Archivo | junio 2016

No tientes al diablo 16.

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Durante media hora, me siento en el sofá con Ángel, Smith y Stuart a ver la televisión. Ángel está pendiente de mí y yo finjo no darme cuenta, mirando sin mirar la televisión. Si alguien me hubiera preguntado de qué iba el programa, no habría sabio qué responderle.

Harta de esperar a que por fin Ángel se decida a hablar, me oigo decir:

–  Ángel, ¿podemos hablar un momento?

Ángel me escruta con la mirada. Smith y Stuart hacen ademán de levantarse para dejarnos a solas, pero Ángel los detiene haciéndoles un gesto con la mano, se levanta y, tendiéndome la mano, me ayuda a levantarme y me guía hasta su despacho. Es la primera vez que entro en su despacho y lo observo todo, fijándome en todos los detalles. A diferencia del resto de la casa, su despacho dice mucho de él. Está todo ordenado dentro del desorden, lleno de vida.

–  Siéntate y dime de qué quieres hablar. – Me dice señalándome una de las sillas mientras él se sienta en la silla de al lado.

Me siento dónde me indica y, armándome de valor, logro decir:

–  Ángel, agradezco todo lo que estás haciendo pero no creo que sea una buena idea. No quiero ponerte en riesgo, no es justo.

–  Déjame a mí tomar mis propias decisiones, Meg. – Me ruega. – Quiero ayudarte, quiero que estés bien y aquí estás bien, ¿me equivoco?

–  No, no te equivocas. – Confieso. – Hace diez días que nos conocemos, debería desconfiar de ti y sin embargo me siento segura en tu casa.

–  Te sientes segura conmigo. – Me corrige. Nos miramos fijamente a los ojos durante unos segundos y finalmente añade: – Debes descansar, mañana por la mañana volverá el doctor y no quiero que cuando vuelva te encuentre más agotada de lo que ya estás.

–  Y tú, ¿no piensas descansar?

–  Yo también voy a descansar. – Me dice agotado. – Te acompaño a tu habitación, vamos.

Ángel me acompaña hasta la puerta de mi habitación, donde me da las buenas noches y me besa en la mejilla. Me pongo el short de algodón y la camiseta ajustada de tirantes, que es mi habitual pijama, y me meto en la cama. No puedo dormir, no hago más que dar vueltas en la cama y, tras mirar el reloj y ver que han pasado casi tres horas desde que me metí en la cama y sin poder descansar, decido levantarme e ir al salón, allí al menos podré charlar con Smith. Tal y cómo esperaba, Smith y Stuart están en el salón, jugando al póker entre ellos para hacer que el tiempo pase más rápido.

–  ¿Va todo bien? – Me pregunta Smith preocupado.

–  Sí, no podía dormir y he pensado que no os importaría que os hiciera compañía durante un rato. – Le respondo dejándome caer en uno de los sofás. – No sé cómo podéis aguantar aquí encerrados todo el día, yo creo que estoy empezando a volverme loca.

–  ¿Sabes jugar al póker? – Me pregunta Stuart por primera vez.

Asiento con la cabeza y, sin más, me reparte cartas. Dos horas después, les he ganado a ambos todas sus fichas y los tres nos reímos hasta que Ángel aparece en el salón con cara de muy pocos amigos.

–  ¿Se puede saber qué estáis haciendo? – Pregunta como si hubiéramos cometido el peor de los pecados. Me mira con dureza y me pregunta furioso: – ¿Esta es tu manera de descansar?

–  Solo estábamos echando una partida a las cartas, la chica necesita relajarse y pensar en otra cosa, no va a descansar nada si no deja de darle vueltas a la cabeza. – Sale en mi defensa Smith.

–  Te he contratado para que nos protejas, no para que nos distraigas. – Le acusa Ángel. Tiene los ojos plagados de ira e incluso a mí me da miedo. – Vuelve a la cama Megan. – Me ordena antes de volver a encerrarse en su habitación.

–  Menudo imbécil. – Murmura Smith. – No sé cómo aguantas a ese estirado.

–  No solo lo aguanto, sino que creo que me he enamorado de él. – Confieso abatida. – ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí?

–  Ese imbécil te adora, a su manera pero te adora. – Me reconforta Smith. – Quizás tengas que tratar de relajarle a él, ya me entiendes.

–  Lo haría encantada, si se dejara, claro. – Musito provocando las risas de ambos. – Sht. Si nos escucha reírnos otra vez es capaz de echarnos de su casa.

–  ¿Tú crees? – Me pregunta Stuart, que empieza a soltarse a hablar.

–  ¿Acaso no has visto sus ojos? – Le pregunto. – Creo que nunca lo había visto así de furioso, y mira que siempre le veo furioso.

Los tres volvemos a reírnos a carcajadas, a un volumen lo suficientemente alto como para que Ángel nos escuche, pero nos es imposible parar de reír. Cuando por fin lo conseguimos, me despido de ellos y camino por el pasillo mientras trato de decidir si llamar o no a la puerta de la habitación de Ángel. Puede que esté demasiado furioso como para que le agrade mi visita, pero aun así decido arriesgarme. Golpeo suavemente la puerta y, escasos segundos después, me abre la puerta con su habitual cara de furia. Decido pasárselo por alto, al fin y al cabo todos estamos nerviosos y alterados.

–  ¿Qué haces aquí? – Me espeta impasible.

–  Pasaba por aquí y he pensado en hacerte una visita. – Le respondo con naturalidad, como si no me hubiera enterado de que está furioso. – ¿No me vas a invitar a entrar?

–  ¿Qué quieres, Megan? – Me pregunta después de resoplar sonoramente.

–  Para empezar, quiero que cambies esa cara de estar comiendo limones que tienes. – Le reprocho acabando con mi poca paciencia. – Pero me conformo con que me hagas un rato compañía.

–  ¿A qué se debe ese honor? – Me pregunta con sarcasmo. – ¿Acaso no disfrutas con la compañía de tus guardaespaldas en el salón?

–  Si no fueras tan frívolo pensaría que estás furioso. – Le espeto furiosa. – Me levanté de la cama porque no podía dormir y me senté con ellos a jugar al póker, ¿qué tiene eso de malo?

–  Dime una cosa, Megan. Si yo no estoy aquí para hacerte compañía, ¿para qué cojones estoy?

Me quedo muda. ¿A qué se está refiriendo? Si Colorado me secuestrara, mi único problema sería estar secuestrada. Mientras esto siga así, voy a tener que pensar en la solución para todos mis problemas, sobre todo para afrontar lo que siento por Ángel. Pero antes de afrontarlo, primero tengo que asimilarlo y aceptarlo. Mis ojos se empiezan a llenar de lágrimas y el rostro de Ángel se descompone.

–  Perdóname, nena. – Me dice estrechándome contra su cuerpo. – Estoy un poco nervioso y lo estoy pagando contigo. No pasa nada, no me hagas caso.

No digo nada, no puedo dejar de sollozar. Ángel me abraza con más fuerza al mismo tiempo que me hace pasar dentro de su habitación y cierra la puerta. Se sienta a los pies de la cama y me coloca sobre su regazo sin dejar de abrazarme.

–  Por favor, deja de llorar. – Me suplica. – No me gusta verte así.

–  Lo siento. – Logro balbucear entre sollozo y sollozo.

Ángel coge mi cara entre sus manos con suavidad y me sonríe con ternura, pero harta de la ternura y la compasión, me lanzo a por lo que de verdad deseo y le beso en los labios apasionadamente, con tanto ímpetu que lo tumbo sobre la cama, echándome literalmente encima de él. Ángel me corresponde y me devuelve el beso con la misma pasión. Nuestras manos empiezan a recorrer nuestros cuerpos libremente, sin que nada las obstaculice. Con un rápido y perfecto movimiento, Ángel me hace dar la vuelta y, sin darme cuenta, soy yo la que está tumbada sobre la cama y él está encima de mí. Me besa dulcemente en los labios y me susurra al oído:

–  No podemos continuar, pequeña.

–  ¿Qué? ¿Por qué? – Le pregunto molesta.

Ángel me sonríe divertido y me dice:

–  Por muchas razones, entre ellas las que más peso tienen son la situación en la que estamos, nuestro acuerdo laboral y, aunque no suene muy caballeroso, no tengo condones.

Me echo a reír a carcajadas, esta vez con más ganas que antes, y Ángel en seguida se une a mi risa.

–  Si me lo permites, voy a rebatir todas tus razones.

–  Me olvidaba que eres abogada. – Comenta burlonamente.

–  Para empezar, yo tengo condones y, aunque no los tuviera, tomo la píldora y, por si además te interesa, estoy completamente sana porque siempre uso preservativo con mis relaciones esporádicas y no tengo una relación estable desde hace años. No sé nada de ti porque no me cuentas nada, pero hay quien sí me cuenta cosas sobre ti y sé que no mantienes relaciones sexuales sin protección, chico listo. – Le digo sonriendo. – Con lo cual, el tema de los condones queda solucionado. Respecto al acuerdo laboral, te recuerdo que oficialmente no empiezo a trabajar hasta hoy lunes a las nueve de la mañana, así que, si son las cuatro de la madrugada, todavía nos quedan cinco horas de legalidad. En cuanto a la situación, creo que a ambos nos vendría bien relajarnos un poco, ¿no crees?

–  Te gusta tentar al diablo, ¿verdad?

–  Como ya te he dicho, Óscar Wilde pensaba que la mejor forma de librarse de la tentación es cayendo en ella y yo creo que Óscar Wilde era un tipo muy sabio.

Le miro con picardía, provocándole y tentándole descaradamente y Ángel deja de resistirse y me devora la boca como si en ello le fuera la vida. Sin tiempo que perder, me quita la ropa mientras yo se la quito a él y, cuándo está apunto de penetrarme, le paro y le pregunto burlonamente alzando una ceja:

–  ¿No se te olvida algo? – Al ver que me mira sin entender, le aclaro. – El preservativo.

–  Me has dicho que estás sana y que no mantienes relaciones sexuales sin preservativo, sabes que yo estoy sano y que no mantengo relaciones sexuales sin preservativo. Contigo ya me he saltado todas las reglas, ¿cuál es el problema? – Me pregunta divertido para después besarme en los labios y penetrarme de una estocada. – Oh Dios, ¡cómo te he echado de menos!

Escuchar esas palabras de su boca mientras me penetra una y otra vez, hace que me vuelva loca. Si a eso le sumas las caricias y los besos que me propina y el contacto piel con piel, sin preservativo de por medio, la sensación es apoteósica. Nuestros jadeos empiezan a aumentar al mismo tiempo que Ángel empieza a aumentar el ritmo y la fuerza de sus envestidas hasta que por fin llegamos al clímax y Ángel se derrumba sobre mí con la respiración agitada.

Liebster Award.

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¡Hola a tod@s!

Hoy os traigo una buena noticia: hace unos días, R. Crespo me nominó al premio Liebster desde su romántico blog Ficción Romántica. Si sois un@s romántic@s empedernid@s, no dudéis en visitarlo, os encantará.

¡¡¡Mil gracias Rocío por éste inesperado premio, es un honor recibirlo de tus manos!!! 

El premio Liebster se otorga a blogs con menos de 200 seguidores cuyos contenidos, a juicio de la persona que nomina, merecen ser más conocidos  en esta gran comunidad. Por regla general, se nomina a diez blogueros que, a su vez, deben nominar a otros diez.

Y ahora, voy a contestar las preguntas que Rocío me ha dejado y que también deberéis responder mis nominados.

 

1. ¿Cuál es el libro que más te ha marcado y por qué?

De una manera u otra, todos los libros que he leído me han marcado. Todo depende del contenido y del momento de mi vida en que los leo. Si tengo que quedarme con uno, me quedo con Los príncipes azules también destiñen de Megan Maxwell. Lo que me marcó no fue la historia, sino la forma en la que los personajes la afrontaron. A veces una misma historia tiene versiones diferentes según quién las cuente, pero eso no significa que solo una de ellas sea la verdadera.

 

2. ¿Qué te ha llevado a crear tu blog? 

Desde pequeña me ha gustado escribir historias y, cuando fui creciendo, me decanté por el romanticismo. Nunca tuve intención de publicar mis escritos, pero me dejé aconsejar por un amigo, que insistía constantemente en que creara un blog, y aquí estoy. La verdad es que me alegro mucho, está siendo una magnífica experiencia y he conocido a gente realmente fantástica, además de a muy buenos escritores.

 

3. Siguiendo la máxima picassiana de “cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando”, ¿eres de esos escritores de alguna manera caóticos que siempre tienen al lado un bloc de notas y un bolígrafo porque se les viene una frase a deshora, siempre de manera intempestiva, o por el contrario eres sumamente organizado con tu disciplina de trabajo para escribir, teniendo tus tiempos y tus horarios bien marcados? 

Siempre he sido muy organizada y disciplinada en cuanto a lo de escribir se refiere, pero últimamente, debido a una serie de complicaciones, apenas dispongo de tiempo para hacerlo. El poco tiempo libre que tengo lo invierto en mi blog personal y en los dos blogs en los que colaboro: El poder de las letras y Blogger House. Por suerte, tengo muchas historias escritas y puedo seguir subiendo entradas para que las sigáis disfrutando tanto como yo. 😉

 

4. Teniendo en cuenta que muchos que consiguen publicar y vivir de sus escritos en realidad no parecen merecerlo, y muchos que sí lo merecen jamás consiguen publicar ni una sola letra, ¿qué cambiarías en el sistema editorial para hacerlo más justo?

Es una injusticia que a buenos escritores no les den la oportunidad de darse a conocer como merecen y, sin embargo, cualquier personaje televisivo pueda hacerlo y sin tener nada interesante que contar, pero las editoriales venden lo que el público quiere comprar, su objetivo es obtener beneficios. Quizás seamos los lectores los que deberíamos cambiar nuestras costumbres y comprar libros de calidad.

 

5. ¿Sueles escuchar música para inspirarte a la hora de escribir? Y, en caso de respuesta afirmativa, ¿qué estilo de música prefieres?

Sí, la música supone una base importante para inspirarme. Suelo escuchar todo tipo de música pero, dada mi tendencia romántica, me decanto por canciones que hablen de amor, de desamor, de deseo y de pasión. Siempre que escribo una escena, en mi cabeza hay una banda sonora de fondo.

 

6. Si eres de escribir relatos, ¿prefieres los relatos cortos o largos? Y si la respuesta es cortos, ¿se debe a que realmente te salen así o lo haces pensando en el formato blog, que parece resultar incómodo para que el lector se imponga la tarea de leer relatos demasiado largos ante la pantalla del ordenador? Lo cual llevaría a preguntar: en cuestión de relatos, ¿el tamaño importa?

Escribo tanto relatos cortos como largos, según me salgan y según lo pida la historia. Si la historia me gusta, me es indiferente que tenga 2 páginas o que tenga 2000.

 

7. Si escribes poesía, ¿prefieres la estructura libre o la estructura clásica de métrica y rima? Y si la respuesta es “verso libre”, ¿crees que como dicen muchos puristas academistas, es necesario dominar primero la estructura rígida y formal de la poesía para después saber saltársela a placer o crees por el contrario que no es necesario estudiar a los clásicos y sus formas de poetizar sino con la simple inspiración de las musas se puede escribir lo que se quiera? 

No escribo poesía, no es un estilo que se me dé bien aunque me encante leerla, ya sea poesía clásica o de verso libre.

 

8. Y como escritor, ¿eres de los que llega hasta el final escribiendo una idea aunque al principio no te esté convenciendo demasiado el resultado a ver si trabajándola puedes mejorarla, o prefieres arrimar y pasar a otra? 

Cuando comienzo a escribir, ya tengo una idea bastante formada en mi cabeza. Pero a veces, al desarrollar a los personajes, esa primera idea se va transformando y no siempre me termina de convencer. Cuando ésto me ocurre, la leo varias veces e intento encaminarla, aunque no siempre lo consigo. Entonces empiezo de nuevo con la historia más definida, habiendo descartado lo que no me gusta y añadiendo lo que sí.

 

9. Si la primera pregunta fue qué libro te ha marcado (positivamente, se sobreentiende), para terminar resulta inevitable preguntar, ¿qué libro te ha parecido más detestable? 

La mayoría de libros que leo son recomendaciones que me hacen (con un breve resumen del contenido), libros que he leído la sinopsis y me han intrigado, o bien libros de escritores/as a quienes ya he leído y conozco su estilo y su temática, así que dificilmente me decepcionan. He dejado algún que otro libro a medias porque me ha aburrido, pero ahora mismo no recuerdo cuál.

 

Y aquí están mis 10 nominados: 

  1. Maria del Socorro Duarte y su blog Presentimientos.
  2. Pedro Altamirano y su blog Tutoriales, cursos y manuales básicos.
  3. Carla Duque y su blog La Mala Rosa.
  4. Miriam Gimenez Porcel y su blog Incoherencias sin más.
  5. Maryflor C G y su blog Las palabras más hermosas son las que aún no te he dicho.
  6. Berkanaluz Poesías, Pensamientos, Y Palabras y su blog Poesías, Pensamientos Y Palabras.
  7. Xavier Hernandez y su blog Conozcámonos entre letras.
  8. Juan Carlos y su blog Universo mágico.
  9. Isidro Cristobal del Olmo y su blog La vida.
  10. IveL W. y su blog Vestida de Luna.

 

¡¡¡ENHORABUENA A TOD@S!!!

 

 

 

 

No tientes al diablo 15.

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A las cinco de la tarde, por fin aparece Dylan. Lo saludo como siempre, con un par de besos en la mejilla. Después de tanto tiempo y de vivir situaciones tan difíciles con él, hemos llegado a hacernos buenos amigos. Mi padre también lo saluda con afecto, al fin y al cabo, se trata del agente que salvó la vida de su única hija y sigue dispuesto a seguir haciéndolo. Dylan también saluda a Smith y Stuart con un afectuoso estrechón de manos y después tiende su mano a Ángel a quien le dice:

–  Encantado de conocerlo, señor Ferreira.

–  Lo mismo digo. – Le responde Ángel. – Y, por favor, llámame Ángel.

Pasamos todos al salón, dónde nos sentamos y esperamos que sea Dylan quien empiece a hablar. Ángel se sienta a mi lado y me dedica una tierna sonrisa.

–  Ya conocéis la situación. – Dice Dylan. – Orlando Colorado se fugó de la prisión de Colombia ayer a las doce en punto de la noche, hora española. Tres horas más tarde, Megan recibía un mensaje con su foto en el móvil. Es obvio que te ha tenido vigilada, es mucha coincidencia que alguien te haya visto, te haya reconocido y le haya enviado esa información a Colorado.

–  El mensaje lo enviaron desde un número oculto, ¿podemos estar seguros de que era él? – Pregunta Ángel con un tono de voz demasiado serio y profesional que nunca antes le había escuchado. ¿Estaba en realidad tan preocupado?

–  En el mensaje me llamaba gringa, nadie más me ha llamado nunca gringa. – Contesto mirando al vacío, completamente absorta. – Si me ha tenido vigilada todo esto tiempo, ha podido…

–  No. – Me interrumpe Ángel furioso. – Eso no va a pasar, ¿de acuerdo?

Mi padre me mira alzando una ceja, consciente del motivo de la reacción de Ángel, pero no dice ni pregunta nada y yo se lo agradezco. Ya tendremos ocasión de hablar de eso en otro momento.

–  Sabes que podemos hacer que entres en el programa de protección de testigos. – Me sugiere Dylan.

–  Y también sabes que paso de hacerlo. – Le contesto furiosa. – Si me va a encontrar igualmente, no pienso dejar mi vida.

–  Lo suponía, por eso hemos creído conveniente que…

–  ¿Hemos creído? – Le interrumpo. – ¿Desde cuándo no trabajas solo?

–  Megan, Ángel y yo hemos estado hablando con Dylan y creemos que lo más sensato en este momento es que te ocultes por unos días. – Empieza a decir mi padre. – Sabemos que no quieres dejar tu vida y lo respetamos, pero hasta que todo esto se aclare es lo único que puedes hacer.

–  ¿Lo único que puedo hacer? ¡Joder, tengo a la puta mafia colombiana poniendo precio a mi cabeza y solo puedo esconderme! – Les espeto furiosa. – Dylan, si algo he aprendido de ti en todo este tiempo es que la mejor defensa es un buen ataque. Si no puedo atacar a Colorado porque no sé dónde está, al menos deja que pueda defenderme atacando cuando venga a por mí.

–  No, ya hemos hablado de eso. – Me dice con rotundidad Dylan. – Para eso están aquí Smith y Stuart, ellos os protegerán.

–  ¿Nos protegerán? ¿Crees que pueden proteger a todo el que me rodee? – Protesto. – Sabes tan bien como yo lo que va a pasar, ambos conocemos la manera de actuar de Colorado y, teniendo en cuenta todo lo que he hecho, te aseguro que no va a dejar que me vaya de rositas. – Le miro a los ojos y, desafiante, le digo: – Eres un agente especial de la DEA, puedes conseguirme una licencia de armas y una pistola.

–  Puede que seas mejor con una pistola que la mayoría de mis hombres, pero sabes que no puedo hacerlo, Meg. – Me dice Dylan. – No puedo proporcionarte un arma ni tampoco quiero hacerlo, no quiero que te manches las manos de sangre.

–  Creo que ya es un poco tarde para eso, ¿no crees? – Le replico y todos enmudecen.

Cuando Jeff ayudado por Dylan me rescató de la casa donde Colorado me tenía secuestrada, uno de los hombres de Colorado intentaba violarme y, aprovechando su cercanía, le quité la pistola y le disparé. El tipo cayó sobre mí muerto y noté como su sangre aún caliente recorría todo mi cuerpo. Entré en estado de shock pero por suerte en ese momento llegó Jeff y me sacó de allí. Desde entonces, nunca volví a ser la misma y mi relación con Jeff tampoco volvió a ser la misma jamás.

–  Tuviste que hacerlo, Meg. – Me reconforta mi padre. – Eras tú o él.

–  Dylan, ¿sabes algo de Jeff? – Le pregunto.

–  Nadie ha visto a Jeff desde esta madrugada. – Me responde Dylan.

–  ¿Crees que…? – No puedo terminar la pregunta.

–  Si te soy sincero, no lo sé. – Me responde Dylan. – Pero no tiene buena pinta, Meg.

Asiento con la cabeza y me quedo callada. Puede que ya no esté enamorada de Jeff, pero sigo queriéndolo a pesar de que nuestra historia estaba destinada a acabar como la historia de Romeo y Julieta. Él siempre fue bueno conmigo, pero vivíamos en mundos distintos y ninguno estaba dispuesto a cambiar. Nuestro amor acabó, pero se quedó una gran amistad y un enorme cariño, es como uno de esos amores platónicos que sabes que no pueden ser pero que de igual modo lo anhelas. Nunca había vuelto a sentir lo mismo que sentí por él con nadie hasta ahora, que ha aparecido Ángel en mi vida. Un tipo mujeriego, con pánico al compromiso y que nunca trae a ninguna chica a su casa y, sin embargo, aquí me tiene con él. Está claro que está preocupado y me está ayudando mucho pero, a diferencia de Paula y Judith, yo no creo que alguien así cambie de la noche a la mañana y se enamore. Mucho menos iba a tener yo la suerte de ser la afortunada.

–  Disculpadme pero no me encuentro bien y, si no os importa, me gustaría tumbarme un rato. – Les digo poniéndome en pie a duras penas, totalmente mareada.

–  Te acompaño, estás pálida. – Me dice Ángel con el ceño fruncido. – Creo que deberíamos llamar al doctor, no tienes buen aspecto.

–  Un mafioso colombiano que acaba de fugarse de la cárcel quiere matarme, ¿qué aspecto quieres que tenga? – Le replico malhumorada. En el mismo instante que mis palabras salen de mi boca me arrepiento de haberlas dicho. Pero Ángel actúa como si no me hubiera escuchado y me acompaña a mi habitación, me ayuda a meterme en la cama y me sonríe. Me siento fatal por haber sido tan borde después de todo lo que él está haciendo por mí: – Perdóname, soy lo peor.

–  Todo está bien, nena. – Me susurra y me da un beso en la frente. – Voy a llamar al doctor para que te haga un chequeo, quiero asegurarme de que estás bien, ¿de acuerdo? – Asiento con la cabeza, no puedo negarle nada si me lo pide de esa manera. – Buena chica. Estaré en el salón si necesitas algo.

Vuelve a besarme, esta vez brevemente en los labios, y sale de mi habitación con el mismo rostro de preocupación con el que ha entrado.

No necesito ningún médico, simplemente estoy agotada por no descansar y hecha un manojo de nervios porque alguien quiere matarme pero, por lo demás, sé que estoy bien. Aun así, dos horas más tarde, accedo a que el doctor me ausculte, me tome las constantes y me saque sangre para hacerme un análisis, todo por hacer lo único que Ángel me ha pedido después de todo lo que él está haciendo por mí.

–  Muestra signos de agotamiento, pero parece estar bien. – Les dice el doctor. – De todas formas, enviaré las muestras de sangre al laboratorio y en cuanto mañana me den los resultados vendré para hacerle otra visita. – El doctor me mira y añade: – Lo único que puedo recetarte por ahora son horas de sueño para que te recuperes. Te recetaré unas pastillas que te ayudarán a dormir si no puedes.

El doctor se despide de todos y se marcha prometiendo regresar mañana por la mañana. Cuando el doctor se marcha, Ángel me obliga a ir a la cocina y cenar un poco mientras mi padre nos observa sonriendo y, finalmente, le dice a Ángel:

–  Algún día tendrás que explicarme cómo has conseguido amansar a la fiera de mi hija.

–  ¡Papá! – Le regaño. – ¡Estás hablando de tu hija!

–  Por eso habla con conocimiento de causa. – Se mofa Dylan. – Smith ha estado refunfuñando porque tenía que proteger a una princesita y, cuando te ha conocido, ha cambiado de opinión.

Todos se echan a reír, incluido Ángel. Los fulmino con la mirada a todos para después decirle a Dylan:

–  Al final vas a tener razón, no es una buena idea eso de que tenga una pistola.

En ese mismo instante todos dejan de reír y yo le dedico una maliciosa sonrisa que les pone la piel de gallina. Estos no saben lo que es una mujer enfurecida.

–  Megan, mientras descansabas hemos decidido que por el momento lo mejor es que te quedes unos días aquí, hasta que sepamos a qué atenernos. – Me dice mi padre recobrando la seriedad. – Ángel está dispuesto a tenerte en su casa y Smith y Stuart os protegerán.

–  ¿Qué? ¿Cómo voy a quedarme aquí? – Les espeto furiosa. – ¿Os habéis vuelto locos? ¿Qué pasa si Colorado me encuentra? Porque, tarde o temprano, me va encontrar.

–  Tengo a diez de mis mejores hombres vigilando el edificio y a dos de los mejores marines que han existido protegiendo el apartamento, nadie puede entrar ni salir sin que nosotros lo sepamos. – Me dice Dylan para tranquilizarme.

–  Tú mismo has dicho que soy mejor con la pistola que la mayoría de tus hombres, ¿qué clase de garantía nos da eso? – Le reprocho.

–  Tranquila, no va a pasar nada. – Me dice Ángel sosteniéndome la mirada. – Aquí estarás bien, solo serán unos días.

–  Estás poniendo tu vida en peligro innecesariamente. – Le digo como si no entendiera la gravedad del asunto. – ¿Es que no te das cuenta?

–  Si quieres podemos discutir, pero no me vas a hacer cambiar de opinión. – Me espeta furioso.

¡Será idiota! ¡No se da cuenta de nada! Si le pasa algo por mi culpa yo… Oh, Dios. ¡La idiota soy yo! ¡Me he enamorado de un mujeriego que nunca se ha acostado dos veces con la misma mujer y que le tiene pánico al compromiso! ¿Se puede ser más idiota que yo?

–  ¡Megan! – Me grita mi padre zarandeándome del brazo. – Estás empezando a asustarme, ¿qué cojones te pasa?

–  ¿Qué? – Digo distraída. – Eh, perdona papá, creo que…

–  ¿Tomaste drogas anoche? – Me pregunta mi padre.

–  Papá, creo que hacerme esa pregunta delante de un agente de la DEA no es una buena idea. – Le contesto a modo de respuesta.

–  Por supuesto que no tomó drogas anoche, pero sí bebimos algo más de la cuenta y apenas ha dormido ni comido, necesita descansar. – Sale en mi defensa Ángel.

Por algún extraño motivo, eso hace sonreír a mi padre.

–  Nos mantendremos en contacto telefónico toda la semana, pero no pueden haber visitas. – Me dice Dylan. – Ángel, si no puedes con ella llámame.

Mi padre y Dylan se despiden de nosotros y se marchan. Smith y Stuart están en el salón montando guardia y yo necesito hablar con Ángel a solas.

No tientes al diablo 14.

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Nada más despertarme, recuerdo todo lo que ha pasado y maldigo en voz baja. Me levanto de la cama de un salto y me dirijo a la cocina, que también es comedor y salón. Apenas camino un par de pasos al salir de la habitación cuando me topo con un tipo con cara de sicario y, tal y cómo Jeff me enseñó, me defiendo atacando. Las clases de artes marciales tenían que servir para algo. El tipo es más grande que yo y apenas consigo darle un par de golpes antes de que me agarre de las manos y bloquee todos mis movimientos.

–  Relájese, estamos aquí para protegerla. – Me dice el tipo con pinta de sicario.

–  ¿Qué cojones estás haciendo? – Le pregunta Ángel furioso, rescatándome del sicario.

–  La gatita ha sacado sus uñas, solo intentaba que no me arañara antes de explicarle que estamos aquí para protegerla y no para agredirla. – Se excusa el sicario.

–  ¿Quiénes son esta gente? – Le pregunto al ver que otro tipo con pinta de sicario se une a su compañero. – ¿Qué están haciendo aquí?

–  Regresemos a la habitación, hablaremos allí. – Me dice encaminándome de vuelta a mi habitación, colocándose a mi espalda. Una vez en la habitación, me dice sonriendo: – Acabas de alegrarle el día a esos dos saliendo así vestida.

–  Tendrías que haberme dicho que no estábamos solos. – Le reprocho.

–  Esos dos tipos son Smith y Stuart, dos ex marines de EEUU que ahora trabajan en el sector privado y, como podrás intuir, acabo de contratar. – Me explica. – Me los ha recomendado Dylan y te van a acompañar a donde quiera que vayas. Por cierto, Dylan estará aquí a última hora de la tarde, su vuelo se ha retrasado a consecuencia de una tormenta en no sé dónde.

–  ¿Has hablado con Dylan?

–  Llamó a tu móvil un rato después de que te durmieras y cogí yo la llamada. – Me mira fijamente a los ojos y añade: – Te dije que no voy a dejar que te hagan daño y lo voy a cumplir, Megan.

–  ¿Por qué lo haces? – Le pregunto. – Apenas me conoces, para ti soy un problema y sin embargo me traes a tu casa y te metes en medio de todo este percal cuando lo que deberías estar haciendo es mantenerte alejado de mí.

–  Tienes una manera bastante peculiar para agradecer las cosas, ¿no crees?

–  Lo siento. – Me disculpo. – Tienes razón, tú haces todo esto y yo te lo agradezco con reproches.

–  No pasa nada, estás nerviosa y asustada. – Me dice quitándole importancia. – Pero tienes que saber que yo estoy aquí para ayudar, ¿de acuerdo?

–  Te lo agradezco, pero sigo sin entender por qué te complicas la vida conmigo.

–  Eres mi abogada, tengo que cuidar de ti para que tú puedas cuidar de mis negocios. – Me dice sonriendo. – Ahora date una ducha, ponte algo de ropa para que tus guardaespaldas no vayan babeando detrás de ti y ven a la cocina a desayunar. Mientras tanto, yo me encargo de hablar con tu padre y con Judith, ¿de acuerdo?

–  Gracias por todo, Ángel. – Le digo con un hilo de voz.

–  No tienes que agradecerme nada. – Me responde. – Mi hermana y John vienen de camino, Paula te trae algo de ropa, le diré que venga a tu habitación en cuanto llegue.

Asiento con la cabeza y Ángel, tras sonreírme con dulzura, se marcha cerrando la puerta detrás de sí. Me doy una rápida ducha y, cuando salgo del baño envuelta en una toalla, me encuentro a Paula y Judith sentadas a los pies de la cama. Ambas me miran con cara de preocupación, pero es Judith la que, abrazándome con los ojos llenos de lágrimas, me pregunta:

–  ¿Estás bien?

–  Todo lo bien que puedo estar. – Le contesto forzando una sonrisa para tranquilizarla. – Dylan está de camino y Ángel ha contratado a dos tipos para estar seguros hasta que sepamos qué hacer.

–  Ya nos hemos enterado que le has roto el labio a uno de ellos. – Se mofa Paula. – Tienes a mi hermano Ángel como loco.

–  Os juro que no lo he hecho queriendo, bueno sí, pero solo porque creía que venían de parte de Colorado y me he asustado. – Me defiendo.

–  Me refiero a que lo tienes como loco en el buen sentido, Meg. – Me dice Paula sonriéndome con ternura. – Nunca he visto a Ángel preocuparse así por una chica, nunca se ha interesado por nadie hasta el punto de arriesgar su vida por ella.

–  Si te soy sincera Paula, eso no me ayuda a tranquilizarme. – Le confieso. – Creo que lo mejor será solucionar los problemas uno a uno y, de momento, ya tengo bastante con Colorado.

–  Te hemos traído algo de ropa, vístete y ven a la cocina a desayunar. – Me dice Judith dándome un beso en la mejilla.

Asiento con la cabeza a pesar de que lo único que quiero es meterme en la cama, que Ángel me abrace y olvidarme de todo lo que está pasando. En vez de eso, decido ponerme una minifalda tejana y una camiseta blanca de tirantes con unas sandalias planas para ir a la cocina y desayunar, tal y como Judith me ha pedido que hiciera. Allí me encuentro con los dos supuestos guardaespaldas, con Judith y Álvaro, John y Paula y, por supuesto, con Ángel.

Nada más verme, Ángel se acerca a mí y, rodeándome la cintura con su brazo derecho, me dice señalando a los dos tipos que se suponen que son mis guardaespaldas:

–  Meg, ellos son Smith y Stuart y los he contratado para que te protejan.

–  Es importante que lo entienda, señorita Moore. – Me dice Smith, el tipo al que le he partido el labio sin saber quién era. – Estamos aquí para protegerla, aunque por lo que he podido comprobar usted se protege muy bien sola.

–  Lo siento, no quería hacerle daño… – Me disculpo. – No sabía quién era usted y…

–  No se preocupe, no pasa nada. – Me responde Smith. – De hecho debo de reconocer que incluso estaría encantado de que trabajara para mí como guardaespaldas. – Bromea.

Todos se ríen, pero yo no logro ni esbozar una sonrisa. Estoy demasiado nerviosa y preocupada como para que un chiste me distraiga de mis problemas.

–  ¿Has podido hablar con mi padre? – Le pregunto a Ángel.

–  Está de camino. – Me contesta. Y, dirigiéndose a todos, añade: – Chicos, os agradecemos vuestra preocupación, pero creo que es mejor que os vayáis a casa. Este no es el mejor lugar para quedarse.

De inmediato, todos le obedecen, dejándonos a solas a Ángel y a mí con los dos guardaespaldas. Para intentar distraerme y no darle vueltas a la cabeza, me pongo a mirar por la ventana. Estamos en la última planta de un edificio enorme y las vistas de la ciudad son espectaculares. Me agarro a la barandilla de hierro forjado y cierro los ojos dejando que la brisa de septiembre me envuelva y, un segundo después, unas manos me rodean la cintura. No me hace falta abrir los ojos para saber a quién pertenecen esas manos, las conozco muy bien.

–  Todo va a salir bien, nena. – Me susurra la voz de Ángel al oído. Dejo escapar un sonoro suspiro de resignación y Ángel me abraza con más fuerza. Estoy tan pegada a él que incluso puedo notar al final de mi espalda como su erección empieza a crecer. Me aprieto más contra él y me susurra al oído con la voz ronca por la excitación: – No tientes al diablo, no es capaz de controlarse y no creo que sea el mejor momento teniendo en cuenta que tu padre está viniendo hacia aquí, nena.

–  Óscar Wilde decía “la única forma de vencer a la tentación es dejarse arrastrar por ella.

–  Ejem, ejem. – Finge toser Stuart detrás de nosotros. Cuando consigue captar nuestra atención, nos dice sin apenas mover los labios: – El señor Moore acaba de llegar.

Ángel asiente con la cabeza y acto seguido me coge de la mano y me guía de vuelta al salón, donde mi padre está de pie esperándonos y me abraza nada más verme, pero no sin antes percatarse que Ángel y yo entrábamos cogidos de la mano.

–  Cariño, ¿estás bien? – Me pregunta preocupado. En ese momento Smith sale del cuarto de baño y mi padre, al ver que tiene una herida en el labio y el mentón un poco inflamado, pregunta: – Pero, ¿qué le ha pasado? ¿Os han atacado?

–  Ha sido su hija, señor Moore. – Le contesta Smith divertido.

–  ¡Megan! – Me regaña mi padre.

–  Papá, fue sin querer. – Me excuso. – Y ya le he pedido disculpas.

–  Frank, ¿quieres tomar algo? – Le ofrece Ángel.

Como si tuvieran telepatía y se comunicaran sin hablar, ambos se levantan y se dirigen hacia a la cocina, dejándome sentada en el sofá junto a Smith y Stuart.

–  Tiene gracia, yo soy la implicada en el asunto y a nadie le interesa contarme cómo están las cosas en realidad. – Murmuro molesta.

–  Tienes suerte de tener a tanta gente que te quiere y se preocupa por ti. – Me dice Smith. – Tu novio apenas ha dormido organizando todo esto, tus amigos se han volcado en el asunto a pesar de que están poniendo sus vidas en riesgo y tu padre también está aquí dispuesto a lo que haga falta.

–  No sé qué significa tener suerte en tu país, pero en el mío tener suerte significa no tener que pasar por esto. – Replico. – Si tuviera suerte, nada de esto estaría pasando.

A pesar de haber golpeado a Smith en nuestro primer encuentro, tengo que reconocer que es un tipo muy agradable y simpático, además de muy atractivo. Durante el rato que mi padre pasa con Ángel en la cocina, yo hablo con Smith y escucho sus sabias y confortables palabras. Stuart, por el contrario, es un tipo más serio y poco hablador, por lo que se limita a sentarse en uno de los sillones y escucha nuestra conversación sin intervenir ni una sola vez en ella.

No tientes al diablo 13.

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Tras despedirme de todos, me subo al coche de Ángel con John y Paula. Por suerte, Paula se sienta en el asiento del copiloto y yo me siento detrás con John, lejos de Ángel que va conduciendo.

John me mira de reojo y, sin que nadie lo note, me estrecha la mano para darme ánimos. Le agradezco el gesto dedicándole una sonrisa. John y yo siempre nos hemos entendido sin tener la necesidad de hablar. Es como si entre nosotros tuviéramos telepatía, sabemos lo que el otro piensa con solo mirarnos.

Suena un mensaje en mi móvil y lo saco del bolso para mirarlo. Es un mensaje con una foto de un número oculto. Abro el archivo y al descargar la foto veo que se trata de una foto mía, concretamente de esta noche, cantando en el karaoke. Leo el texto y empalidezco: “Te he echado de menos, gringa.”

–  ¿Qué te ocurre? ¿Quién es? – Me pregunta John preocupado al ver mi cara. Como no le contesto, me quita el móvil de las manos para obtener su respuesta y, cuando la obtiene, me espeta furioso: – ¡Maldita sea, Meg! ¿Cómo te ha encontrado?

–  ¡No lo sé! No le he dicho a nadie que me he mudado a Barcelona, ni siquiera te lo dije a ti. – Le contesto poniéndome a la defensiva. – ¡Joder, esto no me puede estar pasando!

–  Tienes que llamar a Dylan, explicárselo y que te ponga protección las veinticuatro horas del día. – Me ordena John. – Llama a Judith y dile que no vaya a casa, ahora mismo no es un lugar seguro.

–  ¿Qué cojones está pasando? – Pregunta Ángel que, al igual que Paula, han oído toda la conversación que John y yo hemos tenido.

–  Es una larga historia. – Le contesta John. – ¿Podrías dejarnos en mi hotel, por favor?

–  No, no es una buena idea. – Opino.

–  Estoy totalmente de acuerdo. – Murmura Ángel. – ¿Qué os parece si vamos a mi casa todos y nos explicáis qué cojones está pasando?

–  Creo que, en este momento, esa es la mejor opción. – Sentencia John.

Durante el resto del trayecto todos nos mantenemos en silencio, a excepción de Ángel que maldice entre dientes y no consigo entender qué dice exactamente.

Cuando llegamos a casa de Ángel, lo primero que hago es llamar a Dylan. Hace unos años, mientras estudiaba en la universidad, salí con Jeff un tipo que se dedicaba al narcotráfico. Un día, Orlando Colorado, uno de los mafiosos colombianos más temidos, vino con sus hombres a por Jeff por un ajuste de cuentas, con la mala suerte de que en ese momento yo estaba con Jeff y, después de verme envuelta en un tiroteo, acabé siendo secuestrada por Orlando Colorado. Me retuvo tres días en una habitación sin ventanas, amueblada tan solo por un colchón en el suelo y un inodoro semi oculto por un muro de media altura. Después de tres días en esas condiciones, Jeff me rescató y Dylan, un agente de la DEA que andaba detrás de Colorado, lo detuvo y lo arrestó. Después de aquello, Dylan quiso que entrara en un programa de protección de testigos, aunque fue muy sincero y me confesó que entrar en un programa de protección de testigos tan solo retrasaría que me encontraran en el caso de que quisieran buscarme. Así que, tras meditarlo con mis padres, decidí no entrar en el programa de protección de testigos. Desde entonces, Dylan se mantiene en contacto conmigo constantemente y me mantiene informada respecto a Colorado.

–  Son las cinco de la mañana en Barcelona, ¿qué ocurre para que me llames a estas horas? – Me pregunta Dylan nada más descolgar. Le cuento todo lo que ha ocurrido y me responde: – No quiero que vuelvas a ir a ese karaoke, ni tampoco a tu casa. Saca a tu compañera de piso de allí y, hasta que yo llegue a Barcelona, no quiero que te muevas de donde estás.

–  No creo que sea una buena idea…

–  ¡Me importa una mierda lo que tú creas! – Me interrumpe Dylan. – Orlando Colorado se ha escapado de la cárcel hace tres horas, quiero que hagas todo lo que te diga, ¿de acuerdo?

–  ¿Hace tres horas? ¿Y cuándo pensabas decírmelo? ¿Cuándo ese demente ya me hubiera encontrado y asesinado? – Le espeto furiosa. – ¡Joder, lleva tres horas fuera y ya me ha encontrado! ¿Qué te hace pensar que voy a seguir viva para cuándo tú llegues?

–  Megan, pásame con tu amigo John. – Me dice Dylan para no empezar a discutir conmigo.

Hago caso de lo que me dice y le entrego el teléfono a John a la vez que le explico poniendo los ojos en blanco:

–  Prefiere hablar de esto contigo. – Me siento en el sofá y Ángel se sienta a mi lado y me aprieta la mano en señal de apoyo y le digo forzando una sonrisa: – Siento todo esto, te prometo que nos marcharemos en cuanto John cuelgue y no te molestaremos más.

–  No es ninguna molestia, Meg. Judith se quedará esta noche con Álvaro, aunque me temo que mañana tendrás que explicarles el motivo. Cuando les he dicho que no podían ir a casa de Judith, creo que han malinterpretado mis intenciones, pero no he querido contarles nada de lo que está pasando, básicamente porque no lo sé. – Me responde. – Pero para serte sincero, me gustaría saber exactamente dónde me estoy metiendo. ¿De qué va todo esto?

Ángel y Paula me miran con expectación, Paula deseando saber lo que está ocurriendo y Ángel con gesto bastante preocupado. Les resumo brevemente la historia y ambos se quedan boquiabiertos. Justo cuando termino de hablar, John aparece en el salón y me dice:

–  Dylan no quiere que te muevas de aquí hasta que él llegue. Tampoco quiere que haya tanta gente aquí, por si la cosa se complica. – Añade mirando a Paula.

–  John, ¿puedes acompañar a mi hermana a casa? Puedes llevarte uno de los coches, yo me quedaré aquí con Megan. – Le dice Ángel a John.

–  No te preocupes, yo me encargo. – Responde John.

–  No, no pienso irme a casa. – Se niega Paula. – Mis padres están fuera de la ciudad y Adrián está doblando turno en el hospital, no pienso quedarme sola en casa.

–  Si no os parece mal, yo puedo quedarme con Paula esta noche. – Se ofrece John y, al ver el gesto de Ángel, añade rápidamente: – Te doy mi palabra de que no le pondré un dedo encima ni aunque me lo suplique, la trataré como si fuera mi propia hermana.

–  Paula, ¿te parece bien? – Le pregunta Ángel a su hermana.

–  Me parece bien que se quede en casa conmigo. – Le contesta Paula molesta. – En cuanto al resto, ambos somos lo suficientemente adultos, maduros y responsables como para tomar nuestras propias decisiones.

Dicho esto, Paula se levanta del sofá, me abraza y me dice antes de salir por la puerta:

–  Suerte y paciencia, Meg. Vas a necesitarlo para soportar al insoportable de mi hermano.

John se despide de Ángel y de mí y se marcha detrás de Paula, dejándonos a solas a Ángel y a mí.

–  Tengo una habitación de invitados, puedes dormir allí. – Me propone Ángel. – ¿Quieres algo para beber o comer? ¿Te apetece algo?

–  ¿Puedes dejarme una camiseta grande? Para dormir, digo.

–  Claro. – Me responde. – ¿Quieres ir a dormir ya?

–  No, si no te importa me gustaría quedarme un rato aquí, contigo. – Le respondo sin mirarle, notando como el rubor acude a mis mejillas.

–  Estás temblando, ¿tienes frío?

–  No, estoy asustada. – Le confieso. – Ese tipo se ha escapado de la cárcel hace tres horas y ya ha sabido dónde encontrarme. Tengo miedo, Ángel.

–  Ven aquí, no voy a dejar que nadie te haga daño. – Me susurra al oído al mismo tiempo que me coloca sobre su regazo y me envuelve con sus brazos. Y, para tratar de hacerme sonreír, bromea: – ¿Tan insoportable soy que mi hermana te compadece?

–  Sí, un poquito. – Le digo sonriendo. – A Paula le gusta John y John también está loco por tu hermana, como habrás podido observar. John es un buen hombre y te aseguro que sus intenciones con tu hermana son de lo más respetuosas, es todo un caballero con las mujeres.

–  Y, ¿eso lo sabes por experiencia propia?

–  Ya te dije que entre John y yo nunca ha habido nada, siempre hemos sido amigos, nada más. – Le repito. – ¿Estás celoso?

–  No tengo ninguna razón para estarlo. – Me contesta con seriedad. – Es tarde, deberías dormir un poco y descansar.

Me lleva en brazos hasta la habitación de invitados y me deposita suavemente con los pies en el suelo, a un par de metros de la cama. Desaparece unos instantes y regresa con una camiseta de algodón bastante grande que me entrega para después añadir:

–  Espero que esto te sirva para dormir. Llámame si necesitas algo. Buenas noches.

–  Buenas noches, Ángel. – Le respondo con un hilo de voz.

Ángel se marcha cerrando la puerta detrás de sí, dejándome sola en la habitación de invitados tan fría e impersonal que me hace sentir peor de lo que ya me siento.

Olvidándome de todo, decido meterme en la cama y dormir. Puede que mañana cuando me despierte nada de esto haya pasado, puede que solo sea una pesadilla.

No tientes al diablo 12.

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El sábado por la tarde todos nos reunimos frente a nuestro edificio a las siete en punto, excepto Adrián, que ha tenido que doblar turno de nuevo en el hospital y no va a poder venir.

Por primera vez desde que lo conozco, veo a Ángel vestido con unos tejanos y una camisa negra en vez de con su caro traje de Armani. Tras saludarnos alegremente, nos dividimos en el coche de Ángel y en el de Álvaro. Álvaro se monta en su coche con Judith, Rubén y Sofía, Mientras que Paula, John y yo nos montamos con Ángel en su coche. Durante todo el camino, Paula habla animadamente, John y yo también participamos en la conversación, pero Ángel conduce en silencio.

Nada más llegar, nos dirigimos al improvisado bar del concierto donde pedimos unas cervezas. Cuando el concierto empieza, todos empezamos a bailar. Al principio, lo hacemos individualmente, pero cuando Pablo Alborán canta la canción “solamente tú” las parejas empiezan a formarse y todo el mundo baila muy agarrado a su pareja. Unas manos me rodean la cintura y, con un suave tirón, me colocan contra el resto del cuerpo. El propietario de esas manos y ese cuerpo es Ángel, que ahora sonríe.

–  Pero bueno, ¡si sabes sonreír! – Bromeo devolviéndole la sonrisa.

–  Sé hacer muchas otras cosas que te harán sonreír a ti. – Me susurra al oído.

–  Señor Ferreira, ¿se me está insinuando? – Le pregunto divertida. A veces, unas cuantas cervezas pueden resultar de lo más efectivas para desinhibirte y relajarte. – Como su abogada, debería advertirle que está pisando terreno peligroso.

–  Eso suena todavía más tentador. – Me susurra con voz ronca.

Bailamos al ritmo de la música, con la suave y dulce voz de Pablo Alborán en directo. Empiezo a cantar en susurros y Ángel me estrecha más contra su cuerpo, me abraza con más fuerza. Si no fuera porque sé cuál es su reputación, pensaría que está siendo romántico.

Cuando la canción termina, Pablo Alborán se despide y el concierto se acaba. Ángel y yo nos separamos prudentemente y yo evito mirarle a la cara. Me atrae demasiado como para poder pensar con sensatez cuando estoy con él, mucho menos si le tengo pegado a mí.

Decidimos ir a tomar algo y guiados por Paula acabamos en un karaoke. La cara de los chicos lo dice todo, ellos no tienen pensado cantar ni por todo el oro del mundo y yo estoy de su lado. Las únicas que parecen estar contentas de estar en un karaoke son Paula, Sofía y Judith. Judith, al verme la cara, me dice con su voz de niña buena:

–  Oh, Meg. Por favor, por los buenos tiempos. – Me guiña un ojo y añade riendo: – Tienes que cantar la misma canción, solo nos falta encontrar a Héctor.

Héctor es un novio que tuve poco antes de marcharme a Londres. Íbamos juntos al instituto y yo lo adoraba pero él ni siquiera sabía que existía. Un día coincidimos en un karaoke y salí a cantar “can’t fight the moonlight”, más conocida como la banda sonora de la película “El Bar Coyote”. En cuanto Héctor me vio subida al escenario cantando como si estuviera bajo la ducha de casa, con la seguridad que unas copas de más te dan, no pudo dejar de mirarme en toda la noche. Por desgracia, dos semanas después de aquel encuentro me fui a Londres y tal y como empezó nuestra relación, se acabó.

–  No pienso volver a subir a un escenario. – Sentencio.

–  ¿Tienes miedo de hacer el ridículo? – Bromea Rubén.

–  Si la estoy animando es porque sé muy bien que no va a hacer el ridículo. Aquella noche en el karaoke, además de ligarse al más buenorro del instituto, tres cazatalentos pretendían contratarla. – Me defiende Judith. – Meg canta muy bien, pero no le gusta cantar en público.

–  No puedes privarme de oírte cantar. – Se mofa John.

–  No pienso cantar, ¿me habéis escuchado? – Les repito molesta.

–  Deja que se beba un par de copas más y la haremos cambiar de opinión. – Le dice Judith a Paula provocando una risotada de John.

Paso de ellos y le pido una copa al camarero. Todos se ríen y piden sus copas convencidos de que acabaré cantando y yo me resigno porque sé que tienen razón. Con nuestras copas en la mano, nos sentamos en los sofás que hay cerca del escenario. Sin tiempo que perder, Sofía, Paula y Judith se apuntan en la lista para subir al escenario y cantar. Mientras nos bebemos nuestras respectivas copas, pedimos más mientras vemos y oímos cantar a Sofía, Paula y Judith. Cantan bastante bien y las tres se llevan un efusivo aplauso del público.

Todos vuelven a insistir en que cante, todos menos Ángel que está más interesado en otra cosa y le pregunta a Judith:

–  ¿Quién es ese tal Héctor?

–  Era un Dios en nuestro instituto. Una noche, Meg subió al escenario de un karaoke a cantar y él en cuanto la vio se enamoró de ella. – Le dice Judith mirándome burlonamente. – Fue una lástima que Meg se marchara a Londres dos semanas después. – Se vuelve hacia a mí y añade: – De vez en cuando coincido con Héctor en algún acto social y siempre me pregunta por ti, se llevará una sorpresa cuando se entere de que has vuelto para quedarte.

Le lanzo una mirada de advertencia a Judith, no me gusta que esté intentando poner celoso a Ángel y mucho menos que le cuente mi vida, aunque a él no parece importarle en absoluto. Incluso parece divertido al escuchar las anécdotas que Judith cuenta sobre mí.

–  Parece que tienes admiradores por todas partes. – Me susurra Ángel al oído.

–  No creas todo lo que te dicen, la gente tiende a exagerar. – Le contesto sonriendo.

–  Te he oído cantar en el concierto mientras bailábamos, no lo haces nada mal. – Comenta Ángel sin dejar de sonreír. – ¿Por qué no quieres cantar?

–  Necesito estar un poco más borracha, creo que tengo miedo escénico. – Le contesto encogiéndome de hombros.

–  ¿Algún día cantarás para mí?

–  El mismo día que tú cantes para mí. – Bromeo sabiendo que él jamás cantará.

–  ¿Me estás retando? – Me pregunta divertido.

–  Ya sabes que me encanta tentar al diablo, nene. – Le respondo sonriendo utilizando sus propias palabras. Si quería guerra, la iba a tener.

Diez minutos más tarde, escucho mi nombre por megafonía, alzo la  vista y un tipo que hay sobre el escenario me dice:

–  Megan, no te hagas la remolona y ven a cantar.

Consciente de que no tengo escapatoria, decido levantarme y encaminarme hacia el escenario, pero antes le susurro a Ángel en el oído:

–  Disfruta de la actuación, nene. Será la primera y la última que me veas subida a un escenario.

Subo al escenario y empiezo a cantar la canción del Bar Coyote, lo que no me deja ninguna duda de que ha sido Judith la que ha apuntado mi nombre en la lista del karaoke.

Canto y bailo segura de mí misma, a pesar de que hacía años que no cantaba con tanto público y mucho menos en un karaoke. Ángel no me quita ojo de encima y, cuando un par de borrachos tratan de alcanzarme, Ángel se coloca a mi lado y me rodea por la cintura, bailando conmigo al ritmo de la música mientras yo continúo cantando.

Cuando la canción termina, todos los que están en el local nos aplauden y vitorean, pidiendo que cantemos un dueto, pero Ángel me coge del brazo y me saca del escenario tirando de mí hasta llegar a donde habíamos estado sentados antes. Rubén, que como el resto se han percatado de lo ocurrido, es el único que se atreve a hablar y le dice a Ángel:

–  Colega, creo que es la primera vez que te veo bailar. ¿Desde cuándo bailas?

Ángel se encoge de hombros y sonríe tímidamente. Creo que incluso se ruboriza un poco, pero rápidamente les distrae a todos cambiando de tema:

–  No ha estado mal el concierto, pese a que mi idea de ir a un concierto es totalmente distinta a lo que hoy he vivido. No es que no me haya gustado, pero estoy acostumbrado a que los conciertos sean algo más animados.

–  ¿A caso insinúas que no te lo has pasado bien? – Le pregunta Paula con sorna.

–  A mí me ha parecido que se divertía bastante hace un momento. – Apunta Judith.

–  ¡Menudo carácter tienen las españolas! – Exclama John sacando del atolladero a Ángel y relajando un poco el ambiente.

Cambian de tema y todos continúan hablando. Todos excepto Ángel, que ha vuelto a poner su cara de tipo serio y aburrido y se ha olvidado por completo de que existo.

Finalmente, decidimos regresar a casa tal y como hemos venido, repartidos en dos coches. John, Paula y yo nos montamos con Ángel en su coche.

No tientes al diablo 11.

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Comento con Ryan y con John los puntos en los que lo he bordado y en los que he podido hacerlo mejor, tranquilizo a Judith que se ha asustado temiendo que pudiera tener un accidente y observo a Paula hablar por teléfono a unos metros de distancia.

Ryan tiene que marcharse y se despide de nosotros amablemente, prometiendo que en cuanto pueda regresará y ambos competiremos en una carrera. Cuando Paula termina de hablar por teléfono, se une a la despedida y, cuando estamos los cuatro montados en el coche, nos dice:

–  Tengo un pequeño problema. – Todos la miramos esperando que continúe hablando y ella no se hace de rogar: – Había quedado para cenar con Ángel y acaba de llamarme. Le he dicho dónde estábamos y, no sé cómo, se ha dado cuenta de que había bebido y ha montado un poquito en cólera, sobre todo cuando le he dicho que estaba viendo como Meg conducía un Ferrari y que creía que se iba a matar… – Se vuelve hacia a mí y añade: – Te juro que no lo he hecho queriendo, simplemente no he sabido actuar e inventarme algo para excusarme.

–  No entiendo cuál es tu problema, tú no has hecho nada que tu hermano te pueda reprochar. – Le dice John quitándole importancia al asunto. – En cuanto a lo de cenar con tu hermano, creía que tú y yo teníamos una cita esta noche.

–  Y la tendremos, siempre y cuando Megan se encargue de distraer a mi hermano mientras nosotros nos fugamos. – Le dice Paula divertida.

–  Lo siento, pero no contéis conmigo. – Les advierto.

–  Venga Meg, por los viejos tiempos. – Me anima John. – Recuerda cuantas veces te he cubierto yo, incluso llegué a pasar una noche en el calabozo por ti.

–  Eso es chantaje emocional. – Protesto.

–  Venga Meg, Álvaro y yo estaremos con vosotros, así no estaréis solos. – Termina por convencerme Judith.

–  De acuerdo pero, si acabamos matándonos, solo vosotros seréis los responsables. – Les acuso tratando de que se sientan culpables pero sin éxito alguno.

–  ¿Cuántas veces te has acostado con él? – Me pregunta John de sopetón. – No me mires así, sé de sobra que os habéis acostado juntos, no hay más que observar como os miráis y lo celoso que parecía estar Ángel en el restaurante el pasado lunes. Supongo que él es el tipo con el que has roto todas las reglas que existen, incluso la de no mezclar trabajo y placer. – Se mofa John.

–  No tiene gracia, ya te dije que se suponía que no debía volver a verle. – Le replico.

–  Pues me da a mí que él no está por la labor de dejar de verte. – Me dice con sorna.

–  Creo que es la primera vez que veo a mi hermano interesado de verdad en una chica. – Comenta Paula mientras una descarga eléctrica recorre mi cuerpo.

–  Será mejor que os calléis si no queréis que Meg salga huyendo. – Les advierte Judith. – Creo que la estáis asustando.

–  Como se os ocurra decir alguna gilipollez delante de él o simplemente mencionar el tema, os mataré con mis propias manos, ¿me habéis entendido? – Les amenazo.

Dicho eso, nadie vuelve a mencionar el tema de nuevo en todo el camino. Paula guía a John que conduce siguiendo sus indicaciones hasta llegar al restaurante donde Paula y Ángel habían quedado. Aparcamos frente a un bar situado a las afueras de la ciudad. Es un bar tranquilo y sencillo, nada de lujos ni de cinco tenedores, pero con un encanto especial. Paula camina decidida atravesando el local y dirigiéndose a la terraza trasera mientras todos la seguimos. Cuando salimos a la terraza, nos encontramos a Ángel, Álvaro, Adrián, Rubén y Sofía sentados en una de las mesas y tomando una cerveza. La cara de Ángel es un poema y la de Álvaro tampoco se queda atrás, pero su enfado desaparece en cuanto Judith le besa en los labios. Paula y Ángel intercambian una desafiante mirada y yo decido quitarme de en medio y saludar a Rubén, Sofía y Adrián. Adrián rápidamente me empieza a hablar y yo me animo con tal de evitar mirar y hablar con Ángel, no estoy dispuesta a que se enfade conmigo porque su hermana se vaya a cenar con mi amigo y le deje plantado, tendrá que asumirlo.

–  Quedamos mañana en frente del edificio de Judith y Megan a las siete en punto. – Empieza a decir Paula después de sostenerle la mirada a su hermano durante unos minutos. – Al final somos nueve, así que podemos ir en dos coches.

–  Genial, pues nos vemos mañana frente a mi casa. – Le dice Judith.

–  Buenas noches, chicos. – Se despide Paula. – Megan, te devolveré la ropa en cuanto la lave.

–  No te preocupes por la ropa. – Le respondo sonriendo. – Diviértete.

Paula me abraza a modo de despedida y me susurra al oído:

–  Ten paciencia con mi hermano, si tiene esa cara de póker es porque en el fondo siente algo por ti, pero aún no se ha dado cuenta.

–  Lárgate ya. – La apremio. – Y recuerda que me debes una y de las grandes.

Ángel no pierde detalle de nuestra conversación mientras continua mirándonos con su cara de póker, cómo dice Paula. Ella y John se despiden de todos y desaparecen. Rubén y Sofía se quedan un rato más pero también terminan marchándose. Al final, nos quedamos solo Álvaro, Judith, Adrián, Ángel y yo para cenar. Es un bar de tapeo y me pongo morada. ¡Me encanta poder ir de tapas y a esta hora!

–  ¿Cuánto tiempo llevas sin comer, Meg? – Bromea Adrián al verme comer.

–  Como en todo momento pero siempre tengo hambre, como no me apunte rápido a un gimnasio me voy a poner como un tonel. – Bromeo. – Creo que debo empezar con mi rutina y salir a correr unos kilómetros por las mañanas.

–  ¿Solías salir a correr en Londres? – Me pregunta Adrián.

–  Todos los días, es una buena forma de quemar adrenalina. – Le respondo. Judith me sonríe, buscando el doble sentido de mis palabras.

–  Es una buena forma de quemar adrenalina, pero prefiero otras más placenteras. – Me dice Adrián sonriendo pícaramente.

Judith y Álvaro estallan en carcajadas. ¿Es que estos dos, los que se suponen que son nuestros amigos, se ríen de nosotros? Desde luego, la situación es para echarse a reír o a llorar. Ángel está hecho una furia, está claro que hoy no es su día. Adrián, ajeno a todo, coquetea conmigo constantemente y la recién estrenada pareja se lo pasa en grande mofándose de nosotros.

Tras cenar, Adrián se despide de nosotros ya que mañana tiene que madrugar porque le toca el turno de mañana en el hospital. Judith y Álvaro continúan a lo suyo, besándose e ignorándonos. Ángel, que se ha relajado un poco desde que su hermano se ha ido, me pregunta:

–  ¿Hay algo entre mi hermana y John Black?

–  Eso deberás preguntárselo a ella. – Le respondo con la misma frialdad con la que él me ha estado tratando toda la noche.

–  Puedes estar segura de que se lo preguntaré. – Me responde. – Respecto a mi hermano, prefiero que te mantengas alejada de él.

–  ¿Perdona? – Le pregunto incrédula.

–  ¿Quieres acostarte con mi hermano?

–  ¿Qué? – Estoy tan aturdida y furiosa que no sé si echarme a reír o directamente partirle la cara. – No sé cuál es tu problema, pero con quien me acuesto o me dejo de acostar es asunto mío, ¿de acuerdo?

–  Si te acuestas conmigo, al día siguiente te acuestas con otro que hoy probablemente se acueste con mi hermana y encima coqueteas con mi hermano, ¿qué quieres que piense? – Me espeta furioso. – ¡Solo te falta acostarte con mi padre!

Como si de un acto reflejo se tratara, mi mano sale disparada hasta impactar en su rostro, dejando boquiabiertos a Álvaro y Judith, que estaban ensimismados y solo han reaccionado al escuchar el sonido de la bofetada. Ángel me mira furioso, sus ojos están completamente nublados y, por primera vez desde que lo conozco, siento verdadero terror por su posible reacción.

–  ¡Megan! – Me regaña Judith sorprendida por mi reacción.

–  Me voy a casa, os veo mañana. – Les digo a Judith y Álvaro.

Y, sin despedirme de Ángel, me levanto, dejo un billete de veinte euros sobre la mesa y me dispongo a marcharme del local. Una vez en la calle respiro con más tranquilidad y me acerco a la carretera esperando encontrar un taxi libre cuando alguien me agarra del brazo y me gira ciento ochenta grados.

–  ¿A dónde vas? – Me pregunta Ángel furioso, apretándome el brazo con fuerza. – ¿Crees que puedes darme una bofetada y largarte sin más?

–  Suéltame, gilipollas. – Siseo furiosa. – ¿Quién te has creído que eres tú? ¿A caso crees que tienes algún derecho para opinar sobre mi vida sexual? Creo recordar que habíamos quedado en mantener una relación estrictamente profesional, era la condición que había puesto para continuar trabajando contigo.

–  ¡Joder, Megan! – Protesta. – ¿Qué cojones quieres que piense? Pasaste la noche conmigo y al día siguiente la pasaste con John Black.

–  No tengo que darte ninguna explicación, ni siquiera te la mereces. – Le espeto. – Aun así, te diré que, por si no te has dado cuenta, John y yo somos amigos, nunca nos hemos acostado juntos y ahora mismo está cenando con tu hermana. ¿De verdad crees que dejaría que se fueran juntos a cenar si yo estuviera con John? No me considero una mujer celosa, pero soy hija única y no me gusta compartir.

–  ¿Eso es una advertencia? – Me pregunta socarronamente.

–  ¿Tienes algún trastorno de personalidad o simplemente pretendes volverme loca?

–  Pretendo volverte loca, pero no de la manera que piensas. – Me susurra al oído al mismo tiempo que me empuja contra la fachada del edificio y deja sus labios a escasos centímetros de los míos. Acerca todavía más mis labios a los suyos, a un milímetro de distancia, y añade con la voz ronca: – Deja de provocarme constantemente o…

–  ¿O qué? – Le pregunto con picardía y, sonriéndole lascivamente, añado: – ¿Vas a castigarme por ser una niña mala? ¿Vas a darme unos azotes?

–  No tientes al diablo, nena. – Me susurra excitado.

Estamos a punto de besarnos cuando Álvaro y Judith salen del local e instintivamente Ángel y yo nos separamos el uno del otro. Judith me mira preocupada, no sabe lo que está pasando y teme que alguno de los dos hagamos una tontería.

–  ¿Va todo bien? – Pregunta Álvaro preocupado.

–  Sí, nos estábamos despidiendo. – Miento. Veo pasar un taxi con la luz verde y le hago una señal para que pare. Antes de montarme en el taxi, me vuelvo hacia a Judith y le digo: – Te veo en casa.

Mientras me alejo en el taxi, puedo ver por el retrovisor como Ángel sonríe y automáticamente se dibuja una sonrisa en mis labios. ¡Parecemos dos adolescentes!

Una vez en casa, me meto en la cama y  pienso en todo lo que me habían dicho Judith y Paula. Ángel no repite con ninguna mujer, no lleva a mujeres a su casa. John también ha dicho que parecía celoso en el restaurante. ¿Realmente estaba furioso o simplemente estaba molesto porque creía que al día siguiente me había tirado a John y había dañado su ego masculino? Pasa de estar furioso a juguetón en cuestión de segundos, nunca sabes por dónde te va a salir. Es un hombre complicado. Y los lazos que tenemos en común nos unen demasiado como para hacer todo esto aún más complicado.

Cita 22.

“La felicidad está dentro de uno, no al lado de alguien.”

John Lennon.

No tientes al diablo 10.

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El jueves mi padre regresa de Madrid y le pongo al día sobre el acuerdo al que han llegado John y Ángel. Cuando le llamé por teléfono para explicarle la curiosa situación en la que me había visto, mi padre no pudo más que reír. Le expliqué que conocí a Ángel la misma noche que llegué a Barcelona y que me encontré con John en el Burger King. Obviamente, omití el pequeño detalle de que me había acostado con Ángel. A mi padre le ha hecho mucha gracia que los tres nos encontráramos en la reunión, pero eso es solo porque no ha visto la tensión que se creó en el despacho de Ángel o más tarde en el restaurante cuando nos encontramos con John.

Trato de convencerlo para que sea él personalmente quien gestione todo lo relacionado con la agencia de Ángel y Álvaro, pero mi padre no está por la labor:

–  Meg, he intentado hacer entrar en razón al testarudo de Ángel y a ti te ha escuchado y, lo más importante, ha seguido tu consejo. Creo que deberías encargarte tú, a menos que él desee lo contrario.

–  De acuerdo, entonces. – Le contesto segura de que Ángel querrá que sea mi padre quien continúe ocupándose de sus asuntos.

Esa noche, mientras estoy con Judith acomodada en el sofá y viendo una de esas comedias románticas que tanto nos gustan, mi móvil empieza a sonar. No reconozco el número, pero aun así decido contestar.

–  ¿Sí?

–  ¿Por qué no quieres trabajar conmigo? – Oigo la voz de Ángel al otro lado del teléfono. – Tu padre me ha dicho que preferías que fuese él quien se encargara del asunto.

–  Ángel, creo que…

–  Lo sé, me estoy saltando todas tus malditas normas. – Me interrumpe furioso. – Me pediste que me comportara de manera profesional y espero que tú hagas lo mismo. Quiero que seas tú la que se encargue de los asuntos legales de la agencia. Establece un periodo de prueba y, si pasado un tiempo coherente crees que no me comporto contigo como debo, siempre puedes traspasar la gestión a cualquier otro abogado del bufete. ¿Qué me dices?

–  Con esas condiciones, supongo que no puedo negarme. – Cedo finalmente.

–  ¿Nos vemos mañana para comer y lo hablamos con más calma?

–  Mañana no puedo y, además, no empiezo a trabajar oficialmente hasta el lunes.

–  Entonces, nos vemos el sábado en el concierto. Buenas noches. – Me dice antes de colgar.

Judith, que ha pegado su oreja al teléfono para enterarse de la conversación, se echa a reír a carcajadas y yo me uno a ella.

El viernes a mediodía, Judith y yo quedamos en casa para comer con Paula y hablar de cómo vamos a quedar para el concierto de mañana. Nos bebemos entre las tres una botella y media de vino comiendo y otra de Baileys después de comer, por lo que estamos bastante achispadas siendo tan solo las cinco y media de la tarde.

Paula me estudia con la mirada del mismo modo que lo hace Ángel, aunque su mirada es dulce y no incómoda como la de su hermano.

–  Pregunta lo que sea, pero deja de mirarme así. – La animo.

–  ¿Te has tirado a Ángel? – Me pregunta con naturalidad, como quién pregunta si he comprado pan.

Me atraganto con el Baileys al escucharla y Judith se echa a reír a carcajadas.

–  ¡Qué fuerte! – Exclama Paula entre risas. – Sabía que había algo entre vosotros y, cuando anoche se lo pregunté, me lo negó en rotundo. Me dijo que tú eras solo la abogada de su empresa y que dejara de decir estupideces. ¡No me lo puedo creer! – Ríe con más fuerza. – No sé a qué estáis jugando, pero mi hermano nunca mezcla el placer con los negocios y contigo…

–  No estamos jugando a nada. – La corto. – Nos acostamos la primera noche y ninguno de los dos sabía exactamente quién era el otro y mucho menos que tendríamos que trabajar juntos.

–  ¡No sabes lo mejor! – Le dice Judith a Paula. – ¡Se la llevó a su casa! ¡La primera noche!

–  ¿Qué? – Pregunta Paula sorprendida. Se vuelve hacia a mí y añade dejando de reír: – Esto es más serio de lo que pensaba, Meg. Mi hermano considera su casa como un templo, allí no entran mujeres, salvo mi madre y yo. Si te ha llevado a su casa…

–  Si me llevó a su casa fue porque necesitábamos un poco de intimidad y el coche no era una opción aceptable. – Vuelvo a cortarla. – ¿Podemos dejar de hablar del tema? Solo fue una noche de sexo, nada más. – Les aclaro. – Y no volverá a ocurrir, ¿de acuerdo?

No sé si es por el alcohol o simplemente porque no me toman en serio, el caso es que ambas se miran divertidas y comienzan a reír de nuevo.

Estoy a punto de mandarlas a la mierda cuando mi móvil empieza a sonar y contesto sin mirar siquiera quién llama mientras ellas continúan riendo:

–  ¿Sí?

–  Meg, tengo una sorpresa que te va a encantar. – Me dice John. – Un amigo me ha invitado a pasar la tarde en Montmeló y nos va a dejar conducir su Ferrari en el circuito. ¿Quieres venir?

–  ¡Sí, sí y sí! – Contesto saltando como una niña pequeña. – ¡Sí quiero!

–  Cariño, te estoy ofreciendo pasar la tarde conmigo, no el resto de nuestras vidas. – Bromea John divirtiéndose con mi respuesta. – Ha sonado como si hubieras aceptado casarte conmigo.

–  En este momento, me casaría contigo sin dudarlo. – Le contesto divertida, consiguiendo la atención total de Judith y Paula que me miran enarcando las cejas. Apiadándome de ellas, le digo a John: – John, estoy con Judith y Paula, ¿hay algún problema si vamos las tres?

–  Ninguno, me encanta estar rodeado de bellezas y vosotras sois tres diosas. – Me dice John, tan halagador como siempre. – Paso a buscaros en media hora, ¿estás en casa?

–  Así es, estamos las tres en casa. – Le contesto.

–  Genial, en media hora os espero en la puerta del edificio. – Me dice John antes de colgar.

Cuando les cuento a las chicas el plan de esta tarde, todas nos emocionamos. Las tres nos cambiamos de ropa, nos ponemos unos shorts tejanos y unas camisetas de tirantes con unas zapatillas deportivas. Como Paula y yo tenemos la misma talla y somos de la misma altura, le dejo la ropa necesaria para que vaya cómoda y ella se muestra encantada. Apenas la conozco, pero me cae muy bien y Judith me ha dicho que es siempre así de encantadora y me inspira la misma confianza que tengo con ella.

Media hora más tarde, las tres estamos subiendo al coche alquilado de John, un BMW X6 de color negro, con asientos tapizados en cuero de color crema. John nos saluda alegremente y me percato de cómo se miran él y Paula, entre ellos saltan chispas. Le doy un codazo a Judith para que se dé cuenta ella también y ambas nos reímos mientras John y Paula nos mira sin entender qué nos pasa.

–  ¿Habéis estado bebiendo? – Nos pregunta John cuando nos subimos al coche y las tres empezamos a hablar y a reír como locas.

–  Solo un poquito. – Le contesto poniendo cara de no haber roto un plato en la vida. – Y hemos dejado de beber inmediatamente después de hablar contigo por teléfono.

–  A ver si lo entiendo, te llevo a Montmeló a conducir un Ferrari en el circuito y tú ¿estás borracha?

–  ¡No estamos borrachas! – Protesta Paula ofendida. – Bueno, puede que un poquito. ¡Pero si estamos así es por tu culpa!

–  ¿Por mi culpa? – Le pregunta John divertido mientras Judith y yo disfrutamos de la función. – ¿Tengo yo la culpa de que estéis “un poquito” borrachas?

–  ¡Sí! – Le contesta Paula dignamente. – Si nos hubieras avisado con tiempo, esto no habría pasado.

–  Tienes razón. – Le dice John sonriendo. – Y, para compensarte, quiero invitarte a cenar esta noche, ¿qué te parece?

–  Me parece bien, pero no puedo asegurarte que, para entonces, deje de estar borracha. – Le contesta Paula divertida. – Puede que lo aparente, pero en cuanto me beba una copa volveré a estar igual.

–  Quién avisa, no es traidor. – Sentencia John. – Me gustas, muñeca.

Paula se pone roja como un tomate mientras Judith y yo no podemos dejar de reír.

Cuando llegamos al circuito, todas ya estamos más calmadas, aunque el brillo de nuestros ojos nos delata y John no acaba de convencerse de que habernos traído aquí en nuestro estado es una buena idea.

–  Vosotras dos no corréis. – Les dice John a Judith y Paula. – En vuestro estado y sin estar seguro de cómo reaccionáis al volante, no pienso arriesgarme y llevarme un disgusto.

–  ¿Por qué Meg si puede? – Le pregunta Judith enfurruñada.

–  Porque Meg está acostumbrada a conducir extremadamente bajo los efectos del alcohol y la he visto más borracha conducir por las calles de Londres poniendo en jaque a la policía. – Les informa. – Confío plenamente en su capacidad para conducir.

–  Pues creo que eres el único. – Susurra Judith mofándose.

–  Te he oído. – Le advierto.

De nuevo nos echamos a reír mientras John nos mira ladeando la cabeza, lamentando habernos traído, pero también encantado de divertirse en nuestra compañía.

Ryan, el amigo de John llega a la hora indicada y, tras saludarnos y ordenarnos que nos pusiéramos un mono al más estilo Fórmula 1, nos explica cómo va el volante, las marchas y el resto de botones del Ferrari. John y yo prestamos atención mientras asentimos con la cabeza a todo lo que dice, a pesar de que ambos ya sabemos todo lo que nos está diciendo.

John es el primero en conducir el Ferrari y lo hace bajo nuestra atenta mirada. Desde los controles monitorizados, Ryan y yo vemos todas sus vueltas y comentamos los pequeños errores de conducción que comete y que le hacen perder estabilidad y, en consecuencia, le hacen frenar e ir más lento. Ryan se muestra encantado de poder hablar con alguien sobre la carrera de John, ya que Judith y Paula se han puesto a hablar de hombres y sexo y han decidido desentenderse de la carrera.

Cuando llega mi turno, me subo al coche y me concentro en la carretera, dejando atrás cualquier otro pensamiento que no había dejado de acompañarme desde que llegué. Conducir siempre me ha transmitido libertad, incluso lo utilizo como terapia para relajarme. Pero desde que llegué no he conducido y lo estaba echando mucho de menos.

No sé cuánto rato me he pasado conduciendo el Ferrari cuando aparco frente a John y Ryan. Ambos sonríen y alaban mi manera de conducir mientras Judith y Paula están pálidas de la impresión. Ellas no están acostumbradas a que la gente conduzca así y se han preocupado más de lo que han disfrutado.

No tientes al diablo 9.

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Recojo los documentos y los guardo en mi maletín, decidida a echarles un vistazo más tarde y estudiar el caso en profundidad. Ángel sigue mirándome furioso, esperando algún tipo de explicación (aunque no sé sobre qué, la verdad) y yo sigo fingiendo no enterarme de nada. Saber hacerse la tonta puede venir muy bien en determinados momentos.

Me pongo en pie dispuesta a marcharme cuando alguien llama de nuevo a la puerta del despacho y entran Paula y Judith riendo a carcajadas seguidas por Álvaro, que pone los ojos en blanco, aburrido.

–  ¡Megan! – Grita Paula cuando me ve y corre a abrazarme. – Dios, acabo de conocer a tu amigo John, no me extraña que el domingo tuvieras esas ojeras, si yo hubiera pasado la noche con él te aseguro que no la hubiera desperdiciado durmiendo.

–  Si llego a saber que John está así de cañón, hubiera salido contigo. – Me confiesa Judith, aunque la escuchamos todos.

–  Ejem, ejem. – Finge toser Álvaro para llamar nuestra atención y añade ruborizándonos: – Joder, ¡y luego dicen que los hombres somos mujeriegos e infieles!

–  Cariño, solo bromeábamos. – Se defiende Judith y, tras mirarnos a Paula y a mí, nos pregunta guiñándonos un ojo con complicidad: – ¿Verdad, chicas?

–  Puede que tú bromearas, pero yo me acabo de enamorar. – Confiesa Paula. – Lástima que esté con Meg, de lo contrario no le dejaba escapar.

–  ¿A qué habéis venido? – Sisea Ángel visiblemente furioso.

–  Chico, ¡qué carácter! – Se mofa Paula de su hermano. – Siento decepcionarte, pero no hemos venido a verte a ti, hemos venido a ver a Megan. – Se vuelve hacia a mí y añade: – Tenemos que hablar de lo del concierto y, al comentarlo con Judith y decirme que estabas aquí, hemos pensado en venir a buscarte y salir a comer juntas, ¿te apetece?

–  No puede. – Contesta Ángel por mí y todos nos quedamos mirándole sorprendidos. Le desafío con la mirada, retándole. Finalmente, Ángel añade con un tono más suave pero igualmente furioso: – Megan y yo tenemos que arreglar unos asuntos del contrato.

–  ¿Tiene que ser ahora? – Le pregunta Paula.

–  Creo que lo mejor es que vayamos todos juntos a comer y continuéis con vuestros asuntos por la tarde, cuando tengáis el estómago lleno. – Media entre nosotros Álvaro.

Los cinco salimos de la oficina y nos dirigimos a un restaurante que hay a un par de manzanas de distancia de la oficina de Ángel y Álvaro. Judith y Álvaro caminan abrazados, sonriéndose y besándose constantemente. Detrás de ellos vamos Paula y yo, ella hablando de lo guapo que es John y de lo bien que nos lo vamos a pasar en el concierto y yo la escucho sin poder dejar de pensar en el hombre que camina detrás de mí, sintiendo su furiosa mirada en la nuca y deseando que me acorrale contra la pared, me bese y me haga el amor como me lo hizo en su casa.

Comiendo en el restaurante, Ángel continua con la misma cara de pocos amigos mientras el resto nos divertimos y bromeamos. Paula continua hablando sobre el concierto:

–  Al final me van a sobrar un montón de entradas porque nadie puede venir.

–  ¿A quién has invitado? – Le pregunta Judith.

–  De momento, vamos tú, Meg, mi hermano Adrián y yo.

–  ¿Adrián también va? – Pregunta Ángel.

–  En cuanto se enteró de que Meg iba a venir, se apuntó. – Le contesta Paula encogiéndose de hombros. – ¿Por qué no venís con nosotras?

–  Yo me apunto. – Asiente Álvaro y Judith le besa en los labios.

–  Ya somos cinco. – Cuenta Paula. – ¿Tú qué dices, Ángel?

–  Claro, ya sabes que me encanta hacer de niñera. – Responde Ángel con sarcasmo.

Me contengo para no mandarlo a la mierda, pero Paula se me adelanta:

–  ¿Se puede saber qué te pasa? Parece que te hayan metido un palo por el culo. ¿Desde cuándo no follas? Creo que deberías llamar a alguna de tus muchas amiguitas para que intente quitarte la cara de amargado que tienes.

Todos nos quedamos en absoluto silencio mientras los dos hermanos se retan con la mirada, sin que ninguno dé su brazo a torcer. Por suerte, John aparece a mi lado como por arte de magia y dice alegremente:

–  El destino se empeña en cruzar nuestros caminos.

–  ¡John! – Exclamo divertida. – ¿Debo empezar a sospechar que me estás espiando?

–  Regreso a Londres el lunes a primera hora, ¿te apetece que quedemos el sábado? – Me propone.

–  El sábado voy a un concierto de Pablo Alborán pero, si te gusta y estás dispuesto, nos encantaría que vinieses. – Le propongo divertida al pensar en la cara que se le ha puesto a Paula. – ¿Tienes una entrada de sobra, verdad Paula?

–  Por supuesto, incluso puedes traer un amigo. – Le propone Paula. Y, coquetamente, añade: – Eso sí, no puedes traer a una chica porque solo dejan entrar a tres chicas por grupo y ya somos tres.

Increíble el descaro de Paula coqueteando con John delante de todos. No puedo evitar reírme y John me mira sorprendido, no está acostumbrado a que las chicas coqueteen con él con tanto descaro, en Londres las mujeres son demasiado educadas para proponer algo así. Le sonrío a John con complicidad para que se relaje y parece causar efecto.

–  Es imposible negarme a la proposición de dos bellezas como vosotras, por supuesto que iré. – Nos contesta John con galantería y todos nos reímos.

Todos excepto Ángel. ¡Este hombre nació con sesenta años! Solo lo he visto relajarse y divertirse haciendo el amor y… Oh, no. ¡Mierda! Tengo que borrar ese recuerdo de mi mente, o al menos bloquearlo para que solo emerja cuando esté en la soledad de mi habitación. ¡Dios, me estoy ruborizando!

–  ¿Estás bien? Te estás ruborizando. – Me susurra John al oído devolviéndome a la realidad. Le miro a los ojos y le sonrío, haciéndole entender que se trata de una larga historia y él me comprende pero, aun así, me dice divertido: – Señorita Moore, tenemos una conversación pendiente.

–  Y la tendremos, pero solo en presencia de mi abogado. – Bromeo siguiéndole el juego.

Ángel deja caer su mano sobre la mesa haciendo más ruido del necesario y todos nos percatamos, incluido John que me mira divertido ante tal descubrimiento, pero ninguno comentamos nada al respecto. John se despide educadamente de todos y se marcha a su mesa con su acompañante.

Después de comer, Paula se va a casa a estudiar, Álvaro y Judith se van a casa de Álvaro a hacer lo que hacen las parejas sobre todo cuando empiezan a salir, y Ángel y yo regresamos a su oficina para continuar con el contrato, aunque no entiendo por qué quiere que lo hagamos juntos cuando se supone que debo hacerlo yo sola. ¿Es que no se fía que respete sus instrucciones o se cree que soy demasiado tonta para poder redactar un puñetero contrato?

Entramos en su oficina y la pelirroja gilipollas de recepción dibuja una sonrisa de oreja a oreja en su rostro para saludar a Ángel mientras que a mí me dedica una mirada de odio. No puedo evitar devolverle una encantadora y falsa sonrisa, consiguiendo que ella me mire con más odio.

Camino detrás de Ángel hasta llegar a su despacho, donde él cierra la puerta una vez estamos dentro y, con una mirada furiosa y un tono de voz que da miedo, me espeta:

–  ¿A qué coño estás jugando, Megan?

–  Tendrás que decirme cuál se supone que es mi juego para poder saber a qué te refieres. – Le contesto empezando a agotar mi paciencia.

–  ¿Te has acostado con John?

–  ¿Qué clase de pregunta es esa? – Le reprocho. – ¿Acaso yo te he preguntado si te has acostado con la pelirroja de recepción o con alguna otra?

–  No me he acostado con Vanesa, la pelirroja de recepción, como tú la llamas. – Me contesta curvando un poco la comisura de sus labios, intentando ocultar una sonrisa. – Aunque es obvio que sí he estado con muchas otras.

–  Me alegro de que tu vida sexual sea tan activa, pero no creo que sea algo de lo que debamos hablar ni preguntarnos. – Le recuerdo. – No puedes poner unas condiciones y luego romperlas.

–  Si John Black nos ha dado tiempo para presentarle otra propuesta es por ti, solo trato de averiguar qué clase de relación tienes con él para saber a qué atenerme.

–  No sé qué te estás imaginando, pero te aseguro que ni John es de los que se deja convencer por echar un polvo ni yo pienso acostarme con él para que tu empresa se lleve la cuenta. – Le aclaro ofendida y, hecha una furia, añado antes de marcharme: – Hablaré con mi padre para que él se encargue de todo cuando regrese de Madrid.

Salgo del despacho sin despedirme, dejándolo allí mirándome aturdido y con la boca abierta. ¿Quién se ha creído que soy?

Regreso a casa echando humo por las orejas. Es increíble cómo puede llegar a sacarme de quicio este hombre y a la vez excitarme tanto. ¿Me estaré volviendo loca?

Estoy demasiado nerviosa y frustrada, así que decido llenar la bañera, poner unas velas aromáticas y relajarme dándome un largo baño de espuma.