Archivo | enero 2016

Mi corazón en tus manos 18.

Mi corazón en tus manos

Cuando llegaron al ático dúplex después de la no-cena, Juan no sabía qué hacer. Mía parecía estar concentrada en sus propios pensamientos y continuaba callada y con la mirada perdida. Juan tenía ganas de abrazarla y besarla, pero temía que ella le apartara con desprecio, ya le había dejado claro en varias ocasiones que su relación era puramente sexual y profesional, incluso le llegó a decir que si no hubieran tratado de matarlos probablemente no se habrían vuelto a ver. Finalmente, dejó que Mía se marchara a su habitación y Juan entró en la cocina, donde se encontró con Rosario:

–  ¿No cenabais en casa del comandante Swan? – Le preguntó Rosario extrañada de verles llegar tan temprano a casa.

–  Al final no. – Contestó de mal humor Juan.

Rosario cruzó una mirada con Vladimir y entendió que algo no había salido bien.

–  Os prepararé algo de cenar. – Sentenció Rosario.

–  Yo no tengo hambre, Rosario. Pregúntale a Mía si le apetece cenar algo. – Le dijo Juan. – Estaré en mi despacho si me necesitáis.

Juan había decidido darle a Mía espacio creyendo que eso era lo que ella quería y necesitaba, se encerró en su despacho y trató de evadirse con el trabajo. Tras cambiarse de ropa y ponerse algo más cómodo, Mía bajó a la cocina donde se encontró con Rosario:

–  Ahora mismo iba a buscarte, ¿qué te apetece cenar? – Le preguntó la mujer sonriendo con ternura.

–  Gracias Rosario, pero no tengo hambre. – Le agradeció Mía. – ¿Dónde está Juan?

–  En su despacho, él tampoco quiere cenar. – Murmuró Rosario. – Cielo, no quiero meterme donde no me llaman, pero discutiendo con Juan no resolverás nada.

–  Ni siquiera hemos discutido. – Le dijo Mía mientras cogía una cerveza del frigorífico y se sentaba en uno de los taburetes, necesitaba hablar con alguien y Rosario era una buena mujer que la trataba como a una  hija a pesar de que apenas hacía una semana que la conocía. – Nos hemos ido de casa de mis padres sin cenar y me temo que he puesto a Juan en una situación incómoda, creo que está enfadado conmigo. No hago más que causarle problemas.

–  No creo que sea tan grave cuando Juan sigue empeñado en que te quedes aquí. – Le dijo Rosario sabiendo que en los ojos de Juan había un brillo especial cada vez que miraba a aquella chica.

–  Solo lo hace porque se siente culpable, se siente responsable del accidente a pesar de que no sabemos a por quién iban. – Le confesó Mía suspirando con resignación. – Siento contarte todo esto, Rosario, pero necesitaba hablar con alguien o me iba a volver loca.

–  No tienes de qué disculparte y recuerda que yo también vivo en esta casa y, aunque respete lo que todos hacen, no se me escapa una. – Le dijo Rosario bromeando al mismo tiempo que le guiñaba un ojo con complicidad.

Mía cayó en la cuenta que Rosario era la asistenta y quien se ocupaba del orden y la limpieza de aquella casa, por lo que debía estar al tanto de que ella dormía en la habitación de Juan.

–  Creo que me estoy metiendo en la boca del lobo y me va a comer. – Pensó Mía en voz alta. – Pero tampoco tengo voluntad para salir corriendo.

–  No es tan fiero el león como lo pintan. – Le dijo Rosario con una tierna sonrisa en los labios. – Juan está en su despacho, estoy segura de que se alegrará si le haces una visita.

–  No sé si es buena idea, no me ha hablado desde que hemos salido de casa de mis padres. – Confesó Mía con temor a ser rechazada.

–  Hazme caso, cielo. – Le susurró Rosario. – Esta noche Juan ha dado la cara por ti frente a tu padre, que es ni más ni menos que el comandante de la región, no habría hecho algo así de no ser porque desea que te quedes aquí y, antes de que pienses lo que no es, te diré que Juan nunca antes había traído a casa a ninguna mujer, con excepción de su madre y su hermana Noelia.

–  Si vuelvo sola a la cocina, necesitaré algo más fuerte que una cerveza. – Le dijo Mía levantándose del taburete. Antes de salir de la cocina, se volvió hacia a Rosario y le dijo: – Deséame suerte, me temo que la voy a necesitar.

–  Suerte cielo, pero no la necesitas. – Le deseó Rosario alegremente.

Mía se dirigió al despacho de Juan y dudó al ver la puerta cerrada, pero finalmente se armó de valor, dio un par de golpes suaves en la puerta y esperó a que Juan le diera permiso para entrar:

–  Pasa, Vladimir. – Dijo Juan tras la puerta.

Mía abrió la puerta del despacho y, asomando la cabeza, le dijo con voz dulce:

–  Soy Mía, ¿puedo pasar?

–  Claro, pasa. – Le respondió Juan sorprendido de verla allí. – ¿Te ocurre algo? Si tienes hambre Rosario puede hacerte lo que quieras…

–  Lo siento. – Le interrumpió Mía. – Me has ofrecido tu casa, cuidas de mí, te enfrentas a mi padre por mi culpa y yo ni siquiera soy capaz de darte las gracias.

–  No busco agradecimiento, Mía. – Le aseguró Juan, ligeramente molesto.

–  ¿Y qué es lo que buscas? – Quiso saber Mía.

–  No busco nada, tan solo pretendo mantenerte a salvo hasta que todo esto termine.

–  Haces esto porque te sientes culpable. – Entendió Mía. Se levantó de la silla y añadió: – Estoy cansada, me voy a dormir.

Mía salió del despacho de Juan y se dirigió a la habitación sin pasar por la cocina para evitar encontrarse con Rosario y que la viera llorando.

En la intimidad de la habitación, Mía se puso el pijama y se metió en la cama, esperando que Juan regresara y se metiera con ella en la cama, pero Mía se durmió de madrugada y Juan no apareció.

 

Mi corazón en tus manos 17.

Mi corazón en tus manos

Después de lo que ocurrió en el baño de la habitación de Juan, Mía se había mantenido en el más absoluto de los silencios. Trataba de aclarar sus sentimientos y se recordaba una y otra vez que solo se trataba de sexo y que todo terminaría en cuanto ella regresara a su casa. Por un lado, quería regresar a su casa de inmediato para no terminar enamorándose de Juan y llorando por él; pero por otro lado, quería disfrutar de cómo se sentía cuando estaba con él, al menos mientras todo aquello durara.

“Encuentra lo que amas y deja que te mate” Charles Bukowski, pensó Mía.

Juan estaba alterado y Vladimir se dio cuenta. Además de ser su mano derecha y su guardaespaldas personal, Vladimir era su amigo y lo conocía a la perfección. Desde que la chica había entrado en su vida y en su casa, su mejor amigo estaba de mejor humor y parecía más relajado, pero desde que había salido de la redacción para buscar a Mía estaba nervioso y, cuando entró en su despacho y se lo encontró, decidió preguntar:

–  Pareces nervioso, ¿va todo bien?

–  El comandante Swan exige que vayamos a cenar a su casa, quiere que Mía se traslade a la base militar o a su casa y tengo que tratar de convencerlo de lo contrario. – Le respondió Juan malhumorado. – Ella me dice que no quiere causarme más molestias, pero sé que no dice toda la verdad. – Suspiró sonoramente y añadió resignado: – Creo que me voy a volver loco.

–  Es el efecto que causan las mujeres cuando te enamoran. – Se mofó Vladimir. Juan le fulminó con la mirada y Vladimir se puso serio, su amigo no estaba para bromas. – Si quieres un consejo, lucha por lo que quieres, pero antes asegúrate de que ella quiere lo mismo.

Dicho eso, Vladimir se dio media vuelta y salió del despacho. Juan miró su reloj y, al ver que ya eran las ocho de la tarde, decidió subir a buscar a Mía, lo último que le faltaba era llegar tarde a casa del comandante.

–  Mía, ¿estás lista? – Preguntó tras llamar a la puerta de su habitación. – Vamos a llegar tarde.

Mía abrió la puerta de la habitación y, forzando una sonrisa, le dijo a Juan:

–  Estoy lista.

Vladimir se encargó de llevarles a casa del comandante Swan y su esposa y Juan le pidió que no se alejara demasiado, temía que en cualquier momento el comandante terminaría por echarles de su casa. Una vez bajaron del coche, Juan colocó sus manos sobre la parte inferior de la espalda de Mía y le susurró al oído:

–  Todo va a salir bien.

Malena Swan salió a la puerta del rellano para recibir a su hija y su acompañante mientras su marido refunfuñaba en el salón.

–  ¡Hija! – La abrazó Malena con ternura. – ¡Un día nos vas a matar de un disgusto!

–  Mamá… – Le advirtió Mía.

–  Este chico tan apuesto debe ser Juan Cortés, ¿verdad? – Malena saludó a Juan con una de sus sonrisas encantadoras.

–  Encantada de conocerla, señora Swan. – Saludó Juan amablemente.

–  Por favor, llámame Malena. – Le dijo Malena. – Chicos, pasad. – Se volvió hacia a Mía y le dijo: – Tu padre está en el salón, tratemos de tener una velada tranquila.

Juan y Mía entraron en el salón y Robert fulminó con la mirada a ambos, no entendía nada de lo que aquellos dos pretendían ni de lo que se traían entre manos, pero tampoco quería saberlo. Lo único que le importaba a Robert era que su hija estuviera a salvo y, dado el historial que tenía en cuanto a quebrantar las normas, Robert prefería que estuviera en la base militar, donde estaría vigilada las veinticuatro horas del día y a salvo.

–  Buenas noches, comandante Swan.

–  Cortés. – Le saludó Robert con un leve gesto de cabeza.

–  Papá. – Le advirtió Mía. – Juan, siéntate donde quieras, iré a por un par de cervezas. – Se volvió hacia a su padre y le dijo: – Vamos a tu despacho, quiero hablar contigo papá.

–  Tienes la suficiente confianza con él como para instalarte en su casa pero, ¿no puedes hablar con tu padre estando él delante? – La retó Robert.

–  Me voy a quedar con Juan hasta que todo esto termine, no pienso trasladarme a la base. – Sentenció Mía sin opción a réplica.

–  ¿Tengo que reprocharte lo que pasó con Pablo Mendoza? ¿Se te ha ocurrido que todo esto podría ser obra suya? – Le espetó Robert furioso.

–  No voy a dejar de vivir, papá. No puedo esconderme cada vez que tenga miedo, prefiero arrepentirme que pasarme la vida preguntándome qué habría pasado. – Trató de que su padre la entendiera y añadió: – Quiero equivocarme y aprender de mis errores, hasta ahora se me ha dado bastante bien.

Robert echó una rápida ojeada a la cara de Juan y finalmente le dijo:

–  Al menos esta vez no te has escondido con un narcotraficante. – Se volvió hacia a Juan y añadió: – He seguido de cerca los movimientos de mi hija y no te has separado de ella excepto cuando Mía ha estado trabajando en la redacción y tú te has ido a tu oficina, pero dejando a dos hombres en la redacción custodiándola. – Miró un segundo a su hija antes de continuar: – No sé cómo lo haces y tampoco quiero saberlo, pero has conseguido que Mía cumpla las normas durante más de una semana. Si tú estás dispuesto a seguir cuidando de ella y te comprometes a mantenerme informado no tendré motivos para oponerme, siempre y cuando Mía quiera seguir refugiada en tu casa.

Juan miró a Mía y cruzó su mirada con la de ella esperando una respuesta. Vladimir le había aconsejado que antes de mover ficha se asegurara de lo que Mía quería y eso era lo que pensaba hacer.

–  Si a Juan no le importa, me gustaría quedarme en su casa. – Les confirmó Mía.

–  Le haré llegar un informe diario y le llamaré si surge algún contratiempo, Mía estará segura en mi casa, comandante Swan. – Le aseguró Juan.

–  Espero que seas tan profesional como estás haciendo creer, Cortés. – Musitó Robert.

–  ¡Papá, se acabó! – Exclamó Mía levantándose del sofá. – Será mejor que nos vayamos y ya regresaremos otro día, si es que puedes contenerte y comportarte. – Le reprochó Mía a su padre.

–  ¡Robert, no me lo puedo creer! – Le reprochó Malena a su marido al escuchar a su hija furiosa.

–  No te molestes, mamá. – Le dijo Mía besando a su madre en la mejilla. – Pásate un día por la oficina y comemos tranquilas.

–  Mía… – Empezó a decir Juan hasta que su mirada se cruzó con la de Mía. Ambos se desafiaron con la mirada y finalmente Juan le dijo con voz firme: – Si trabajamos juntos todo será más rápido y seguro, podemos discutir o podemos tratar de entendernos y llegar a un acuerdo.

–  Ahora mismo te odio. – Le dijo Mía a Juan rodando los ojos.

–  Creo que ahora estamos poco receptivos y bastante a la defensiva, pero debemos pensar en ello y volver a hablar del tema. – Sentenció Juan poniéndose en pie. – Nos mantendremos en contacto, comandante Swan. – Se volvió hacia la madre de Mía y se despidió: – Un placer conocerla, Malena.

–  Lo mismo digo, Juan. – Le dijo Malena con complicidad.

Mía salió malhumorada de casa de sus padres y Juan le dejó su espacio para que se calmara, su expresión no era nada amigable e incluso Vladimir fue consciente de ello cuando le abrió la puerta del coche para ayudarla a sentarse.

El camino de regreso a casa apenas duró veinte minutos en el que el silencio reinó.

 

Mi corazón en tus manos 16.

Mi corazón en tus manos

Mía se quedó toda la semana en casa de Juan. Vladimir la llevaba todas las mañanas al trabajo y Juan la acompañaba antes de dirigirse a su oficina. Tal y cómo Juan le había prometido al comandante Swan, puso a dos hombres de seguridad en la redacción y le ordenó a Vladimir que tuviera contacto con ellos cada hora y le tuviera informado.

El comandante Swan se marchó de nuevo para regresar con su esposa y seguir con sus vacaciones un par de días después de llegar, tras asegurarse de que Juan Cortés cumplía con su promesa y mantenía vigilada y segura a su hija pequeña. La madre de Mía y su hermana Karen la llamaban todos los días para ponerse al corriente y ambos advirtieron en su voz que Mía se estaba enamorando y que aquel hombre que cuidaba de ella lo hacía por algo más que por ser su profesión. Pero Mía no quería hablar del tema, sabía que aquella era una relación temporal que pronto acabaría. Por su parte, Juan vivía feliz con Mía a su lado. Todo el que estaba a su alrededor los últimos días había notado como el humor de Juan mejoraba día tras día. Nunca antes había sentido por nadie lo que estaba sintiendo por Mía, pero ella había dado a entender en un par de ocasiones que su relación se basaba únicamente en el sexo y prefería darle un poco de tiempo y no presionarla, quería hacer las cosas bien con Mía, no quería arriesgarse a perderla.

El viernes por la tarde, cuando Juan pasó por la redacción para recoger a Mía, supo que estaba de mal humor en cuanto la vio. Entró en su despacho y allí estaba ella discutiendo con alguien por teléfono pero, en cuanto advirtió su presencia, se apresuró a despedirse de su interlocutor y colgó.

–  ¿Va todo bien? – Preguntó Juan con prudencia.

–  No, nada va bien. – Protestó Mía molesta.

Juan se sentó frente a ella y, tras mirarla a los ojos, le dijo con firmeza:

–  Cuéntame qué te pasa.

–  He discutido con mi padre. – Confesó Mía. – Le he dicho que pienso volver a casa y se ha puesto furioso, quiere que me traslade a la base.

–  Creía que te sentías cómoda en mi casa, no sabía que te quisieras marchar. – Le dijo Juan molesto.

–  Aunque me sienta muy a gusto en tu casa, tendré que volver a la mía, ¿no crees? – Le replicó Mía molesta porque empezaba a sentir que si no se alejaba de Juan cuanto antes acabaría llorando por él, pero tampoco tenía la voluntad suficiente para alejarlo. Mía vio el gesto de disgusto en el rostro de Juan y se sintió culpable. – Lo siento, estoy pagando contigo mi mal humor.

–  Mía, no puedo dejar que regreses a tu casa, si te pasara algo no me lo perdonaría. – Le empezó a decir Juan. – ¿No quieres seguir en mi casa?

–  No es eso, no quiero molestarte y…

–  No eres ninguna molestia. – La interrumpió Juan empezando a perder la paciencia. Se levantó y se pasó la mano por la cabeza con nerviosismo. No podía dejar que Mía se marchara de su casa tan pronto, estaba seguro que si se marchaba de su casa también lo haría de su vida y no estaba dispuesto a permitirlo, al menos no tan pronto. – Si quieres quedarte en mi casa, hablaré con tu padre y lo solucionaré, ¿estás de acuerdo?

–  Juan, no quiero complicarte la vida…

–  ¡Solucionado! – Sentenció Juan. – Mañana hablaré con él.

–  Juan, hay algo más. – Le confesó Mía con cara de no haber roto un plato en su vida. – Cuando le he dicho a mi padre que no pensaba ir a la base me ha ordenado ir a cenar a casa, quiere que tú también vengas conmigo.

–  Cena en casa del comandante Swan, suena interesante. – Bromeó Juan.

–  Juan, no quiero darte más problemas, ya has hecho bastante por mí.

–  En todo caso, los problemas te los estoy dando yo. – Le recordó Juan. Se levantó y se acercó a Mía para estrecharla entre sus brazos y le susurró: – Vamos a casa, nos cambiamos de ropa y vamos a cenar con tus padres, ya verás como todo sale bien, Pitu.

–  Sigo sin entender por qué quieres meterte en la boca del lobo, pero me alegro de que estés aquí. – Le confesó Mía.

Ambos se marcharon a casa y esta vez Mía fue directamente a la habitación de Juan tras saludar a Rosario brevemente al pasar por la cocina. Mía estaba nerviosa. A Juan le extrañó la prisa que tenía Mía y decidió hacer lo mismo: saludó rápidamente a Rosario al pasar por la cocina y la siguió escaleras arriba hasta llegar a su habitación.

–  Mía, ¿va todo bien? – Le preguntó Juan al entrar en la habitación y escucharla trastear en el baño.

Mía salió del baño envuelta en una diminuta toalla que dejaba ver más de lo que escondía y, con una sonrisa traviesa en los labios, le dijo divertida:

–  Será mejor que cierres esa puerta si no quieres escandalizar al personal de tu casa.

Juan cerró la puerta de la habitación sin retirar la mirada del cuerpo de Mía y ella, consciente de cómo la miraba, dejó caer la toalla al suelo mostrando su desnudez. Juan, sin apartar los ojos de Mía, respiró profundamente y se acercó a ella despacio, deleitándose con la hermosa vista que ella le ofrecía.

–  Creía que estabas de mal humor. – Tanteó el terreno Juan mientras se acercaba a ella y le acariciaba los hombros descendiendo hasta llegar a sus manos.

–  Estoy de mal humor, por eso trato de calmarme.

Juan vaciló un instante, no le gustaba que pensara en él como en un objeto sexual, pero tampoco le quedaba voluntad para rechazar semejante propuesta. La cogió en brazos y le devoró la boca salvajemente mientras ella le desnudaba con urgencia. Mía no quería hacer el amor, quería sexo. Sabía que Juan se lo podía dar y no se equivocó. Juan entendió perfectamente qué necesitaba Mía y la complació. Le habría gustado hacerle el amor, ella era dulce y delicada, pero se movía buscando más profundidad y le rogaba que fuera más rápido y más fuerte. Cuando ambos culminaron, Mía se apartó de Juan y se metió en la ducha, pero Juan la siguió, entró con ella en la ducha, la abrazó desde atrás y la besó en la sien con ternura. A pesar de que acababan de hacer el amor más apasionadamente que nunca, Juan sentía que Mía se estaba alejando y, aunque él no quería presionarla, le estaba resultando difícil fingir que nada ocurría y evitar exigirle respuestas a todas las preguntas que tenía por hacerle.

Mi corazón en tus manos 15.

Mi corazón en tus manos

A la mañana siguiente Mía se despertó entre los brazos de Juan que, como siempre, la observaba hechizado mientras ella dormía. Tras besarla en los labios, Juan le susurró:

–  Estaba pensando en darnos un baño juntos, ¿te apetece?

–  Mm… ¿Te has despertado juguetón? – Le preguntó Mía divertida al mismo tiempo que se estrechaba contra el cuerpo de él.

–  Siempre que te tengo cerca estoy juguetón, preciosa.

Juan la besó de nuevo y se levantó para dirigirse al baño y llenar de agua la bañera. Pocos minutos después, regresó a la habitación y cogió a Mía en brazos para llevarla consigo a la bañera.

El baño se alargó más de lo previsto y tuvieron que darse prisa en vestirse y desayunar para llegar a tiempo a casa de Karen ya que primero quería comprar algún pequeño detalle para sus sobrinas. Juan, dispuesto a complacerla en todo, le pidió a Vlamidir que les llevara al centro comercial donde compraron dos preciosas coronas con piedras de colores que seguro les encantarían a esos dos pequeños diablillos.

Una vez hechas las compras, Vladimir los llevó a casa de su hermana y aparcó en la misma puerta del portal de su edificio. Juan se despidió de Vladimir y le dijo que le llamaría para que pasara a recogerles por la tarde. Nada más bajarse del coche, Juan se tensó. Estaba nervioso por conocer a la familia de Mía, sabía lo importante que eran para ella su hermana y sus sobrinas y quería causarles una buena impresión ya que temía que con su padre las cosas no habían ido para nada bien.

–  ¿Estás bien? – Le preguntó Mía al ver lo callado y tenso que estaba. – Aún estás a tiempo de marcharte si no quieres subir a casa de mi hermana.

–  Estoy donde quiero estar. – Sentenció Juan haciendo acopio de todo su valor.

Atravesaron el portal y entraron en el ascensor cargados con las dos coronas, una botella de vino tinto de reserva y una exquisita tarta para el postre que Juan se había empeñado en comprar pese a que Mía le había dicho y había insistido en que no era necesario.

Karen abrió la puerta de su piso justo en el momento en el que Juan y Mía salían del ascensor, corrió hacia a su hermana y la abrazó al mismo tiempo que le dijo:

–  Pitu, ¡no me habías dicho que tenías una brecha en la frente!

–  Karen, estoy bien. – Le aseguró Mía. Se volvió hacia a Juan e hizo las presentaciones oportunas: – Mi hermana Karen, Juan Cortés.

–  Encantado de conocerte, Karen. – La saludó Juan educadamente. – Hemos traído vino y una tarta para el postre.

–  Muchas gracias Juan, eres muy amable. – Le agradeció Karen cogiendo lo que Juan le entregaba. Les hizo un gesto para que entraran y añadió: – Voy a la cocina a dejar esto, pasad y poneos cómodos.

A Mía apenas le dio tiempo a poner un pie en el salón cuando sus sobrinas la vieron y se arrojaron a sus brazos bajo la atenta mirada de Juan, que parecía divertido y encantado con aquella situación.

–  Princesas, ¡cómo os he echado de menos! – Las saludó Mía. – Os hemos traído un regalito, ¿queréis verlo?

–  ¡Sí! – Gritaron ambas niñas al unísono.

Mía les entregó las dos coronas y las niñas gritaron de alegría para después jugar a las princesas como siempre hacían. Tom, el cuñado de Mía, se presentó y Juan le estrechó la mano y empezaron a hablar de fútbol y otros temas, por lo que Mía se fue a la cocina con su hermana.

–  Ahora entiendo por qué querías quedarte en su casa, Pitu. – Bromeó Karen. – ¿Te lo has tirado ya?

–  ¡Karen! ¿Qué clase de pregunta es esa? – Le replicó Mía fingiendo estar escandalizada.

–  ¿Desde cuándo te escandalizas tú por hablar de sexo? – Se mofó Karen. – Hay que reconocer que el chico es un verdadero bombón y parece que le gustas. Mamá me ha dicho que papá le dijo que llegó a encararse con él y, ya sabes, nadie le lleva la contraria al comandante Swan. – Bromeó Karen.

–  Apenas hace unos días que nos conocemos, no tengo mucho más que contarte.

–  En resumen, ¡que te lo has tirado! – Dedujo Karen.

Las dos hermanas cuchichearon en la cocina hasta que fueron interrumpidas por Iris y Aina, las dos hijas gemelas de Karen. Tom y Juan también entraron en la cocina y Karen les pidió a Juan y Mía que se sentaran en el salón mientras ella y su marido terminaban de preparar la comida. Mía disfrutaba viendo a sus sobrinas jugar con Juan y viendo como él también se divertía.

Un rato después, Karen y Tom sirvieron la comida y los cuatro adultos comieron y charlaron mientras las dos pequeñas dormían la siesta.

Antes de que se marcharan, Karen les hizo prometer que regresarían otro día a comer o a cenar y ambos se lo prometieron. Se despidieron y entraron en el Hummer de Vladimir que les llevó de regreso a casa de Juan, que estaba ansioso por quedarse a solas con Mía ya que no podía contener por mucho tiempo más las ganas de que tenía de besarla. Pero a Mía se le antojó un vaso de agua y en la cocina se encontró con Rosario, a quien saludó y con quien se quedó un rato hablando hasta que Juan, cansado de esperar, fue en su busca y le dijo al entrar en la cocina:

–  Mía, me gustaría hablar contigo un minuto, ¿puedes venir a mi despacho?

A Mía le sorprendió el tono de voz de Juan, pero tampoco supo descifrar si estaba molesto, enfadado o si estaba preocupado.

–  ¿Ocurre algo? – Le preguntó Mía al entrar en el despacho de Juan y tras cerrar la puerta.

–  Me estás volviendo loco, Mía. – Le dijo Juan con la voz ronca.

–  Y, ¿eso es bueno o malo?

Juan la besó en los labios apasionadamente a modo de respuesta, la cogió en brazos y la sentó sobre la mesa de su despacho al mismo tiempo que le susurró excitado:

–  Pitu, desde que hemos salido por la puerta esta mañana deseo hacerte el amor y pensaba hacerlo nada más llegar a casa, pero has preferido quedarte en la cocina charlando con Rosario.

–  ¿Celoso de Rosario? – Bromeó Mía incitándolo con sus caricias.

–  No soy celoso, a menos que tenga motivos para estarlo.

Juan desnudó a Mía y la tumbó sobre la mesa donde, después de acariciar y besar todo su cuerpo, le hizo el amor hasta que ambos alcanzaron el clímax. Una vez lograron respirar con normalidad, Juan se vistió y la ayudó a vestirse. Cuando ambos estuvieron vestidos, Juan le preguntó:

–  ¿Todo bien?

–  Todo perfecto. – Respondió Mía.

Mía sabía que aquella relación terminaría en cuanto todo se arreglara y ella regresara a su casa, pero estaba dispuesta a disfrutarlo mientras durara.

Mi corazón en tus manos 14.

Mi corazón en tus manos

Tras aquellos reproches, ambos se pusieron de mal humor. Juan no entendía por qué Mía no le había dicho que era la hija del comandante de la región y Mía no entendía por qué Juan creía que tenía que decírselo. No era algo que a ella le gustara contar, a Mía siempre le había gustado ganarse las cosas por sus propios medios y eso en ocasiones le hacía omitir que era la hija de su padre, no quería que se le acercaran por el interés.

–  De acuerdo, no pasa nada. – Sentenció Juan tratando de calmarse. – Tu padre quiere que te quedes en la base pero, si permites que te dé mi opinión, creo que lo mejor y más cómodo para todos es que te quedes aquí, aunque tu padre se empeñe en todo lo contrario.

Juan estaba molesto y no podía ocultarlo, no le había gustado nada la idea de no seguir disfrutando de la compañía de Mía después de haberse hecho a la idea que pasaría unos días con ella. Mía se percató que Juan estaba molesto y trató de suavizar la situación, suavizó su tono de voz y le preguntó:

–  ¿Eso significa que me puedo quedar aquí?

Juan la miró, le dedicó una sonrisa que la desarmó y, mientras tiraba de ella para abrazarla en el sofá, le susurró al oído:

–  Sí, ¿voy a tener que secuestrarte para que te quedes?

–  Creo que no te va a hacer falta. – Bromeó Mía colocándose sobre él a horcajadas.

–  Mm… Me temo que tendremos que seguir en mi habitación con esta conversación, a menos que quieras escandalizar a Rosario. – Bromeó Juan disfrutando de la entrega de Mía. La cogió en brazos y la llevó a su habitación donde la tumbó en la cama y le preguntó divertido: – ¿Por dónde íbamos, preciosa?

–  Por eso de escandalizar. – Le dijo Mía juguetona.

Juan no la dejó hablar más, rápidamente sus ropas volaron hasta aterrizar en el suelo y de nuevo regresaron las caricias y los besos.

Después de casi tres horas dando rienda suelta a la pasión, ambos decidieron darse un descanso y se quedaron tumbados sobre la cama. Juan atrajo a Mía hacia a sí y la abrazó, sentía la necesidad de tenerla cerca y a ella no pareció importarle que él la abrazara.

Mía se quedó dormida y Juan se dedicó a observarla. Nunca se había sentido así por ninguna mujer y mucho menos por una a la que acababa de conocer, pero con Mía todo era distinto. Mía abrió los ojos y se encontró con el relajado rostro de Juan que le dedicaba una amplia sonrisa.

–  Hola dormilona.

–  No puedes culparme de dormir tanto si eres tú quién me deja agotada. – Protestó Mía entre risas.

Como si de un juego se tratara, ambos se vistieron y bajaron a la cocina a preparar la cena. Como era de esperar, la hermana de Mía la volvió a llamar y Mía, al tener las manos manchadas, activó el manos libres del móvil:

–  ¡Hola Pitu! ¿Cómo estás? – Preguntó Karen nada más descolgar.

–  Estoy perfectamente, Karen. – Respondió Mía rodando los ojos mientras Juan la observaba.

–  Me alegro que estés bien porque papá está hecho una fiera, me ha llamado esta tarde y me ha dicho que está preocupado por ti, ni siquiera lo había visto así con lo de Pablo.

–  Ya conoces a papá, Karen. – Se resignó Mía. – ¿Cómo están mis princesas?

–  No dejan de preguntar por su tita Mía, ¿vendrás mañana a verlas? – Le dijo Karen. – Te echan de menos, Pitu… Y yo también.

–  Te prometo que mañana pasaré a verte. – Le prometió Mía.

–  ¿Te quedarás a comer? Puedes traer a tu amigo si quieres, alguien tendrá que agradecerle que te haya cuidado y me parece que papá no está por la labor. – Le dijo Karen.

Mía miró a Juan antes de responder a su hermana. Una cosa era ir ella a comer a casa de su hermana y otra muy distinta era ir con Juan. Estaba segura que no la dejarían ir sola, por lo que si no iba con Juan la obligarían a ir con Vladimir y esa no era una opción.

–  Mañana por la mañana te llamo y te lo confirmo. – Le dijo finalmente Mía.

–  De acuerdo Pitu, pero no me falles. – Le dijo su hermana antes de colgar.

Mía suspiró aliviada porque aquella conversación hubiera finalizado, si lo hubiera sabido ni siquiera hubiera contestado al teléfono en ese momento. Juan se sorprendió porque Mía no le hubiera confirmado que iría con él y no pudo evitar preguntar:

–  ¿No quieres que vaya contigo a comer a casa de tu hermana, Pitu?

–  No quiero ponerte en un compromiso, pero si la otra opción es ir con Vladimir… – Mía no pudo terminar la frase, Juan estalló a reír a carcajadas. – ¡No tiene gracia! – Le reprochó.

Juan la abrazó y le susurró al oído:

–  ¿Quieres que vaya contigo mañana?

–  Sí, pero no quiero causarte más molestias. – Le confesó Mía.

–  Te acompañaré encantado y no será ninguna molestia. – Le dijo Juan. – Háblame de tu hermana y de tus princesas.

Mía y Juan se pasaron horas hablando de su familia, Mía le habló de sus padres, de su hermana, de su cuñado, de sus sobrinas y de todos sus amigos mientras que Juan le habló de sus padres, de su hermano Miguel y de su hermana pequeña Noelia.

–  No me habías dicho que tenías una hermana. – Comentó Mía sorprendida porque no la hubiera mencionado en la entrevista.

–  Es mi hermana pequeña y siempre trato de protegerla, sobre todo ante la prensa. – Se justificó Juan.

Después de cenar, charlar y ver una película, decidieron irse a dormir. Cuando entraron en la habitación, Mía se quedó un poco desconcertada. Juan se dio cuenta y le dijo:

–  No te preocupes, yo dormiré en el sofá.

–  Ya hemos compartido cama, no creo que pase nada porque durmamos juntos. – Sugirió Mía.

–  ¿Estás segura? – Preguntó Juan.

–  Completamente. – Le contestó Mía.

Juan la besó en la frente con un gesto cariñoso y le dijo tras darle una palmada en el trasero:

–  A dormir, Pitu.

Mi corazón en tus manos 13.

Mi corazón en tus manos

Tras hacer el amor, ambos se tumbaron en la cama completamente desnudos hasta que sus respiraciones se normalizaron. Juan no quería dejar de estrecharla entre sus brazos y, disfrutando de aquel maravilloso momento que la vida le brindaba, cogió a Mía en brazos y, mientras caminaba con ella hacia el baño, le dijo divertido:

–  Hora de ducharse, preciosa.

Tras una rápida ducha que les supo a poco y les dejó con ganas de más, Juan y Mía bajaron a la cocina donde Rosario ya había puesto la mesa y estaba sirviendo los platos. Para sorpresa de Mía, en cuanto se sentaron en la mesa Rosario desapareció y tampoco había ni rastro de Vladimir.

–  ¿Ellos no comen con nosotros? – Preguntó Mía.

–  No, nunca suelo comer en casa y supongo que Rosario y Vladimir han preferido dejarnos a solas.

Comieron la deliciosa comida que Rosario les había preparado y después pasaron al salón, donde comenzaron a ver una película hasta que Mía se quedó dormida y Juan decidió llevarla en brazos a su cama para que descansara y la arropó con una manta para evitar que cogiera frío.

Una vez hubo acomodado a Mía, Juan se dirigió a su despachó para adelantar algo de trabajo cuando Vladimir llamó a la puerta y, tras obtener permiso para entrar, le dijo a Juan:

–  El comandante de la región se acaba de hacer con el caso del accidente y viene de camino hacia aquí, sabe que ibas acompañado y también se ha interesado por ella.

Juan supo que había algo más que Vladimir quería decir, pero suponía que estaba buscando la forma de decirlo. Finalmente, Juan le animó:

–  ¿Hay algo más que deba saber?

–  No estoy seguro, pero me pareció extraño que el comandante de la región y tu amiga Mía tengan el mismo apellido, puede que sean parientes… – Dejó caer Vladimir.

–  Averígualo. – Le ordenó Juan sorprendido. ¿Tenía Mía algo que ver con aquel comandante? Si así era, quería estar al corriente antes de que el susodicho llegara.

–  No puedo acceder al historial del comandante, como es lógico al tener un rango superior, pero la base de datos tampoco me da acceso al historial de tu amiga, me lo deniega al tratarse de un archivo confidencial por el ejército. – Le informó Vladimir. – O tu amiga tiene algo que ver con el comandante o nos oculta algo, ¿crees que puedes fiarte de ella?

–  ¡Por supuesto que sí! – Le replicó Juan molesto.

–  Apenas hace unos días que la conoces, podría ser cualquier persona y podría estar metida en cualquier cosa. – Le advirtió Vladimir. – Creo que por lo menos deberías tenerla vigilada.

Aquellas palabras de Vladimir le dejaron bastante desconcertado. Vladimir era muy estricto en cuanto a seguridad se refería, pero no se equivocaba nunca.

Juan se levantó y se dirigió a su habitación. Abrió la puerta sin hacer ruido y se encontró a Mía durmiendo, tal y cómo la había dejado, ni siquiera se había movido. Se sentó a los pies de la cama y se quedó observándola hasta que llamaron al timbre y Juan bajó las escaleras para recibir a su invitado, el comandante Swan.

–  Buenas tardes, teniente Cortés. – Le dijo el comandante Robert Swan haciendo el saludo militar.

–  Buenas tardes, comandante Swan. – Le saludó Juan. – Puede llamarme Juan, hace años que me retiré del ejército.

Juan le invitó a sentarse y le pidió a Rosario que preparara dos cafés. Vladimir se quedó de pie en una esquina de la estancia, observándolo todo pero sin decir nada.

–  No quiero café, señor Cortés. – Rechazó la taza de café que le ofrecían. – He venido a buscar a mi hija, tengo entendido que usted no se ha separado de ella desde el accidente.

–  Así es, comandante Swan. – Le confirmó Juan manteniéndose firme. – Mía está descansando en este momento, salió del hospital esta misma mañana.

–  Mira muchacho, no sé qué pretendes con todo esto, pero mi hija ya tiene suficientes complicaciones en su vida, es la segunda vez que pasa por esto y esta vez no pienso permitir que acabe de nuevo en mitad de un tiroteo. – Le espetó Robert furioso.

–  Papá, ¿qué estás haciendo aquí? – Preguntó Mía que se había despertado por los gritos de ambos. Al no obtener respuesta de ninguno de los dos hombres que la miraban con el ceño fruncido y gesto de enfado, se acercó a ellos y le preguntó a Juan de mal humor: – ¿Le has avisado tú? – Juan negó con la cabeza y Mía, tras analizar un instante la situación, le pidió a Juan: – ¿Puedes dejarnos un minuto a solas, por favor?

Juan asintió y, seguido por Vladimir, salieron del salón dejando a padre e hija solos.

–  ¡No me puedo creer que me haya tenido que enterar de todo esto por la policía! ¿Se puede saber en qué estabas pensando? ¿No se te ocurrió llamarnos a tu madre y a mí para decírnoslo? ¿O acaso pretendes que me dé un infarto? – Le reprochó Robert a su hija.

–  Papá, pensaba decírtelo cuando volvieras. Nunca te coges unos días libres y para una vez que sales de esta maldita ciudad no quería hacerte regresar tan pronto. – Se excusó Mía. – Y deberías portarte mejor con Juan, se ha portado conmigo como un auténtico caballero y me mantiene protegida, como tú mismo puedes ver. ¡Está cuidando de mí y tú le has montado un pollo que pa’ qué!

–  Lo siento, pitu. Estaba preocupado. – Le dijo su padre abrazándola. – ¿Quieres quedarte aquí con él o prefieres regresar a la base?

–  Deja que hable con él, no quiero ir a la base pero tampoco sé si está dispuesto a seguir teniéndome en su casa. – Le contestó Mía encogiéndose de hombros. – No te preocupes, vete a hacer tu trabajo y, si finalmente decido quedarme en la base, te llamaré antes de salir, ¿de acuerdo?

–  De acuerdo, pero sigo pensando que deberías venirte conmigo a la base. – Le dijo Robert dejando muy clara su postura. – Por cierto, deberías decirle a tu amigo que deje de intentar acceder a nuestros historiales, ambos son confidenciales y queda registrado cuando alguien intenta acceder a ellos.

–  Se lo diré. – Le dijo Mía a su padre despidiéndose de él con un beso en la mejilla.

El comandante Swan se marchó sin despedirse de Juan Cortés, estaba demasiado molesto y furioso con él por haberle mantenido al margen de todo a lo que a la pequeña niña de sus ojos le había ocurrido, era mejor no volver a verle hasta que se calmara. La única razón por la que había permitido que Mía se quedara con el hijo mayor de los Cortés era porque sabía que tenía los medios necesarios para proteger a su hija y porque ella misma así lo deseaba. Hacía ya mucho tiempo que había aprendido la lección de no entrometerse en los asuntos privados de Mía y no iba a romper la promesa que le hizo.

Mía regresó al salón donde Juan y Vladimir la esperaban al oír el ruido de la puerta principal al cerrarse. Por un instante, Juan pensó que podría haber sido ella la que se hubiera ido y sintió como el corazón le dolía, literalmente hablando. Aquella sensación no le gustó por eso en cuanto la vio regresar la agarró por la cintura, la atrajo hacia a sí y la besó con urgencia y necesidad. Mía le devolvió el beso y, en cuanto se separaron, le preguntó:

–  ¿Se puede saber qué buscabas en mi historial y en el de mi padre?

–  Solo quería averiguar por qué ambos llevabais el mismo apellido, sospeché que podríais ser parientes y, por lo que he visto, no me equivoqué. – Se defendió Juan. – ¿Por qué no me dijiste que eras la hija del comandante de la región?

–  Porque no es algo que vaya diciendo por ahí, pero si me lo hubieras preguntado te hubiera contestado la verdad. – Le dijo Mía encogiéndose de hombros.

Entonces Mía se percató que Vladimir no estaba en el salón, en algún momento de la conversación había salido de la estancia sin hacer un solo ruido. Es como un fantasma, pensó Mía.

Mi corazón en tus manos 12.

Mi corazón en tus manos

Cuando Juan salió de su despacho tras darle las pertinentes órdenes a Vladimir y Rosario, regresó al salón y Mía continuaba hablando por teléfono con su hermana. No quiso interrumpir la conversación que ambas hermanas mantenían, sobretodo porque Mía parecía enfadarse cada vez más con su hermana, pero cuando se percató de la presencia de Juan se apresuró en despedirse de Karen y colgar:

–  Te llamaré esta noche, Karen. Intenta ser buena y no volver loco a Tom. Dale un beso a mis princesas, iré a verlas en cuanto pueda. – Colgó el teléfono y le dijo a Juan: – Perdona, no sabía que ya habías vuelto.

–  No te preocupes. – Le contestó Juan y al ver que ella fruncía el ceño le preguntó: – ¿Va todo bien?

–  Sí.

–  Pues no lo parecía por como hablabas con tu hermana. – Insistió Juan cogiéndola de las manos y atrayéndola al sofá para que se sentara a su lado. – ¿Quieres contármelo?

–  La loca de mi hermana lleva días subiéndose por las paredes porque creía que su marido le era infiel, ya que últimamente llegaba todos los días tarde del trabajo e incluso los fines de semana también le decía que tenía que trabajar. – Le resumió Mía. – Ayer cuando mi cuñado llegó a casa mi hermana se hartó y le preparó las maletas para que se fuera, así que mi cuñado le tuvo que confesar qué era lo que había estado haciendo todo ese tiempo y echó por tierra la sorpresa que él le estaba preparando para su aniversario de bodas. – Suspiró y añadió: – Pobre Tom, ¡no sé cómo aguanta a mi hermana!

–  Y, ¿cuál era la sorpresa? – Quiso saber Juan.

–  Ha comprado una casa a las afueras de la ciudad, una casa que ellos siempre habían querido comprar y que nunca habían tenido dinero suficiente. – Le explicó Mía. – Como tenía que hacer alguna que otra reforma en la casa y no quería invertir más dinero, mi cuñado y uno de sus amigos que tiene una empresa de construcción y reformas le está echando una mano, por eso llegaba tarde todos los días.

–  ¡Menudo carácter el de tu hermana! – Bromeó Juan.

Mía se ahorró el pequeño detalle de que Karen era la más dulce y la que tenía mejor carácter de las dos, su hermana había sacado el carácter tierno y conciliador de su madre mientras que ella había sacado el carácter fuerte y arrasador de su padre.

–  Ven, te enseñaré el apartamento. – Le dijo Juan tirando de ella y se la llevó a la planta superior del ático mientras le iba explicando: – Aquí está la biblioteca, el gimnasio, tres habitaciones de invitados con su respectivo cuarto de baño y mi habitación. – Tras enseñarles las tres habitaciones de invitados, le dijo con una sonrisa en los labios: – Tienes tiempo de pensar en qué habitación quieres instalarte hasta el lunes, ya que el fin de semana dormiremos en mi habitación. – Mía lo miró con las cejas alzadas y antes de que ella pudiera decir nada Juan se apresuró en explicar: – Tienes que estar acompañada las siguientes cuarenta y ocho horas y en mi habitación, además de la cama, hay un sofá en el que podré dormir mientras tú descansas.

–  ¿Y cuándo vas a descansar tú? – Le replicó Mía.

–  Yo descansaré en el sofá y tú en la cama. – Le aclaró Juan. – De momento dejaremos tus cosas en mi habitación y te enseñaré la planta inferior.

Juan le enseñó el salón, donde ya habían estado, el comedor, la cocina, su despacho y dos aseos más y le señaló dos puertas de dos habitaciones que eran las de Vladimir y Rosario que también vivían allí. Mía observó el apartamento detenidamente y se sintió mal por haber llevado a Juan a su casa y que hubiera visto lo diminuta que era comparada con la suya, pero decidió obviar ese tema y se centró en otro.

–  Tienes un apartamento fantástico.

–  Gracias. – Le dijo Juan con una de sus espléndidas sonrisas. – Me alegro de que te guste y espero que te sientas como en tu casa. – Mía le devolvió la sonrisa y Juan añadió: – Ven, quiero presentarte a Rosario.

Juan la llevó hasta a la cocina donde se encontraron con Rosario, una mujer gruesa y risueña que desprendía amor y cariño por todas partes y que a Mía le encantó nada más conocerla.

–  Estáis un poco pálidos, seguro que no habéis estado comiendo bien. Si es que en los hospitales, por muy de lujo que sean, ¡nunca se come bien! – Empezó a decir la mujer al mismo tiempo que sacaba alimentos del frigorífico y utensilios de cocina de los armarios. – Os voy a preparar una buena comida casera que hará que os chupéis los dedos. Dadme una hora y ya veréis.

Mía y Juan salieron riendo de la cocina ante el desparpajo de aquella mujer. Regresaron a la habitación de Juan y allí él se atrevió a preguntar:

–  ¿Qué te parece? ¿Crees que estarás a gusto pasando unos días aquí con nosotros?

–  Sí, creo que estaré muy a gusto. – Confesó Mía sonriendo y añadió juguetona: – Demasiado a gusto, quizás.

–  Nunca es demasiado, preciosa. – Le respondió Juan con la voz ronca.

Aquella mujer le excitaba mucho y le costaba horrores no lanzarse a por ella y capturar su boca con los labios. Ya no podía resistirse más y tampoco quería. La agarró por la cintura atrayéndola hacia a sí y, cuando comprobó que ella no oponía resistencia, se acercó a sus labios lentamente y los besó. La besó despacio y con dulzura mientras la estrechaba entre sus brazos y, cuando pasados unos minutos se separaron, Juan le susurró:

–  Quería besarte desde la primera vez que te vi enfadada en mi despacho.

–  Tú no me has visto enfadada, créeme. – Le contestó Mía bromeando al mismo tiempo que se apartaba de él con la excusa de sacar la ropa de su maleta.

Juan la agarró de las manos y tiró de ella suavemente para colocarla de nuevo frente a él. La miró a los ojos y le dijo:

–  Deja eso un momento, creo que debemos hablar de lo que acabo de hacer…

–  Será mejor que no digas nada. – Le advirtió Mía. Sabía que había sido una acción impulsiva por su parte y también sabía que ese beso no había significado nada para él, todo lo contrario que para ella. – Será mejor que lo olvidemos, no ha pasado nada.

–  No quiero olvidarlo, Mía.

Mía ya había gastado todas sus fuerzas en separarse de él y no podía volver a hacerlo así que, sin pensarlo dos veces, se arrojó a sus brazos y le besó. Le besó con tanta pasión que Juan se sorprendió, pero reaccionó rápidamente y, sujetándola por la cintura, la alzó en sus brazos y le devolvió el beso. Mía estaba segura de lo que quería y necesitaba y en ese momento sabía que Juan se lo brindaría, por lo que no reparó en sutilezas y le quitó la camiseta, dejándole desnudo de cintura para arriba.

–  Desnúdame. – Le susurró Mía a Juan al oído.

Juan obedeció de inmediato. Se sentía totalmente hechizado por aquella mujer rubia de ojos turquesa que brillaban de excitación y que le estaba entregando su cuerpo con total seguridad y decisión. Apenas dos minutos después, ambos estaban completamente desnudos. Juan quería hacer las cosas bien, Mía no era como las chicas con las que él estaba acostumbrado a salir, ella era especial. La cogió en brazos y la llevó hasta a la cama, donde la depositó con cuidado y empezó a besarla por cada recoveco de su piel. Quería hacerle el amor, no se trataba solo de sexo, y lo consiguió. Acarició su piel, jugó con sus pezones mordiéndolos y tirando de ellos, besó sus labios y la excitó todavía más cuando sus dedos se posaron en su pubis. Masajeó su pubis estimulando su clítoris con el pulgar e introdujo su dedo corazón en la vagina de ella al que después acompañaron un segundo y un tercer dedo para prepararla. Juan comprobó que Mía ya estaba bien lubricada y él ya no podía aguantar más, así que se puso un preservativo y la penetró de una sola estocada, provocando el gemido de placer de ambos. La embistió una y otra vez sin dejar de estimular su clítoris con una mano mientras con la otra le acariciaba los pechos y alternaba los besos en los labios por los mordisquitos en los pezones hasta que, sin poder contenerse más, ambos alcanzaron el clímax entre gemidos, caricias y besos.

Mi corazón en tus manos 11.

Mi corazón en tus manos

Mía no podía creerse que Juan hubiera ido a comprar comida china, pero lo agradeció enormemente porque estaba hambrienta. Juan disfrutó viéndola comer con tanto gusto y cuando terminó, lo recogió todo y le pidió a una de las enfermeras que se lo llevara todo.

De nuevo a solas, Juan insistió en sus planes para el día siguiente, no quería que Mía cambiara de opinión a última hora:

–  Si todo está bien, que lo va a estar, mañana te darán el alta. – Empezó a decir Juan. – Lo más práctico es que te mudes a mi casa hasta que todo esto se aclare. Te llevaré a la redacción y te iré a recoger, dejaré a un par de hombres en la redacción por precaución.

–  Sigo pensando que todo esto es demasiado y…

–  Y yo creía que ya lo habíamos hablado. – La interrumpió Juan. – Mía, deja que me ocupe de esto a mi manera. No quiero que te ocurra nada.

Si los labios de Juan hubieran estado más cerca, Mía los hubiera besado. Pero en su lugar decidió tomar aire y respirar profundamente, sabía que Juan estaba preocupado y además se sentía culpable.

–  De acuerdo, lo haremos a tu manera. – Se resignó Mía.

A la mañana siguiente, Juan se despertó antes que ella y aprovechó para darse una ducha y cambiarse de ropa mientras la dejaba dormir un rato más. Cuando regresó a la habitación, Mía seguía dormida y se sentó junto a ella para contemplarla antes de que se despertara.

Mía abrió los ojos y lo primero que vio fue la sonrisa de Juan, que la observaba sentado a los pies de la cama.

–  Buenos días, preciosa. – La saludó Juan sonriendo.

–  Buenos días. – Respondió Mía de buen humor. – Necesito darme una ducha, Natalia me trajo algo de ropa ayer y quiero quitarme este camisón horrible. – Añadió levantándose de la cama y señalando su atuendo con disgusto.

Juan la miró de arriba a abajo con verdadera lujuria, verla con aquel fino camisón blanco que le llegaba hasta las rodillas y marcaba sus pezones había causado que su entrepierna aumentara de tamaño.

–  A mí me parece que estás preciosa y muy sexy. – Opinó Juan sonriendo pícaramente.

Mía se ruborizó al entender lo que Juan quería decir y, sin dar más explicaciones, cogió la bolsa de ropa que Natalia le había traído y se metió en el cuarto de baño.

Media hora después, Mía salió del baño y se encontró a Juan esperándola para desayunar. Sobre una bandeja había café, zumo, tostadas y galletas.

–  Hora de desayunar. – Anunció Juan. – Dentro de un rato vendrá mi madre con los resultados finales de las pruebas y, si todo va bien, también con el alta médica.

Tras desayunar junto a Juan, Alison y su marido Andrés entraron en la habitación y, tras sonreírse al ver cómo su hijo mayor miraba a aquella joven, Alison dijo:

–  Tenemos buenas noticias, todas las pruebas son normales, pero en las siguientes cuarenta y ocho horas debes permanecer acompañada por si surge alguna complicación. – Miró a Mía con dulzura y añadió: – Es muy importante que durante el día de hoy y mañana no estés sola en ningún momento por si vuelves a desmayarte. Tan solo es una medida de precaución, ya te hemos dicho que las pruebas han salido bien, pero los golpes en la cabeza a veces se pueden complicar más de lo que parece.

–  No te preocupes por eso, mamá. – Le dijo Juan. – He logrado convencer a esta cabezota y se quedará en mi casa mientras se soluciona todo lo que ha pasado. No la dejaré sola ni un minuto en todo el fin de semana.

–  Si notas alguna anomalía, no dudes en regresar, ¿de acuerdo? – Le dijo Andrés.

–  Lo haré, gracias. – Respondió Mía un poco incómoda por la situación y porque Juan le hubiera dicho a sus padres que se iba a trasladar a su casa.

Tras recoger sus cosas, Juan y Mía se dirigieron a casa de Mía en un Hummer conducido por Vladimir Slavlov, el escolta personal de Juan y su mano derecha en la empresa, además de un buen amigo. A Mía le asustó un poco la pinta de Vladimir, era uno de esos tipos grandes y fuertes que imponían, con los ojos de un color gris turbio impenetrables y demasiado serio y callado para el gusto de Mía. Más que seguridad, Vladimir le daba miedo y Juan se lo notó, por lo que se acercó a ella y le susurró al oído:

–  Vladimir es de mi máxima confianza, no tienes nada que temer.

–  No me negarás que asusta. – Susurró Mía para que el mencionado no se enterara.

Juan sonrió ante la expresión de Mía y tuvo ganas de besarla. Observó sus labios durante un par de segundos pero no se atrevió a hacerlo, debía darle algo de tiempo si no quería espantarla. Juan acompañó a Mía a su piso y le ayudó a preparar una pequeña maleta mientras Vladimir les esperaba en la calle frente al portal del edificio de Mía junto al coche. Juan reparó en aquel pequeño piso de tres habitaciones y dos baños que, a pesar de estar situado en un barrio obrero, era mucho más grande y bonito de lo que él se esperaba al ver la fachada del edificio. Juan cargó con la maleta hasta llegar al portal donde Vladimir se la quitó de las manos para guardarla en el maletero mientras ellos dos se subían en los asientos traseros del coche. Vladimir arrancó el motor del Hummer y condujo hasta llegar al barrio de clase alta de la ciudad donde se adentró en un parquin de uno de los lujosos edificios de apartamentos.

A Mía le llamaba la atención que Vladimir estuviera tan callado, le recordaba a uno de esos hombres que trabajaban para su padre, que era comandante del ejército de tierra. Mía cayó en la cuenta de que no había avisado a su familia y, aunque sus padres estaban fuera de la región de visita en casa de sus tíos, Mía decidió llamar a su hermana para resumir brevemente la situación y que no se preocupara si la llamaba o se presentaba en casa sin avisar como solía hacer.

Llamar a su hermana fue lo primero que hizo al entrar en el enorme salón del ático dúplex de Juan y aquella llamada duró más de media hora.

Mientras tanto, Juan se ocupó de dar las órdenes pertinentes a Vladimir respecto a la seguridad de la casa y también informó a Rosario, una mujer de cincuenta y ocho años que trabajaba como asistenta interna en el apartamento de Juan, al que conocía desde que era un bebé y del que fue su niñera. A Rosario le extrañó la presencia de aquella joven en casa de Juan, pues él se cuidaba mucho de que sus amantes supieran dónde vivía pero, al ver cómo él la miraba, supo que no se trataba de una simple amante, aunque prefirió guardarse sus pensamientos para ella misma.

Mi corazón en tus manos 10.

Mi corazón en tus manos

La doctora Cortés ni siquiera tuvo tiempo de llegar a la sala de reuniones en la que se encontraba su hijo Juan hablando con la policía, ya que una de las enfermeras la llamó a voz en grito mientras corría por el pasillo:

–  ¿Se puede saber qué sucede?

–  La chica del accidente, se ha desmayado de nuevo. – Le informó la enfermera.

–  Ve a buscar a mi marido y dile que venga urgentemente. – Le ordenó Alison al mismo tiempo que echó a correr por donde había venido.

Alison entró en la habitación donde Mía continuaba inconsciente.

Enrique Cortés, el marido de Alison y padre de Juan y Miguel, entró en la habitación de Mía pocos minutos después, alertado por una de las enfermeras de la clínica que le había dicho que su esposa requería urgentemente su presencia, pero la enfermera le encontró con la policía y sus hijos, a quienes no pudo convencer para que se quedaran dónde estaban y le siguieron.

–  Hay demasiada gente, lo mejor será que esperéis fuera. – Inquirió Alison, sacando a sus hijos de la estancia. – En seguida os informaremos. – Añadió al ver las caras largas de sus dos hijos.

Ambos se retiraron con resignación y decidieron esperar a que Natalia llegara para ponerla al corriente. Para sorpresa de Juan, Natalia llegó acompañada de Javi, y su cara fue un poema. Juan no sabía quién era aquel tipo, Mía le había dicho que era un amigo, pero debía de tratarse de un amigo muy especial si iba a visitarla a la oficina y más aún si acudía de inmediato al hospital.

–  Creía que ibas a avisar a la hermana de Mía. – Le dijo Miguel a Natalia tras saludarla con un tímido beso en los labios. Se volvió hacia a Javi y le estrechó la mano a modo de saludo.

–  A menos que sea realmente imprescindible, es mejor no avisar a Karen, no está pasando por un buen momento y no queremos preocuparla más. – Le contestó Javi. Se volvió hacia a Juan y se presentó: – Soy Javi, supongo que tú eres el hermano de Miguel, ¿no?

–  Así es, soy Juan. – Se limitó a decir Juan al mismo tiempo que estrechaba la mano que Javi le ofrecía a modo de saludo.

–  Es mi hermano Juan, iba en el coche con Mía cuando tuvieron el accidente. – Les informó Miguel. – En estos momentos la están atendiendo, en seguida nos informarán de su estado.

Casi una hora más tarde, Alison y Enrique reunieron a sus hijos y a los dos amigos de Mía en una pequeña sala para informarles sobre el estado de Mía. Alison les tranquilizó diciendo que todas las pruebas realizadas habían salido bien, pero iban a volver a repetirlas y a realizar alguna prueba más debido a una pequeña alteración en el electrocardiograma, aunque Enrique creía que se debía más a un estado de nervios, tensión y presión que aun problema cardíaco.

Los tres médicos de la familia hicieron hincapié en que Juan debía descansar, pero él hizo caso omiso a las recomendaciones de sus padres y su hermano y no se separó del lado de Mía.

Sobre las seis de la tarde, Mía abrió los ojos y se encontró con el rostro preocupado de Juan, que la miraba con ternura. Juan acarició el contorno de su mejilla con suavidad y le susurró:

–  No vuelvas a desmayarte o me dará algo.

Mía sonrío. Pese a que Juan estaba tratando de bromear, no pudo ocultar la preocupación que sentía y Mía fue consciente de ello.

–  Lo intentaré, pero me temo que no puedo prometerlo. – Bromeó Mía dedicándole una amplia sonrisa que dejó a Juan sin armas. – Siento todo lo que ha pasado y sigo creyendo que debes ir a casa y descansar.

–  No pienso moverme de tu lado, descansaré en ese sofá si no te dan el alta hoy. – Le replicó Juan sin la menor intención de cambiar de opinión. – Todo esto ha pasado por mi culpa, es lo menos que puedo hacer.

–  Nada de esto es culpa tuya, a menos que seas tú el que haya contratado a esos matones para que casi nos maten. – Le contestó Mía sonriendo. – ¿Tienes algo que contarme?

Juan vaciló un instante y finalmente dijo:

–  Sí, supongo que sí. – Respiró profundamente para infundirse ánimo y añadió: – Esos “matones” cómo tú los llamas trabajan para la competencia y me temo que intentaban deshacerme de mí. No te preocupes, la policía ya está interviniendo y yo he triplicado la seguridad en mi empresa, en mi casa y esperaba poder hablar contigo para que aceptaras que pusiera a uno de mis hombres como escolta.

–  No necesito ningún escolta, estaré bien y tú necesitas descansar. – Le recordó Mía.

–  Esos tipos sabían que no iba solo y no les importó, no quiero arriesgarme a que vayan a por ti para llegar a mí, ¡bastante culpable me siento ya! – Protestó Juan sin dar su brazo a torcer.

Al ver que Juan estaba más enfadado que molesto, Mía no supo qué decir y finalmente le dijo con un tono de voz dulce que le sorprendió:

–  Agradezco que te preocupes por mí, pero no estoy acostumbrada a tener a alguien pegado las veinticuatro horas del día y mucho menos a un desconocido.

–  Tú y yo no somos desconocidos, ¿verdad? – Preguntó Juan con una sonrisa traviesa.

–  ¿A dónde quiere llegar, señor Cortés? – Bromeó Mía.

–  Seré tu escolta. – Sentenció Juan. – ¡No hay más que hablar!

–  Espera, yo sí tengo mucho de lo que hablar…

–  Ahora no, tus amigos han venido a verte. – Le dijo Juan al mismo tiempo que la besaba en la frente y se dirigía a abrir la puerta para que Natalia y Javi entraran en la habitación. – Os dejaré a solas.

Mía les contó a sus amigos todo lo que había ocurrido y ambos estuvieron de acuerdo en que necesitaba protección. Tras conocer que Juan había sido tan insistente con sus amigos como lo había sido con ella, Mía aceptó que Juan fuese su escolta.

Sobre las nueve de la noche, sus amigos se marcharon y Juan entró de nuevo en la habitación de Mía cargado con una bolsa de comida que había salido a comprar al restaurante chino que había en la acera de enfrente.

Mi corazón en tus manos 9.

Mi corazón en tus manos

Juan estaba desesperado. Tras el accidente, Mía se había quedado inconsciente al golpearse en la cabeza y él había ido con ella en la ambulancia, sin separarse de su lado, hasta que llegaron a la clínica. En cuanto la madre de Juan vio entrar a su hijo magullado y acompañado por el equipo médico de la ambulancia, se hizo cargo de la situación. Obligó a su hijo Juan a permanecer en una de las salas de curas mientras su hijo menor Miguel, también médico, examinaba sus heridas. Juan no quería separarse de Mía, pero su madre le prometió que cuidaría de ella mientras lo curaban a él.

Había pasado más de una hora desde que habían llegado a la clínica y se había separado de Mía cuando Juan ya no pudo esperar más y le dijo a su hermano:

–  Miguel, llévame con Mía, necesito saber cómo está.

–  Quédate aquí y no te muevas, voy a ver qué averiguo y vuelvo. – Le dijo Miguel sorprendido por el interés y preocupación que su hermano mayor mostraba por aquella chica.

Miguel se dirigió a la habitación donde su madre se encontraba examinando a aquella chica y sintió curiosidad por conocerla, pues nunca había visto a su hermano de esa manera y mucho menos por una chica.

–  ¿Va todo bien por aquí? – Se aventuró a preguntar Miguel al abrir la puerta de la habitación en la que se encontraba su madre y la chica, pero sin llegar a entrar. – Juan se está impacientando, esta chica parece ser bastante importante para él.

–  Se ha dado un buen golpe en la cabeza, aunque todo parece estar bien. – Le informó su madre, allí conocida como la doctora Cortés, una eminencia en neurología. – Sigue inconsciente pero no tardará en volver en sí.

Miguel entró en la habitación, se acercó a Mía y la reconoció inmediatamente.

–  ¡Joder, es una de las amigas de Natalia! – Exclamó Miguel.

–  ¿Es una amiga de esa chica de la que no dejas de hablar? – Le preguntó la doctora Cortés. – Quizás debas avisar a su familia, Mía pasará aquí un par de días. Y dile a tu hermano que puede venir y quedarse con ella hasta que se despierte. – Se volvió hacia a una enfermera y le ordenó: – Termina de limpiar y curar sus heridas, voy a rellenar el informe pero avisadme en cuanto se despierte.

La doctora Cortés se retiró a su despacho a rellenar el informe de ingreso de Mía y Miguel fue en busca de su hermano para informarle de que todo estaba bien y acompañarlo a ver a Mía para que él mismo pudiera comprobarlo y, cuando Juan se tranquilizó un poco al verla, Miguel le dijo:

–  Conozco a Mía, ella es una de las amigas de Natalia, la chica de la que te he hablado.

–  Quizás deberías llamar a Natalia y decirle lo que ha pasado, ella podrá avisar a su familia. – Le sugirió Juan.

Miguel salió de la estancia y se dispuso a llamar a Natalia para contarle lo sucedido. Juan se quedó con Mía, esperando a que despertara y, cuando por fin Mía abrió los ojos, Juan le susurró acariciando con ternura la suave piel de su mejilla:

–  Por fin abres los ojos, ¿cómo te encuentras?

A Mía le dolía todo el cuerpo y sentía que la cabeza le iba a estallar, pero lo único que fue capaz de decir al ver a Juan tan magullado fue:

–  Estoy bien pero ¿y tú? – Trató de incorporarse en la cama pero Juan se lo impidió. – Estás herido, ¿te ha visto un médico?

–  Relájate, yo estoy perfectamente. – La calmó Juan. – Tuvimos un accidente con el coche, ¿recuerdas lo que ocurrió?

–  No tuvimos ningún accidente, ¡se nos echaron encima dos todoterreno de color negro y casi nos matan! – Le rebatió Mía.

–  No te preocupes por eso ahora, he llamado a la policía y ellos se encargarán de todo. Tienen que tomarnos declaración pero, si estás cansada, les puedo pedir que regresen mañana. – Le dijo Juan. – Por cierto, no me habías dicho que conocías a mi hermano.

–  ¿Tu hermano? ¿Conozco a tu hermano? – Le preguntó Mía aturdida.

–  Sí, mi hermano Miguel. – Le confirmó Juan. – Creo que una de tus amigas le tiene completamente atontado, más de lo que ya está de por sí. – Añadió bromeando.

–  ¿Miguel es tu hermano? – Preguntó Mía sorprendida. – ¡No lo sabía! – Exclamó divertida. – Lo conocí en una fiesta la semana pasada, en la misma fiesta en la que conoció a mi amiga Natalia.

Justo en ese momento, entró Miguel en la habitación donde se encontraban Mía y Juan y, al oír lo que Mía le estaba diciendo a su hermano, sonrió y le dijo bromeando:

–  Se te ha olvidado mencionar que también hice de guardaespaldas.

–  Lo cierto es que pensaba omitir esa parte. – Le respondió Mía divertida. Se volvió hacia Juan y le dijo con voz de no haber roto un plato: – Mi ex también apareció en aquella fiesta.

–  Ya hablaremos de eso en otro momento. – Le dijo Juan sabiendo que ya tendría tiempo de preguntar y averiguar lo de su ex. – Ahora necesitas descansar, me temo que tendrás que quedarte aquí un par de días.

–  ¿Qué? ¡No! – Exclamó Mía disgustada. – Estoy bien, no creo que sea necesario que…

–  Eso lo decidirá la doctora. – Sentenció la enfermera que acaba de regresar a la habitación. – Chicos, tendréis que esperar fuera, la doctora vendrá ahora a examinarla y la policía está fuera, quieren hablar con vosotros.

Juan cruzó una mirada con la enfermera y con su hermano, volvió a mirar a Mía y, con un tono de voz dulce y tierno que ninguno de los allí presentes le habían escuchado antes, le dijo a Mía:

–  ¿Estarás bien o prefieres que me quede?

–  Estoy bien, Juan. – Le confirmó Mía. – Y creo que deberías irte a casa y descansar, te recuerdo que tú también has tenido un accidente.

–  Pero yo no me he dado un golpe en la cabeza y me he quedado dos horas inconsciente. – Le replicó Juan. – No pienso irme a ninguna parte hasta que te den el alta. – Se acercó a ella, le dio un beso en la mejilla y le susurró antes de irse: – Estaré fuera con la policía, en cuanto termine regreso a verte.

Juan y Miguel salieron de la habitación dejando a Mía con la enfermera. Un par de minutos después, aparecía la doctora Cortés y madre de los dos muchachos.

–  Buenas tardes, señorita Swan. – La saludó la doctora más curiosa que preocupada. – Soy la doctora que te ha estado atendiendo desde que has entrado en la clínica, mi nombre es Alison.

–  Encantada de conocerla, doctora Alison. – La saludó Mía.

–  Llámame tan solo Alison. – Le respondió la doctora. – Mía, te has dado un fuerte golpe en la cabeza y has estado un par de horas inconsciente. Te hemos hecho algunas pruebas y todas parecen estar bien, pero voy a hacerte unas preguntas para terminar de confirmarlo, ¿de acuerdo?

–  De acuerdo. – Respondió Mía dócilmente.

–  ¿Recuerdas lo que ha pasado?

–  Sí, íbamos por la autopista cuando un todoterreno negro se nos echó encima y trató de sacarnos de la carretera. – Empezó a explicar Mía. – El todoterreno se estrelló contra el muro medianero de hormigón pero apareció un segundo todoterreno idéntico al primero y con las mismas intenciones. Tratamos de esquivarlo pero chocamos y el coche empezó a dar vueltas de campana. Lo siguiente que recuerdo es haberme despertado aquí.

La doctora Alison Cortés examinó sus ojos con una pequeña linterna y después comprobó sus reflejos en brazos y piernas.

–  Todo parece estar bien, pero me gustaría que pasaras aquí la noche en observación, los golpes en la cabeza son complicados y todos estaríamos más tranquilos, sobretodo mi hijo.

–  ¿Su hijo? – Preguntó Mía confundida.

–  Oh, lo siento, creía que lo sabías. – Se disculpó Alison. – Soy la madre de Juan y Miguel.

–  ¡Oh, claro! ¡La doctora Cortés, una eminencia en neurología! – Ató cabos Mía. – Supongo que debería haberme dado cuenta antes, sus hijos se parecen mucho a usted.

–  Iré a buscar a Juan, está muy preocupado y no quiere separarse de ti, creo que se siente culpable por lo ocurrido. – Le confesó Alison.

–  Nada de lo que ha pasado es culpa suya. – Le dejó claro Mía. – Juan me ha dicho que la policía está aquí, ¿hay algún problema?

–  ¿Debería haberlo? – Preguntó Alison.

–  Pues no lo creo, pero, si lo hubiera, Juan tampoco me lo diría. – Protestó Mía.

–  No te preocupes por nada, todo está bien. – La tranquilizó Alison con una amplia y cálida sonrisa y añadió antes de marcharse: – Voy a buscar a Juan y él mismo te lo podrá confirmar.

Alison se marchó y Mía sonrió al descubrir que Juan había sacado el carácter protector y educado de su madre. Se lo imaginó siendo padre, cuidando y protegiendo a sus pequeños y el corazón le empezó a latir con fuerza, haciendo que la máquina a la que estaba conectada empezara a pitar y volvió a desmayarse.