mesmarzo 2016

Y de repente tú 18.

Y de repente tú

Madrugada del domingo 2 de septiembre de 2012.

Tras saludar a todos los invitados que han llegado puntuales, nos hicieron pasar al enorme salón de actos el cual habían amueblado y decorado para la ocasión, donde hemos cenado tras un breve discurso de Fabio y Leonor. Las mesas eran redondas y grandes, para ocho comensales, y en la nuestra estaban sentados Leonor, Fabio, Mía, Álex, Giovanni, Gina, Lucas y yo, en ese orden. Al estar sentada al lado de Leonor, he podido preguntar todo lo que necesitaba saber sobre el evento, ya que Lucas no ha mostrado el menor interés por la fiesta de sus padres.

–  Todos los años hacemos esta fiesta para recaudar dinero que posteriormente donaremos a los orfanatos de la ciudad. – Empieza a explicarme. – Cada año se dona a una organización diferente, pero siempre con el fin de ayudar a los ciudadanos más necesitados. El año pasado reformamos el hospital del barrio del sur, uno de los barrios más desfavorecidos de la ciudad. Recibimos miles de propuestas al año y todas ellas son estudiadas para finalmente decidir a donde van a dirigirse los fondos recaudados. Este año, la propuesta seleccionada ha sido el orfanato de Lagos. Las instalaciones son pésimas, las aulas y las habitaciones de los niños están llenas de moho debido a la humedad y el material escolar que utilizan está completamente desfasado. Necesitan urgentemente una reforma.

–  ¿Quién se encarga de escoger la propuesta? – Le pregunto interesada.

–  Se encarga el comité de la Organización Benéfica de Lagos, la OBL, de la cual yo soy la presidenta desde hace quince años. – Me contesta orgullosa. – Si estás interesada, podríamos quedar un día y te enseñaré todo lo que solemos hacer y, si te animas, puedes hacerte miembro y poner tu granito de arena.

–  Mamá, no aburras a Mel. – Le reprocha Lucas severamente. – Dono el 5% de lo que gano a tu organización, eso debe bastar para evitar que la aburras.

–  No te preocupes Leonor, estoy muy interesada en la OBL y me encantaría que otro día pudieras enseñarme todo lo necesario para aportar mi grano de arena. – Le digo a Leonor al mismo tiempo que fulmino a Lucas con la mirada.

–  ¡Por fin una mujer que sabe plantarle cara a este hijo mío! – Se alegra Leonor. – No sé de quién ha sacado ese carácter, ni su padre ni yo somos cómo él. – Se vuelve hacia a mí y me susurra para que también la oiga Lucas: – Sinceramente, aún no sé cómo le aguantas.

–  ¡Mamá! – Exclama Lucas con su mirada de Iceman.

–  Oh, vamos. Solo estamos bromeando. – Intento mediar entre ambos. – Estamos pasando un rato agradable y disfruto escuchando a tu madre decir lo mucho que trabajan durante el año para recaudar fondos y hacer algo bueno para la comunidad. Es algo que tendría que hincharte de orgullo, no de aburrimiento.

–  Entonces, ¿por qué nunca vas a las galas benéficas que organizan constantemente tus padres? – Me pregunta Giovanni divertido. Le fulmino con la mirada y añade: – No me mires así, alguien tiene que defender a mi amigo, ¿no?

–  ¿Puedes explicarme eso? – Me pregunta Iceman en estado puro.

–  No voy, pero ayudo a organizarlas. – Me defiendo. – Además, el motivo por el que no voy nada tiene que ver con el evento en sí, sino por factores externos.

–  ¿Factores externos? – Me inquiere Lucas.

–  ¿Recuerdas el motivo de mi trato con Giovanni al cumplir los treinta y cinco? – Le doy una pista.

–  Estoy completamente de acuerdo en que no asistas a esos eventos, pero del trato que tienes con Giovanni tenemos que hablar. – Me susurra al oído.

El jardín trasero se ha convertido en una pista de baile con barras de bar por todas partes, como si estuviéramos en una de esas fiestas chil-out de Villasol. Lucas me coge de la mano en todo momento, evitando que me escape mientras él recibe educadamente el saludo de los invitados que no le habían saludado antes de la cena.

–  No me lo puedo creer, ¿cómo puedes estar con el serio de mi primo con lo divertida que eres tú? – Escucho una voz que me resulta familiar a mi espalda.

Tanto Lucas como yo nos giramos para poder ver al dueño de esa voz y mi sorpresa es encontrarme allí a Carlo, un chico al que conocí un verano en Villasol, un verano bastante peculiar.

–  ¡Carlo, qué alegría verte! – Exclamo abalanzándome sobre él para abrazarle.

–  Yo también me alegro de verte, aunque no me alegro tanto de verte con mi primo Lucas. Si me echabas de menos, sólo tenías que llamarme. – Bromea Carlo. – Ahora en serio, he escuchado por ahí que por fin Lucas se había echado novia y cuándo te he visto, no me lo he podido creer. Dime que se trata de una broma o algo parecido.

–  No es ninguna broma. – Sentencia Iceman con su mirada más gélida que nunca. Sus ojos se han ensombrecido tanto que se han vuelto del color del humo, un gris oscuro y temeroso.

–  Vaya, veo que va en serio. – Contesta Carlo sorprendido. – En fin, espero que cuando te aburras de él decidas llamarme y repetir una noche como la de la fiesta de la luna llena en la cueva de la playa.

Noto como los músculos de Lucas, que está pegado detrás de mí con sus manos en mi cintura, se contraen por la tensión y casi me olvido de respirar.

–  Carlo, lárgate. – Le dice Giovanni. – No es el momento ni el lugar para uno de tus numeritos.

–  Nos vemos, Mel. – Se despide Carlo lanzándome un beso al aire.

Apenas me da tiempo a abrir la boca para explicarle a Lucas lo que acaba de oír, Lucas me agarra del brazo y me lleva hasta el jardín delantero, dónde el aparcacoches ha ido aparcando los coches de los invitados. Lucas saca la llave del coche del bolsillo y dándole al botón abre su coche y las luces se encienden de inmediato. Abre la puerta del copiloto y me hace subir al coche para después sentarse él en el asiento del conductor.

–  ¿Qué pasa? – Le pregunto cuando soy capaz de hablar.

–  Nos vamos. – Me contesta arrancando el coche y sin mirarme.

–  ¿Nos vamos? ¿A dónde?

–  Nos vamos a casa.

–  ¿A casa de quién? – Le pregunto enfadada. – ¿A la tuya? ¿A la mía? ¿O cada uno a la suya y Dios en la de todos?

Lucas no me contesta, me fulmina con la mirada y sigue conduciendo. Me resigno a mi destino y cierro los ojos. Cuando por fin Lucas aparca el coche, abro los ojos y descubro que estamos en el parking del edificio de Lucas y Giovanni. ¿Me ha traído a su casa? Lucas sale del coche y espera a que yo le siga, sin abrirme la puerta y ayudarme a salir del coche como acostumbra a hacer.

Después de subir en el ascensor en silencio y entrar en su casa, Lucas se sirve un vaso de wiski con hielo mientras yo empiezo a decirle:

–  Lucas, lo que Carlo ha dicho ha sonado a algo que no es así y…

–  Déjalo, Mel. – Me espeta furioso. – Tú estás demasiado cansada y yo demasiado furioso. Lo mejor es que te vayas a dormir y mañana hablaremos más tranquilamente.

–  ¿Tú no vienes a dormir?

–  No, no tengo sueño y tengo trabajo pendiente por hacer. – Me contesta secamente. – Estaré en mi despacho si necesitas algo.

Y dicho esto, se da media vuelta y desaparece tras la puerta de su despacho. Resignada, me dirijo al dormitorio de Lucas, el único que hay, me desnudo y me meto en la cama. Doy vueltas intentando dormir, pensando en si debo o no ir a su despacho y hablar del tema, pero recuerdo lo enfadado que está y decido quedarme en la cama y seguir intentando dormir.

Y de repente tú 17.

Y de repente tú

Sábado, 1 de septiembre de 2012.

El día de la fiesta de fin de verano que dan los padres de Lucas ha llegado y yo estoy bastante nerviosa. Lucas se ha pasado la semana diciendo que teníamos una conversación pendiente y, hasta ahora, yo he logrado alargar dicha conversación. Pero Iceman se ha cansado de esperar y me ha asaltado en el coche de camino a la fiesta:

–  Mel, cuando lleguemos a casa de mis padres, no solo estará la gente más importante de la ciudad, también habrán periodistas y fotógrafos. -Empieza a decirme. – No suelo ir a esta clase de eventos y mucho menos acompañado, así que seremos el centro de atención de todo el mundo.

–  ¿Qué quieres decir con eso?

–  Que nos van a preguntar qué clase de relación tenemos. – Me responde lanzándome una severa mirada antes de volver la vista a la carretera. – Y, antes de que me digas nada, no pienso presentarte como a una amiga porque no pienso consentir que otro tipo te invite a bailar o trate de ligar contigo.

–  ¿Celoso y posesivo? – Me mofo. – No son cualidades muy comunes en mujeriegos que no creen en el amor, ¿no te parece?

–  Pues sí, pero en esto es en lo que me has convertido. – Me responde furioso. – Yo tenía mi vida organizada, tenía mi propio modo de pensar sobre las relaciones y de repente, tú. Llegas tú y me rompes todos los esquemas, permaneces en mi cabeza día y noche. Desde que te vi por primera vez en el Sweet me hechizaste. Estuve yendo todas las noches al pub, esperando volver a verte. Y, cuando ya casi he perdido la esperanza, resulta que eres la mejor amiga de Giovanni. No te voy a engañar, no tengo ningún tipo de experiencia en cuanto a relaciones estables se refiere. Siempre he pensado que solo me casaría si encontraba a alguien con quien formar un matrimonio como el de mis padres. Nunca he creído poder sentir lo que siento por ti, nunca antes lo había sentido. Sé que hace poco que nos conocemos, pero yo ya sé todo lo que tengo que saber de ti. Incluso que tienes un ex novio del SS que sigue tratando de conquistarte enviándote flores y llamándote constantemente.

–  ¿Estás seguro que quieres hacerlo público? ¿Y si mañana cambias de opinión?

–  No pienso dejarte escapar, Mel. – Me sonríe. – Te quiero conmigo siempre.

–  De acuerdo, pero no creo que la fiesta de esta noche sea la mejor ocasión para anunciar nada y antes tendrás que decírselo a tu familia, no les sentará bien enterarse al mismo tiempo que los demás.

–  Mi familia ya sabe lo que hay entre nosotros, Álex les ha contado a mis padres y a Mía que nos vio besándonos en el garaje y todos han visto cómo nos tratamos, es más que evidente que somos algo más que amigos que se acuestan de vez en cuando, pero tú eres la única que se empeña en no querer verlo.

–  No puedo creer que estemos manteniendo esta conversación en este momento.

–  No me has dejado otra opción, llevo intentando hablar de esto contigo toda la semana. – Me reprocha molesto. – No entiendo cuál es el problema en hacer público lo evidente.

–  Y, ¿qué es exactamente lo evidente?

–  Que somos pareja. – Me dice con firmeza. – Mantenemos una relación de amistad y confianza, mantenemos relaciones sexuales y a ambos nos gusta pasar el tiempo juntos, ¿cuál es el problema para que no quieras intentarlo?

–  Está bien, somos pareja. – Accedo finalmente. – Y que quede claro que eso significa que nada de terceras personas para ninguno de los dos.

–  ¿Es que estás viendo a otra persona? – Me pregunta medio en broma medio en serio.

–  Sabes muy bien que lo digo por ti. – Le acuso.

–  No he estado con ninguna otra mujer desde que te vi por primera vez en el Sweet. – Me dice en un susurro. – Te dije que no he podido sacarte de mi cabeza desde entonces.

Entramos en la villa de los Mancini y descubro que la entrada delantera está llena de periodistas y fotógrafos entrevistando y fotografiando a todos los invitados.

–  ¿Vamos a entrar por ahí? – Pregunto horrorizada.

No es que no esté acostumbrada a los periodistas y a los fotógrafos, pero eso no quiere decir que me gusten. Soy muy precavida en cuanto a mi vida privada se refiere y, aunque en Lagos sea una chica anónima, Lucas ya me ha advertido que esta noche íbamos a ser el centro de atención de todo el mundo.

–  Sí, pero no te preocupes. – Me dice apretando mi mano en señal de apoyo. – Solo posaremos, sonreiremos y entraremos, no tienes que decir nada si no quieres.

Lucas para el coche frente a las escaleras que conducen al porche de la casa, donde sus padres están recibiendo a los invitados mientras son fotografiados constantemente. Lucas me mira y me sonríe, me besa el dorso de la mano para darme fuerzas y baja del coche rápidamente. Dos segundos después, la puerta de mi lado se abre y Lucas me tiende su mano para ayudarme a salir del coche. Nada más salir, miles de destellos de luz blanca me ciegan y me aferro con fuerza a la mano de Lucas mientras intento mantener los ojos abiertos y sonreír.

–  Estás preciosa, cariño. – Me susurra al oído mientras me rodea la cintura con su brazo para después besarme en la sien, un gesto protector.

Los periodistas y los fotógrafos nos asaltan, impidiendo que podamos llegar al porche donde nos esperan Leonor y Fabio, que también están pendiente de nosotros. No nos queda otro remedio que parar y, cómo me ha dicho Lucas, posamos, sonreímos y entramos pero, justo cuando estamos a punto de llegar junto a Fabio y Leonor, un periodista se nos interpone en nuestro camino:

–  Señor Mancini, ¿podría decirnos cuál es su relación con la señorita Milano?

Lucas le dedica una amplia sonrisa al periodista y acto seguido me besa en los labios, pero con una pasión menor a la acostumbrada, para después responder al periodista:

–  Obviamente, la señorita Milano es mi pareja.

Dicho esto, Lucas me guía hasta que por fin llegamos al porche, donde somos recibidos por sus padres.

–  ¡Mel, estás preciosa! – Exclama Leonor abrazándome efusivamente. – No sabes cuánto me alegro de que hayas conseguido arrastrar a Lucas aquí esta noche.

–  Encantado de volver a verte, Mel. – Me dice Fabio sonriendo y saludándome con un par de besos en la mejilla. Se vuelve hacia su hijo y le dice bromeando: – Lucas, enséñale la casa a Mel mientras llegan el resto de invitados, así podéis evitar durante un rato el interrogatorio al que vais a ser sometidos esta noche, sobre todo después de ese beso.

Me ruborizo más de lo que ya estaba y Lucas me abraza desde mi espalda, dándome fuerzas y mostrándome a un Lucas cariñoso y romántico que pocas veces se deja ver.

Iceman se ha tomado la noche libre.

Entramos en la enorme casa y Lucas me lleva directamente hacia a las escaleras. Subimos hasta la segunda planta en silencio y, tras cruzar un pasillo, entramos en una habitación y Lucas cierra la puerta. Echo un rápido vistazo a los posters que hay colgados en las paredes pintadas de azul, todos de coches y motos. La cama king size con la colcha azul y blanca a juego con las cortinas. Colgado de la pared sobre el escritorio hay un corcho lleno de fotos. Observo las fotos con atención y rápidamente reconozco al niño y al adolescente que aparece continuamente en ellas, a veces solo, a veces rodeado por amigos y amigas.

–  ¿Esta es tu habitación? – Le pregunto volviéndome hacia Lucas.

–  Sí, mis padres la conservan tal y cómo la dejé antes de mudarme al campus de la universidad. – Me responde sonriendo. Señala una fotografía y añade: – Aquí estoy con Giovanni el día de nuestra graduación, también están mis padres, Mía y Álex.

–  ¿Este de aquí, eres tú? – Le pregunto señalando una fotografía en la que aparece un niño de unos cinco años pescando en el lago.

–  Sí, cuándo éramos pequeños mis padres siempre nos llevaban en verano a pasar unos días a su cabaña del lago, por eso yo también me compré una. – Me da un beso en los labios y añade: – Quién sabe, quizás algún día podamos llevar a nuestros hijos allí.

–  ¿Hijos? – Le pregunto escandalizada. – No tengo ninguna intención de pensar en tener hijos hasta los treinta, cómo mínimo.

–  Tampoco es algo que aparezca en mis planes de futuro próximo, así que cuando cumplas los treinta volveremos a hablar del tema. – Me responde divertido.

–  Deberíamos volver a la fiesta, la gente se estará preguntando dónde nos hemos metido. – Le recuerdo.

–  Volvamos, pero otro día te traeré a esta habitación y te haré gemir de placer. – Me susurra al oído.

–  No creo que importe que tardemos unos minutos más. – Le contesto excitada.

–  No, preciosa. – Susurra con la voz ronca. – Necesitaré horas para todo lo que quiero hacerte, la fiesta se terminaría antes de que acabemos.

–  Mm. ¿Por qué me haces esto? – Protesto. – ¿Me pones el caramelo en los labios para después arrebatármelo sin haberlo probado?

–  Cariño, eso es exactamente lo que estás haciéndome tú constantemente al llevar ese vestido puesto.

Nos besamos apasionadamente, pero sin dejar que el beso nos arrastre a la lujuria, y decidimos bajar al jardín trasero dónde todos los invitados están concentrados.

Una vez en el jardín, uno a uno los invitados se acercan a saludar a Lucas quién, con educación y mucha paciencia, me los va presentando. Ahora recuerdo por qué no me gustan nada estas fiestas, tienes que saludar y sonreír a todo el mundo. Sin embargo, el rostro de Lucas vuelve a mostrarse implacable, se ha puesto la máscara de Iceman.

Y de repente tú 16.

Y de repente tú

Martes, 28 de agosto de 2012.

Hoy he tenido la primera entrevista de trabajo para la Galería de Arte Nacional de Lagos, la mejor galería de la ciudad. Ha sido el mismo propietario de la galería quien me ha entrevistado, alegando que le gustaba conocer a todos los empleados que iban a trabajar para él. Es un hombre joven, de unos treinta y cinco o cuarenta años como mucho. Vestido con un traje de color gris perla de Armani y una corbata del mismo color que resaltaba levemente con el blanco impoluto de su camisa. Sus facciones afiladas le dan un aspecto de tipo duro que le hacen muy atractivo y sus ojos de color verde jade ligeramente rasgados le dan un aire exótico, típico del sur del país. El señor Uriarte, o Álvaro, cómo me ha pedido que le llame, ha sido muy amable conmigo, me ha enseñado la galería y me ha realizado algunas preguntas sobre los cuadros y esculturas que tienen en exposición y ha quedado bastante satisfecho con las respuestas.

–  Sinceramente, eres la candidata mejor preparada a la que he entrevistado. – Me ha dicho al finalizar la entrevista. – Te has licenciado en historia del arte con una media de 9,6 y además cuentas con mucha experiencia al haber crecido en una galería. No sólo sabes de arte, si no de financiación, subastas, administración, organización de exposiciones y demás eventos benéficos, que es todo lo que necesitamos. Eres la persona que buscamos para nuestra galería. – Ha colocado una hoja en la mesa y la ha deslizado hasta quedar ante mis ojos. – Este sería tu salario anual en bruto, tendrías el mes de agosto de vacaciones y diez días en Navidad. Las horas extras se pagan el doble que una hora normal y tu jornada laboral sería de 40 horas semanales repartidas de lunes a viernes, exceptuando las exposiciones y eventos que se realicen en fin de semana y festivos, por los cuales se te pagaría el triple que una hora normal. Si firmas ahora, empezarás a trabajar el lunes, ¿qué me dices, Mel?

–  Que acepto, sin duda alguna. – Le he respondido feliz.

Así que ya tengo trabajo y en la Galería de Arte Nacional de Lagos. Lo primero que he hecho nada más salir de la galería ha sido llamar a Gina y darle la buena noticia. Gina tiene su entrevista de trabajo mañana, tiene más la semana que viene, pero la que le interesa es la de mañana. Después he llamado a mis padres, que también se han alegrado, aunque mi madre no ha cesado de recordarme que también podría haberme quedado en Villasol y no haberme ido tan lejos, cosa que me recuerda cada vez que hablo con ella. Con mi padre es distinto, él me comprende y entiende mi necesidad de hacerme a mí misma, tal y cómo hizo él en su día. También aprovecha para decirme que tienen previsto venir a Lagos el fin de semana del 15 de septiembre, ya tienen reservados el vuelo y el hotel.

Nada más entrar en casa, suena mi teléfono móvil, es Lucas.

–  ¿Sí? – Contesto nada más descolgar.

–  ¿Qué tal ha ido la entrevista? ¿Has salido ya?

–  Acabo de llegar a casa ahora mismo. – Le respondo sentándome en el sofá. – Estás hablando con la nueva subdirectora de la Galería de Arte Nacional de Lagos.

–  ¡Esa es mi chica! – Grita contento al otro lado del teléfono. – ¿Puedo invitarte a cenar esta noche para celebrarlo?

–  Suena muy tentador, pero ya le he prometido a Gina que cenaríamos en casa para celebrarlo. – Le respondo haciéndole sufrir un poco. – De hecho, estaba a punto de llamarte para invitarte, en este momento Gina debe de estar haciendo lo mismo con Giovanni.

–  Hubiese preferido celebrarlo a solas, estoy empezando a cansarme de tener que ocultarnos. – Me reprocha molesto. – ¿Qué pasa si tengo ganas de besarte?

–  Gina y Giovanni no son tontos, saben que algo hay entre nosotros aunque nos neguemos a hablar del tema, así que no va a pasar nada si me besas delante de ellos. – Le respondo. – ¿Contento?

–  No del todo, pero por el momento me conformo. – Me contesta resignado. – Llegaré a tu casa sobre las ocho, ¿de acuerdo?

–  De acuerdo, aquí estaré.

–  ¿Me estás invitando a ir antes?

–  No lo estaba haciendo, pero reconozco que no me importaría en absoluto. – Le contesto maliciosamente. – Sabes que puedes venir cuando quieras.

–  Grrr. – ¿Acaba de gruñir? – No me tientes, preciosa. Soy capaz de ir ahora mismo.

–  Está bien, sólo porque sé que tienes mucho trabajo y sé que Giovanni me lo echaría en cara y me pediría algo a cambio, ya sabes, favor con favor se paga. – Le digo resignada.

–  Creo que estaré allí a las siete. – Sentencia Lucas finalmente y añade antes de colgar: – Ahora tengo que colgar, preciosa. Voy a tener que ponerme las pilas para llegar antes.

Mi relación con Lucas sigue en el mismo punto donde la dejamos. Durante estos días, hemos estado hablando por teléfono, mandándonos e-mails y viéndonos en público junto a Gina y Giovanni. También hemos salido a comer, a cenar y a tomar un par de copas a solas, pero Lucas siempre se encontraba con algún conocido que hacía más preguntas de las que podíamos contestar y terminábamos yendo a su casa para tener más intimidad. Nos compenetramos bastante bien, dentro y fuera de la cama, y debo reconocer que me siento muy cómoda con él. Me gusta y deseo estar con él, pero tengo miedo de que no salga bien, él no es de los que tienen relaciones estables, no es de los que se enamoran y yo cada día estoy más loca por él. Esto solo puede acabar de una manera: mal para mí. Pero, aun así, estoy dispuesta a afrontar ese riesgo y sentir lo que solo Lucas me hace sentir, a pesar de que nuestra relación tenga fecha de caducidad.

A las siete en punto de la tarde, Lucas llega a casa con Giovanni. Gina abre la puerta y les hace pasar al salón, donde les sirve una copa de vino mientras yo termino de programar el horno.

Cuando salgo al salón, Giovanni y Lucas me felicitan por mi nuevo trabajo, primero lo hace Giovanni con un fuerte abrazo acompañado de vueltas en el aire, como acostumbra a hacer y después lo hace Lucas, quien decide acompañar su felicitación con un beso en los labios excesivamente largo y apasionado para no estar solos, cosa que en ese instante no me preocupa lo más mínimo.

–  Felicidades, preciosa. – Me dice en cuanto nuestras bocas se separan. Me dedica una pícara sonrisa y me susurra al oído: – No te olvides de respirar, nena.

¿Por qué reacciono siempre así cuando me besa? Solo de pensar en lo que conlleva una de sus frases o uno de sus besos hace que me quede sin respiración. En lugar de preocuparle, a Lucas parece divertirle susurrarme algo al oído y devolverme a la realidad para que continúe respirando.

–  No voy a decir que me sorprende pero, ¿cómo se supone que debemos reaccionar a semejante beso de película? Os recuerdo que yo estoy a dos velas desde hace más tiempo que cualquier ser humano pueda soportar y eso ha sido un poco grosero por vuestra parte. – Bromea Gina.

–  Mel insiste en no ponerle nombre a nuestra relación e insiste en que la presente como a una amiga, aunque es evidente que ese término no es exacto del todo. – Le aclara Lucas a Gina.

–  Decir que somos amigos suena mejor que decir que nos acostamos juntos, ¿no crees? – Le replico sin importarme lo más mínimo dar más detalles de lo necesario, al fin y al cabo son mis mejores amigos los que están escuchando.

–  ¿Así es como lo describes tú? – Me pregunta Lucas con su mirada de Iceman. – ¿Sólo se trata de sexo para ti?

–  Vale, basta. – Nos interrumpe Giovanni. – Me alegro de descubrir la confianza que existe entre nosotros como para hablar de sexo tan abiertamente, pero cuando es Mel la que habla de sexo no me gusta. Mel es para mí lo que es Mía para ti, así que, en lo que a mí respecta, Mel es virgen.

Acto seguido, Giovanni se tapa los oídos con las manos, Gina suelta una carcajada y yo pongo los ojos en blanco mientras Lucas nos fulmina con la mirada. Esta noche, Iceman no se va a ir.

–  Chicos, ¿podéis dejarme a solas con Iceman unos minutos? – Les pido a Giovanni y a Gina, empezando a enfadarme con Lucas.

–  ¿Iceman? – Repite Lucas furioso. – ¿Me llamas Iceman?

–  Sí, pero solo cuando te pones así. – Le respondo mientras Gina y Giovanni salen huyendo en dirección a la cocina.

–  Así, ¿cómo? – Me espeta furioso.

–  Justo como estás ahora, enfadado, frío e impasible, como si no fueras humano, como si fueras el hombre de hielo. – Le replico intentando calmarme al mismo tiempo. Me siento en su regazo para que se relaje y le rodeo el cuello con los brazos. – ¿De verdad quieres seguir enfadado o prefieres que disfrutemos de una agradable cena?

–  Está bien, pero tarde o temprano tendremos que tener esta conversación. – Me contesta con seriedad.

–  Cómo usted ordene, señor Mancini. – Le susurro al oído con picardía.

–  Deja de provocarme o no respondo de mis actos.

–  Quédate a dormir esta noche. – Le propongo.

–  ¿En calidad de amigo o de amante? – Me pregunta burlonamente.

–  En calidad de ambas cosas, si lo deseas. – Le contesto tras besarle en los labios.

Justo en ese momento, llaman al timbre de la puerta y me levanto a abrir. Es un mensajero que trae un ramo de lirios blancos con una tarjeta dirigida a mí. Firmo el recibo del mensajero y entro en casa con el ramo de lirios en una mano y la tarjeta en la otra. Gina y Giovanni, que han salido de la cocina al escuchar el timbre de la puerta, me miran impacientes, esperando que les dé el nombre del emisor de las flores, pero como aún no tengo la respuesta, me limito a encogerme de hombros. Gina saca un jarrón de uno de los armarios del salón y lo llena de agua para después quitarme los lirios de las manos y ponerlos en agua. Giovanni logra contener la tentación de preguntar de quién son las flores mientras que Lucas me escruta con la mirada. Abro la tarjeta y leo una nota de Gonzalo:

“Felicidades por el trabajo, señorita subdirectora de la Galería de Arte Nacional de Lagos. Te debo un regalo de cumpleaños que me encargaré de darte personalmente en cuanto pueda escaparme a Lagos. Cuídate, princesa. Llámame siempre que lo necesites, sabes que me tienes a tu disposición. T.A. Gonzalo.”

Tras leer la tarjeta, la cierro y la dejo sobre uno de los muebles del salón, lejos del alcance de Lucas, Giovanni y Gina. Finalmente, es Gina quién decide hablar:

–  No hace falta que lea la tarjeta para saber de quién es y qué hay escrito en ella. ¿Cómo se ha podido enterar tan rápido de que ya tienes trabajo?

–  Trabaja para el SS, ¿recuerdas? – Se mofa Giovanni.

–  Y, ¿siempre está tan pendiente de ti? – Me pregunta Lucas, con su voz de Iceman.

–  Huy, Iceman está celoso. – Se mofa Giovanni.

–  Dejadle, que me lo enfadáis más. – Salgo en defensa de Lucas. Me siento de nuevo en su regazo y le susurro al oído: – ¿Te he dicho alguna vez que estás muy sexy cuando te pones en plan Iceman?

–  Esta noche te voy a hacer pagar por todo lo que me estás haciendo. – Me susurra al oído con voz ronca y sexy.

–  Me muero de ganas porque lo hagas. – Le susurro pícaramente.

Esa noche, después de cenar, Lucas y yo nos vamos a mi habitación, dejando a Gina y a Giovanni a solas en el salón.

Cita 11.

“La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, si no por las que se sientan a ver lo que pasa.”

Albert Einstein. 

Y de repente tú 15.

Y de repente tú

Sábado, 18 de agosto de 2012.

Regresamos a Lagos por la tarde, Lucas y Giovanni nos dejaron a Gina y a mí en nuestro apartamento y se fueron a su casa para ducharse y vestirse, pues tenían que volver a por nosotras para ir a casa de los padres de Lucas. Gina y yo estamos de nuevo en nuestro apartamento, nuestro hogar. Después de tantos días y, pese al poco tiempo que llevamos aquí, he echado de menos estar aquí, sentirme en casa.

Tras ducharnos y rebuscar en nuestros respectivos armarios, estamos vestidas para la ocasión y preparadas para salir. Gina se ha decidido por un vestido azul de tubo hasta las rodillas y unas sandalias romanas con tacón de aguja. Yo me he decidido por un vestido color vino recto, con escote en forma de corazón y zapatos negros de tacón de aguja con una pequeña plataforma.

–  Estáis preciosas. – Nos dice Giovanni cuando nos ve salir del edificio para dirigirnos – Hemos venido en dos coches, por si la cena se alarga y queréis volver antes. – Giovanni pasa por mi lado y me susurra: – O más tarde.

–  ¿Me estás pidiendo que te deje la casa libre para utilizarla con Gina? – Le susurro a Giovanni bromeando, sin que nadie más pueda oírme. – Me debes una o, mejor dicho, estamos empates y ya no te debo ninguna, ¿eh?

–  Eres mala. – Me dice Giovanni entre risas.

Lucas nos observa, ha escuchado lo último que me ha dicho Giovanni y su mirada se torna como el hielo, sus ojos se vuelven de un color gris niebla y su rostro se endurece. Me acerco a Lucas haciéndome la inocente y le digo con naturalidad:

–  Parece que te ha tocado llevarme, Giovanni ha hecho sus propios planes con Gina.

Me parece ver una tímida sonrisa en sus labios, más bien una pequeña mueca, pero no me dice nada, se limita a abrirme la puerta del acompañante de su BMW M6 para después ayudarme a entrar. A veces me saca de mis casillas con sus actos de caballerosidad, aunque reconozco que en el fondo me gustan.

Lucas conduce en silencio, prestando toda su atención en la carretera. Pasados unos diez minutos, llegamos a la casa de los padres de Lucas, o debería decir a la mansión Mancini. Se trata de una casa enorme de tres plantas, casa de invitados, garaje con seis plazas para coches y dos para motos, jardín delantero y una piscina que podría ser olímpica. Y eso es solo lo que he podido ver nada más entrar y desde el coche.

–  Lucas, no creo que yo…

–  Tranquila, a mi hermana y a mi madre les has encantado, mi padre es amable con todo el mundo por naturaleza y de mi hermano ya me ocupo yo. – Me interrumpe.

–  ¿Qué quieres decir con eso de que tú te encargas de mi hermano? – Le pregunto preocupada.

–  Relájate, no tienes de qué preocuparte. – Me dice cogiéndome de la mano y arrastrándome junto a él, envolviéndome en su abrazo, haciendo que nuestros cuerpos se peguen el uno contra el otro. – Mi hermano y yo tenemos nuestro propio juego y nos gusta hacer sufrir un poco al otro. Es la primera vez que llevo a una chica a casa, así que puedes contar con sus comentarios al respecto.

–  ¿Por qué no has traído a ninguna chica antes? – Le pregunto curiosa. – Estoy segura de que no te faltarán pretendientas.

–  No tengo relaciones estables, por eso las chicas con las que salgo nunca van a mi casa, a casa de mis padres o cualquier otro lugar público o privado donde me las pueda encontrar. – Me contesta deshaciendo su abrazo y dejando que Iceman salga a la luz en su totalidad, el hombre de hielo ha vuelto para quedarse.

No digo nada más, no me atrevo. Decido quedarme callada y caminar hacia a la puerta del garaje, pero Lucas me coge de la mano y tira de mí hasta dejarme frente a él. Me observa silenciosamente y después me besa en los labios. Suspira lentamente y me dice con su tono de voz segura y protectora:

–  Si no quieres estar aquí, aún estamos a tiempo de salir corriendo.

–  No me molesta estar aquí, pero no entiendo el por qué. – Le confieso.

–  Porque mi madre te ha invitado y tú has aceptado, lo cual te recuerdo que sigue teniendo solución.

–  Tu familia cree que soy tu novia, Lucas. – Le replico. – Y eso no me hace sentir muy cómoda, por no mencionar que está confiando en mí y abriéndome las puertas de su casa mientras yo me dedico a mentir.

–  No te preocupes, ya he hablado con ellos y les he dicho que somos buenos amigos, que nos estamos conociendo. Ninguno de ellos se atreverá a decir nada que no quieras escuchar, por su propio bien.

–  ¿Les has insinuado que somos amigos con derecho a roce? – Le pregunto escandalizada. – ¡Qué vergüenza, ahora sí quiero irme! No voy a poder mirarles ni a la cara.

–  Eh, tranquila, no les he dicho nada de eso. – Me dice burlonamente. – Les he dicho que eres una amiga especial a la que tengo intención de demostrar que puede confiar en mí y qué mejor manera de demostrarlo que traerte aquí, con mi familia.

–  No tienes por qué hacer esto si no quieres, confío en ti y no tienes que demostrarme nada.

–  Quiero hacer las cosas bien contigo, Mel. – Me susurra al oído. – No quiero tener que esconderme para poder besarte, no quiero ocultar que estamos juntos, y menos cuando es evidente que todo el mundo lo cree.

–  Eso es ir un poco deprisa, ¿no crees? – Contesto algo confusa.

–  Puede ser, pero estoy dispuesto a ir despacio si es lo que quieres.

–  Apenas nos conocemos y yo no sé si quiero una relación estable en este momento…

–  Solo te pido que te dejes llevar, que nos des una oportunidad. – Me interrumpe. – Esta noche somos dos amigos que cenan en familia y podemos seguir siéndolo hasta que lo tengas claro, solo te pido que no me des una negativa ahora, piénsalo.

–  No quiero correr hacia un precipicio, por ahora prefiero que las cosas se queden como están. – Le confieso con un hilo de voz. – Al menos hasta que nos conozcamos mejor y sepamos lo que queremos.

–  Yo sé muy bien lo que quiero, Mel. – Me susurra al oído con su voz ronca y sensual. – No quiero que tengas la menor duda al respecto. – Añade antes de volver a besarme en los labios.

–  Vaya, vaya, ¿eso es lo que lleváis haciendo desde que habéis llegado? – Nos interrumpe una voz masculina desde la puerta del garaje.

Lucas me agarra de la cintura con fuerza, suspira profundamente y me susurra al oído:

–  Tranquila, es mi hermano Álex.

–  Hermanito, ¿no me vas a presentar a tu amiga? – Pregunta Álex divertido. – Debo decir que es todo un honor conocer a una chica que sea capaz de aguantar a mi hermano. – Dice dirigiéndose a mí. – Pero tranquila, el resto de la familia somos bastante normales. Por cierto, soy Álex.

–  Encantada de conocerte, Álex. – Le respondo sonriendo.

–  Álex, ella es Mel. – Dice Lucas con su gélida voz.

Iceman ha vuelto. Álex pone los ojos en blanco y posteriormente me sonríe y me da dos besos en las mejillas. Pone su brazo derecho en jarras para que me sujete a él y obedezco alegremente, mientras Lucas nos observa ladeando la cabeza de un lado a otro con gesto de desaprobación.

Entramos en la enorme casa desde una puerta del garaje que da a un pasillo que a su vez da a otro pasillo que llega hasta el hall, donde nos reciben Mía, Leonor y un hombre de unos cincuenta y pocos años que debe ser Fabio, el padre de Lucas. Los tres nos sonríen al vernos llegar y esperan pacientemente a que lleguemos junto a ellos para saludarnos:

–  Mel, Lucas, qué bien que hayáis venido. – Nos dice Leonor abrazando primero a Lucas para acto seguido hacer lo mismo conmigo. – ¿Te felicitó Lucas de nuestra parte?

–  Sí, muchas gracias, Leonor. – Respondo.

–  Me alegra volver a verte, Mel. – Me dice Mía abrazándome. ¿Esta familia se saluda con abrazos o solo es cosa de las mujeres? – Creía que mi hermano sería capaz de inventar cualquier excusa para cancelar la cena.

–  Estamos encantados de tenerte aquí, Mel. – Me dice el padre de Lucas saludándome con un par de besos en la mejilla.

–  Gracias, señor Mancini.

–  Por favor, llámame Fabio. – Me responde sonriendo. – Pasemos al salón con Giovanni y Gina mientras se termina de hacer la cena.

En el salón, me siento en un sofá de dos plazas junto a Lucas, al lado del sofá en el que Giovanni y Gina están sentados. Leonor y Fabio se sientan en el sofá de en frente y Mía y Álex se sientan en el sofá de nuestro otro lado.

La conversación al principio resulta bastante banal, hablamos del tiempo, seguido del currículo académico de Gina y del mío, para después hablar de Villasol, de nuestra familia, de la clínica de los padres de Gina y de la galería de arte de mis padres.

–  He estado en la galería Milano y, sin duda alguna, es una de las mejores del país. – Comenta Fabio bastante interesado en el tema. – De hecho, allí compre los dos cuadros de Boticcelli que le regalé a Leonor por nuestro décimo aniversario.

–  No lo entiendo, ¿tus padres son propietarios de una galería de arte mundialmente conocida, una de las mejores del país, y vienes a Lagos para trabajar en una galería de otra persona? – Me pregunta Mía escandalizada. – No me malinterpretes, me alegro de que estés aquí, pero teniendo en cuenta la cantidad de buenos contactos que deben tener tus padres, no tienes por qué empezar desde cero.

–  Nuestros padres empezaron de cero y hoy en día son quienes son por su propio mérito. – Le respondo tímidamente. – Estudié historia del arte porque me encanta el arte y pretendo adquirir experiencia antes de crear mi propia galería. Por supuesto, tengo que reconocer que criarme en una galería de arte tiene sus ventajas.

–  Te honra tu humildad. – Me dice Leonor. – La mayoría de los hijos de padres ricos se conforman con ejercer un cargo en la empresa familiar, sin tener en cuenta otras posibilidades de futuro.

La cena discurre de igual manera. La conversación fluye de tema en tema, pero jamás se menciona mi relación con Lucas, es como un tema tabú. Leonor vuelve a preguntarnos si seguimos pensando en asistir a su fiesta del fin del verano, parece que no está muy segura de que su hijo mayor por fin asista a una de sus fiestas. Lucas le responde que sí, siempre y cuando yo siga estando dispuesta a acompañarle y yo asiento afirmando que asistiremos.

Después de cenar, tomar el postre y el café, Fabio nos hace salir al jardín, donde nos tomamos un par de copas todos juntos. Álex es un tipo muy divertido, aunque sus bromas se centran en tomarle el pelo a Lucas y Lucas hace lo mismo con él. Es como ver a dos hermanos discutir pero con elegancia, aunque en el fondo sólo es un paripé que tienen montado y se llevan bastante bien, a su manera.

A las doce y media de la noche, decidimos regresar a casa. A pesar de que mañana es domingo, Lucas y Giovanni tienen que pasar el día en la oficina para ponerse al día con el trabajo que han dejado retraso estos días por venir con nosotras al lago.

Y de repente tú 14.

Y de repente tú

Miércoles, 15 de agosto de 2012.

Oficialmente, mi cumpleaños.

Me despierto en la cama de Lucas, pero él no está a mi lado. Cierro los ojos y analizo los recuerdos de la noche anterior, una noche de pasión como nunca he vivido. Echo un vistazo bajo las sábanas y me ruborizo tras comprobar que estoy completamente desnuda. Estoy a punto de saltar de la cama cuando una de las puertas de la habitación se abre y aparece Lucas, totalmente desnudo a excepción de una pequeña toalla que le tapa de la cadera hasta las rodillas, recién salido de la ducha:

–  Felicidades, preciosa. – Me dice sonriendo al mismo tiempo que se acerca y me da un rápido beso en los labios. – ¿Has dormido bien?

–  Mejor que nunca. – Le contesto devolviéndole la sonrisa y añado bromeando: – A excepción de tus ronquidos, claro.

–  ¡Yo no ronco! – Me dice riendo, abalanzándose sobre mí, haciéndome cosquillas al mismo tiempo que trata de besar mis labios. Cuando lo consigue, cesa su ataque para dedicarse exclusivamente a ese beso, un beso cálido y sensual. – Será mejor que baje a preparar el desayuno o soy capaz de tenerte retenida en mi habitación todo el día.

–  Si me dejo retener, no es un secuestro, ¿verdad? – Le pregunto pícaramente.

–  No seas mala. – Me regaña frunciendo el ceño para después volver a besarme. – Te espero abajo, no tardes demasiado.

Una hora más tarde, bajo a desayunar. Lucas no dice nada, simplemente echa un vistazo al reloj de su muñeca izquierda y deja el periódico que está leyendo doblado sobre la mesa.

–  Estábamos a punto de subir a buscarte. – Me dice Gina abrazándome. – ¡Felicidades, Mel!

–  He tardado porque mi móvil no ha dejado de sonar. – Le contesto encogiéndome de hombros a modo de disculpa. – También han llamado tus padres, dicen que luego te llamarán y quieren saber qué fin de semana vamos a ir a Villasol. Por cierto, también ha llamado Gonzalo y me ha dado total libertad para salir a la calle, los de la mafia sureña han salido del país.

–  Oye, ahora que estamos todos, quiero preguntaros algo. – Empieza diciendo Giovanni, en su tono de suspense para llamar nuestra atención. – Me ha llamado Mía diciendo que este sábado nos invitaban a cenar a todos y que vosotros dos iríais juntos y también a la fiesta del final de verano. ¡Pero si tú no has ido a una de esas fiestas en tu vida!

–  Mel le prometió a mi hermana y después a mi madre que iríamos juntos y, a menos que Mel cambie de opinión, no puedo negarme. – Le contesta sonriendo.

–  Y, ¿desde cuándo conoces a Mía y a Leonor? – Me pregunta Giovanni sorprendido.

–  ¿De verdad vas a someterme a un tercer grado el día de mi cumpleaños? – Le chantajeo sentimentalmente, que siempre da resultado.

–  Te libras porque es tu cumpleaños, pero ya hablaremos, señorita Milano. – Me advierte Giovanni divertido pero hablando en serio, para después añadir alegremente: – Felicidades, pequeña. Ven aquí y dame un abrazo.

Le doy un abrazo a Giovanni y él me eleva dándome vueltas mientras me sujeta por la cintura, tal y como hace muy a menudo.

–  Estábamos pensando en ir al lago, ¿qué te parece? – Me pregunta Gina.

–  Me parece una idea genial. – Le respondo.

–  Adelantaos vosotros, Mel y yo en seguida vamos. – Sentencia Lucas.

Gina y Giovanni le obedecen de ante mano y se marchan al lago, dejándonos a Lucas y a mí a solas. En otro momento me hubiera encantado quedarme a solas con él, pero después de lo que pasó anoche y su mirada fría, en este instante preferiría estar en cualquier otra parte.

–  Me ha llamado Mía, quería que te felicitase de su parte  y también que le confirmemos si vamos a ir a la cena del sábado y a la fiesta del fin del verano. – Me dice acercándose a mí con cautela. – ¿Sigues queriendo ir?

–  ¿Quieres que vaya?

–  Sí, sobre todo si vienes conmigo. – Me dice sonriendo.

–  Entonces, puedes confirmar nuestra asistencia. – Le digo rodeando su cuello con mis manos al ver que su mirada de Iceman ha desaparecido y vuelven a brillarle los ojos. – Estás muy guapo esta mañana.

–  Será porque he pasado una magnífica noche. – Me contesta antes de besarme en los labios apasionadamente. – Será mejor que desayunes y nos vayamos al lago antes de que esos dos vuelvan a buscarnos.

–  Esos dos están demasiado ocupados con ellos mismos como para preocuparse por nosotros. – Le replico divertida.

–  ¿Qué está insinuando, señorita Milano? – Me pregunta con la voz ronca por el deseo.

–  Señor Mancini, es usted insaciable. – Le respondo fingiendo que me ofendo.

–  Solo cuando se trata de usted, señorita Milano.

En ese momento, Giovanni y Gina entran en la cabaña y nos encuentran en la cocina. Gina, tras echar un vistazo rápido y comprobar que estamos vestidos, nos dice:

–  Cambio de planes, el agua del lago está verde tirando a marrón y yo no me pienso meter ahí dentro, prefiero quedarme en la piscina.

Giovanni nos mira y se encoge de hombros para después salir con Gina al jardín y dirigirse a la piscina. Me aseguro de que están lo suficientemente lejos como para que no me escuchen y le digo a Lucas bromeando:

–  Lo siento señor Mancini, me temo que ahora no se va a poder saciar.

–  Me vas a matar si sigues torturándome. – Me susurra al oído colocándose detrás de mí, pegando su pecho contra mi espalda y su abultada entrepierna a mi trasero. Sus manos se mueven veloces bajo la falda de mi vestido y encuentran la costura de mi diminuto bikini. Como si de los dedos de un pianista se tratara, Lucas se hizo camino hasta tocar con su dedo mi húmeda hendidura. – Mmm. Veo que tú también eres insaciable, preciosa. Pero esto solo hace que me torture más.

De pie e inclinada sobre la encimera de la cocina, Lucas se coloca detrás de mí y me tortura hasta que le ruego que se apiade de mí y mi haga el amor. Por suerte, ni Gina ni Giovanni han aparecido por la cocina.

Pasamos el día en la piscina y asando carne en la barbacoa. Respondo a todas las llamadas de teléfono que recibo de amigos y familia felicitándome por mi cumpleaños, a pesar de que lo único que me apetece es dedicarle toda mi atención a Lucas.

Decidimos quedarnos en la cabaña del lago hasta el sábado por la tarde, que volveremos a casa para prepararnos para asistir a la cena en casa de los padres de Lucas. Lucas y Giovanni han acordado trabajar desde aquí, así que la mayor parte del tiempo están en el estudio liados con sus asuntos mientras Gina y yo disfrutamos tomando el sol o dándonos un baño en la piscina.

Y de repente tú 13.

Y de repente tú

Madrugada del Miércoles, 15 de agosto de 2012.

Después de cenar, ya estamos más que achispados. Gina se levanta y pone un poco de música para animar el ambiente, aunque ya estamos bastante animados. A las doce en punto de la noche, Gina apaga las luces del comedor dejando solo unas pocas velas encendidas, lo suficiente para iluminar levemente la estancia. Giovanni camina hacia la enorme isla de mármol con un pastel de chocolate entre los brazos con el número 23 de vela encendido.

–  Pide un deseo y soplas las velas. – Me dice Gina cuando terminan de cantarme el cumpleaños feliz.

Cierro los ojos y pienso un deseo, aunque ya lo tengo claro: “Que de esta noche, no pase”. Susurro para mis adentros pensando en pasar la noche con Lucas, pero no solo para dormir.

–  ¡Felicidades, pequeña! Ya eres un año más vieja. – Me felicita Giovanni, dándome uno de sus abrazos de oso que dejan sin respiración. – Aquí tienes mi regalo. – Añade entregándome una pequeña caja rectangular. – Espero que te guste.

Desgarro el papel que envuelve el regalo y descubro un pequeño estuche de joyería. Lo abro y una preciosa pulsera de brillantes y oro blanco aparece dejándome con la boca abierta. Giovanni siempre se empeña en regalarme joyas y, aunque a mí me encantan, me siento incómoda aceptando este tipo de regalos.

–  Oh Giovanni, te he dicho mil veces que no necesitas regalarme joyas, yo no soy una de tus chicas. – Le digo bromeando.

–  Sabía que me ibas a decir eso, así que también te he traído otro regalo. – Me contesta orgulloso entregándome otro regalo.

Este regalo es cuadrado y mucho más grande que el anterior. Rasgo el papel de regalo y del paquete saco un marco de plata con una foto de Giovanni y Mía en una fiesta de la luna llena en la playa de Villasol.

– ¡Oh Giovanni, me encanta! – Le digo abrazándole emocionada. – Me acuerdo de esa noche como si fuera ayer, todos los que estábamos allí acabamos bañándonos desnudos en la playa.

–  Sí, fue una noche perfecta. – Dice Gina suspirando. – No he vuelto a ver a ese polaco en mi vida, pero no pierdo la esperanza.

–  Yo tampoco me puedo quejar, esa noche ligué con dos chicas. – Dice Giovanni sonriendo.

–  Y tú, Mel, ¿qué tal te lo pasaste esa noche? – Me pregunta Lucas con su mirada de Iceman.

–  En esa época, estaba con Gonzalo. – Le respondo con la misma frialdad de su mirada. – Fue una gran noche, pero las he tenido mejores.

–  Ahora abre mis regalos. – Me dice Gina impaciente. – El primero ya lo tienes, que es el vestido. Ahora abre éste y luego este otro.

Cojo el primer paquete que me da y lo abro desgarrando el papel y descubro un par de entradas del mejor balneario de Lagos con todos los tratamientos incluidos.

–  ¡Gracias, me muero de ganas por ir a probarlo! – Le digo abrazándola.

–  Toma, abre el otro. – Me dice Gina emocionada.

Este paquete es más pequeño que el anterior, parece ropa, pero es demasiado pequeño para ser una prenda, debe ser un complemento. Rasgo el papel y saco un conjunto de ropa interior de color rosa y negro, de encaje y diminuto, para dejar poco a la imaginación. Automáticamente, me ruborizo y el calor me sube a la cabeza.

–  ¡Joder! – Exclama Giovanni. – Creo que acabo de descubrir el regalo perfecto para hacerle a una mujer, siempre y cuando me deje que se lo vea puesto.

–  Lo siento chico, pero hoy no es tu día de suerte. – Le respondo divertida.

–  Será mejor que abras mi regalo. – Me dice Lucas intentando no mirar el sexy conjunto de ropa interior que me ha regalado Gina.

–  No deberías haberte molestado, ya bastantes regalos me has hecho desde que nos conocemos. – Le digo recordando que estamos en su casa.

–  Solo es un regalo que me apetecía hacerte y lo he hecho encantado. – Me susurra al oído. – Has prometido ser buena, no hagas que me enfade.

No puedo negarme, no mientras me mira de esa manera, tan sexy y penetrante que me excita a la vez que me intimida. Cojo el paquete que me entrega y rasgo el papel como he hecho con todos los anteriores. Para mi sorpresa, me encuentro con un estuche cuadrado, también de joyería. Por el tamaño, me atrevería a decir que se trata de un colgante o una gargantilla. Sin duda, demasiado para ser un regalo que se le hace a cualquiera. Las manos me tiemblan al sostener el estuche, el cual observo detenidamente sin abrirlo.

–  ¿No vas a abrirlo? – Me pregunta Lucas con voz ronca.

Le miro intentando descifrar su pensamiento, pero se ha puesto la máscara de Iceman y es implacable, no deja al descubierto ni un solo sentimiento. Abro el estuche y me quedo petrificada al ver una preciosa gargantilla con una cadena fina de oro blanco y un colgante en forma de lágrima de color rojo.

–  ¿Te gusta? Es un rubí tallado en forma de lágrima y la cadena es de oro blanco. – Me dice Lucas sin dejar de mirarme fijamente a los ojos.

–  Es precioso pero…

–  Me has prometido ser buena y las niñas buenas no rechazan un regalo de cumpleaños, es de mala educación. – Me susurra al oído al mismo tiempo que saca la gargantilla del estuche para colocarla alrededor de mi cuello. – Te queda perfecta.

–  Gracias Lucas, pero…

–  Pero nada, eres una niña buena, lo has prometido. – Me interrumpe de nuevo.

Le abrazo mientras le doy las gracias y cuando sus brazos me rodean y siento su piel sobre la mía, una descarga eléctrica sacude mi cuerpo para finalizar en el centro de mi placer.

–  ¿Qué pasa? ¿No te gusta? – Me pregunta intentando descifrar mi rostro. – Si no te gusta, podemos cambiarlo por otro.

–  No es eso, me encanta. – Le respondo.

–  Entonces, ¿qué es? – Insiste.

–  Nada, olvídalo. – Le respondo dándole un beso en la mejilla y añado para que olvide el tema: – Me ha encantado la gargantilla, pero no deberías haberte gastado tanto dinero.

Gina y Giovanni han desaparecido tras decir que se iban a dar un chapuzón a la piscina, pues Gina no se fía de meterse en el lago de noche, así que estamos solos, otra vez.

–  Explícamelo, por favor. – Me ordena con su voz melódica.

–  ¿Qué quieres que te explique?

–  Creo que he hecho mal, según mi hermana, si a una mujer le regalas algo así se quedará encantada y será la más feliz, aunque solo sea en ese instante. – Empieza a decir frustrado. – Pero a ti parece haberte ofendido y, sinceramente, no lo entiendo. No voy regalando joyas por ahí, de hecho, exceptuando a mi madre y mi hermana, nunca he regalado joyas a nadie, pero está claro que hay algo que no he hecho bien.

–  Lucas, me encanta tu regalo. – Le digo sonriendo con ternura. – Es precioso, pero no me lo esperaba y he reaccionado un poco mal. – Intento calmar la tensión en los ojos de Iceman, que acaban de volver para fastidiarme la noche y no lo pienso permitir. – Si te soy sincera, esperaba que no me hubieras comprado nada y así poder pedirte el regalo que yo quisiera.

–  Pídeme lo que quieras, te lo regalaré si puedo hacerlo. – Me dice intrigado. – ¿Qué es lo que quieres?

–  Se me ocurren muchas cosas, pero no termino de decidirme.

–  Pídelas todas, tengo suficiente dinero.

–  El problema es que ninguna de las cosas que deseo se compra con dinero, no quiero cosas materiales, quiero otro tipo de regalo más personalizado. – Le digo con la voz llena de lujuria y pasión.

–  Creo que he bebido más de la cuenta y te estoy malinterpretando. – Me contesta Lucas con la voz ronca delatando su excitación. – ¿Puedes decirme qué quieres exactamente?

–  Justo lo que estás pensando. – Le susurro al oído.

No tengo que decir nada más, Lucas se me echa encima y hace de mi boca su prisionera mientras sus manos recorren todo mi cuerpo como si quisiera aprendérselo de memoria. Estoy tan conmocionada de sentir sus labios sobre los míos y sus manos sobre mi piel que me olvido hasta de respirar.

–  Respira, cariño. – Me susurra al oído. – Si te olvidas de respirar, no podré darte tu regalo de cumpleaños.

Sus premonitorias palabras me excitan tanto que se me escapa un gemido de lo más profundo de mi garganta, necesito tenerle. Lo necesito ya.

Sin necesidad de hablarle, Lucas parece entenderme y, tras cogerme de los muslos y alzarme haciendo que rodee su cintura con mis piernas, sube las escaleras hasta llegar a su habitación sin dejar de besarme. Me tumba boca arriba sobre la cama y me observa con una sonrisa pícara y un destello en los ojos, revelando su excitación. Se desnuda poco a poco ante mí, primero quitándose la corbata para seguir con la chaqueta americana, el cinturón, el pantalón, la camisa, los calcetines y, por último, su bóxer negro. Deja que me deleite observándolo y eso es lo que hago, sobre todo centrándome en su abultada entrepierna, lista y preparada para una noche de pasión.

Tras dejar que me deleite unos segundos, Lucas me coge en brazos y me deposita de pie en el suelo, preparándome para desnudarme. Empieza acariciándome las manos y asciende hasta llegar a mi cuello para rodearlo y desabrocharme el vestido, el cual se desliza hasta caer a mis pies de inmediato.

–  ¿Qué estás haciendo conmigo? – Me pregunta mientras acaricia mi cuello con sus labios, formando un camino por mi clavícula hasta llegar al hombro. – Desde que te vi en el Sweet te metiste en mi cabeza y lo único en lo que podía pensar era en este momento.

–  Podrías haberlo dicho antes. – Protesto divertida mientras acaricio su abdomen con las yemas de mis dedos.

–  No podía, le prometí a Giovanni que no intentaría nada contigo a menos que tú me lo pidieses antes, así que la decisión estaba en tus manos. – Me susurra al oído acariciándome con la nariz. – Te deseo como nunca he deseado a nadie.

Y sus palabras resuenan en mi cabeza una y otra vez, hasta disolverse para dejarme llevar por el momento, para disfrutar de mi regalo de cumpleaños.

Y de repente tú 12.

Y de repente tú

Martes, 14 de agosto de 2012.

Cuando llegamos a la cabaña de Lucas en el Lago Norte, no doy crédito a mis ojos. Como Giovanni ya nos había advertido, no tiene nada que ver con la cabaña que nos habíamos imaginado en nuestra mente. Se trata de una enorme casa a orillas del lago, hecha de piedra y madera, con un amplio porche, jardín y piscina. Es más parecida a una mansión de dos plantas sacada de una revista de viajes de lujo donde pasar unos días en la montaña, en plan rústico. Por dentro la cabaña es todavía más espectacular. Tiene cuatro habitaciones, tres baños, un enorme salón con chimenea, mesa de billar, un mueble-bar lleno de bebidas de todo tipo y un televisor de 50 pulgadas frente a dos sofás color crema y una mesita auxiliar. La cocina es de estilo americano, con una isla en medio de la estancia que separa la cocina del comedor.

Lucas y Giovanni nos enseñan nuestras habitaciones que, casualmente, la de Gina está junto a la de Giovanni y la mía junto a la de Lucas, que se encuentra en el otro extremo del pasillo.

Lucas y Giovanni nos han venido a buscar en cuanto han dejado resueltos los asuntos de su empresa y hemos venido todos juntos en el coche de Giovanni, que es un 4×4 y es mucho más amplio. El viaje ha durado apenas una hora, así que a las seis de la tarde ya estábamos aquí.

Como habíamos pensado celebrar mi cumpleaños esta noche, Lucas se ha empeñado en pasar la tarde acomodándonos en la habitación y descansando, a veces puede ser un poco mandón. Pero no ha habido manera de hacerle entender que quería darme un chapuzón en el lago y ha insistido en que tenía que descansar. No me ha quedado más remedio que obedecer, sobre todo porque Gina estaba haciéndome señas para que no dijera nada inapropiado y fuera amable con Lucas.

A las ocho y media de la tarde, Gina entra en mi habitación mientras yo me estoy secando el pelo.

–  ¿Dónde vas así vestida? – Me pregunta Gina horrorizada.

–  ¿Qué le pasa a mi ropa?

–  ¿Bromeas? No puedes bajar así. – Me inquiere. – Por suerte, yo he pensado en todo y te he traído un vestido.

Saca un vestido de color violeta con un escote abierto hasta el ombligo y dos finos tirantes atados al cuello, ceñido hasta a la altura de las rodillas donde se ensancha al estilo sirena.

–  El vestido es parte de tu regalo de cumpleaños, pero no el más importante. – Me dice alegremente con una sonrisa en los labios. – Ponte el vestido o esos dos me matarán, no sabes cómo me ha costado convencerlos para que se vistieran de etiqueta.

–  Pero, ¿por qué has hecho eso?

–  Es el primer año que celebras tu cumpleaños lejos de casa, sé que aunque te parezcan horribles, echas de menos una de esas fiestas que organizan nuestras madres, así que te he organizado una, aunque solo estaremos nosotros cuatro.

–  Está bien, me cambio  y bajo. – Acepto finalmente.

–  Genial, yo también me voy a cambiar. Nos vemos ahora abajo.

Veinte minutos más tarde, cuando ya estoy lista para bajar al salón, alguien llama a la puerta de mi habitación, golpeándola suavemente con la mano.

–  Pasa, está abierto. – Grito desde el otro extremo de la habitación mientras me perfumo tranquilamente creyendo que es Gina quien ha llamado a la puerta. – Si vienes para comprobar si me he puesto el vestido, puedes estar tranquila. He sido una niña buena y te he hecho caso.

–  En ese caso, recuérdame que le dé las gracias a Gina. – Contesta la voz de Lucas.

¿No es Gina quién está ahí? Me vuelvo despacio y me encuentro con Lucas, perfectamente vestido con un traje negro igual que la corbata y una camisa de color gris marengo. Está irresistible. De repente, aparece así vestido frente a mí y hace que me olvide hasta de hablar.

–  Estás preciosa. – Me dice sonriendo y acercándose a mí para coger mi mano derecha y alzarla hasta sus labios para besarla, como el caballero que es. – Como no bajabas, Gina me ha pedido que viniera a buscarte. Por cierto, si te sirve de consuelo, Gina también es la causante de que vaya así vestido.

–  En ese caso, yo también tendré que darle las gracias. – Le contesto pícaramente.

Paso por delante de Lucas para salir al pasillo y bajar las escaleras y dirigirme al salón, pero Lucas se ha quedado parado en su sitio.

–  ¿Es la primera vez que una chica te dice que estás muy guapo con traje? – Le pregunto burlonamente mientras le sonrío pícara.

–  Es la primera vez que tú me lo dices, pero apenas he podido disfrutarlo porque no me esperaba un cumplido por tu parte, ¿podrías repetirlo? – Se mofa.

–  Señor Mancini, no debería reírse de mí. – Le digo divertida. – Estoy segura de que Giovanni le habrá informado que soy cinturón negro en karate, no le conviene hacerme enfadar.

–  Por su tono, deduzco que Giovanni no le ha informado que yo también soy cinturón negro en karate, así que, si usted quiere, podemos hacer unas batallitas. – Me sonríe y empieza a caminar en mi dirección para, justo cuando pasa por mi lado, me susurra con su voz irresistible: – No te preocupes, te daré ventaja y te prometo que no te haré daño.

Está hablando de karate, pero mi mente perversa se imagina otra cosa y mi entrepierna empieza a arder. No voy a poder soportar esta tensión sexual por mucho más tiempo y menos todavía con alcohol y música de por medio. “La mejor manera de librarse de la tentación es caer ella”. De nuevo Óscar Wilde vuelve a mi cabeza, quizás deba caer en la tentación y así librarme de ella, pero Óscar Wilde no pensó que al sucumbir podemos convertirnos en adictos y eso no puede acabar bien. ¿Qué se supone que debo hacer? Me estoy precipitando, Lucas ni siquiera ha intentado nada conmigo, solo se está comportando de manera amable y educada, nada fuera de lugar. Exceptuando el hecho de que su familia cree que soy su novia, pero eso es otra historia.

Bajamos al salón mientras yo sigo dándole vueltas a la cabeza hasta que Giovanni me devuelve a la realidad, casi a voz en grito:

–  Mel, ¿se puede saber en qué estás pensando para que tu mente esté a miles de kilómetros de aquí?

–  Por su cara, yo diría que en Óscar Wilde. – Murmura Lucas divertido.

–  ¿En Óscar Wilde? – Preguntan sorprendidos Gina y Giovanni al unísono.

–  Sí, últimamente Óscar Wilde está muy presente en mi cabeza. – Contesto mirando a Lucas.

–  Me he perdido. – Dice Giovanni.

–  Yo también. – Le secunda Gina.

–  ¿Quieres contarnos por qué piensas en Óscar Wilde? – Me pregunta Lucas burlonamente. Pondría la mano en el fuego que ha deducido que pienso en las frases sobre la tentación de Óscar Wilde, mundialmente conocidas.

–  Pienso en sus frases, no en él. – Le respondo divertida y añado maliciosa: – Te pondré un ejemplo: “Las preguntas no son nunca indiscretas. Las respuestas, a veces sí.”

–  Touchée. – Me dice guiñándome un ojo.

Pasamos a la cocina donde, mientras yo estaba descansando obligatoriamente en mi habitación, ellos han estado preparando la cena y decorando la estancia con globos, velas y un montón de regalos.

Nos sentamos a la mesa para cenar y Giovanni nos sirve unas copas de vino tinto, uno de los mejores según los entendidos en vino, a mí todos me parecen iguales. Antes de servir el segundo plato, ya estamos todos bastante achispados.

Y de repente tú 11.

Y de repente tú

Viernes, 10 de agosto de 2012.

Abro los ojos de golpe, me siento rara. Miro a mi alrededor y la luz del sol que entra por la ventana me deslumbra, así que vuelvo a cerrar los ojos. ¿Qué hora es? Deslizo mi brazo hasta el filo de la cama intentando encontrar la mesilla de noche contigua, pero allí no hay nada. Vuelvo a abrir los ojos, pero esta vez lo hago lentamente para no deslumbrarme de nuevo. ¿Dónde estoy? Esta no es mi habitación en casa de Giovanni, ni tampoco la de mi nuevo apartamento. Oh, no. ¿Estoy en casa de Lucas?

Como si de un acto reflejo se tratara, mis manos retiran la sábana que cubre mi cuerpo y me tranquilizo al descubrir que no estoy desnuda, llevo puesta una enorme camiseta roja de manga corta y mis braguitas, nada más. Recuerdo haberme manchado mi camiseta de vino y que Lucas me dio esta mientras bromeaba diciendo que si volvía a mancharme no se notaría, pero no recuerdo haberme quitado el short en ningún momento. ¿Qué he hecho? ¿Cómo he llegado aquí sin mi short? ¿Dónde está Lucas?

Cierro los ojos mientras mi mente trata de abrir los cajones de mi memoria, pero están cerrados con llave y no logro recordar nada, al menos nada que no pueda ser producto de mi imaginación. No debí beber tanto.

Analicemos la situación. Estoy medio desnuda en la cama de Lucas. Anoche cenamos y bebimos en su salón, sobre todo bebimos. Estuvimos hablando de nuestra infancia, la suya y la mía. Y eso es todo lo que recuerdo. Y ahora estoy aquí, en su cama.

–  ¿Se ha despertado ya la bella durmiente? – Oigo su voz. ¿Está en mi cabeza o es real?

Abro los ojos poco a poco, adaptándome de nuevo a la luz que hay en la habitación para tratar de localizar el cuerpo de donde sale esa voz, su voz.

–  ¿Dónde estoy? – Pregunto cerrando de nuevo los ojos cuando logro vislumbrarle de pie a los pies de la cama. ¿Cómo es posible que esté tan guapo recién levantado?

–  Estás en mi apartamento, en mi cama, para ser más exactos. – Me dice sonriendo. – Gina te ha traído algo de ropa, puedes ducharte si quieres. Por cierto, Giovanni y Gina han ido a tu apartamento a coger algunas cosas, no regresarán hasta esta noche. Voy a prepararte algo para desayunar, estaré en la cocina.

–  Lucas, espera. – Le digo antes de que se marche de la habitación. – ¿Ha pasado algo…? – No sé cómo continuar y me quedo en silencio.

Lucas me mira y me sonríe maliciosamente. Esa sonrisa puede ser igual de peligrosa que su mirada de Iceman, pero en otro contexto.

–  ¿Qué crees tú que ha pasado? – Me pregunta sin disimular lo evidente que resulta que se está divirtiendo con la situación.

–  Lo único que recuerdo es que cenamos, bebimos, charlamos y seguimos bebiendo. – Le digo encogiéndome de hombros. – Ahora estoy en tu cama y medio desnuda, pero no recuerdo cómo he llegado aquí ni dónde están mis shorts.

–  Anoche bebimos demasiado y te quedaste dormida mientras te contaba mis años en la universidad, así que te llevé a mi cama, que es la única cama que hay en el apartamento, y te dejé dormir.

–  Eso no explica dónde están mis shorts. – Insisto. – Y, si solo hay una cama, ¿dónde has dormido?

–  Los shorts te los quitaste porque te molestaba el botón y decías que esa camiseta era como un camisón de tu abuela que te cubría hasta los pies. – Dice intentando controlar su risa sin éxito. – Y yo he dormido en la cama.

–  ¿Hemos dormido juntos? – Pregunto atónita. ¿Cómo es posible que haya dormido en la misma cama que él y no hayamos…?

–  ¿No pretenderías que durmiese en el sofá? – Se mofa. – Tranquila, esta cama es muy grande y ni siquiera nos hemos rozado mientras dormíamos. Ahora dúchate y vístete que voy a hacer el desayuno, o más bien dicho la comida, que ya es mediodía.

Lucas sale de la habitación y yo decido levantarme y darme una ducha. Cuando salgo del baño, Lucas ha dejado una bolsa con ropa, la ropa que me ha traído Gina. Decido ponerme un vestido ibicenco y las mismas sandalias que llevaba anoche. Al agacharme para calzarme las sandalias me doy cuenta de que mis shorts están sobre una butaca, Lucas ha debido traerlos.

Estoy a punto de salir de la habitación cuando oigo la voz de una mujer procedente del salón y me quedo detrás de la puerta para escuchar.

–  Había pensado en ir a buscarte para salir a comer, pero llamé a tu oficina y me dijeron que no habías ido a trabajar, así que pensé que estabas enfermo y por eso he venido. – Dice la mujer.

–  Mamá, estoy bien. – Oigo la voz de Lucas. – Además, tengo una invitada y no puedo salir a comer contigo, te llamo mañana y vamos a comer donde tú quieras.

– ¿Una invitada? Tú, que aunque seas mi hijo y te quiera mucho, eres el hombre de hielo, ¿tienes a una invitada? ¿Del sexo femenino? – Pregunta la mujer estupefacta. – Eso es lo más parecido al amor que he visto en ti, ¿quién es la afortunada?

–  Mamá, hoy no. – Sentencia Lucas. – No creo que lo que le apetezca en este momento sea conocer a mi madre.

–  Pregúntaselo a ella, a lo mejor no le parece una idea tan descabellada.

No me lo puedo creer, la madre de Lucas está aquí y quiere conocerme. Oh, Dios. Esto no me puede estar pasando a mí.

Escucho unos pasos acercarse y disimulo empezando a recoger mi ropa para doblarla y guardarla en la bolsa que me ha traído Gina.

La puerta de la habitación se abre y entra Lucas, cerrando la puerta tras él. Me mira desconcertado y por primera vez noto la duda y la inseguridad en su mirada. ¿Dónde se ha metido Iceman?

–  Mel, mi madre está aquí. – Me dice delatando su nerviosismo al pasarse las manos por la cabeza. – Le he dicho que no estaba solo y se ha empeñado en conocerte, pero no tienes por qué hacerlo si no quieres.

–  No me importa conocerla pero, ¿qué se supone que estoy haciendo aquí? Es una situación un poco incómoda, ¿no crees?

–  No te preocupes por eso. – Me dice cogiéndome de la mano y arrastrándome hacia a la puerta. Se vuelve hacia a mí y añade antes de abrir la puerta y salir al pasillo que da al salón: – Estás preciosa con ese vestido blanco.

Salimos de la habitación y camino por el pasillo con las piernas temblorosas hasta llegar al salón donde, sentada en un sillón está la madre de Lucas. La mujer parece ser de la edad de mi madre, quizá pocos años mayor. Lleva el pelo de color caoba recogido en un inmaculado moño, dejando al descubierto sus perfectas y dulces facciones y sus ojos del color azul del cielo. Va vestida con un traje de falda y chaqueta de color gris perla y una blusa lisa de color blanco nuclear.

La mujer se levanta en cuanto nos ve aparecer y me sonríe ampliamente con los ojos brillantes por la emoción. Lucas me rodea por la cintura con su brazo, ofreciéndome su apoyo, y le dice a su madre:

–  Mamá, te presento a Mel. – Se vuelve hacia a mí y añade: – Mel, ella es mi madre.

–  Encantada de conocerla, señora Mancini. – La saludo estrechándole la mano.

–  Lo mismo digo, Mel. – Me dice sin dejar de sonreír. – Cuando Mía me lo contó, no podía creérmelo pero, ahora que te conozco, lo entiendo todo.

¿A qué se refiere? ¿Es un cumplido o una puñalada? Busco la mirada de Lucas intentando obtener una respuesta a todas mis preguntas, pero la madre de Lucas interrumpe mis pensamientos:

–  Llámame Leonor, por favor. – Me dice sonriendo. – Mía me dijo que vendrás con Lucas a la fiesta del final del verano, ¿es así? Mi hijo nunca ha asistido a una de las fiestas que organizo ni a las que nos invitan, es un poco asocial, nada que ver con Mía.

–  Estoy totalmente de acuerdo. – Bromeo.

–  Si queréis, os dejo a solas para que me podáis seguir criticando con más libertad. – Se queja Lucas.

– Oh cariño, nadie en su sano juicio se atrevería a criticarte. – Se mofa Leonor. – ¿Por qué no venís mañana a cenar a casa?

–  Mamá, Mel tiene cosas que hacer y no…

–  Bueno pues si no es mañana, ¿cuándo puedes venir a casa? – Me insiste Leonor ignorando las excusas de su hijo. – Te prometo que te haremos sentir como en tu propia casa. Además, invitaremos también a Giovanni y a tu amiga, así te sentirás aún más cómoda.

–  Lo cierto es que mañana no puedo. – Me excuso. – Pero quizás podamos ir el próximo sábado, ¿tú qué dices, Lucas?

–  Yo no digo nada, que luego siempre termino siendo el culpable de todo. – Me dice levantando las manos en señal de inocencia. – Poneros de acuerdo entre vosotras que hasta ahora se os estaba dando muy bien.

–  Leonor, deja que hablemos con Giovanni y Gina y te diremos algo, ¿de acuerdo? – Le digo sin comprometerme demasiado.

–  El próximo sábado, no lo olvidéis. – Nos dice Leonor levantándose del sillón y añade para despedirse antes de macharse: – Me alegra saber que esta visita ha servido para algo, por fin mi hijo se echa novia.

–  ¡Mamá! – Protesta Lucas.

Rápidamente, Leonor nos da un par de besos en la mejilla y desaparece como si la arrastrase un huracán y la sacara del apartamento. Lo cierto es que a mí también me gustaría salir corriendo y huir, la mirada de Iceman ha vuelto y no augura nada bueno.

–  No le puedes decir a mi madre que vas a ir y después no aparecer. – Me advierte.

–  Mi intención es ir contigo y pasar un buen rato, si estás de acuerdo, claro.

–  ¿De verdad quieres ir? Van a hacerte un montón de preguntas y…

–  No te preocupes. – Le interrumpo. – Estoy acostumbrada a tratar con mi madre y con la madre de Gina, tu madre a su lado es como un corderito al lado de un lobo. Aunque creo que tienes que explicarme por qué tu madre piensa que somos novios.

–  No salgo con chicas, en plan citas y esas cosas. – Empieza a decirme poniéndose serio. – No llevo a chicas a lugares públicos y nunca he traído a casa a una chica, es mi santuario, solo para mí. Mi madre y Mía están obsesionadas en que tengo que encontrar novia y si sumas uno más uno…

–  Te acabo de meter en un buen lío. – Le interrumpo arrepentida. – Lo siento, no sabía qué decirle y me pareció feo rechazar su invitación sin escrúpulos. Puede que no vuelva a verla, pero no quiero que se lleve una mala impresión de mí, y mucho menos cuando yo no soy así.

–  Me encanta que hayas aceptado. – Esta vez es él quien me interrumpe. – Por un momento pensé que ibas a salir corriendo y no volvería a verte y sin embargo aquí estás, en medio de una emboscada.

–  Te va a sonar raro, pero tu madre me recuerda mucho a la mía. – Le digo divertida. – Mi madre se pasa la vida buscando posibles candidatos a príncipe azul mientras yo trato de salir airosa. Giovanni vino un verano a Villasol y se quedó en casa unos días, si no llegamos a frenarla, nos hubiéramos casado ese mismo verano. Gina tiene un término psicológico para eso, pero yo simplemente digo que está loca.

–  Creía que entre tú y Giovanni nunca había habido nada.

–  Y no lo ha habido, por eso te digo que mi madre está loca. – Le contesto sonriendo. – Giovanni y yo hicimos un trato, si a los treinta sigo soltera, me casaré con él para que mi madre deje de darme la lata y las mujeres dejen de pedirle más compromiso a Giovanni. Suena un poco frío, pero si lo meditas tiene su lógica.

–  ¿Por qué lo haces? ¿Por qué quieres ir a cenar con mi familia?

–  Me gusta estar contigo y tengo curiosidad por conocer a tu familia. – Le contesto insegura. – Mía y tu madre me caen bien, si tu hermano y tu padre son la mitad de amables y simpáticos de lo que son ellas, nos llevaremos bien.

Lucas y yo pasamos el resto de la mañana cocinando y parte de la tarde recogiendo la cocina. Mientras tanto, vamos charlando y me sorprendo al comprobar que se me da bastante bien la convivencia con él. Le cuento anécdotas de mi madre y sus intentos de buscarme pretendientes y ambos reímos a carcajadas. Iceman vuelve a desaparecer para dejar paso a un Lucas más relajado y sonriente.

Y de repente tú 10.

Y de repente tú

Jueves, 9 de agosto de 2012.

Cuando Giovanni regresa del trabajo, decido actuar. Llevo dos días encerrada con Gina en casa de Giovanni y ya no puedo más. Gina ha estado entrando y saliendo con Giovanni con la excusa de ir a casa a por ropa y demás enseres necesarios, pero a mí me tienen en clausura. Según Gonzalo, hasta que confirmen que la mafia sureña ha abandonado el país, lo mejor es que me quede aquí y procure no salir a la calle, cosa que Gina y Giovanni se han tomado al pie de la letra.

Por si fuera poco, no he visto a Lucas desde el martes, cuando se marchó sin despedirse de mí tras traerme a casa de Giovanni. Llevo dos días viviendo en frente de su casa y ni siquiera ha venido a verme. Giovanni no me ha dicho nada sobre Lucas y yo tampoco he querido preguntar, aunque me muero de ganas por verlo.

Pero de esta noche no pasa, tengo que aclarar con Lucas todo esto, al fin y al cabo él me ha estado ayudando. Aunque cabe la posibilidad que al escuchar mi historia haya decidido alejarse, sería lo más sensato en su situación.

–  ¿Qué tal el día, chicas? – Nos pregunta Giovanni nada más entrar en casa.

–  Aburridas. – Contesta Gina. – Y tengo antojo de comida japonesa, ¿no podemos ir a cenar a un japonés? En plan rápido, solo esta noche.

–  No, Gonzalo ha sido bastante claro: Mel no puede salir a la calle. – Responde Giovanni.

–  Yo no puedo, pero vosotros sí. – Le digo sonriendo. Sé que a ambos les encantará salir juntos a cenar y yo necesito un poco de vía libre. – Id vosotros a cenar, yo estaré bien.

–  ¿Estás segura? – Me pregunta Gina. – No me hace gracia que te quedes sola.

–  Estaré bien, coge el bolso y largaros, venga. – Les apresuro.

–  Voy a cambiarme de ropa, tardo dos minutos. – Dice Gina.

–  Eso quiere decir media hora. – Murmura Giovanni sacando un par de cervezas de la nevera y ofreciéndome una. – ¿Has tenido noticias de Gonzalo?

– Sí, ha llamado esta mañana y hace un rato. Cree que cómo mucho estarán en el país una semana más, así que vas a tener inquilinas unos días más. – Bromeo.

–  Estoy encantado teniendo inquilinas. – Me contesta Giovanni sonriendo para acto seguido preguntarme socarronamente:- ¿No quieres preguntarme nada?

–  ¿Qué pasa con Lucas? ¿Está enfadado conmigo? ¿Ha pensado en todo lo que le conté y no quiere saber nada de mí? – Le pregunto sin contenerme.

–  Eso deberías preguntárselo a él.

–  Se fue sin despedirse y no he sabido nada más de él, ¿qué se supone que tengo que hacer?

–  Vive en el apartamento de en frente, solo tienes que cruzar el rellano. – Me dice con tono burlón y le da un trago a su cerveza antes de añadir: – Ahora mismo está en su apartamento, ¿por qué no vas a verle?

–  A lo mejor ha quedado con alguien.

–  Lucas no lleva chicas a casa, es su regla número dos.

–  ¿Y cuál es la regla número uno?

–  No llevar a una chica a casa de sus padres.

–  Quizás debería mandarle un mensaje y decirle que quiero hablar con él. – Propongo.

–  Como quieras, pero si quieres un consejo, es mejor que vayas tú a buscarle.

Gina aparece en el salón lista para salir a cenar y ambos se despiden de mí. Por supuesto, Giovanni me recuerda que solo estoy autorizada a salir del apartamento para ir al apartamento de Lucas.

Voy al baño antes de salir y me peino un poco. Me miro en el espejo consciente que no voy muy bien vestida, un short tejano y una camiseta blanca de algodón con tirantes cruzados por detrás, pero no me cambio de ropa, no quiero que piense que me he arreglado para él.

Media hora más tarde, me armo de valor y salgo al rellano decidida a llamar al timbre del apartamento de Lucas. Me paro frente a su puerta y noto como las piernas empiezan a flaquearme, estoy un poco nerviosa y presiono el botón del timbre con el dedo índice antes de perder el valor y salir corriendo. En pocos segundos, la puerta se abre y tras ella aparece Lucas vestido tan solo con un pantalón del equipo local de fútbol y desnudo de cintura para arriba. Su pelo está mojado, igual que su pecho y su abdomen, debe de acabar de salir de la ducha.

–  Mel. – Me dice con frialdad en los ojos cuando me ve.

–  ¿Tienes un minuto? Me gustaría hablar contigo. – Le digo con un hilo de voz. – Si estás ocupado, puedo volver en otro momento.

Lucas me mira y me remira y, finalmente, me dice echándose a un lado para dejarme entrar:

–  Adelante, pasa.

Camino con mis piernas temblorosas hasta llegar al salón mientras echo un rápido vistazo para comprobar el lugar, que tiene la misma distribución que el apartamento de Giovanni. La decoración es minimalista, utilizando el negro y el blanco combinado por algún toque de color rojo. Bonito, pero demasiado masculino para mi gusto. Sin embargo, me llama la atención el cuadro que hay colgado en la pared sobre la chimenea. Se trata de una réplica exacta del Guernica de Picasso.

–  ¿Te gusta? – Me pregunta Lucas. – Puede que no sea el mejor cuadro para decorar un salón, al menos eso decía el decorador que contraté, pero a mí me gusta donde está.

–  “No, la pintura no está hecha para decorar las habitaciones. Es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo.” Al menos, eso fue lo que dijo Picasso. – Le respondo sin dejar de observar el cuadro. – Está considerada una de las obras más importantes del siglo XX y su valor artístico está fuera de discusión, pero nadie menciona su valor simbólico y lo que representa.

–  Olvidaba que estaba hablando con una experta. – Me dice sonriendo. – Giovanni me ha dicho que acabas de graduarte en historia del arte.

–  Sí, pero aún no he encontrado trabajo, aunque tengo dos entrevistas concertadas. – Le informo sin esperar a que me pregunte. Me vuelvo hacia a él para mirarle directamente a los ojos y le pregunto con voz calmada: – ¿Por qué estás enfadado conmigo?

–  ¿Qué te hace pensar que lo estoy? – Me pregunta enarcando las cejas.

–  El martes te fuiste sin despedirte, ni siquiera me miraste. – Le respondo encogiéndome de hombros y volviendo la mirada al cuadro.

–  No estoy enfadado. – Me dice zanjando el tema. – ¿Te apetece una copa de vino?

–  ¿No vas a contarme que pasó? – Insisto.

–  ¿De verdad quieres saberlo? – Me espeta. – Te pedí que confiaras en mí, te hice una sola pregunta y te encerraste en banda de repente. Me diste a entender que yo no era nadie para hacer preguntas y no las hice. No me lo tomé muy bien en ese momento, pero comprendo tu posición. Al fin y al cabo, ¿qué me importa a mí lo que estuvieras haciendo? Sexo, drogas, dinero, ¿qué más da? Es tu vida y tu pasado, yo no soy nadie para entrar en él.

–  Estaba allí porque una compañera de la universidad me llamó pidiendo ayuda. Su novio era uno de los mafiosas sureños y ella le había dejado esa misma noche, pero él la retuvo allí por la fuera. – Empiezo a contestar a la pregunta que me hizo hace dos días. – Apenas hacía diez minutos que había llegado cuando empezó el tiroteo. – Miro por una de las ventanas del salón para desviar mi mirada de la suya y añado con un hilo de voz: – Mi amiga fue a la primera que vi cuando el tiroteo cesó. Estaba en el suelo rodeada de un enorme charco de sangre. – Me vuelvo hacia a él y mirándole a los ojos susurro: – Si no te contesté no es porque no confiara en ti, sino porque no me gusta hablar de ello.

–  Entonces, ¿por qué me lo cuentas ahora? – Me pregunta sosteniéndome la mirada.

–  Supongo que es mi manera de demostrarte que confío en ti, aunque no necesariamente te cuente todo lo que me haya pasado. – Le contesto encogiéndome de hombros. – ¿Te apetece cenar conmigo? No puedo salir del rellano, así que tendríamos que cenar aquí o en casa de Giovanni.

–  Me encantaría cenar contigo. – Me contesta cogiéndome de la mano y arrastrándome a la cocina con una sonrisa de oreja a oreja. – Mejor cenamos aquí, así podremos charlar más tranquilamente.

–  Gina y Giovanni han salido a cenar, podemos charlar tranquilamente en cualquiera de los dos apartamentos. – Puntualizo divertida.

–  ¿Se han ido a cenar y te han dejado sola? – Me pregunta indignado.

–  Me ha costado un poco convencerlos, pero al final lo he conseguido. – Le contesto devolviéndole una sonrisa pícara.

–  Así que te las has apañado para que se vayan a cenar fuera y has venido a verme para disculparte y ¿cenar conmigo? – Me pregunta socarrón.

–  Ese sería un resumen bastante breve y escueto, pero sí, más o menos. – Paso a su lado y abro la puerta de la nevera, que está a rebosar de comida pese a que vive solo. – Con lo que tienes aquí puedo hacer cualquier cosa, ¿alguna sugerencia?

–  Muchas, pero ninguna culinaria. – Susurra con voz ronca justo detrás de mí. – Puedo llamar al Bistro y que nos traigan algo de comer, así no tendremos que cocinar.

Como no deje de hablarme así, me va a dar algo. Cada una de sus palabras suenan a sexo, o al menos yo las interpreto así. Su voz ronca y sexy susurrando detrás de mí es más de lo que puedo soportar, al menos sin lanzarme a su cuello. “Logro resistirlo todo salvo la tentación”, Óscar Wilde.

–  ¿En qué te has quedado pensando?  Me pregunta Lucas, medio burlón y medio preocupado.

–  En Óscar Wilde.

–  ¿Óscar Wilde? – Me pregunta, ahora confundido.

–  Olvídalo, cosas mías. – Le respondo divertida. – Me parece buena idea pedir comida a domicilio, así tendremos más tiempo para charlar tranquilamente.

No debería pensar en esto, pero se me ha venido a la cabeza otra gran frase de Óscar Wilde: “La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella”. Y eso es todo lo que necesito para relajarme y disfrutar de una copa de vino en compañía de Lucas, que parece que hoy le ha dado el día libre a Iceman.

Lucas llama por teléfono para encargar comida a domicilio y cenamos mientras hablamos animadamente, consecuencia de la botella de vino que nos hemos bebido y parte de la segunda botella que nos vamos a beber.

A %d blogueros les gusta esto: