.

Es extraño, nunca había hablado con nadie, salvo con Valeria, de mi pasado ni de mis padres, sin embargo con Rosalía las palabras me salen solas sin necesidad de que me haga ninguna pregunta.

–  Apenas te conozco, pero pareces haberte convertido en una buena muchacha y estoy segura de que tus padres, estén donde estén, estarán orgullosos de ti. – Me dice sonriendo con ternura.

–  Ojalá yo hubiera tenido una abuela cómo tú, Rosalía. – Le contesto un poco sonrojada. – Mi vida hubiese sido más fácil teniendo a alguien como tú a mi lado.

Desayuno mientras Rosalía me observa en silencio y se asegura de que me lo como todo, tengo la impresión que si dejo algo en el plato me regañará como a una niña.

Después de desayunar, me despido de Rosalía y cojo el coche para dirigirme a Destins, quiero dar una vuelta por la ciudad y conocer la nueva oficina de la revista de la que voy a ser directora, aunque ni siquiera hemos decidido cuál será el nombre de la nueva revista. De hecho, la nueva oficina aún está en obras y no prevén que se terminen hasta dentro de un par de semanas, así que tengo un par de semanas para adaptarme a mi nueva vida y a mi nueva ciudad antes de empezar a trabajar de nuevo.

Llego a Destins en media hora sin pasar de 80km/h, conduciendo tranquilamente. Me alegra saber que voy a estar cerca de Valeria, la echo de menos desde que se mudó hace un par de meses a Bahía del Mar.

Doy una vuelta por las tiendas de la ciudad, que nada tienen que ver con las sofisticadas tiendas de High City, y decido ir a ver cómo van las obras en la nueva oficina. Aunque no puedo empezar a trabajar, le he prometido al director de la editorial, mi jefe, que me pasaría por allí un par de veces a la semana para controlar cómo van las obras.

Caminando hacia a donde he dejado aparcado el coche, saco mi móvil del bolso y veo que tengo once llamadas perdidas de Valeria, ¿se habrá enterado ya que estoy hospedada en la pensión de su pueblo? Decido llamarla y salir de dudas.

–  ¡Por fin te encuentro! – Me grita Valeria en cuanto descuelga. – ¡Llevo llamándote una hora! ¿Dónde  estás metida?

–  No te lo vas a creer. – Le respondo riendo nerviosamente.

–  No tengo ni idea, pero hace una hora me ha llamado Sergio preocupado porque no te encontraba, me ha dicho que anoche discutisteis y que esta mañana te has ido de casa. – Me dice Valeria preocupada.

–  No es exactamente eso lo que ha pasado, pero te lo voy a contar en media hora. – Le digo y añado antes de colgar: – Te veo en la cafetería de la pensión de Bahía del Mar en media hora.

Tras colgar sin dejar que Valeria me pregunte nada más, prefiero contárselo todo en persona, monto en mi coche y conduzco de regreso a Bahía del Mar.

Treinta minutos después, aparco mi coche frente a la pensión y, nada más bajarme, oigo la voz de Valeria gritando a mi espalda:

–  Dayana, ¿estás bien?

Corre hasta llegar a mí y me abraza con fuerza con el rostro lleno de preocupación.

–  Estoy bien, Val. – Le respondo. – Anda, vamos a la cafetería y te invito a un café mientras te lo cuento todo. Pero quita ya esa cara, estoy bien. De hecho, creo que estoy mejor que nunca.

Entramos en la cafetería y Rosalía nos saluda a ambas. Conoce a Valeria y por lo que puedo observar  ambas se tienen gran estima y se tratan con cariño. Pedimos un par de cafés y le cuento todo a Valeria:

–  Me han ofrecido la dirección de una nueva revista en Destins y he aceptado. Cuando se lo conté a Sergio puso el grito en el cielo, pero nuestra relación hace meses que terminó. Nos comportamos como compañeros de piso en lugar de como amantes. Hace tiempo que no estoy enamorada de él y creo que él tampoco lo está de mí, continuamos juntos simplemente por rutina, por costumbre. Anoche le dije que no podía más, que no podía seguir viviendo y compartiendo mi vida con alguien a quién, por mucho que quiera, no amo. Le dije que había aceptado la dirección en Destins y discutimos, discutimos cómo nunca antes habíamos discutido. Él se emborrachó en el salón y se quedó dormido mientras yo recogí mis cosas, hice las maletas y conduje hasta llegar aquí. Me voy a hospedar en la pensión hasta que encuentre un piso en la ciudad donde vivir.

–  ¿Estás segura de lo que estás haciendo? – Me pregunta Valeria. – Sabes que yo siempre te voy a apoyar en todo lo que hagas, pero vas a cambiar por completo tu vida de la noche a la mañana. Has dejado a tu novio con el que llevas tres años, vas a cambiar de trabajo y vas a cambiar de ciudad.

–  Lo necesito, Valeria. – Le confieso. – Me sentía asfixiada con Sergio y esta es la oportunidad que estaba esperando, no la iba a desperdiciar por nada en mundo. Siempre he soñado con dirigir mi propia revista, no podía rechazar esta oferta.

–  Pues creo que a Sergio no le ha quedado clara tu decisión. – Me dice Valeria. – Me ha llamado preocupado y no me ha dicho nada de que lo hubierais dejado, simplemente me dijo que habíais discutido, y tampoco mencionó nada de tu nuevo trabajo.

–  Valeria, todo está bien. – Le digo para tranquilizarla. – Llamaré a Sergio mañana y le dejaré las cosas claras. Ahora solo quiero que te preocupes por tu despedida de soltera y de tu boda. Míralo por el lado bueno, voy a vivir a menos de media hora de distancia de ti, podremos vernos todos los días.

–  Estás como una cabra, pero me alegro de que lo hayas dejado con Sergio, sabes que nunca llegó a gustarme. – Me dice encogiéndose de hombros.

Ambas nos tomamos el café charlando y bromeando como hacía tiempo que no hacíamos las dos solas. El futuro marido de Valeria es un buen tipo, la trata como a una reina, es inteligente, educado y además está forrado de dinero, todo un partidazo. Valeria ha tenido mucha suerte, pero él ha tenido más suerte encontrando a alguien como Valeria.

Valeria insiste en que me vaya a su casa hasta que encuentre un piso en Destins, pero prefiero quedarme en la pensión y no molestar a la feliz y enamorada pareja. Me pide que al menos vaya a cenar a su casa, pero decido convencerla y dejarlo para mañana por la noche, ya que después de la noche y el día que he tenido, necesito descansar.

Empezar de cero.

Empezar de cero

Dayana lo tiene claro: no puede renunciar a ese ascenso laboral por el que tanto había luchado, no le importaba que implicase tener que mudarse a 500 km de su ciudad y tampoco que a su novio no le gustase aquella decisión. Su relación llevaba meses muerta, seguir juntos no tenía sentido.

Empezar de cero no le supone un problema, ya lo hizo una vez y sobrevivió.

Hasta que encuentre un apartamento en su nueva ciudad, Dayana decide hospedarse en la pensión de un pequeño pueblo situado a 50 km de su nueva ciudad, ya que allí se ha trasladado su mejor amiga tras prometerse con su novio. Los dueños de la pensión son un encanto y la nieta de ellos se convierte en una amiga más.

En la pensión se topará con Gonzalo, el otro nieto de los dueños de la pensión. Tras un accidentado primer encuentro, no empiezan con buen pie. Sin embargo, cuando el aterrador pasado de Dayana regresa para saldar cuentas pendientes, Gonzalo se muestra de lo más protector con ella, se comporta como un tipo encantador.

Empezar de cero su objetivo pero, ¿también respecto al amor?

Si quieres saber más sobre esta historia, aquí podrás encontrar todos los capítulos:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Por ti late mi corazón.

Por ti late mi corazón

Entró en casa y se encerró en su habitación, abrumado por aquellas sensaciones que un día olvidó y que no esperaba volver a sentir.

Se había esforzado mucho para convertirse en el hombre frío y distante que era, en evitar sus emociones y enterrar sus sentimientos en un cajón olvidado de su mente.

Pero ella le trastornaba y le confundía. Pese a que él la trataba con la misma frialdad que trataba a los demás, ella se atrevía a plantarle cara sin amilanarse. Incluso se atrevía a desafiarle con sensualidad, la muy descarada.

Al principio, pensó que se trataba de un capricho pasajero, impulsado por el estrés del trabajo y la falta de tiempo para ocuparse de sus necesidades más lujuriosas. Quizás lo único que tenía que hacer para sacar a aquella mujer de su cabeza era tomarla y hacerla suya hasta saciarse de ella. Pero nunca llegó a ocurrir, con cada uno de aquellos encuentros clandestinos, ella lo envolvía con su calidez y su bondad, derribando poco a poco las murallas que rodeaban su corazón.

Pero esa noche, tras escuchar de sus labios un “te amo” antes de que se quedara dormida, derribó aquellas murallas por completo. Su corazón comenzó a latir desbocado y se asustó. Solo ella era la responsable de que su corazón comenzara a latir de nuevo.

Esperó a que se durmiera y se marchó sin despedirse. No quería huir como un cobarde, pero primero necesitaba aclarar sus ideas. ¿Podría ella devolverle la vida que había dado por perdida? Aunque la pregunta que no se atrevía a hacerse era: ¿estaría ella dispuesta a intentarlo después de haberla dejado sola en aquella habitación de hotel tras haberle declarado su amor?

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