mesabril 2016

Cállame con un beso 2.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Tras pasar la mañana con mi hermano Daniel en el campo de entrenamiento, un terreno de 100 hectáreas de montaña, bosque y río, decidimos regresar a casa y darnos una ducha antes de comer. Mi padre llevaba un par de días muy raro y esta mañana nos ha dicho que tenía planes para comer, que no le esperásemos.

–  ¿Crees que se ha echado novia? – Me pregunta mi hermano Daniel divertido. – La verdad es que no me importaría, pero me resultaría un poco raro. ¿Papá con novia? Siendo tan gruñón como lo eres tú, me cuesta creer que alguien le aguante más de una semana.

–  No seas ridículo, Daniel. Papá está demasiado ocupado para andar ligando a su edad, creo que se trata de algo sobre la agencia y nos lo está tratando de ocultar. – Le contesto. – Aunque todavía no tengo pruebas que lo demuestren.

–  ¿Todavía? – Me pregunta Daniel alzando una ceja. – ¿Qué te traes entre manos?

–  He escuchado a papá hablando por teléfono esta mañana con Aurora. – Le explico. – Le dijo que tenía que ocuparse de un asunto y que estaría en el restaurante del hotel Amanecer si necesitaban localizarle.

–  ¿Y qué piensas hacer? ¿Vas a presentarte allí y ver con quién ha quedado? – Me pregunta mi muerto de la risa. – Papá ya es mayorcito, deja que haga su vida.

Me dirijo a mi habitación sin contestar a mi hermano, si no quiere tener nada que ver con esto, mejor que no sepa nada.

Me doy una ducha y media hora más tarde estoy aparcando el coche en el hotel Amanecer. El coche de mi padre está en el aparcamiento y Thor, el guardaespaldas y sombra de mi padre, está dentro del coche esperándole. Si se tratara de un asunto relacionado con la agencia, Thor estaría con él. ¿Tendrá mi hermano razón y estará con una amante? Decido entrar en el hotel y reservar un par de habitaciones para el sábado por la noche con la excusa de echar un vistazo a través de los cristales del restaurante y poder comprobar con quién está mi padre.

La recepcionista me atiende con una sonrisa en los labios, no es la primera vez que vengo a este hotel y me conoce. Como el hotel está en el centro de la ciudad, a veces mi hermano y yo nos quedamos aquí cuando salimos de fiesta, así no tenemos que ir hasta a casa, que está a las afueras de la ciudad.

–  ¿En qué puedo ayudarle, señor de la Vega? – Me dice la recepcionista con voz dulce. – Si viene buscando a su padre, está en el restaurante con una señorita.

–  ¿Con una señorita? – Le pregunto sorprendido. ¿Sabe usted quién es esa señorita? – Le pregunto mostrando todo mi carisma para engatusarla.

–  No sé su nombre, pero se hospeda aquí con otra chica, que es a nombre de quién reservó la habitación. – Teclea en el ordenador y, tres segundos después, añade: – La reserva está hecha a nombre de la señorita Leticia Vargas, reservaron la suite presidencial y la tienen pagada por dos semanas, aunque han avisado que su estancia se puede prolongar más de lo previsto.

Echo un vistazo a través de los cristales del restaurante y observo a mi padre sentado en una mesa de espaldas a mí y frente a una chica joven de pelo rubio, que parece no estar de acuerdo con lo que sea que le esté diciendo mi padre. ¿Quién se supone que es? Me vuelvo hacia la recepcionista y, tras guiñarle un ojo y sonreírle, le susurro:

–  Preciosa, no le digas a mi padre que he estado aquí y reserva la habitación más cercana a la suite presidencial que tengáis libre. – La recepcionista asiente y me sonríe, no ha sido difícil de convencer.

Salgo del hotel y me dirijo hacia el coche sin que Thor logre verme. Una vez a salvo de ser descubierto, llamo a Pedro, uno de los mejores agentes que tenemos y uno de mis mejores amigos.

–  Pedro, necesito que entres en la base de datos y me digas qué encuentras con el nombre de Leticia Vargas. – Le digo en cuanto descuelga. – ¿Hay algo?

–  Sí, hay algo. – Me responde tras suspirar. – Pero el expediente es confidencial y no tenemos acceso, ¿qué es lo que quieres saber de ella?

–  Lo que sea, pero no preguntes por ahí, necesito que mantengas esto en secreto. Cuando encuentres algo, llámame.

–  Lo haré, pero no creo que pueda encontrar nada, el expediente está totalmente sellado y, por lo que puedo ver, solo dos personas en todo el mundo tienen acceso a él.

–  ¿Puedes averiguar quiénes son esas dos personas?

–  Puedo intentarlo, pero no te prometo nada. – Me advierte. – Nunca he visto un expediente tan sellado como el de la tal Leticia Vargas. Bueno sí, el expediente de Alejandro Torres, el amigo de tu padre, pero ese es el pez más gordo del océano.

–  Llámame cuando tengas algo, Pedro. – Le digo antes de colgar.

Arranco el coche y decido regresar a casa.

 

SILVIA.

Durante el primer plato, Fernando se muestra correcto y educado, preguntando cómo me va la vida, qué tal está mi padre y siendo más cordial de lo necesario. Pero cuando nos traen el segundo plato ya no aguanto más y, mirándole a los ojos, le digo:

–  Supongo que no me has hecho venir aquí para preguntarme cómo me van las cosas, ¿verdad, Fernando?

–  Directa al grano, como siempre. – Me dice Fernando riendo. – Pero tienes razón, no te he hecho venir aquí para preguntarte eso. De hecho, creo que tu padre ya te ha contado algo, ¿no es así?

–  Sí y, para serte sincera, no me ha gustado nada de lo que me ha contado. – Le confieso. – Pero quiero que tú me aclares qué quieres exactamente que haga. Será mejor que empieces por el principio, ¿por qué sospechas que tienes un topo en la agencia?

–  En la última misión, todo salió mal. Parecía que nuestros enemigos iban un paso por delante de nosotros e incluso perdimos a uno de nuestros hombres infiltrados. – Empieza a contarme con la preocupación en el rostro. – La infiltración iba perfectamente, estábamos consiguiendo muy buena información y nadie sospechaba nada, pero de repente lo ejecutaron. Ni siquiera él lo pudo intuir. Todos creen que lo descubrieron y le mataron, pero mi intuición me dice que no había forma de descubrirlo a menos que alguien le delatara.

–  ¿Qué se supone que quieres que haga? – Le pregunto. – ¿De verdad quieres que investigue a tus hombres y a espaldas de tus hijos? Si lo que sospechas es cierto, deberían estar prevenidos.

–  De momento, no quiero meter a mis hijos en esto, al menos hasta que pueda confirmarlo. No merece la pena que les preocupe por algo de lo que no estoy seguro.

–  Fernando, ¿eso es todo? – Le inquiero. Sé que hay algo que me oculta. Él asiente con la cabeza y mi paciencia empieza a agotarse. – Fernando, si estoy aquí es porque tú me lo has pedido, pero si no me lo cuentas todo me temo que voy a ser de poca ayuda.

–  Sabes todo lo que tienes que saber, Silvia.

–  Fernando, voy a hacer esto por el aprecio que te tengo, pero voy a trabajar incómoda. – Le informo. – Investigaré a tus agentes, excepto a tus hijos. Dudo que puedas sospechar de ellos y a mí no me parece correcto investigarles. Si mi padre me hiciera algo así, me pondría furiosa. También necesitaré todos los informes de la misión de la que me has hablado y sobre el agente infiltrado que mataron. Dile a tu secretaria que me los envíe por correo electrónico y los leeré esta tarde. Cuando lo haya leído te llamaré y volveremos a hablar. Entonces decidiremos cómo vamos a llevar todo esto. Si aceptas un consejo, yo pondría al corriente a tus hijos.

–  Cuando hayas leído los informes, lo hablamos de nuevo. – Me dice escurriendo el bulto. – Le diré a Aurora que te envíe todo lo que tenemos relacionado con el caso y esperaré tu llamada.

Después de la comida con Fernando, regreso a la suite del hotel donde Lety sigue tirada en el sofá leyendo una de sus novelas románticas.

–  ¿Qué tal te ha ido? – Me pregunta incorporándose en el sofá.

–  No muy bien, Fernando me oculta información y no me da buena espina. Por si fuera poco, sigue en sus trece de mantener a sus hijos al margen. – Le digo resignada. – Creo que Fernando sabe algo más o sospecha de alguien, pero no quiere decírmelo.

–  A lo mejor quiere una investigación con un punto de vista externo para confirmar sus sospechas y si él sospecha de antemano de alguien, su criterio no sería neutral.

–  No sé, quizás sea eso. – Le digo no muy convencida.

–  ¿Te apetece ir a la playa?

–  Ve tú, yo necesito echarme una siesta, pero después iré a darme un baño.

–  De acuerdo, luego nos vemos. – Me dice dándome un beso en la mejilla antes de salir de la suite.

Me meto en la cama y caigo profundamente dormida.

Cállame con un beso 1.

Cállame con un beso

SILVIA.

Me encanta esta isla. No tengo demasiadas vacaciones, pero cada vez que consigo juntar tres días libres aprovecho para escaparme e ir a Isla del Sol. Es el lugar perfecto para relajarme, ya sea en sus playas vírgenes, paseando por la selva, bañándome en los ríos o en los pequeños lagos subterráneos de las cuevas. Éste es el único lugar en el que me siento en casa.

Después de tomar el sol y darme un chapuzón en las aguas cristalinas de la paradisíaca playa, regreso a la villa donde Marisa, una de las cuidadoras de la casa, me espera nerviosa en el porche, haciéndome aspavientos con los brazos mientras yo aparco en la cochera.

–  ¿Qué ocurre, Marisa? – Le pregunto preocupada mientras me acerco a ella.

–  Señorita Torres, se ha dejado el teléfono móvil aquí y el señor Torres la ha estado llamando y, como no contestaba, ha llamado al teléfono fijo y he contestado…

–  ¿Qué quería, Marisa? – La interrumpo.

Marisa es una buena persona y una excelente ama de llaves de la villa, pero se pone histérica cuando alguien llama preguntando por mí y no me encuentra, sobre todo si el que llama es mi padre.

–  El señor Torres me ha pedido que le dijera que le llamara de inmediato, dice que se trata de algo importante. – Me responde con nerviosismo.

–  Gracias Marisa, ahora mismo le llamaré.

Entro en casa y subo las escaleras para dirigirme a mi habitación. Cojo el móvil que había olvidado sobre una de las mesillas de noche y compruebo las llamadas perdidas: veintitrés en total, dieciséis de mi padre y siete de Alan. Llamo a mi padre de inmediato, si tengo tantas llamadas perdidas en tan poco espacio de tiempo y estando de vacaciones (aunque solo sea una semana), es porque algo no va bien.

–  ¿Qué está pasando? – Le pregunto en cuanto mi padre descuelga el teléfono.

–  Silvia, menos mal que te localizo. – Me espeta aliviado. – Te he llamado un montón de veces, incluso le he pedido a Alan que te llamara por si no querías hablar conmigo…

–  Papá, empiezas a desesperarme como Marisa. – Le interrumpo desesperada. – ¿Se puede saber qué pasa?

–  Sé que estás de vacaciones y que si alguien se las merece esa eres tú, pero necesito que regreses a la ciudad. – Empieza a decirme mi padre. – Fernando necesita que le echemos un cable y tú eres la única capaz de poder ayudarle.

–  Supongo que no piensas decirme nada hasta que regrese, ¿verdad?

–  Lo siento, pero no quiero hablar de ello por teléfono. – Reconoce. – Alan está de camino en el jet y te traerá de vuelta. Te prometo que después de solucionar lo de Fernando te daré los días de vacaciones que quieras y no te molestaré.

–  No importa, papá. – Le contesto honestamente. – Fernando no es de los que piden ayuda a menos que de verdad la necesite. Te dejo, tengo que hacer las maletas.

–  Nos vemos en casa, Sil. – Me despide antes de colgar.

Mi padre vive en una inmensa mansión en Ciudad de Perla y, pese a que yo no paso allí más de un mes al año, mi padre se empeña en recordarme que su casa es mi casa y, en consecuencia, nuestra casa. Es una mansión preciosa, pero ese no es mi sitio, yo prefiero Isla del Sol.

Justo cuando termino de cerrar la última de mis maletas, Marisa aparece en mi habitación y, nerviosa como siempre, logra decirme:

–  Señorita Torres, el señor Vargas acaba de aterrizar con el jet en la pista.

–  Gracias Marisa y, por favor, llámame Silvia. – Le respondo con una sonrisa. – Te he dicho mil veces que no tienes que llamarme señorita Torres, solo Silvia.

–  De acuerdo, señorita Silvia.

–  Está bien, llámame cómo quieras. – Murmuro entre dientes. – Avisa a alguien para que baje mi equipaje y lo lleve al jet, me marcho esta misma tarde.

Marisa asintió y salió de mi habitación dispuesta a hacer lo que le había pedido y sin hacer preguntas, eso es lo que más me gusta de ella, nunca hace preguntas.

Cuando bajo las escaleras me encuentro con Alan en el hall, que me mira burlonamente con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa socarrona.

–  Pequeña, siento arruinarte tus vacaciones, pero he venido a por ti. – Me dice divertido.

Conozco a Alan desde que tengo uso de razón, nos hemos criado juntos y nos queremos como hermanos, de hecho, es el hermano mayor que siempre me hubiera gustado tener. Nos entendemos a la perfección, aunque no siempre estemos de acuerdo en todo. Pero los hermanos también se pelean, ¿no? El padre de Alan era la mano derecha de mi padre y, Alan, igual que yo, fue criado y educado como un agente desde que nació. Sus padres murieron cuando él tenía quince años y mi padre se hizo con su custodia y con la de su hermana Lety, cosa que Alan sigue agradeciendo a día de hoy, trece años después.

–  Supongo que se trata de algo importante, ¿tú sabes algo? – Le pregunto al mismo tiempo que le doy un par de besos en la mejilla y un abrazo a modo de saludo.

–  Tu padre no ha querido darme detalles, solo sé que Fernando de la Vega le ha llamado porque necesita que le ayudemos en algún asunto, pero no sé de qué se trata. – Me responde sin poder esconder su tono de preocupación. – Lo único que puedo decirte es que ha pedido absoluta confidencialidad, por lo que deduzco que se trata de algo bastante delicado.

–  ¿Dónde y cuándo nos espera Fernando? – Pregunto sin demasiado interés.

–  Te espera mañana por la mañana en el aeropuerto de la sede de la Agencia de la Vega en Ciudad del Cielo, pero yo no voy a acompañarte, Fernando ha indicado expresamente que fueras tú la que se reuniera con él. ¿De verdad no sabes nada?

–  Ya te he dicho que no. – Respondo. – Vamos a la cocina a beber algo mientras cargan mi equipaje, estoy sedienta.

–  Sí vamos, yo también necesito beber algo. – Asiente Alan. Una vez en la cocina, saco un par de cervezas de la nevera y Alan me sugiere: – Puedes ir con mi hermana Lety, no creo que Fernando ponga objeción alguna.

–  ¿Es que no quieres venir conmigo? – Le pregunto haciéndome la ofendida.

–  Sabes que me encanta estar contigo, pero tu padre tiene otros planes para mí. – Me contesta divertido. – Te prometo que en cuanto pueda iré a verte. Tenemos que irnos ya, el jet ya estará listo y nosotros no tenemos tiempo que perder.

Tres horas más tarde, aterrizamos en el aeropuerto de Ciudad de Perla. Mi padre nos espera con Darek, su escolta personal y prácticamente su sombra, en un Hummer limusina de color negro.

–  Bonito coche, ¿me dejarás probarlo? – Le pregunto divertida a mi padre.

–  Olvídalo, no pienso dejarte mi coche nuevo. ¿Tengo que recordarte lo que hiciste con el último coche que te dejé?

Todos estallamos en carcajadas, todos excepto mi padre, a quién no le hizo nada de gracia que me cargara su recién estrenado coche de apenas una semana.

Darek conduce el Hummer hasta la enorme mansión de mi padre y yo me mantengo en silencio todo el trayecto hasta que entramos en el hall de la casa.

–  Papá, ¿pasamos a tu despacho?

–  Sí, vamos. – Me responde con voz calmada. Entramos en su despacho y me hace un gesto con la mano para que tome asiento. Le obedezco y espero pacientemente que continúe hablando: – Cómo te he dicho antes, he recibido una llamada de Fernando de la Vega y me ha pedido tu colaboración en un asunto bastante delicado y confidencial. Fernando cree que puede tener un topo en su agencia pero no ha querido alarmar a sus hijos, que están concentrados en una operación importante, así que ni siquiera ellos saben nada acerca de sus sospechas.

–  A ver si lo he entendido. – Le digo resoplando. Esto no va a acabar bien. – Fernando quiere que meta las narices en su agencia, en los expedientes de sus hombres y además quiere que lo haga a espaldas de sus hijos, los cuales no me conocen porque ni siquiera saben que existo. – Le miro desafiante y, sin apartar mis ojos de los suyos, le pregunto: – ¿De verdad crees que es una buena idea? ¿Qué pasará cuando sus hijos se enteren de que, además de que su padre les ha ocultado una seria sospecha que les pone en peligro, también hay una completa desconocida investigando a todos sus hombres y sin que ellos lo sepan ni lo hayan aprobado? ¿Puedes imaginar mi reacción si tú me hicieras lo mismo a mí?

–  Puede que no sea la situación idónea, pero es la que tenemos, Silvia. – Me contesta mi padre ignorando mi pregunta. – Fernando es consciente de que sus hijos se acabarán enterado tarde o temprano y que tendrá un problema con ellos, pero quiere seguir adelante.

–  Será una forma un tanto extraña de conocer a sus hijos. – Le replico. – Espero que luego no me reproches que no sea capaz de llevarme bien con ellos.

Justo cuando estoy a punto de salir del despacho, mi padre me dice:

–  Por cierto, ¿cuándo pensabas decirme que Abel te ha pedido que te cases con él?

–  No pensaba hacerlo. – Le confieso encogiéndome de hombros. – He rechazo su oferta y lo he dejado con él definitivamente.

–  ¿Te pide que te cases con él y le dejas?

–  Papá, le dejé muy claro desde el principio que no quería una relación seria, ambos nos pasamos la vida viajando, apenas nos vemos un par de veces al mes. ¿Qué clase de relación se puede tener con alguien a quién no ves?

–  Si de verdad estuvieras enamorada de él, eso no sería un problema para ti. – Concluye mi padre. – En cualquier caso, me alegro de que le hayas dicho que no a Abel, no es mal tipo, pero es demasiado serio y rígido, tú eres más alegre y espontánea.

Mi padre y yo nos echamos a reír. Abel es un buen tipo, pero como dice mi padre, es demasiado serio y correcto para mí y, si estuviera enamorada, la distancia no sería un problema.

Decido ir a buscar a Lety a su habitación y pedirle que me acompañe a Ciudad del Cielo, así podremos pasar más tiempo juntas y ponernos al día sobre los últimos acontecimientos.

 

Cállame con un beso.

Cállame con un beso

Sílvia Torres apenas lleva un par de días de vacaciones en Isla del Sol cuando su padre decide interrumpir sus más que merecidas vacaciones para que se ocupe de una misión especial. Fernando de la Vega, un buen amigo de la familia Torres, sospecha que hay un topo en su agencia y quiere que Sílvia se ocupe del asunto personalmente. Anhela esas vacaciones, pero Sílvia no pudo negar su ayuda a Fernando.

Tras viajar a Ciudad de Perla para reunirse con su padre y que le explique qué es lo que ocurre, Sílvia decide viajar con su amiga Lety a Ciudad del Cielo para reunirse con Fernando. Aunque no esté en absoluto de acuerdo con lo que Fernando pretende, Sílvia accede a investigar a sus agentes para descubrir al topo.

Miguel, el hijo mayor de Fernando, sabe que su padre les oculta algo. Su hermano Daniel cree que se ha echado novia, pero él sospecha que no tiene nada qué ver con eso… Al menos hasta que le ve comiendo con Sílvia. Miguel conoce a Alejandro Torres, el padre de Sílvia, pero no sabe que tiene una hija. Alejandro ha ocultado la existencia de su hija para protegerla, solo unas pocas personas sabían quién era Sílvia.

La casualidad se encargará de que Sílvia, Miguel, Lety y Daniel se conozcan sin saber quiénes son realmente y, cuando lo descubran, todo se complicará. Por si fuera poco, a Sílvia le asignan un nuevo compañero para llevar a cabo con éxito la misión y para ello deben infiltrarse juntos en la mafia rusa, dónde simularán ser un matrimonio y la realidad se distorsionará…

Si quieres saber más sobre ésta historia, aquí tienes todos los capítulos a tu disposición:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Caprichos del destino 17.

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A las nueve y media, media hora más tarde de lo previsto, llegamos a casa de Ana y Marcos. Y es que la bañera de la suite del hotel nos ha entretenido más de lo que deberíamos. Jason no deja de sonreír y me siento completamente feliz.

Entramos al salón donde todos nos están esperando y la familia de Jason, que son los únicos que no tenían ni idea de mi embarazo, sonríen al vernos llegar cogidos de la mano.

–  ¡Por fin volvéis a estar juntos! – Exclama Helena antes de abrazarnos. Me toca el vientre y nos pregunta alzando una ceja: – ¿Cuándo pensabais decirme que voy a ser abuela?

–  Mamá, hace apenas nueve horas que yo me he enterado. – Le dice Jason dándome un beso en la mejilla. – Mi futura mujer y la madre de mi hijo tiene una peculiar forma de afrontar los hechos, pero estoy seguro de que a partir de ahora lo intentará controlar y me hará partícipe.

–  La próxima vez, evita decir estupideces a la mujer que amas. – Le aconseja su padre. – No siempre se tiene la suerte de tener una segunda oportunidad.

–  Lo cierto es que mi hija es tan cabezota como lo era su madre y dudo mucho que puedas cambiarla, pero me alegro de que tenga a alguien tan paciente y dispuesto como tú. – Le dice mi padre a Jason. – ¿Ya habéis decidido que nombre ponerle al niño?

–  Sí, se va a llamar Jason. – Les digo sonriendo.

–  Cariño, yo solo te he sugerido un nombre, pero puedes ponerle el nombre que quieras y a mí me seguirá sonando perfecto. – Me dice Jason sin dejar de abrazarme y besarme.

–  Quiero que se llame Jason, como tú. – Sentencio.

–  Bueno parejita, me alegro de que al final los dos hayáis terminado entrando en razón porque estabais a punto de volvernos locos. – Bromea Alicia.

–  Por cierto, Jason, ¿te arrepientes de no haber ido ayer a cenar? – Le pregunta Ana con sorna.

–  Me arrepiento totalmente. – Dice Jason riendo. – Y, cómo verás, no hemos faltado a tu fiesta, pero tampoco esperes que nos quedemos hasta tarde. Marcos, podrías haberme dicho algo, ¿no?

–  Ni de coña, aprecio demasiado mi vida como para desobedecer a mi mujer. – Bromea Marcos.

Saludamos a los padres y hermanos de Marcos y Ana y cenamos todos juntos como una gran familia y, en realidad, lo somos.

Pasadas las doce de la noche, Jason ya no puede aguantar más y, sin molestarse en poner ninguna excusa, se despide de todos:

–  La compañía es muy grata pero Sara y yo nos marchamos ya.

–  Papá, quédate en casa a dormir. – Le digo entregándole la llave de mi apartamento. – Jason y yo dormiremos en el hotel esta noche, pero mañana comeremos todos juntos y hablaremos tranquilamente.

–  He invitado a la familia de Jason a comer mañana en mi casa. – Me informa mi padre. – Si vamos a ser familia, tendremos que ir conociéndonos, ¿no?

–  Es una idea estupenda, Vicente. – Dice Jason. – Y no te preocupes, te aseguro que estaremos allí a la hora de comer.

Salimos de casa de Ana y Marcos y regresamos al hotel para celebrar de nuevo nuestro reencuentro. Tras casi tres meses sin Jason, volver a sentirme entre sus brazos es como estar en el paraíso y estoy dispuesta a disfrutarlo.

–  ¿En qué piensas, cariño? – Me pregunta Jason tumbándose en la cama a mi lado.

–  En lo feliz que me siento. – Le respondo.

Jason me sonríe con ternura y me besa dulcemente al mismo tiempo que empieza a desnudarme y yo hago lo mismo con él.

–  Vamos a estar juntos siempre. Te quiero, Sara. – Me dice Jason después de caer rendidos en la cama.

 

FIN

Caprichos del destino 16.

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Me puse en las manos de Ana y organizó mi encuentro con Jason pero para el sábado a mediodía en vez del viernes por la noche, ya que Jason se negó en rotundo a reunirse por trabajo un viernes por la noche y lo suyo le ha costado que accediera a organizarlo un sábado a mediodía cuando tienen la fiesta en casa de Ana y Marcos por la noche. Pero finalmente ha terminado accediendo gracias a que Ana ha metido en el ajo al representante de Jason.

A las doce en punto, entro en el hotel donde Ana ha reservado mesa y habitación y subo directamente a la habitación, una suite de 300 m2. Dejo la pequeña maleta donde llevo ropa interior limpia y un vestido para la fiesta de esta noche en casa de Ana y entro al baño para mirar mi aspecto en el espejo. Puede que la ropa para embarazadas no sea para nada atractiva, pero lo cierto es que me veo guapa, con el rostro iluminado y los ojos brillantes. Me veo feliz, aunque cuando escucho abrirse la puerta de la suite mi seguridad me abandona y las piernas me empiezan a temblar de los nervios. Miro el reloj, las doce y cuarto. Jason no tendría que estar aquí hasta las doce y media, pero ha sido puntual como siempre y ha llegado antes.

–  ¿Hola? ¿Hay alguien aquí? – Le oigo preguntar desde el salón de la suite.

Su voz. Echaba de menos oír su voz. Una descarga eléctrica sacude mi cuerpo y mis piernas empiezan a moverse. Salgo del dormitorio y me encuentro a Jason sentado en uno de los sofás del salón de espaldas a mí. No puede verme, pero detecta mi presencia porque se vuelve de inmediato y se me queda mirando fijamente a la barriga para después mirarme a los ojos y viceversa. Se queda mudo, no dice nada, solo me observa. Camino unos pasos hasta quedarme a escasos dos metros de él y, con un hilo de voz, logro decir:

–  Hola, Jason.

Jason se pone en pie y camina dos pasos para quedarse frente a mí. Continúa observándome y también continúa sin decir nada.

–  ¿Nos sentamos? – Le propongo temerosa.

Jason asiente con la cabeza y, sin dejar de mirarme, se sienta en el mismo sitio donde antes estaba sentado, sin decir nada. Sus ojos no se apartan de mis ojos salvo para echar una rápida mirada a mi vientre y, tras un par de minutos en absoluto silencio, le oigo decir:

–  Estás embarazada. – Asiento con la cabeza y cubro mi vientre con las manos. – ¿Puedo preguntarte de cuánto tiempo estás?

–  De veintitrés semanas, casi seis meses. – Le respondo sin perder detalle de su cara, que hasta ahora solo muestra sorpresa.

–  ¿Seis meses? ¿Sabes que voy a ser padre desde hace seis meses y me lo dices ahora? – Me pregunta, y esta vez puedo ver la decepción en su rostro. – Puedo entender que dejaras que creyera que estabas saliendo con Raúl para alejarme del peligro, aunque no lo comparta en absoluto. Pero, ¿por qué querías ocultarme algo así, Sara? ¿No quieres que tu hijo tenga un padre como yo?

Eso era lo último que me esperaba oír y lo máximo que puedo llegar a soportar. Las lágrimas empiezan a rodar por mis mejillas pero logro armarme de valor y hablo, decidida a recuperar a la persona que amo:

–  Soy una idiota, Jason. Estaba preocupada por lo que pudiera pasar y decidida a explicártelo pero cuando llegaste a casa de Raúl y pensaste que estábamos juntos se me ocurrió que alejarte de mi lado era lo mejor para mantenerte a salvo. Después entraron en casa de Raúl y me llevaron al hospital donde me dijeron que estaba embarazada de tres meses. Ni siquiera me di cuenta de que no me venía la regla en tres meses. Me acordé de lo que me dijiste y le oculté a todo el mundo que estaba embarazada, a todos menos a Raúl, que se enteró en el mismo momento que yo. Mi padre fue la segunda persona a la que se lo conté y, aunque el hombre intentó hacerme entrar en razón y trató de convencerme para que te llamara, no le hice caso. Dos semanas más tarde vino Ana a verme y cuando la vi supe que no iba a poder ocultar mi estado durante mucho más tiempo, así que reuní a mis amigos, les dije que estaba embarazada y me fui un par de meses a Salou porque necesitaba desconectar y terminar de asimilar mi embarazo.

–  Ana y Marcos también saben que estás embarazada, ¿verdad? – Me pregunta molesto. Asiento con la cabeza y, tras darle un puñetazo a la mesa, se levanta y me espeta: – ¿Lo sabía todo el mundo menos yo, que soy el padre de ese bebé? ¿Por qué, Sara?

–  Me encontré con Ana y Marcos el martes en la consulta del médico y me vieron. – Hice una señal en dirección a mi barriga y añado: – Esto no se puede ocultar.

–  Y por eso estás aquí, porque preferiste decírmelo tú a que lo hiciera Ana o Marcos. Es todo un detalle de tu parte. – Me reprocha. – ¿Me lo hubieras dicho si no te hubieras encontrado a Ana y Marcos en la consulta?

–  No, no creo. – Confieso. – Este bebé es mío, Jason. No voy a permitir que me lo quites.

–  ¿Qué? ¡Claro que no te lo voy a quitar! – Me espeta ofendido. – Joder, si te dije todo eso era porque estaba furioso, creía que te estabas acostando con Raúl. – Se acerca a mí lentamente y me besa con suavidad en los labios: – Te amo, Sara. Me he vuelto loco sin ti y no tienes que preocuparte porque te quite a nuestro hijo porque no pienso separarme de ti, no pienso separarme de ninguno de los dos.

–  A pesar de todo lo que te he hecho, ¿me sigues queriendo?

–  No me has hecho nada, simplemente no hemos sabido llevar las cosas bien ninguno de los dos pero a partir de ahora va a ir todo bien porque no va a haber secretos entre nosotros, ¿de acuerdo? – Asiento con la cabeza mientras las lágrimas inundan mis ojos y Jason me vuelve a besar. – Ya verás lo contenta que se va a poner mi madre cuando se entere que va a ser abuela.

–  Ana nos ha invitado a todos a cenar, quiere que celebremos tu victoria todos juntos en su casa.

–  Pobre Ana. Quería organizar todo esto para ayer por la noche y yo la obligué a retrasarlo para hoy y eso que me advirtió que me iba a arrepentir y que ni pensara en faltar a su fiesta, ahora lo entiendo. – Me dice riendo como un niño. – Espero que se le vaya el enfado cuando me vea pegado a ti esta noche.

–  Te he echado de menos, Jason.

–  Y yo a ti, preciosa. Y yo a ti. – Me abraza y me besa de nuevo en los labios, un beso suave y dulce pero apasionado y prometedor. Me acaricia el abultado vientre y me pregunta: – ¿Sabes si nuestro bebé es niño o niña?

–  Sí, me lo dijeron el martes. – Le digo sonriendo. – Es un niño y seguro que será igual de guapo que su padre.

–  ¡Un niño! – Exclama encantado. – Y, ¿qué nombre quieres ponerle?

–  Aún no lo he pensado. – Contesto divertida, contagiada por su euforia y su buen humor. – ¿Qué nombre te gustaría ponerle?

–  ¿Qué te parece Jason Junior? Podemos llamarle Junior o JJ.

–  Me encanta, pero JJ no. – Le digo sin poder dejar de reír.

Jason me besa al mismo tiempo que me coloca en su regazo y empieza a acariciarme, excitándose y excitándome.

–  Cariño, estás preciosa. El embarazo te está sentando muy bien. – Desliza sus labios de mi mentón hacia abajo, pasando por mi cuello para seguir por la clavícula y llegar al hombro. – Quiero verte desnuda, mi amor. Quiero besar cada centímetro de tu piel.

–  Si le hubieras hecho caso a Ana, ahora tendríamos toda la noche para nosotros solos. – Le digo bromeando. – Tenemos reservada una mesa en el restaurante del hotel a las 14:30 horas, así que tienes una hora y media para hacer conmigo lo que quieras. Después bajaremos a comer y nos prepararemos para la fiesta de esta noche, así que emplea bien tu tiempo.

–  La voy a emplear muy bien pero creo que podemos encontrar un hueco después de comer y antes de irnos a la fiesta. De hecho, creo que me va a costar quitarte las manos de encima en el restaurante.

–  En el baño hay una enorme bañera donde cabemos los dos perfectamente. – Le digo con picardía al mismo tiempo que acaricio su cuello con mis labios. – No pienso ir a esa fiesta si antes no he estado contigo en esa bañera, pero la comida es sagrada, estoy hambrienta.

–  ¡Eres tremenda! – Me replica bromeando.

Jason me lleva en brazos a la habitación y allí me desnuda con delicadeza. Observa cada milímetro de piel comparando el cambio de mi cuerpo. Me acaricia el vientre y me besa en el ombligo.

–  Cariño, me muero por estar dentro de ti pero no sé si en tu estado podemos…

–  ¡No digas tonterías! – Le digo riendo. – No pasa nada, el bebé está en el útero y tú entrarás en la vagina, pero te aseguro que nada de lo que hay aquí dentro tiene que ver con lo que había la última vez que estuviste aquí.

–  Oh, cielo. Deja de provocarme.

Y, sin más espera, Jason me tumba en la cama, me abre las piernas y empieza a lamer mi clítoris, mordisqueándolo y presionándolo con su lengua al mismo tiempo que presiona mis pezones con la yema de los dedos.

–  Jason, te quiero dentro. – Le suplico cuando estoy a punto de correrme.

–  Tus deseos son órdenes para mí, cariño. – Me contesta antes de penetrarme con suavidad, lenta y dulcemente. – Estás más estrecha, cariño.

–  Más.

–  Como desees.

Y como si de un baile se tratara, nuestros cuerpos se unen de nuevo haciéndonos gozar pero, sobre todo, haciéndonos felices.

Caprichos del destino 15.

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Tras pasar dos meses en Salou recibiendo la visita de mi padre y mis amigos todos los sábados, decido regresar a casa. Mi embarazo va genial y mi barriga, a pesar de estar embarazada de cinco meses y medio, es enorme. Por suerte, la barriga y los pechos es lo único que me he engordado. En la sala de espera de la consulta del ginecólogo, empiezo a pensar en lo que ha sido de mi vida estos últimos meses.

En estos dos meses he sufrido con cada una de las carreras que he visto a Jason. He visto accidentes que me han cortado la respiración y, a pesar de no quedar primero en algunas carreras, logró subir al podio y quedar primero en el campeonato, seguido de Marcos y en tercer lugar Bjorn Wolf. En la carrera del Gran Premio de la India, me vi obligada a llamar a Ana para rogarle que hiciera entrar en razón a Jason y que dejara de jugarse la vida, pero Ana me dijo que ella, Marcos y el equipo entero lo intentaban constantemente sin ningún tipo de éxito.

Desde la visita de Ana a mi apartamento, Jason no ha vuelto a intentar ponerse en contacto conmigo. Cuando lo vi aparecer en las noticias recogiendo el premio de pilotos y se lo dedicó a su familia y a una tal Rachel me entraron ganas de tirar un jarrón contra la televisión, pero en lugar de eso respiré hondo, bebí un vaso de agua y me eché a llorar con desconsuelo.

Echo de menos a Jason. Sigo pasando las noches llorando en mi habitación hasta que consigo quedarme dormida, me despierto con ojeras y los ojos hinchados, sonrío para aparentar que estoy bien cuando en realidad estoy fatal. Lo único que me hace feliz es pensar en el pequeño bebé que está creciendo en dentro de mí.

–  No estés nerviosa, seguro que todo está bien. – Me dice mi padre colocando su brazo sobre mis hombros para estrecharme contra él.

Le sonrío solo para que se relaje, pues parece estar más nervioso que yo. La puerta de la consulta se abre y de ella salen Ana y Marcos, seguidos por el doctor. Me quedo completamente paralizada y ellos actúan del mismo modo al verme. El doctor, que se percata de nuestro comportamiento, decide mediar entre nosotros:

–  Señorita Moreno, es su turno. – Como yo no hago la menor intención de moverme, el doctor continúa hablando pero esta vez, le pregunta a Ana: – ¿Se conocen?

–  Sí, somos amigas. – Contesta Ana sin dejar de mirar mi barriga. Instintivamente, me llevo las manos a la barriga para proteger a mi bebé de cualquier cosa. – Ahora entiendo lo que decía Alicia de que Jason lo había arruinado todo al abrir su bocaza.

–  Señorita Moreno, pasemos a la consulta. – Interviene de nuevo el doctor, mirando su carísimo reloj de pulsera. – Esperemos que esta vez el bebé nos deje ver su sexo.

–  Esperaremos fuera. – Logra decir Ana.

Se lo van a decir a Jason, se lo van a decir y él y me va a quitar a mi bebé. Mi cabeza no deja de dar vueltas hasta que el doctor me realiza la ecografía y puedo escuchar los latidos tremendamente rápidos del bebé. Incluso puedo ver con total claridad su cabeza, con su naricita, los brazos y las piernas, los dedos de las manos y los pies y…

–  ¿Qué es eso?  – Pregunto señalando la pantalla.

–  Eso es el sexo de su bebé, señorita Moreno. – Me dice el doctor. – Su bebé es un niño, ya puede ir pensando qué nombre le va a poner.

Un nombre. Ni siquiera había pensado en uno.

–  ¡Un niño! ¿Estás contenta, hija? ¡Un niño! – Grita mi padre eufórico.

Asiento con la cabeza, es lo único que puedo hacer. El doctor revisa todos y cada uno de los parámetros del estado del bebé y concluye que todo está perfectamente.

Cuando salgo de la consulta acompañada de mi padre, Ana y Marcos continúan en la sala de espera y se levantan en cuanto nos ven salir.

–  Sara, ¿podemos hablar un momento? – Me pregunta Ana.

–  No creo que sea un buen momento… – Empiezo a decir, pero mi padre me interrumpe.

–  Hija, ves a tomarte un refresco con tu amiga mientras yo aprovecho para pedir todas estas citas que te ha dado el médico. – Se vuelve hacia Marcos y le dice: – ¿Marcos, me acompañas? Tú ya debes de estar bien informado sobre todo esto y tu ayuda me vendría muy bien.

Sin dudarlo un instante, Marcos acompaña a mi padre a donde quiera que vaya por el hospital mientras yo decido seguir a Ana que me coge del brazo con suavidad y me acompaña a la cafetería del hospital. Una vez nos sentamos en una de las mesas con los refrescos en la mano, es Ana quien decide hablar primero:

–  ¿De cuánto tiempo estás?

–  De cinco meses y medio. – Le respondo.

–  Y, ¿cuándo piensas decírselo a Jason?

–  No tengo pensado decírselo.

–  Puede que tú no se lo digas, pero puedo asegurarte que Marcos sí lo va a hacer. – Me dice Ana para avisarme. – Yo he podido convencerle para que te dé algo de tiempo y se lo digas tú, pero no creo que te dé más de un día.

–  Ni siquiera sabéis de quién es este niño. – Le espeto molesta.

–  Sara, quizás puedas engañar a Jason diciéndole que estás con otro, pero a mí no me engañas. Veo en tus ojos el dolor y sé que le echas de menos casi tanto como él te echa de menos a ti. – Me dice Ana empezando a desesperarse. – Se pasa el día de mal humor, se ha jugado la vida en las últimas carreras, no tiene interés por nada ni por nadie. Sus días libres los pasa en el jardín de su casa en Londres emborrachándose. No es justo Sara, él no hizo nada malo y tú lo separaste de tu vida.

–  Solo quería que no estuviera en peligro, quería protegerle. – Susurro con un hijo de voz mientras las lágrimas empiezan a llegar a mis ojos.

–  Lo hiciste para protegerlo, pero deberías haber dejado que él tomara esa decisión. ¿No pensaste que quizás y a pesar del peligro él quisiera quedarse a tu lado? – Me pregunta Ana pero sin esperar respuesta alguna continúa hablando. – Jason me contó todo lo que te dijo y debo decirte que no está para nada orgulloso de todo eso, sobre todo después de saber el verdadero motivo por el que lo hiciste. Jason nunca te quitaría a tu hijo. De hecho, estoy segura de que si le llamas y le pides que venga lo tendrás aquí en menos de veinticuatro horas. Jason te adora y, aun creyendo que le habías sido infiel, seguía adorándote.

–  Ana yo… Lo siento. – Es lo único que puedo decir. – Puede que no hiciera las cosas bien, pero solo quería lo mejor para todos y así lo sigo queriendo, por eso es mejor que Jason no sepa nada de esto, él ya está rehaciendo su vida y…

–  ¿Rehaciendo su vida? – Me interrumpe Ana. – ¿A qué le llamas tú rehacer su vida?

–  A esa morena que se llama Rachel a la cual fue a abrazar nada más bajar del podio y a la que le dedicó el premio en Brasil hace escasos dos días.

Ana estalla en carcajadas hasta que, pasados unos segundos, se percata de que a mí no me hace ninguna gracia y deja de reír para, con tono suave pero divertido, aclararme:

–  Rachel es la prima de Jason, siempre se han llevado muy bien y, como Jason no estaba pasando por un buen momento, decidió acompañarlo.

–  Entonces, ¿no está con nadie?

–  No, de momento no. Pero es un hombre muy cotizado entre las mujeres y no va a estar esperándote eternamente, Sara. Si de verdad le quieres, ve a por él.

–  No sé si es una buena idea. – Opino.

–  El sábado organizaremos una pequeña fiesta en mi casa para celebrar la victoria de Jason y el segundo puesto de Marcos. Será algo íntimo, nuestras familias y la familia de Jason. Queríamos invitaros pero Jason se negó porque no quiere que nada le recuerde a ti.

–  No creo que ese sea el mejor momento para encontrarme con Jason. – Lo descarto de inmediato.

–  No, debéis arreglar las cosas antes. ¿Qué te parece una cena el viernes por la noche? Yo me encargo de todo, tú solo tienes que estar preparada a la hora que yo te diga en el restaurante que yo te diga.

–  Ana, no creo que forzar las cosas sea lo mejor…

–  Cómo quieras. – Me dice maliciosamente. – Estoy segura que a Jason le encantará saber que va a ser padre de la boca de Marcos en vez de la tuya.

–  De acuerdo, haz lo que quieras. – Acepto finalmente. – Supongo que ya no puedo perder nada más por intentarlo.

Me aprieto el vientre con fuerza, no dejaré que nadie haga daño a mi bebé, pero Raúl tiene razón, no puedo quitarle el derecho a mi hijo de tener un padre ni tampoco puedo ocultárselo a Jason, no es justo.

–  Tranquila, ese bebé crecerá con un padre y una madre, ambos unidos y felices. – Me anima Ana.

Caprichos del destino 14.

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Cuando el doctor me dio el alta dos días después, decidí regresar a mi casa. Raúl se quedó en casa conmigo ya que no podía regresar a su casa hasta que la reparasen y tampoco quería dejarme sola. Durante toda la semana los periodistas no dejaban de llamar al teléfono fijo y lo desconecté. Por supuesto, tampoco me arriesgué a conectar mi móvil, demasiadas cosas tenía ya en la cabeza.

Como la noticia se extendió por todos los medios de comunicación, mi cara salió en todos los programas de televisión, en las noticias, periódicos y revistas, relacionándome también con Jason.

Pasé dos semanas sin apenas salir de casa, pues los periodistas siempre estaban en la puerta del edificio, esperándome. Mi padre pasaba los fines de semana en mi casa, preocupado porque me oía llorar todas las noches que se quedaba, hasta que una noche entró en mi habitación y le conté que estaba embarazada. Lejos de disgustarse, mi padre se alegró de mi embarazo y me aconsejó que hablara con Jason y le explicara todo para arreglar las cosas, pero me negué.

Ana, que también me había visto en las noticias, supongo que avisada por el responsable de prensa de King Race, llamó a Alice y, cuando le dijo que estaba en mi apartamento, Ana decidió venir a verme sin avisar ya que no respondía a ninguna de sus llamadas ni mensajes. Abrí la puerta cuando llamaron al timbre y me encontré con ella. Por suerte, llevaba ropa holgada y mi barriga que ya empezaba a abultarse con tres meses y medio de embarazo quedaba oculta bajo mi ancha camisa.

–  ¡Sara, por fin te encuentro! – Me dijo Ana nada más verme y me abrazó. Su barriga era completamente redonda y tersa, una barriga perfecta de una embarazada de cinco meses y medio. – Siento todo lo que ha pasado, Alicia ya me ha puesto al corriente de todo. – Ana se queda callada al ver aparecer a mi espalda a Raúl.

–  ¿Va todo bien? – Me pregunta Raúl. Asiento con la cabeza y añade: – Me alegro de verte, Ana. Voy a aprovechar que estás aquí para salir a hacer unos recados, así Sara no se quedará sola.

Dicho esto, Raúl se marcha y yo invito a Ana a pasar al salón y le ofrezco una bebida. Ana me observa sin decir nada hasta que me siento junto a ella en el sofá.

–  Alicia me ha dicho que no estás ni has estado nunca con Raúl, que dejaste que Jason lo creyera para protegerle. Lo que no entiendo es porque no le has dicho nada, esos tipos llevan más de dos semanas entre rejas, ya no hay peligro y podéis seguir con la relación.

–  Ana, te agradezco que hayas venido y tu buena intención, pero no quiero hablar de Jason. – Le ruego con un hilo de voz. – Cuéntame mejor cómo llevas tu embarazo, ¿sabes si es niño o niña?

–  ¡Sí! ¡Es una niña! Aunque aún no nos hemos puesto de acuerdo a la hora de escoger un nombre, pero todavía tenemos tiempo.

Ana y yo charlamos de todo menos de Jason. Sé que Jason ha tratado de llamarme en varias ocasiones, incluso les ha dado mensajes a Esther y a Aitor para que intenten convencerme de que lo llame, pero me he negado a escuchar nada que tenga que ver con Jason.

En cuanto Ana se marcha, me doy cuenta que necesito cambiar de aires y decido irme una temporada a Salou, donde David tiene un apartamento y me ha invitado a ir. Como él trabaja, estaré sola y podré desconectar de todo y de todos.

Hasta ahora, los únicos que saben que estoy embarazada son mi padre y Raúl, pero como pronto ya no lo voy a poder ocultar, decido reunir a todos mis amigos y darles la noticia.

Después de comer, saco una botella de champagne y Aitor, al que no se le escapa una, me pregunta:

–  ¿Qué celebramos?

–  Algo muy importante, así que prestad atención. – Le respondo sonriendo. – Como todos sabéis, estos últimos meses han sido complicados para mí, he estado estresada y con mil cosas en la cabeza y eso sumado a lo despistada que soy… En fin, que mi vida ha sido un caos. Cuando me desperté en el hospital, el doctor me dio una noticia que, tal y cómo me encontraba entonces, me afectó. No sabía cómo asimilarla y guardé silencio, pero ahora ya lo he asimilado, lo he aceptado y estoy muy ilusionada, así que quiero compartir mi pequeña felicidad con vosotros. – Me llevo las manos a la barriga y me ajusto la camisa al abdomen para dejar ver mi pequeña barriga abultada. – Estoy embarazada.

–  ¿Qué? – Preguntaron todos al unísono, todos excepto Raúl que, conocedor de la noticia desde el primer día, me sonríe para darme ánimos.

–  Pero… ¿Cómo…? – Empieza a preguntar Esther.

–  Hermanita, el cómo es evidente. – La interrumpe Raúl.

–  ¿De cuánto estás? – Me pregunta Alicia.

–  Estoy de tres meses y medio. – Respondo.

–  Y, ¿tú estás bien? – Me pregunta Aitor.

–  Si te soy sincera, no sé cómo estoy, pero si de algo estoy segura es de que quiero a este bebé. – Le contesto. – Aunque este bebé no haya sido buscado, sí es un bebé deseado.

–  ¿Lo sabe Jason? – Me pregunta Alicia.

–  Es evidente que no y así debe seguir siendo. – Le increpo.

–  Sara, deberías hablar con él. – Me sugiere Raúl. – Es el padre y tiene derecho a saberlo.

–  No me puedo creer que me digas eso, tú escuchaste lo que me dijo. – Le espeto furiosa. – ¿Quieres que me quite a mi bebé?

–  ¿De qué estás hablando? – Pregunta Alicia con la boca abierta.

–  Jason pensó que Sara estaba conmigo y se puso furioso, así que empezó a decir cosas fuera de lugar para hacer daño a Sara igual que él creía que ella le había hecho y le dijo que si hubieran tenido hijos se los hubiera quitado y nunca se los dejaría ver, por eso Sara no quiere que Jason sepa que está embarazada, por si cumple con su amenaza. – Les explica Raúl.

–  Pero eso es una tontería, ¡Jason jamás te quitará a su hijo! – Exclama Alicia.

–  No pienso arriesgarme, Alicia. – Le digo con severidad. – Y espero que vosotros tampoco le digáis nada.

–  Todos respetamos tu opinión, pero eso no significa que la compartamos. – Me dice Raúl.

–  Me voy a marchar una temporada. – Dejo caer como una bomba. – Necesito cambiar de aires y me voy a ir unas semanas a Salou, al apartamento de David.

–  ¿Te vas con él? – Me pregunta Víctor, que hasta ahora había estado callado.

–  No, David trabaja y quiero estar sola. – Les aclaro.

–  ¿Te vas a ir sola? ¿Cuánto tiempo? – Me pregunta Esther preocupada.

–  No te preocupes, estaré bien. – La tranquilizo. – Será un mes, un par de meses como mucho, te lo prometo.

–  ¿Podremos ir a verte? – Me pregunta Alicia.

–  Si os vais a quedar más tranquilos, os invito los sábados a comer, aunque os advierto que mi padre también estará allí los sábados. – Les digo riendo. – Me ha obligado a instaurar un día de visita a la semana.

Como bien me había dicho Raúl, todos respetan mi decisión, aunque ninguno de ellos la comparta. A pesar de que todos quieren que hable con Jason, ninguno lo vuelve a mencionar.

Cita 15.

“La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos.”

Pablo Neruda. 

Caprichos del destino 13.

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Dos semanas después del encuentro con Nelson Figueroa, todo sigue igual. Sigo viviendo en casa de Raúl, el cual no sé ni cómo me soporta porque mi humor es nefasto, los agentes siguen custodiando mi seguridad y mi móvil sigue desconectado.

Ana llamó a Alicia la misma noche que Jason vino a verme a casa de Raúl y rompimos y Alicia y Aitor, que no tenían ni idea de lo que estaba pasando, vinieron rápidamente a casa de Raúl para aclarar lo que ocurría. Tuve que explicarles todo lo que había pasado y, lo que más me costó, convencer a Alicia para que no le dijera ni una palabra a Ana.

Alicia no le dijo todo lo que estaba ocurriendo a Ana, pero sí le dijo que necesitaba tiempo y que a veces las apariencias engañan. Ana. La echaba de menos. Ya había superado la mitad de su embarazo y la barriga le debía haber crecido mucho desde la última vez que la vi.

Como todos los domingos que había Fórmula 1, veo el gran premio de Singapur con Raúl, Aitor, Víctor, Alicia y Esther en casa de Raúl, aunque esta iba a ser la primera carrera que veía desde que Jason ya no era mi novio. Había apagado mi móvil y había evitado preguntar a Alicia por Ana, Marcos y Jason. Mis amigos también evitaban el tema, era como un tabú entre nosotros y yo se lo agradecía. Había levantado un muro a mi alrededor y no hablaba ni mostraba mis sentimientos, excepto por la noche cuando me quedaba a solas en mi habitación y lloraba hasta que me quedaba dormida.

Llamaba a mi padre cada dos días y le decía que estaba bien. Le di la excusa de que me había tomado unos días de vacaciones porque necesitaba desconectar y que tendría el móvil apagado. Me costó convencerle de que me encontraba bien y no pasaba nada, por suerte Raúl me echó una mano y habló con él, convenciéndole de que todo estaba bien.

Nos acomodamos en el salón para ver la carrera y, durante la hora y media que dura, lo único que soy capaz de hacer es mirar la televisión y abrazarme con fuerza a un cojín. Jason se la juega en cada vuelta, en cada curva. Las palabras del locutor que narra la carrera atraviesan mi mente una y otra vez:

–  Jason Muller se ha vuelto loco. – Empieza a comentar el locutor. – Hemos escuchado incluso como los técnicos de su equipo le han pedido que baje la agresividad pero la respuesta del piloto ha sido, literalmente, “dejadme que yo sé lo que hago”. No sé qué le ha pasado desde Italia, pero está claro que el piloto no es el mismo…

Cierro los ojos cuando veo a Jason salirse en una curva y, tras hacer un trompo, continua en la carrera. Raúl se percata de mi estado y me aprieta la mano dándome a entender que está a mi lado.

Cuando la carrera por fin termina, mi cara es un poema. Jason se ha vuelto loco, no hay otra explicación. Raúl coge el mando con la intención de apagar el televisor pero le sujeto del brazo para impedirlo.

–  Quiero escuchar la rueda de prensa. – Le digo sin apartar la vista de la televisión.

Raúl tuerce el gesto pero finalmente me complace. Jason ha quedado primero, lo veo subir al podio y en su rostro veo la frialdad de sus ojos y la tensión en sus músculos. Marcos le dice algo al oído y, a juzgar por la cara de ambos, no es nada bueno. Cuando la rueda de prensa empieza, Jason responde a todas las preguntas que le hacen con monosílabos y, si hacen referencia a su conducción agresiva, se limita a responder que está en una competición y no de paseo por un circuito.

Nadie se atreve a decir nada, ni siquiera yo soy capaz de abrir la boca. Finalmente, Raúl decide apagar la televisión y nos sirve unas copas.

A las ocho de la tarde, todos se marchan a sus casas, pues mañana es lunes y trabajan. Raúl y yo, que no trabajamos mañana, pedimos comida china a domicilio y, como necesito cambiar mi estado de ánimo, le pido que abra una botella de vino.

–  ¿Quieres emborracharte? – Me pregunta bromeando.

–  Sí, ¿tienes algún problema si me emborracho? – Le respondo con resignación.

–  Teniendo en cuenta lo que ha pasado hoy, creo que hasta yo me voy a emborrachar. – Me dice dándome una copa de vino. – ¿Quieres un consejo?

–  No, no quiero ningún consejo. – Protesto. – Solo quiero que esta pesadilla termine y poder volver a mi vida cuanto antes. Es como no estar viviendo la realidad.

–  Cielo, deberías llamarle y aclarar todo esto. – Me sugiere Raúl. – Tú estás mal, él está mal. ¿Qué se supone que estáis haciendo?

No me da tiempo a replicar, de repente se empiezan a oír disparos y las ventanas empiezan a hacerse añicos. Los cuatro agentes que se encuentran en la casa (dos en el interior y dos en el jardín) nos tiran al suelo detrás del sofá para protegernos y empiezan a responder con sus pistolas mientras yo me abrazo a Raúl y ni siquiera puedo abrir la boca de los nervios. La cabeza me da vueltas, solo veo destellos de luz y oigo disparos y cristales estallando en mil pedazos. De repente, siento un tirón en el brazo y un ardor desgarrador seguido de un profundo dolor que me hace gritar. Raúl me mira fijamente a los ojos y baja su mirada hasta mi brazo izquierdo donde yo he llevado mi mano derecha y su rostro palidece. Bajo la mirada y veo que tengo el brazo cubierto de sangre. Todo a mi alrededor empieza a dar vueltas con rapidez hasta que todo se vuelve oscuro.

Me despierto al oír a alguien hablar. Abro los ojos y observo la habitación inmaculadamente blanca, una habitación en la que yo no he estado nunca. Intento moverme pero me duele todo el cuerpo y se me escapa un leve gemido de dolor que llama la atención de las dos figuras que hay al fondo de la habitación.

–  ¡Sara! – Escucho la voz de Raúl y sonrío. Camina hasta a mí y me besa el dorso de la mano. – Por fin te despiertas.

–  ¿Dónde estoy? – Pregunto.

–  Estás en el hospital, anoche entraron en casa los hombres de Figueroa, pero ya los han detenido a todos, incluidos el juez y el fiscal, y han pasado a disposición judicial sin fianza. – Me explica Raúl.

–  Hola Sara, soy el doctor Ruiz. Has pasado la noche en observación, aunque has estado dormida debido a la medicación y los sedantes. Una de las balas te rozó el brazo, por eso lo tienes vendado. Te hemos limpiado y cosido la herida. – Hace una pausa y añade: – También te hemos hecho una ecografía y analíticas de sangre, puedes estar tranquila, el bebé está estupendamente.

–  ¿El bebé? – Pregunto sorprendida.

–  ¿No sabías que estás embarazada? – Me pregunta el doctor.

–  Oh, no. – Balbuceo. – Pero… ¿De cuánto tiempo estoy embarazada?

–  De unas doce semanas, tres meses más o menos. – Me dice el doctor. – Voy a hacerte un chequeo, solo voy a mirarte las pupilas y los reflejos para confirmar que todo está bien. Después avisaré al director de ginecología del hospital para que venga a revisarte y pueda informarte con más exactitud sobre tu embarazo.

Mi embarazo. Miro a Raúl horrorizada pero él se limita a cogerme la mano y apretarla, es su señal para hacerme notar que está a mi lado y que me apoya. Tres meses. Tres meses de embarazo.

–  ¿Recuerdas cuándo tuviste el último periodo menstrual? – Me pregunta el doctor mientras me examina las pupilas con su linterna.

Intento recordar cuándo fue la última vez que me vino la regla y me es imposible. No he tenido la regla desde que regresé de vacaciones, tampoco la tuve durante las vacaciones y antes… Creo recordar que la tuve poco antes de viajar a Inglaterra cuando Jason competía en el gran premio de Gran Bretaña y eso fue a finales de junio y estamos a finales de septiembre.

–  Oh, Dios. Fue antes de ir a Inglaterra, a finales de junio. – Digo a nadie en particular. – Han pasado tres meses, ¿cómo no he podido darme cuenta?

–  Tranquila, has estado muy estresada con todo lo que ha pasado. – Intenta calmarme Raúl. – Acabo de llamar a tu padre y a mi hermana para explicarles lo que ha pasado, pues la noticia ha salido en todos los canales de televisión, así que he tenido que tranquilizarlos pero aun y así no tardarán en llegar.

Sé perfectamente lo que Raúl ha querido decir y, sin perder más tiempo, le pido al doctor:

–  Doctor, acabo de enterarme de que estoy embarazada y no quiero tener que dar explicaciones a nadie cuando ni siquiera yo he asimilado la noticia. ¿Cree que habrá algún problema si les pido discreción con este asunto?

–  Por supuesto, cuenta con nuestra confidencialidad. – Me responde. – Le pediré al personal sanitario que se abstenga de hablar de su diagnóstico con nadie que no sea directamente usted.

–  Se lo agradezco. – Le digo antes de que se marche en busca del director de ginecología. Una vez me quedo a solas con Raúl, le miro a los ojos y le digo: – No sé qué voy a hacer, ni siquiera termino de creerme lo que me ha dicho el doctor, pero si hay algo que sé es que no quiero tener que hablar de esto con nadie, al menos no por ahora.

–  Tranquila, seré una tumba. – Me dice con una sonrisa. – Pero deberías ir pensando cómo se lo vas a decir a Jason, no es algo que se pueda decir por teléfono.

–  No se lo voy a decir. – Le respondo con rotundidad.

La última vez que vi y hablé con Jason me dejó muy claro que si hubiese tenido hijos conmigo me los quitaría, no pienso correr ese riesgo. Puede que no haya buscado a este bebé, pero es mi bebé y pienso defenderlo con uñas y dientes.

Caprichos del destino 12.

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Después de haberme pasado la noche llorando en el sofá del salón de casa de Raúl, con él consolándome pacientemente y abrazándome para intentar hacerme sentir mejor, de pasar la mañana durmiendo sin saber cómo he llegado hasta la cama, Raúl entra en la habitación de invitados y se sienta a los pies de la cama.

–  Buenos días, bruja. ¿Has podido dormir algo?

–  Sí, aunque no sé cómo he llegado hasta a aquí. – Respondo incorporándome.

–  Después de llorar hasta inundarme el salón, te quedaste dormida y te traje a la cama. – Hace una pausa y me mira nervioso, lo que va a decir no me va a gustar: – Tu móvil no ha dejado de sonar en toda la mañana y he contestado al ver que era Jason.

–  No le habrás dicho…

–  Tranquila, solo le he dicho que ayer salimos a tomar unas copas y que te quedaste a dormir. – Me tranquiliza. – Le he dicho que estabas durmiendo y me ha pedido que te diga que le llames, está preocupado por ti.

–  Tiene gracia, toda la vida creyendo que el amor no existe y cuando lo encuentro tengo que dejarlo escapar. – Protesto con ironía. – ¿Por qué todo me tiene que salir mal?

–  La carrera está a punto de empezar, ¿quieres que la veamos juntos?

A pesar de ser las dos de la tarde, Raúl y yo desayunamos en el sofá mientras vemos la carrera. Tras una intensa carrera, Jason queda primero, Marcos segundo y Wolf tercero. Ni Raúl ni yo lo celebramos como de costumbre, ambos sonreímos forzadamente.

Veinte minutos después de acabar la carrera y después de la obligatoria rueda de prensa, mi móvil empieza a sonar de nuevo y sé que se trata de Jason. Raúl me acerca el móvil y me dice antes de desaparecer:

–  Voy a darme una ducha, no seas dura con él, es otra víctima.

Asiento con la cabeza y contesto sin saber muy bien qué decir cuando escucho la voz de Jason:

–  ¿Sara? ¿Eres tú?

–  Hola.

–  Cariño, me tenías preocupado, ¿estás bien?

–  Sí, más o menos.

–  ¿Más o menos? – Lo escucho respirar sonoramente antes de añadir: – ¿Qué pasa?

–  ¿Cuándo regresas?

–  Le he pedido a Ana que me reserve el primer vuelo que haya a Barcelona.

–  Hablaremos cuando regreses.

–  Sara, dime qué está pasando.

–  No, por teléfono no. – Digo con un hilo de voz.

–  De acuerdo, iré directamente a tu casa en cuanto baje del avión. – Me responde con toda la paciencia del mundo.

–  Estaré en casa de Raúl, ¿puedes ir directamente a su casa?

–  ¿En casa de Raúl? ¿Es que vas a quedarte esta noche también en su casa? – Me pregunta molesto.

–  Jason, no quiero hablar de esto por teléfono, por favor. – Le ruego. – Mándame un mensaje cuando sepas a qué hora llegarás.

–  Está bien, cómo quieras. – Me contesta furioso antes de colgar.

Raúl tiene razón, tengo que decirle la verdad, pero no quiero hacerlo por teléfono, tendré que esperar a que esté aquí para aclararle todo y a partir de ahí ya será decisión suya si quiere irse o quedarse.

Una hora después de colgar, recibo su mensaje: “Mi avión aterriza a las 21:10, iré directo a casa de Raúl.” Y ya está, nada más.

A las diez de la noche suena el timbre de la puerta y salgo de la ducha rápidamente, consciente de que es Jason, me envuelvo en una toalla y salgo del baño para ir en su busca. Llego al hall y Raúl ya ha abierto la puerta y está invitando a pasar a Jason, que lo saluda con un leve gesto de cabeza. Pasamos al salón y Raúl, sin esforzarse en ocultar sus palabras de Jason, me dice antes de besarme en la frente y desaparecer:

–  Si necesitas algo, estaré en mi habitación.

–  ¿De qué va todo esto, Sara? – Me espeta Jason en cuanto se asegura de que Raúl no puede oírlo.

–  Por favor, siéntate y lo hablamos con calma. – Le propongo.

–  ¿Hablar con calma? – Me grita. – Intento contactar contigo desde ayer y me ha sido imposible, cuando logro que me respondas en tu móvil resulta que es Raúl diciéndome que anoche salisteis de fiesta y que te has quedado a dormir en su casa. Son las diez de la noche y sigues en su casa y, a juzgar por tu vestimenta, veo que te sientes muy cómoda con él.

–  ¿Qué insinúas? – Le espeto furiosa.

–  Dímelo tú. ¿Te lo estás tirando? ¿Te has cansado de esperar mientras yo estoy fuera y por eso decides divertirte con él?

–  No puedo creer lo que me estás diciendo…

–  ¡Ni yo tampoco puedo creer que me hayas engañado como a un niño! Ahora doy gracias por no tener hijos contigo y tú también deberías dar gracias por eso porque si los tuviéramos te aseguro que te los quitaría y no dejaría que los vieses nunca.

–  Jason… – El llanto no me deja continuar y Jason me interrumpe:

–  Déjalo, no quiero tus explicaciones. – Me dice caminando hacia a la puerta para decirme antes de marcharse dando un portazo: – No quiero saber nada más de ti, Sara.

Raúl ha salido de su habitación tras escuchar el tremendo portazo que ha dado Jason. Se queda a dos metros frente a mí y me mira esperando una explicación de lo que ha ocurrido, pero solo soy capaz de echarme a llorar y correr a sus brazos. Raúl me envuelve con sus brazos mientras me susurra al oído:

–  Tranquila, cielo. Nos vamos a sentar en el sofá, te vas a tranquilizar y, cuando estés preparada, me cuentas qué ha pasado.

Tras otra noche de llantos, lamentos y de insomnio, consigo quedarme dormida al amanecer.

A las once de la mañana, Raúl me despierta:

–  Sara, Víctor está aquí con su jefe y con el tuyo. Al parecer ya estaban al corriente de lo que ocurría, pero les faltan pruebas para demostrarlo y tú las tienes. Vístete y sal al comedor, yo voy a prepararte un café. Respecto a lo de Jason…

–  Lo de Jason es mejor dejarlo como está, si sigue creyendo que estamos juntos no vendrá a buscarme y estará fuera de peligro.

Raúl abre la boca para contradecirme pero le fulmino con la mirada y decide no decir nada. Diez minutos después entro en el salón y me encuentro a Raúl, Víctor, un tipo al que no conozco y al director de la penitenciaria con sus dos guardaespaldas oficiales.

–  Señorita Moreno, ¿se encuentra bien? – Me pregunta Ernesto Vallejo, el director de la penitenciaria y mi jefe. Asiento con la cabeza y le estrecho la mano mientras él continua hablando. – No puedo creer que usted sola haya conseguido en unos meses la información y las pruebas que nosotros llevamos buscando desde hace un año y medio. – Señala al tipo que no conozco y hace las presentaciones. – Señorita Moreno, le presento al señor Agustín Domínguez, el director general de los Mossos d’Esquadra.

–  Encantado de conocerla, señorita Moreno. – Me dice el jefe de los Mossos. – Su amigo Víctor nos ha puesto al corriente de lo ocurrido y nos ha mostrado toda la información que usted ha recopilado.

–  En realidad, no toda la información la obtuve yo. Contraté a un detective privado y él fue quién me informó sobre la libertad de los presos involucrados. – Les aclaro.

–  Vamos a organizar una redada, con las pruebas que has conseguido podemos solicitar una orden al juez para entrar en todas las propiedades del juez Castro y el fiscal Espinosa y así poder encontrar las pruebas suficientes para ser condenados por corrupción, fraude y algunas otras cosas más. – Me dice el jefe de los Mossos. – Hasta que eso ocurra, queremos mantenerla protegida, por lo que, tras hablar con sus amigos, hemos decidido que lo mejor es que usted se quede aquí para estar segura mientras nosotros tratamos de detenerlos. Habrá dos agentes en casa y otros dos agentes que la acompañaran a donde quiera que vaya, aunque le recomendamos que no salga mucho y evite los sitios a los que suele ir.

Tras recibir las indicaciones oportunas y presentarme a los cuatro agentes que se van a encargar de mi seguridad, mi jefe y Agustín Domínguez se marchan con la promesa de mantenerme informada en todo momento.

Apago mi teléfono móvil con la intención de no hablar con nadie. Víctor me ha tranquilizado diciendo que le han puesto dos agentes a mi padre sin que él mismo lo sepa para evitar dar explicaciones y también han informado al equipo de Jason y Marcos para que refuercen la seguridad, aunque no les han informado del motivo. Al menos sé que ahora estará seguro.

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