Archivo | mayo 2016

Cita 19.

“El drama de la vejez no consiste en ser viejo, sino en haber sido joven.”

Oscar Wilde.

Cállame con un beso 23.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Al día siguiente, llegamos a Kiel, Alemania, donde poseo una casa de dos plantas y un pequeño terreno. Desde que hemos llegado, Silvia no ha dejado de mirar el paisaje y sonreír y yo me muestro feliz y encantado de que se tome esto tan bien. A partir de ahora, dejaremos de ser Silvia y Miguel para convertirnos en Irina Koviakov y Erik Hoffman. A pesar de estar en una misión, estoy feliz por poder tratar a Silvia como a mi esposa. A partir de ahora, seré como su sombra, no me apartaré de ella ni un segundo.

Jeffrey, mi chófer y seguridad personal (mejor dicho el de Erik Hoffman) nos viene a buscar al aeropuerto y allí empieza nuestra función. Oficialmente, ya somos un matrimonio.

–  Tienes una casa preciosa, cielo. – Me dice cuando llegamos a la pequeña casa que poseo en la ciudad de Kiel. – Aunque se nos quedará un poco pequeña si queremos tener niños, ¿no crees?

–  Cielo, si quieres compraremos otra casa más grande y a tu gusto. – Le respondo sonriendo como si de verdad fuera un recién casado. – Pero de momento, nos apañaremos aquí.

Silvia me sonríe con ternura y yo me derrito. Por ella sería capaz de irme a vivir a mitad del océano si me lo pidiera. Entramos en casa y le presento a Frida, el ama de llaves, ambas parecen caerse bastante bien nada más conocerse. Tengo que reconocer que oír como llaman a Silvia señora Hoffman me excita, aunque ella insiste en que la llamen Irina.

Jeffrey lleva nuestras maletas a la habitación mientras yo le enseño la casa a Silvia. Por último, le enseño nuestra habitación y, con una sonrisa pícara, le digo:

–  Señora Hoffman, esta será nuestra habitación.

–  Definitivamente, la casa entera necesita un toque femenino. – Bromea. – Pero tengo que reconocer que me encanta, señor Hoffman.

–  Te dejaré para que te refresques y descanses antes de la gran cena de esta noche. – Le digo sin dejar de sonreír. – Aquí es tradición celebrar una fiesta de bienvenida cuando llega el patrón, sobre todo si llega con una hermosa y sexy esposa.

–  Dame una hora y estaré lista para lo que quieras. – Me responde pícaramente.

Dejo que Silvia se asee y se acomode en la habitación mientras yo me encargo de saludar a mis hombres y darles la buena nueva. Todos se muestran encantados y deseosos de conocer a mi mujer, así que no rechistan cuando les pido que organicen una buena fiesta de bienvenida.

Cuando regreso a la habitación, Silvia está envuelta en una toalla, recién salida de la ducha, decidiendo qué ponerse. Veo el vestido blanco ibicenco que llevaba la primera noche que quedamos en la cita doble con mi hermano y con Lety y, como si me leyera el pensamiento, decide ponérselo.

Cuando estamos listos, bajamos al jardín donde han organizado una barbacoa con un montón de mesas y sillas para unos veinte comensales. Silvia sonríe al ver todo lo que mis hombres han organizado en tan poco tiempo y me susurra al oído:

–  Creo que me va a encantar ser la señora Hoffman.

Yo me río encantado y le susurro:

–  A mí también me encanta que seas la señora Hoffman. – Y, dicho esto, la beso. Al fin y al cabo, es mi recién estrenada mujer.

Uno a uno, le presento a Silvia a todos mis hombres y ella les saluda amablemente, ganándose el cariño de todos ellos al instante. Muchos de ellos ya habían oído hablar de Irina Koviakov y me sorprendo cuando alaban algunos de sus logros, que no son pocos. Silvia se muestra modesta, pero responde a todas y cada una de las preguntas que mis hombres le hacen hasta que, cansado de sentirme al margen, exclamo:

–  Os recuerdo que es la señora Hoffman y yo apenas he disfrutado de su compañía desde que hemos llegado.

Todos se quedan en silencio, un poco incómodos por mi comentario, pero Silvia, con su carisma y su sonrisa enigmática, se encarga de todo diciendo con tono juguetón:

–  ¿Celoso, cielo?

Todos se echan a reír, incluso yo me río.

–  ¿Debería estarlo, muñeca? – Le pregunto siguiéndole el juego.

Silvia me sonríe, se sienta en mi regazo y después me besa apasionadamente, dejándome sorprendido pero feliz. Cuando nuestros labios se despegan, mis hombres estallan en aplausos y gritos de “viva los novios” que nos hacen sonreír.

Después de cenar, bebemos y bailamos en el jardín junto a todos mis hombres, sus mujeres y las empleadas del hogar. Silvia está bailando con uno de ellos cuando veo que ella sonríe coquetamente y la sangre me empieza a hervir. Decidido a dejar claro que es mi mujer, me acerco a ellos y, con firmeza y determinación, se la arrebato de los brazos para ser yo quien baile con ella. Silvia, sin percatarse del objetivo de mi actuación, me sonríe alegremente y me dice:

–  Nunca hubiera creído que diría esto, pero me alegro de ser tu esposa y estar aquí. – Me mira con picardía y añade: – Y eso que aún no hemos tenido una noche de bodas en condiciones.

–  ¿Acabas de proponerme algo, cielo? – Le pregunto sorprendido.

–  Se supone que estamos casados y es normal que practiquemos sexo, ¿no crees?

–  Estoy totalmente de acuerdo. – Le contesto antes de devorarle la boca.

El beso nos excita y nuestras manos se empiezan a mover con voluntad propia, así que decido coger a Silvia en brazos y llevarla a la habitación ante la atenta mirada de todos los presentes. Silvia, lejos de amilanarse, me sonríe con complicidad.

Cuando llegamos a nuestra habitación, cierro la puerta y echo el pestillo. Silvia se dirige hacia el baño y abre el grifo para llenar el jacuzzi. Regresa con una sonrisa perversa, desliza los tirantes de su vestido por sus brazos y lo deja caer hasta a sus pies, quedándose en ropa interior frente a mí.

–  Esto no está bien, pero aun así no puedo evitarlo. – Me dice con la voz ronca por la excitación. Empieza a desabrocharme los botones de la camisa mientras añade: – Quiero una noche de bodas en condiciones, cielo.

–  Tus deseos son órdenes para mí, cielo. – Le contesto excitado mientras le acaricio su duro y firme trasero. – Estoy dispuesto a darte todo lo que me pidas.

Me termino de desnudar por completo y después hago lo mismo con Silvia. Frente a mí, totalmente desnuda, la coloco frente al espejo y yo me pongo tras ella. Silvia me mira a través del espejo y me sonríe, sabe a qué quiero jugar y lo acepta sin complejos. Coloco mis manos en su cintura y asciendo hasta llegar a sus pechos, los cuales masajeo al mismo tiempo que la beso en el cuello y le susurro:

–  Quiero que nos mires. Quiero que veas lo que te hago y cómo reacciona tu cuerpo a mis caricias. Quiero que te excites mirándonos.

Juego con sus pezones, estirándolos y apretándolos mientras la escucho respirar agitadamente. Cuando los pezones están duros, empiezo a descender por su abdomen hasta llegar a su monte de Venus, completamente depilado. Me detengo antes de adentrarme entra sus labios vaginales y Silvia me mira impaciente a través del espejo. Le sonrío lascivamente, consciente de la excitación que le estoy haciendo sentir, y me adentro en su entrepierna en busca de su clítoris. Su humedad me confirma su grado de excitación y, para excitarla aún más, le ordeno:

–  Date placer, quiero verte.

Silvia recuesta su cabeza sobre mi hombro y lleva su mano hasta su entrepierna. Tras apartar los labios vaginales, empieza a acariciarse sobre el clítoris al mismo tiempo que leves gemidos brotan de su garganta. Su imagen en el espejo me excita demasiado como para seguir siendo un personaje pasivo y decido entrar en acción. Mientras ella se acaricia el clítoris, yo le acaricio los pezones y dibujo un camino de besos desde su cuello hasta su hombro, recorriendo su clavícula.

–  Quiero darte placer, cielo. – Me dice con una sonrisa lasciva.

Silvia se arrodilla ante mí y se mete el pene en la boca. Lo acaricia con las manos al mismo tiempo que lo lame y lo devora con su lengua y su boca. Me siento en el paraíso, nada de esto me parece real, es como estar viviendo un sueño. Estoy demasiado al límite como para permitir que Silvia prosiga con su acción, por muy placentera que sea, así que la cojo de los hombros y la levanto del suelo. La cojo en brazos y coloco sus piernas alrededor de mi cintura. La apoyó contra la pared y, de un suave pero firme empujón, la penetro. La penetro una, dos, tres, diez veces mientras ella gime pidiendo más profundidad, abriéndose más para que mi miembro entre por completo en su interior. Le doy lo que me pide y, tras un par de estocadas más, ambos llegamos al clímax. Caemos al suelo y, para evitar que Silvia se haga daño o coja frío, la coloco sobre mí.

Cuando nuestras respiraciones se normalizan, le susurro al oído:

–  No sé qué me estás haciendo, pero me estás volviendo loco, muñeca.

–  Yo no hago nada, cielo. – Me responde con inocencia.

La abrazo con fuerza deseando que este momento no acabe nunca, pero pasados unos minutos Silvia me dice con voz de cansada:

–  Deberíamos meternos en la cama o nos quedaremos aquí dormidos.

Sin dejar que se mueva, me levanto con ella en brazos y me meto en la cama, colocándola sobre mí, tal y como estábamos en el suelo. Silvia se ríe pero no se queja, así que yo la abrazo y así nos quedamos dormidos toda la noche.

Cállame con un beso 22.

Cállame con un beso

SILVIA.

El día siguiente, regresamos a Ciudad del Cielo y Fernando se queda encantado al ver que somos capaces de mantener una conversación normal sin querer matarnos. Daniel y Lety han decidido quedarse una semana más en Isla del Sol. Fernando también se muestra encantado con la relación de su hijo con Lety y Miguel y yo respiramos aliviados.

Nos reunimos con Fernando en su despacho y Miguel empieza a exponerle todo lo que hemos estado preparando durante nuestras vacaciones forzadas en Isla del Sol:

–  Hemos pensado en decir que nos casamos hace un año y que, desde entonces, hemos estado de luna de miel, así podremos justificar nuestra ausencia durante tanto tiempo. Primero pasaremos una temporada en Kiel, Alemania, para dejar que mis hombres nos vean y, cuando los rusos me investiguen, puedan corroborar nuestra historia.

–  ¿De cuánto tiempo estamos hablando? – Pregunta Fernando.

–  No hemos estipulado un tiempo determinado. – Le contesto. – Pero supongo que al menos deberemos pasar un mes allí. Si todo va bien, de allí viajaremos directamente a Moscú y en dos semanas estaremos dentro de la alta sociedad.

–  Es un tiempo récord. – Nos aplaude Fernando. – Pero en esta ocasión, prefiero que os toméis el tiempo necesario y que todo salga bien. ¿Cuándo pensáis viajar a Kiel?

–  En un par de días, como mucho. – Responde Miguel. Me mira y añade: – Si a Silvia le parece bien.

–  Por mí podemos irnos mañana mismo. – Contesto. – Cuanto antes empecemos con todo esto, antes lo acabaremos.

–  De acuerdo, lo organizaré todo para que salgamos mañana mismo. – Me dice Miguel sonriendo. – Ve y descansa un poco, yo me ocupo de todo.

Asiento con la cabeza y sonrío al ver la cara de incredulidad de Fernando antes de dirigirme a mi habitación, la que está justo en frente de la habitación de Miguel.

Me meto en la cama vestida tan solo con una camiseta de tirantes ajustada y un culote de algodón y caigo rendida en un profundo sueño. Cuando me despierto, Miguel está sentado a los pies de mi cama y me mira sonriendo antes de decir:

–  Buenos días, muñeca. Aunque debería decir buenas noches.

–  ¿Qué hora es? – Pregunto avergonzada. – ¿He dormido mucho?

–  Casi cuatro horas de siesta. – Me responde divertido. – Al ver que no bajabas he decidido venir a buscarte pero te he visto tan dormida que no he querido molestarte.

–  Y has preferido quedarte a mirar como duermo, ¿no? – Le digo malhumorada. – ¿No te han enseñado que es de mala educación observar a una señorita mientras duerme?

–  Muñeca, si mis hombres me preguntan si roncas cuando duermes, tendré que saber qué contestarles, ¿no crees? – Bromea.

–  Yo no ronco y, si alguno de tus hombres te pregunta eso, dímelo y yo me encargaré de cortarle la lengua para que no vuelva a hacer preguntas estúpidas. – Le contesto. – ¿Has arreglado lo del viaje?

–  Sí, ya está todo listo. – Me contesta sonriendo. – Solo falta que nos hagamos unas fotos vestidos de novios el día de la boda y alguna normal para llevar en la cartera. Lety me ha enviado algunas que nos hizo en Isla del Sol. – Señala hacia el sillón donde ha dejado el vestido de novia y añade: – Póntelo y no tardes en bajar, el fotógrafo lleva media hora esperando.

Miguel desaparece y yo me quedo asombrada al darme cuenta que mientras yo dormía como una marmota, él ha estado preparando todo esto. Cojo el vestido de novia y me lo pongo. Es un vestido color blanco marfil, con escote en palabra de honor, sencillo pero precioso. Si hubiera tenido que escogerlo yo, habría escogido este mismo vestido. Me hago un semi recogido y bajo hacia el salón donde Miguel y el fotógrafo me esperan. Nos hacemos fotos en el jardín, en la terraza y junto a la piscina. Cuando Miguel cree que ya es suficiente, le dice al fotógrafo que se retire y nos quedamos a solas de nuevo.

–  Muñeca, te sienta muy bien este vestido. – Me susurra al oído.

–  A ti también te sienta muy bien el traje, cielo. – Le contesto sonriendo.

Tras terminar de hacernos las fotos, regresamos a casa y volvemos a vestirnos con ropa normal para que el fotógrafo pueda seguir haciéndonos fotografías. Cuando por fin nos damos por satisfechos, Miguel, Fernando y yo cenamos juntos en el comedor y, aprovechando que Miguel se retira para atender una llamada de teléfono relacionada con el trabajo, Fernando me pregunta:

–  Silvia, ¿qué tal lo llevas con mi hijo?

–  Bien. No te voy a negar que discutimos constantemente pero, al fin y al cabo, eso es lo que hacen la mayoría de matrimonios, ¿no crees?

–  No me refiero a la operación, me refiero a vosotros dos como personas. – Me aclara esperando una respuesta.

–  Al principio fue difícil, ni siquiera nos caíamos bien. – Le confieso sonriendo. – Pero hemos aprendido a soportarnos y estoy segura de que todo saldrá bien.

–  Me gusta veros trabajar juntos. Ambos sois independientes, cabezotas y muy perspicaces en vuestro trabajo y, sin apenas conoceros, habéis organizado una operación en dos semanas cuando cualquier persona, por muy capacitada que sea, hubiera tardado un mínimo de dos meses.

–  Lo cierto es que da gusto trabajar con Miguel. – Le confieso de nuevo. – No digo que no tengamos nuestras diferencias, pero en lo que al trabajo se refiere nos compenetramos muy bien.

–  No sabes cuánto me alegra oír eso. – Me dice Fernando. – Sé que no te gusta trabajar con nadie y que, si lo haces, solo aceptas trabajar con tu equipo, pero me alegra que hayas aceptado trabajar con mi hijo y me alegra mucho más que seáis capaces de hacerlo tan bien y de tan buen humor.

–  Bueno, no es tan fácil como tú lo quieres hacer ver, pero lo cierto es que estoy trabajando a gusto porque tenemos la misma perspectiva. – Le digo sonriendo. – Por cierto, ¿piensas decirle a Miguel que pretendes fusionar tu agencia con la de mi padre?

–  No se te escapa una. – Me contesta sonriendo. – Pero aún no hemos decidido nada, todo depende de cómo se os dé esta misión.

–  Tus hijos ya no son unos niños, Fernando. – Le apunto. – Se merecen saber lo que está ocurriendo y el fin por el cual estás haciendo todo esto, ¿no crees?

–  Puede que tengas razón, pero hablaré con ellos cuando llegue el momento. – Me contesta zanjando el tema. – ¿Miguel te trata bien?

–  ¿A qué te refieres?

–  Solo quiero saber si es un buen compañero, tu padre ya me ha advertido que no debo meterme en tus asuntos personales. – Me contesta divertido.

–  No me puedo quejar demasiado, la verdad. – Le confirmo. – Claro que eso no quita que no dejemos de discutir.

–  Mi abuela siempre decía que los amores más reñidos son los más queridos, Silvia.

–  Estoy aquí por un asunto profesional, Fernando. – Le contesto.

–  En cualquier caso, tengo que confesarte que Miguel nunca hubiera dejado que una persona ajena metiera sus narices en nuestra agencia y parece encantado contigo. – Me dice divertido. – No sé lo que habrás dicho o hecho para que se comporte así, pero me alegra que lo hayas conseguido.

Miguel regresa y entre Fernando y yo se forma un halo de complicidad que a Miguel no le pasa desapercibido y, con la mosca detrás de la oreja, nos pregunta:

–  ¿A qué viene tanto secretismo?

–  Solo le estaba dando las gracias a Silvia por ayudarnos con este asunto. – Miente descaradamente Fernando. – Me alegra que seáis capaces de trabajar en equipo.

Miguel me mira y me sonríe antes de contestar:

–  Si no terminamos matándonos, creo que formaremos un gran equipo.

–  Silvia es como la sobrina que nunca tuve y para mí no habría mejor noticia que la que me confirmase que podéis trabajar juntos e incluso ser amigos. – Nos dice Fernando. – Es algo muy importante para mí y espero que no me decepcionéis.

–  No te preocupes, Fernando. – Le tranquilizo. – Miguel y yo formamos un buen equipo de trabajo, a pesar de nuestras diferencias.

Fernando se relaja y Miguel me sonríe. Contengo las ganas de lanzarme sobre Miguel y besarle delante de Fernando, tengo que empezar a controlar estos instintos.

Miguel, sin embargo, parece encantado y no deja de sonreírme, cosa que me excita y me provoca, pero logro mantener el control aunque con dificultades.

Cállame con un beso 21.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Cuando me despierto y miro el reloj, son casi las doce del mediodía. Decido darme una ducha de agua fría y bajar a la cocina en busca de Silvia. Cuando llegamos a casa, Alejandro nos vio tirados en las escaleras y sin dejar de reír. No parecía estar enfadado por nuestro comportamiento, pero tampoco podía estar contento.

Al pasar por el salón, Alan me ve y me sigue hasta la cocina.

–  Silvia me ha pedido que te dijese que volverá sobre las dos de la tarde. – Me dice escudriñándome con la mirada.

–  ¿Se ha ido? – Pregunto sorprendido.

–  Ha tenido que encargarse de un asunto, pero no tardará en volver. – Me contesta con indiferencia y, antes de largarse, añade: – Por tu bien, espero que la repentina salida de Silvia no tenga nada que ver contigo ni con lo que quiera que hicierais anoche.

Joder, ¿llevo la palabra sexo escrita en la cara o qué? Y, ¿por qué se ha tenido que largar Silvia? ¿Ha huido para no tener que darme la cara? Sería ridículo, tarde o temprano lo tendrá que hacer.

Desayuno y decido salir al jardín y darme un chapuzón en la piscina a ver si se me aclaran las ideas, me refresco y evito cruzarme con Alan, al que está claro que no le caigo nada bien.

A las dos en punto de la tarde, puntual como un reloj, Silvia aparece en el jardín y se sienta en la hamaca de al lado de la mía. La miro y me percato de que tiene un ligero rubor e hinchazón en el pómulo izquierdo.

–  ¿Qué cojones te ha pasado? – Le pregunto preocupado.

–  No es nada, no te preocupes. – Me contesta quitándole importancia. – Siento haberte dejado solo toda la mañana, pero tenía que encargarme de un asunto. ¿Ha ido todo bien por aquí?

–  Dímelo tú.

–  ¿A qué te refieres? – Me pregunta.

–  A lo de anoche. – Le contesto. – Tu padre y Alan nos vieron tirados en las escaleras y yo ni siquiera sé qué está pasando por tu cabeza…

Me calla con un beso y yo me dejo callar hasta que me doy cuenta de dónde estamos y la aparto con suavidad pero con una sonrisa en los labios.

–  Relájate. – Me ordena. – Si te sientes mejor, haremos como si lo de anoche no hubiera pasado nunca.

–  ¡Cómo si pudiera hacer eso! – Le contesto sonriendo. – Solo necesito que me asegures que todo está bien, Silvia.

–  Todo está bien, para mí sigues siendo un gruñón con el que pienso seguir discutiendo por todo y estoy segura de que tú también lo crees, ¿verdad? – Me dice con naturalidad. – Venga, vamos a comer o cuando lleguemos Alan se lo habrá comido todo. – Debe de notar mi gesto de disgusto porque me pregunta escudriñándome con la mirada: – ¿Te pasa algo con Alan?

–  Nada, ¿por qué? – Miento.

Silvia se encoge de hombros y yo me encamino hacia a la cocina junto a ella para evitar seguir con esta conversación.

Comemos con Alan, pero él y Silvia no se dirigen la palabra. Me siento incómodo observando cómo se fulminan con la mirada y disimulan cuando me miran a mí. Por la tarde, Silvia y yo decidimos continuar con la organización de la operación y, como era de esperar, volvemos a discutir una y otra vez. Y eso mismo es lo que estamos haciendo cuando Alejandro entra en el salón y nos dice:

–  ¿Es que sólo dejáis de discutir cuando estáis borrachos?

–  Papá, no es asunto tuyo. – Le contesta Silvia con firmeza. – He dejado el informe de esta mañana sobre la mesa de tu despacho, no me puedo creer que me hayas llamado a mí para esto, se tendría que haber encargado Alan.

–  Mira, no sé lo que está pasando ni quiero saberlo. – Le dice Alejandro a su hija. – Pero no quiero que me metáis ni a mí ni a nada que tenga que ver con la agencia en medio de vuestros asuntos. Y eso también va por vosotros dos.

No sé qué decir, así que me limito a callar. Alejandro es un hombre que impone, pero su hija no lo debe de ver así porque le dice:

–  Entonces, encárgate de hacerle saber a Alan que no puede utilizar a mis agentes para seguirme a donde quiera que vaya.

¿Qué? ¿Ese idiota nos había puesto vigilancia toda la noche? ¡Joder, que lo hicimos en su local, en una terraza al aire libre!

Alejandro frunce el ceño y, antes de marcharse, le dice a su hija:

–  Ya me he encargado de eso.

Silvia resopla y Alejandro sale del salón. Me quedo mirando a Silvia esperando una explicación que no llega, así que le pregunto directamente:

–  ¿De qué estabas hablando? ¿Ese idiota nos ha estado vigilando toda la noche?

–  No te preocupes, ya me he encargado de todo y no hay ni una sola imagen o vídeo que dé a entender lo que pasó anoche. – Me responde.

–  Entonces, ¿por qué lo ha hecho?

–  El muy idiota salió a cenar con la compañera de Abel y se encargó de tenernos vigilados para que no nos encontráramos.

–  ¿La compañera de Abel?

–  Lucía Morales. – Me aclara. – Es compañera de Abel en una agencia americana. Siempre ha ido detrás de Alan y yo nunca le he caído bien.

–  ¿Qué es lo que te molesta? – Le pregunto arqueando una ceja.

¿Estaba celosa de esa tal Lucía porque había ido a cenar con Alan?

–  Me molesta que Alan me haya mentido, me molesta que haya salido con ella y me molesta aún más que la muy imbécil haya corrido a contárselo todo a Abel.

–  ¿Por qué tienes el pómulo hinchado, Silvia? – Le pregunto con impaciencia.

–  Me he peleado un poquito con Lucía. – Me confiesa con cara de no haber roto nunca un plato.

En ese momento, Alan irrumpe en el salón y, gritando, le pregunta a Silvia:

–  ¿Se puede saber qué le has hecho a Lucía? Acabo de estar con ella en el hospital, Silvia.

Silvia pone los ojos en blanco y dice con indiferencia:

–  Demasiado teatral, para mi gusto. Y, si tanto te molesta lo que he hecho, la próxima vez que quedes con ella asegúrate de que no hablas de mí.

–  ¡Joder, Silvia! ¿Se puede saber qué te pasa?

–  ¡Qué te pasa a ti! – Le increpa furiosa. – ¿Desde cuándo necesito tu visto bueno para acostarme con alguien? ¿Desde cuándo me lo reprochas?

–  Acabas de reconocerlo, te has acostado con él. – Dice Alan mirándome ¿sonriendo? No entiendo nada. – Lo siento pequeña, ya me conoces. – Añade sonriendo abiertamente y, tras darle un beso en la frente, se marcha escaleras arriba.

Silvia me mira y, con la culpabilidad en el rostro, me dice con un hilo de voz:

–  Lo siento, se me ha escapado.

Yo le sonrío y le respondo:

–  Creo que Alan ya lo sabía, solo quería escuchártelo decir a ti. Lo que no entiendo es lo de los reproches, ¿hay algo que quieras contarme?

–  Alan es un mujeriego y, tras un pequeño percance, le dije que nada de buscar sexo en el trabajo, aquello de donde tengas la olla no metas la polla. – Me explica. – Su reproche es porque yo puse esa regla y precisamente yo soy la que se la ha saltado.

–  Muñeca, las reglas están para saltárselas. – Le susurro al oído.

–  No. Deja de hacer eso. – Me dice con seriedad. – Anoche nos lo pasamos bien, pero debemos centrarnos en lo importante.

Como si pudiera centrarme en otra cosa que no fuera ella. Alejandro entra en ese momento al salón y nos hace pasar al comedor. Dos minutos después aparece Alan y se sienta a la mesa con nosotros. La cena transcurre con normalidad, hablamos de Lety y de su prolongación de las vacaciones para pasar unos días más con Daniel, de cómo llevamos la organización de la operación y de lo bien atado que lo tenemos todo.

Silvia se muestra entusiasta con todo lo relacionado con la operación y mi padre está encantado con su entusiasmo y yo me alegro de que esté contenta, necesito tenerla a mi lado el máximo tiempo posible.

Cállame con un beso 20.

Cállame con un beso

SILVIA.

No me lo puedo creer. Miguel y yo nos hemos pasado la última parte de la cena excitándonos y jugando a un juego muy peligroso. Si tuviera dos dedos de frente acabaría con todo esto, pero habiendo bebido una botella de champagne, dos botellas de vino y una copa de orujo de hierbas, no tengo la fuerza de voluntad necesaria para negarme ese placer.

Arrastro a Miguel a la limusina y él accede sin rechistar, está demasiado excitado como para pensar con la cabeza de arriba.

–  ¿A dónde les llevo, señorita Torres? – Me pregunta el chófer después de bajar la ventanilla.

Miro a Miguel esperando una respuesta y, tras suspirar, me dice:

–  ¿Nos tomamos una copa en algún lugar donde nos dé el aire?

–  Al Infinity, por favor. – Respondo al chófer.

El chófer asiente con la cabeza y sube la ventanilla tintada e insonorizada que nos separa, dejándonos a Miguel y a mí en la más absoluta intimidad. Me tenso al pensar dónde vamos, hubiera preferido decirle al chófer que diera vueltas por la ciudad hasta que le diera otra orden, pero Miguel había preferido ir a tomar una copa. Como si me leyera el pensamiento, me susurra al oído con la voz ronca:

–  Lo bueno se hace esperar, muñeca. Te advertí que me las pagarías, no creas que se me ha olvidado.

Ahora estoy todavía más excitada e impaciente que antes. Lanzo un ligero gemido de frustración y Miguel se ríe burlonamente. Y, para torturarme todavía más, me coloca sobre su regazo para besarme lascivamente el cuello al mismo tiempo que va susurrando:

–  Quiero excitarte toda la noche para que cuando llegue el momento estés tan mojada que mi polla resbale al entrar en ti.

Oh, Dios. Me quemo. Creo que estoy a punto de correrme y ni siquiera me ha tocado.

–  Lo mejor del sexo, son las expectativas que nos creamos antes de llevarlo a cabo. – Continúa hablando. – Cuanto más tiempo lo deseas, mayor es el placer.

Ardo. Estoy a punto de rogarle a Miguel que ha me haga todo lo que me está diciendo cuando la limusina se detiene. Miro por la ventanilla y veo que estamos frente al Infinity. Intentando serenarme, me recoloco el vestido y le digo a Miguel:

–  Ya hemos llegado.

Miguel me sonríe antes de salir de la limusina y después me tiende su mano para ayudarme a salir a mí. Entramos en la antesala del local y no me suelta la mano, me la agarra con firmeza. Parados frente a las dos puertas, me pregunta:

–  ¿A qué sala vamos?

–  La sala de arriba en una terraza con unos reservados en plan chill-out y la sala de la planta baja es un poco más especial. – Empiezo a decirle. – Digamos que esa sala es para los que disfrutan del sexo abiertamente.

–  ¿A qué te refieres? – Me pregunta con curiosidad.

–  Es una sala dividida en tres partes: la primera es el pub, donde puedes analizar las distintas posibilidades y se permite besar, tocar y algunos preliminares suaves mientras puedes observar y ser observado por otros. La segunda estancia de la sala es para disfrutar del sexo, ya sea en pareja, haciendo tríos u orgías, aunque la luz es muy tenue y apenas se distingue algo vagamente. Y, la tercera estancia está compuesta por unas pequeñas habitaciones para quienes prefieren tener un poco de intimidad.

–  ¿Vienes aquí muy a menudo? – Me pregunta molesto.

–  Ni siquiera vengo a menudo a la ciudad. – Me río con dulzura. – Pero sí, he estado aquí antes, si es eso lo que quieres saber. Alan es el propietario del local.

–  No me digas nada más, prefiero no saberlo. – Me interrumpe. – Vamos a la planta de arriba, no pienso compartirte con nadie, muñeca.

Subimos las escaleras y llegamos a la terraza, donde Miguel busca uno de los reservados del chill-out con mayor intimidad y cuando lo encuentra, me arrastra hasta allí. El reservado está compuesto por una cama con dosel y una mesa auxiliar, todo ello oculto por unos biombos que otorgan la intimidad y privacidad deseada. Sobre la mesa auxiliar, hay una botella de champagne en una cubitera y un par de copas de cristal. Miguel coge la botella y llena las dos copas. Se sienta a los pies de la cama y tira de mí hasta colocarme sobre su regazo.

–  Muñeca, estamos jugando con fuego, lo sabes, ¿verdad?

–  Ya pensaremos en eso mañana. – Le respondo antes de besarle. – Estoy demasiado excitada como para pensar con claridad, cielo. – Ronroneo en su cuello.

Miguel no se hace de rogar, está igual o más excitado que yo. Nos besamos apasionadamente y nuestras manos recorren el cuerpo del otro. Las manos de Miguel ascienden desde mis muslos hasta llegar a mi trasero y apretarlo mientas se le escapa un gruñido. Me tumba sobre la cama y se me queda observando con deleite antes de decirme:

–  Me encanta el vestido que llevas, pero me gustarías más sin él.

Consciente de lo que me acaba de pedir, le sonrío pícaramente y empiezo a desabrochar el cierre de los tirantes que se unen en mi cuello. Sin enseñarle un centímetro de piel que oculta mi vestido, le digo con la voz ronca por la excitación:

–  Si quieres quitarme el vestido, solo tienes que tirar de él.

Miguel me sonríe y, cuando creo que me va a arrancar el vestido, empieza a tirar de él lentamente al mismo tiempo que va besando cada centímetro de mi piel que va quedando al descubierto. No llevo sujetador, así que me quedo tumbada en la cama solo vestida con un diminuto tanga de color rojo y mis zapatos de tacón de aguja. Miguel se ha quedado embobado mirándome y, al ver que no reacciona, decido empezar a desnudarle. Le quito la chaqueta del traje y empiezo a desabrochar los botones de su camisa sin prisa pero sin pausa. Colocando mis manos sobre sus hombros, las deslizo llevándome conmigo la camisa y dejándola caer sobre la cama a su espalda. Continuo con el cinturón y el botón de sus pantalones pero a estas alturas Miguel ya no puede más y se quita los pantalones de un tirón, llevándose con ellos los calzoncillos. De repente, le tengo completamente desnudo frente a mí y me sonríe lascivamente.

–  Eres todavía más preciosa de lo que me imaginaba, muñeca. – Me susurra al oído.

Entonces, se desata la pasión. Me arranca el tanga de un tirón, sus manos acarician todo mi cuerpo sin descanso, sus labios recorren mi piel y su lengua se detiene entre mis piernas. Estoy a punto de correrme cuando le cojo la cabeza con ambas manos y lo arrastro hasta que queda frente a mí para decirle mirándole a los ojos:

–  Te quiero dentro, cielo.

Me penetra de un solo empujón. Estoy tan mojada que, como él había adivinado, su polla se desliza dentro de mí sin resistencia, pese a que el tamaño de su miembro es más que considerable. Me penetra una y otra vez, primero con suavidad, después cada vez más fuerte hasta que, acalorados y excitados, llegamos juntos al clímax. Se derrumba sobre mí hasta que nuestras respiraciones se empiezan a normalizar, momento en el que él rueda hacia a un lado, llevándome con él y colocándome a mí encima de él. Me besa en la coronilla y me dice abrazándome con fuerza:

–  Aunque esto nos va a traer problemas, si volviera a nacer volvería a repetirlo.

Le beso en los labios con ternura y le sonrío. Nos quedamos un rato así tumbados hasta que se escucha un ligero murmullo y Miguel se incorpora conmigo en brazos, decide que es mejor que nos vistamos. Una vez vestidos, Miguel vuelve a colocarme en su regazo y pone en mi mano una de las copas de champagne.

Cuando regresamos a casa, son las seis y media de la mañana y estamos más borrachos que una cuba. Tropezamos al subir las escaleras que nos llevan a la planta superior y ambos caemos al suelo entre risas.

–  Borrachos pero vivos, no está mal. – Nos dice mi padre mirándonos impasible. – Tengo que ir a la oficina, pero os espero esta noche a las nueve para cenar en casa.

Dicho esto, mi padre desaparece escaleras abajo y Miguel me mira pálido como la leche mientras yo estallo en carcajadas. En ese momento, Alan llega a casa y nos encuentra tirados en las escaleras y yo sin parar reír.

–  Ahora entiendo el cabreo que se trae tu padre, ¿os ha visto así? – Pregunta Alan. – Por cierto, ¿habéis estado en mi club?

Asiento con la cabeza y Alan me lanza una mirada de reproche. Alan es de los que opina que no se debe mezclar el trabajo con el placer y, por muy divertida que le parezca la situación, en estos momentos está con el chip de hermano mayor puesto. Miguel se levanta y me ayuda a levantarme, pero ya no sonríe, ni me coge de la mano o coloca su brazo alrededor de mi cintura. Ha vuelto a ser el Miguel de siempre.

Fulmino con la mirada a Alan y termino de subir las escaleras para encerrarme en mi habitación, sé que ahora ninguno de los dos estamos capacitados para mantener una conversación normal. Antes de cerrar la puerta de mi habitación, le digo a Miguel:

–  Hablaremos cuando hayamos dormido y descansado un poco, será lo mejor.

Entro en mi habitación, me desnudo y me meto en la cama sin desmaquillarme. Me cuesta dormir y tengo que hacer un esfuerzo por calmar mis ganas de levantarme y meterme en la cama de Miguel.

Dios, ¿pero qué he hecho? Alan tiene razón, no debería haber mezclado el trabajo y el placer. Joder, ¡se supone que nos tenemos que infiltrar juntos en Moscú y hacernos pasar por pareja! Si ya era bastante difícil con las discusiones no me quiero ni imaginar lo que será con esta tensión sexual.

Cállame con un beso 19.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Tras subir de nuevo a mi habitación y tardar cinco minutos en cambiarme de ropa y ponerme un traje, salgo al pasillo a esperar a Silvia. Cuando estoy a punto de llamar a la puerta de su habitación, cansado de esperar, la puerta se abre y me quedo con la boca abierta al verla con un vestido de noche de color rojo, un escote al que me va a resultar muy difícil dejar de mirar y unos zapatos rojos con tacón de aguja de unos diez centímetros de alto por lo menos. Joder, daría mi vida por verla vestida solo con esos zapatos.

–  Te sienta muy bien el traje. – Me dice sonriendo, devolviéndome a la realidad.

–  Tú me has dejado sin palabras. – Le confieso. – ¿Pedimos comida a domicilio y cenamos tú y yo en el jardín?

Silvia se ríe, se lo toma a broma aunque yo estoy hablando muy en serio.

–  Venga, que si llegamos muy tarde tendremos que esperar para que nos den una mesa. – Me apremia sin dejar de sonreír. – Vamos en taxi, hoy vamos a beber un poco.

Asiento sin rechistar, pero la idea de beber con ella así vestida aparece en mi mente y todas las alarmas de mi cuerpo empiezan a saltar, todas excepto una, que se muestra encantada con la situación.

Cuando salimos al porche, un taxi limusina nos está esperando y, leyéndome el pensamiento, Silvia, con una sonrisa en los labios, me dice:

–  No podemos llegar en un Toyota a un restaurante de cinco tenedores, ¿no crees?

Nos subimos en la limusina y, a pesar de que hay un enorme sofá con forma de L, me siento pegado a Silvia. Ella, lejos de molestarse, me sonríe y saca una botella de champagne de un compartimento que parece ser una nevera y dos copas de lo que parece un armario camuflado. Cojo la botella de champagne de sus manos y la abro para servir las dos copas. Después, la vuelvo a dejar donde Silvia la ha encontrado y brindo con ella:

–  Por nosotros.

–  Por nosotros. – Brinda entrechocando su copa con la mía.

Justo cuando acabamos de bebernos nuestras copas de champagne, la limusina se detiene en una de las calles principales de la ciudad, frente a un local con un rótulo moderno donde pone: “The eat’s King”, la comida del rey.

Entramos en el restaurante y el mitre, al vernos, sonríe y dice:

–  Buenas noches, señorita Torres. Señor.

–  Buenas noches. – Dice Silvia con su espléndida sonrisa. – No tenemos reserva, pero esperaba que tuvieran una mesa libre para dos.

–  Por supuesto, señorita Torres. – Responde el mitre. – Para usted siempre hay mesa.

Nos acompaña hasta la planta superior y nos da la mejor mesa del local, una mesa ligeramente apartada del resto de comensales, lejos de los servicios y junto a una ventana con vistas al mar. Nos sentamos y nos entrega la carta de vinos y la de comida antes de retirarse.

Silvia insiste en que sea yo quien escoja el vino y la comida y yo se lo agradezco. Me siento un poco raro sin tener el control, por lo general, soy yo quien lleva a las chicas a cenar, quien alquila las limusinas para llevarlas y quien controla la situación. Pero con Silvia no se puede controlar la situación y, aunque a veces me desespero, también me gusta. Las chicas con las que estoy acostumbrado a salir no se bañan en ropa interior en un lago de una cueva subterránea por la noche, son chicas que no han visto un arma en su vida y si les dispararan se morirían del susto, chicas frías y superficiales que nada tienen que ver con Silvia.

Estamos cenando tranquilamente y charlando con complicidad cuando una voz masculina nos interrumpe:

–  ¿Silvia? –  Giro levemente la cabeza y veo al propietario de esa voz. Un tipo de mi edad, moreno y que sonríe demasiado al ver a Silvia. – Silvia, pensaba que estabas en Isla del Sol. ¿Cuándo has regresado?

–  Diego. – Responde Silvia sorprendida. Sonríe educadamente y añade: – He regresado esta misma tarde. No teníamos reserva, pero tu mitre ha sido muy amable y nos ha dado una de las mejores mesas.

¿Su mitre? ¿Es el propietario del local?

–  Para ti, siempre hay mesa. – Le dice el tipo sonriendo. Me echa un vistazo rápido y añade: – ¿Cena de negocios o de placer?

–  Hasta ahora, de placer. – Le respondo molesto.

¿Quién se cree este tipo? ¿Cree que puede acercarse, interrumpirnos y hablar como si yo no estuviera presente? No lo pienso permitir.

–  Miguel, te presento a Diego Molina, el propietario del restaurante. – Me dice Silvia incómoda.

El tipo alarga su mano y yo se la estrecho con desgana. Después, se vuelve hacia a Silvia y añade:

–  ¿El propietario del local?

–  ¿Tengo que pedir la carta de reclamaciones? – Le replica Silvia.

–  ¿Tienes que venir a mi restaurante con otro tipo? – Le reprocha el tal Diego.

Así que este tipo es algún ex amante o ex novio de Silvia. Quizás alguno de sus amigos con derecho a roce, quién sabe. Si lo llego a saber, voy al tailandés.

–  ¿A qué viene este ataque de celos? – Le pregunta Silvia furiosa pero sin alzar la voz. – Miguel es un amigo con el que pienso cenar y después ir a tomar unas copas. Duerme en mi casa, pero quizás esta noche la pase en mi habitación. ¿Tienes algún problema?

–  No, ninguno. – Contesta Diego antes de largarse.

Silvia resopla y, mirándome a los ojos, me dice:

–  Siento lo que he dicho, pero tenía que quitármelo de encima antes de que dijera algo de lo que se iba a arrepentir.

–  A mí me gusta tu plan. – Bromeo.

–  No me tientes, acabo de quedarme sin uno de los mejores amantes que he tenido. – Se lamenta.

–  Si puedo hacer algo para compensarte…

–  ¡Ni se te ocurra pensarlo y mucho menos decirlo! – Me amenaza.

–  Pensaba invitarte a un helado de chocolate, que dicen que es buen sustituto del sexo, pero si crees que es algo indecente…

–  Se ha acabado el vino. – Me interrumpe. – ¿Puedes pedir otra botella, por favor?

Después de cenar y bebernos dos botellas de vino, Silvia pide la cuenta y, cuando se dispone a pagar, le sujeto la mano y saco mi cartera. De ninguna manera voy a dejar que pague ella. Abro la boca para empezar a discutir pero Silvia tiene otros planes, me besa en los labios al mismo tiempo que le entrega su tarjeta al camarero y éste se marcha sonriendo.

–  Acabas de jugar sucio, muñeca. – Le digo con la voz ronca y la entrepierna hinchada.

– Tú me besas para callarme, yo hago lo mismo. Si no te gusta, predica con el ejemplo. – Añade sonriendo pícaramente y mirándome con una mirada felina y coqueta con la que no me había mirado antes.

Tal y como está mi entrepierna, no me puedo levantar de la silla. Por suerte, el camarero regresa con dos copas de licor de hierbas, obsequio de la casa.

–  ¿Te has quedado mudo, cielo? – Me pregunta sonriendo la muy descarada.

–  Deja de provocarme si no quieres que acabemos detenidos por escándalo público, cielo. – Le respondo devolviéndole la sonrisa.

–  Siento decirte que el único arrestado serías tú. – Sonríe burlonamente y continúa: – Aunque tengo que reconocer que la idea de ser arrestada por algo así me excita.

¿Acaba de decir eso de verdad o lo acabo de imaginar? ¿Qué se supone que tengo que contestar a algo así? Joder, mi miembro está empezando a dar saltos y se supone que tenía que intentar calmarme para evitar que todo el mundo se vuelva a mirarme cuando me levante. Pero es que ese escote…

–  Me las vas a pagar, muñeca.

–  Estoy deseándolo, cielo. – Me contesta con la voz ronca.

Está tan excitada como yo. Me levanto de un salto, cojo a Silvia del brazo y la coloco delante de mí, pegando su trasero a mi erección y le susurro al oído:

–  Camina sin alejarte de mí.

Silvia me obedece de inmediato y caminamos hasta salir del restaurante, donde el mitre nos despide dándonos las buenas noches de nuevo. La limusina nos está esperando y, antes de subirnos, le pregunto:

–  ¿Dónde quieres ir ahora?

–  Lo decidiremos en la limusina. – Me contesta agarrándome de la mano y arrastrándome al interior del vehículo.

Sin hacerme de rogar, entro en la limusina seguido de Silvia.

Cállame con un beso 18.

Cállame con un beso

SILVIA.

Después de dos semanas en Isla del Sol, Miguel y yo decidimos pasar por Ciudad de Perla a saludar a mi padre antes de regresar a Ciudad del Cielo.

Miguel y yo como compañeros formamos un buen equipo, al menos en las tareas de oficina, ya veremos cómo se nos da en el campo de batalla y fingiendo ser un matrimonio. Nuestra relación ha mejorado bastante, seguimos discutiendo con frecuencia, pero poco rato más tarde se nos olvida y volvemos a nuestra peculiar normalidad.

–  ¡Pequeña, qué sorpresa! – Exclama Alan en cuanto me ve y corre a abrazarme.

Por el rabillo del ojo veo como Miguel resopla y pone mala cara aunque intenta disimular sin éxito. A pesar de ello y con toda la malicia femenina, me dejo abrazar y besar por Alan. Cuando por fin nos separamos, Miguel le estrecha la mano educadamente, pero sin demasiado entusiasmo.

–  Parece que le tienes cabreado, ¿qué le has hecho esta vez? – Me pregunta Alan en un susurro para que solo yo pueda oírle.

–  Nada. – Le contesto sonriendo.

Entramos en casa y mi padre sale de su despacho con cara de pocos amigos. Me mira a mí, después mira a Miguel y, finalmente, vuelve a mirarme a mí antes de preguntar:

–  Si no os habéis matado el uno al otro, ¿por qué estáis aquí?

–  Nosotros también nos alegramos de verte, papá. – Le digo a modo de respuesta. – Necesito coger ropa de abrigo y, de paso, hemos venido a verte. Nos quedaremos un par de días por aquí antes de regresar a Ciudad del Cielo.

–  ¿Ocurre algo? – Le pregunta mi padre a Miguel. ¿No se fía de mí o qué?

–  Queremos dejarnos ver durante una temporada por Alemania, creemos que es lo mejor antes de infiltrarnos en Moscú. – Le explica Miguel. – Viajaremos a Kiel desde Ciudad del Cielo y hemos pensado en pasar a saludarte ahora que tenemos tiempo.

Mi padre nos mira de arriba abajo a los dos. Cuando comprueba que ninguno de los dos está herido y que probablemente decimos la verdad, me dice sonriendo:

–  Enséñale las habitaciones de invitados a Miguel para que escoja la que más le guste. Me gustaría acompañaros esta noche, pero tengo que ir a una cena benéfica.

–  Entonces aprovecharé que no estarás esta noche para salir a cenar con Miguel y enseñarle la vida nocturna en nuestra ciudad. – Le contesto encogiéndome de hombros.

–  Alan, ¿irás con ellos? – Le pregunta mi padre.

–  Lo cierto es que no me han invitado. – Le responde Alan a mi padre. – Pero ya tengo planes para esta noche, Alejandro.

Mi padre nos mira de nuevo a Miguel y a mí y, antes de salir a toda prisa hacia a su habitación para cambiarse de ropa e ir a la cena benéfica, nos dice:

–  No creo que sea una buena idea que salgáis los dos solos por ahí, pero ya sois mayorcitos para actuar con responsabilidad y afrontar las consecuencias de vuestros actos.

–  ¿A qué ha venido eso? – Le pregunto a Alan en cuanto mi padre desaparece.

–  Cree que os vais a matar el uno al otro y pretende que yo haga de árbitro. – Me explica Alan.

–  Por cierto, ¿con quién has quedado esta noche? ¿Tienes una nueva amiga y no me dices nada? ¿Qué clase de relación tenemos? – Le pregunto haciéndome la ofendida.

–  Pequeña, desde que eres la señora Hoffman, nuestra relación se ha enfriado. – Me responde mirando de reojo a Miguel. Él también se ha dado cuenta de su gesto de disgusto cuando ambos nos tocamos o hablamos de intimidades. – Pero, si el señor Hoffman no te hace feliz y te divorcias, ya sabes en qué habitación encontrarme, pequeña.

Uff. Ahí se ha pasado. ¿Cómo se le ocurre decir eso? Le lanzo una mirada de reproche a Alan sin que Miguel se dé cuenta y, sorprendiéndome, Miguel le dice a Alan:

–  No te preocupes, aún no es la señora Hoffman y solo lo será por poco tiempo.

Alan y yo cruzamos una mirada, Miguel está furioso. Alan decide no decir nada más y, dedicándome una sonrisa pícara, desaparece.

Después de enseñarle a Miguel todas las habitaciones libres, decide quedarse con la habitación de invitados que está junto a mi habitación. Nos damos una ducha en nuestras respectivas habitaciones y, una hora más tarde, cuando bajo al salón, me lo encuentro charlando alegremente con Samuel, uno de nuestros agentes.

–  ¡Samuel! – Exclamo al verle. – ¿Qué haces tú por aquí?

–  En cuanto tu padre me ha dicho que estabas en casa, se me ha ocurrido venir a verte. – Me contesta al mismo tiempo que me abraza. – Echo de menos nuestras discusiones.

Samuel, sin pretenderlo, acaba de meter el dedo en la llaga. Miguel me mira arqueando una ceja, aunque no parece de muy buen humor…

–  ¿He dicho algo que no debía? – Nos pregunta Samuel mirándonos a Miguel y a mí.

–  Por lo visto, Silvia acostumbra a discutir con todo el mundo. – Musita Miguel ¿molesto?

–  ¿Con quién la has visto discutir? Que yo sepa, solo discute con Alan y conmigo. – Dice Samuel con naturalidad.

–  No le hagas caso, está en modo gruñón desde que hemos llegado. – Intento bromear con Samuel para relajar la tensión creada. – Creo que es el cambio de aires, no ha debido de sentarle nada bien.

–  Ya entiendo. – Dice Samuel riendo a carcajadas.

–  ¿Qué cojones es lo que tú entiendes? – Le gruñe Miguel.

–  Relájate, tío. – Le dice Samuel. – Solo estábamos bromeando. – Me da un abrazo y se despide: – Me tengo que ir ya, pero si mañana por la noche sigues por aquí, recuerda que tú y yo tenemos algo pendiente que resolver. – Me guiña un ojo y añade: – Sé buena hasta entonces.

Samuel estrecha la mano de Miguel y se marcha. Miguel y yo nos quedamos a solas y, tras ver su cara de pocos amigos, le pregunto con voz dulce:

– ¿Te apetece salir a cenar?

–  Con la cantidad de amigos que tienes, ¿quieres pasar la noche en mi compañía?

–  Supongo que no será la mejor noche de nuestras vidas, pero puede que hasta nos lo pasemos bien. – Le digo bromeando, intentando que se relaje. – ¿Qué me dices?

–  ¿A dónde pretendes llevarme? – Me pregunta ya más relajado.

–  Primero a cenar, que estoy hambrienta. – Le contesto. – ¿Te gusta la cocina tailandesa?

–  Quiero sentarme en una silla y comer en la mesa como una persona normal. – Me responde. – Algo más occidental me gustaría más.

–  Entonces, nada de comida china o japonesa. – Sentencio. – Te voy a llevar al restaurante de unos amigos donde sirven comida nacional y de buena calidad. Eso sí, tendremos que cambiarnos de ropa porque así no nos dejarán entrar. – Añado echándonos un vistazo de arriba a abajo.

–  ¿Traje y corbata? No, ni de coña. – Me dice Miguel enfurruñado.

–  ¿Aún estáis aquí? – Nos pregunta Alan a punto de salir.

–  Estamos intentando ponernos de acuerdo para elegir restaurante, pero sin demasiado éxito. – Le explico poniendo los ojos en blanco. – ¿Alguna sugerencia?

–  ¿Por qué no vas a tu restaurante favorito? Si Miguel no quiere ir contigo yo estoy dispuesto a hacer un intercambio de parejas y dejar que Miguel se vaya con mi cita para yo poder cenar contigo. – Bromea Alan guiñándome un ojo.

–  Lárgate, anda. – Le digo a Alan riendo. – No hagas esperar a tu cita.

Alan se marcha y Miguel vuelve a estar enfurruñado. ¿Qué le pasa a este hombre? ¿Tiene miedo de que le cobren por sonreír o qué?

–  ¿Qué te apetece comer? – Le pregunto.

Miguel resopla, me mira y, finalmente, me dice:

–  ¿Por qué no me has ofrecido llevarme a tu restaurante favorito?

¡Maldito Alan! Maldigo para mis adentros. No me apetece explicarle que mi ex, con el que de vez en cuando me sigo viendo, es el propietario del restaurante. Pero me apetece menos ir allí, encontrarme a mi ex y que Miguel se entere por otra persona. ¿Qué le contesto?

–  Es un sitio pijo, no podemos ir así vestidos. – Logro contestar.

–  No te preocupes, si es tu restaurante favorito, estoy dispuesto a cambiarme de ropa. – Me contesta sonriendo. – ¿Traje y corbata?

Asiento con la cabeza y ambos regresamos a nuestras respectivas habitaciones para cambiarnos de ropa y ponernos elegantes. Me pongo un vestido rojo de noche cogido al cuello con un escote que me llega casi hasta el ombligo y unos zapatos rojos de tacón de aguja de más de diez centímetros. Me aliso el pelo con la plancha un poco y me maquillo un poco más. Media hora más tarde, salgo de mi habitación.

Cita 18.

“El beso que calla las palabras, no es un beso que se da con el cuerpo, sino con el alma.”

William Osorio Nicolas.

Cállame con un beso 17.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Después del día de tregua, decidimos empezar a organizar la operación. Silvia tiene algunos contactos porque estuvo infiltrada en Moscú hace un par de años y ella insiste en reactivar su falsa identidad.

–  No seas cabezón, es la manera más segura de entrar en ese pequeño círculo sin llamar la atención ni levantar sospechas. – Insiste de nuevo. – Si has estado infiltrado bajo una identidad que puedas utilizar en Moscú, nos facilitaría aún más las cosas.

–  Estuve infiltrado como narcotraficante en Alemania, el Káiser puede dar referencias de mí. – Le digo como una opción. – Quizás podríamos habernos conocido al hacer algún negocio y encontramos el amor.

–  Si se pule un poco, es una buena idea. – Me dice sonriendo. – El resto es coser y cantar. Solo tendremos que ir a Moscú, dejarnos ver entre la alta sociedad y ellos vendrán directamente a nosotros.

–  Muñeca, aún no me has contado qué hacías infiltrada en Moscú tú sola. ¿Me encontraré con alguno de tus ex amantes allí? – Bromeo.

–  Seguramente, cielo. – Me responde divertida. – Espero que no seas celoso.

–  Pues lo soy y mucho. – Le dejo claro. – Si nos infiltramos, serás mi mujer. Nada de un amigo con derecho a roce, tu novio o tu pareja. Seré tu marido.

Silvia pone los ojos en blanco  pero, finalmente, termina cediendo:

–  Está bien, como tú quieras, cielo. – Dejando a un lado las bromas, añade: – Le pediré a mi padre que nos envíe todo lo que tenga relacionado con mi infiltración en Moscú y tú deberías pedirle a tu padre lo mismo. Si vamos a ser un matrimonio, deberemos conocer muy bien la vida del otro y fijar un lugar de residencia conjunta antes de ir a Moscú, no debemos dejar ningún cabo suelto.

–  ¿Crees que nos investigarán?

–  Estoy segura. – Me responde. – Yo llevo casi dos años sin aparecer por allí, no saben nada de mi vida y de repente apareceré con un tipo al que no conocen de nada. Es bastante sospechoso, sobre todo para esta gente que es tan perspicaz.

–  En ese caso, quizás sería conveniente que nos dejáramos con mi gente antes de ir a Moscú, ¿no crees? – Le sugiero encantado de la vida.

–  Sí, es una buena idea. – Me confirma para mi asombro. – Creo que en un par de meses como mucho, podremos estar en Moscú.

Solo pretendía llevarla a Alemania para pasar unos días con ella a solas, pero cuando pensaba que me iba a mandar bien lejos, me dice que le parece una buena idea. Y lo es, solo que yo no pienso en la misión, sino en cómo estar con ella. Si pasamos un par de semanas en Alemania, serán un par de semanas más de tiempo que pase con Silvia.

Esa misma tarde, recibimos por fax los informes de la operación de Silvia en Moscú, bajo el nombre de Irina Koviakov, y el mío en Alemania, bajo el nombre de Erik Hoffman.

Nos pasamos toda la tarde y parte de la noche leyendo los expedientes, Silvia el mío y yo el suyo, parando únicamente para comer e ir al baño cuando lo considerábamos necesario. Silvia me hacía mil preguntas sobre mi infiltración como Erik, quería saberlo todo y, si no le quedaba claro algo, lo volvía a leer y me volvía a preguntar.

–  ¿Debo entender que mis informes están mal redactados? – Pregunto bromeando cuando me hace la enésima pregunta.

–  Solo hay dos posibilidades: que esté mal redactado y por eso te pregunte todo o, simplemente, que no estás prestando atención a mis informes y por eso no haces ninguna pregunta al respecto. – Me responde sonriendo divertida.

–  ¿Qué te preocupa tanto?

–  No te lo tomes a mal, pero es que no creo que seamos los agentes idóneos para esta misión, puede que lo seamos por separados, pero juntos…

–  ¿Te estás echando atrás? – Pregunto preocupado. Lo último que quiero es que se vaya por donde ha venido y no la vuelva a ver nunca más.

–  Por supuesto que no, Miguel. – Me responde ofendida. – Pero nos va a llevar más tiempo hacerlo juntos que separados y, además, nos va a costar más trabajo.

–  Si estás pensando en infiltrarte tú sola, la respuesta es ni de coña. – Le advierto. – Por alguna razón, tanto tu padre como el mío quieren que lo hagamos juntos.

–  ¿Por alguna razón? – Me pregunta divertida. – ¿En serio no sabes lo que pretenden?

–  ¿Estás insinuando que tu padre y el mío han organizado esto solo para que nos hagamos pasar por pareja? ¿Para que estemos juntos? – Le pregunto. Pero Silvia estalla en carcajadas. – ¿Qué te hace tanta gracia, si puede saberse?

–  Tú, Miguel. – Me responde secándose las lágrimas de tanto reír con el dorso de la mano. – No sé qué hará tu padre, pero te aseguro que el mío no se dedica a buscarme parejas.

–  Entonces, ¿a qué te referías? – Le pregunto molesto.

¿Tan graciosa le ha parecido mi ocurrencia? Porque a mí no me parece tan descabellada…

–  Será mejor que eso se lo preguntes a Fernando, creo que ya he metido bastante la pata. – Me contesta encogiéndose de hombros.

–  Me estás poniendo nervioso. – Le espeto furioso. – Dime ahora mismo qué cojones está pasando, Silvia.

–  ¿Silvia? Creo que es la primera vez que me llamas por mi nombre. – Me dice divertida. – No te lo tomes a mal, solo creo tener una intuición sobre lo que pretenden.

–  Cuéntame tu intuición. – Le ordeno.

Silvia pone los ojos en blanco pero, finalmente, decide contestar a mi pregunta:

–  Sé qué hace tiempo que quieren fusionar ambas agencias, pero no lo han hecho por nosotros. Antes de hacer la fusión, necesitan asegurarse que somos capaces de trabajar en equipo y, con todo lo que ha pasado, supongo que creerán que es un buen momento para que les demostremos que somos capaces de trabajar juntos. No creo que haya sido nada premeditado, pero en cuanto han visto la oportunidad, no la han dejado escapar.

–  ¿Has hablado de esto con tu padre? – Le pregunto.

–  No, pero tampoco me hace falta. – Me contesta. – Fernando no me dejó infiltrarme sola, pese a que era la solución más rápida y eficiente. Cuando le dije que infiltrarme contigo era una locura y que probablemente acabaríamos matándonos, me dijo que si lo prefería me infiltrara con Daniel. Pese a ser un asunto vuestro, tu padre ha querido meterme en medio con alguno de vosotros dos. Mi padre, sabiendo que necesito vacaciones y que nuestra agencia está hasta arriba de trabajo, ha permitido que me infiltre, de hecho, se ha mostrado encantado.

–  ¿Quieren fusionar nuestras agencias? Mi padre no nos ha dicho nada…

–  Miguel, fusionar ambas agencias es algo que tienen en mente desde hace años pero que no han hecho nunca. – Me interrumpe. – Si Fernando no os ha dicho nada será porque quiere estar seguro de que es algo factible antes de proponéroslo. No tendría que haberte dicho nada, me gustas más cuando sonríes.

No puedo evitar sonreír. Con ella todo parece más fácil y divertido.

–  Creo que por hoy ya hemos tenido suficiente. – Digo tras cerrar el informe que había estado leyendo hasta el momento. – Continuaremos mañana, ¿de acuerdo?

Tras recoger todos los informes y apilarlos sobre la mesa de mi despacho, decidimos salir al jardín y nos fumamos uno de nuestros cigarrillos, lo cual se ha convertido en un ritual para nosotros.

Sigo sintiéndome atraído por ella, pero ya no solo sexualmente. Me interesa todo lo que tenga que ver con ella, si Lety cuenta una anécdota presto toda mi atención, si alguien le llama por teléfono (lo que sucede bastante a menudo) me entran ganas de quitarle el teléfono y colgar para que solo pueda dedicar su tiempo a estar conmigo. ¿Me he vuelto loco o simplemente me estoy enamorando? Lo de los besos mejor ni recordarlo, mi entrepierna tiene vida propia cuando pienso en ella y ya es bastante difícil controlarme como para encima seguir robándole besos.

Cállame con un beso 16.

Cállame con un beso

SILVIA.

A la mañana siguiente, pensando en lo que ocurrió la noche anterior, me levanto y me pongo mi bikini más sexy, consciente de que con él puesto Miguel no podrá quitarme el ojo de encima. Me pongo una camiseta blanca de tirantes y unos shorts tejanos con mis sandalias planas de color blanco. Me cepillo el pelo y dejo mi larga melena rubia suelta, en plan salvaje.

Bajo a la cocina y ya están todos desayunando, vuelvo a ser la última en levantarme. Estoy a punto de dar los buenos días cuando Lety, apuntándome con su dedo índice, me interroga:

–  ¿Qué hiciste anoche?

Miro a Miguel buscando una explicación, pero él se encoge de hombros y ladea la cabeza, no sabe qué le pasa a Lety. Vuelvo la vista hacia Lety y, tras servirme un vaso de zumo de melocotón y beber un trago, le digo con regocijo:

–  ¿Podría la fiscalía decirle al acusado el motivo por el cual se le interroga?

–  ¡No te hagas la tonta! – Me espeta Lety furiosa. – He visto las cervezas en la nevera. ¿Fuiste a ver a Lorenzo y no nos dijiste nada?

–  Estabais ocupados, no queríamos molestar. – Me excuso.

–  ¿Fuiste con Miguel? – Me pregunta sorprendida. – Eso explica su arañazo en el cuello.

–  ¿Qué? – Pregunto aturdida. Me acerco a Miguel y veo un arañazo que va desde su cuello y se pierde en el tejido de su camiseta. Me pongo pálida.

–  No es nada, en el camino de vuelta me arañé con una rama sin darme cuenta. – Dice Miguel.

Pero yo sé que no es verdad, se lo hice yo cuando intentó besarme la segunda vez en la cueva. Intentando recomponerme, me siento en uno de los taburetes y bebo otro trago de mi vaso de zumo.

–  ¿Crees que Lorenzo dejará entrar a Daniel si voy con él? – Me pregunta Lety.

–  Dile que es el hermano de Miguel y seguro que le dejará entrar. – Le respondo. – Por algún extraño motivo, a Lorenzo le cae bien Miguel.

–  ¡Pero si a Lorenzo no le cae bien nadie! – Exclama Lety. – Bueno, tú sí, pero nadie más.

–  Pues parece que Miguel sí. – Le repito.

–  Eso dice ella, pero lo cierto es que me amenazó. – Les cuenta Miguel.

–  Lorenzo ignora a todos mis acompañantes, tú eres el único con el que se ha dignado a dirigir una palabra y te ha regalado cuatro cervezas. – Le digo a Miguel. – Créeme, le caes bien.

–  ¿De qué coño estáis hablando? – Nos pregunta Daniel molesto por no entender nada.

Lety se lo explica todo mientras Miguel y yo nos miramos y evitamos al mismo tiempo. Estoy dando el último trago a mi zumo cuando veo que Lety y Daniel se besan y casi me atraganto. Todos se vuelven a mirarme y, tras volver a respirar con normalidad, le digo a Lety:

–  Es increíble, me has sometido a un tercer grado porque he ido a ver a Lorenzo y tú te estás morreando con Daniel y no me has dicho nada.

Ambos se ponen colorados, creo que ni siquiera se habían dado cuenta que Miguel y yo seguíamos en la cocina con ellos.

–  Yo no quiero saberlo. – Dice Miguel levantándose y saliendo al jardín por la puerta de la cocina con la toalla de la piscina colgada del hombro. – Me voy a dar un baño.

–  ¿Qué le pasa? – Me pregunta Daniel cuando su hermano desaparece. – Lleva rarísimo toda la mañana y cuando le hemos visto el arañazo pensábamos que os habíais peleado, pero cuando has bajado y parecíais normales…

–  Déjalo, Daniel. – Le corta Lety. – Creo que no lo estás arreglando.

–  Vamos a llegar a un acuerdo. – Les digo sin opción a negociación. – Vosotros no os metéis en mis asuntos y yo no me meto en los vuestros. – Les miro esperando a que asientan y, cuando lo hacen, añado con voz más suave: – La nevera del garaje está llena de cervezas de Lorenzo, coged las que queráis, coged el coche e iros a la playa un rato. Nos vemos a la hora de comer.

Ambos desaparecen de mi vista de inmediato y yo salgo al jardín en busca de Miguel, que está nadando en la piscina. Me dirijo hacia él y, cuando llego, Miguel ha salido de la piscina y se está tumbando en la hamaca.

–  ¿Te importa si te acompaño? – Le pregunto con naturalidad.

–  ¿De verdad te fías de mí? – Me pregunta burlonamente. – Después de lo de anoche, creía que hoy me echarías de tu casa nada más despertarte.

–  Fue una noche entretenida, nada más. – Le digo quitándole importancia a lo que ocurrió. – Siento lo del arañazo, no pretendía…

–  No lo sientas, me lo merecí. – Me interrumpe.

–  Miguel, si te cierras en banda no adelantamos nada. – Le digo sentándome en la hamaca de al lado donde él está sentado. – ¿Podemos seguir con la tregua? Discutimos todo el tiempo y eso no lo vamos a poder remediar, pero deberemos tomarnos las discusiones de otra manera. Por ejemplo, cuando te enfadas con tu hermano. – Le digo. – Supongo que discutirás a menudo con él pero luego esas discusiones no quedan en nada, ¿no?

–  ¿Quieres que tengamos una relación de hermanos? – Me pregunta con sarcasmo.

–  En lo que a discusiones se refiere, sí. – Le aseguro. – Si en una semana no somos capaces de superar todo esto, no me infiltraré contigo. Si esto no funciona, no me costará trabajo convencer a Fernando para infiltrarme con otra persona o que lo hagas tú con alguno de tus agentes.

–  ¿Qué me estás queriendo decir?

–  Te digo que, si no somos capaces de convivir en una situación normal y favorecedora, mucho menos vamos a ser capaces de infiltrarnos como una maldita pareja. Y, si es así, no tiene sentido que ambos estemos perdiendo el tiempo.

–  ¡Joder, Silvia! – Exclama. – ¿Te crees que esta situación es fácil para mí? Me estoy volviendo loco, a veces quiero matarte y otras solo besarte. Discutimos y luego nos reímos juntos. Me acabo de enterar de que mi hermano y Lety están juntos. Y, por si fuera poco, ayer me comporté como un ser primitivo contigo, te eché la culpa a ti y encima eres tú la que viene a hablar conmigo porque yo…

Esta vez soy yo quien le calla con un beso. Él se queda quieto, sin saber qué hacer. Despego mis labios de los suyos y, sonriendo burlonamente, le digo:

–  Hablas demasiado, cielo.

Me quito la camiseta y los shorts y, con mi mini bikini sexy, me tiro a la piscina. Sin poder verle, sé que Miguel tiene los ojos clavados en mí. Tras un breve chapuzón, regreso junto a Miguel y me tumbo en la hamaca. Él se ha puesto las gafas de sol, pero su gesto al recolocarse el bañador en la zona de la entrepierna le delata.

–  Si vas a tomarte la libertad de besarme para callarme, yo también haré lo mismo, cielo. – Me dice imitando mi apelativo.

–  Me parece justo. – Le contesto encogiéndome de hombros.

–  ¿Dónde están Daniel y Lety?

–  Tengo una nevera en el garaje llena de cervezas de Lorenzo, les dije que podían coger las que quisieran y que se fueran un rato a la playa. – Le contesto divertida. – Volverán a la hora de comer.

–  ¿Les has echado? – Me pregunta divertido.

–  Les he invitado a irse a dar una vuelta y les he dado todas las comodidades posibles, no se puede decir que los he echado. – Me defiendo. – Además, no me has dejado otra opción, Daniel me ha dicho que estabas muy raro y he tenido que amenazarles para que dejaran de interrogarme.

–  Estaba preocupado, no creía que te lo fueras a tomar tan bien.

–  Estamos juntos en esto, no creo que sea tan difícil tener que soportarnos durante una temporada. – Le digo bromeando. – Deberíamos empezar a organizar la operación, mientras antes empecemos con todo esto, antes acabaremos.

–  Mañana empezaremos, nos merecemos un día para disfrutar de la tregua. – Me dice sonriendo.

Y eso es lo que hacemos. Pasamos el día en la piscina y por la tarde se unen Daniel y Lety, felices tras, por lo que deduzco en sus caras, una dosis de buen sexo. Miguel y yo nos miramos y sonreímos, empezamos a entendernos con la mirada y eso me gusta.

Después de cenar, Lety y Daniel suben a la habitación con algunas cervezas de Lorenzo y Miguel y yo volvemos a sonreír al verles. Nosotros, en lugar de beber cerveza, decidimos salir al jardín y fumarnos unos cigarrillos de hierba de mi pequeña plantación en la villa.