Archivo | febrero 2016

Liebster Award.

premio liebster

 

 

Hoy he recibido el premio Liebster Award de las manos de Josue A y estoy que aún no me lo creo. Hace poco más de dos meses que creé el nuevo blog Los Relatos de Rakel y ya es el quinto premio que recibo, lo que me llena de felicidad y alegría.

Por eso, mi querido Josue A, quiero agradecerte enormemente que te hayas acordado de mí. Y, desde aquí, aprovecho para deciros que le echéis un vistazo a su blog SER MEJOR – Leadership & more, seguro que os gustará!

Liebster Award es un premio ideado para fomentar la visibilidad en la comunidad online. Una distinción que se otorga de un/una blogger a otr@ blogger, por el contenido que publica en su blog, o por las interacciones que se aportan al mundo del blog.

 

Las reglas son sencillas: 

1. Responder las 10 preguntas del blog que te nominó.

2. Hacer 10 preguntas a tus nominados.

3. Nominar 10 blogs.

4. Agradecer públicamente al blog que te nominó.

 

Aquí respondo a las preguntas de Josue A:

1. Cuenta una anécdota chistosa de tu infancia de la que mas te acuerdes, si te paso a ti o al primo de un amigo,  no importa, anda la queremos oír.
Cuando era pequeña pasábamos los fines de semana y vacaciones en un camping. Mis padres siempre me recuerdan que los domingos por la tarde, cuando ya era hora de regresar a casa, tenían que recurrir a llamarme por los altavoces del camping para encontrarme. Lo cierto es que no lo hacía a propósito, simplemente era una niña que perdía la noción del tiempo jugando con sus amig@s. 😉
2. ¿Blogger o WordPress?  y dime ¿por que?
No sabría decirte. Empecé con Blogger y hace poco cambié el blog a WordPress. Blogger tiene cosas buenas que no tiene WordPress y viceversa pero, si tengo que decantarme por uno, diría que WordPress, al fin y al cabo cambié el blog tras recibir varias recomendaciones. 
3. Película animada que mas te gusta y ¿Cual fue el mensaje? … si es lo que le hayas entendido …
La Bella y la Bestia. El mensaje: “La belleza está en el interior.” 
4. ¿Que fue primero el huevo o la gallina?  nunca me han resuelto esa duda, a lo mejor tu si sabes …
Lo siento amigo, pero no sé la respuesta. Si alguien te la da, avísame que yo también tengo curiosidad!

5. Para las mujeres, si te dieran a escoger entre belleza o inteligencia ¿cual escogerías y por que? … si amigas, yo se que a ustedes les toco ambas, pero vamos a suponer que solo pudieran escoger una …  Para los hombres ¿te gustaría ser metrosexual? ¿Por qué? ..

Sin duda alguna, me quedo con la inteligencia. La belleza es efímera, pero la inteligencia perdura. 

 

6. En alguna ocasión has perdido algo y no sabes donde esta, luego cuando le cuentas a alguien te dice: ¿donde lo perdiste? …  ¿que fue lo que le respondiste? o ¿que fue lo que pensaste?

Para lo despistada que soy, no suelo perder muchas cosas pero, cuando las pierdo, procuro decir nada para que no me recuerden que vivo en las nubes. 

 

7.  Nombra una de tus canciones favoritas y ¿de quien te acuerdas cuando la escuchas?

Una canción muy especial para mí es el Himno del Centenario del Sevilla F.C cantado por El Arrebato. Mi abuelo era sevillista hasta la muerte y, siempre que escucho esa canción, me recuerda a él.  

 

8. Será verdad que Confusio invento la Confusión, si no fue él entonces ¿quien fue? … mira que hay mucha en todo el mundo …

Creo que esta pregunta es el motivo por el que prefiero la inteligencia que la belleza, jejeje. No sé quién inventó la confusión, pero desde luego no fue Confucio. 

 

9. ¿Te gusta tu nombre? ¿como te hubiera gustado llamarte?

No es que me encante mi nombre, pero tampoco me puedo quejar. Estoy tan acostumbrada a llamarme Rakel que no me veo con otro nombre.

 

10. ¿Cual sería tu trabajo ideal? ¿Cuando niño con que soñabas ser?

De pequeña quería ser militar, psicóloga o cantante; pero acabé en el despacho de una oficina. Nada más lejos de la realidad!

 

Pregunta para punto extra … si amigos se me hace que no pasan el examen, así que aquí les voy a dar una ayudadita ….

*Si pudiera ir a cualquier lugar (si cualquiera) entonces iría a cualquier sitio con sol y playa.

 

 

Las 10 preguntas para mis nominados son: 

  1. ¿Hay algún libro que te haya hecho llorar?
  2. ¿Cuál es tu película favorita?
  3. ¿Un sueño por cumplir?
  4. ¿Un sueño que hayas cumplido?
  5. Si pudiera pedir un deseo, ¿cuál sería?
  6. ¿Eres optimista o pesimista?
  7. ¿Tienes mascota?
  8. ¿Recuerdas quién fue tu primer amor?
  9. ¿Dónde te gustaría vivir?
  10. ¿Cómo te definirías en una palabra?

 

Y por último pero no menos importante, mis nominados: 

  1. Erika Martin y su blog Anécdotas de Secretarias.
  2. Miriam Gimenez Porcel y su blog Incoherencias sin más.
  3. Rad Nagouse y su blog Revista Radnagouse.
  4. Carla Duque y su blog La Mala Rosa.
  5. Virginia Vallina y su blog Kynkya Relatos.
  6. Flor Oliva y su blog Poemas Flor.
  7. Yayone Guereta y su blog El rincón de Nai67.
  8. Joseme Españoles y su blog Viajes y fotos.
  9. Irene G y su blog La Quimera.
  10. Anto RDX y su blog Positivismo en la tormenta.

 

¡¡¡MUCHÍSIMAS FELICIDADES A TOD@S!!!

No me llames gatita 7.

No me llames gatita

Nada más entrar en la casa me doy cuenta de que la decoración es moderna y escasa, muy minimalista y parecida a una de esas casas para veraneantes adinerados, una casa-hotel.

John le pide a Elliot que me lleve a una habitación específica y Elliot me coge de la mano y tira de mí para guiarme hacia a las escaleras y llegar a la planta superior, donde están las habitaciones. Me instalo en mi nueva habitación, de igual decoración que el resto de la casa, decidida a soportar los días de libertad nula que me quedan. Solo tengo que esperar a que llegue el día del juicio contra Parker.

Los días pasan y mi relación con John, por llamarla de alguna manera, no avanza en absoluto. Me paso el día trabajando desde mi portátil con el fiscal y me mantengo en constante contacto con las testigos, que están en perfecto estado. El nombre del juez que llevará el caso lo mantienen en absoluto secreto, quieren evitar que atenten contra su vida y acabe como el anterior juez. También he llamado a mis padres todas las noches, los pobres están preocupados. El otro día Oliver llamó a Elliot y atendí la llamada con la intención de hablar con él y aclarar lo que le dijo a John cuando se lo encontró en mi casa. La conversación no fue muy bien, pues terminamos discutiendo porque él creía que tenía cierto poder sobre mí, pero se equivocó. Le colgué el teléfono y desde entonces no ha dejado de llamar hasta que John, furioso como nunca lo había visto, le ordenó a Elliot que apagara el maldito móvil.

El día del juicio contra Parker llega y Elliot, John, Samuel, Billy y Tom me acompañan al juzgado junto con una docena de agentes de John que nos escoltan.

El fiscal ha conseguido nuevos testigos que prueban la culpabilidad de Parker en el asesinato del primer juez y los repetidos intentos de asesinato al fiscal y a mí.

El juicio claudica y el juez dictamina que se mantenga a Parker en prisión preventiva hasta que en un plazo máximo de setenta y dos horas se dictamine una sentencia en firme.

Esa misma noche salimos a celebrarlo. Elliot, que me conoce y sabe que no me he repuesto del susto, me ha invitado a quedarme unos días en su casa y yo he aceptado. Aunque tengo que confesar que en parte he aceptado porque John vive en el apartamento de al lado y lo tendré más cerca. Después de dos semanas conviviendo día y noche con él, me cuesta asimilar que no lo voy a ver. Por suerte, esta noche vendrá con nosotros. A las ocho y media de la tarde, llaman al timbre del apartamento de Elliot al que oigo decirme mientras se dirige a abrir la puerta:

–  Cat, ¿estás lista?

–  Un minuto. – Le contesto.

Termino de ponerme un poco de carmín en los labios y me miro por última vez en el espejo. Pelo liso y suelto, vestido negro y ajustado con gran escote y dejando la espalda completamente al desnudo. Me pongo el abrigo antes de salir de la habitación y cojo el bolso.

–  Ya estoy lista. – Anuncio al entrar en el salón y me encuentro con John, que me mira de arriba a abajo con un brillo juguetón en los ojos. – Buenas noches.

–  Buenas noches, gatita. – Me susurra al oído mientras me da un beso en la mejilla. – ¿A dónde vamos a cenar?

–  Cat ha llamado para hacer la reserva, así que supongo que iremos a un restaurante italiano. – Se mofa Elliot riéndose.

Salimos del apartamento y cruzamos el rellano, donde John pulsa el botón del ascensor y se hace un pequeño pero incómodo  silencio. Bajamos al parking y Elliot pasa de largo por delante de su coche y le dice a John:

–  Vamos en tu coche, tengo que llevar el mío al taller.

John saca una llave del bolsillo y las luces de un Audi R8.

–  ¡Joder! – Exclamo alucinada. – Definitivamente, me he equivocado de profesión.

John me lanza las llaves del coche y las cojo al vuelo. Me mira sonriendo y me dice de buen humor:

–  Conduce tú, pero procura no destrozarlo.

–  Creía que tu coche era como una esposa, que no se prestan. – Se mofa Elliot.

–  Espero no arrepentirme. – Bromea John.

Subimos al coche y noto su potencia cuando enciendo el motor. John se sienta a mi lado y se pone el cinturón de seguridad mientras empieza a darme instrucciones sobre cómo conducir. Ni siquiera le escucho, estoy demasiado emocionada por conducir un coche como éste, y John empieza a refunfuñar cuando ve que no le estoy haciendo caso. Me dirijo directamente a la autopista y allí piso el acelerador a fondo, provocando una carcajada en Elliot y que John maldiga todo lo maldecible.

Como era de esperar, John se enfada. Cuando llegamos al restaurante, aparco en la misma entrada y Elliot, dispuesto a divertirse con lo ocurrido, le dice a John sin dejar de reír.

–  Solo a ti se te ocurre dejarle el coche a Cat.

–  La primera y la última vez. – Sentencia John furioso.

–  No entiendo por qué te pones así. – Le reprocho molesta. – Conduzco muy bien y estoy segura de que tú también has pisado el acelerador a fondo en alguna ocasión, de lo contrario no te hubieras comprado un coche como ese.

–  ¿De verdad quieres discutir? – Me desafía John colocándose frente a mí y mirándome a los ojos. – Por el bien de todos, será mejor que olvidemos el tema.

–  Don Gruñón ha vuelto. – Musito entre dientes.

Entramos en el restaurante y el mitre nos acompaña a nuestra mesa, donde ya nos esperan Samuel, Tom y Billy. Nos sentamos con ellos y yo quedo sentada entre Elliot y John, con Samuel justo delante.

–  Espero que vengas preparada, pequeña. – Me dice Samuel divertido. – Tú y yo tenemos una cuenta pendiente y pienso saldarla esta noche.

–  Nunca digo que no a pasar el rato contigo, pero sabes que no conseguirás seguir mi ritmo. – Le contesto sonriendo, sabiendo que John debe pensar que hablamos de cualquier otra cosa excepto de lo que verdaderamente estamos hablando: de las partidas a los dardos que siempre juego con Samuel y que siempre termina perdiendo aunque no pierde la esperanza de ganarme algún día. – Si pretendes estar a la altura, será mejor que no bebas demasiado.

–  ¿Estáis hablando de lo que creo? – Nos pregunta John enfadado.

Todos se echan a reír y yo le contesto divertida:

–  ¿De qué crees que estamos hablando?

–  Cat es la mejor jugando a los dardos, no la he visto perder una partida ni una sola vez. – Le dice Tom a John, tratando de aclarar la situación.

–  ¿Juegas a los dardos? – Me pregunta John sorprendido.

La conversación se torna alrededor de los dardos y va cambiando constantemente, pasando por mi amistad con Elliot y anécdotas de cuándo Elliot y yo vivíamos juntos, hace más de un año. John se divierte y participa en la conversación, pero no habla conmigo directamente y eso me enfurece, aunque no digo nada y disimulo muy dignamente.

Después de cenar vamos al Club, el bar de copas dónde vamos siempre que salgo con los chicos. Nada más entrar, cuatro chicas se dirigen hacia a nosotros y saludan cariñosamente a Elliot, Samuel, Tom y Billy. Las cuatro chicas son correspondidas de igual manera por los cuatro chicos y las cuatro parejas se lanzan a bailar en mitad de la pista, dejándonos a John y a mí solos pero rodeados de gente.

–  Parece que esos cuatro han encontrado otra forma de pasarlo bien. – Replica John molesto y con el ceño fruncido. – No me lo puedo creer.

–  No seas carcamal. – Le respondo volteando los ojos. – Vamos a pedir una copa, te hará ver la vida en color y no en blanco y negro.

Le agarro de la mano y camino tirando de él hasta llegar a una de las barras del pub, dónde me encuentro con William, uno de los camareros del Club y un buen amigo al que hacía tiempo que no veía.

–  ¡Cat! – Me saluda William dándome un afectuoso abrazo, pero se despega de mí en cuanto ve como John le mira con cara de pocos amigos y añade divertido. – Has venido muy bien acompañada.

–  William, éste es John. – Digo haciendo las presentaciones pertinentes mientras ellos se estrechan la mano educadamente. – Elliot, Samuel, Tom y Billy andan por aquí, aunque han encontrado una compañía mejor que nosotros.

–  No hay una compañía mejor que la tuya, preciosa. – Me contesta William guiñándome un ojo con complicidad para después añadir con naturalidad: – ¿Qué os pongo pareja?

–  A mí lo de siempre. – Le respondo sonriendo tímidamente.

–  Yo tomaré un whisky con hielo. – Le responde John demasiado serio.

William nos sirve las copas y yo entrechoco la mía con la de John para brindar con él al mismo tiempo que sonrío y le digo:

–  Por la libertad.

John me devuelve la sonrisa antes de beber un trago de su copa un poco más relajado. Después de bebernos la primera copa, ambos nos sentimos más cómodos, charlamos con naturalidad y sin discutir mientras nos pedimos un par de copas más.

No me llames gatita 6.

No me llames gatita

Me meto en la bañera mientras oigo como John se afeita y, pese a estar desnuda en el mismo baño que un tipo al que tan solo hace una semana que conozco, me siento más segura que nunca.

John sale del baño casi media hora después, cuando alguien golpea suavemente la puerta de la habitación. Aprovecho para salir de la bañera y coger una de las toallas que John me ha dejado preparadas, una para secarme y otra para taparme. Las toallas no son demasiado grandes, pero al menos me tapan lo justo. Abro despacio la puerta del baño y veo a John hablando con Elliot, así que decido quedarme quieta y escuchar.

–  Cat se está bañando y tú, que acabas de salir de la ducha, te estabas afeitando mientras Cat se baña, ¿en serio esperas que me lo crea? – Se mofa Elliot. – No te pido que me lo cuentes, pero al menos no trates de engañarme. Además, te recuerdo que entre Cat y yo no hay secretos, me enteraré si mientes.

–  No es lo que parece, Elliot. – Le contesta John llevándose las manos a la cabeza. – Ni siquiera yo sé lo que es. Es complicado de explicar.

–  ¿Estás bien? ¿Has vuelto a discutir con Cat?

–  No, y eso es precisamente lo que me preocupa. – Le contesta John. – Está demasiado… amable, demasiado vulnerable. En menos de una semana han intentado matarla cuatro veces, Cat es fuerte, pero a lo mejor necesita hablar con un psicólogo o algo.

–  Vuelves a culparte de todo y tú no tienes la culpa de nada. – Le recrimina Elliot. – Hablaré con Cat, pero cómo tú has dicho, han intentado matarla cuatro veces en menos de una semana, es normal que esté asustada, de hecho probablemente estará aterrorizada para que esté siendo amable contigo. – Se mofa Elliot tratando de animar a John. – Cat es la persona más fuerte que conozco, psicológicamente hablando. Tienes que leer el expediente Tanco, nuestro anterior jefe quería contratar a Cat como negociadora.

Decido abrir del todo la puerta y salir del baño antes de que sigan hablando del tema, no me gusta recordar lo que ocurrió.

–  Cat, ¿cómo te encuentras? – Me pregunta Elliot al verme salir del baño y me recibe con uno de sus afectuosos abrazos. – Aunque ya veo que te has estado relajando en el baño. – Añade divertido.

–  Elliot. – Le advierte John con severidad.

–  De acuerdo, no es asunto mío. – Se excusa Elliot alzando las manos con dramatismo.

Justo en ese momento, entran en la habitación Samuel, Billy y Tom y se nos quedan mirando a John y a mí, que únicamente estamos vestidos con una escueta toalla.

–  ¿Es que nadie os ha enseñado a llamar a la puerta? – Protesta John malhumorado.

–  Será mejor que dejemos que se vistan, chicos. – Les dice Elliot burlonamente antes de llevarse de la habitación a Samuel, Billy y Tom que aún siguen con la boca abierta.

John cierra la puerta de un portazo y apoya la frente contra la puerta resoplando.

–  ¿Estás enfadado? – Pregunto con un hilo de voz.

–  No. – Contesta antes de darse la vuelta. – Será mejor que nos vistamos.

–  Me voy a mi habitación. – Le contesto aturdida por sus palabras. ¿Qué demonios le pasa?

–  No, espera. – Me dice agarrándome del brazo. Coge una camiseta y un pantalón de su armario y añade suavizando el tono de voz: – Sécate bien y ponte esto mientras terminas de hacer lo que tengas que hacer. Luego iremos a tu habitación a recoger tus cosas, comeremos y nos marcharemos.

–  Estás enfadado. – Afirmo.

–  Sí, estoy muy enfadado, gatita. – Me contesta. – Pero conmigo mismo. – Me mira a los ojos sintiéndose culpable y añade: – Por cierto, hay algo que tengo que decirte.

–  Y, por tu cara, no me va a gustar.

–  Me temo que no. – Me contesta encogiéndose de hombros. – El caso es que cuando ayer Elliot entró en tu habitación y me vio allí pensó que estábamos juntos. Les aclaré que salía de mi habitación para ir a la cocina cuando oí ruidos en tu habitación y no se convencieron mucho, pero lo dejaron estar. Teniendo en cuenta que nos han visto a los dos salir del baño así, diga lo que diga no me van a creer.

–  ¿Ese es el problema? – Le pregunto confundida.

–  Creen que pasamos la noche juntos, ¿te da igual?

–  No tengo secretos con Elliot, él sí me creerá. – Le contesto molesta.

–  ¿Ahora te enfadas tú?

–  Tú no me has visto a mí enfadada. – Le espeto furiosa y me marcho a mi habitación dejando su ropa sobre la cama.

Entro en mi habitación y cierro la puerta sin mirar atrás. Saco toda mi ropa del armario, escojo unos tejanos y un jersey de cuello alto y guardo el resto en la maleta. Me visto y me dirijo al baño, donde me seco el pelo, me lavo los dientes, me hago una coleta alta y guardo todo en el neceser para meterlo en la maleta. Antes de bajar al salón, decido echar un vistazo por la ventana. El paisaje silencioso del bosque y las montañas es algo que siempre me ha relajado contemplar.

Alguien llama a la puerta de mi habitación y al abrirse aparece Elliot. No es que no me alegre de verlo, pero esperaba que fuese John.

–  Cat, ¿estás lista para bajar a comer?

–  Sí, ya he recogido todas mis cosas. – Le respondo fingiendo una sonrisa.

–  Has vuelto a discutir con John, y no es una pregunta. – Matiza Elliot.

–  Sí. – Le contesto encogiéndome de hombros. – Pero no quiero hablar del tema.

–  Tiene gracia, él me ha dicho lo mismo. – Me dice Elliot. Le fulmino con la mirada y añade poniéndose serio: – Yo te llevo la maleta y no vuelvo a hablar del tema, lo pillo.

Bajamos al salón y Elliot deja mi maleta junto a las maletas de todos los demás. Me siento en el sofá con Samuel mientras Elliot sale al exterior para ir en busca de John, Tom y Billy.

–  ¿Problemas con el capitán Stuart? – Me pregunta Samuel con sorna.

–  Estoy de muy mal humor, ¿de verdad quieres que hablemos de eso? – Le contesto con tono amenazador.

–  Prefiero hablar del tiempo, no me gustas enfadada. – Me contesta sonriendo. – Creo que va a llover, se avecinan tormentas.

–  Eso me temo. – Murmuro entre dientes.

Elliot regresa con el resto de los chicos y todos pasamos a la cocina, donde comemos antes de marcharnos de la cabaña.

Nos montamos los seis en dos coches, dos amplios 4×4 de color negro que Samuel y Elliot conducen. Elliot me coge de la mano y me ayuda a subir a los asientos traseros de uno de los coches al mismo tiempo que le dice a John:

–  John, tú vienes con nosotros y me guías, que no conozco el camino.

Ese es Elliot tratando de ser sutil. Me hago la sorda y me pongo el cinturón de seguridad. John se sube en el asiento del copiloto y Elliot cierra la puerta trasera para subirse en el asiento del conductor. ¿De verdad esperaba que John se sentara a mi lado en los asientos traseros?

Tras una hora y media en el coche, llegamos a una villa en medio de la nada, con un único camino de llegada que ni siquiera está asfaltado. Cruzamos una enorme puerta de acero colocada en una muralla de piedra que rodea una explanada donde en el centro hay una moderna casa de hormigón que contrasta con el resto del paisaje. Como era de esperar, John ha triplicado la seguridad y hay agentes por todas partes, fuera y dentro de la villa, rodeando el perímetro amurallado. Salgo del coche sin esperar a que Elliot me abra la puerta y me quedo atónita al ver la magnitud de la majestuosa casa que no parecía tan grande cuando atravesamos la muralla. Elliot apoya su mano en mi hombro y me pregunta:

–  ¿Te encuentras bien?

–  Sí. – Le contesto todavía asombrada por la enorme casa que nada tiene que envidiarle a una de las mansiones de los famosos. – ¿Las fuerzas de seguridad del estado pueden permitirse una casa así? Creo que me he equivocado de profesión.

Elliot y John se miran y sé que traman algo. Me doy la vuelta y los encaro poniendo los brazos en jarra, esperando que me cuenten lo que sea que esté pasando.

–  Lo siento tío, pero este marrón te lo comes tú. – Le dice Elliot a John. – Yo voy a meter en casa las maletas y a tomarme una cerveza.

Elliot coge el equipaje del maletero y entra en la casa, dejándome a solas con John. John me mira, resopla, me vuelve a mirar y finalmente me dice:

–  La casa no es de las fuerzas de seguridad, es mía. ¿Podemos entrar ya?

–  Quieto ahí. – Le ordeno al ver que tiene intención de salir huyendo. – ¿Por qué estamos en tu casa y por qué no se te ha ocurrido decírmelo?

–  Se me ocurrió decírtelo, justo antes de que te fueras furiosa de mi habitación. – Me contesta molesto.

–  ¿Por qué nos traes aquí? ¿Es que quieres que sepan dónde vives?

–  No vivo aquí y dudo mucho que alguien nos encuentre aquí. Además, el terreno es perfecto porque tiene una amplia visión de los alrededores y es de difícil acceso. – Me contesta. – Si Parker ha comprado a políticos y policías pueden tener acceso a todas nuestras casas franco, pero no a ésta.

–  Da igual, no quiero saberlo. – Le contesto agobiada. – Lo único que quiero es que todo esto se termine para poder volver a mi no-vida, como dice Samuel.

–  ¿Samuel?

Tiene gracia, con lo único que se ha quedado de todo lo que he dicho es “Samuel”. Decido divertirme un poco con él y jugar a su juego:

–  Es una broma que siempre me gasta Samuel, olvídalo.

–  Ya. – Medio gruñe a modo de respuesta. – Vamos dentro antes de que nos congelemos, debemos de estar a bajo cero.

Como no tengo fuerzas para discutir, le obedezco. Pero paso por delante de él con indiferencia y le oigo maldecir entre dientes. Que se prepare, esto no es más que el principio.

No me llames gatita 5.

No me llames gatita

Una semana después de llegar a la cabaña, el nuevo juez del caso Parker anuncia que el juicio se celebrará el próximo lunes, dentro de siete días.

Creía que el juicio lo iban a adelantar para celebrarlo ésta semana, pero al parecer no se celebrará hasta la próxima semana. Lo que significa que tendré que pasar otros siete días en ésta cabaña.

Desde que John y yo pactamos una tregua hace una semana, nuestra relación se ha vuelto más educada y menos tensa, pero también más fría y banal.

Elliot tenía razón, entre John y yo hay una tensión sexual tan grande que me tiene asustada y lo único que se me ha ocurrido para no perder el control es evitar a John, al que solo veo en el desayuno, la comida y la cena. Yo me paso el día en mi habitación trabajando con mi portátil y él pasa las mañanas fuera de la cabaña, regresa a la hora de comer y se pasa la tarde en el salón pegado al teléfono o al ordenador hasta la hora de cenar.

Después de cenar, les doy las buenas noches a todos y subo a mi habitación dispuesta a meterme en la cama y quedarme dormida.

Un par de horas más tarde, me despierto al notar una corriente de aire y al abrir los ojos veo una silueta cruzar la habitación. Me incorporo de inmediato y trato de encender la luz, pero alguien me sujeta de los brazos y trata de inmovilizarme. Doy una patada tras otra para intentar zafarme del tipo que me sostiene e intenta ponerme un pañuelo en la boca y la nariz, probablemente un pañuelo empapado con cloroformo.

De repente, la luz de la habitación se enciende y el tipo que me inmoviliza sale volando por los aires y veo a John pegarle un puñetazo tras otro hasta que el tipo cae al suelo inconsciente.

John se me acerca despacio, precavido por mi posible reacción y con la preocupación en los ojos. Asustada y aturdida por lo que acaba de suceder, me arrojo a los brazos de John, que me devuelve abrazo con fuerza y me susurra al oído:

–  Tranquila, gatita. Esto no va a volver a suceder.

Dos segundos más tarde, aparecen en mi habitación Elliot, Samuel, Billy y Tom y es entonces cuando me doy cuenta que tanto John como yo estamos en ropa interior, es decir medio desnudos, y abrazados, pegados el uno al otro. John me sostiene entre sus brazos mientras todo mi cuerpo tiembla por el susto que me acabo de llevar. Todos nos miran de arriba a abajo y John, que se da cuenta en ese mismo momento de que voy en ropa interior, tira con fuerza de la sábana y me cubre con ella para ocultar mi semi desnudez.

–  ¿Estáis bien? – Nos pregunta Elliot.

–  Diría que estaban mejor antes de que les interrumpieran. – Se mofa Samuel.

–  Se nos ha colado un tipo habiendo diez agentes fuera y otros cinco dentro, ¿os parece graciosa la situación como para bromear? – Les espeta John furioso. – Puede que hayan más asaltantes. Elliot, quédate con Cat en la habitación, nosotros iremos a comprobar si nuestro amigo venía acompañado.

Continuo abrazada a John y cuando le oigo ordenarle a Elliot que se quede conmigo le aprieto la cintura con fuerza, haciéndole saber que no pienso separarme de su lado. John me mira a los ojos y veo la indecisión en ellos. Elliot también debe verla porque nos mira y le dice a John:

–  Creo que Cat estará más tranquila contigo, nosotros nos encargamos de asegurar la cabaña.

–   Tened cuidado. – Les dice John.

Los cuatro salen de la habitación mientras yo sigo temblando entre los brazos de John, que me abraza con ternura y me pregunta:

–  Gatita, ¿estás bien?

–  No, no lo estoy. – Le respondo con un hilo de voz. – ¿Cómo ha podido entrar? Hay diez agentes vigilando el perímetro de la cabaña. Si no llegas a aparecer a tiempo yo…

–  No pienses en eso, gatita. – John me coge en brazos y me lleva a su habitación, donde me deposita sobre la cama y añade: – Tranquila, no dejaremos que se acerque a ti.

John coge una pistola de uno de los cajones de la cómoda y después se sienta a los pies de la cama frente a la puerta, justo a mi lado. Por alguna razón, siento la necesidad de mantener el contacto con John y le abrazo, dejándole un poco aturdido, pero me corresponde estrechándome con fuerza entre sus brazos al mismo tiempo que me susurra con voz dulce:

–  Tranquila Cat, no voy a dejar que te hagan daño.

Nos miramos a los ojos fijamente y nuestros labios empiezan a acercarse peligrosamente, pero cuando están a tan solo un milímetro de distancia, la puerta se abre y aparecen Elliot y Samuel, que se nos quedan mirando con una cómplice sonrisa en los labios.

–  Todo está controlado y los tres asaltantes detenidos, vamos a interrogarlos. – Dice Elliot. – ¿Quieres estar presente en el interrogatorio o vas a quedarte aquí con Cat?

John me mira buscando una respuesta en mis ojos, pero comprendo que es su trabajo y que quiera estar presente en el interrogatorio, así que le digo:

–  Ve, yo estaré bien.

–  ¿Estás segura? – Me pregunta. Asiento con la cabeza y añade: – Quédate aquí y descansa un poco, habrán dos agentes en la puerta y yo volveré en cuanto termine, ¿de acuerdo?

Vuelvo a asentir con la cabeza y John me da un beso en la frente antes de separarse de mí, levantarse y ponerse una camiseta y unos tejanos.

John desaparece con Elliot y yo me quedo tumbada en su cama. Trato de dormir, pero lo único que consigo es ponerme aún más nerviosa de lo que ya estoy. Finalmente, en algún momento previo al amanecer logro quedarme dormida.

Cuando abro los ojos de nuevo, ya es de día y la luz de la mañana, pese a que el día está nublado, alumbra toda la habitación. No hay ni rastro de John, creo que aún no ha vuelto del interrogatorio. Me levanto de la cama y cojo del armario una de sus camisas para cubrir mi semidesnudez. Estoy a punto de salir de la habitación cuando escucho el ruido de algo caer al suelo, un ruido que proviene del otro lado de una puerta que hay en la habitación y que supongo que es el baño. ¿Qué clase de delincuente se encierra en un baño? Echo un vistazo a mi alrededor para buscar algún objeto que me pueda servir de arma para defenderme y lo encuentro, un atizador de chimenea de hierro. Cojo el atizador y camino despacio hacia a la puerta del baño, cuento hasta a tres y abro la puerta de golpe, amenazando con el atizador a quien sea que esté ahí. Pero entonces noto como alguien me empuja contra la pared y me acorrala. Me doy cuenta de que se trata de John, envuelto en una toalla desde la cintura a las rodillas, y suelto el atizador de golpe al mismo tiempo que me disculpo sintiéndome fatal:

–  John, lo siento. No he pensado que podrías ser tú.

–  Gatita, te recuerdo que ésta es mi habitación. – Me dice sonriendo. Me mira de arriba a abajo y añade divertido: – Te sienta bien esa camisa.

–  Lo siento, no tenía nada que ponerme y…

–  Lo sé, solo bromeaba. – Me interrumpe. Me estrecha entre sus brazos con ternura y añade: – Soy yo el que debe disculparse, no debería haberte despertado y asustado de esa manera. Te vi dormir tan tranquila que no quise despertarte. – Me da un beso en la frente y todo mi cuerpo empieza a temblar, pero esta vez no tiemblo de miedo. – Cat, ¿te encuentras bien? Estás temblando.

–  Acabas de darme un susto de muerte y últimamente estoy un poco susceptible. – Le contesto con un hilo de voz.

–  Vuelve a la cama, apenas habrás dormido cuatro horas y necesitas descansar. – Me dice John. – Siento lo que ocurrió anoche, Cat.

–  ¿Sientes haberme salvado la vida otra vez? – Le pregunto bromeando. – Nunca pensé que me alegraría tanto de verte cómo me alegré anoche.

John me abraza de nuevo, me estrecha entre sus brazos meciéndome para calmarme, y yo me dejo abrazar dócilmente. En este momento, lo único que me relaja y me hace sentirme un poco mejor es estar entre los brazos de John.

–  Si hubiera hecho bien mi trabajo lo de anoche no hubiera ocurrido, no entiendo cómo se pudieron colar en la casa sin que ninguno de los diez agentes les vieran, pero he triplicado la seguridad y nos trasladaremos después de comer a otra casa franco más segura. – Me susurra sin dejar de abrazarme. – Te prometo que lo de anoche no volverá a repetirse, Cat.

–  Deja de culparte por algo de lo que no eres responsable. – Le reprendo. – Necesito darme un baño, ¿te importa si uso tu baño?

–  Dame diez minutos, tengo que afeitarme.

–  La bañera está al otro lado del muro, tú no me verás y yo no te veré. – Le contesto. – ¿Te supone un problema afeitarte mientras me baño?

–  Ninguno. – Murmura entre dientes.

–  Genial, voy a bañarme. – Le respondo sonriendo.

John me devuelve la sonrisa y empieza a rebuscar en su neceser hasta encontrar su máquina de afeitar mientras yo acciono el grifo del agua caliente de la bañera y pongo el tapón en el desagüe para que la bañera se llene mientras me desnudo.

No me llames gatita 4.

No me llames gatita

Ayudo a Samuel a preparar las tortitas con chocolate y cuando están listas avisamos a Elliot, Billy y Tom, que arrasan comiendo como si llevaran días sin hacerlo.

Después de desayunar, Elliot y Billy se van a descansar y Tom sale al jardín boscoso para reunirse con los otros diez agentes que hay en el exterior. Samuel y yo nos quedamos charlando en la cocina como hacíamos en los viejos tiempos, cuando vivía con Elliot.

–  Hacía mucho que no hablábamos, desde que te mudaste apenas nos hemos visto. – Me comenta Samuel.

–  Sí, desde entonces solo nos hemos visto unas pocas veces en el Club. – Afirmo. – Últimamente no he tenido tiempo ni para mí, pero te prometo que lo primero que haga cuando se acabe todo esto será ir al Club y emborracharme.

–  Te tomo la palabra. – Me responde Samuel.

Empezamos a recordar una de nuestras noches locas en el Club y ambos nos echamos a reír hasta que las lágrimas brotan de nuestros ojos y nos empieza a costar hasta respirar. Justo en ese momento, aparece John en la cocina y se nos queda mirando sorprendido, pero no dice nada al respecto, se limita a dejar mi portátil sobre la mesa de la cocina y me hace un gesto señalándolo para que sepa que lo he traído antes de salir de la cocina tal y cómo ha entrado.

–  ¿Has vuelto a cabrear a John? – Me pregunta Samuel.

–  No que yo sepa, ¿por qué?

–  No te ha llamado gatita, pero tampoco ha abierto la boca. – Apunta. – John es de los que bromean y sonríen a cada momento, pero tú lo perturbas.

–  ¿Le perturbo? – Pregunto sorprendida. – ¿A qué te refieres?

–  Venga, Cat. ¿A caso crees que John se va haciendo con los casos de otra comisaría con todo el trabajo que nosotros ya tenemos? ¿Crees que algún capitán se encarga personalmente de la vigilancia de un civil? Ha convertido el caso en algo personal por ti, pero aún no sé bien el por qué. – Me dice Samuel encogiéndose de hombros. – John dijo que le salvaste la vida y quizá quiera devolverte el favor, pero para eso no sería necesario que él se quedara aquí, bastaría con enviarnos a nosotros.

–  No olvides que los sicarios fueron a casa de Elliot, que es uno de sus agentes. – Le recuerdo. – Es lógico que haya querido hacerse con el caso y que se implique de lleno.

–  No te lo discuto, pero entre vosotros saltan chispas cuando estáis cerca. – Me dice divertido. – Hagas lo que hagas, a mí me parecerá bien. Solo quiero que lo sepas, Cat.

Samuel me abraza y me da un beso en la frente, un gesto tan protector como paternal. Y es que Elliot y los chicos siempre me han tratado como a una hermana pequeña y eso es lo que siempre me ha hecho sentir tan cómoda entre ellos.

Justo en ese momento tan familiar, John vuelve a aparecer por la cocina y, al vernos, nos mira con el ceño fruncido y pregunta de mal humor:

–  ¿Queréis la cabaña para vosotros solos?

Samuel y yo nos echamos a reír, un día bromeamos diciendo que si  los treinta y cinco años no había encontrado un hombre que me hiciera feliz me casaría con él y ambos descartamos la idea alegando que sería incesto. John, que no deja de mirarnos como si estuviéramos locos, da media vuelta y se marcha al salón. Samuel me hace un gesto para que vaya a hablar con él y decido hacerlo.

Entro en el salón y veo a John sentado frente al escritorio con un portátil entre las manos y el ceño fruncido mirando la pantalla del ordenador y me percato de que tiene el labio partido y antes no lo tenía, pero decido no decirle nada por el momento.

–  Hola. – Le digo acercándome a él lentamente.

–  ¿Qué tramas, gatita? – Me pregunta sonriendo con ternura.

–  No tramo nada, solo quería darte las gracias por traerme el portátil. – Le respondo. Le miro fijamente a los ojos y me sostiene la mirada. – Estás más amable de lo normal, ¿estás bien?

–  Yo podría preguntarte lo mismo. – Me reprocha.

–  Touchée. – Le respondo encogiéndome de hombros. – ¿Cómo estaba mi casa?

–  La policía científica está trabajando allí, pero cuando terminen enviaremos a un equipo de limpieza y no quedará ni rastro de lo que pasó. – Me dice John con tono protector. – No te preocupes, solo están en el hall y la cocina, el resto de la casa no les interesa. Pero no has venido solo para preguntarme eso, ¿verdad, gatita?

–  He venido porque pareces enfadado y, ahora que veo tu herida en el labio, creo que puedo entenderlo. – Le digo con una sonrisa en los labios. – Deberías ponerte hielo si no quieres que en unas horas tu labio triplique su tamaño. – Me dirijo a la cocina y cojo un par de cubitos de hielo del congelador, los envuelvo en un fino trapo y regreso de nuevo al salón. – Toma, ponte esto durante un rato y ya verás cómo se pone mejor tu labio.

–  ¿A qué se debe tanta amabilidad?

–  He sido un poco borde contigo. – Le respondo mirándole a los ojos. – He estado un poco nerviosa y no me he dado cuenta de todo lo que has estado haciendo.

–  Solo hago mi trabajo. – Me responde poniéndose tenso.

–  Y esa herida, ¿también te la has hecho haciendo tu trabajo? – Le pregunto señalando su labio.

–  Esa herida me la he hecho tratando de concederte todos tus caprichos. – Me contesta furioso. – A tu novio no le ha gustado nada que no le dijera dónde estás.

–  ¿Mi novio? ¿Qué novio? – Le pregunto confundida.

–  No sé, ¿es que tienes más de uno? – Me pregunta con sarcasmo.

–  No tengo ninguno. – Le respondo. – No sé quién te habrá hecho eso, pero te aseguro que no ha sido mi novio.

–  ¿Te suena de algo el nombre de Oliver O’Neill? – Me pregunta furioso.

–  Sí, pero no es mi novio.

–  Pues quizás deberías dejárselo claro. – Me espeta furioso.

–  ¿Ha sido él? – Pregunto sorprendida. Oliver no es de los que se pelean por celos y mucho menos por mí, ya que ambos pactamos una relación sin compromiso. – No me lo puedo creer, no sé qué le habrá pasado pero te prometo que hablaré con él.

–  Preferiría que no lo hicieras.

–  ¿Qué?

–  Que prefiero que no hables con él. – Me contesta furioso.

–  Oye, no sé lo que habrá pasado para que hayáis llegado a las manos, pero te aseguro que Oliver no es la clase de hombre que crees que es. – Le contesto tratando de calmarlo.

–  Catherine, ahora mismo no me apetece en absoluto escuchar lo que tengas que decirme sobre ese tipo, será mejor que dejemos el tema. – Me contesta furioso sin siquiera mirarme.

–  ¿Catherine? – Le pregunto divertida. – Solo me llama así mi padre cuando está furioso conmigo, ¿debo suponer que estás furioso conmigo?

–  ¿Debería estarlo?

–  No creo que tengas motivo alguno. – Le contesto encogiéndome de hombros. – ¿Quieres contarme por qué estás tan enfadado?

–  ¿No es suficiente motivo que tu novio, o lo que sea, me haya agredido? – Me reprocha con sarcasmo.

–  Eres insoportable. – Le contesto furiosa. – Trato de ser amable conmigo pero me lo pones muy difícil y encima les haces creer a todos que la mala soy yo.

Me doy media vuelta, me dirijo a la cocina para coger mi portátil y después encerrarme en mi habitación para empezar a trabajar en el caso Parker.

A la hora de comer, John llama a la puerta de mi habitación que está abierta y entra sin esperar a que le dé permiso, cerrando la puerta detrás de sí. Me lo quedo mirando con curiosidad por averiguar lo que pretende, pero me quedo callada esperando a que sea él el primero que hable. John se sienta a los pies de mi cama y, mirándome a los ojos, me dice:

–  Perdóname, gatita. He sido un imbécil. He tenido un mal día y lo he pagado contigo, que no tienes la culpa de nada.

–  No te preocupes, la culpa es mía. – Le respondo molesta. – No debí pedirte que te quedaras aquí, tú trabajo no es estar aquí.

–  Mi trabajo ahora mismo es protegerte para que puedas encerrar a Alan Parker de por vida. – Me contesta suavizando su tono de voz. – Y me gustaría poder seguir realizándolo.

–  Será agradable poder disfrutar de una tregua. – Le contesto sonriendo.

John me sonríe y me ayuda a levantarme de la cama ofreciéndome su mano. Bajamos juntos a la cocina, donde comemos con Samuel y Tom mientras que Elliot y Billy duermen.

Después de comer, subo de nuevo a mi habitación para seguir trabajando y no salgo de allí hasta que John viene a buscarme a la hora de cenar. Bajamos juntos a la cocina y cenamos con Elliot y Billy, ahora son Tom y Samuel los que descansan. Después de cenar, Elliot me acompaña a mi habitación y me voy a dormir.

 

No me llames gatita 3.

No me llames gatita

No duermo más de un par de horas cuando mis ojos se abren como faros y decido levantarme. Me doy una ducha rápida y me asusto cuando me veo en el espejo: mi cuello está morado y horrible igual que la parte inferior derecha de mi cara. ¡Estoy horrible!

Me pongo unos tejanos, unas botas altas sin tacón y un jersey rosa de cuello alto para ocultar las marcas y los hematomas de mi piel.

Salgo de la habitación dispuesta a encontrarme con todos y ver al doctor, que debe estar a punto de llegar, cuando escucho voces procedentes del salón y me quedo quieta en el pasillo para escuchar lo que dicen. Reconozco la voz de John:

–  ¿Cat sigue durmiendo?

–  Sí, o al menos no ha salido de la habitación. – Le responde Elliot.

–  Ves a despertar a la fiera, el doctor ya está aquí y quiero que le mire esas marcas del cuello. – Le dice John preocupado.

–  ¿No te atreves a despertarla tú? – Se mofa Elliot.

–  No me soporta, no creo que sea buena idea. – Le contesta John.

–  Cat tiene dos maneras de relacionarse: desafiarte o ignorarte. – Le dice Elliot. – Que te desafíe es una buena señal, le caes bien.

–  Pues no quiero pensar en lo que pasaría si le cayese mal. – Musitó John.

Abro la puerta del salón como si acabara de llegar y les saludo aún medio dormida:

–  Buenos días.

–  Buenos días, Cat. – Me dice Elliot dándome un beso en la frente. – Me ha llamado Oliver, ha visto tu casa en las noticias y cómo no podía localizarte…

–  ¿Qué le has dicho? – Le pregunto interrumpiéndole.

–  Que estabas bien, pero que no podías ponerte en contacto con él por el momento. – Me responde encogiéndose de hombros. – También he hablado con tus padres y me han pedido que te diga que les llames en cuanto te despertases, todos están preocupados.

–  Aún sigo dormida, les llamaré luego. – Me excuso.

–  Señorita Queen, el doctor ya está aquí. ¿Le puedo decir que pase para que le reciba? – Me pregunta John con tono de burla.

–  Sí, aunque insisto en que estoy bien. – Le respondo encogiéndome de hombros con indiferencia.

–  Me alegro de que así sea, pero aun así, me quedaré más tranquilo si el doctor lo confirma. – Me replica. – Solo trato de hacer mi trabajo.

Elliot entra en la cocina y regresa instantes después con un vaso de zumo de piña en la mano y seguido de un tipo de mediana edad que lleva un maletín en la mano.

–  Cat, te presento al doctor Emerson. – Me dice Elliot.

El doctor me dedica una sonrisa y me estrecha la mano con profesionalidad al mismo tiempo que me dice a modo de saludo:

–  Encantado de conocerla, señorita Queen. – Su mirada se dirige a mi cuello oculto por el jersey y añade en su papel de doctor: – Tengo entendido que tiene unas marcas en el cuello, ¿le importaría mostrármelas?

Me quito el jersey a regañadientes y me quedo vestida de cintura para arriba con una camiseta de tirantes ceñida y escotada. El doctor se acerca a mí y examina las marcas de mi cuello volteando mi cabeza de un lado a otro mientras John tampoco le quita ojo a mi cuello.

Es curioso, llevo una camiseta de tirantes, ceñida y muy escotada, estoy rodeada por tres hombres pero ninguno de ellos me mira como a una mujer, más bien como a una hermana pequeña o incluso una hija.

–  Las marcas donde los dedos hicieron presión son claramente visibles, ésos tipos no pretendían asustarla, querían matarla. – Dice el doctor sin dejar de examinar mi cuello y mi cara. – No puedo entender cómo alguien de tu tamaño y fuerza puede haber resistido semejante agresión.

–  No la subestime, doctor Emerson. – Le dice John sin pinta de estar bromeando. – Le asombraría descubrir lo que es capaz de hacer.

–  No la subestimo, pero le recomiendo que realice reposo para recuperar fuerzas y le he traído una pomada para los hematomas del cuello y la cara. – Me dice el doctor. – En tres o cuatro días no debería quedar rastro alguno de esas marcas, señorita Queen. De todas formas, le ruego que me llame si necesita cualquier cosa o tiene cualquier duda.

El doctor Emerson me entrega la pomada y una tarjeta con su número de teléfono. Lo dejo todo sobre la mesa auxiliar del salón y acompaño al doctor a la puerta al mismo tiempo que le digo:

–  Gracias por venir y disculpe las molestias.

–  No es ninguna molestia, señorita Queen. – Me contesta el doctor sonriendo. – Elliot y John son buenos amigos y estaban preocupados por usted, para mí ha sido un placer venir hasta aquí para atenderla.

Me despido del doctor con un apretón de manos y John aparece detrás de mí y decide acompañar al doctor hasta su coche mientras yo regreso al salón junto a Elliot.

–  Ya has oído al doctor Emerson, necesitas hacer reposo. – Me advierte Elliot.

–  ¿Tú también? – Le reprocho. – Ya he tenido suficiente con tu jefe.

–  No seas tan borde con John, si fueras otra persona no hubiera movido ni un solo dedo por hacerse con el caso. – Me contesta tratando de hacerme entender todo lo que John ha hecho por mí. – Cat, no sé qué rollo te traes con él, pero te aseguro que es una excelente persona y un buen amigo.

–  Y no lo pongo en duda, es solo que estoy cansada, de mal humor y John solo trata de molestarme continuamente. – Protesto.

–  Tan solo trato de protegerte. – Oigo la voz de John detrás de mí. – No te preocupes, gatita. Si quieres que me vaya, solo tienes que pedírmelo.

Me desafía con la mirada y al ver que no digo nada me sonríe con sorna. Elliot trata de ocultar su sonrisa pero sin éxito y yo decido ignorarles a los dos y sentarme en el sofá.

–  Elliot, tengo que encargarme de un asunto personal y estaré fuera un par de horas. – Le dice John como si yo no estuviera presente. – Encárgate de todo y llámame si surge cualquier cosa.

Elliot asiente con la cabeza y ambos me miran preocupados mientras yo disimulo mirando la televisión, como si no hubiese escuchado nada, hasta que oigo la puerta de entrada abrirse y cerrarse y deduzco que John se ha ido. Me doy la vuelta y me encuentro con Elliot, que me mira como si fuera una criminal y dice:

–  John estará fuera un par de horas, así que ya puedes contarme qué está pasando.

–  ¿A qué te refieres?

–  A la tensión sexual que hay entre tú y mi jefe, a vuestros coqueteos y posteriores discusiones y, ya que estamos, también al hecho de que has sido tú la que le has pedido que se quede en la casa franco y a mí no me engañas con eso de que es un escudo más. – Me contesta Elliot. – Por cierto, ¿dónde queda Oliver en medio de esta situación?

–  Entre Oliver y yo solo hay sexo esporádico y sin compromiso. – Le aclaro. – Ni siquiera somos amigos de los que se cuentan confidencias. Solo quedamos con un único fin y ambos tenemos muy claro que nunca habrá nada serio entre nosotros.

–  Y, ¿qué me dices de John?

–  No lo sé. – Le contesto con sinceridad encogiéndome de hombros. – Pero tampoco pienso perder el tiempo pensando en ello.

–  ¿Qué significa eso exactamente?

–  Elliot, no conozco de nada a John. Puede que haya mucha tensión sexual entre nosotros, pero no tengo ninguna intención de resolverla. – Le aclaro. – Con todo lo que ha pasado, estoy segura de que decidirán adelantar el juicio para los próximos días. Con un poco de suerte, Parker estará entre rejas en pocos días y yo podré volver a mi casa y a mi vida.

–  He visto cómo tú y John os miráis, nunca os he visto a ninguno de los dos mirar así a otra persona, creo que deberíais salir a tomar algo alguna vez. – Me dice sin tono de mofa. – Puede que os vaya mejor de lo que crees.

–  Hace menos de veinticuatro horas varios tipos han intentado matarnos, ¿de verdad crees que es buen momento para pensar en esto ahora? – Le replico molesta.

–  Vuestro mal humor y vuestras discusiones nos afectan a todos, si os desahogáis mutuamente todos viviríamos mejor, incluidos vosotros. – Me contesta con sorna.

–  Buen intento, pero no cuela. – Le respondo. – Necesito mi ordenador, ¿crees que podríamos ir a mi casa a buscarlo?

–  John ha ordenado que nadie salga ni entre de aquí, así que me temo que no podemos ir a buscar tu portátil, pero estoy seguro de que si llamas a John y le pides amablemente que vaya a buscarlo, él te lo traerá encantado. – Me dice con una sonrisa maliciosa en los labios.

Elliot me tiende su móvil y se marcha, dejándome sola en el salón para que llame a John. No demasiado convencida, decido llamarlo. Si voy a estar aquí encerrada, necesitaré algo en lo que entretenerme y el trabajo ahora mismo es la mejor opción.

–  Dime Elliot. – Responde John tras un par de tonos.

–  Soy Cat. – Le contesto. – Necesito pedirte un favor, John.

–  ¿Qué necesitas, gatita?

–  Mi portátil, sin él no puedo trabajar.

–  ¿Dónde lo tienes?

–  En casa, creo que lo dejé en el hall pero no estoy segura. – Le contesto. – Si nos dejas, podemos ir a buscarlo nosotros y así no te molesto.

–  De eso nada, gatita. – Me contesta con rotundidad. – No quiero que nadie, y mucho menos tú, salga de la cabaña, ¿me has entendido?

–  Alto y claro, capitán Stuart. – Le contesto con burla. – Necesito el portátil, John. El juicio contra Parker se va a adelantar y necesito trabajar en el caso.

–  Te traeré el portátil en un par de horas. – Me contesta. Oigo de fondo la voz de una mujer que le dice algo y a un bebé llorar. ¿Dónde estará? – Tengo que colgar, nos vemos luego.

John cuelga el teléfono y la curiosidad se apodera de mí. John le había dicho a Elliot que debía ocuparse de un asunto personal y está con una mujer y un bebé. John no puede tener pareja porque de lo contrario Elliot no me hubiera animado a salir con él. ¿Quiénes serán esa mujer y el bebé? Ni siquiera sé si John tiene hermanos o sobrinos. Puede incluso que el bebé sea su hijo y que ya no esté con la madre.

Decido no pensar más en el tema y me dirijo a la cocina para comer algo, donde me encuentro a Samuel haciendo tortitas con chocolate.

Cita 5.

“Después de eso, después de que la noche oscura terminó, ya era demasiado tarde para resistirse. Era demasiado tarde para dejar de amarte.”

Marguerite Duras.

No me llames gatita 2.

No me llames gatita

En cuanto salgo de la ducha y me miro al espejo me percato de las horribles marcas que los policías corruptos me han dejado alrededor del cuello y en la parte derecha de la mandíbula. Estoy horrible, parezco una adolescente disfrazada de zombie en una fiesta de Halloween. Decido olvidarme de las malditas marcas y, una vez seca, sin sangre por todas partes y con ropa limpia, regreso al salón donde escucho a esos dos hablar por teléfono, cada uno con su móvil.

John se percata de mi presencia y se vuelve hacia a mí con una sonrisa en los labios que se desvanece en cuanto sus ojos se posan sobre las marcas de mi cuello. Dirigiéndose a quién esté al otro lado de su teléfono, le dice:

–  Tengo que dejarte, llámame cuando tengas novedades y no lo comentes absolutamente con nadie. – Se vuelve hacia a mí mientras deja el teléfono sobre la mesa y, tras echar un rápido vistazo a Elliot que continúa hablando por su teléfono móvil, me pregunta preocupado: – Pero, ¿qué te han hecho esos hijos de puta?

Acaricia las marcas de mi cuello con la yema de sus dedos y, sin saber cómo ni por qué, me excito. Me retiro de su lado con un poco de brusquedad al notar cómo mi cuerpo ha reaccionado a su caricia y John me mira sorprendido para después decirme con ternura:

–  Lo siento, no debí…

–  Tranquilo, estoy bien. – Le interrumpo para acabar con esta situación incómoda. – ¿Tenemos alguna novedad?

–  Pues sí, pero no te van a gustar. – Me responde Elliot tras finalizar su llamada. – Han encontrado al juez asesinado en su casa. La buena noticia es que las testigos están bien y las han cambiado de ubicación dónde solo los hombres que las protegen y sus superiores saben dónde están. El fiscal también está a salvo, entraron en su casa dos tipos pero los pudo reducir.

–  Queda un mes y medio para el juicio, ¿crees que podrán mantener a las testigos a salvo hasta entonces? – Pregunto con ironía.

El móvil de John empieza a sonar y John se excusa para responder la llamada. Miro a Elliot abatida y resoplo con desesperación. Elliot me abraza y me besa en la frente al mismo tiempo que susurra:

–  No dejaremos que Parker se salga con la suya.

Nos mantenemos abrazados hasta que John regresa al salón y, sin ninguna expresión en su rostro, nos dice:

–  El caso es nuestro. – Sus ojos vuelven a posarse en mi cuello y me pregunta: – ¿Tienes cámaras de seguridad en tu casa? Me gustaría ver con mis propios ojos lo que ocurrió allí.

–  Desconfías de mí y sin embargo pretendes que yo confíe en ti y en tu equipo, pese a que Parker tiene el suficiente dinero y la suficiente falta de escrúpulos como para comprar a toda la ciudad. – Le respondo con sarcasmo. – Soy abogada y conozco la ley, una vez haya testificado no tendrás nada con lo que retenerme. ¿De verdad quieres perder el tiempo con esto en vez de ayudarme a impedir que Parker siga ordenando muertes?

–  Sólo quiero ver lo que ha pasado, quiero ver a esos tipos y cómo actúan, puede que eso nos lleve a alguna parte. – Me contesta. – Parker está utilizando a policías y políticos corruptos, pero puede que también haya contratado asesinos a sueldo al ver que la situación se le ha complicado.

Le pido permiso a Elliot para utilizar su ordenador portátil y accedo al sistema de seguridad de mi casa por internet. Busco los vídeos de hace escasas tres horas y le doy al play.

–  Aquí lo tenéis. – Les digo señalando la pantalla del ordenador.

Espero durante casi media hora hasta que terminan de ver el vídeo y ambos se quedan sorprendidos por la brutalidad de los agentes. Elliot me mira divertido y le dice a John:

–  Cuidado con la gatita que tiene uñas.

Ambos se ríen pero rápidamente vuelven a ponerse serios, justo cuando ven mi cara de pocos amigos.

–  Lo siento, gatita. – Me dice John guiñándome un ojo. – Tendrás que explicarme quién te ha enseñado a hacer todo eso, eres mejor que algunos de mis agentes.

–  Lo tendré en cuenta si decido dejar la abogacía. – Le respondo coqueteando.

–  ¿Podéis dejar de hacer lo que sea que estéis haciendo? – Nos reprocha Elliot. – Tenemos que salir de aquí antes de que decidan enviar a alguien más a buscarnos.

–  ¿A dónde vamos a ir? – Le pregunto con curiosidad.

–  De momento, a un hospital para que te vean esas heridas. – Me dice John.

–  No quiero ir a un hospital, estoy bien, solo necesito dormir un poco.

–  Al menos deja que uno de nuestros médicos te haga una pequeña revisión, me quedaré más tranquilo y creo que Elliot también. – Insiste suavizando su tono de voz.

–  Totalmente de acuerdo. – Le secunda Elliot.

–  De acuerdo, pero nada de hospital. – Les advierto.

–  Trato hecho. – Me dice John sonriendo. – Ahora nos vamos a la casa franco y el equipo de limpieza se encargará de todo esto. Elliot, tú te quedas con… – Se vuelve hacia a mí, me sonríe y me pregunta: – Gatita, ¿cómo has dicho que te llamas?

–  Cat, me llamo Cat y no gatita. – Le digo por enésima vez.

–  Gatita, Cat. ¿No es lo mismo? – Me pregunta burlonamente. – Elliot se quedará contigo en la casa franco junto con una docena de hombres que la custodiarán.

–  ¿No te quedarás con nosotros? – Le pregunta Elliot.

–  Creo que a tu amiga Cat no le entusiasma la idea. – Le contesta John. Se vuelve hacia a mí y añade con picardía: – Pero si prefieres que me quede, solo tienes que pedírmelo.

–  Entonces, quédate con nosotros. – Me oigo decir. – Y puestos a pedir, me gustaría que los agentes de seguridad de la casa franco sean los compañeros de Elliot: Billy, Samuel y Tom.

–  De acuerdo, nosotros cinco viviremos en la casa franco y tres decenas de hombres vigilarán la casa dividiéndose en tres turnos de ocho horas. – Sentencia John. – ¿Te sentirás más segura ahora?

–  Creo que sí. – Le contesto. – Pero no pienso dejar de llevar mi pistola.

John me sonríe y coge mi maleta para después hacernos un gesto a Elliot y a mí para que caminemos delante de él.

Escoltados por dos agentes de John, nos dirigimos a las afueras de la ciudad, a una pequeña cabaña en mitad del bosque, rodeada por un muro de piedra y con una pequeña torre para divisar la llegada de cualquier visitante.

Elliot me ayuda a bajar del coche cuando llegamos y me coge de la mano hasta que entramos en la cabaña y nos encontramos con Billy, Samuel y Tom.

–  ¡Joder, Cat! – Exclama Samuel en cuanto me ve y añade mofándose: – ¿Es que no puedes evitar meterte en líos?

–  Tenía ganas de verte y no sabía qué inventarme. – Le respondo bromeando. Nos saludamos con un afectuoso abrazo y Billy y Tom se unen a abrazarnos.

–  Os habéis vuelto muy cursis, será la edad. – Me mofo de ellos al mismo tiempo que me zafo de su abrazo colectivo.

–  Menudo humor. – Protesta Billy entre dientes.

–  La gatita ha sacado sus uñas y sabe cómo usarlas, no os recomiendo que la hagáis enfadar. – Les dice John mirándome y sonriéndome burlonamente.

–  Te he dicho que no me llames gatita, me llamo Cat. – Le espeto furiosa.

–  Gatita, Cat. ¡Es lo mismo! – Me responde con sorna.

–  Entonces, será mejor que me llame señorita Queen, agente Stuart.

–  Capitán Stuart. – Me corrige con una sonrisa que muestra lo mucho que se está divirtiendo. – Cómo usted quiera, señorita Queen.

–  ¿Nos hemos perdido algo? – Pregunta Samuel.

–  ¿No os preocupa que vuestro jefe sea bipolar? – Les pregunto dejándoles a todos con la boca abierta y atónitos. – A mí me preocuparía.

–  Gatita, no puedes acusarme de ser bipolar cuando tú has querido matarme en cuanto me has visto y un minuto después me has salvado la vida. – Me replica John divertido. – No me soportas pero me pides que me quede aquí, contigo. ¿Se supone que el bipolar soy yo?

–  Sí. – Le respondo rotundamente. – Para empezar, yo nunca he querido matarte, simplemente trataba de protegerme. Te salvé la vida porque cuando viste a Elliot vi en tus ojos que le conocías y le querías. No te soporto, pero sé que no nos traicionarías porque te traicionarías a ti mismo y a tus principios, por lo que contigo cuento con un agente que nos defenderá, un escudo más.

–  Me alegra saber que no eres bipolar y que tan solo tratas de… ¿Cómo era? – Me pregunta John con una sonrisa retorcida en los labios. – Ah, sí. Tan solo tratas de defenderte.

–  Solo trato de mantenerme con vida para asegurarme de encerrar a Parker. – Le contesto ya sin ganas de bromear. Respiro para relajarme y añado: – Necesito descansar un poco, ¿dónde voy a dormir?

–  Escoge cualquiera de las cuatro habitaciones que hay. – Me dice John malhumorado. – El médico estará aquí a las diez de la mañana, así que descansa antes de que llegue.

Cojo mi pequeña maleta y camino por el estrecho pasillo hasta abrir la primera puerta que me encuentro. Es una habitación amplia, con una enorme cama de matrimonio y cuarto de baño. Sin duda, me quedo con esta habitación. Pongo la maleta sobre una banqueta y saco toda mi ropa y mis cosas para guardarlas en el armario antes de meterme en la cama y caer rendida en los brazos de Morfeo.

No me llames gatita 1.

No me llames gatita

Salgo de mi despacho de los juzgados a las doce de la noche, la hora de las brujas. Estoy preparando el caso Parker, que empezará en un mes, y me paso quince horas al día en los juzgados, tratando de encontrar algo que me ayude a encerrarlo de por vida en una prisión.

Bajo al parking en el ascensor y me despido del guarda de seguridad con un “buenas noches” antes de subir a mi coche para dirigirme a casa, darme una ducha y meterme en la cama. Últimamente, ésta es mi vida.

Alan Parker es un empresario multimillonario afincado en Sunset, la capital del país. Se le acusa del asesinato de dos de sus empleados, Roger Weber y Anthony Collin, cuyos cadáveres fueron encontrados en una cuneta de una de las carreteras secundarias de las afueras de Sunset. Nicole Weber y Carla Collin, las respectivas esposas de Weber y Collin, estaban al corriente de lo que pretendían sus maridos y denunciaron su desaparición, pero a las pocas horas encontraron sus cuerpos y ambas sospecharon inmediatamente de Alan Parker, ya que sabían que sus esposos iban a denunciarle por los vertidos tóxicos ilegales de los que aún no hemos obtenido prueba alguna.

La única baza que tengo a mi favor es que ambas esposas están dispuestas a testificar y el fiscal del caso, Max Bomer, es el mejor fiscal del país, así que estoy segura de que conseguirá encontrar algo que nos ayude a encarcelar a Parker.

Llego a casa y nada más abrir la puerta noto una ligera corriente de aire, hay una ventana abierta y yo las he cerrado todas esta mañana. Cojo mi pistola de la cadera y la empuño temiéndome lo peor.

Camino despacio por el hall y entro en la cocina, cruzo la puerta y oigo un ruido detrás de mí. Me agacho para cubrirme y me doy la vuelta para ver a mi agresor, un tipo grande con una puntería pésima. Le disparo a ambas rodillas y le arrebato la pistola de las manos. Estoy a punto de abrir la boca para preguntarle quién le envía cuando otro tipo irrumpe en la cocina y me coge del cuello poniéndome entre él y la pared al mismo tiempo que me dice con regocijo:

–  Letrada, debería haber escogido otra rama de la abogacía, como los divorcios. Se gana más y no pones tu vida en riesgo.

–  Pero entonces mi vida sería muy aburrida, ¿no crees? – Le espeto dándole un rodillazo en la entrepierna y un codazo en la garganta que le hace caer al suelo inconsciente. – Joder, yo solo quiero darme una ducha y meterme en la cama.

Sin soltar la pistola, regreso al hall en busca de mi bolso y cojo el móvil, dispuesta a llamar a la policía cuando dos agentes entran en casa.

–  Señorita Queen, ¿se encuentra bien? Hemos oído disparos. – Me dice uno de los agentes.

–  Estoy bien, he llegado a casa y me han atacado dos tipos, pero he logrado reducirlos, están en la cocina.

Con las piernas aun temblando, les acompaño a la cocina donde los dos tipos continúan tirados en el suelo, uno inconsciente y el otro con una bala en cada rodilla.

–  La hemos subestimado, señorita Queen. – Me dice uno de los agentes disparando dos veces, una bala por cada cabeza de los asaltantes.

–  Pero, ¿qué…? – Balbuceo.

–  Lamento informarle de que en estos momentos alguien se debe estar ocupando de las dos testigos, del fiscal y del juez del caso Parker. – Me dice el otro de los supuestos agentes. – ¿Quién nos iba a decir que usted iba a estar armada y sabría defenderse tan bien?

Es ahora o nunca, me repito mentalmente. Sin pensarlo durante un instante más, disparo contra uno de los agentes y el otro se me echa encima, golpeándome la parte derecha de la mandíbula. Forcejeamos cuando él intenta arrebatarme la pistola y caemos al suelo justo cuando la pistola se dispara. El supuesto agente cae sobre mí y le empujo hacia un lado para liberarme de su peso.

Trato de respirar con normalidad y regreso al hall para recuperar mi móvil. No puedo llamar a la policía, la corrupción llega hasta los cuerpos de seguridad, pero necesito ayuda y alertar al juez, el fiscal y las testigos, si no es demasiado tarde. Lo más sensato es deshacerme del móvil para que no puedan rastrear las llamadas ni localizarme, así que vuelvo a dejarlo en el suelo dónde me lo he encontrado, eso sí, apagado.

Decido coger algo de ropa para llevarme en una pequeña maleta y salgo de la casa. En un primer momento pienso en llevarme mi coche, pero los coches modernos tienen un sistema GPS incorporado con el cual me localizarían en seguida y, teniendo en cuenta que no me fío ni de la policía, descarto esa idea y camino unos 700 metros hasta llegar a la estación de metro más cercana.

Me subo en uno de los vagones del metro en dirección al centro de la ciudad, sólo hay una persona que tiene los medios para ayudarme y en la que puedo confiar, así que decido dirigirme a su casa.

Lo primero que hago nada más salir del metro es buscar un teléfono público desde el que poder llamar y, cuando lo encuentro, llamo a mi buen amigo Elliot Burns. Conozco a Elliot desde que tengo uso de razón, sus padres y los míos eran vecinos cuando vivían en Sunset y su amistad continuó incluso después de que nos trasladásemos a Westcoast cuando yo tenía quince años. Cuando Elliot se matriculó en la universidad y se trasladó a un piso de estudiantes cerca del campus, sus padres también se mudaron a Westcoast, justo a la casa de al lado en la que mis padres viven. Cuando terminé la carrera de derecho, regresé a Sunset y durante unos meses viví en el apartamento de Elliot, hasta que encontré un piso en condiciones que poder alquilar. Durante esos meses, nuestra relación se afianzó y desde entonces somos como hermanos, nos pasamos el día discutiendo pero nos queremos. Elliot estudió criminología y trabaja para las fuerzas de seguridad del estado, es el único que puede ayudarme.

–  Cat, ¿eres tú? – Me responde nada más descolgar.

–  Elliot, tengo problemas y necesito ayuda. – Le contesto. – ¿Podemos vernos?

–  ¿Dónde estás? Voy a buscarte.

–  En realidad, no hace falta. – Le respondo. – ¿Estás en casa?

–  Son las cuatro de la mañana, ¿dónde quieres que esté? – Me pregunta de malhumor, con la voz temblosa por los nervios. – Me acaban de llamar de la comisaría de tu barrio, ¿qué cojones ha pasado en tu casa? ¿Estás bien?

–  Dame tres minutos y te lo cuento todo. – Le digo antes de colgar.

Cojo mi maleta de nuevo y camino hacia el edificio de Elliot, que está a la vuelta de la esquina. Apenas dos minutos después, llego a su portal y llamo al timbre. Elliot me abre directamente, sin preguntar quién es por el interfono. A pesar de que son más de las tres de la madrugada y que dudo mucho que espere otra visita a estas horas, me sorprende que no me haya dicho nada por el interfono, ni siquiera una burla o una broma como acostumbra a hacer, así que empuño mi pistola convencida de que mi amigo no está solo.

Subo rápidamente las escaleras y cuando estoy a punto de llegar al tercer piso, un tipo con el uniforme de las fuerzas de seguridad del estado me apunta con su arma y yo hago lo hago mismo.

–  ¿Quién eres? ¿Qué cojones haces aquí y por qué vas armada? – Me espeta acercándose lentamente.

Justo en ese momento, oímos un disparo procedente del piso de Elliot.

–  ¡Elliot! – Grito abriendo la puerta de una patada y entrando en el piso.

El tipo me sigue cubriéndome, puede que aún quede algún agente sin corromper. Dos tipos tienen retenido a Elliot y otro de ellos nos dispara. Me lanzo sobre el agente que me he encontrado en la puerta y le tiro al suelo con el fin de evitar que le maten y parece que funciona. Pero me he quedado tumbada sobre él y nuestros labios están a punto de rozarse.

–  Gracias, gatita. – Me susurra antes de rodearme con un brazo y levantarme del suelo como si estuviera hecha de aire.

Nos escondemos detrás del sofá y ambos comenzamos a disparar. Uno de los tres tipos cae abatido pero los otros dos continúan ilesos, aunque sin munición, al igual que nosotros.

–  Quédate aquí, yo les distraeré y tú te largas y pides ayuda o desapareces, ¿de acuerdo? – Me dice con tono amenazador.

¿Pero quién se ha creído que es? Ni me molesto en contestarle, me limito a poner los ojos en blanco y esperar a que haga lo que sea que quiera hacer.

Se levanta y empieza a pelear con los otros dos tipos mientras que Elliot está atado a una silla y no puede hacer nada para ayudarle. Pero esos tipos son dos y él solo es uno, así que la cosa se complica y decido intervenir. Uno de los tipos me ve, el que lleva un bigote hortera, y sonriendo burlonamente, se me acerca con chulería al mismo tiempo que me dice:

–  ¿Sabes lo que les hacemos a las salvajes cómo tú?

–  Dudo que seas lo suficiente hombre tanto para follar como para matar, bigotes. – Le contesto con una sonrisa maliciosa en los labios.

–  Te vas a enterar, salvaje. – Me gruñe antes de lanzarse sobre mí.

En momentos como este, me alegro de que mi padre me obligara a tomar clases de defensa personal. Tras forcejear con él durante un par de segundos, logro dominar la situación y reducirlo contra el suelo. Pero el agente tiene problemas con el otro tipo, que se le echa encima e intenta asfixiarlo con las manos. Estiro el brazo y logro alcanzar un cuchillo de la mesa, decido lanzarlo contra ese tipo y se lo clavo en el cuello.

–  Elliot, ¿estás bien? – Le pregunto a mi amigo que se está empezando desatar él solo.

–  Sí, ¿y tú?

Asiento con la cabeza y respiro con alivio cuando oigo la voz del agente decir:

–  Yo también estoy bien, muchas gracias por preguntar.

–  John, ¿qué estás haciendo aquí? – Le pregunta Elliot.

–  He llegado del trabajo y he oído ruidos en tu apartamento, entonces he visto a tu amiga con una pistola en la mano y he sacado mi pistola. Hemos escuchado un disparo y hemos entrado. – Le contesta el tal John echando un vistazo a su alrededor para evaluar los daños. – El resto, creo que ya lo sabes.

–  Cat, ¿en qué cojones andas metida? – Me pregunta Elliot. – Antes de que tú me llamaras me llamaron de la comisaría de tu barrio y me dijeron que los vecinos habían alertado de disparos a la policía que, cuando llegó, solo se encontró a dos asaltantes y a dos policías muertos.

–  ¿Me estás viendo? – Le espeto señalando mi cuerpo manchado de sangre desde la cabeza hasta los pies. – Me he pasado quince horas trabajando en los juzgados, he llegado a mi casa pasada la medianoche con la intención de darme una ducha y meterme en la cama, pero allí habían dos tipos esperándome para matarme. Los he reducido y justo cuando iba a llamar a la policía ha llegado un coche patrulla con dos agentes. Yo pensaban que me iban a ayudar, pero cuando les he acompañado a la cocina para enseñarles a los dos asaltantes, les han disparado a quemarropa y les han matado y después han querido hacer lo mismo conmigo. Nos van a matar a todos, necesito alertar al fiscal y al juez, quiere llegar a las testigos y nosotros somos el camino.

–  ¿De qué estás hablando, Cat? – Me pregunta Elliot.

–  Del caso Parker, soy la abogada de la acusación y de las únicas dos testigos. – Le contesto. – Tienes que ayudarme a localizarles y avisarles, puede que ya sea demasiado tarde.

–  Yo me encargo de eso, ve a ducharte y luego nos continúas explicando todo esto. – Me dice Elliot.

–  ¿Nos? – Pregunto mirando con desconfianza al tal John.

–  John Stuart es mi superior, Cat. – Me informa Elliot.

–  Pues no me fío de ningún agente de esta maldita ciudad y, si han llegado hasta aquí, pueden llegar a casa de mis padres, Elliot. – Le replico desesperada.

–  No pretendo ofenderte gatita, pero si hubiera querido te hubiera matado en el pasillo. – Me dice el tal John con el ceño fruncido.

–  Te recuerdo que te he salvado la vida dos veces en una noche, si me hubieras matado, tú también estarías muerto. – Le replico con superioridad. – Y no me llames gatita, ni siquiera quiero que me llames.

–  Cat, así no ayudas. – Me reprocha Elliot. – Ve a ducharte, nosotros nos encargamos de localizar al juez, al fiscal y a los testigos.

Les echo un último vistazo a ambos y veo que se sonríen, así que decido meterme en el baño y darme una ducha con agua caliente para quitarme toda esta sangre reseca.

Bajo la luz de la luna 19.

Bajo la luz de la luna

Tras una romántica velada, Alan y Elisabeth pasaron la noche en la cama y se durmieron al amanecer uno en brazos del otro. Elisabeth no se despertó hasta al mediodía, cuando abrió los ojos y se encontró con un Alan sonriente que le contagió de felicidad.

–  Buenos días, pequeña kamikace. – La saludó Alan besándola en los labios con dulzura. – Es hora de levantarse, tus padres quieren que vayamos a comer con ellos. Además, no pretenderás que tus padres se encarguen de tus invitados, ¿no?

–  No quiero salir de aquí. – Protestó Elisabeth escondiéndose bajo las sábanas como si de una niña pequeña se tratara.

–  Sé buena y no me provoques o nos buscaremos un problema, no podemos llegar tarde.

–  ¿Por qué tenemos que ir a comer con mis padres? ¿No podemos ir mañana? Estoy segura de que a Jason no le importará que nos quedemos una noche más aquí.

–  Me encantaría quedarme aquí contigo, créeme. – Le contestó Alan abrazándola. – Pero le prometí a tu padre que, si esto salía bien, iría a comer contigo a su casa.

–  ¿Cuándo has hablado tú con mi padre?

–  Cariño, ya te he dicho que haría cualquier cosa por ti. Además, pienso pedirte algo a cambio. – Eli le miró entornando los ojos y él añadió: – Tú también tendrás que venir a comer conmigo a casa de mis padres, ellos también quieren conocerte. De hecho, mi hermana ha tenido que ayudarme a convencer a mi madre para que se quedara en Barcelona, pues ella también quería venir a Londres por si yo no lograba convencerte de que me perdonaras.

Elisabeth no pudo más que reír, pero Alan no hablaba en broma, realmente había tenido que pedirle ayuda a Marta para que lograra convencer a su madre que no podía venir a Londres.

Elisabeth se levantó de la cama con pereza y se metió en la ducha. Alan dudó en meterse con ella, pero finalmente decidió que no era lo más sabio que podía hacer si pretendía ser puntual con los padres de Elisabeth. Mientras ella se duchaba, él se encargó de recoger la cabaña y cuando ella salió de la ducha envuelta en una diminuta toalla, le dio un casto beso en los labios, le señaló una bolsa con ropa que Olivia se había encargado de darle a Jason a hurtadillas y se metió en la ducha.

Una hora más tarde y tras haberse dado una larga ducha de agua fría, Alan conducía el coche que le había prestado Jason y se dirigía junto a Elisabeth a casa de los padres de ella. Erik Muller era un gran amigo de su jefe y además se encargaba del sistema de seguridad informático de la empresa, por lo que Alan ya había conocido personalmente al padre de Elisabeth, aunque para Alan era como la primera vez.

Llegaron a casa de los Muller a la una y media de la tarde y Erik Muller les esperaba en el porche de su casa victoriana, nervioso al pensar lo que se le habría pasado por la cabeza a su hija, la cual era conocida por sus actos impulsivos y radicales. Pobre chico, no sabe dónde se ha metido, pensó Erik divertido cuando vio aparcar el coche y salir de allí a la recién estrenada pareja que caminaban sonrientes y cogidos de la mano. Erik recibió a su hija con un fuerte y cariñoso abrazo y le guiñó un ojo a Alan con complicidad, pues aquel era el único hombre que podía devolverle la sonrisa a su hija y ese brillo especial en los ojos.

–  ¿Todo bien, Elisabeth? – Quiso saber su padre.

–  Más que bien, perfecto. – Le respondió Elisabeth con alegría.

–  Gracias por todo, señor Muller. – Le agradeció Alan mientras le estrechaba la mano a Erik.

–  Llámame Erik, al menos mientras mi hija siga luciendo esa preciosa sonrisa. – Le advirtió Erik solo por hacer el papel de padre, pues confiaba plenamente en Alan porque se había encargado de investigar a fondo sobre él y Guillermo le había aportado mucha información.

–  ¡Papá! – Protestó Elisabeth.

–  Solo bromeaba, cielo. – Se disculpó su padre.

Los tres entraron en la casa y se reunieron con la familia y amigos que se alegraron de verles tan juntos y sonrientes, eso significaba que todo había salido según lo previsto. Todos sentían curiosidad por saber qué iba a ocurrir con su relación, pero el único que se atrevió a preguntar fue Jason:

–  Entonces, ¿qué pensáis hacer? ¿Os quedaréis en Londres? ¿Regresaréis a Barcelona?

–  Aún no lo hemos decidido, pero eso no es un problema. – Contestó Alan sin preocupación alguna.

–  No hemos terminado de hablar del tema, pero yo ya lo he decidido. – Le confesó Elisabeth.

–  No te preocupes, estoy seguro de que Guillermo no pone ningún problema para darme el traslado a las oficinas de Londres, pero tendré que regresar a Barcelona para arreglar algunas cosas. – Le contestó Alan con la misma entereza, dispuesto a todo por estar junto a Elisabeth.

Elisabeth sonrió conmovida ante aquel gesto de lealtad, pese a que aquello significaba vivir a más de mil kilómetros de distancia de su familia y amigos, y le besó en los labios, sorprendiéndole con aquel gesto tan espontáneo, antes de decirle:

–  Quiero vivir en Barcelona. Tú tienes allí tu trabajo, a tu familia y a tu amigos, no puedo pedirte que lo dejes todo para venir a Londres. Echaré de menos a mi familia, pero puedo venir a verles cuando quiera y ellos pueden venir a verme a Barcelona. – Se volvió hacia a su padre y añadió: – Papá, llevas tiempo queriendo abrir una oficina en Barcelona y ahora sería un buen momento, siempre has querido que me ocupara yo de ello y yo siempre lo he ido aplazando.

–  Tómate un par de meses de descanso y ya te reincorporarás en septiembre, así tendrás tiempo de instalarte y organizarte. – Le aconsejó su padre.

Entre familia y amigos, Elisabeth y Alan comieron mientras reían y bromeaban felices porque todo había salido bien.

Aquella noche todos se quedaron a dormir en casa de los Muller. Elisabeth instaló a Alan en su habitación a pesar de que sabía que a su madre aquello no le gustaría, pues era una mujer bastante tradicional. Echó el cerrojo de la puerta de la habitación y se dejó abrazar por Alan.

–  Por fin nos quedamos a solas. – Susurró aliviada.

–  Y ahora que estamos solos los dos, ¿qué quieres hacer, pequeña kamikace?

–  Mm… Querido atropella-kamikaces, si tengo que responder a esa pregunta no vamos a ir por buen camino. ¿Qué crees que quiero hacer?

Elisabeth se acercó a él con intención de provocarlo y, al ver que Alan se resistía para ganar aquel juego sin importancia pero que a ambos les excitaba, bajó la cremallera de su vestido y dejó que se deslizara por su piel hasta caer al suelo. En ropa interior y con los zapatos de tacón de aguja puestos, Elisabeth le quitó la corbata a Alan y se la colocó sobre los ojos para que no pudiera ver nada.

–  Cariño, ¿qué vas a hacer? – Le preguntó Alan excitado.

–  No seas impaciente, tú solo relájate y deja que yo me ocupe de todo.

Elisabeth lo desnudó despacio, primero la camisa, luego los vaqueros y por último los bóxer. Cuando lo tuvo totalmente denudo, acarició los marcados músculos de su abdomen y lo guió hasta a la cama, donde le ayudó a tumbarse. Acarició sin prisa cada recoveco de su piel, mordisqueó sus pezones, lamió el lóbulo de su oreja y, al ver su prominente erección, no pudo evitar llevársela a la boca. Alan gruñó al notar su miembro dentro de la humedad de su boca y se arrancó la corbata que le hacía de venda para los ojos, no pensaba perderse el espectáculo que Elisabeth le estaba ofreciendo. Disfrutó mirando como su pene entraba y salía de la boca de Elisabeth un par de minutos más, cuando se apartó de ella bruscamente y un segundo más tarde la cogía por la cintura e intercambiaba posiciones, dejándola a ella debajo. Tras darle un dulce beso en los labios, Alan la penetró de una sola estocada como a ella le gustaba, haciéndola gemir, y la embistió una y otra vez con fuerza, con profundidad, hasta que ambos alcanzaron el clímax entre gemidos de placer. Alan se desplomó sobre Elisabeth y, sin dejar de abrazarla, rodó con ella en la cama para intercambiar sus posiciones y que fuera ella quien quedara sobre él.

–  ¡Vas a volverme loco! – Le dijo Alan divertido, estrechándola entre sus brazos.

–  ¿Eso es una queja? – Se mofó Elisabeth.

–  Desde luego que no, en todo caso es un cumplido y de los buenos. – Le respondió Alan. – Te quiero, pequeña kamikace.

–  Yo también te quiero. – Le susurró Elisabeth abrazándose a él con fuerza.

FIN